*DISCLAIMER: Los personajes y serie no me pertenecen, son propiedad de la mangaka Rumiko Takahashi. Únicamente el fanfic y su trama son de mi entera pertenencia. No se aceptan copias, adaptaciones y/o plagios. Muchas gracias.

*SUMMARY: Kagome nunca había sido una persona egoísta o celosa, no necesitaba ponerle su nombre a las cosas para saber que eran suyas... O al menos así lo creyó hasta que su inestable matrimonio la obligó a abrir los ojos. Si ella era solo de él, ¿por qué él no podía ser solamente de ella? ¿Por qué tenía que compartir a su marido con el pueblo? Era hora de tomar cartas en el asunto.


''Only mine''

—¡Feliz navidad, niños!

—¡Santa!

—¿Han sido buenos este año?

—¡Claro que sí! —Contestaron los infantes al unísono mientras miraban soñadoramente la gran figura de blanco y rojo.

—Ya veo. En ese caso... ¿Saben lo que significa?

—¡Yo sé, yo sé! —Respondió la mayor, pero antes de que pudiera seguir fue interrumpida por su hermano menor.

—¡Significa que nos darás regalos!

—¡Así es! —Revolvió cariñosamente el cabello de su segundo hijo y le sonrió con calidez— ¿Por qué no van a ver lo que hay debajo del árbol de navidad? Seguro habrá algo para ustedes.

—¡Sí!

Los dos niños corrieron lejos de Santa y se apresuraron a ir hacia el comedor donde se encontraba el gigantesco árbol atestado de luces y esferas brillantes. A sus espaldas, ambos padres los siguieron mientras miraban a la distancia sus rostros angelicales pasar de la impaciencia a la euforia. Sus ojos adquirieron un brillo especial en cuanto abrieron el primer regalo.

—¡Es un... Es un camión de bomberos!

—Así es, Sota, y es para ti solito —acotó su madre tras de sí.

—¿De verdad?

—De verdad.

—¿Y a ti, Kagome? ¿Qué te trajo Santa? —Preguntó el señor Higurashi a su hija mayor mientras la veía apartar los últimos retazos del papel de regalo— Dime, ¿qué es?

—Me trajo una muñeca... ¡Papi, es la muñeca que yo quería!

—¿Lo dices en serio? ¿La del centro comercial que me pediste el otro día?

—¡Sí, esa misma!

—Vaya, entonces Santa debe ser realmente bueno averiguando lo que te gusta —susurró mientras se reacomodaba los anteojos con perspicacia. Por poco y se quedaban sin stock. Un solo minuto tarde y no habría logrado comprarle ese regalo a su retoño—. ¿Y qué vas a hacer con ella? ¿Quieres que tome el té con tus otros juguetes para que los conozca?

—Sí, voy a...

—¿Me la prestas?

El sonido de la voz suplicante de su hermano pequeño hizo que padre e hija voltearan a verlo. Sota aún mantenía su juguete de bomberos fuertemente agarrado en una de sus manos mientras la otra se extendía en su dirección, pidiéndole que le prestara su juguete.

—No, Sota —reprendió su padre—. Tú ya tienes el tuyo, este es el juguete de Kagome.

—Pero quiero que su muñeca conduzca mi camión —explicó sin dejar de mirar de forma anhelante a la mujer de plástico con cabello rubio y un pomposo vestido rosado—. Mi camión no tiene conductor.

Kagome notó la forma en que su padre volvió a reacomodarse los anteojos y fruncía ligeramente el ceño. Estaba por ponerse firme y los labios compungidos de Sota solo anunciaban su inminente llanto. La niña miró la muñequilla en sus manos. Abrió la boca para decir algo, pero las palabras no salieron, en cambio, extendió su juguete hacia su hermano menor.

—No, está bien. Puedes jugar con ella, Sota. Yo jugaré... Más tarde.

—¿De verdad?

—De verdad.

—¡Gracias!

Kagome solo asintió en su dirección y vio cómo su hermano menor se alejaba con ambos juguetes entre sus manos.

