Ese día había empezado como cualquier otro día.
Severus se levantó y comenzó con la preparación de la poción matalobos que Lupin necesitaba en unas semanas, y a su vez aprovechó para corregir los ensayos de la semana anterior de los inútiles de sus alumnos. Apenas había empezado a trabajar en Hogwarts y ya odiaba a la mitad de los idiotas que estudiaban ahí. Suponía que lo pondría de mejor humor reprobarlos a todos.
Decidido a ello, y dejando reposar el tiempo indicado la poción bajo el fuego, Severus se sentó en su despacho en completa tranquilidad. Luego tendría la tarde libre y podría dedicarse a estudiar y aprender los libros que le quedaban pendientes en el estante. Suspirando, sonrió, (o hizo un gesto que se asemejaba a una sonrisa). Nada podría arruinar o perturbar ese día domingo.
Y entonces el flú comenzó a vibrar.
Severus frunció el ceño, desviando su mirada a la chimenea. Los fines de semana mantenía la conexión cerrada, y todo aquel que necesitara contactarlo de emergencia, podía hablar con Dumbledore, o enviarle un patronus. A pesar de que muchas veces los patronus eran del otro imbécil pulgoso molestándolo en los peores momentos solo para decirle que: "el niño había tenido una explosión de magia y ahora estaba en el tejado", y llamando refuerzos.
Refuerzos.
Por un niño de seis años.
Chasqueó la lengua, negando con la cabeza. No. Si realmente querían hablar con él esperarían hasta el lunes o tratarían de contactarlo de otra forma.
Después de un rato, la vibración se detuvo.
Suspirando, Severus tomó uno de los ensayos del Weasley mayor, -para su disgusto-, y comenzó a corregirlo, mientras tomaba su té. Aparentemente, el chico podía hacerlo bien en la teoría y no era un total incompetente como demostraba en clases. Pero bueno, nunca había esperado que un Weasley fuera competente. Alzando una ceja, se dispuso a-
La conexión volvió a vibrar.
Y a emitir un sonido chirriante.
Severus apretó los dientes y soltó una respiración exasperada. Bien. ¡Bien! Si querían molestarlo tan temprano un domingo, que así sea. Solo esperaba que quienquiera que fuera, se atuviera a las consecuencias.
Ondeando su capa, avanzó en grandes zancadas hasta la red y la abrió con un movimiento de su varita. Puso su mejor expresión de asco, cuando la figura que estaba esperando traspasar el fuego comenzó a toser y cayó a sus pies dando bocanadas de aire, haciendo que Severus encontrara a-
—¿Potter?
El niño elevó la mirada, cubierto de tierra en el rostro y le dedicó una sonrisa de oreja a oreja, complacido de verlo.
—Hola tío Sev.
Severus curvó los labios con disgusto y le tendió una mano para que se levantara, mientras aplicaba un hechizo para limpiarlo de forma no verbal y tomaba nota de su atuendo. El mocoso tenía el cabello revuelto y el pijama desastroso que el pulgoso más decente le había comprado. Harry entrelazó sus dedos entonces, poniéndose de pie de un salto y mirándolo con grandes ojos verdes y brillantes.
—Ya te he dicho que no me llames así —dijo él, enunciando cada palabra—. Severus. Ese es mi nombre.
Harry asintió repetidas veces, comenzando a avanzar por su despacho y mirando a su alrededor, maravillado con las pociones y calderos cómo cada vez que lo visitaba.
—Está bien —respondió, para luego tocar un vial—. Oye tío Sev. Necesito tu ayuda.
El hombre suspiró, masajeando sus sienes y dejando pasar una vez más el apodo que el niño no parecía querer soltar.
—¿Qué es tan importante que no podía esperar hasta mañana? —espetó, avanzando para alcanzarlo—. Mejor dicho, hasta el próximo fin de semana. El día que te corresponde quedarte aquí conmigo. Y por qué, en el nombre de Salazar Slytherin no te has cambiado el pijama.
Harry se giró hacia él, mirándolo por encima del hombro y los levantó, tratando de fingir inocencia. Severus elevó aún más su ceja.
—Es que me acabo de despertar y Padfoot me dijo que te prdeguntara a ti —respondió con simpleza.
