¡Holaaaaaa! ¿Cómo están? Bueno, aquí les traigo una nueva historia, con capítulos y todo. Esta primera entrega es bastante larga, pero es que quería plasmarlo todo, porque cuento cómo Inuyasha y Kagome se declaran sus sentimientos. La idea de este fanfic es contar todo lo que ocurrió justo después de que Kagome regresara a la época antigua, hasta el nacimiento de Moroha (quizás un poco más). Por eso elegí el nombre "Asatte" que significa "el día después de mañana". Espero que disfruten leyendo!

Para entender mejor ciertas referencias, recomiendo ir a leer Una vez cada tres días, la historia en la que cuento la vida de Inuyasha sin Kagome en esos tres años. No es obligatorio para entender este fanfic, pero estaría chido uwu

Bueno, ¡comencemos!


Asatte - 明後日

Sentimientos a través del Tiempo

La vista que tenía en estos momentos era demasiado satisfactoria. Parecía ser todo un reto mantener sus lágrimas dentro, porque sus ojos dorados no podían despegarse de esa mágica escena. Una escena que llegó a pensar que nunca iba a vivir, que nunca iba a poder ver. De un soplo, esos tres años de soledad se esfumaron como polvo, porque la dueña de esos ojos chocolate – y de su corazón – se encontraba ahora a solo unos metros de él, abrazando intensamente a sus amigos, a los que extrañó con locura. Las sonrisas en sus rostros eran amplias y sinceras, y unos segundos no parecían ser suficientes como duración de un abrazo. Necesitaba más tiempo, porque sentía que ya había perdido demasiado.

Sus largos cabellos azabache se enredaban en las pequeñas manos del zorrito pelirrojo, quien vociferaba con una felicidad inmensa el nombre de la sacerdotisa.

– ¡Kagome! ¡Has vuelto! ¡Te extrañé mucho! – lloró mientras intensificaba su agarre alrededor del cuello de la joven, quien no pudo contener una pequeña nueva lágrima que cruzó toda su mejilla.

– Yo a ti, Shippo – contestó, con una voz quebradiza, regalándole una dulce sonrisa.

Extasiada y envuelta en sensaciones cálidas, la miko regresó su mirada chocolate inundada de más lágrimas al hanyou de ojos dorados, quien aún permanecía cerca del pozo. Ambos mares coincidieron nuevamente. Se sonrieron mutuamente desde la distancia. El tiempo parecía ralentizarse para los dos. El semblante de Kagome reflejaba agradecimiento. El de Inuyasha, alivio y serenidad. Kagome, su Kagome, había regresado. Su mayor sueño se hizo realidad, y aquí estaba, viendo esa inconfundible sonrisa mezclarse entre esos abrazos, contemplando el cálido recibimiento que le dieron los amigos que ambos tenían en común.

El híbrido sabía lo mucho que ellos la extrañaron, aunque también estaba seguro que no llegaron a sentir lo que él sintió. Después de todo, al menos la exterminadora y el monje, habían logrado formar una familia. Después de terminada la batalla contra Naraku y la destrucción de la Perla, ambos pudieron seguir al lado de la persona que más amaban. Él, por su parte, no…

Varias veces la culpa hacía mella en su corazón cuando pensaba en que podía ser mejor volver a la época en que debían luchar cada día contra el medio-demonio que tantas desgracias les trajo, con tal de poder tenerla a su lado nuevamente. A veces, la paz de vivir en un mundo sin Naraku, pero a la vez sin Kagome, lo hacía sentir que no había valido la pena todo lo que hizo.

Hasta este momento, en que su suave aroma lo encontró de repente, haciéndole saber que la espera había terminado. Kagome Higurashi, la joven del futuro, estaba de vuelta. Y entonces, todo valió la pena.