¿Qué era... Lo que en realidad quería decir en ese momento?

—¿En qué piensas?

La repentina voz de Inuyasha la devolvió a la realidad y parpadeó de forma graciosa para ahuyentar los recuerdos. Por un momento había olvidado que se encontraban caminando por el bosque intentando recolectar algo de leña para el fuego. Ese tipo de caminatas, tan pacíficas y silenciosas, sin dudas se prestaban para rememorar viejas épocas.

—En nada —se apresuró a responder—, solo pensaba en mi familia.

Aquella respuesta no dejó del todo conforme a Inuyasha y le dirigió una mirada escéptica. Conocía bien a su compañera. Fuese lo que fuese en lo que estaba pensando, la había dejado un tanto inquieta.

—Si tú lo dices...

—Claro que sí, tonto. ¿En qué podría pensar? —Rebatió y le regaló una sonrisa que consiguió ruborizar un poco a su esposo.

La risilla pícara que la sacerdotisa dejó escapar fue suficiente como para provocarlo y hacer que rodeara su cintura con un brazo. Ahora fue el turno de Kagome de sonrojarse.

—No lo sé, pero espero que ahora estés pensando en nosotros.

—Tenlo por seguro —concedió y besó su mejilla con cariño—. ¿Crees que con esta leña tendremos suficiente?

Inuyasha pareció pensárselo un par de segundos. Las pequeñas ramas y cortezas que Kagome llevaba en su cesta serían suficientes para encender las brasas de la noche anterior y los leños pesados que él cargaba sobre su hombro debían bastar para dos o tres días más. Si tenían suerte, la nieve tardaría un poco más en caer y les permitiría volver al bosque a buscar más leña.

—Sí —concluyó—, volvamos a casa.

—De acuerdo.

Y así, sin deshacer el íntimo abrazo, la joven pareja dio media vuelta y caminó rumbo a su hogar. Sería un largo invierno.

._._._._._._._._._._.

—La cena está lista.

—Que bueno porque me muero de hambre.

Inuyasha dejó de cortar los leños con sus garras y se apresuró a entrar a la cabaña. El agradable olor de la comida caliente hizo que su estómago clamara por un poco de estofado y el calor de su hogar consiguió hacer que sus músculos poco a poco se relajaran. Mientras tanto, Kagome le sonrió con dulzura a la vez que le pasaba su cuenco repleto de estofado y una buena ración de carne.

—Huele bien —halagó.

—Gracias.

Ambos se dispusieron a comer en medio de un silencio agradable y pacífico. En cierto punto Kagome tuvo que levantarse para buscar agua para ambos y salió rumbo a otra habitación. Al volver, se encontró a Inuyasha de pie en la entrada hablando con alguien.

—¿No tiene a nadie más a quién molestar?

—Por favor, señor Inuyasha, sin usted tardaríamos más. No tenemos fuerza suficiente para...

—¿Y los caballos?

—Se han cansado al acarrear madera y costales de arroz todos estos días —el ceño fruncido de Inuyasha dejó en claro que no deseaba ser molestado—. Por favor, se lo suplico. Si lo hacemos solo nosotros, terminaríamos al anochecer y alguno de los aldeanos podría perderse camino a casa y ser víctima de algún demonio. En cambio, con usted sería cuestión de solo una o dos horas.

—¿Qué ocurre? —Kagome salió de su hogar e interrumpió la humillación del joven hombre— ¿Ha pasado algo malo?

—Oh, no, señora Kagome, es solo que...

—Vuelve adentro —la voz autoritaria de Inuyasha hizo que lo mirase al instante.

—¿Eh?

—Regreso en un momento. Ayudaré a los hombres a llevar leña a las casas y volveré —explicó sin dignarse a mirarla.

—Pero... La comida se... Se va a enfriar —su queja se vio interrumpida en el momento exacto en que sus ojos se posaron en las manos enrojecidas y callosas del aldeano. Estaban repletas de ampollas por el trabajo duro y rojas por el frío atroz. Tragó saliva y se relajó—. Está bien, ve, yo te esperaré.