Aquello lo hizo disminuir la velocidad hacia Harry, quién estaba parado frente a la mesa en la que no hace más de cinco minutos, él estaba revisando ensayos en paz.
—¿Ahora? —preguntó con seriedad—. ¿Tenía que ser ahora ya?
El niñito volvió a encogerse de hombros.
—No. Pero necesito saber. Es urgante.
Severus chasqueó la lengua, posándose finalmente en frente de él y mirándolo hacia abajo.
—Urgente, Harry —lo corrigió, pero el chico ya no le prestaba atención, perdido en la poción que estaba hirviendo en el caldero.
Severus suspiró con aún más fuerza y contó hasta diez mentalmente. Ya lo había dejado entrar, y Harry era demasiado terco para ordenarle que se devolviera a su casa y volviera cuando pudiera pensar mejor. Era en esos momentos en los que lamentaba haber querido tanto a su mejor amiga Lily como para hacerse cargo de su hijo junto a Lupin y Black, nada menos.
—Siéntate —dijo entonces, caminando hasta su estante—. Te daré desayuno.
Harry obedeció, sonriendo.
—Gracias tío Sev.
—Que no- da igual.
Severus llamó a un elfo de Hogwarts para que le llevara una comida sustanciosa mientras él guardaba los ensayos. No tenía sentido ni pretender que los iba a revisar. Harry se quedó tranquilo (si se le puede llamar tranquilo a removerse en su asiento y rascarse el cuello hasta irritarlo), los segundos que transcurrieron hasta que el elfo apareció de nuevo, llenando la mesa de jugo, pan, cereal y cosas que él no había pedido. Dándole una mirada desdeñosa, tomó un sorbo de su té al mismo tiempo que Harry veía a la criatura hacer una reverencia exagerada.
—Gracias —le dijo alegre, y el elfo casi se hizo pis encima de la emoción mientras desaparecía con un chasquido.
Severus frunció el ceño y se cruzó de brazos, a medida que Harry comenzaba a comer y le daba miradas furtivas de vez en cuando, cómo cada vez que quería preguntar algo pero no sabía cómo empezar.
Él no tenía tanta paciencia.
—Qué. Es —dijo de pronto.
Harry tragó con pesadez el pedazo de tostada que se había llevado a la boca, tomando un poco de jugo para ganar tiempo y luego jugando con sus dedos, desviando la mirada.
—Quiero saber- —comenzó, sacudiendo la cabeza—. Lo que pasa es que tú… eh- yo quiero. Quiero saber- tú sabes. Lo que tú ya sabes. Mmmm. Sí. Eso. —Miró hacia arriba, esperanzado, cómo si Severus hubiera entendido algo—. ¿Si?
El hombre lo miró de hito en hito.
—Qué.
El niño resopló, haciendo que su flequillo se moviera.
—Eso —dijo, articulando hacia él con vehemencia—. ¡Lo que tú sabes!
Se dejó caer con un ruido sordo a la silla e hizo una mueca frustrada, dejando la tostada encima de la mesa bruscamente.
—Harry Potter, enderezate y baja el tono —ordenó Severus, y Harry obedeció de mala gana, acomodándose. Snape hizo una pausa y lo miró directamente a los ojos—. Elabora la oración. Te doy diez segundos.
El chico se mordió el labio, cómo si ya se estuviera arrepintiendo de haber ido hasta allí.
—Quiero que me enseñes… —comenzó, pero se detuvo. Su cuello comenzó a teñirse de rojo.
Severus esperó antes de volver a hablar.
—¿A qué?
Harry suspiró.
—Costumbrdes…
—¿Costumbres? —preguntó, perdido. No tenía idea qué posiblemente quería saber Harry.
Es hijo de James Potter. No trates de encontrarle lógica.
—Costumbrdes que —continuó, desviando la mirada—, tú ya sabes-
Ah, aquí era el momento en el que se ponía a balbucear. Severus no quería pasar por esa fase. Fijó sus ojos oscuros en él y se reclinó en su asiento.
—Uno —lo interrumpió.
Harry alzó las cejas de forma exagerada tras sus lentes, de forma que se perdieron bajo su flequillo, alarmado.
—P-pero —exclamó, con aire de injusticia—, ¡tío Sev!
Severus no se inmutó.