La miko, por su lado, se sentía imposibilitada de retener ese característico líquido salado dentro de sus ojos. No había forma, no había manera. Hacía años que no lloraba de felicidad por algo, cuando eso era tan usual en ella. Tan jovial, cálida, feliz, amable y con sus sentimientos siempre a flor de piel, así es como ella solía ser. Pero era consciente que gran parte de esas cualidades que tanto la caracterizaban se habían apagado, precisamente desde que el pozo se cerró para no volver a funcionar en tres años. Desde apenas unas pocas semanas de conocer a ese hanyou de cabello plateado que ella sintió que, vivir en un mundo donde él no estuviera, estaba mal. Incorrecto, como si algo no cuadrara. Las veces que, por una razón u otra, ella creyó que no iba a poder volver, se sintió tan miserable, tan… triste. Y haber sido forzada a permanecer en su mundo sin boleto de regreso al Sengoku no hizo más que sumirla en un pozo de amargura, desolación y vacío. Sus lágrimas comenzaron a ser siempre por tristeza. No recordaba cómo se sentía llorar por algo que la hiciera feliz. Es por eso que ahora no podía contenerse, y que su rostro se mostrara agradecido cada segundo. Porque así se sentía, agradecida de haber regresado al mundo al que ella sabía que pertenecía. Un mundo con Inuyasha, su Inuyasha.

Y claro, no solo con él, sino con los amigos a los que también extrañó y de los que se encontraba rodeada en estos momentos. Y así lo deseaba, aunque también deseaba estar rodeada de otros brazos, los del hanyou. Sí, él fue el primero que lo hizo, pero necesitaba más, quería más. De ser posible, no quería despegarse nunca de él. Esos metros de distancia con él, aunque pocos, dolían, ardían. Sabía que debía darles atención a todos, su regreso no iba a pasar desapercibido en la aldea. Probablemente, más tarde y más tranquila, podría volver a los brazos de su amado…


Tan delicada.

Tan considerada.

Tan alegre.

Tan… hermosa.

El peli-plata no pudo despegar sus ojos de oro de la sacerdotisa. Decidió permanecer a pocos metros de ella mientras Kagome sonreía y se fundía en abrazos y halagos de la gente de la aldea, y sobretodo de Kaede. Casi como si pudiera ver en cámara lenta, el híbrido se concentraba pura y exclusivamente en la figura de la miko, guiando sus ojos siempre a donde sea que ella estuviese. El suave viento del atardecer acariciaba su ondulado cabello azabache, mientras los rayos anaranjados del sol eligieron a la joven como la indicada para posarse sobre ella, otorgándole un brillo particular a sus ojos chocolate. Podía quedarse así, mirándola sin cesar por siempre, aunque prefería estar más cerca, mucho más cerca. Se sentía tan bien verla así… feliz, desprendiendo amabilidad con las personas, demostrando flagrantemente lo mucho que ella deseaba estar aquí, en este mundo. Cada vez que latía, su corazón enviaba una corriente de alegría para que recorriese cada centímetro de su interior al notar y confesar dentro suyo lo hermosa que era, aun más hermosa que la última vez que la había visto hace tres años. La ropa que vestía también le llamaba un poco la atención. Ya no estaba con su viejo y nostálgico uniforme escolar, pero lo que fuese que tenía puesto, le quedaba precioso. Todo en ella lo mantenía cautivado.

Aunque todavía no sabía mucho sobre cómo sucedió, Inuyasha podía imaginar que Kagome dejó a su familia para regresar. Era consciente que, de ser así, fue un sacrificio muy grande. Ella siempre fue muy apegada a su mamá, a su abuelo y a su hermano Sota, por lo que sintió que una parte de ella sí guardaba un rincón para la tristeza. Y a pesar de que todas las señales parecieran ser obvias, el híbrido no quería adelantarse y pensar que él era la principal razón por la cual ella decidió volver. Un miedo entonces comenzó a hacer presión en su pecho. ¿Y si no era por él? ¿Por qué más podía ser? ¿Y si sus sentimientos cambiaron? La característica inseguridad que siempre definió al medio-demonio volvió a hacer de las suyas, y de pronto el semblante que se encontraba tan aliviado pasó a reflejar temor. Él estaba seguro de sus sentimientos por ella, esos tres años sobreviviendo a su ausencia se lo dejaron más que claro. ¿Pero fue lo mismo para ella? ¿Qué tan seguro estaba de que Kagome sentía lo mismo por él?