El ojidorado asintió y miró al aldeano frente a él que le sonreía con gratitud. No le agradaba del todo la idea de dejarla sola, pero sabía bien que tampoco podía negarse a ese tipo de pedidos. Especialmente si eran pedidos que le dejarían un par de monedas de plata o cobre.

—Muévete. Es mejor empezar de una vez por todas.

—¡P-por supuesto!

Kagome solo alcanzó a ver al hombre inclinarse con respeto ante su esposo y, acto seguido, ambos partieron rumbo al bosque dejándola sola. Se abrazó a sí misma en cuanto una oleada de viento golpeó su rostro y caló sus huesos. Se apresuró a entrar de vuelta a la cabaña para continuar comiendo, pero bastó ver los cuencos abandonados y fríos para perder por completo el poco apetito que le quedaba.

—Que desperdicio...

Levantó los restos que quedaban, apartó el caldero del fuego y lavó las pocas cosas que habían utilizado. Pronto se encontró aburrida, sin cosas que hacer y con un frío cada vez más evidente. Era difícil entretenerse sola, especialmente ahora que Sango estaba ocupada cuidando de sus hijos. Seguramente estarían almorzando a esa hora. No iría a molestarlos. Se quedaría allí... A esperarlo.

._._._._._._._._._._.

El sol ligeramente cálido que se posaba sobre sus cabezas les daba un pequeño respiro luego de una semana particularmente fría. En cuanto vio el sol esa mañana, Kagome había salido de su cabaña con tal entusiasmo que Inuyasha llegó a compararla con un conejo saliendo de su madriguera. Algo que no le resultó muy gracioso a la sacerdotisa y terminó por mandarlo directo al suelo.

—Maldición, Kagome... ¡¿Por qué lo hiciste?! —Alzó el rostro para seguir reclamando, pero se topó de frente con la mirada tranquila de la azabache— ¿Qué?

—Llévame a la cascada —pidió.

—¿Por qué lo haría?

—Porque dudo que quieras volver a besar el suelo y no a mí —advirtió.

Inuyasha gruñó una grosería que, por milagro o piedad, no fue oído por su mujer. No le veía sentido ir a la cascada en esa época del año, pero tampoco quería tentar demasiado su suerte así que terminó por complacer los caprichos de la azabache... Como casi siempre hacía.
Luego de recuperarse del conjuro y sacudir sus ropas, le ofreció su espalda para viajar cuanto antes. Y era por eso que ahora se encontraba allí, sentado entre las piedras del lugar mientras veía a su esposa disparar flechas al agua. El sonido de un chapoteo insistente hizo que sus orejas giraran en esa dirección y sus ojos hicieron lo mismo. Efectivamente, Kagome había dado en el blanco que ahora se retorcía bajo el agua.

—No entiendo por qué insistes en pescar de esa forma —se quejó llamando la atención de la sacerdotisa—. Yo puedo hacerlo más rápido, no es necesario que hagas esto.

—No se trata de ser rápidos, Inuyasha —respondió mientras iba a buscar la flecha que tenía al pez ensartado en ella—. Se trata de pasar tiempo juntos.

—¿De qué hablas?

—Hablo de que...

¿Cómo decirlo? Bajó la flecha entre sus manos y miró el suelo con timidez mientras era inspeccionada por el ojidorado. No quería decirlo sin que sonara como una mujer obsesionada que cuenta cada segundo con su pareja.

—Es que... Siempre estamos ocupados —continuó—. Ya sabes, casi siempre estoy clasificando hierbas medicinales, curando a los aldeanos o entrenando... Y tú...

—¡Inuyasha!

El grito proveniente de las alturas hizo que ambos miraran el acantilado del que provenía la conocida voz. Al instante las tres miradas se conectaron: chocolate, azul y dorado. El monje miraba al dúo de esposos desde la orilla que delimitaba la entrada a la gruta. El rostro de Kagome se vio desfigurado por la decepción, pero pronto ese sentimiento dio paso a la preocupación.

—Monje Miroku, ¿ocurre algo?

—¿Qué quieres ahora, Miroku?