—Dos.
—¡Es que-!
—Tres.
Harry se inclinó hacia él, poniendo sus pequeñas manos encima de la mesa.
—¡Es que yo no sé!
—Cuatro.
El chico se veía cada vez más desesperado con la cuenta de Severus.
—¡Y me dijo que tenía que saber o no iba a aceptar! —insistió, al borde de la histeria.
—Cin-
Entonces, explotó.
—¡QuieroquemeenseñescostumbrdessangrdepuraparapoderpedirlematrimonioaDraco!
Severus se quedó congelado en su lugar, la boca entreabierta y su mirada desenfocada, del puro horror. Harry estaba aún viéndolo con esos ojos verdes grandes y alarmados, su pecho dando respiraciones agitadas y completamente inclinado encima de la mesa, empujando su desayuno al borde.
Por unos segundos ninguno dijo nada, hasta que Severus dejó escapar la respiración atorada en su garganta y se inclinó también hacia adelante.
—¿Disculpa?
No estaba seguro de haber oído bien. Esperaba no haber oído bien. Harry tenía la cara redonda y las mejillas llenas. Medía apenas un metro y se tropezaba con las palabras y las erres. No sabía abotonarse las camisas o atarse los cordones. Lloraba si le quitaban su oso para dormir y jugaba con cajas.
Con cajas.
El rostro del niño se tiñó completamente de rojo y retrocedió en su lugar, avergonzado de haber estallado así. Carraspeó, desviando la mirada.
—¿Harry? —siseó Severus en su tono más amenazante.
Harry dejó salir un lloriqueo y se cruzó de brazos, desordenado su cabello.
—Quiero que… me enseñes costumbrdes sangrde pura —murmuró de mala gana—. Para- para así poder casarme con Draco.
El mundo pareció detenerse.
—¿Qué? —espetó.
Harry saltó en su lugar y lo apuntó, cómo si eso explicara absolutamente todo.
—¡Eso! —gritó, arrugando la frente—. ¡Sirius dijo que tú sabías!
Por supuesto que lo hizo.
—Harry… —advirtió por la subida del tono.
El mocoso tuvo la decencia de mostrarse avergonzado.
—Lo siento… —masculló, aún quejumbroso—. Sirius dijo que tú sabías lo que él no, respecto a sangrde puras y que te prdeguntara a ti.
Estúpido Black. De seguro era una forma de hacerle explotar la vena de la frente y ponerlo en una situación que él no quería afrontar. De seguro era una forma de reírse de él. Iba a maldecirlo hasta que no pudiera recordar su nombre.
Apretando los dientes, se llevó la mano hasta el puente de su nariz y la apretó, cerrando los ojos mientras hablaba.
—Harry Lilliot Potter…
—No me llamo-
—… por qué, en el nombre de Merlín, quieres casarte con Draco Malfoy —continuó hablando sin prestarle atención—. A esta edad.
Harry volvió a desparramarse en el asiento y extendió las manos hacia el cielo, cómo si estuviera haciendo un anuncio.
—Tuve un sueño —aseguró, con tono místico. Lo más místico que podía ser un niño que aún hablaba con voz de pito—. Una prdoficía.
—Profecía —corrigió, sabiendo que nunca lo escuchaba—. Y así no funcio-
—Y me tengo que casar con Draco Malfoy —lo interrumpió, cómo suponía—. Tengo que hacerlo.
Severus soltó el aire de sus pulmones y dejó ir su nariz, arrepintiéndose de cada decisión que lo llevó a tener que soportar esa conversación durante la mañana de un domingo.
Sabía que tenía que arreglar su karma, pero no sabía hasta qué punto iba a tener que seguir pagando los pecados que cometió de joven.
—No tengo tiempo para esto —murmuró para sí mismo. Entonces, fijó su mirada en el niño—. Harry. —Él lo miró con ojos expectantes y esperanzados. Severus arqueó la boca para hacerlo lucir más determinante—. No.
La réplica no se hizo esperar.
—¡Pero es que sí! —exclamó, levantando las manos con dirección al cielo—. ¡Nuestrdos bebés serían hermosos!
De verdad, ¿cuánto tiempo tendría que pagar?
—Tienes seis años —espetó con fuerza para que le entrara en la cabeza.
