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Ƹ̴Ӂ̴Ʒ
Di hola desde tu ventana
Di adiós desde tu auto
Di buenas noches desde tu almohada.
Di hasta pronto desde las estrellas
Da un paseo por mi vida.
Cántame una canción de cuna
Canciones de cuna para alguien de mi edad
¡Por favor, no te olvides de mí!
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8th Avenue Serenade – Green Day
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Preston, Idaho. 6:22 a.m.
Aún era temprano cuando se oyó por el ancho y apenas iluminado pasillo principal, las tenues pisadas que rechinaban cuan molestas eran por el encerado rellano de la Hacienda, avisándole, como si de un temible reloj suizo se tratara, de la llegada del verano.
Apenas hizo un amago por incorporarse de la cama, supo que ese día iba a ser condenadamente largo. Su cabello negro cayó sobre su frente desordenadamente, mientras veía cabizbajo la alfombra de tono latte de su habitación, como si esta le pudiera devolver la mirada y le proporcionara todas las respuestas que anhelaba para acabar con aquel interminable suplicio.
Respiró hondo, y antes de que pudiera mover un sólo músculo, resonó en el vestíbulo el inconfundible y estridente chillido de Isabelle. Su griterío empeoró aún más su semblante, perforándole los oídos y a su vez el cráneo, mientras en su frente se empezaba a surcar una notable vena de irritación. ¿quién tenía la desfachatez de ponerse a romper tímpanos a las seis de la mañana? Gruñó para sus adentros y se levantó de la cama, despidiendo malhumor por cada poro de su pálido y bonito rostro.
—¡Rivaille, ven a recibir a los invitados! —Le había gritado Hanji desde abajo con más fuerza de la necesaria— ¡Mira que están ansiosos de verte! Farlán, qué grande te has puesto, ¡y qué guapo! y pensar que hace tan sólo unos ayeres jugábamos a las escondidas; claro que siempre ganaban ustedes porque me robaban mis anteojos...
Maldita cuatro ojos. Pensó mientras ponía los suyos en blanco. Siempre tratándolos igual, como si hubiera pasado una década cuando en realidad no pasaba ni un año del último verano en que estuvieron aquí, en ese pueblo jodidamente aburrido.
Pero no debía culparla del todo, ese mismo aburrimiento era la justa causa de que la llegada de los otros fuera en cierta parte emocionante. Era bueno tener a sus viejos amigos acompañándolo en otro infernal episodio de Acampemos con los Smith's. Al menos sería más fácil matar el tiempo si compartía un poco con ellos, pero seguía pensando que todo eso era una pantagruélica mierda.
Caminó sin prisa hacia la puerta, con su aire desaliñado de las mañanas, ataviado con una simple camiseta blanca de algodón de su medida y pantalones cortos de un azul oscuro que le llegaban a la rodilla. No iban a esperar en serio que se presentara ante ellos con más escrúpulo cuando bien podía seguir durmiendo otras dos horas más.
Bajó con su característica expresión fastidiada y se encontró con una Isabel tan sonriente que bien podría haberlo dejado ciego, esperándolo junto a un divertido Farlán, quien negaba con la cabeza y le hacía un ligero asentimiento a modo de saludo.
—¡Aniki! ¡¿Cómo has estado?! ¿Nos extrañaste? ¡Estoy tan feliz de verte! ¡Mira que me he enterado que Farlán tiene novia! Mi cabello ha crecido demasiado ¿te fijas? me pregunto si Aixa podrá recortármelo un poco. ¡Oh, Aniki! ¿Este verano sí me enseñarás francés? por favooooor. ¿Cómo se dice hermano? ¡Ah, muero por enseñarte las fotografías de mi viaje a Sherwood! ¿Quién diría que Estados Unidos tiene cosas tan bonitas? lo que me recuerda que me encontré en el centro comercial de allá un...