El mencionado rio con timidez y no pudo evitar llevarse una mano a la nuca demostrando cuán apenado se encontraba. Sin embargo, también le dio algo de gracia ver la reacción tan diferente entre ambos esposos.

—Necesito que me acompañes a la aldea vecina —dijo sin más rodeos.

—¿Qué? ¡¿Por qué?! Ve solo.

La mirada de Kagome se desvió por un segundo a la figura de su esposo que habló con decisión. Su corazón se calentó y una sonrisa casi imperceptible se formó en su rostro. Sin embargo, desapareció a los pocos segundos.

—¡Pero la paga será buena!

—¿Buena?

—¡Sí! —Gritó desde lo alto.

—¿Qué tan buena?

—Lo suficiente como para no tener que viajar en los próximos diez o quince días.

El monje y la sacerdotisa vieron al hanyou pensárselo unos segundos. El primero esperaba que aceptara y, la segunda, bajaba cada vez más los hombros y se resignaba a lo inevitable.

—Está bien, iré. ¿Cuándo debemos partir?

—Ahora mismo.

—¡¿Qué?! ¡¿Ahora?!

—¡Pues claro! O cualquier otro podría adelantarse y reclamar la recompensa.

—¡Pero...!

Su reclamo se vio interrumpido a mitad de camino. Miró brevemente a su compañera para saber si estaría bien que se fuera, pero en lugar de fijarse en todas las señales que le gritaban en silencio que se quedara, se fijó en sus ropas húmedas, sus calcetines raídos y recordó sus manos enrojecidas todos estos días a causa de las bajas temperaturas. Su mente actuó antes que su corazón. Sabía que en esta época del año lo primordial sería comprar ropa abrigadora, cobijas y conseguir todos los insumos que les ayudaran a sobrellevar el crudo invierno. Definitivamente debía ir.

—Kagome, me marcho. ¿Tú...?

—Sí, estaré bien —se apresuró a responder.

Había estado tanto tiempo en silencio que, por momentos, le costó encontrar su propia voz. Esperaba haber sonado convincente, pero la mirada de Inuyasha sobre ella se encargó de decirle que él tampoco estaba del todo contento al saber que debía irse y dejarla sola.

—Ve con Miroku, sé que regresarán rápido —añadió para darle la seguridad de que todo estaría bien.

—¿Segura?

—Segura.

—Bien, entonces volveremos al anochecer. Asegúrate de volver a la cabaña cuando termines con esto —pidió y le dio un beso en la mejilla que a Kagome le dejó un amargo sabor a soledad.

—Cuídense —fue todo lo que atinó a decir mientras veía al peliplata saltar fuera de la gruta para reunirse con su amigo.

De vuelta en casa, el silencio la recibió y su estómago gruñó pidiendo comida. Al final su decepción había sido tal que terminó dejando la pesca de lado y volvió a su hogar casi de inmediato. Se sentía frustrada. Por un momento había visto en los ojos de Inuyasha que realmente comprendía lo que quería decirle, que sabía por dónde iba la conversación y que él también tenía cosas para decirle. Para su desgracia, aquella charla había sido interrumpida y no sabía si más tarde estaría de humor para retomarla o si prefería dejar directamente el tema en el olvido.

Se dirigió a la cocina y tomó una fruta depositada en uno de los cuencos. Sinceramente no le cabía un solo bocado, pero su cuerpo no pensaba igual, así que con eso lograría engañar a su estómago al menos por un tiempo. Suficiente tenía con los ruidos de su cabeza y los gritos de su corazón como para sumarle la necesidad de comer.

—Con esto tendrá que bastar.

Una vez que terminó de almorzar —o al menos eso era lo que le diría a Inuyasha si llegaba a preguntarle—, caminó rumbo a su habitación donde la visión del futón matrimonial hizo que el sentimiento de soledad se acrecentara un poquito más. Decidió no darle más vueltas al asunto y se envolvió en las mantas lo mejor que pudo para retener algo de calor.

—Hace frío...

._._._._._._._._._._.