Sorpresa: no funcionó.
—Pero ya le pedí matrdimonio y me dijo que tenía que seguir las reglas y así aceptaría, entonces-
—¿Que Draco qué? —lo cortó, espantado.
Iba a tener una seria conversación con el joven Malfoy.
—Que se va a casar conmigo si sigo las reglas, prdesta atención tío Sev —siguió Harry, sin inmutarse por la expresión de horror que no había dejado el rostro del hombre—. Entonces Padfoot me dijo que él no sabía, que tú podrías ayudar-
—No puedo creerlo —susurró, pasándose una mano por la cara.
—Porque él me dijo que tú y Regulus-
Oh no. Ese terreno no.
—Yo no estoy casado con Regulus —espetó Severus, con más fuerza de la que pretendía.
Harry pausó en su lugar, ladeando la cabeza, como si pudiera ver a través de él. Severus le mantuvo la mirada, recordando muchas veces en las que Lily lo observó de la misma forma. Era impresionante cómo físicamente se parecía tanto al idiota de James Potter, pero sus ojos… Sus ojos gritaban Lily Evans.
—Ah —respondió finalmente. Entonces, dejó pasar unos segundos de silencio para decir—: ¿Me puedo casar yo con Reg entonces?
Severus suspiró. Porque si no lo hacía, quizás cometería actos que no eran propios de gente adulta y madura como él.
Se levantó de su lugar, poniéndose frente al chico y lo tomó con firmeza de los hombros, haciendo que Harry no pudiera desviar la mirada. No es como si lo fuera a hacer. Harry era extremadamente testarudo con él.
—Harry Potter —comenzó, arrastrando las palabras—. No te vas a casar con Draco Malfoy. Ni con nadie.
—Pero-
—No.
Harry hizo un puchero, y puso su expresión más lastimera. La misma que ponía cada vez que Severus le decía que no, no podía tocar el caldero hirviendo. O que no, no podía tomarse el veneno de una runespoor solo porque brillaba.
—Pero me dijeron- me dijeron… —comenzó, en tono dramático—. Que mis padres se casaron porque se querían mucho, y…
Paró, sonrojándose, pero no se retractó, dejando en claro que quería mucho al heredero de los Malfoy y que por eso quería casarse con él.
Severus solo pensaba en que quería vomitar.
Lo observó por largos segundos, viendo cómo el rubor se expandía por su cara, y Harry mantuvo su expresión de vacío y tristeza. Severus sabía que era un teatro; así solía conseguir cosas de su padrino y Lupin, pero él no era tan idiota.
De todas formas, aún deseaba su tarde libre de mocosos que querían casarse con todo lo que se moviera.
—Bien —accedió totalmente disgustado, y el gesto soñador de Harry volvió—. Te enseñaré a hacer un regalo, aunque no de matrimonio. Pero no tocarás nada que yo no te diga.
—Sí, tío Sev —respondió él de inmediato.
Severus avanzó hasta el estante dónde dejaba las plantas y cosas que necesitaban mayor preservación. Harry lo siguió.
—Y se lo darás al muchacho Malfoy diciéndole que es sin compromisos —continuó, entre dientes sin girarse.
—Sí, tío Sev —volvió a concordar Harry. Severus tomó la maceta de la flor que usarían, y la colocó sobre la mesa. Harry la observó con curiosidad—. ¿Qué es eso?
El hombre contestó sin voltearse, juntando lo que necesitarían para trabajar.
—Helianthus annuus.
Casi podía escuchar a Harry parpadear, sin entender ni un poco.
—¿Qué? —sonaba completamente confundido.
Severus dejó los materiales encima de la mesa bajo la atenta mirada del chico y desvió la vista al techo, suspirando hondamente.
—Un girasol.
Harry chasqueó la lengua y emitió un "aaah" bajito, antes de comenzar a tocar los pétalos de la flor que Severus le dijo textualmente que no tocara. El hombre apartó su mano de un golpe sin fuerza y se sentó a su lado, reuniendo toda la paciencia que necesitaría para ayudar a Harry a hacer su regalo.
Cuando Severus levitó la comida a otra mesa y transfiguró la piedra de diamante en un relicario transparente, Harry se inclinó encima de él de pura admiración, casi tocándolo con su nariz.