Una mano se posó sobre su hombro tan abruptamente que lo quitó de ese trance como una cachetada.

– ¿Vas a decirle? – preguntó una voz curiosa, perteneciente a un monje.

– ¿Qu- qué? – tartamudeó el hanyou, su rostro se transformó en la confusión en persona.

– Ay, vamos. Tienes que hacerlo. Tienes que hablar con ella y decirle lo que sientes. No pierdas más tiempo, sabemos lo mucho que la extrañaste – una voz femenina se introdujo en la conversación, posando su mano en su otro hombro libre. La exterminadora sintió la necesidad junto con su esposo de envalentonar a su amigo y a no dejarse estar, no otra vez, no después de esos años de soledad que lo vieron atravesar.

– Ppero… yo… Yo no sé si ella… – volvió a trabarse mientras dirigía una mirada cargada de incertidumbre hacia la sacerdotisa, la cual seguía en plena conversación con los aldeanos.

– ¿Acaso no es obvio? ¡Ella volvió por ti! Debes hacérselo saber, Inuyasha –

– Sango tiene razón. Estoy seguro que ella está esperando que se lo digas… – añadió el monje. Tras decir estas palabras, la pareja se retiró del lugar, dejando a un híbrido confundido, asustado, pero con una señal esperanzadora de lo que debía hacer. ¿Cómo lo iba a hacer? No sabía. ¿A qué momento debía esperar? No tenía idea. Pero si lo que Sango y Miroku le dijeron era cierto, debía actuar rápido.

Al caer la noche, el hanyou de ojos dorados se encontraba recostado sobre el tronco del Árbol Sagrado, aquel al que quedó sellado por cincuenta años, aquel que presenció el primer encuentro entre Kagome y él, aquel que observó los miles de momentos que ambos pasaron juntos, aquel que lo vio quedarse dormido para soñar con una ausente sacerdotisa, aquel que lo escuchó rogándole que hiciese lo posible por traerla de regreso, aquel que pertenecía a ambas épocas al mismo tiempo. Por alguna razón, sintió que debía estar ahí, y que en cuanto se desocupara, la miko vendría exactamente a este mismo lugar.

La suave brisa del anochecer hacía danzar las hojas de los demás árboles, cuyo sonido se mezclaba con el de los grillos. El oscuro cielo dio lugar a una luminosa luna, que posaba su tenue luz sobre el rostro calmo del peli-plata. De un momento a otro, un magnífico aroma se escabulló en su entrenada nariz, permitiéndole reconocer al instante de quién provenía.

– Hola – musitó dulcemente la joven del futuro, caminando con pasos lentos hasta aproximarse al hanyou, quien se puso de pie rápidamente. De sus labios se escapó una leve pero tierna sonrisa. – Los aldeanos y Shippo me tuvieron ocupada. Kaede ya me apartó un lugar para dormir en su cabaña… – relató mientras llevaba ambas manos detrás suyo y las entrelazaba sobre su espalda, moviéndose ligeramente, mostrando cierta timidez.

– Oh, vaya… – masculló el oji-dorado, falto de palabras y abrumado por la situación. Por fin estaban solos, y algo le indicaba que ese era precisamente el momento que estaba buscando.

La dueña de los ojos chocolate simplemente sonrió mientras intentaba dirigir su mirada hacia cualquier otro lado que no sea donde se encontraba el híbrido. Su corazón incrementó el ritmo de sus latidos con la simple presencia del joven, más la cercanía y la intimidad que los rodeaba. Pasados unos segundos que, al parecer del medio-demonio, fueron eternos, decidió poner fin al silencio que se había colado en la atmósfera.