Fue todo un alivio el que Farlán la apartara antes de que pudiera seguir con aquella abrumadora perorata que, ni siquiera había sido capaz de procesar adecuadamente. El sueño aún hacía mella en las marcas de su rostro, y escuchar la voz infantil de Isabel disparando a diestra y siniestra cosas tan banales como la vida misma no era su mayor deseo en esos momentos, y en ningún otro a decir verdad.
—Creo que es mejor que no importunes tan temprano al enano —La atajó Farlán intentando contener la risa—Conténtate con que al menos haya arrastrado su trasero por sí mismo hasta aquí. —Sonrió con diversión danzando en sus lindos orbes azules y se inclinó un poco para darle un fraternal abrazo con leves palmaditas en la espalda. —Siempre es un gusto volver a ver tu cara de mierda, enano. —Le dijo Farlán con toda naturalidad.
—Lo mismo digo, alimaña. —Respondió a su vez Rivaille con el atisbo de lo que podría ser una sonrisa.
Hanji, quien había recibido a los chicos, se había apartado un poco para el afamado encuentro, con la esperanza de presenciar uno muy emotivo y quizá soltar unas cuantas lágrimas. Pero diablos, aquellos muchachos no iban a cambiar nunca, ni cuando tuvieran treinta años iban a modificar aquél recibimiento, especialmente el cabeza hueca de Rivaille, siempre tan orgulloso de tapizar a la perfección sus emociones. Aquel mocoso era más complicado de tratar que las cuentas de la Hacienda.
Isabel volvió a llenar el ambiente pasados unos cuantos minutos con más preguntas sin espacio para responder —aunque no es que Rivaille tuviera intención de hacerlo de cualquier manera— y fragmentos fugaces de sus anécdotas vividas en todo el año que había regresado a su hogar en Tennessee, mientras caminaban a lo largo de la enorme construcción de madera, dispuestos a instalarse. Hanji les pisaba los talones, ayudándoles a cargar con el resto del equipaje. Era una tarea que fácilmente se pudo haber encargado Aixa, el ama de llaves, y Nick, el otro ayudante de la Hacienda, pero se encontraba muy excitada en esos momentos como para volver a la cama y pegar ojo otro rato. La mañana ya estaba más que presente, y el día era esplendorosamente fresco y despejado. Había que comenzar con los preparativos cuanto antes.
—Rivailleee —Llamó Hanji con su típica voz entusiasta a mitad del camino— Te necesitaré duchado y desayunado dentro de 45 minutos para que me ayudes con la recolección. Ya sabes que es importante tener todo listo y en orden, el campamento abrirá dentro de...
—No me lo recuerdes —Replicó girándose a ver a su mentora con displicencia antes de que pudiera terminar la frase.
Hanji hizo una mueca.
—Bien, entonces date prisa.
Los chicos se quedarían en la habitación de Rivaille (era lo suficientemente espaciosa) antes de que oficialmente comenzara el campamento y tuvieran que mudarse a una cabaña asignada. Cuando todos los campistas llegaban, se hacía una selección que determinaría con quién vivirían a lo largo de todo el verano, pero no sólo eso, a partir de ese momento se convertirían en aliados, pues se encontrarían dentro del mismo escuadrón. Aquello era especialmente por equipos, y cada uno tenía un capitán, el miembro del escuadrón que adoptaría el papel del líder. Esto se hacía por medio de sufragio, de ser seleccionado, no podías negarte.
Hanji apiló las maletas que llevaba en una de las camas conjuntas a las de Rivaille y procedió a marcharse, no sin antes advertir:
—Irving se encuentra ahora atendiendo unos asuntos importantes, por ello no ha venido a recibirlos conmigo. Pero no dudo de que vendrá hasta acá en cuanto se desocupe, para que estén listos, en especial tú, Rivaille —Lo miró significativamente— Seguramente querrá hablar contigo a solas.