—¿Crees que a Draco le guste? —preguntó emocionado.
A la mente de Severus llegaron recuerdos de su ahijado paseando por su despacho con expresión altiva, y tratando de expresar de la forma más seria y presuntamente aburrida que tenía, lo frustrante e impresionante que era Harry Potter. Cómo se sentía su magia. Lo fascinante que era. Cómo hablaba. Cómo no hablaba. Lo que hacía y lo que no hacía, y también los berrinches que tuvo que presenciar cada vez que el pequeño Potter no le prestaba la atención que el joven Draco necesitaba para seguir sobreviviendo.
Me sorprendería que no se desmaye de la pura emoción.
—Sin preguntas tampoco —dictaminó finalmente.
Harry debió haber visto algo en su expresión pensativa que lo calló, y con una sonrisa, ambos se dispusieron a trabajar.
Severus realmente nunca había adoptado ningún método tradicional para "cortejar" a Regulus. Regulus fue el que le dio el relicario que aún ocupaba, oculto entre sus túnicas. Snape había aprendido a elaborarlo por el puro hecho de que le llamaba la atención la promesa implícita que había en él; y luego de investigarlo, descubrió que era una costumbre sangre pura de cortejo en tiempos de guerra, cuando no había tiempo para hacer el ritual completo.
Básicamente consistía en demostrar tu amor a través de una flor con significado específico: si era aceptada, la persona que llevaba el relicario vería cómo las raíces comenzarían a afianzarse en el collar y éste vibraría cada vez que se sintieran listos para dar el siguiente paso. La flor crecería en la misma medida que el amor de las partes involucradas aumentara. Si esto no sucedía, quería decir que en realidad el compromiso no debía llevarse a cabo.
El relicario de Severus llevaba vibrando años.
Era algo demasiado serio para un niño de seis años, pero al menos no era tan serio cómo para comprometerse en una boda. Quizás, ambos crecerían para reírse de aquello y se olvidarían de los sueños infantiles. Quizás, incluso se separarían en algún punto, o serían sorteados en Casas diferentes, y el collar simplemente quedaría olvidado. No lo sabía. Prefería eso que ver un anillo en el dedo de Harry a tan corta edad.
Comenzaron a trabajar en la joya. Harry obedeció cómo pocas veces lo había visto obedecer antes, llenando el relicario con la cantidad exacta de lágrimas de unicornio y poniendo la flor dentro, mientras recitaba las palabras que Severus le dictaba para que el regalo funcionara y la flor realmente creciera. Fue sellada con magia tanto de Harry como de él mismo, -tratando de canalizar el aura del chico-, y finalmente, Severus llevó el collar a la luz, viendo el girasol moverse dentro cómo si empezara a tomar vida propia. Suspiró, entregándoselo a Harry.
Los sentimientos de parte del chico debían ser sinceros, al menos, para que la flor reaccionara así.
—Tienes que ir, inclinarte y ofrecerle el collar sin compromisos de por medio —dijo, cuando Harry comenzó a examinar la joya que era unos centímetros más pequeña que el largo de su cara—. Y decir: las flores crecerán en la misma medida que mi afecto se cultivará y florecerá por usted, si me lo permite —El niño alzó la mirada, dándose cuenta de que estaba medio oyendo nada más. Severus arqueó una ceja—. Repítelo.
Harry tragó en seco, desviando la vista nuevamente hasta el relicario.
—Las- las flo… las rosas. No —se interrumpió, mordiendo su mejilla—. Las flores crdecerán cómo- en la misma… ¿medida? Que mi efecto-
Severus soltó una respiración exasperada.
—Te lo anotaré en un papel.
—Pero no sé leer.
—Aprende.
El hombre buscó pergamino y pluma, regresando a su anterior lugar mientras dejaba a Harry observar el objeto y jugar con él. No debería, pero al menos sabía que el chico tenía claro que sí lo rompía, Severus no le ayudaría a hacer otro.
—Tío Sev —dijo de pronto.
—¿Sí, Harry? —respondió, sin levantar la mirada.
Hubo un segundo de silencio.
—¿Por qué no te casas con Regulus?
—No es ninguno de tus asuntos —replicó, con voz fría pero suave.