– Kagome – pronunció levemente. La dueña del nombre lo miró fijamente al instante. – ¿Cómo… cómo pasó? ¿Qué sucedió? – preguntó con tintes de curiosidad en su voz, aunque en realidad sonaba bastante sereno. La joven bajó su mirada. Entendió a qué se refería.

– Bueno… solía ir al pozo cada día después de que se cerró, esperando que… se abriera o algo… pero no pasó. Por un tiempo, pensé que debía intentar acostumbrarme a mi mundo otra vez. Que mi trabajo y propósito en la Era Feudal habían terminado. Intenté… seguir. Pero… – hizo una pequeña pausa, pero continuó al segundo. – Después de la celebración de mi graduación volví al pozo y deseé… –

La pausa que hizo en ese momento fue más larga de lo que pretendía. La inseguridad tomó su corazón y su mente prisioneros al pensar si debía o no decir la verdad. Después de todo, fue ella quien tomó la decisión de volver, sin saber qué le esperaba del otro lado, y si Inuyasha aún mantenía sentimientos por ella. De todas maneras, ya estaba metida en el fango, por así decirlo. El hanyou se preocupó al verla no continuar con su relato. La impaciencia se disparó en su interior.

– ¿Qué deseaste? –

– Verte –

El mundo para el dueño de los ojos dorados se detuvo en ese preciso instante. Entonces era cierto. Ella había vuelto y la razón era…

Sus ojos engrandecieron en señal de sorpresa. Hizo todo lo posible por reprimir cualquier clase de reacción ante su confesión, pero le estaba costando en demasía.

– Deseé verte y luego… vi el cielo. Y lo supe. Y aquí estoy – con una cálida sonrisa, de esas que la hacían cerrar sus ojos, dio por finalizada su historia. Consciente del peso de sus palabras y acciones, la sacerdotisa sintió temor, pero también se sintió liberada. Ella no dudaba de sus propios sentimientos. Dijo la verdad de lo ocurrido, y sea cual sea la consecuencia, iba a aceptarla.

– ¿Y tu familia? – realmente odió hacer esa pregunta, pero no podía ignorar ese hecho. Le costaba creer que Kagome fuese capaz de hacer algo así por alguien como él… Quería saber si ella era completamente consciente de lo que hizo. Quería saber por completo si él fue razón suficiente. La costumbre por sentirse inferior parecía no haber desaparecido de su lista de defectos. La sacerdotisa regresó su mirada al suelo nuevamente.

– Sí, yo… lo sé. Es algo… difícil, pero… – tragó saliva y aclaró su garganta. – No quería seguir viviendo en un mundo donde tú no estés, Inuyasha… – sus dulces ojos chocolate se clavaron instantáneamente en los mares dorados del hanyou, demostrando seguridad al terminar su confesión. El semblante del híbrido reflejaba un sinfín de emociones juntas. Sus orbes parecían temblar.

– Kagome… – musitó anonadado, sin quitar la vista de la joven. Sango y Miroku tenían razón. Ella misma se lo estaba confirmando. En ese instante, temió que sus latidos fuesen escuchados por lo fuerte que los sentía golpear contra su pecho. Aunque sentía que era muy bueno para ser verdad, la realidad era esa. Un río de alivio, felicidad, agradecimiento y amor atravesó su cuerpo de punta a punta y lo envalentonó a lanzarse sobre ella y a atesorarla en sus brazos, intensificando la fuerza de su abrazo con cada segundo que transcurría. Una de sus manos se posó en la espalda de la joven y la otra se enredó entre sus cabellos azabaches. A la sacerdotisa le costó un segundo darse cuenta de lo que Inuyasha había hecho, pero respondió en cuanto pudo, hundiendo sus dedos en su espalda, materializando sus deseos de volver a verse.

El híbrido apoyó su mentón sobre la cabeza de Kagome, inspirando sobre su cabello, empapándose de su suavidad y su aroma que tan loco lo volvían.

