Disclaimer: Los personajes pertenecen a Soly, el universo a GRRM, el retazo de canción que traduje y adapté para Aren tampoco es mío. Lo único mío, de hecho, es esta tremenda fumada...
El Señor de Dominio del Cielo hizo una inclinación leve, apoyándose en el grueso bastón, cuyo agarre era un halcón tallado en la madera, encapuchado, tal como era el blasón de su noble casa. Aren habría preferido que se cubriera también el viejo y decrépito rostro.
—Mi señor de Lannister —dijo. Masticaba las palabras con los dientes que ya no tenía. Se había llevado una mano al pecho, ahí en donde en su túnica estaba bordado con hilo de plata el halcón, otra vez, símbolo de su Casa. Tenía halcones hasta para que hicieran de sus animales de compañía, aficionado a la cetrería como era.
Su padre lo reconoció con un movimiento leve de su orgullosa y noble cabeza. Rubio como el oro —aunque el tiempo ahora había vuelto oro blanco lo que alguna vez fuera dorado—, con ojos como esmeraldas y los dientes como perlas. En toda su persona los dioses habían derramado las riquezas y la belleza de los Lannister. Y la dignidad, como los leones, animales orgullosos. Aren no había heredado esos rasgos físicos, sino la coloración de su noble madre, con su fiero cabello rojo como su orgullosa melena, pero ya era más alto que el Señor de la Roca, y más fuerte también. Y estaba lleno de vida, más que nunca, más de lo que jamás habría estado su señor padre ahora o alguna vez. Era un hombre majestuoso, y digno de heredar un día toda la gloria y el honor.
El viejo Fowler balbuceó unos minutos más. Aren, impaciente, escuchaba. Por supuesto, había traído a su esposa para entretener y traer vida a la Roca, sospechaba él que la idea no había sido del anciano en primer lugar. Aren, aunque aún no había probado los placeres de la carne, no ignoraba el significado de aquellas palabras. Miró a Fowler, despectivo.
Por supuesto, a Roca Casterly habían llegado noticias sobre su esposa, Lady Cassandra Fowler. Joven, hermosa, ingeniosa. ¿Y no había, acaso, nadie mejor que una viva dorniense para alegrar a la apagada Roca? Algunas damas en la corte fruncían el ceño y apretaban los labios, susurrando en voz baja sobre la sangre ardiente y lujuriosa de los de esa calurosa región, pero solo se limitaron a asentir y bajar la cabeza con la mirada fija en el suelo ante su padre.
Lord Lannister lo despidió con un movimiento de la mano. A pesar de sus años, seguía poseyendo buena salud y temple. Aren contempló a Fowler abandonar la amplia sala, apoyado en su bastón.
«Qué desperdicio», pensó secamente Aren cuando sus ojos se posaron sobre la dama. Lady Cassandra era tan hermosa como habían dicho que era, de estatura baja, sí, pero de figura agradable y bien proporcionada. Aren se ancló en sus ojos vivos y en su brillo inteligente, y en sus labios pintados de rosa, en la manera grácil que tenía al inclinarse suavemente sobre el caballo, y de sacudir la cabeza mientras su cuerpo se meneaba levemente, con la sombra de una sonrisa en su rostro hermoso y joven.
Malditos sean los dioses.
—Lady Fowler —dijo Aren y desmontó gracilmente, tendiendo las riendas a los mozos que corrían apresurados a atender a su futuro lord. Por instinto había sacado el musculoso pecho y puesto la cabeza firme, apretado los hombros y adoptado una postura digna y orgullosa de león que lo hacía ponerse por encima de todos los hombres en una sala. Ciertamente había crecido mucho en estatura como en vitalidad, y sacaba más de una cabeza al señor más alto del reino.
—Me habían dicho que el Señor de la Roca era menos... joven —dijo ella luego de mirarlo de pies a cabeza, y aceptar la ayuda que Aren le ofrecía. La ayudó a desmontar, y sus manos entraron en contacto con la menuda cintura de la mujer. Tal vez se quedó mirándola demasiado tiempo a los ojos mientras la sostuvo en el aire... tal vez sus dedos apretaron más de lo que debían. La depositó con cuidado en el suelo y ella le tendió la mano. Una mano blanca, delicada y pequeña que era tragada por la enorme y dura manaza de Aren.
Él se aclaró la garganta después del beso de cortesía. La dama iba vestida con ropas de montar ajustadas, que no dejaban nada a la imaginación. Oh, él no pudo evitar imaginar cómo sería su cuerpo, y su piel blanca, la de hombros, espalda, brazos, incluso cintura, si estuviera al descubierto... Las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta por más segundos de los que le habría gustado.
—Mi padre es el Señor de la Roca, milady —se las arregló para decir, adoptando su voz varonil y profunda, esa que hasta no hacía poco era fina y suave como el de una muchacha—. Yo soy su hijo, Aren de la Casa Lannister, el digno heredero de la Roca y del orgulloso nombre del león por la gracia de los dioses.
Ella no pareció impresionada.
—Hasta Dorne ha llegado palabra de la legendaria belleza de los Lannister. Ojos como esmeraldas y cabello como el oro batido. Yo solo veo a un mozo rojizo de pies a cabeza; me atrevería a decir que vuestra madre os heredó el color. ¿Sois un Tully?
Aren, para gran mortificación suya, enrojeció. «Más rojo que antes».
—Mi señora madre fue una Connington del Nido del Grifo —aclaró, encendidas sus mejillas. El grifo era una bestia noble, no una simple trucha, ¡cómo se atrevía esa, esa... !—, no una Tully, mi señora.
—Sí... —La dama se puso de puntillas, y Aren se encontró inclinándose hacia ella, como atraído por una fuerza que no podía explicar. Rozó con sus manos un mechón de cabello—. Tenéis más anaranjado que castaño. —Sonrió.
Aren apretó los labios. Su aroma lo ahogaba todo y le impedía pensar en una respuesta ingeniosa y digna de un león. ¿En qué mundo un Fowler se quedaba con la última palabra frente a un Lannister? Percibió unas notas cítricas que se mezclaban con dulzura... Le hizo recordar a aquellas naranjas sanguinas que traían desde Dorne. Rojas como la sangre y dulces también, Lord Lannister solo hacía servir las mejores en su mesa, cuando estaban lo suficientemente maduras como para reventarse en la boca en una explosión de dulce y ácido a la vez.
—Hpfmm. —Se había alejado, pero el aroma aún acariciaba sus fosas nasales. Aren sacó su pecho, fuerte y duro como la Roca misma—. Soy un león, mi señora, y un día ocuparé el lugar que me corresponde después de mi padre.
Ella sonrió.
—Ya veo, sí, como el que lleváis bordado en vuestros ricos ropajes. Mas yo encuentro mucho más apropiado el grifo.
—¿El grifo? —Por un momento, Aren se desarmó. Su rostro noble se tornó en la confusión, y abandonó su porte orgulloso. No había comprendido.
—No dejáis de ser un... león, sí, pero él grifo, esta bestia tan admirable, es tanto león como ave. Como vos, que no dejáis de parlotear con arrogancia lo mucho que heredaréis el lugar de vuestro padre como un simple pajarillo. —Ella amplió su sonrisa, aparentemente inocente, y sacudió sus pestañas. Aren no tuvo tiempo a decir nada—. Por favor, milord, si tenéis la amabilidad... Tengo muchas ganas de conocer al pobre hombre al que despojaréis de su lugar cuando muera, deseoso como estáis de hacerlo. La Boca del León, ¿verdad? ¡Es tan enorme... ! ¡Mozo! Por favor, no olvidéis alimentar y cepillar a mi caballo. Mi pobre animalito se ha ganado una buena comida...
Aren maldijo para sus adentros, pero su dignidad de Lannister lo obligaba a mostrar cortesía con la dama. Orgulloso como era, no dejaría que su rostro mostrara señales de derrota ante ella, y así, se tornó como si estuviera tallado en piedra. Agradeció que su barba, que cada día se hacía más poblada, cubriera el rubor de sus mejillas.
«Me hace conducirla a los regios aposentos del Señor como si yo fuera un simple criado —pensó después con indignación, ya muy tarde—. ¡Yo!, un Lannister de Roca Casterly... ».
Y para gran descontento suyo, la Fowler parecía darse cuenta de su vergüenza, por la risa suave que sofocó. Aren apretó los dientes. «Entretened a mi señor padre, lady Cassandra, hacedle menos insoportable su soledad». Nadie en todo el reino se habría atrevido a tratar de tal forma a un León; y ninguna dama habría aceptado de buena gana hacerle compañía al Señor en primer lugar. Aun en su mortificación, mirándola de reojo, sin poder despegar los ojos de ella... Aren tuvo que reconocer su valentía. La condujo, pues, por la amplia Roca, hacia el Señor, jurando que no volvería a dirigirle la palabra a esa mujer.
Los criados iban y venían con las enormes y pesadas bandejas en las manos, con el delicioso aroma de la comida proveniente de las cocinas esparcido por todo el lugar. Para el banquete sirvieron estofado de cordero, liebre con setas y miel, y cebollas bañadas en salsa. El postre fue coronado con tartaletas de rosas, de manzanas y melocotones, de fresas en nieve y de limón dorniense. Había cabezas de león de azúcar con fresas por ojos tal como los rubíes en su pomo de su espada. Aren escuchó a la hermana pequeña del joven Lord Westerling lanzar un gritito de emoción, incluso cuando se había ensuciado la falda y las mangas de su mejor y más elegante vestido al comer. Suspiró no sin sentir hartazgo. Los Lannister tenían una deuda de honor muy grande con el Westerling del Risco, una que ni todo el oro de la Roca podría pagar. Por tal razón el Señor de la Roca se veía obligado a compartir su hogar y un lugar de honor en su mesa con un joven señor que, en otras circunstancias, no habría sido bienvenido de buena gana en el noble asentimiento de los leones. Lady Clover, sentada a su costado, comía con menos elegancia que la dama poseedora de los modales más finos, y solo los dioses sabían cómo había manchado de vino su lustroso cabello castaño, iluminado por la antorcha sobre su cabeza que la coronaba. Mas descubrió pronto que tenía un carácter apacible y risueño, y ocultaba con una manecita delicada sus risas tímidas cuando escuchaba hablar a su medio hermano sobre los apodos que le ponía a los grandes señores y sus damas. Pronto se hizo espacio para que comenzara el baile. Los músicos, con sus gaitas y violines empezaron a tocar alegremente, y tanto las damas más nobles como las criadas más humildes se vieron arrastradas por los hombres para bailar. Había lugar para que bailara todo el reino en la Roca, mas Aren se apartó. Nunca había sido el mejor en otra danza que no fuera la del acero, don que los dioses le otorgaran junto con su salud, su brazo parecía hecho para empuñar un arma tan noble.
Los dedos cálidos del vino acariciaban con suavidad su pecho amplio. Un criado le había tendido la preciosa copa para que bebiera, sabía ya cómo le gustaba a su futuro lord beberlo (y lo quisquilloso que era en ese sentido): especiado con canela molida y una pizca de nuez moscada y pimienta negra, cuando una mano pequeña se posó en su brazo fornido antes de poder beber otro sorbo. Por un momento, pensó que se trataba de la pequeña Clover Westerling, aunque la dama estaba bailando torpemente con un señor mayor y muy gordo.
—¿No bailaís, mi joven señor?
—No, Lady Fowler, me temo que no —contestó. Aren sabía reconocer en qué era bueno y en qué no, y eso lo hacía mejor que cualquiera.
—Esperad —dijo ella, y sonrió—. Solo participáis en la danza del acero.
Aren se mantuvo inexpresivo.
—No hay en todo el reino alguien que baile mejor al son del acero que yo. —Y casi por instinto sacó su pecho, alzó la barbilla, se enderezó. ¿Por qué se molestaba en desear sacar una reacción de aquella mujer? Había ido a entretener al padre, no al hijo.
Lady Cassandra tampoco pareció impresionada esta vez.
—No dudo de que lo seáis, mi joven señor... —Sus ojos se posaron fugazmente en su figura. Aren estaba orgulloso de ella. Tenía músculos y altura, pero era proporcionado y agradable a la vista. La dama miró sus brazos—, pero lo lamento.
Aren, otra vez, no comprendía.
—¿Lo lamentáis? —El color acudió a sus mejillas... ¿por qué, de noche, se sintió como un gatito con esa mujer?