Extendió la palma cuando terminó de escribir, para que Harry depositara allí el relicario y lo dejara guardarlo. Al otro día se encontraría con el muchacho Malfoy en la escuela primaria que Narcissa fundó, y Severus sabía que Harry querría dárselo de inmediato. Mejor mantenerlo en un lugar seguro mientras eso sucediera.
—Tío Sev —volvió a hablar el chico.
Severus atrajo una caja con un accio no verbal y depositó la joya con delicadeza adentro.
—¿Qué?
—¿Cuando cumpla once me puedo casar con Draco? —cuestionó Harry con voz inocente.
Severus enfocó sus ojos en él, nuevamente abiertos con horror. De verdad, ¿había hecho algo tan malo como para tener que responder esas preguntas? Black se lo iba a pagar completamente.
—Harry... —comenzó, con lo que se suponía que debía ser una charla larga, pero luego se arrepintió y solo dijo—: No.
Las mejillas del chico se inflaron, cómo cada vez que iba a protestar.
—¡Pero voy a ser grdande!
Severus no se inmutó.
—No.
El hombre miró el reloj de la pared, notando cómo había pasado casi una hora y media desde que Harry había llegado hasta allí, pidiendo consejos sobre matrimonio. Al menos, no tendría que soportarlo hasta el próximo fin de semana.
Si es que Black no mandaba un patronus convocandolo en medio de una clase, que era lo más probable.
—Tío Sev —volvió a decir Harry, y Severus se llevó una mano hasta el puente de su nariz.
—Qué quieres ahor-
—Grdacias.
Unos brazos lo envolvieron desde su costado y una cara se enterró en su túnica, arrebatándole la caja de las manos. Harry tenía demasiada fuerza e ímpetu para su edad y Severus ya sentía que se estaba ahogando por tanto contacto humano.
—Sí, sí —dijo incómodo, dándole palmaditas a su hombro—. Suéltame.
Harry se separó, con la misma sonrisa de oreja a oreja con la que había llegado, y su flequillo se levantó, mostrando su cicatriz, brillante a la luz del sol. Dio unos pasos atrás y tomó la tostada medio mordida, mientras se encaminaba a la chimenea. Severus le siguió a una distancia prudente para no ser atacado de nuevo por brazos infantiles y demoníacos.
—Tío Sev —llamó Harry mientras tomaba polvos flú para regresar a su casa.
Severus se resignó.
—Dime —espetó, cruzándose de brazos.
—Creo que deberías casarte con Reg.
Debía haberlo estado esperando.
—Harry —respondió, con el rostro completamente serio—. Lárgate.
Harry se giró, parándose en la chimenea y sonrió aún más amplio si eso era posible, arrojando los polvos para marcharse, más feliz de lo que había llegado.
—¡Adiós! —exclamó, justo cuando desaparecía.
Una vez que las llamas verdes se esfumaron, Severus volvió a cerrar la conexión y decidió sentarse para recuperar la paz mental que había perdido para el fin de semana.
Algún día ese chico iba a terminar matándolo.
El que haya dicho: "niños pequeños, problemas pequeños", claramente no conocía a Harry Potter.
Narcissa se asomó al patio del pequeño establecimiento que había conseguido abrir y miró, con una pequeña sonrisa, cómo jugaban los niños.
Era un día soleado y tranquilo. Los pequeños magos al fin tenían un lugar donde estudiar antes de ir a Hogwarts, aprendiendo cosas en comunidad en vez de estudiar en casa. En un principio, ella misma no había sido muy fan de la idea, pero luego de ver que la única compañía de Draco eran los niños Vincent Crabbe y Gregory Goyle, algo le había movido el corazón. Theodore Nott también era amigo de su hijo, pero no todo el mundo podía soportar la excentricidad de Draco, ella lo tenía claro. Y al contrario con Pansy, su muchacho parecía el que no la soportaba a ella en ocasiones.
Así que, decidida a que Draco dejara de sentirse tan solo como ella sabía que se sentía, había abierto aquella pequeña preparatoria –para algo estaba el dinero– y en contra de su voluntad y la de Lucius, las invitaciones estaban abiertas a todo el mundo. Por suerte, familias cómo los Weasley ni siquiera pensarían en asomar sus narices pecosas por allí.