– Te extrañé tanto… – admitió entre susurros, dejando caer sus párpados sobre sus dorados orbes, dejándose llevar por la felicidad que le provocaba esta situación. Sintió cómo las lágrimas golpeaban sus ojos desde dentro. No quiso dejarlas salir, así que apenas alcanzaron para humedecerlos un poco. Al escucharlo, los ojos chocolate de la joven se abrieron enormemente y se inundaron de lágrimas, tanto así que, al cerrarlos, una de ellas se escapó y dejó un recorrido acuoso en sus mejillas rosadas.

– Yo a ti… – contestó con voz quebrada, aumentando la presión de su abrazo.

Aquí es donde debía estar, donde siempre supo que debía estar. En el momento en que su mano se entrelazó con la del hanyou en el pozo, ella supo que había regresado al lugar al que pertenecía, añoraba y adoraba. Aquí, entre los brazos del único hombre al que amó en su vida, junto al árbol que vio nacer su unión.

Deseaban permanecer así por siempre. Ninguno sabía cuánto tiempo se mantuvieron unidos en ese abrazo, pero había llegado el momento de separar sus cuerpos. La muchacha se limpió sus lágrimas con su mano antes de volver a dirigirle la mirada.

– Bueno… supongo que debo ir a descansar, Kaede debe estar esperándome… – rompió el silencio la joven miko, actuando como si la situación que acababa de terminar no significase lo que realmente significaba.

– Oh, claro… – él tampoco supo fingir muy bien.

– Debo acostumbrarme otra vez a esta época, ¿no? – sus labios se curvaron en una sonrisa. Él respondió de la misma manera.

– Sí… – pronunció aliviado. Pero la realidad en su interior era otra. Desde que su abrazo terminó, una particular tensión se empezó a introducir en la atmósfera que los rodeaba. Su mente se invadió de repente del recuerdo de las palabras de sus amigos. Su corazón volvió a palpitar con fuerza y podría jurar que estaba sudando frío.

– Bueno… nos vemos… mañana, Inuyasha – su intento de despedida era de todo menos una despedida. La frase sonó entrecortada, y hasta coqueta, como si estuviera esperando algo. Le regaló una última mirada antes de chocar sin querer sus manos y empezar su camino hacia la aldea. Ese choque disparó aún más la tensión que ya se venía formando en ambos desde hacía rato. Esa misma tensión de la que fueron prisioneros aquella vez en medio de la batalla en el interior de Naraku, justo cuando ella había recuperado sus poderes de sacerdotisa y había logrado purificarlo.

– Claro… nos… vemos – contestó tímidamente, sin quitar sus orbes de oro de la joven, que ya estaba yéndose. Y con ella se iba su única perfecta oportunidad de darlo todo.

Era ahora o nunca. Las palabras se le atoraron en la garganta, impidiendo el paso del aire.

– Kagome –

La miko se dio la vuelta ante su llamado y ambas miradas se conectaron otra vez. El hanyou tomó impulso e hizo un par de pasos rápidos para llegar a ella. La sacerdotisa hizo lo mismo y, en menos de un segundo, el peli-plata tomó su rostro y aplastó sus labios sobre los de ella, fundiendo sus bocas en un dulce, sorpresivo, y apasionado beso.

Los brazos de la joven de ojos chocolate se enredaron en el torso del oji-dorado, empujándolo disimuladamente más hacia ella, aumentando la presión del beso. La mano del hanyou viajó desde su mejilla hasta la parte de atrás de su cabeza, dejando que sus dedos se entrelacen con su cabello, e hizo también una leve presión, en un intento desesperado de sentir su calidez y su cuerpo pegados al de él. Ambos ladeaban sus cabezas por momentos, alternando, logrando explorar cada milímetro de sus cavidades, abrazando sus bocas, la una con la otra, liberando el amor que acumularon todo ese tiempo. Para Inuyasha, sentir su sabor una vez más y ahora incluso más intensamente lo trasladaba a un paraíso. Para Kagome, ver cómo él demostraba abiertamente sus sentimientos por ella la hacían recordar el deseo que tenía de haber podido regresar mucho antes, o mejor dicho, de jamás haberse apartado de él.