—Lamento el que, mientras os proporcionaban el mejor maestro de armas para otorgar fuerza a vuestro valeroso brazo, se hayan olvidado de pulir vuestros modales, tal como pulíais vos la hoja de vuestra espada.
A su nariz llegó su aroma dulce... y el del vino. Aren estaba tenso. ¿Cómo se atrevía? Él había sido el más solícito y cortés de los señores al recibir a la dama, al igual que al llevarla a los aposentos de su padre para presentarla ante él. ¡Incluso había dejado pasar el que lo tratara como una simple sirvienta! No podía acusarlo de descortesía. No, no podía.
—Mis modales están tan pulidos como el acero letal de mi espada, mi señora —habló, aunque su voz era un poco ronca y pastosa. Maldijo el vino. Y la maldijo a ella. Pero él era un león, y no iba a permitir que una dorniense lo insultara.
Dejó la copa en la bandeja de otro mozo medio borracho y condujo a la mujer a bailar. Muy a su pesar, sus dedos rozaron más segundos de los que debía. Sintió su piel cálida, y trató de adivinar cuán menuda sería su cintura otra vez, las yemas de sus dedos cosquilleaban con el recuerdo del primer roce. La mujer, aunque era más baja que él, no temía alzar la cabeza y mirarlo directamente a los ojos. Eso lo encendió de ira, de algo. ¡Era una atrevida!
Empezaron a tocar La mujer del dorniense. Sin saber por qué, sus mejillas ardieron, y no sé atrevía a mirarla a los ojos. Aren se odió por aquella debilidad, otra vez, esa misma noche. No temía a las espadas ni a los hombres, y estaba seguro de que ni siquiera a los dioses, tantas veces había estado cerca de visitarlos, pero ¿se encontraba temeroso por cruzar su mirada con la de aquella mujer?
No tuvo tiempo para reaccionar cuando Fowler comenzó a mover sus pies con gracia, apoyadas sus manos en sus caderas. Aren se demoró preguntándose cómo se sentiría rodear esas caderas con sus manos cuando llegó su turno de moverse. Y se sintió torpe, demasiado torpe, cuando se obligó a bailar, empezando unos segundos más tarde de lo que habían hecho los hombres. Se sentía muy fuera de lugar ahí, mientras intentaba con sus anchos hombros y sus gruesos brazos y piernas seguir el ritmo de la música e imitar los pasos de los caballeros más gráciles.
Era ridículo. Estuvo a punto de abandonar su intento cuando Fowler sonrió y rozó con sus manos cálidas el terciopelo escarlata que cubría su brazo.
—Alabo la ligereza de vuestros pies, mi joven señor.
—Os burláis. —Aren no estaba de humor como para soportar la ácida lengua de la atrevida dorniense. Se fijó en sus labios pintados y decidió con un bufido para sus adentros que no serían más dulces que la uva.
Ella se rió. Se tomaron de la mano y alzaron los brazos por encima de sus cabezas. Aren se inclinó hacia ella. Olía a melocotón.
—¿Burlarme? ¿Por qué? —Su sonrisa era cruel y sensual a la vez—. En Dorne valoramos mucho la danza, mi joven señor.
Él apretó los labios. Odiaba cómo su cuerpo reaccionaba a la cercanía del suyo, de sus formas suaves, de su olor.
—Imagino que lo hacéis; en ningún otro reino los señores se permitirían darle más valor del que merece a algo tan simple como mover los pies mientras suena la música.
—Me sorprendéis... Creía que vuestra madre provenía de las tierras de la tormenta, mas vos habláis como un hombre del Dominio. —Fowler tomó su mano y la puso en su cintura. Aren la rodeó, girando con ella. La leve sorpresa en los ojos de la dama lo llenó de satisfacción—. ¿No os dais cuenta, joven león? —preguntó ella luego de reponerse. Tenía las mejillas teñidas de rosa—. Despreciáis el noble arte de la danza... ¿y vos no hacéis lo mismo? ¿Qué hacéis cuando os entrenáis en vuestro patio de armas, si no es mover los pies al ritmo de la música... del acero? Vos tenéis vuestra canción en vuestra espada, y yo en mis salones.
Aren no supo qué contestar. El caballero ya había sido herido de muerte por el dorniense. El gordo señor había tomado a la pequeña Clover por la cintura cuando estuvo a punto de tropezar, y la hizo girar entre las risas suaves de ella, y más allá, donde no llegaban a iluminar las antorchas, ya escapaban algunos amantes a refugiarse en la oscuridad.
—En Dorne tenemos... una especie de dicho, joven león —dijo con voz melosa—. ¿Queréis saber cuál es?
—Iluminadme, lady Fowler —dijo Aren, muy quieto, atraído a su voz.
—«Si queréis saber cómo es un hombre bajo las sábanas, contemplad cómo baila» —contestó y esbozó una sonrisa dulce. Sus ojos brillaban con cierta malicia, y aunque Aren sintió sus mejillas encender por la implicación de sus palabras (otra vez se burlaba, malditos sean los dioses), sonrió también. Apenas una sonrisa, con su rostro en alto y sacando el pecho. Soltó la mano de la dama suavemente y dijo:
—¿Por eso os casasteis con el venerable lord Fowler, mi señora, por la ligereza de sus pies y su gracia al bailar? —Aren contuvo ampliar su sonrisa cuando Lady Cassandra entreabrió los labios, evidentemente sorprendida por la respuesta de él.
—... a la mujer del dorniense hice mía —cantó el bardo.
Aren hizo una reverencia y se alzó otra vez, imponente y orgulloso como el león que era. Sentía todo el cuerpo vibrar con un cosquilleo, y el olor dulce de Lady Fowler no abandonaba sus sentidos. Mientras se abrían paso para dejar pasar al heredero de la Roca, un cuerpecito chocó contra el suyo. Aren sostuvo en brazos a Lady Westerling y la dejó en los de su hermano, el muy joven Señor del Risco, que casi echó el bastón a un lado para recibir a su pequeña hermana. Se marchó, con el recuerdo de su sonrisa, sus labios pintados y su rostro, más bello que ninguno.
El anciano Señor tosió en su pañuelo bordado con el águila encapuchada de su casa. «Qué desperdicio», pensaba otra vez Aren con los labios apretados, ese era tan poco para la dama... Lo oyó preguntar a su padre si su joven esposa no habría resultado de su agrado. Abandonó la recámara antes de escuchar su respuesta, con el sol ocultándose sobre todos. Aquello lo mortificaba casi tanto como aquellas vigorosas sesiones, en las que después de asaltar su virilidad con las deliciosas fantasías que envolvían a Cassandra Fowler, y una vez alcanzado el placer, la culpa lo invadía terriblemente. El melocotón dulce estaba ahí frente a sí, en bandeja de plata, como nunca había tenido otra cosa frente a sí. Entonces ¿por qué no estiraba la mano y lo tomaba? Deseos no le faltaban de tornar realidad las perversas ideas que lo atacaban.
No se atrevía a desafiar a su padre, eso era. No, no, eso no. La dama había sido traída expresamente para él, y Aren no osaba corromperla, y jamás cruzaría esa línea, estaba seguro. Y estaba seguro también de que para Lady Cassandra Fowler él no era más que un jovenzuelo con el que poder tener unos momentos de risas a costa suya antes de acudir a calentar el lecho del Señor de la Roca, y eso el león tampoco se lo iba a permitir.
Al menos había obtenido una satisfacción real, la de dejarla con la palabra en los labios aquella noche. Su aroma lo había acompañado a la cama, y aunque detestaba sentirse tan atraído hacia la mujer, se consoló con la idea de que pronto su padre encontraría insoportables sus maneras de dorniense y la despediría en las siguientes lunas. Sería lo mejor, para ella incluida.
Tales eran sus pensamientos cuando encontró a una joven criada llevando un fardo modesto de ropas. Casi choca con él.
—Mi lo... Mi señor Aren. Ruego que me disculpéis, yo...
—Calmaos, niña —pidió frunciendo el ceño, no recordaba que su padre hubiese enviado por vestidos nuevos y menos tan tarde, cuando las modistas acostumbraban llevar sus mejores modelos a primeras horas del día. Tal vez a la dorniense le gustara así. La muchacha recogió el vestido de lana y envolvió como mejor pudo el otro dentro de él. Vio que la tela estaba manchada de vino en el vestido más bonito—. ¿Qué sucede?
Ella hizo una reverencia.
—Esta misma tarde Lady Westerling parte de regreso al Risco, mi lo... mi señor Aren. Lady Clover me pidió que la ayudara con sus ropas. La pobre se hizo un lío con el baúl... —De pronto se disculpó por su atrevimiento, pero Aren la calmó rápidamente. Pensó que la generosidad de su padre se extendería también a la hermana pequeña desde el baile, pero vio que no. Los Lannister siempre pagaban sus deudas, y las que habían contraído con los Westerling...
—¿La dama viajará sola?
—Así lo ha ordenado su señor padre, mi señor Aren. —Ella hizo otra reverencia y se le cayó del brazo una enagua. Se agachó rápido para recogerla, sería una grosería permitir que un hombre viera las ropas interiores de una dama, aún más si esta se trataba de una doncella.
—Buscad al mayordomo de mi padre y aseguraos de que se le proporcione a Lady Westerling una escolta adecuada que la lleve de regreso al Risco. Sana y salva. —La niña pareció dudar, y Aren comprendió. Tomó aire—. Decid que lo he ordenado yo, y que no toleraré que se diga que los Lannister no tenemos honor y somos desconsiderados con nuestros invitados, especialmente con las delicadas damas de noble cuna.
La muchacha se inclinó y corrió a obedecer. Se dio cuenta de que lamentaba la partida de la niña. Aren estaba cansado de las damas con sus gélidos modales, escondidas en sus paredes frágiles de cortesía y afectación. Aunque sus torpezas resultaran irritantes al comienzo, iba a extrañar el soplo fresco que resultó ser la presencia de la risueña Lady Clover en la Roca.
Un modesto carromato iba a trasladar todas las pertenencias de la dama. Aren observó el reducido grupo de hombres con las conchas bordadas en sus túnicas mover los baúles de aquí para allá. No le sorprendió encontrar a su medio hermano observando también, en silencio. «¿Y la famosa sangre de lobo? —le pareció escuchar la deliciosa voz de Lady Fowler acariciando sus oídos, y por unos segundos imaginó sus manos acariciando sus hombros y brazos mientras sus labios rozaban su oído derecho—. ¿Dónde está?».
—Lady Clover... —musitó. «Se marcha», alcanzó a comprender que decía en su silencio.
—Le he proporcionado una escolta que la llevará segura hasta el Risco —fue lo que dijo Aren. En su voz había más que un tinte de orgullo, al ver que había hecho una mejor acción que el actual Señor de la Roca. Qué digno era de serlo en un futuro... Él asintió. Aren apenas si recordaba a su madre, una princesita delicada y pequeña, pobre mujer. No había dejado nada de ella para su hijo, nada en absoluto. Al menos la suya le había entregado su orgullosa melena roja, como el blasón de los Lannister que ondeaba noble al viento. Eso era un consuelo para Aren.
—Dale mis recuerdos a Lady Clover —dijo. Se dirigió hacia sus aposentos, se dio cuenta de que estaba demasiado exhausto para pensar en cenar.
No esperó a encontrarse a Lady Fowler en su recámara. Estaba sentada, mirando por la ventana, con una frasca de vino en la mesita y las manos reposando sobre su regazo. El cabello le caía sobre la espalda en una cascada suave. Parecía la semejanza de aquellas damas del otro lado del mundo que inmortalizaban los maestros de Myr en sus pinturas.
Cuando se volvió para mirarlo, dejó escapar una risa leve.
—Es descortesía dejar esperando a una dama.
—Es descortesía invadir los aposentos de alguien sin haber sido invitado —contestó Aren, encendido. ¿Qué deseaba aquella señora? ¿Burlarse de él? No iba a permitir tal cosa, por su honor de Lannister que no.
—No me habéis vuelto a dirigir la palabra desde la noche del baile, mi joven señor.
Las mejillas le ardían. Encontraba... difícil pensar en una respuesta cuando en su cabeza se repetían y una y otra vez aquellas imágenes que tanto lo avergonzaban. Aren se mordió el interior de la mejilla y bufó.
—Y no lo volveré a hacer. Por favor, abandonad mi recámara de inmediato, mi señora, que se hace tarde, y mi señor padre se preguntará pronto por vuestra ausencia.