Dejó escapar un suspiro cargado de deseo y en compensación sus pechos fueron masajeados con dulzura. Kagome paseó sus manos a lo largo y ancho de la fornida espalda, disfrutando del tacto de la piel caliente bajo sus dedos. Hacía tanto que no disfrutaban de la intimidad entre ellos, que cualquier roce, por mínimo que fuese, conseguía hacerla estremecer. Podía sentir los músculos en tensión de su acompañante, cada vez que sus manos tocaban un punto específico lo sentía relajarse bajo su tacto como si de un manso cachorro se tratase.

—Te amo... —Lo oyó susurrar con dulzura y la humedad entre sus piernas se incrementó.

—Yo también... —Correspondió— Te amo tanto...

Las manos ásperas se deslizaron con inusitada urgencia a lo largo de su cintura para finalmente encontrarse con su sexo. Lo sintió palpar con suavidad, teniendo especial cuidado de no dañarla con sus garras, y la estimuló de arriba hacia abajo en caricias sutiles que conseguían volverla loca. Enterró sus uñas con fuerza en su piel bronceada en cuanto lo sintió hundir un dedo en su interior. Aquello se sentía tan bien, tan delicioso e íntimo. Abrió más sus piernas para permitirle un mejor acceso e Inuyasha sonrió con confianza al verla tan entregada a él.

—¿Te gusta?

—Sí...

—¿Qué tanto te gusta? —Insinuó mientras lentamente se preparaba para introducir un segundo dedo, tentando así al cuerpo de Kagome para dejar ir la poca cordura que le quedaba— Responde —ordenó mientras quitaba su mano y dejaba a la azabache totalmente desorientada—, ¿te gusta... O te encanta, Ka-go-me? —Silabeó su nombre y la mencionada tragó saliva con fuerza antes de responder.

—M-Me... Me encanta —respondió al fin cuando logró encontrar su voz y con sus piernas abrazó la pelvis masculina para acercarlo a ella—. Quédate conmigo y hazme tuya toda la tarde...

Y fue entonces que el extraño hechizo se rompió. Inuyasha dejó de besar el cuello femenino, para mirarla con terror a los ojos.

—¿Q-qué? ¿Dijiste tarde?

—Sí —contestó incrédula—, ya pasa del mediodía, Inuyasha.

Sin perder tiempo, fue depositando mansos besos en el pecho de su amado para que retomara su concentración inicial. Sin embargo, una mano provista de garras le impidió seguir avanzando y la obligó a sostenerle la mirada.

—Tengo que irme —susurró de manera casi imperceptible, pero los ojos atestados de culpa del ojidorado le confirmaron que había oído bien. Sin embargo, volvió a preguntar por si sus oídos y ojos le mentían.

—¿Qué...?

—T-tengo que irme —repitió, esta vez con mayor vergüenza que la anterior y se apresuró a salir de debajo de las sábanas.

—Pero...

Un extraño sentimiento la invadió de pronto. Sus labios estaban entreabiertos queriendo pronunciar palabras que no salían y, por alguna razón, tampoco sabía qué era exactamente lo que quería decir. Intentó ignorar el creciente nudo en su garganta, aferró con fuerza la sábana contra su pecho para cubrir su desnudez y poco a poco puso sus ideas en orden.

—¿Por qué? ¿Por qué tienes que irte ahora?

—Kaede me pidió que despejara la entrada de la aldea para que la nieve no impida la entrada de viajeros —de alguna manera se le había pasado por alto el horario y la promesa que tenía con Kaede. ¿Cómo pudo ser tan distraído?— o la salida de las carretas o...

—¿Por qué?

—Ya te dije, se lo prometí. Es por eso que...

—No —interrumpió—, no estoy preguntando por las estúpidas carretas o viajeros a los que nadie invitó.

—Kagome... —Inuyasha dejó de vestirse y miró boquiabierto a su mujer. Pocas veces la oía decir groserías, en especial si hablaban de ayudar a otros—, ¿qué te sucede?

—¿A mí? ¡¿A mí?!