Este no era precisamente su primer beso. Aquel había ocurrido hace tres años, antes de destruir la Perla por completo, y consecuentemente, antes de la inevitable separación. Pero ambos podían afirmar que se sentía como el primero, o incluso mejor. Tres años de abstinencia, tres años de extrañarse con locura mutuamente, tres años de sufrimiento por la ausencia del otro, tres años de soñar con este momento… para que finalmente esté ocurriendo, fueron los condimentos perfectos para que este beso, el primero después de esos años, se sintiera como el cielo mismo. Ante el primer contacto entre sus labios, toda su historia, cada momento que pasaron juntos, cada pelea, cada reconciliación, cada escena de celos, cada preocupación, cada protección, cada unión de sus manos, cada abrazo, cada mirada se fundió en ese beso, provocando en ellos la sensación de que jamás transcurrieron todo ese tiempo separados, como si el tiempo se hubiese detenido en el momento en que ambos estaban abrazados siendo los únicos espectadores de la destrucción de la Perla de Shikon, y hubiese reanudado en el instante en que sus manos se tocaron nuevamente en el pozo. Ese beso era la cuasi profecía de Inuyasha, que ambos nacieron para el otro. Ese beso era la esperanza que se mantuvo viva en el corazón del híbrido de que su destino era estar juntos, por ende, el destino mismo los volvería a juntar. Y aquí estaban, diciéndose sin palabras todo lo que alguna vez quisieron expresar, todo lo que callaron por culpa de los años, todo lo que lograron acumular. Este instante era preciado, y quedaría enmarcado en sus corazones por la eternidad.

Tras varios minutos que, ahora en buen sentido, parecieron eternos, sus bocas volvieron a pertenecer a cada uno, pero sus orbes seguían enlazados, luciendo hipnotizados.

– Kagome – volvió a pronunciar su nombre mientras colocaba su mano en la mejilla de la joven con suavidad. La sacerdotisa engrandeció sus ojos al tacto, fijando aún más su mirada chocolate en él. – ¿Te quedarás conmigo? – preguntó con un toque de timidez mezclado con seriedad.

– Claro que sí… Es lo que más deseo – contestó sin titubear, intentando no sonar desesperada.

– Porque yo… quiero estar contigo. Quiero permanecer a tu lado, para siempre – confesó, absolutamente decidido y sin quitar su mirada de ella ni un segundo.

Si existiese una manera posible de que sus ojos pudieran abrirse aún más de lo que ya lo estaban, lo habría hecho. Su corazón dio un vuelco dentro suyo y golpeó fuerte contra su pecho, provocando que suspirara ahogadamente.

Creyó que le iba a resultar más difícil, pero no. Lo invadió una corriente de seguridad tan grande, que no sintió miedo alguno, y derribó por completo esa barrera que siempre le impidió sacar a flote sus sentimientos. Ahora no era momento de ocultar nada. Quería que ella lo supiera. Creía necesario que lo supiera, que sepa que haber sacrificado su vida con su familia y en su cómoda época no iba a ser en vano, porque él le iba a agradecer este y todos los días mientras viva de haber tomado esa decisión, y se dispondría a hacerla feliz, porque Kagome merecía eso y mucho más. Era su mundo, su salvación, su vida, su felicidad. Y jamás se permitiría perderla otra vez.

Los brillantes ojos chocolate de la miko volvieron a hundirse en lágrimas repentinas, que al surgir todas juntas se desbordaron y cayeron como cascadas por sus ahora rojas mejillas.

Inuyasha estaba frente suyo, con su mano en su rostro, diciendo esas palabras que ella creyó que jamás iba a escuchar. Ya sea por haber sido forzadamente separada de él, o porque muchas veces creyó que su amor no era correspondido, o al menos no en la misma magnitud. Pero ahora podía ver claramente cómo eso jamás fue así. Pudo sentir en ese beso lo mucho que él la extrañó y que no hizo otra cosa que pensar en ella en su ausencia. La seguridad que transmitía con sus palabras la tranquilizaron y la hicieron darse cuenta que él la amaba mucho más de lo que ella imaginaba.