Ella apretó sus labios. A la luz de las velas, Aren advirtió la más pequeña de las cicatrices en el inferior.
—No deseo a vuestro padre. —Se puso de pie y caminó hacia él—. Os deseo a vos.
Aren contuvo el aliento.
—Habéis bebido. —Recordó la frasca de vino en la mesilla—. Mi señora, no habláis vos, sino el ese vino. Por favor, retiraos... Retiraos.
Cassandra Fowler sonrió. Puso una mano en su pecho. Aren tembló.
—No he bebido —le susurró poniéndose de puntillas—. ¿O acaso os embriago con el olor de mi aliento? Os hablo yo, mi señor... ¿no os dais cuenta? Soy yo, no el vino, y os digo la verdad. ¿Seguís creyendo que he bebido?
No había bebido el vino, era cierto, pero a Aren sí le embriagaba su aroma dulce a melocotón. Puso una mano en la parte baja de su espalda. Se dijo que lo hacía para sostenerla, no fuera a caerse.
—Os deseo, Aren —repitió ella, con cierto brillo en sus ojos—. ¿No me deseáis vos a mí?
Él tragó saliva involuntariamente.
—Sí —dijo finalmente, con voz ronca, como si no la hubiera usado en años. «La fruta está frente a mí, ¿por qué no la tomo?». Solo tenía que estirar el brazo... y la tendría en sus manos, jugosa, dulce, solo para él.
—¿Qué esperáis? Yo os deseo, vos me deseáis...¿Os es que acaso le teméis a vuestro padre? ¿Vos, el futuro Señor de Lannister? ¿Vos, el León Rojo de la Roca?
—No —se descubrió diciendo Aren. Examinó su corazón, y descubrió que era cierto. ¿Por qué había pasado tanto tiempo temeroso de su padre, cuando ahora ya era un hombre, y digno de ser el heredero? En su corazón brillaba el sol... y encontró que se sentía feliz con aquella cálida mujer en sus brazos. No iba a permitir que la deshonrara su padre o su viejo esposo, no, nunca.
No supo quién comenzó, pero terminó en un beso largo y ardiente. Aren nunca había besado, ni siquiera a las muchachas del servicio. Todas ellas, aunque lo miraran con ojos tiernos desde que él se alzara hermoso en su salud, no se habrían atrevido jamás a acercarse a Aren. Pero no importaba, y tampoco importaba su falta de experiencia, no cuando parecía que sus labios estaban hechos para fundirse con los de Cassandra Fowler, bebiéndosela toda. Sostuvo su menudo cuerpo en sus amplios brazos, saboreando la dulzura de sus labios y su lengua. Ni siquiera en la mesa del Señor de la Roca se sirvió fruta más deliciosa. Ni en la mesa del Señor de Dominio del Cielo. Aren se entregó a ella, y puso su corazón, su vida entera en sus manos. Nunca se había sentido tan feliz.
Aren contuvo el aliento, alzó la barbilla. Su melena brillaba roja como un destello al sol del amanecer. Los dedos cálidos de los rayos de sol acariciaban su rostro, y el cerró los ojos, permitiendo disfrutar a sí mismo de aquella magia. Así, le parecía que alguien depositaba pequeños besos sobre su piel. Antes había sido su señora madre, con sus manos suaves y llenas de amor. Ahora, era Cassandra... Su Cassandra.
Estaba recostada en su cama, todavía durmiendo, cuando Aren regresó después de echarse la túnica de satén sobre el cuerpo. Escuchaba su respiración suave, y su cabello caía sobre la almohada de plumas. Aren observó su rostro con ojos llenos de devoción. Las sábanas cubrían su desnudez, y entre tanto blanco, parecía casi una doncella.
«Pero yo fui la doncella anoche», pensó Aren y su rostro enrojeció cuando recordó la fugaz vergüenza que sintió al confesárselo a su Cassandra. No ignoraba que muchos hombres perdían su doncellez antes de ser propiamente hombres, incluso. Visitaban los burdeles con la ocasión de conocer mujer desde temprana edad, y muy pocos llegaban al lecho matrimonial sin haber probado los placeres de la carne. Pero para sorpresa suya, la dama no había parecido decepcionada. Había sonreído ampliamente, y en sus ojos brilló la satisfacción antes de atraerlo hacia sí y besarlo. «Le complació —reflexionó Aren con la respiración entrecortada—, el ser la primera... le complació». El corazón de Aren le decía que iba a ser la última, también.
Cassandra despertó con su risa suave. Parpadeó y cuando sus ojos se acostumbraron a la suave luz que se filtraba por las ventanas, lo miró.
—¿Puedo saber cuál es la causa de aquella alegre risa? —Su voz sonaba un poco ronca, pero una sonrisa casi tímida se abría paso en su rostro. Dioses, ¿qué no haría Aren por esa sonrisa?
—A la mujer del dorniense hice mía —fue la respuesta de él. Se puso de rodillas a su costado y la tomó de la barbilla. Solo se escuchaba en la estancia el sonido húmedo del beso. Cuando se separó, le sonrió, amplio y seguro—. Mi señora, me gustaría tomaros otra vez.
—¿Deseáis aprovecharos de esta pobre e indefensa dama tan temprano? —Ella rió. Aren decidió que amaba verla por la mañana, así, con el cabello revuelto y los labios con apenas el rastro de su dulce tinte rosado, y las mejillas encendidas.
—Lo que deseo es reclamar mis derechos sobre mi dama, mi señora.
Ella se incorporó, sonriendo.
—¡«Vuestros derechos»! Os habéis envalentonado, mi joven señor...
—Es lo que hace vuestra dulce miel a quien la prueba... —La miró directo a los ojos y abandonó la formalidad y dijo con voz sincera—: Eres mía, Cassandra.
Ella sonrió, en sus preciosos ojos había brillo. Se mordió el labio y lo besó. Aren correspondió gustoso el beso, había descubierto lo delicioso que se sentía el besar. La sintió acariciar sus brazos y en un momento Aren la tuvo entre los suyos. Se le escapó un jadeo de asombro.
—Dioses... —Se le quedó mirando y sonrió lentamente, rodeando su cuello y besándolo en la mejilla, casi tímida. Aren percibía su corazón latir y su pecho subía y bajaba. «Está nerviosa», se dio cuenta. No era la primera vez que notaba a una mujer quedarse asombrada con su fuerza, tan imponente se había vuelto él, pero esta vez era distinto, era mucho mejor saberse admirado por ella. La sangre fue hacia sus propias mejillas y hacia otra parte. Aren la depositó con cuidado sobre la cama, y con las manos a cada lado de su cabeza, la contempló. No había mujer más hermosa, ni más dulce. «Y es mía —pensó Aren después, con la luz del sol en la estancia iluminándolo todo, más feliz de lo que nunca había sido en toda su vida, mientras sostenía a su Cassandra en sus brazos—, solo mía». Cuando se acordó de Fowler y de su padre, dejó escapar una risa llena de confianza. A los siete infiernos con ellos, él tenía algo mucho más valioso, la tenía a ella.
Un día el Señor de la Roca, entrecerrados los ojos, se quedó mirándolo. Se había mencionado el nombre de Cassandra; su esposo, entre toses, había dicho que la dama estaba indispuesta, y que no acudiría a su lecho aquella noche. Su padre nunca dijo nada, no, pero Aren supo que con esa expresión se lo estaba preguntando. «¿Está calentando tu lecho la Fowler?», decían sus labios apretados y la manera en la que sostenía su bastón.
«No —fue la respuesta silenciosa de Aren, sin apartar sus ojos de los suyos, alzando la cabeza, con el sol que le daba a sus espaldas coronando su melena roja y brillante como el fuego más vivo. Nunca se había atrevido a mirarlo a los ojos, nunca, siempre había existido cierto temor y reverencia, pero ahora... lo podía todo, y no tenía miedo a nada, el bravo y digno león como era—, no, padre, no está «calentando mi lecho» como. creéis; ella vino por voluntad propia a buscarme, porque me quiso a mí, y no a vos, ni a su anciano esposo. A mí... Y yo la amo».
El sol caía sobre su rostro, y Aren descubrió por primera vez cuán equivocado había estado sobre la majestuosidad de aquel viejo león en los últimos tiempos. O quizás, así había sido desde siempre. Su cabello, que alguna vez pensó que era como el oro propio, no era más que un amarillo deslucido y pobre, más gris cenizo que blanco; sus ojos nunca habían sido esmeraldas, sino un verde vulgar, y lo que alguna vez fuera una excelente dentadura comparable a las perlas más preciosas, brillaban, sí, mas por su ausencia. ¿Cuándo envejeció tanto, desde cuándo comenzó a necesitar apoyo para caminar, desde cuándo parecía tan frágil y poco saludable... ? Las arrugas en su rostro, por sus labios, por la frente, ahí por donde caían las lágrimas... aunque Aren estaba seguro de que nunca había llorado en su vida, no. No tenía corazón, jamás lo había tenido. Pensó en sus dos damas, y en las otras que debieron existir antes y después. ¿Así habría sido siempre? ¿Traer a las mujeres ante él, para que las usara y las echara después? Aren había pasado demasiado tiempo pequeño y enfermo y después sobreviviendo con los cuidados de los sanadores y maestres como para recordar lo que sucedió después de la muerte de su madre, y de su segunda esposa, pero no le habría sorprendido si el mismo Señor de la Roca le confesara en ese mismo instante que ningún lord habría deseado enviar a sus hijas a él. Pensó en su Cassandra, y su corazón encontró consuelo solo en una cosa: ella lo había escogido, y no se había visto obligada a someterse a ese hombre... «Pobres infelices», pensó, con el estómago revuelto.
Esa misma noche solo deseó tomarla entre sus brazos y quedarse en silencio. Cuando la sintió acariciar sus cabellos, Aren escondió el rostro en su cuello y aspiró su aroma dulce, dejándose llevar por sus dedos rozando y enterrándose en su melena. ¿Cuándo había sido la última vez que alguien lo abrazó así?
Otro día del nombre más cumpliría el Viejo León de la Roca. En su juventud había sido un valeroso y apuesto caballero, admirado por todos, eso decían algunos bardos que venían a llenar los salones de la Roca con sus canciones y voces dulces como la miel. Aren ya no estaba tan seguro. Aún así, la Roca ya tenía al más valiente y digno león de todos los tiempos: él, Aren. ¿Qué no se cantaría sobre él en in futuro? Sus hazañas, su valor... su amor. Amor, sí. De él se iría a decir que no amó a nadie más que a Lady Cassandra Fowler, sería la dama más hermosa y brillante del reino, y él, el León más fuerte de todos los tiempos. Las damas de noble cuna y las de muchachas de orígenes humildes suspirarían todas por igual al escuchar el apasionado y verdadero amor de los amantes de la Roca. Y aquella canción que escribirían sobre el cómo la coronó su Reina del Amor y la Belleza sería la más preciosa de todas. Los jóvenes señores y muchachos del pueblo llano rezarían todos a los dioses por que se les fuese concedido aunque sea un poco de su valor y su fuerza, y su canción favorita sería aquella del Rojo León.
Aren supervisó los arreglos él mismo, dando órdenes como si ya fuera el señor del castillo, y por las reverencias y el «de inmediato, milord», se diría que habría nacido para ser obedecido, que no habría nadie más digno para el puesto que él. Alto, de porte orgulloso, a más de un criado, joven o viejo, se le había escapado el «Lord Aren» de los labios mientras hacía su inclinación, cuando él se levantó fuerte y orgulloso, ya un adulto y no niño; y aunque se tratara de atender a las órdenes que celebrarían el recuerdo constante del año que otorgaban los dioses al actual Señor, el padre, nadie lo habría recordado, no cuando estaba el excelente hijo ahí. Solo una orden fue dada por el viejo señor aquellos días, y era el de celebrar su día del nombre con un torneo. Aren no había recibido como presente un evento así para él, ni siquiera cuando cumplió los dieciséis días del nombre, hacía unas lunas. Aún siendo más león que aquel.
—LordAr... —La niña bajó la mirada mientras hacía la inclinación—. Mi señor, las habitaciones... Hemos hecho como ordenasteis, y ya se encuentran dispuestas para recibir a vuestros nobles invitados —dijo, con un poco de torpeza.
