Originalmente escribí este one shot en inglés, más que nada porque en español me resulta casi imposible escribir escenas subidas de tono, así que es posible que se me haya colado alguna expresión rara al traducir.

En este capítulo está la versión censurada, para la explícita pasad al siguiente.

AVISO: spoilers del manga.


Akaashi soltó una bocanada de aire, viendo cómo se convertía en pequeñas nubes en el frío invernal. Le provocó un regocijo infantil en el pecho. No siempre le había gustado el invierno. Claro que le gustaba la estética capa de escarcha que lo cubría todo, el suave baile de los copos de nieve con la brisa, pero el frío que le atravesaba la piel como un millar agujas superaba el encanto de todo aquello.

Al menos así había sido antes de que la más brillante de las estrellas irrumpiera en su vida y le enseñara a buscar el lado bueno en todo.

La gente se preguntaba a menudo cómo lo hacía. Cómo podía soportar el huracán que era Bokuto Koutarou. Soportarlo… Como si fuera él quien hacía todo el esfuerzo.

Bokuto era una persona expresiva, notar su malestar era bastante fácil —dar con la causa, bueno, eso era harina de otro costal—, y la gente también se daba cuenta de cómo Akaashi le levantaba el ánimo. Él, en cambio, a pesar de tener una tendencia autodestructiva a pensar demasiado, lo reprimía todo bajo su fachada serena durante todo el tiempo que podía, así que casi nadie llegaba a ver cómo el enérgico rematador lo tranquilizaba, cómo lo ayudaba a mantener los pies en tierra firme, lejos del oscuro abismo que su traicionera mente podía conjurar.

Sin embargo, ese no era uno de sus días malos. Los Black Jackals habían terminado la temporada con unas cuantas victorias importantes en su haber, lo que significaba que su búho favorito estaba de camino a casa. Akaashi subió las escaleras hasta su apartamento y maniobró con las bolsas de la compra en un brazo mientras buscaba las llaves en su bolsillo. Cerró la puerta tras de sí y se quitó los zapatos, alineándolos meticulosamente a un lado, sin apenas dedicar una mirada a las llamativas deportivas que llevaban meses en desuso.

Pronto, pensó.

Akaashi entró en la cocina y procedió a guardar sus compras, a excepción de unas pocas verduras y un buen corte de carne. No todos los días tenía tiempo para invertir en cocinar una cena decente. Había trabajado como un loco durante las dos últimas semanas, hasta el punto de quedarse sin dormir en más de una ocasión. Ser editor de una exitosa revista de manga era un reto. No era lo que pretendía al principio, pero tenía sus ventajas.

Sonrió para sí mismo mientras cortaba la carne y la sumergía en el adobo.

La separación había sido dura, sobre todo al principio. Una vez que la emoción de que Bokuto fuera ojeado por uno de los equipos más importantes se apagó, la comprensión de que el rematador pasaría la mayor parte del año lejos de Tokio los había golpeado a ambos como una bola de demolición. Akaashi aún recordaba su expresión desgarrada, sus ojos dorados apagados por la pena.

—No voy a ir —había declarado Bokuto desde debajo de la mesa de la cocina la mañana en que debía partir, mirando las maletas que esperaban listas en el genkan como si le hubieran ofendido personalmente.

Con un suspiro, Akaashi se había agachado a su lado. Ver al hombretón acurrucado allí solía ser una visión divertida, incluso adorable. No lo fue entonces. Akaashi no quería otra cosa que quedarse allí con él, alargar ese momento para siempre. Pero no podía.

—No voy a mentir y decir que será fácil, porque no lo será —el familiar destello dorado se centró en él—, pero esto no es una despedida. Estaré aquí cuando vuelvas.

—¿Lo prometes?

Akaashi sintió que una sonrisa genuina le tiraba de los labios.

—Por supuesto.

Bokuto se movió hasta quedar frente a él, el ceño fruncido.