De alguna manera, las situaciones vividas hasta el momento, sus constantes decepciones y pensamientos sobre el asunto se habían ido acumulando hasta generar una gran tensión en su cuerpo. Si ese día hubieran culminado el acto sin mayores demoras o interrupciones, tal vez, solo tal vez Kagome habría logrado aguantar otro par de semanas viviendo con el sentimiento de tener que esperar para poder disfrutar de la calidez de su esposo. Pero la sensación de estar insatisfecha, abandonada y dejada como segunda opción pudo más, de pronto, todo explotó y ya no se sentía capaz de frenar sus pensamientos.

—¡¿No querrás decir qué le sucede al resto?!

—¿A qué te refieres?

—¡Estoy hablando de esto! ¡De nosotros! ¿Por qué siempre tienen que pedirte ayuda a ti? ¿Por qué no le piden ayuda a los hombres más jóvenes? ¿O esperan a que simplemente la nieve se derrita? ¡¿Por qué siempre tienen que pedir tu ayuda?! ¡¿Por qué...?! —Se calló al sentir su voz quebrarse y respiró hondo antes de dejar ir un último hilillo de voz— Estoy harta... Tan harta...

De pronto, en medio de aquella crisis que azotaba su cuerpo sin dejarla entender del todo lo que sucedía, pudo vislumbrar algo. Un recuerdo que había venido a ella de improviso y se había alojado en lo más profundo de su cerebro, molestándola y picándole en la conciencia todos esos días.

—No, Sota. Tú ya tienes el tuyo, este es el juguete de Kagome.

—No, está bien. Puedes jugar con ella, Sota. Yo jugaré... Más tarde.

—¿De verdad?

—De verdad.

¿Qué había querido decir en ese momento? No lo recordaba y, al mismo tiempo, la sensación angustiante le resultaba extrañamente familiar. Casi... Idéntica.

—Este es el juguete de Kagome.

—Es el juguete de Kagome.

—Es... De Kagome.

Su pecho palpitó y sus ojos se abrieron con asombro al dar con una respuesta que, sin saberlo, había pasado demasiado tiempo buscando. Ahora que lo pensaba, ¿alguna vez tuvo el placer de llamar a algo suyo? ¿Alguna vez conoció algo diferente a renunciar?

Su vida se había visto envuelta en constantes renuncias, sumisiones y conformismos. No se consideraba una persona caprichosa, pero tampoco se permitió serlo. Ni siquiera una vez.
¿Tendría un hermanito y debería dormir en su cuarto? No había problema. El cuarto que se usaba para guardar las cosas del templo podría ser remodelado para convertirse en su nueva habitación, ya luego construirían alguna pagoda en la que guardarían todas las "reliquias" del abuelo. De todos modos, ya estaba cansada de tener una habitación tan espaciosa para ella sola.
¿Que Sota había roto su juguete favorito y ahora le tocaba entretenerlo con los suyos? No importaba, podría prestárselos un rato. Oh, ¿ahora Sota quería que fueran suyos o se pondría a berrear? Está bien. Estaba demasiado grande para tener juguetes, así que no importaba realmente.
Incluso si no se trataba de su hermano, su vida entera había girado en torno a ese tipo de situaciones, tal y como lo fue la propia búsqueda de los fragmentos de la Perla de Shikon. Se perdió de tantas salidas con sus amigas, tantos eventos escolares y oportunidades para interactuar con su madre.
Inevitablemente vino a su mente el recuerdo de Kikyo, el mal trago que supuso para ella saber que, por un pequeñísimo instante, se había vuelto egoísta y celosa al ser consciente de que había otra persona ocupando el corazón de Inuyasha. Pero eso duró muy poco porque, como siempre, había elegido conformarse con estar al lado del hombre que amaba, incluso si él no le correspondía en ese momento. Y, aunque el tiempo se había encargado de darle su final feliz, no estaba muy segura de estarlo disfrutando, al menos no como debería. Sus constantes renuncias y actitud optimista habían dado como resultado que se convirtiera en una persona complaciente, sumisa, sin demandas, sin caprichos o posesiones que guardara recelosamente... Y odiaba haberse vuelto así.