Rivaille chasqueó la lengua y tomó una muda de ropa de su armario, se encaminó hacia la puerta que daba al baño, se adentró en ella y finalmente terminó cerrándola de manera brusca, dando a entender que le tenía sin cuidado lo que sea que quería tratar Irving con él.
Farlán e isabel no se sorprendieron en absoluto ante su malhumor y asintieron a las palabras de Hanji, prometiendo que terminarían de desempacar rápidamente, y que incluso acompañarían al enano—como había dicho Farlan—a recolectar y echarle una mano.
Hanji les sonrió agradecida y se marchó cerrando la puerta tras de sí, no sin antes echarle una última mirada a la puerta de baño que ocultaba al pequeño Smith.
Suspiró derrotada.
Aunque sabía de sobra que a él no le gustaba nada aquel lujo y ambiente en el que se encontraba, esperaba desde hacía tiempo que ya se hubiera acostumbrado del todo. Sobre todo al verano, que tenía como propósito sacarlo un poco de la rutina de su fortuita y acaudalada vida. Cuando le recordaba estas cosas, su respuesta siempre era la misma:
Yo no pedí esto.
Ese mocoso siempre tan optimista, pensó con sarcasmo.
Caminó hasta el comedor un tanto meditabunda. Tenía que por lo menos valorar su voluntad de hierro al persistir en su sueño que seguía sin morir aún pasasen los años. Para Rivaille, sólo existía un único padre, y el que se hallase en la tumba no le daba derecho a Irving a autoproclamarse el sustituto por derecho legítimo e irrevocable. Le partía el corazón esta trifulca en la familia de Irving. Ella era su mejor amiga de toda la vida, y sabía mejor que nadie en el mundo que su amigo era un hombre benevolente, sensible y justo que tan sólo quería la mejor vida posible para Rivaille. Y sin importar cuanto se esforzase por ello, este tan sólo quería huir, huir de todo cuanto sentía que no era suyo, pero no podía, y se sentía débil, inútil, como un paciente que espera impotente, sin nada que pueda hacer para salvarse a sí mismo porque depende de los demás.
Mientras caminaban por la larga mansión, lo había mirado fijamente, iba frente a ella, junto a los recién llegados, y sólo podía apreciar su espalda. No era un chico muy alto, pero por supuesto que había crecido. Ella había estado a su lado desde el momento en que había pisado aquellas desconocidas tierras. Sabía que muy en el fondo, y a su propia manera, era un chico bondadoso y se preocupaba por las personas a su alrededor. Era desconcertante; él ayudaba en las tareas del hogar y sin quejarse, a veces sin que siquiera tuvieran que pedírselo. No era maleducado, aunque muchos de los trabajadores la contradijeran, simplemente no podían ver más allá de su personalidad poco convencional e incluso hostil, pero sin embargo... ella sabía que era un chico bueno. Tan sólo lamentaba el desprecio que profesaba hacia Irving. Para él, su padre adoptivo tan sólo era el sujeto que le había arrebatado su vida e identidad.
—No soy Rivaille Smith —Recordó como una vez se había enfrentado a ella y a los demás trabajadores de la Hacienda— Soy Rivaille Ackerman. ACKERMAN —Enfatizó antes de dejar la sala y huir hacia la puerta que daba al jardín trasero.
En ese entonces, él tan sólo había tenido siete años. Y desde entonces, nunca flaqueó al momento de exigir su verdadero nombre.
De pequeño, solía correr por todo el inmenso jardín, incluso llegaba a los terrenos más poblados de vegetación, hasta alcanzar el bosque. Le gustaba desaparecer por horas y no tener que estar con personas que le resultaban extrañas y extenuantes. Sólo aceptaba la compañía de Farlán e Isabel cuando estos se hallaban de visita, y de lo contrario se sentía más complacido en su mezquina soledad. Ahora lo miraba fijamente y se daba cuenta que nada de todo eso había cambiado en absoluto. Rivaille sólo estaba esperando... sólo esperaba.
Esperaba... a dejar de ser alguien que espera.