Su mirada viajó a una esquina apartada, para encontrarse como de costumbre, a Draco y Harry peleando por algo en voz baja. Narcissa negó con la cabeza, sabiendo que su amistad había empezado por la fuerza de la costumbre más que nada, al tener que frecuentarse cada vez que iban a la escuela, o por el padrino de su hijo, quién era uno de los tutores legales de Harry.
Aunque a pesar de eso, los chicos terminaron tolerándose… o quizás algo más, si tenía que juzgar la forma en la que Draco hablaba hasta no callarse acerca de Harry Potter.
Suspirando, conjuró el hechizo que le permitía tener acceso a lo que Draco hacía cuando estaba lejos de ella, y escuchó la conversación, para prevenir accidentes mágicos.
Y bueno, porque ambos estaban más raros que de costumbre.
Justo en ese momento, los chicos se habían quedado callados. Harry tenía la cabeza gacha, las manos en los bolsillos, y dibujaba en la tierra con el pie, frunciendo el ceño.
—Draco —dijo de pronto de mala gana.
Su hijo lo miró con el entrecejo arrugado, alzando la barbilla.
—¿Qué, Potter? —replicó, curvando las comisuras.
Harry se mordió el labio, sin mirarlo todavía.
—¿Recuerdas qué te dije el otro día? —preguntó, rascándose el cuello.
Draco hizo una mueca, arrugando la nariz.
—¿Qué de todo?
Harry suspiró, pasándose una mano por la frente, justo encima de su cicatriz.
—Si te ibas a casar conmigo —dijo, cómo si nada.
La respiración de Narcissa se atoró en su garganta, viendo cómo el rostro de su hijo se iluminaba y asentía repetidas veces, cómo si se le hubiera ido el malhumor de forma instantánea.
Ella definitivamente no podía lograr eso.
Salazar, ¿qué era todo aquello?
—Pero te dije que tenías que pedírmelo con las tradic- —comenzó a decir Draco, pero fue interrumpido.
—Sí, sí —espetó Harry, agitando una mano—. Tío Sev no me dejó.
Narcissa reprimió una sonrisa, comenzando a entender para donde iba la conversación.
Nadie le dijo lo entretenido que sería divertirse a costa de su único hijo.
—¡¿Mi padrino?! —gritó Draco con demasiada fuerza, haciendo que algunas cabezas giraran hacia ellos. No les prestó atención. Su hijo hizo un puchero—. ¡Pero pensé que estaría encantado!
Harry levantó la mirada al fin, descolocado un poco por su reacción y el tono tan transparente de decepción que teñía la voz de Draco. El moreno ladeó la cabeza, curioso, y al parecer habiendo olvidado qué estaban discutiendo antes de que hablaran de matrimonios.
Matrimonios, pensó Narcissa, la juventud de hoy está muy adelantada.
—¿Qué es encantado? —preguntó Harry con un atisbo de confusión.
Draco chasqueó la lengua, cruzándose de brazos mientras fruncía el ceño. Estaba copiando la posición de regaño de Lucius.
Narcissa sonrió con libertad al fin.
—Eres igniorante —le dijo, con total seriedad.
Eso solo hizo que el pequeño Potter se viera aún más confundido, el pobre.
—¿Igniorante…? —preguntó.
Draco volvió a agitar la mano de forma desdeñosa.
—Da igual, Potter —le dijo, sin borrar el ceño fruncido—. ¿Entonces no nos vamos a poder casar?
Harry suspiró, desviando la mirada, cómo si realmente les hubieran dado las peores noticias del mundo.
—No creo aún —admitió con pesar—. Pero te trdaje un regalo.
Narcissa alzó las cejas, al ver cómo el niño se llevaba una mano hasta el bolsillo interior de su túnica esmeralda. Draco lo observó con interés también, mientras Harry extraía un objeto que la mujer no podía dilucidar a la distancia. Lo miró tragar saliva, al mismo tiempo que daba un paso atrás.
—Umm… —murmuró el chico, nervioso
Draco esperó, mostrándose abiertamente sorprendido cuando Harry se inclinó e hizo una reverencia.
Entonces, desplegó el objeto, que colgó en su mano.
¿Eso no era…?
Un rayo de sol iluminó el interior del relicario, haciendo que una emoción cálida se expandiera por el vientre de la mujer.