Inuyasha seguía de pie frente a ella con el ahori a medio poner. No había conseguido mover un solo músculo para, por lo menos, meterse bien el kosode dentro del hakama, pero tampoco había aprovechado esos minutos de silencio para correr lejos y completar esa tarea que quién sabe quién demonios le había mandado a aceptar.

Apretó con mayor fuerza la sábana contra su pecho desnudo y sus nudillos se volvieron blancos. Este acto no pasó desapercibido para Inuyasha, quien comprendía que debía estar realmente furiosa. Tal vez por eso mismo no se animaba a dar el más mínimo paso en falso.
La nieve continuaba cayendo fuera y la piel de Kagome se erizó a causa del frío polar. Inevitablemente eso la hizo sentirse aún más sola y todo el calor que su cuerpo había experimentado se había esfumado. Inuyasha fue consciente de la forma en que los dientes de la sacerdotisa comenzaron a castañear y por primera vez se animó a moverse, únicamente para acomodar el ahori sobre los hombros femeninos resguardándola así del frío que poco a poco se adueñaba más de la pequeña habitación.

—Tengo que irme.

Se despidió e intentó que las últimas palabras de su mujer no sonaran con tanta fuerza en su cabeza. Sin embargo, una pequeña mano le impidió levantarse. La mirada suplicante del color del chocolate se clavó con fuerza en sus orbes doradas haciéndole un pedido silencioso.

—Escucha —pidió con inusual calma—, hablaremos de esto cuando vuelva. Por ahora...

—No —nunca pudo ser egoísta, nunca quiso serlo tampoco, pero, por una vez... Por una única vez se permitiría serlo.

—¿Qué?

—He dicho que no.

—¿No qué? Explícate porque...

—¡Que no irás! ¡No irás porque eres mío!

No era de Kaede para acarrear con plantas medicinales, no era de Sango para ayudarla a sacudir futones, ni de Miroku para acompañarlo a trabajar todo el tiempo, mucho menos del pueblo. Inuyasha era pura y exclusivamente suyo.

—Eres mío... —Repitió en voz baja, pero sin dejar de lado su firmeza inicial.

Los dedos se cernían con fuerza sobre la tela roja y se negaban a dejarlo ir. El peliplata tomó la pequeña mano entre las suyas y guardó silencio. No era tonto. Sabía que la sacerdotisa se guardaba la mayoría de cosas que pensaba, especialmente si eran negativas. No había pasado por alto las innumerables ocasiones en las que su tiempo como marido y mujer se veía interrumpido por terceros. Jamás olvidaría la primera vez en que los ojos de Kagome pasaron de irradiar felicidad a ser inusualmente inexpresivos... Y todo mientras le cedía sus servicios a las aldeanas para que él pudiera ayudarlas a acarrear el agua para cocinar.

—No importa —había dicho—. Seguiremos hablando más tarde. Ve y ayúdalas.

Pero sabía que para Kagome hablar de su padre no era algo sin importancia, algo de lo que podrían hablar como si platicaran sobre el clima. En esa ocasión le estaba contando por qué su padre estaba tan ilusionado al saber que tendría una niña, pero el relato quedó a medio camino y nunca más volvieron a sacar el tema. Esa fue la primera de muchas veces en las cuales tuvieron que separarse porque solicitaban los servicios de uno o de otro. El único momento en el cual podían encontrarse era en la cama, como esa tarde, pero incluso en esos momentos se veían interrumpidos. Sin darse cuenta comenzó a apretar los dientes. La única razón por la que se esforzaba tanto era para darle a su esposa las mayores comodidades, para que no extrañase tanto su época, para consentirla como se lo merecía y que ella fuese feliz, pero tal parece que la felicidad de ella no estaba en lo material. ¿De qué valía trabajar tanto si la dejaba sola casi todas las semanas? ¿De qué servía... Si ahora la veía luchando por no llorar?

—No eres de ellos, ¿sabes?

La repentina voz de su esposa lo obligó a conectar miradas y se quedó esperando a que continuara.