Solo asistirían los señores de sus tierras, Aren sabía que su padre no era muy querido, nunca había despertado mucha simpatía, tanto con los nobles como con el pueblo humilde. Con su orgullo de León, se habría imaginado que de todas partes del Reino vendrían señores, damas, bardos y más personas para tener el honor de presenciar un torneo que celebraba a un regio lord Lannister, pero ay, su padre ni era regio, ni era digno de llevar tal nombre. No como él... quien restablecería el honor para sí, para su casa. Y qué grandioso sería, pensaba, cuando toda la gloria lo coronara a ojos de todos los habitantes del reino, ahí en Roca Casterly.
«Y mi dama estará a mi lado». Aquello lo hizo sonreír. Su Cassandra era digna de ser la esposa de un Lannister. Hermosa e ingeniosa, estaba seguro de que los dioses derramarían sobre ellos todas las gracias posibles, así como él derramaba sobre ella su amor y sus palabras en los poemas que le escribía.
—Vuestros vasallos... —Cassandra había dejado escapar un gritito cuando Aren le rodeó la fina cintura con las manos, sin avisar—, mi señor... He escuchado que los señores de las tierras del Oeste se caracterizan por tener un apetito voraz. Arrasarán con vuestras provisiones, pues. Asaltado por la cortesía.
—No os equivocáis, mi señora —Aren esbozó su sonrisa orgullosa— sobre la naturaleza de mis hombres.
—No tenéis vergüenza —dijo ella con una sonrisa. Aren acarició sus labios con la yema de su dedo. La cicatriz, cuando no se untaba su dulce pigmento rosa, era más visible. Aren se la besaba una vez y otra, y en ese gesto le comunicaba lo que no podía en palabras: amaba todo de ella, cicatrices incluidas, si lo consideraba un defecto, todo, todo, todo.
—Vos sabéis mejor que nadie que soy un insaciable, mi señora. —No se molestaba siquiera en fingir que aquello le pesaba. ¿Cuántas veces la había tomado, cuántas veces no habían retozado en su lecho o en otro que no fuera el suyo? Aren había perdido la cuenta. Nunca era suficiente con esa mujer, siempre deseaba más.
Ella se rió.
—Demasiado bien lo sé... —Con una mano pequeña acarició sus cabellos—. Mi señor. —Le dedicó una sonrisa preciosa. Mientras la abrazaba, se maravilló no por vez primera por cómo sus cuerpos encajaban cuando se hacían uno solo, «como si los dioses nos hubieran hecho el uno para el otro», pensaba con gozo, embargado de amor por su Cassandra.
El encogido Señor de la Roca lo miró con ojos entrecerrados, vidriosos. Sus mejillas, hundidas ya, estaban levemente enrojecidas.
—Vais a participar.
No era una pregunta. Aren asintió. Lo miraba desde toda su altura, enfermo este, con menos fuerzas que nunca. ¿En qué momento había llegado a crecer tanto Aren? No lo sabía a ciencia cierta. Lo miró otra vez. De arriba para abajo... Frunció sus labios, lo despreciaba, se dio cuenta de que tal vez así habría sido siempre. No podía evitarlo... no podía creer lo ciego que había estado con tanta reverencia y temor hacia aquel hombre. ¿De verdad había sido tan grande como se decía?
—Sí.
—Y os entregará su prenda esa.
«Esa». Aren sofocó una risa sin alegría. A esa la había enviado a buscar hacía lunas, pero al parecer lo había olvidado.
—Sí. —Cassandra no le había dicho nada, y su señora no parecía la clase de dama que bordaba prendas, mas ¿por qué no?
Comenzó a toser. Aren no acudió a su lado, lo dejó hacer, y permaneció con la barbilla alzada. Su cuerpo temblaba con cada explosión violenta de su frágil garganta. Aren empezaba a sentirse irritado por aquello.
—Llevad a mi señor padre a sus habitaciones —ordenó Aren al mayordomo después de un rato—, y que lo vea un maestre. Un poco de miel aliviará esa tos... —Se aclaró la garganta, esperando una reacción de su padre, pero estaba demasiado ocupado tosiendo. Lástima. Tantas veces le había escuchado decir aquello... —. Procurad que esté bien reposado. En unas horas se celebrará el torneo... y mi padre lamentará mucho si llegara a no verme participar.
Su Cassandra todavía estaba durmiendo cuando acudió a su lecho, pero Aren la despertó con besos y caricias.
—¿Mmm? ¿Mi señor? —susurró, con los ojos todavía cerrados, y una sonrisa abriéndose paso en su rostro—. He tenido el sueño más maravilloso...
Él sonrió.
—¿De verdad? —Separó un poco su rostro, se rascó la barba —ella le había dicho una vez que le encantaba sentirla picando su piel suave, y desde entonces Aren se había jurado que no se libraría de ella jamás, la mantendría por ella— y ladeó la cabeza—. Dejadmelo saber, mi señora, y podría tornarlo realidad para vos...
Aquella mañana estaba impecable. Aren se había sacado brillo de su melena de oro rojo y, sacando más de una cabeza a cualquier hombre más alto en cualquier salón, miraba a todos como un rey desde su trono. «Mi lord Aren», repetían los invitados con sus cortesías y reverencias, ignorando a cierto anciano que aún vivía por gracia o desgracia de los dioses, y aquello lo llenaba de alegría. Sintió particular satisfacción cuando el mismísimo Lord Fowler se inclinó y luego de toser en su pañuelo, le dedicó una pulida cortesía.
«Lord Besaculos —pensó para sus adentros, mientras con una sonrisa ladeada y rígida aceptaba su reverencia—, no hacía mucho bailabas al son del anciano león, y faltando a vuestra promesa formulada frente a dioses y hombres, estabais dispuesto a meter a vuestra dama a su frío lecho y mancillarla... ¿No tenéis dignidad?». Su brillante cabeza calva, rodeada de cabellos blancos, reflejó unos segundos el sol que se colaba por las altas ventanas. Aren llegó a la conclusión de que no, no la tenía.
Lo despidió con un movimiento ligero de su mano.
Contempló sin demasiado interés —sin llegar a permitir que aquello fuera descortés— a las damas y sus hijas casaderas que habían aceptado la invitación. Había rostros hermosos, reconocía, figuras suaves y seguro caracteres dulces, entre aquellas muchachas cuyas madres o tías ansiaban echarle el lazo al futuro y digno Señor de la Roca, pero ninguno se comparaba al de su Cassandra. Nadie poseía su espíritu.
A su mente acudió el recuerdo de una de las tantas tardes que pasaban juntos.
—¿Así se llamaba, eh? —Cassandra había escuchado atenta, como siempre hacía con él, el relato de Aren sobre cómo la Casa Lannister había perdido su mandoble ancestral, Rugido, hacía mucho—. Un nombre más bien... simple. —Sonrió y acarició la mejilla de Aren cariñosamente—. ¿Cómo nombraríais vos a vuestro mandoble, mi Aren?
—Rhitta —se encontró diciendo. Nunca lo había pensado antes, pero sonaba... apropiado.
—Ah, la doncella más radiante... —Dejó escapar una suave risita—. ¿Os gustan, pues, las canciones, Aren mío?
—Cuando era muy pequeño, mi madre la cantaba para mí... —Eso nunca lo había compartido con nadie, pero con su Cassandra... se sentía correcto, con su Cassandra siempre se sentía todo correcto—.Todavía recuerdo la historia de la hermosa Rhitta... —O tal vez nunca la había olvidado. Era una canción preciosa, sí, pero triste, y cuando su madre se la cantaba, siempre terminaba derramando algunas lágrimas, tenía un corazón tan sensible—. Un príncipe se enamoró de una doncella; Rhitta, la llamaban, y era la más gentil y hermosa, y por ello suplicó al sol ayuda para coronarla su reina del Amor y la Belleza. El sol, conmovido por su amor, le dio algunos de sus rayos, y él fabricó la más bella de las coronas, y se la entregó. Su amada fue la dama más radiante, y de todas partes del reino acudían para admirarla; mas la luna, que llevaba largo tiempo enamorada del príncipe, estaba celosa, y la atrajo un día con engaños a su reino de la oscuridad, y apagó la vida de Rhitta para siempre. El príncipe, muerto su amor y su luz, enloqueció por la pérdida, y se dejó caer sobre su espada mientras la luna contemplaba impotente.
Dejó escapar un suspiro.
—Así, pues... el nombre de esta dama, es, mi señora, el que escogería para mi mandoble...
Su Cassandra le había levantado los ánimos con sus besos, y le había confesado:
—Me gusta, vuestra Rhitta... —Le dedicó una sonrisa cálida—, el nombre, apropiado para vuestra amada...
«Mi amada sois vos», había querido decir Aren en ese momento, pero sus labios ahogaron sus palabras y se entregó a su amoroso abrazo.
Una joven y bonita viuda que estaba haciendo una reverencia lo trajo de vuelta al presente con el revoloteo de sus faldas. Aren le dedicó el mismo trato cortés que a las damas anteriores.
Entonces experimentó cierta alegría cuando la pequeña Lady Clover se acercó tomada del brazo de su hermano, Lord Westerling, quien hacía uso de un bastón para ayudarse a caminar.
—Mi señor Aren. —Su doncella le había hecho brillar su bonito cabello castaño y había cautivado los leves bucles en una redecilla, sus mejillas y labios iban coloreados por el más leve tinte rosa. Una cadena adornaba su cuello, y como el vestido era mucho menos abundante que el de todas las damas emperifolladas que habían desfilado ante sus ojos, se había puesto narcisos para complementar su sencillez. Lo juzgó de excelente gusto—. Nos honráis con vuestra invitación.
Se inclinó y las pequeñas piedras de su redecilla reflejaron con suaves destellos. Aren adivinó que había estado ensayando aquel momento.
—Vos me honrais con vuestra presencia, mi lady. —Él le devolvió la reverencia y besó el dorso de su mano, galante, su manita perdiéndose casi en la suya, tan grande. Sentía sobre sí las miradas y adivinaba los murmullos tras los abanicos que se agitaban ocultando sus bocas hechas para fruncirse —¡se toma unas molestias con una Westerling del Risco que no se tomó con nuestras hijas, todas ellas más ricas...!—, mas le restó importancia. «Y aun si son más ricas aquellas damiselas, la Casa Westerling conserva su orgullo y dignidad —pensó Aren—, después de todo, de ella han salido reinas para los dragones». Y ni todas las riquezas del reino compraban aquel linaje noble. Y también, Aren apreciaba la sencillez de aquella niña, bienvenida entre los modales afectados y carentes de calidez de la mejor dama de todo el reino. Cuando acabó, ordenó a su mayordomo que le fueran entregadas las mejores habitaciones para reposar, y volvió a alzarse como el león orgulloso que era, roja su melena, su propia corona iluminada por los rayos de sol.
Aren dejó escapar un suspiro mientras los escuderos se apresuraban a colocarle la armadura. Había sido necesario que se la reemplazaran constantemente durante los entrenamientos; sus músculos eran tan impresionantes, que pronto terminaba desgastada y arruinada. Al recordar aquello, no pudo evitar reír... Su Cassandra había sugerido que no llevara nada puesto durante el torneo, entonces, para ahorrar las molestias a los pobres chiquillos que habían de atender a su señor.
Aren le contestó en ese momento:
—¿Acaso olvidáis que habláis con un Lannister, mi señora? Es impensable; un noble León como yo no puede aparecer desnudo como el día de su nombre frente a ojos de hombres comunes...
—¿Por orgullo, mi señor? —Ella sonrió y tomó su mano entre las suyas y la besó.
—No... —Cassandra levantó los ojos y lo miró, levemente sorprendida. Fue el turno de Aren de sonreír—. Nadie más tiene permitido verme así, solo vos... —Antes de que ella pudiera contestar, la tomó de la barbilla, suave incluso en su imponente fuerza, y la besó largamente. Aren estaba seguro de que no existirían besos más dulces que los suyos.
Debía estar radiante, pues los muchachos se miraron asombrados entre ellos antes de continuar. Una suave brisa de aire se coló en su pabellón. Aren se preguntó quién sería. ¿Su mayordomo, el maestre, quizás su anciano padre anadeaba por ahí para hacer amenazas... ? Los muchachos hicieron una rápida reverencia, y se marcharon rápidamente también, como ratoncitos tímidos. Aren estaba dándose la vuelta cuando unos torneados brazos lo rodearon.
—Mi señor...