– Yo también quiero estar contigo, Inuyasha, toda la vida. – lloró sonriendo, e inmediatamente se lanzó a los brazos del híbrido nuevamente, apretando sus ojos, dejando que más lágrimas decoraran su rostro. El medio-demonio la recibió de inmediato, ambos cuerpos fundiéndose en un cálido y apasionado abrazo.

Cuando se separaron, Kagome pudo notar que los orbes dorados del hanyou se encontraban húmedos, y en sus mejillas, gracias a la luz de la luna, se podía ver el brillo de un camino acuoso. Por unos segundos, creyó que fue ella quien lo mojó con sus lágrimas, pero luego se dio cuenta que no. Y es que el peli-plateado no pudo evitar llorar finalmente tras escucharla por primera vez diciéndole que quería estar con él toda la vida. Ella no era la única que sintió un tirón en el corazón tras escuchar esa frase y su propio nombre relacionados en una misma oración.

La sacerdotisa iba a decir algo al respecto, pero luego recapacitó que era mejor no hacerlo, para no provocarle incomodidad. Sabía lo poco que le gustaba a su malhumorado hanyou que lo dejaran en evidencia.

– No me apartaré jamás de tu lado – se limitó a murmurar con calidez, y depositó un suave beso en los labios del híbrido, quien se fundió con ella nuevamente. No importa cuánto tiempo pasase, pero sintió que jamás se cansaría de besarla, mucho menos ahora que podía hacerlo tan libremente.

Dormir era lo que menos querían hacer estos dos, así que, posada sobre su espalda como en los viejos tiempos, ambos se encaminaron a una colina cercana. Se recostaron sobre el césped. Inuyasha la tomó en sus brazos, y los dos dirigieron sus miradas hacia el cielo, que le había dado la bienvenida a la sacerdotisa con miles de estrellas brillando sobre su manto, de esas estrellas que ella no podía contemplar en su época.

Tras hablar por horas de todo lo que hicieron en el tiempo en que no estuvieron juntos – digamos, dándose un update mutuo – la pareja sucumbió ante la inconsciencia, producto del cansancio de un atareado pero maravilloso día. En el pasado, ambos se habían observado mientras dormían en distintas ocasiones, pero jamás lo durmieron a la vez compartiendo el mismo lugar. Esta era la primera vez de muchas. No estaban compartiendo una cama o un futón, pero sí que compartían el haori del híbrido. Kagome se encontraba entre los brazos de Inuyasha, profundamente dormida, al igual que él. Por primera vez en tres años, ambos pudieron descansar con una sonrisa en sus rostros, sabiendo que se volverían a encontrar al despertar.

El sol posó sus primeros rayos sobre el rostro del hanyou, provocando que sus mares dorados brillaran más intensamente tras parpadear un par de veces hasta finalmente abrirlos. Al hacerlo, a lo primero a lo que dirigió su mirada fue a la joven que se encontraba presa en sus sueños sobre sus brazos. Fue entonces que dimensionó que se quedaron dormidos juntos. No pudo evitar sonreír atontado. Una calidez instantánea pinceló su corazón al revelarse a sí mismo que al lado de ella es como él deseaba despertar cada mañana del resto de su vida.


¿Yyyyyyyy? ¿Qué les pareció? Yo amé escribir esto, mucho, y también me costó! En el próximo indagaremos más, obviamente. Esta historia se convertirá en lemon en capítulos posteriores, están avisados e.e así que estén atentos! No se lo pierdan porque vienen cosas mejores c:

Si les gustó, porfi porfi porfi dejen una review, aunque sea chiquita, me sirve muchísimo y me anima un montón! Déjenme saber lo que piensan :3

Con amor, Iseul.