—No eres de Miroku para salir a exorcizar cada vez que te dé la gana, ni de Shippo para ayudarlo a entrenar cuando viene a visitarnos, tampoco de los aldeanos para que te pidan que repares las cabañas luego de que algún demonio nos ataca. Eres mío.

—Kagome...

—Yo soy tuya —ladeó su rostro lo suficiente como para que se viera la marca perfectamente limpia de los caninos en su cuello, ese gesto bastó para hacer que el corazón de Inuyasha comenzara a latir con prisa— y tú eres mío... Y no te permitiré olvidarlo.

Tiró de sus ropas para acercarlo a ella, enterró el rostro en su cuello y aspiró la fragancia masculina, llenando sus pulmones de aquel aroma que hacía enloquecer sus hormonas y agitaba su corazón. Paseó sus labios por la manzana de Adán mientras se regodeaba con la respiración pesada de Inuyasha, podía sentir su corazón latir desbocadamente como si fuera el suyo propio. Bajó su mano para tantear el gran falo que continuaba despierto pese al frío y momento de tensión. Lo acarició con dulzura y sugerencia, disfrutando de su temperatura, de su rigidez y reacciones que obtenía a cambio. Poco a poco logró encandilarlo, sumiéndolo en un erótico hechizo que le pedía satisfacer sus necesidades más básicas de la forma menos delicada posible. Succionó con fuerza la porción de piel de su cuello y lo oyó quejarse con placer mientras apretaba su trasero, demostrándole que le gustaba lo que estaba haciendo. Continuó repartiendo besos y lamidas mientras succionaba ocasionalmente la piel tersa de su marido. Podía sentir el miembro del peliplata tensarse cada vez más, la punta se encontraba humedecida y los embistes involuntarios que hacía contra su mano auguraba que pronto se vendría. Sin embargo, cuando Inuyasha se encontraba casi arañando el cielo, la mano cálida de su esposa se apartó de su miembro y abrió los ojos con esfuerzo para mirarla con incredulidad. En su rostro había una sonrisa triunfante y algo... Que no lograba terminar de descifrar.

—¿Qué...?

—Te he marcado —interrumpió.

Así como él la había marcado como su hembra, de igual manera ella podría marcarlo. Inuyasha era suyo. Solo suyo, su Inuyasha, su esposo, su amante, su compañero... Su propiedad.

—Te dije que no dejaría que lo olvidaras. Aunque puede que en unas horas se borre —se lamentó. ¿Por qué la sangre de los demonios tenía que ser tan veloz a la hora de sanar heridas?

Lo vio tantear la zona que ella había succionado con ahínco todos esos minutos y, en efecto, se sentía como si tuviera un hematoma. Aunque no le dolía de verdad. Fue entonces que Inuyasha la miró pidiendo explicaciones y Kagome se acercó a su rostro para proceder a susurrar algo peligrosamente cerca de sus labios.

—Con esto... No volverás a olvidar quién es tu dueña.

Inuyasha era el único juguete, la única persona, el único ser al que quería marcar como propio, gritando a voces que era su propiedad. Única y enteramente... Suyo.


FIN


¡Y aquí me tienen de vuelta, dulzuras! Ahora que por fin estoy de vacaciones, podré volver a actualizar como quería c: ¡No saben cuánto los extrañé! Este one-shot va dedicado con amor a una lectora muy fiel y cariñosa que se desapareció por varios meses y hace solo unos días volvió: Mariam1005, mil gracias por leer y releer una y otra vez mis historias mientras dejas comentario tras comentario. Tus palabras fueron una caricia al alma y espero que esta pequeña historia sea de tu agrado c:

¡Gracias también a mis lectoras amorosas de siempre que sin falta me dejan reviews preciosos en cada historia que publico! Acá en Argentina es la semana de la dulzura, así que les deseo una feliz semana de la dulzura a las lectoras más amorosas del mundooo :D

Las invito a dejarme un comentario para saber si les gustó o qué parte fue su favorita. ¡Nos leemos pronto!

3.7.21