Él sonrió. Se giró y la tomó de la cintura, atrayendo más hacia sí a aquella mujer tan hermosa y querida.
—Cassandra —pronunció con fervor. Su propio nombre era una oración en sus labios. La besó con dulzura, ella enterró sus dedos en su cabello. Aren gruñó. Esbozó una sonrisa, ladeada, cuando se separó de ella, oscuros sus ojos por el deseo—. Mi señora... ¿pretendéis entregaros a mi persona?
Ella sonrió, y aunque la expresión en su alegre rostro era inocente, el tono de su voz distaba mucho de serlo:
—Lo que os voy a dar es mucho mejor, mi señor...
Aren estaba preguntándose qué regalo podría entregarle que no fuera mejor que sus besos, cuando ella sacó algo que guardaba en su cinto.
—Mi prenda. —Alzó las cejas y rió suavemente—. Os habéis quedado sin palabras, mi señor...
Aren se recuperó.
—No os había imaginado como...
—¿La clase de dama que entrega prendas? No, mi señor, no os habéis equivocado. Mas... yo deseo hacerlo con vos... —En sus ojos preciosos apareció un brillo—. ¿Me permitís... ?
Aren lo hizo. Su Cassandra se la ató alrededor del fornido brazo, y cuando Aren se alzó, se sintió el mejor hombre de todos.
—Mi prenda... ¿habéis escuchado decir a las viejas que la doncellez es el regalo que una mujer solo entrega una vez, mi señor...? Pues bien, el mío... es mi prenda... —Dejó escapar una risa cuando Aren la tomó entre sus brazos y derramó una lluvia de besos sobre su rostro, lleno de amor hacia ella. Lo último que besó fue la cicatriz de sus labios, sobre el dulce tinte color rosa.
Cuando hizo su aparición el León Rojo de la Roca, hubo aplausos y vítores de todos, nobles, y pueblo unidos. Aren los contemplaba, hinchado su fuerte pecho de orgullo. «A sus ojos, soy ya su señor —comprendió, exultante—, y me admiran. Desean ser como yo». Si en los hombres de aquellas tierras era reverenciado así, ¿cómo sería cuando se reuniesen los hombres de todo el reino en la grande Roca? Ni siquiera el mismísimo Rey sería tan aclamado, pensaba, alegre. Aren recordó a Erian Targaryen, a quien había conocido fugazmente cuando vino a visitar la Roca con sus padres, hacía tanto tiempo ya. Con sus cabellos de oro plateado y sus ojos profundos, su porte y altura, Aren había pensado que así debía lucir un gran hombre... hasta que se vio a sí mismo reflejado frente al espejo un día, más alto ya que ninguno, y sano, con la roja melena y la abundante barba de león.
No había nadie más digno de ser aclamado. Y Aren Lannister estuvo magnífico, su momento el más esperado del día. Su armadura brillaba bajo el sol que iba de camino a ocultarse como la más tímida de las doncellas, y derrotó a todo caballero que osara enfrentarse al León Rojo. Cuando se coronó campeón, y las flores y aclamaciones llovieron sobre su fiera cabeza de oro rojo, saludó a su señor padre, quien tembloroso y taciturno había contemplado a su poderoso hijo.
«Cuando yo sea el señor, padre, vendrán a admirarme de todas partes del Reino —pensó, iluminado su rostro y alegre su corazón con la prenda atada a su brazo—, derrotaré a mejores caballeros que estos, y mi nombre será inmortal, y veréis que me aclamarán más de lo que nunca soñasteis vos».
Tomó con sorprendente delicadeza la corona de rosas doradas y rojas y la extendió sobre el regazo de su dama con un movimiento suave de su brazo. Lady Cassandra Fowler, su Reina del Amor y la Belleza. Las sonrisas se mantuvieron, y Aren estaba exultante. Era el comienzo de su era dorada, y él ya podía imaginar su primera canción de las bocas como miel de los bardos:
Y cuando la noche se acerque,
él se alzará como el sol
Un león de fuego
y dorado color
Ya había oscurecido cuando comenzó la fiesta. Cenó con Lady Cassandra, a quien le otorgó el lugar de honor a su lado. «Que lo vean —se dijo, orgulloso por la mujer que tenía sentada a su costado—, y que sepan que es mía». Se sirvieron platos provenientes de Dorne, y él fue quien disfrutó más con la explosión de sabores en su boca. Picantes, dulces, sabrosos... como los labios de su señora.
El patético Lord Fowler se atrevió a bromear:
—Mi señor... —dijo y tosió levemente. Unas gotitas salpicaron sobre sus pimientos rellenos de queso—, espero que vuestros hombres cuenten con fuerzas; se dice que nuestra comida no tiene piedad con aquellos que tienen el estómago blando.
Aren sonrió. Se preguntó si su señor padre aguantaría bien la comida. Esperaba que sí, después de todo había sido su propia idea introducir la cultura en la Roca.
—No temáis, Lord Fowler, mis hombres son duros y han enfrentado peores batallas que una comida picante... —Su voz era tranquila, muy tranquila, y su sonrisa era leve, ladeada—. Los que deberían temer son otros; yo no tengo piedad con los hombres blandos. —Alzó su copa y bebió un discreto sorbo, mientras el viejo solo atinaba a inclinar suavemente la cabeza y continuar con su comida.
El jugo del melocotón corrió por su barba cuando hincó los dientes en él y el delicioso sabor explotó en su lengua. Sintiéndose atrevido, lamió los dedos de su Cassandra, limpiando el dulce de estos. Ella sonreía, con la corona sobre su preciosa cabeza, y le dio un beso húmedo, llevándose hasta el tinte rosa de sus labios, su orgullo, siempre su defecto fatal, impedía que se preocupara por el decoro. La suave música de los violines y las gaitas entretenía a sus invitados, y entre los sonidos de los cuchillos y tenedores se escuchaban las risas y las conversaciones animadas. La pequeña Lady Clover mordisqueaba unas uvas y se cubría la boca con una manita para ocultar sus risas alegres cuando escuchaba al anciano Lord Brax contar sobre aventuras de su juventud.
Cuando terminaron de comer, se movieron las mesas hacia las paredes y comenzaron a cantar los bardos. Aren no se retiró hasta que se cantó La mujer del dorniense, su cuerpo vibrando con el momento ya vivido hacía mucho. Con su Cassandra tomada de su brazo, abandonó las celebraciones, sin que casi nadie, sumido como estaba en el baile, notara demasiado su súbita ausencia.
—Fue un atrevimiento el haberme coronado vuestra Reina del Amor y la Belleza, mi señor de Lannister... —le dijo ella cuando estuvieron a solas en sus amplias estancias.
—¿Atrevimiento? Os entregué una hermosa corona con mis colores. Fue un gesto galante, mi señora.
—Galante, e impertinente, mi señor, estando presente mi anciano esposo...
Él rió, despectivo. La mención a Fowler lo había amargado.
—¿Ese viejo ridículo? —Dejó que Cassandra lo ayudara a desvertirse mientras lanzaba una silenciosa y lejana maldición a Fowler.
—Oh, mi amor... —Ella atrajo su rostro hacia el suyo y le dio un beso suave en sus labios. Se separó para mirarlo—. ¿Es que estás celoso de mi pobre esposo?
—N-no... —Él cerró los ojos, sintiéndose vulnerable, mucho más vulnerable por aquello que por el hecho de encontrarse completamente desnudo, a su merced.
—Conozco esa cara, Aren... Dímelo —le insistió ella. Trataba de contener una sonrisa, pero era evidente que la idea le causaba gracia.
—Sí —admitió él al fin, suspirando. Había ganado: las aclamaciones de su gente, el torneo, la corona, a ella... Pero no pudo evitar sentirse... así.
Ella meneó la cabeza y rió suavemente. Lo tomó de la mano y Aren se dejó guiar hacia la cama.
—¿Acaso mi señor cree que amo a mi viejo esposo? ¿No?
—No, amar, no... Pero aun así, sois suya bajo los ojos de los dioses y los hombres... —Había utilizado un trato formal, no sabía por qué. O tal vez sí. Era esa distancia que existía, porque ese maldito Fowler podía decir que era suya, y él, no.
—Así que eso os molesta —contestó ella, formal también. Estaba riéndose—. ¿Y por qué dejáis que eso os incomode, mi señor? ¿No me habéis tomado ya de todas las formas en las que un hombre puede tomar a una mujer? ¿No me habéis hecho vuestra más de un centenar de veces en cada rincón de vuestra enorme Roca? ¿No os habéis vuelto uno solo conmigo? ¿Qué diferencia supone, entonces, si permanezco casada con Fowler?
—Yo quiero haceros mi esposa. Que os sentéis a mi lado durante los banquetes, sin que llevéis otro nombre que no sea el mío, que no llevéis otros colores que no sean los míos, y mi león en vuestro pecho. Quiero llevaros del brazo y presentaros así ante el mismísimo Targaryen que nos gobierna, que seáis mía. Sois Lady Fowler, así os llaman, así os llamáis vos, ¡y ni siquiera es vuestro nombre!
—¡Vaya, qué posesivo resultó ser el León Rojo de la Roca! —Ella seguía riendo. Entonces lo tomó del rostro y lo miró a los ojos—. ¿Importa, cuando a quien deseo es a vos? —No dejó que Aren contestara, y comenzó un beso que el correspondió gustoso. Con manos desesperadas le quitó el vestido, la vaporosa tela cayó a sus pies, la corona de flores quedó tirada por algún lugar de la habitación. Acarició sus hombros, su cintura, su cabello y la besó en un arranque posesivo. No le bastaba con solo introducirse dentro de su húmeda calidez y terminar, la besó en su sexo y la mantuvo en vilo hasta que se corrió con un solo roce de su lengua, de tan sensible que estaba. Sintió orgullo cuando ella, con los ojos húmedos por el placer, pareció quedarse muy quieta por un momento y finalmente alcanzó la dicha, temblorosas sus piernas y sus manos agarrando las sábanas con mucha fuerza. La siguió besando por todo el cuerpo, acarició sus cabellos, y aspiró su aroma dulce. Besó sus cejas, sus sienes, la cicatriz de su labio inferior, sus pechos, las yemas de sus dedos... Cada vez que su Cassandra trataba de tomar las riendas, él terminaba por dominarla, de hacerla suya una vez más, con amor y desespero, porque así se sentía. Ya por el final de la noche, ella temblorosa entre sus brazos, y él agotado pero feliz y resuelto, se permitió decirle:
—Nunca os había visto tan apasionado, mi señor... —Sofocó una risa, enrojecido su rostro—. Os habéis aprovechado de esta pobre dama... ¿y estáis contento ahora?
—No. No me basta. —La sintió tensarse en sus brazos pero la sostuvo para mantenerla junto a él. Tenía que escucharlo, debía hacerle saber sus intenciones. Con voz llena de ardor comenzó—: Iré... Voy a luchar por nuestro amor, Cassandra. Iré hacia vuestro esposo y le diré que os amo, que os amo, que os amo, y tendrá que aceptar mis condiciones y pedir que se anule vuestro matrimonio. Os tomaré por esposa, y nadie me lo pondrá impedir, ni siquiera mi padre. ¡Nadie! Si os hace sentir mejor, me dirigiré hacia el mismo Septón Supremo y me batiré en duelo con el campeón que él escoja, para así dejaros libre, y que podáis ser mi esposa, mi lady Lannister. Incluso perdonaré la vida a ese viejo estúpido de Fowler, con tal de que nos deje en paz... Le daré todo el oro que me pida, le entregaré tierras o los títulos que desee, ¡no importa! Seremos felices, os lo prometo, y nadie dudará de mi amor por vos... Las canciones nos harán inmortales, y... si alguien lo quiere impedir, quien sea, lo mataré y le arrancaré el corazón y os entregaré mi hoja con su sangre. ¡Lo juro, lo juro por los dioses nuevos y los viejos!
Ella consiguió zafarse de su agarre. Lo miró con las mejillas encendidas, temblorosa, incrédula. Con la sábana se cubrió como pudo el cuerpo desnudo y se levantó. La arrastró mientras se alejaba.
—Olvidadlo, Aren.
Él se levantó y la quiso atraer hacia sí, mas ella lo alejó.
—Soltadme...
—Mi Cassandra... —comenzó él, desesperado, su corazón latía enloquecido y... dolía... ¿por qué se alejaba?