—No te olvidarás de mí, ¿verdad? No dejarás de quererme mientras yo no esté. Porque... —tragó saliva— nunca dejarás de gustarme, 'Kaashi, por muy lejos que estés.

—Koutarou, no... —Akaashi trató de combatir el rubor que calentaba su rostro (y fracasó estrepitosamente)—, no podría aunque lo intentara.

Durante las siguientes semanas tuvo que soportar llamadas y mensajes de texto a horas intempestivas; echaba de menos a Bokuto, de verdad, pero sus supervisores y los plazos de entrega eran un dolor de cabeza perpetuo y necesitaba cada pedacito de sueño. Aun así no se quejaba. Por mucho que despreciara que le despertaran, no podía negar que esos mensajes le hacían seguir adelante en sus peores días: cuando se hundía en una espiral tras una reunión difícil o el insomnio le hacía dar vueltas en la cama durante horas, se aferraba a las palabras de Bokuto como a un salvavidas.

(Aunque, para hacer honor a la verdad, habría preferido aferrarse a él).

Akaashi terminó de cortar las verduras y comprobó su reloj. Le quedaban un par de horas antes de la llegada de Bokuto, así que puso los ingredientes recién cortados en la nevera y fue a cambiarse de ropa. A pesar del paseo de ida y vuelta hasta el supermercado, el olor del metro seguía pegado al tejido tela. Y a su piel.

Sintiéndose renovado tras una ducha rápida, se puso un jersey amplio y unos vaqueros limpios y se acomodó en el sofá. Encendió el televisor y, tras limpiarse las gafas con el borde de la manga, procedió a repasar distraídamente uno de los montones de papeles que reposaban a perpetuidad sobre la mesa de café. Era el argumento que uno de sus autores le había enviado recientemente. Sonrió al ver los pequeños búhos esbozados aquí y allá.

Las cosas habían empezado a mejorar hacia el tercer mes. Estaban hablando durante un descanso sobre que "ojalá hubieras visto mis remates de hoy" y de que "me siguen gustando más tus pases", lo que suscitó un iracundo "¡¿Qué dices?!" de fondo y, de repente, Akaashi se vio en una llamada a tres bandas con su novio y un muy cabreado Miya Atsumu. De alguna manera, el armador consiguió arrebatarle el teléfono a Bokuto y empezó a despotricar.

—¡Juro por Dios que esa idiota va a ser mi muerte! —Akaashi no pudo evitar reírse—. ¡No te rías de mí, esto es serio! ¿Cómo podías controlarlo? No creo ni que seas humano.

—Esa es la cuestión —respondió—. Uno no controla a Bokuto-san, sólo se le deja ser y se le abre camino.

La línea quedó en silencio durante un segundo, salvo por las protestas amortiguadas de Bokuto queriendo recuperar su teléfono. Entonces, Miya suspiró.

—Tío, definitivamente estáis hechos el uno para el otro.

Akaashi no podía recordar exactamente lo que se dijo a continuación, pero en un momento dado el armador de los Black Jackals sacó a relucir el trabajo de Akaashi como editor de manga.

—Quiero decir, la historia es genial y tal —dijo, en relación con una de las últimas publicaciones—, pero los personajes son siempre tan serios, ya sabes. Un poco de humor estaría bien.

—No sabía que te gustaban este tipo de cosas, Miya-san.

—Pues verás, este pájaro chiflado tuyo no dejaba de molestarme para que leyera la revista, y supongo que no está tan mal.

—...Gracias.

A pesar del cuestionable cumplido, la conversación hizo que algo encajase dentro de la cabeza de Akaashi. Bokuto trataba de seguir su trabajo al igual que él se mantenía al día con las noticias de vóleibol. Sin embargo, su influencia apenas dejaba huella en las historias que editaba. Quería hacer algo, enviar algún tipo de señal. Algo que dijera 'estoy aquí'.

El descanso terminó y entró en la oficina, con una idea tomando forma en su mente. Vio a uno de sus mangakas encorvado sobre un escritorio, garabateando algunas notas en lo que parecía un boceto.