Sí. Sí era.
Narcissa se alegraba de que el pequeño Potter tuviera tales sentimientos y determinación a tan corta edad. Y hacia su Draco, no menos.
—Te doy esto, sin comprdomisos… —empezó, interrumpiéndose a sí mismo.
Draco asintió, intercalando su mirada entre el collar y Harry, claramente sin entender qué estaba haciendo el chico o qué significaba el regalo.
Debo reforzar sus conocimientos sobre costumbres sangrepura, se reprimió.
Para ser justos, nunca pensaste que necesitaría saber acerca de compromisos, rituales y regalos de amor.
Touché.
—Eh… —comenzó Harry una vez más, rascándose el cuello nuevamente—. Las flo- flores crdecerán… uhm… En la misma medida que mi efecto se cultivará y…
Sacó un papel de su bolsillo, mirándolo cómo si quisiera entenderlo con el poder de su mente. Que Narcissa estuviera enterada, Harry no sabía leer aún. Seguramente se había aprendido qué debía decir de memoria, pero el nerviosismo y la insistente mirada de Draco le hacían olvidar.
—Florecerá por usted —continuó, dubitativo, dándole una sonrisa de disculpa a su hijo—, si- si me lo permite.
Harry se quedó mirando a Draco un momento, mordiéndose el labio, antes de extender la mano y ofrecerle el collar.
Draco lo miró también.
Y entonces, sonrió.
Tomó el relicario, dándole vueltas a la luz del sol y maravillándose por la planta que estaba creciendo dentro. Narcissa no podía ver bien, pero apostaba que las primeras raíces ya estaban sobresaliendo desde dentro.
—Harry… —susurró Draco, completamente encantado—. Es precioso…
Las mejillas del otro niño se tiñeron de rojo de forma automática, dando un paso hacia atrás y poniéndolas dentro de sus bolsillos, avergonzado.
Entonces, se quedó mirando a Draco más tiempo de lo necesario.
—Te ves bonito cuando sonríes así —soltó el ojiverde de pronto.
Había sido dicho sin pensar, si tenía que adivinar por la forma en que Harry se cubrió la boca al instante, arrepentido de las palabras que dejaron su boca.
Aunque Draco se encogió de hombros, sin desviar la vista del collar.
—Obviamente —respondió.
Harry rodó los ojos, comenzando a irritarse una vez más con su hijo. Narcissa podía avecinar otra discusión. Al pequeño Potter no le gustaba que Draco fuera engreído. Aunque antes de que eso pasara, éste bajó el relicario, y lo obsevó, cómo quien observa un tesoro.
Entonces, tomó al pelinegro de la cintura y lo tiró en un abrazo.
Harry se tambaleó, sorprendido, antes de ponerse a reír y envolver sus brazos de vuelta, enterrando la cara en el hombro de Draco.
—¿Te gustó? —murmuró, notoriamente contento.
Draco se separó, dando un encogimiento de hombros presumido.
—No está tan mal —contestó.
Harry le dio un pequeño puñetazo en el costado, antes de hacer un puchero. Draco rio en respuesta, colgándose el relicario en el cuello y dándole un beso en la mejilla entonces.
El azabache se llevó una mano a la cara, suspirando.
Entonces, Draco tomó su mano.
—Ven —dijo, comenzando a caminar—, vamos a mostrarle a madre.
Harry frenó un poco, poniendo una expresión que solo podía significar que estaba entrando en pánico.
—¿Q-qué? —exclamó.
Su hijo levantó el collar como si fuera obvio, haciendo una mueca.
—Que estamos prometidos —respondió.
Harry negó, frunciendo el ceño.
—Malfoy, no crdeo-
—Sí —lo interrumpió—, yo sí creo.
Y volvió a arrastrarlo por el patio, para llegar hasta donde estaba ella.
Narcissa sonrió una vez más, antes de huir lo más rápido posible y ocultarse, para así evitar decirle a su hijo que, no, efectivamente no estaban comprometidos y que no, no se casarían hasta al menos veinte años más.
No tenía intenciones de soportar su rabieta.
Tampoco borrarle la sonrisa que solo Harry Potter podía sacarle.
Y que Draco podía sacarle a él.