—¡No uséis mi nombre! ¡Alejaos! —Ella le dio una bofetada cuando él se quiso acercar otra vez. Aren se llevó la mano a la mejilla que comenzaba a escocerle, sus ojos empezaban a humedecer. De alguna manera, aquello le dolió menos que el que le dijera que se alejara, que no usara su nombre, mucho menos. Ella se echó rápidamente el vestido sobre la cabeza, y trató de buscar con la mirada... hasta que lo encontró. Tomó sus zapatillas y caminó apresurada hacia la puerta. Aren fue de inmediato hacia ella, pero sus pies encontraron la corona y él se apartó rápidamente, herido por una espina que pareció lacerar hasta lo más profundo de su ser.
Aún así, dolía menos que el rechazo. Mordiéndose el labio, pateó la corona hacia algún lado, y dejando apenas un rastro de su sangre por la alfombra y por los pisos, caminó hacia la pesada puerta de roble. Cuando abrió, no había nadie, y solo brillaban las antorchas en las paredes de piedra, ya acabándose su vida con la llegada del amanecer.
Regresó cojeando levemente hacia la cama, y se echó la túnica escarlata sobre sus hombros. El vello de la nuca se le erizó cuando salió de sus estancias en busca de Cassandra. ¿Acaso la había ofendido? ¿Tanta era su consideración por aquel anciano inútil? ¿Tanto era su rechazo a su unión? Aren, a pesar del dolor, no pudo evitar sentirse amargo. Era un león, un Lannister, y el digno heredero, ¿por qué alguien habría de rechazarlo así? Se acordó de las jóvenes damas que sin duda aceptarían de buena gana su propuesta, aun sin conocerlo, tentadas por las riquezas y el poderío de una alianza así... ¡y ella escapaba y lo alejaba! No era justo.
No se escuchaba casi nada, salvo el débil crepitar del fuego de las antorchas. Aren aguzó sus oídos. ¿Adónde había enviado al anciano Fowler? Se dio media vuelta. Sus pies ya habían cruzado por escaleras y galerías, por salones y pasillos, y una aguda punzada lo atravesaba desde la planta del pie cuando daba un paso con este, pero no importaba, por los dioses, nada de eso importaba cuando su Cassandra se le escapaba de entre las manos. Se encontró entre las almenas, e ignorando la piedra en sus pies descalzos, se apoyó en una de estas, entrecerrando los ojos, intentando captar algo.
Una mano en su espalda lo hizo sobresaltarse. Aren se giró con el corazón latiendo bruscamente en su pecho, listo para caer de rodillas ante su amor y pedirle disculpas por si la había ofendido, cuando se encontró con el anciano maestre, uno de los pocos que había participado desde el principio en los constantes cuidados hacia él, y que había permanecido en la Roca hacia el final.
—Mi señor Aren, os habéis causado heridas en vuestros pies.
Solo entonces contempló la sangre que había ido dejando, abierta aún más su herida. Era roja, roja y roja... Con el corazón roto, Aren se habría echado a llorar de buena gana, pero solo asintió en silencio. No pensaba pronunciar palabra; sabía que, aunque fuera un simple «sí», se le quebraría la voz y perdería la compostura.
Si el maestre advirtió el temblor de su cuerpo, no dijo nada. Lo condujo hacia sus estancias, y Aren permitió que le lavara los pies y curara el primer corte y los otros que se hizo. Y se encontró deseando que ojalá... así como lo sanaron a él, así como curaban sus heridas, los maestres pudieran aliviar el dolor terrible que le oprimía el pecho y subía hasta su garganta, cortándole de aire.
—Mi señora esposa se encuentra... indispuesta, mi señor —dijo Lord Fowler, masticando las palabras. Apoyado en su bastón, Aren se vio invadido por unos deseos terribles de rompérselo en su estúpida cabeza calva.
Masticó él su ira y contestó:
—Decidle que acuda a mis aposentos en cuanto se recupere, lord Fowler. —Habían transcurrido tres días, tres días en los que no había visto ni oído a su Cassandra, y Aren sentía más angustia que nunca.
—¿Y... ? —El viejo esbozó una sonrisilla idiota—. ¿Por qué habría de hacer tal cosa, mi señor?
—Necesito intercambiar unas palabras con ella —concedió, tenso su rostro.
—Me parece que no podréis, mi señor... Mi hermosa esposa y yo tenemos pensado partir tan pronto como nos sea posible.
—¿Partir? —Aren no daba crédito a sus oídos.
El anciano soltó una risita babosa.
—Sí, sí, mi señor. Mi dulce Cassandra añora su amado Dorne... y confieso, yo también. Extraño mis tierras... y vuestro padre nos concedió graciosamente el permiso para partir.
—No podéis...
—Vuestro padre aún vive —le recordó Fowler entrecerrando los ojos—, y mientras sea así, vos no podréis darme órdenes, mocoso.
—¿No deberíais obedecer a vuestro buen príncipe dorniense, mi señor? —Aren lo contempló largamente, indignado por su osadía, pero con la lengua lista para defenderse de un pobre imbécil como aquel—. Mis maestres me enseñaron que la Casa Fowler es vasalla de los Martell de Lanza del Sol, no de los Lannister de Roca Casterly. Decidme, ¿qué favores os prometió mi padre a cambio de meter a vuestra esposa en su cama? ¿Fueron títulos, tierras? ¿O acaso os prometió oro? Lamento deciros que os marcharéis con las manos vacías, milord. Lady Fowler ni siquiera miró dos veces al viejo Lord Lannister...
—¡Mocoso insolente! —siseó con furia—. Dad las gracias por que vuestro padre sea un viejo amigo mío, o de lo contrario cruzaría aquel rostro vuestro de una bofetada...
Aren se llevó la mano hacia la mejilla, ahí en donde Cassandra le había abofeteado hacía días. La delicada piel de su pómulo había permanecido roja por horas.
—Dad vos las gracias... de que yo tenga honor. Mi padre habría mandado azotar a quienquiera que se hubiera atrevido a faltarle el respeto en su propio castillo, sea o no sea huésped suyo o viejo amigo. Olvidaré esta amenaza, Lord Fowler, por ser la primera. Atreveos a pronunciar una segunda... y no saldréis vivo de Roca Casterly. ¿Si osáis dudar de mis palabras? ¡Yo soy el León de la Roca!, y nadie dudará en obedecer mis órdenes.
El arrugado rostro de Fowler había palidecido. De pronto, su persona entera pareció encogerse, sumisa a la voluntad de aquel futuro Señor. Hizo una reverencia rígida y se marchó.
«Se marchará pronto —adivinó después Aren con agitación, de vuelta en sus estancias—, y se la llevará consigo». Tenía que verla, tenía que hablarle... preguntarle ¿por qué, por qué lo había rechazado? Dolía, dolía mucho el rechazo... ¿es que todo fue mentira... ? Tuvo que aguantar las lágrimas antes de buscarla. Cruzó con zancadas largas y apresuradas las galerías, se encontró con mozos que llevaban apresurados unos cuantos ornamentados y pesados baúles y los interrogó. Llevaban en las túnicas bordado el emblema de los Fowler, y no obedecían a nadie más que a su señor. Aren gruñó de la frustración, no estaba acostumbrado a que lo desobedecieran, y menos en su propio hogar.
—Mi señor me ha prohibido hablar con vos —contestó el chiquillo, Aren calculó que tendría catorce o quince años, un niño nada más. No se atrevía a mirarlo a los ojos, y apretaba con fuerza la delicada cajita que llevaba en las manos—. Mi señor, por favor... Por favor...
Aren lo dejó ir, aún en su desesperación no se atrevía. Estaban cargando hacia los carromatos las pertenencias de Lord y Lady Fowler. Ya había dado todo por perdido cuando se chocó con un cuerpecito.
—Milor... Mi señor Aren, disculpad... —Aren la había cogido por la muñeca antes de que la niña pudiera caer. Ella bajó la mirada y musitó suavemente—: gracias...
—Niña —dijo él—. Hacedme un favor —pidió con voz cargada de emoción. La chiquilla lo miró con sus bonitos ojos color miel, asustada. Él empleó un tono más suave, no la quería atemorizar, él no era como el bruto de su padre o Fowler—: Por favor, niña, ayudadme a encontrar a Lady Cassandra... Os lo ruego.
Su padre la habría amenazado, la habría abofeteado, habría intimidado a la muchacha... pero otra vez se repitió que él no era como su padre. No lo era, nunca lo había sido, nunca lo sería, nunca.
Ella parpadeó, y asintió. Aren se acordó de cómo había ayudado a la pequeña Clover Westerling con sus ropas cuando la dama se marchó de regreso hacia el Risco. Se recogió las faldas y se dio media vuelta. Aren se quedó esperando. La espera lo ponía nervioso, y los nervios lo hacían sentir mareado... hasta que la vio volver y lo llevó a un lado para decirle:
—No pude quedarme por mucho, mi lord, antes de que se fijaran en mí, con lo ajetreadas que estaban las estancias que ocupaba Lord Fowler, pero me pareció escuchar que Lady Cassandra se ha puesto las ropas de una de las doncellas de la Casa Fowler... parece que su esposo pretende hacerla pasar inadvertida entre la servidumbre.
Eso había sido mucho mejor de lo que Aren había esperado. Agradeció a la niña de todo corazón, después encontraría la manera de recompensarla... Por el momento debía encontrar a su Cassandra. Preguntarle por qué, dioses benditos, por qué.
Se fijó en las criadas que llevaban las cosas de su señora. Su Cassandra era menuda y grácil, mas las que halló eran altas y gruesas. Unos chiquillos aparecieron transportando con sumo cuidado un coche con los hermosos halcones de Lord Fowler, cuya afición a la cetrería era conocida por todos. Les habían cubierto las cabezas con caperuzas, para que no se asustaran y escaparan. Se fijó en todos ellos, y no la vio. Al fin apareció escoltada la dama, y su señor. Ella iba ataviada con una capa y una capucha azul le cubría la cabeza baja.
«No es ella —se dijo Aren, quien lo habría sabido incluso sin que la niña se lo dijera—. Mi Cassandra jamás agacharía la cabeza así, jamás... ». Tenía ese porte digno de una señora de su Casa, de una leona.
El carruaje de Fowler era impresionante: una soberbia casa con ruedas, digna de príncipes. A Aren no le costó imaginar quién se lo habría pagado, mientras el anciano Fowler ayudaba a la mujer a subir. Después lo ayudaron a subir a él, y se tambaleó en el aire, agitando levemente su bastón. «Ojalá se cayera y se quebrara la nuca», rezó con rabia, mas los dioses no escucharon sus plegarias.
Contemplaba impotente el espectáculo, apretando los puños, con el rostro encendido... hasta que la vio. Ahí, mezclada entre los muchachos que se ocupaban de atender solo a su señor, con la túnica bordada con el halcón, y el cabello largo y negro cautivado bajo una espesa mata rubia, una de tantas que usarían los actores viajando en sus caravanas. ¡Una peluca! Maldito anciano... y maldito él, ¿por qué no se le ocurrió antes? Aquella era una triquiñuela digna de Fowler... Se indignó a partes iguales por el engaño y por el atrevimiento de hacer vestir a su Cassandra como un simple plebeyo.
Sus pies se movieron solos por el amplio patio. Hasta entonces Aren no se había dado cuenta de lo agitado que se encontraba, de lo mucho que temblaba su cuerpo, de su respiración entrecortada. Y gritó, gritó su nombre. Su Cassandra cometió el error de levantar la mirada, y cuando sus ojos se encontraron, Aren supo que en efecto, se trataba de ella.
—¡Cassandra! —gritó. Su voz se escuchó, estaba seguro, por toda la Roca, en lo alta e imponente que era. Su orgullo herido, así como su corazón, le impedía seguir persiguiendo a su amada, su dama, su amor... Aren tuvo que contener el sollozo que se escapó de su amplio pecho, cuando contemplaba el séquito alejarse hacia abajo, más abajo, más abajo... hasta que no fueron más pequeños que hormigas. Con enfado, deseó aplastar a todos y cada uno de ellos. El señor, los mozos, las doncellas... ¿ella? No, no, reflexionó después, no... Solo a él. Solo a él.
Se tragó el dolor y se encontró en sus aposentos. No iba a permitir que nadie lo viera así. No...