—Udai-san, ¿tiene un minuto?

Sabía que era una petición extraña, sobre todo para un manga como Zombie knight zom'bish, pero el otrora legendario Pequeño Gigante se rió de buena gana. Fue el primero en aceptar, y actualmente Akaashi había conseguido convencer a la mitad de sus autores para que escondieran pequeños búhos en sus viñetas. Bokuto adoraba la referencia. Al principio enviaba mensajes a Akaashi cada vez que veía uno de los pájaros, hasta que se dio cuenta de que era obra suya, un pequeño regalo para él, y a partir de entonces el rematador se propuso encontrar todos y cada uno de los búhos. Era su juego particular.

Bueno, uno de ellos. Skype era un buen aliado cuando se trataba de relaciones a distancia.

Akaashi seguía leyendo cuando escuchó un tintineo de llaves en la entrada. Se incorporó y buscó su teléfono, temiendo haber perdido la noción del tiempo, pero no. Se precipitó hacia el genkan, sus calcetines resbalaron en el suelo de madera, pero consiguió recuperar el equilibrio justo cuando se abría la puerta.

—Llegas...

—¡'Kaashi!

Dos brazos musculosos lo rodearon.

—...Pronto —terminó. Le devolvió el abrazo, reconfortado por la cálida solidez que lo envolvía—. La cena aún no está lista, ¿tienes hambre?

—Te he echado mucho de menos —dijo Bokuto, que ignoró la pregunta en favor de esparcir besos suaves por su cuello.

—Yo también —confesó presionando los labios contra su sien y pasando los dedos por el pelo bicolor—. Yo también.

Se le cortó la respiración cuando una mano fría se deslizó bajo su jersey. El agradable cosquilleo alrededor de su cuello se convirtió en un fuego que le calentó el pecho y se instaló en su vientre. Un mordisco en el lóbulo de su oreja hizo que Akaashi arqueara la espalda con un suspiro.

—K-Koutarou… —gimió—, has dejado la puerta abierta.

Bokuto gruñó, liberándolo de mala gana. Akaashi aprovechó para respirar y mirar bien al otro hombre mientras sacaba las maletas para cerrar la puerta. Sus hombros, sólidos e imposiblemente anchos, su silueta robusta y su ridícula estatura, todo ello gritaba "as" más de lo que nunca antes.

—¿Has crecido? —se preguntó.

El rematador sonrió.

—¿Parezco más alto?

—Hmm. —Akaashi inclinó la cabeza, evaluándolo—. Quizá no en altura, pero sí pareces más grande.

—Bueno —Bokuto esbozó una sonrisa torcida y el brillo de sus ojos convirtió sus iris en oro fundido—, tú sigues siendo el hombre más sexy del mundo.

El antiguo armador disimuló su sonrojo con una tos. Al menos lo intentó, porque estaba seguro de que el rubor le había llegado a las orejas. Sin embargo, no dio un paso atrás cuando Bokuto acortó la distancia y lo besó. Dedos expertos se aferraron a una de las trabillas de su pantalón y dieron un tirón tentativo.

—¿Podemos...? —empezó Bokuto, pero un gruñido de su estómago lo cortó.

Akaashi resopló, la mano sobre su boca no hizo nada para ocultar su diversión. El rematador hizo un mohín, con la vergüenza espolvoreada sobre sus mejillas, pero Akaashi le acarició la línea de la mandíbula y lo besó de nuevo, con menos fuego y más ternura.

—¿Qué tal si te das una buena ducha mientras termino de preparar la cena? Estoy haciendo tu plato favorito.

—¡Eres el mejor! —exclamó Bokuto antes de desaparecer dentro del baño.

Akaashi sacudió la cabeza con una sonrisa cariñosa adornándole los labios. Se dirigió a la cocina, encendió los fogones y cogió una sartén. Con cada uno de sus movimientos se sentía ligero, seguro. El aire que llenaba sus pulmones era el mismo de siempre, pero se sentía más fresco que antes. Subyacían una excitación y un nerviosismo que se mezclaban con la comodidad de tener al otro hombre de vuelta. El sonido del agua corriendo y el sordo repiqueteo de sus pasos eran dolorosamente familiares, y por un minuto fue como si él nunca se hubiera ido con lo fácil que era volver a su antigua dinámica.

La comida estaba lista y esperando sobre la mesa cuando Bokuto entró en la habitación, sin camisa y con la toalla aún alrededor del cuello. Akaashi se dio cuenta de que llevaba el pelo más corto, con un flequillo despeinado que apenas le llegaba a las cejas. Resaltaba sus rasgos afilados, desprovistos de todo rastro de redondez adolescente.

Bokuto cerró los ojos y aspiró el aroma a especias que llenaba la estancia. Su rostro se iluminó.

—Tiene un olor suculento, Akaashi —dijo. Luego se detuvo un segundo—. He utilizado bien 'suculento', ¿verdad?

Akaashi soltó una carcajada.

—Sí, así es. Vamos, termina de vestirte, debes de estar hambriento.

—Tuve que saltarme la comida para coger un vuelo más temprano —confesó Bokuto sin un ápice de remordimiento.

El moreno le lanzó una mirada desaprobadora por encima de las gafas, pero no hizo ningún comentario. No era precisamente quién para hablar, ya que su drástica reducción de horas de sueño tampoco era del todo saludable.

Bokuto hablaba mucho de sus compañeros de equipo, de los partidos y de los lugares que había visitado, en su mayoría cosas que Akaashi ya conocía, pero no le importaba volver a oírlas. A cambio, mencionó los pocos cambios que había en su oficina.

—¡Ah! ¡El manga de Udai-san es genial! —dijo el rematador—. ¿Crees que podría...?

—Me temo que los argumentos son confidenciales, Bokuto —respondió sin necesidad de oír el final de la pregunta.

El otro miró los papeles sobre la mesa de café, luego a Akaashi, y de nuevo a los papeles. El editor ni siquiera se inmutó. Bokuto había estado antes en su despacho y había hablado con sus compañeros un par de veces, incluso en algunos eventos. Udai-san había desvelado algunas de sus ideas al rematador sin problemas, y lo mismo hicieron otros autores, que consideraban al hombre básicamente como una extensión de Akaashi. A pesar de su carácter expansivo, todos sabían que era digno de confianza.

—Vale... —dijo Bokuto despacio, probablemente percibiendo su farol—. ¡Oh! ¡Dile a Udacchi que sus búhos son los mejores! ¿Crees que podría hacer un diseño para mí? Por ejemplo, para una camiseta.

—Ahora mismo Udai-san está bastante estresado por los plazos, pero creo que ya ha pensado en crear algunas ilustraciones para el merchandising.

—¡Genial! Y sobre Fumikkun...

Bokuto comió con ganas, para deleite de su novio, hablando entre bocado y bocado. Después se trasladaron al sofá, con una taza de té cada uno, sentándose lo suficientemente cerca como para sentir la cadencia del pulso del otro. El viento había empezado a aullar fuera; hacía que el ambiente allí dentro resultase aún más acogedor, hundidos en los cojines sin tener que preocuparse por salir del apartamento. Akaashi pasó una mano distraídamente por la firme pierna de Bokuto hasta que este se giró y lo atrajo hacia su regazo. Akaashi soltó una suave risita, derritiéndose con sus caricias. Sus ojos se cruzaron, azul acero y dorado, tan diferentes y, sin embargo, hechos para estar juntos.

—¿Deberíamos ir a la cama? —preguntó con una sonrisa juguetona. Recibió un murmullo afirmativo como único aviso antes de que Bokuto se pusiese de pie, alzándolo en sus robustos brazos como si nada—. ¡Eh! —Akaashi jadeó y se aferró a su camisa para estabilizarse.