Había decidido que acudiría tras ella. Partiría esa misma noche, y nadie se lo podría impedir. Estaba decidido. Necesitaba verla, necesitaba hablarle. Y preguntarle. ¿Tanto la había ofendido? ¿Había sido mentira cuando le decía que lo quería, cuando lo miraba con ojos tiernos, cuando le sonreía? Sus manos buscaron torpemente la prenda, y la apretó contra su amplio pecho. ¿Eso también había sido una farsa? ¿Por qué entregársela, por qué tomar su corazón, si lo iba a romper después?
Aren estaba mesando su salvaje melena roja, un millar de escenas cruzaban por su cabeza, el cómo la tendría otra vez en brazos, él cómo le iba a suplicar quedarse con él, cuando una voz lo sacó de sus pensamientos. Era el maestre.
—Mi joven señor... —Hizo una reverencia y lo miró con sus ojos grises. Todo él era gris—, por favor, acompañadme.
Él parpadeó. No comprendía. ¿Acaso su Cassandra... ? ¿Estaba bien, le habían hecho algo? Dioses benditos, ¿qué había sucedido?
—Vuestro padre, mi señor.
Aren se puso de pie inmediatamente, extrañado. Su padre... no había pensado en él durante las horas anteriores, ni siquiera cuando Fowler le había dicho que le había concedido el permiso... ¿habría regresado el anciano arrepentido, entonces?, ¿querría reclamar sus favores?, ¿o buscaría desafiarlo frente a su padre? Demasiado inquieto para hacer preguntas, Aren siguió mansamente al sanador por cuán grande era la Roca. Las estancias de los Lannister y sus regios invitados se encontraban en el mismo nivel, con la enorme biblioteca y los finos baños, bajo la sala que guardaba los tesoros y sobre los amplios salones de baile y las galerías con los retratos myrienses e interminables pasillos y jardines. Más abajo, Aren lo había explorado todo hacía tan poco... las cavernas donde rugía el mar, las entrañas con las jaulas de los leones, cuartos vacíos, habitaciones que alojaban a la servidumbre, los extensos barriles de vino...
La peste de la enfermedad, un olor dulzón y podrido que inducía a las arcadas tanto como el de los desechos que lo acompañaba, lo golpeó con la brusquedad de una bofetada cuando entró en sus habitaciones. Aren frunció la nariz y se tapó con la prenda de Cassandra, pues no la había soltado. Aspiró su olor dulce, que solo sirvió para aliviar un poco la mezcla anterior.
—Mi lord. —El maestre hizo una reverencia, dando paso a Aren. Un muchacho corría llevando una palangana que dejó sobre la mesita y en la que remojo un pañuelo con el que reemplazó el que el viejo señor tenía pegado a la frente. Otro se llevaba el orinal, apresurado, aguantando por lo bajo las arcadas. Aren lo compadeció.
Aún así, cuando regresó con otro, limpio, el hedor continuaba.
—Padre —pronunció.
Él anciano lo miró con ojos cristalinos. La fiebre encendía sus mejillas y hacía temblar su cuerpo, y aún así, se rió, muy débil.
—¡Fuera! —ordenó con la voz silbando casi. Aren comprendió que no lo estaba echando a él—. ¡Largo!
Uno a uno fueron abandonando la habitación. El maestre se quedó en el umbral.
—Mi lord, si me permitís administraros una pizca de...
—Ya he tenido suficiente de vuestra maldita leche de la amapola, maestre. —Su voz era apenas más que un susurro leve, pero siempre había sabido hacerse escuchar. El sanador obedeció.
—Aren —le dijo. Aren podía contar con los dedos de la mano la cantidad de veces que se había dirigido hacia él por su nombre. Le hizo una seña para que se acercara, y él lo hizo—. Sentaos.
Volvió a obedecer. Era extraño. La última vez que había terminado en la cama de un moribundo... había sido...
—Habéis... Habéis tomado a esa ramera para que os caliente la cama durante meses, la habéis paseado por mi castillo como si fuera la dueña y señora de este, y te habéis humillado persiguiéndola mientras se la llevaba su señor esposo... ¿Estáis contento, Aren? Nos habéis vuelto la burla de todo el reino...
—¿La burla... ? —Aren estaba tenso, apretaba la prenda de su amor con fuerza—. Mi señor, ¿debo recordaros que Lady Fowler fue traída por su esposo por orden vuestra? Y no fue solo para haceros compañía, os lo aseguro. «Entretener», sí...
—Haberte acostado con una mujer os ha vuelto más atrevido ¿eh? —El viejo se rió débilmente mientras lo veía guardar la prenda, con los ojos entrecerrados brillando—. Lord Fowler es un viejo amigo, y...
—Y no tuvo escrúpulos en ofreceros a su esposa en bandeja de plata —respondió, amargo—. ¿De qué valía el juramento hecho a ojos de hombres y dioses, mi señor?
Él tuvo un acceso de tos. Aren se apartó y miró en silencio. Cuando por fin terminó, su padre lo vio con el rostro congestionado. El pañuelo estaba manchado de su sangre y saliva. Se lo mostró y lo arrojó débilmente sobre su regazo.
—He ahí la respuesta, Aren —dijo con voz quebrada.
Aren lo tomó con dos dedos y lo tiró al suelo.
—Me voy a morir pronto... Eso os llena de alegría, ¿no es así? —Esbozó una sonrisa roja, frágil—. Ser el señor... Hubierais visto cómo se os inflaba el pecho, cuando justabais contra ese imberbe... ¿Tanto os enorgulleció vencer a un inútil? —Sus delgados hombros se sacudieron con la risa sin aliento—. Creísteis que... que el pueblo... que esos idiotas... que os iban a amar, ¿cierto? Lord Aren...
Aren no contestó. Su rostro era de piedra. «Esto es inútil. Debo ir con Cassandra».
—Deseabais convertir a esa zorra en tu esposa. Por eso escapó... como una rata... —Lo escrutó con ojos carentes de calidez—. Eso aconteció... Niño tonto... ¿acaso creíais que te iba a aceptar? ¡Ingenuo! Convertir a una puta en lady Lannister...
—No tenéis derecho —siseó Aren, y si no hubiera sido su propio padre, lo habría ahorcado con sus propias manos por faltar el respeto a su Cassandra... Ignoró el corazón lacerado con el recuerdo de su amor y miró a su padre con ojos furiosos, húmedos.
—Ayudadme... La fiebre... —susurró él cerrando los ojos, un escalofrío lo recorrió entero. Aren, sin saber por qué, le refrescó la frente, cambió su paño, le dio de beber. Estuvo así por horas. «Debo buscar a Cassandra», pensó otra vez, la buscaría pronto, iría tras ella... pero aun así, continuó con los cuidados. Las estancias hedían, pero no permitió que nadie se ocupara de ello. Abrió los postigos de las ventanas para que el aire de la noche las ventilara, y bebió un poco del vino que reposaba en la mesa, y mordisqueó las uvas sobre esta. Estaban muy maduras y dulces para su gusto, pero se obligó a continuar para tener el estómago lleno.
Acudió otra vez a su lado. Tenía que ir con su dama, y el corazón se le oprimía dolorosamente en su pecho, pero se encontró preguntando:
—Habladme de las damas a las que convertisteis en lady Lannister.
Él tomó aire.
—Dos... A dos le otorgué mi nombre... ¿qué más podrían haber deseado? Las elevé por sobre su estación, y fue más de lo que merecían... Dadme... dadme un poco de agua...
Le puso la copa en los labios, y antes de que él pudiera beber, la apartó.
—Hablad, mi señor.
Él tragó cuando la volvió a acercar. Tomó aire. Sus brazos estaban delgados, muy... Las sábanas estaban empapadas de sudor, pero se negó rotundamente cuando Aren se ofreció a cambiarlas, al igual que su túnica escarlata.
—Hablad —pidió Aren otra vez.
—Vuestra... vuestra madre... —dijo apenas con voz, la fiebre enredaba su lengua—. La conocí cuando visité el Nido del Grifo... Era la hija única del fallecido Señor, ¿sabíais? La única, la más pequeña... y su hermano gobernaba ahora, ella estaba con él cuando me recibieron en su castillo... Cuánto se querían, lo recuerdo muy bien, se querían tanto, los hermanos... Ella era... hermosa, con buena figura, impecables modales, una dama, una buena dama, la Doncella misma, recuerdo haber pensado... Tenía el cabello rojo como el fuego, la luz de las antorchas... arrancaba destellos de su pelo... La primera noche, cuando cené en la mesa del joven señor, ella estaba frente a mí, y la antorcha la coronaba como a una reina... Tomó mi mano, lo recuerdo, y me sonrió. Yo la deseaba, lo hice desde el momento en el que posé los ojos sobre ella, y resolví tenerla, hacerla mi esposa, el deseo me embriagaba y persistí, aun cuando su hermano se mostró cauteloso con el enlace, no deseaba dejarla partir tan pronto... «Un año, mi buen señor, solo os pido un año; mientras podréis mantener correspondencia, y os juro por los dioses que no la prohibiré», había tenido la osadía de decirme, mas yo no escuchaba. Una luna después, partí con ella hacia la Roca. Lloró al despedirse de su hermano, debí haber sabido entonces que no sería digna de mí... ¡cuánto me habría ahorrado! ... Pasó un año hasta que quedó encinta ¿lo sabíais, Aren? Un año entero, unas lunas... Yo creía que los dioses me habían condenado con una mujer estéril, ¿que iría a hacer? ¿Despreciarla, pedir una anulación, devolver la dote?, mas una mañana me entregó una feliz noticia. Yo deseaba un verdadero león. ¡Un verdadero león! Vuestro nombre, significa león, ¿lo sabíais? Lo escogí para vos antes de que nacierais... Y lo deseaba, deseaba un heredero, uno con cabellos de oro y ojos de esmeralda, como los míos, fuerte y rebosante de salud, valeroso, digno, un hijo de su padre... Y por fin iba a tenerlo, pensé. Hubo que cuidarla mucho durante el embarazo; y así lo hice: no ejercí mis deberes como esposo mientras vos crecíais en su vientre, cumplí con cada uno de sus estúpidos caprichos para mantenerla contenta, y traje a los mejores maestres de Antigua para vosotros... Días antes del parto eligió confinarse en una recámara, «pues deseo poder dar a luz a nuestro hijo en un ambiente cómodo, mi señor», me dijo, y yo le proporcioné gustoso la mejor y la más rica, e insistí en que las damas más nobles de mi corte la acompañaran, además de dos buenos maestres. El placer de parir como una reina, servirle los platos más exquisitos en su mesa, traer para ella músicos, vestirla ricamente; en los preparativos que ordené para anunciar el nacimiento de mi heredero, había ordenado que se le diera especial honra... todo eso le di y más, mas lo que parió mi indigna mujer fue un grifo rojizo y de salud quebradiza... Maldita sea... y maldito seáis vos... ¿Quién os dijo que eráis un león? —Suspiró pesadamente—. Aún así.. ¿me juzgáis cruel, Aren? —Rió cuando sus ojos se encontraron—. Alguien cruel os habría dejado morir... pero yo hice de todo por proporcionaros los cuidados necesarios para que sobrevivierais... Bien lo saben... Los dioses... los dioses no me lo habrían perdonado, dad las gracias por ello...
La vela se estaba consumiendo, pero el sol comenzaba a salir. Aren hizo el pensamiento a un lado y lo miró.
—¿Procurasteis la misma atención para mi señora madre? —La garganta se le secó cuando se acordó, estaba tan débil que no podía cargarlo ni sentarlo sobre sus rodillas, por el final de sus días...
—No —fue su respuesta—. No, no... Vos... aunque enfermizo y débil, nacisteis con mi nombre... Mi nombre... ¿lo comprendéis?
La indignación lo invadió.
—¡Jurasteis proteger a mi madre cuando os casasteis con ella!
—Ya os mostré lo que vale un juramento, Aren. Y vuestra madre, a pesar de todo, no habría sobrevivido... Se debilitaba con el pasar de las lunas, y yo preferí salvaros a vos. Dad las gracias.
Con manos temblorosas le cambió el paño, el agua estaba tibia, pero no se molestó en pedir más. Su frente, rostro, cuello, cuerpo ardían, y el anciano cerró sus ojos mientras las gotas caían por sus párpados y mejillas. Permaneció en un estado febril durante horas, mientras Aren le daba de beber y atendía sus necesidades cuando conseguía pedirlo.
Lo recostó sobre sus almohadas cuando comenzaba a atardecer.
—Vuestra siguiente dama. Hablad.