—No te dejaré caer, Keiji —aseguró Bokuto, y Akaashi podría haber ronroneado de satisfacción. Enterró la nariz en la curva de su cuello, inspirando el olor del jabón mezclado con la propia esencia de Bokuto. Sus manos se soltaron lentamente de la camisa y recorrieron el amplio pecho.

Bokuto lo sentó en el colchón y Akaashi se tumbó de espaldas. Arqueó una ceja cuando su novio no se unió a él. El hombre rebuscó en el cajón de la mesita de noche, encontrando la botella de lubricante y un par de condones, y luego se irguió, imponente, con sus ojos penetrantes estudiando cada centímetro de su anatomía. Era el tipo de mirada que le recordaba a Akaashi sus días de jugador de vóleibol, cuando el as evaluaba a los bloqueadores del otro lado de la red. La piel le ardía de anticipación.

El rematador finalmente se inclinó y se posó unos centímetros por encima de él. Akaashi le rodeó el cuello con sus esbeltos brazos y capturó su boca, hambriento. Bokuto le lamió el labio inferior en una súplica silenciosa. Era estimulante. Probar su sabor después de tantos meses. Como el primer aliento después de ahogarse en la soledad. Eran adultos competentes, capaces de vivir solos. Podía sobrevivir sin aquello, sin su presencia, y probablemente incluso sin sus llamadas y mensajes.

Pero no quería hacerlo.

Él tenía el poder de iluminar sus días más grises y hacía que sus fracasos supieran a oportunidades. Se preguntó si a Koutarou le ocurría lo mismo.

—Te quiero —murmuró.

El rematador soltó un murmullo de felicidad y lo atrajo aún más hacia sí. Se quedaron dormidos, cálidos y seguros, deleitándose con la presencia del otro.

-.-.-.-

Akaashi se despertó con un olor dulce. Estaba solo en la cama, arropado por las sábanas y el edredón. Se frotó los ojos y se estiró antes de salir de aquella suerte de capullo en busca de ropa limpia. Ignoró sus gafas, cuidadosamente dobladas sobre la mesita de noche —estaba bastante seguro de que no era cosa suya—, ya que en general sólo las necesitaba para leer. Una vez vestido, siguió el aroma azucarado hasta la cocina. Bokuto estaba allí, con sus pantalones de pijama y el delantal con el estampado de gatitos —regalo de Kuroo, por supuesto—. El jugador volteaba tortitas en una sartén con una destreza que Akaashi no había visto antes fuera de un video-tutorial.

—¿Cuándo has dominado el arte de las tortitas? —preguntó abrazándolo por detrás y mirando por encima de su ancho hombro.

—Le pregunté al hermano de Tsum-Tsum un día que vino a ver un partido.

—Ah, ¿el de los onigiri?

—Sí —asintió Bokuto mientras deslizaba la última tanda en un plato—. Quería... quería poder hacer algo bonito por ti, porque siempre haces mucho por mí —dijo con una sonrisa afectuosa.

El pecho de Akaashi se hinchó y las lágrimas amenazaron con aflorar a sus ojos.

—Eh... dame un segundo —pidió antes de salir corriendo de la cocina.

Su teléfono móvil había quedado abandonado entre los cojines de un sillón. Pulsó un botón y suspiró aliviado cuando la pantalla se iluminó. Encontró el contacto que necesitaba y escribió un breve mensaje.

Para Miya Atsumu: "Asegúrate de darle a Bokuto todos los pases que quiera cuando vuelva."

Se merecía eso y mucho más.

—¡Keiji! —La cabeza de Bokuto asomó por la puerta de la cocina—. ¡El desayuno está listo! —anunció con una amplia sonrisa.

—¡Voy!

Iba a guardarse el teléfono en el bolsillo cuando emitió un zumbido.

De Miya Atsumu: "¡Casaos de una vez y dejadme en paz!"

Akaashi sonrió para sí.

Sin duda era algo que debía considerar.