Después de un rato él dijo:
—Una princesa... Su padre... Envió el retrato, ¿lo recordáis? Oh, tal vez no lo hagáis, estabais muy enfermo durante esa época, pero así fue... A mí llegó la semejanza de una dama hermosa, con las manos sobre su regazo... sus ojos estaban bajos, no miraban directamente... Era la más pequeña de las hijas del Rey en el Norte, y su padre estaba deseoso por casar bien a la última; le proporcionó una dote excelente, sí... pero encontré su carácter manso mucho más satisfactorio. Había escuchado mucho hablar sobre la sangre del lobo. Salvajes, indómitos, carácter encendido... Mas esta dama era dulce y complaciente como me la recomendó su padre... Quedó encinta a los seis meses de haberla tomado como esposa... ¡Seis! Creía que por fin los dioses me habían escuchado... Hasta que llegó el momento. Todavía lo recuerdo, sí... incluso convoqué a mujeres de sus tierras para que se sintiera cómoda mientras la atendían... ¡tanto la consideré y para qué! Las mujeres iban y venían llevándose las sábanas ensangrentadas, y por toda la Roca se escuchaban los gritos de mi dócil esposa y los berreos de la comadrona y sus ayudantes... La agonía fue larga... Dos días y tres noches; no había manera de aliviar el dolor, no, no la había... Y ella murió. Lo debí haber sabido desde el principio, una mujer tan débil de carácter no sería capaz de sobrevivir la batalla... Mas el niño... «Es un león», me dije, cuando lo vi. Rubio... ojos verdes... Pero lo debí haber sabido, los dioses... me habían condenado... ¿Dónde estaba el orgullo, la nobleza y la astucia de los Lannister, dónde? Pronto la desgraciada de mi esposa, maldita sea, me entregó un cachorro de lobo y se murió... ¿y qué? Ya me habían fallado dos mujeres, me dije que la tercera no, que los dioses escucharían mis plegarias... Me darían a un hijo dorado, a mi verdadero heredero y campeón... Pero ningún señor deseaba enviar a sus damas... Nadie... Yo ofrecí oro, incluso. Tierras, podía elevarlos, entregar títulos... pero no aceptaron las propuestas. Y quedé solo aun en mi enorme Roca, sin esposa, y sin hijo digno de heredar mi grandeza, temeroso de que mi buen nombre se perdiera...
Había oscurecido. La luz de la luna caía sobre la piedra. Aren le dio de beber otra vez. El relato lo había llenado de mortificación... y contemplaba incrédulo a aquel quien se decía su padre.
—Os equivocáis... El único ser no digno... sois vos. —Exprimió el paño sobre su frente, y las gotas corrieron por su pálido rostro.
Permaneció haciéndole compañía durante más horas, aún cuando su pensamiento lo incitaba a huir, herido a partes iguales por su historia y por la lejanía de... de ella.
Los temblores asaltaban su débil cuerpo y la fiebre lo consumía. Aren, que había decidido distraer su mente del dolor contemplando el Mar del Ocaso y el cielo que parecía no tener final, se giró para mirarlo.
«Está llorando». Se acercó para escucharlo.
La fiebre lo hacía delirar, y comprendió que pronunciaba los nombres de sus esposas.
—Perdonadme... Dioses benditos, perdonadme... —Alzaba los brazos, patéticamente, queriendo alcanzar una mano que nadie le tendía. Se removía entre sus desechos, y suplicaba perdón. Perdón, perdón, perdón...
Finalmente, con una mano bajo su cabeza cubierta de sudor, Aren lo sostuvo mientras expiraba.
—Todavía siguen aquí, sus fantasmas... Las escucho, las veo, todas las noches... Perdonadme, dioses, por favor... ¡Perdonadme! —Y su vida se extinguió.
Aren contuvo el aliento mientras sus ojos perdieron su brillo. Después, pesaba poco más que una pluma, pero lo recostó con la gentileza que nunca había mostrado a sus mujeres sobre las almohadas empapadas. Tuvo que sentarse un buen rato y calmar sus ánimos, hasta que recuperó suficientes fuerzas para levantarse y anunciar la noticia.
Los preparativos para el funeral duraron dos largas semanas, y Aren había decidido guardar unos días para quitarse el olor a peste de la muerte que pareció seguirlo a todas partes. Estaba listo para partir a Dorne ese día cuando llegó un cuervo batiendo sus negras alas. «Alas negras —no había podido evitar pensar, contemplando al animal cruzar el cielo, entrecerrando sus ojos con la luz de la mañana— palabras negras».
Con el corazón pesado acudió a las estancias del maestre, apretados sus puños, su cuerpo en tensión.
En tierras dornienses surgía un leve brote de gripe primaveral. Muy tarde, no podía hacer a un lado el funesto pensamiento que lo consumió.
Las palabras que había pronunciado sobre su padre mientras se velaban los restos de su cuerpo mortal habían resonando vacías en sus oídos y corazón, pero todo había finalizado rápido. «Dad las gracias, os he mostrado la consideración que los dioses no os mostrarán». Cuánta falta le hacía su Cassandra... A pesar del dolor por la pérdida de la mujer, aún la amaba, aún la quería. Quería escucharla, que lo besara, que le entregara consuelo en su abrazo. Estaba tan cansado...
Pero ella se había marchado para siempre, y Aren... ya no podía ir tras ella. Tal vez la comprendiera ahora. Solo un Lannister podía amar la Roca, se decía, y él... si no hubiera sido un león, descubrió que también se habría marchado. Quizás para acompañarla en alguno de los siete infiernos.
Con pensamientos tan negros como sus ropas, se dirigió hacia sus habitaciones. Había decidido que las estancias del señor fueran trasladadas hacia la antigua recámara que él había ocupado toda su vida. La que fuera de su padre quedaría vacía de ahora en adelante, olvidada como él. Era mejor así. Aren no habría soportado ocupar el mismo lecho que él, soñar sus mismos sueños, comer en su misma mesa.
Y... ya era el señor.
Se ocupó primero de la niña, la pequeña criada, a quien recompensó generosamente por su ayuda. Tenía hermanos, los tomaría bajo su servicio; entregó una buena porción de tierras, una modesta fortaleza, y permitió que fuera la misma niña quien escogiera el emblema. Entonces mandó llamar a su mayordomo.
—La dama, lady Clover... Es mi deseo que sea traída a mi corte.
—¿Mi lord, es seguro?
Aren asintió, apoyado su mentón sobre sus manos cruzadas.
—Si lo decís por la enfermedad, esta no ha salido de Dorne; el príncipe ordenó cerrar inmediatamente sus puertos y caminos, mi señor.
—¿Permitirá el lord del Risco que la joven dama viaje sola, mi lord? —El honesto rostro de su mayordomo adquirió una expresión de preocupación.
—Le proporcionaré, como hice alguna vez, una excelente escolta a Lady Clover. Mis mejores hombres la traerán sana y salva a Roca Casterly, donde pretendo tomarla bajo mi protección y otorgarle una educación excelente. La Casa Lannister adquirió en el pasado una gran deuda con el joven Señor del Risco, y mi padre nunca se preocupó demasiado por ello... mas yo pienso hacer algo, aun si sé que ni todo mi oro podría pagarla... Espero proveer de manera adecuada a la niña, que de ahora en adelante pasará a ser parte de mi hogar y familia; ... y si los dioses lo quieren, bajo mi amparo puede llegar a conocer a un buen señor que cuide de ella cuando yo ya no pueda, en tal caso le otorgaré una dote generosa, y permitiré que la dama escoja de acuerdo a sus deseos a la persona que la entregue en la ceremonia; ... y ruego a los bondadosos dioses, que sea una unión llena de dicha y afecto. —Aren no creía difícil que el corazón gentil de Lady Clover Westerling que la destacaba entre todas las damas cautivara a un hombre bueno, y el lugar más propicio, era desde luego, en su propia corte, bajo sus ojos.
Cuando el hombre se marchó después de hacer una reverencia, Aren ocultó el rostro en las palmas de sus manos. Estaba seguro de que todos los que residían en la Roca atribuían la hinchazón de sus ojos a la falta de sueño por verse con el súbito peso en los anchos hombros de convertirse en el Señor... mas no era aquella la causa, si bien lo dejaba cansado.
Su Cassandra... Su amor. Nunca, nunca llegaría a escucharla otra vez, ni a oír su risa, ni oler su aroma dulce... Nunca. Estaba perdida... Se lo habría perdonado todo, pensaba, se lo habría perdonado todo, si la hubiera vuelto a ver. Se habría postrado ante ella, habría abrazado sus piernas, habría suplicado su perdón. Ya no le importaba hacerla su esposa, había aprendido con el triste relato de su padre que no importaba, no... Se contentaría con tenerla solamente. Solo a ella. ¿Qué más habría deseado? Habría renunciado a su nombre, a su vida entera, solo para seguirla, y lo habría abandonado todo de buena gana por ella, por su amor.
Su amor...
Pero la palabra era certera.
—Lord Fowler y su esposa, Lady Cassandra... —le había leído el maestre—. Lord Fowler vivió lo suficiente para nombrar su heredero a un muchacho de diez días del nombre, milord. Su esposa... había llevado a un niño en el vientre...
Aren mantuvo la compostura suficiente para asentir y dar las gracias por las noticias. Cuando el maestre se marchó, la perdió por completo. Nunca había llorado tanto en su vida, y nunca perdió tanto tampoco. No desde su madre, no.
Aún así, hizo su deber, y actuó como el Señor que ya era. El maestre, quien lo sostuvo en brazos después de que lo hiciera su madre, se permitió señalar después de que abandonaran el septo el primer día:
—Mas mirad cómo brilla el sol, milord. —E hizo una modesta reverencia antes de alejarse. Aren comprendió las palabras que quedaron flotando en el aire, esas que el buen hombre no se atrevió pronunciar: «y vos seréis mejor señor que vuestro padre».
«Tal vez —concedió Aren, ya en el presente, sabía que nadie había llorado a su padre, y nadie lamentaba su partida. Cálidas se encontraban sus estancias gracias al astro rey, pero en su corazón habitaba el frío dolor—, mas para mí... mi sol se ha ocultado para siempre, y no hay brillo que ilumine mi vida ni calor que me alegre. Ya no más... ya no más... ». Apagado estaba su espíritu, como su estrella, y el que prometiera ser el león más fiero, orgulloso y glorioso... era poco menos que su sombra, manso y sin ánimo...
«Pero tengo que cumplir con mi deber». Tomó aire. Haría un mejor trabajo que su indigno padre.
Días después se encontraba contemplando quedamente el Mar del Ocaso, y la respuesta a una pregunta que lo había asaltado violentamente desde la confesión de su padre llegó a él como una impresión.
«Todavía siguen aquí... Sus fantasmas», rememoró. Con el corazón latiendo deprisa, convocó a su mayordomo.
—Llamad a mi hermano, mi señor... Su madre y la mía... Permanecen aquí en la Roca... Oíd lo que os digo, buen hombre —le urgió.
Él hizo una reverencia y acudió de inmediato.
Cada gran Casa tenía un lugar donde reposaban sus muertos. Invernalia tenía sus criptas, y el Nido del Grifo un Gran Salón secreto. Así pues, aquellas mujeres tenían que regresar a sus hogares, lejos de aquel hombre, cuyos restos yacían en Roca Casterly, mas Aren tenía la certeza de que ardería por la eternidad en lo más profundo de los Siete Infiernos... Y no hallaría reposo ni perdón.
«Por fin encontrarán descanso—se dijo Aren, en su mente apareció la imagen de su madre, tan cálida y amorosa, rojos sus cabellos, y se imaginó el rostro de la madre de su hermano, y el alivio en las caras de ambas, después de tantos años—. Que se encargue él de entregarle la paz a su pobre madre, que yo lo haré con la mía».
Y fue cierto consuelo para su pérdida... hasta que la llegada de cierta dama lo llenó de vida y luz otra vez.
Feliz cumpleaños a la más linda. Quería entregarte algo sobre Aren y Cass, que debo confesar me gustó bastante escribir (aunque también lo shippeo muchísimo con Lisa jeje), y... ya te debía un regalo largo, ¿no crees? :) Espero que disfrutes tu regalo, y si no... lánzame tomates, crucios, o arráncame el corazón... lo que quieras. Eso. Muchas gracias por todo, de verdad... ¡Te mando muchos abrazos y cariño desde la distancia! :3
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