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εїз
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—¿Dunellon? —Repitió sin comprender, creyendo que no había entendido ni una sola palabra de lo que le estaban pidiendo.
—Así es, Ymir. —Asintió una vez más Irving, viéndola fijamente— Sé que esto es muy repentino, y no me es grato pedirte algo que está tan lejos de tus responsabilidades diarias, pero no lo haría de no estar totalmente convencido de que eres la más apta para esto.—Juntó sus manos y las dispuso frente a sí sobre el escritorio, dándole un aire más sobrio al asunto— Te daré más detalles cuando Ian regrese de la...
—Espere un minuto —Atajó Ymir, digiriendo mejor la información— ¿Quiere que la haga de niñera al otro extremo del país? —Inquirió en tono quejumbroso.
—No. —Sonrió Irving sin perder su semblante cortés y firme— No es exactamente eso.
Ymir lo miraba con la ceja alzada, expectante, y aún incapaz de asimilar aquella situación tan inusual.
—Como sabes, el campamento empezará dentro de 10 días. —Ymir asintió, atenta pero con un amargo sabor a inquietud en la boca— Una de nuestras campistas quiere volver este año, y parece imposible considerando que Florida está, como bien dices, al extremo opuesto de aquí— —Continuó Smith con parsimonia— Es necesario que alguien llegue hasta a ella, debido a que ha perdido a su padre hace algunos meses, y fue él quien la ha traído con nosotros en primera instancia, hace dos años.
Ymir se sorprendió de que no se tratara de una novata. Aunque era extraño tener varios novatos el mismo verano. Ya se le había notificado de la llegada de uno, aunque no sabía nada de él. Si Irving le hablaba de una de las chicas que ya pululaban por la Hacienda, no tenía ni la más remota idea de quien se trataba. Poco sabía de los que no habían sido sus compañeros. Nunca se le ocurrió que alguien viviera hasta algún pueblo en Florida del cual ni siquiera había escuchado hablar nunca.
—Me he ofrecido a recogerla —Prosiguió el Comandante—y su madre ha accedido, considerando que lo mejor para ella es que esté fuera de aquel ambiente tan lóbrego. Voy a necesitar tu ayuda, pues me es imposible cumplirlo personalmente. Mis asuntos en la Hacienda y la reciente situación me detienen aquí, desgraciadamente.
Ymir permaneció en silencio, sopesando sus palabras. No era una persona precisamente obediente y diligente, pero entendía que si Irving le había pedido verla en su despacho para tratar cierto asunto delicado la ponía a pensar dos veces. Ella le debía mucho, el mero hecho de estar coexistiendo con él en su mansión de campo (como ella solía designar a la Hacienda) ya era motivo suficiente para acatar todas sus órdenes. Pero la cuestión aquí, era que no se trataba de una orden. Podía negarse. Irving no la despreciaría por ello, lo sabía, lo conocía lo suficiente como hasta para apostarlo. Pero algo en su fuero interno veía esa opción como algo inconcebible. Hasta alguien tan holgazana y poco reflexiva tenía su lado considerado. Demonios, eso significaba que...
—Lo haré. —Accedió sin vacilar.
Irving parecía satisfecho, e inclinándose ligeramente para tantear unos cuantos papeles de los cajones inferiores del escritorio, le entregó lo que parecía ser una foto.
—Es ella —Le explicó, mientras la tomaba perpleja— Debes partir hoy mismo, al medio día. Su nombre es Historia Reiss.
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Mishakawa, Indiana. 7:00 a.m
Aunque sí mantuvieron correspondencia durante todo el año, lo cierto es que ya no recordaba mucho sobre Sasha, la chica patata.
Se había ganado esa reputación por sus tremendos ataques de gula, en los que cabe mencionar, predominaba un inusual amor por las patatas. A cualquier hora del día, ya fuera leyendo, limpiando, o incluso en sus múltiples cacerías, podías encontrártela con una gran patata en la boca, y aunque tuviera las manos ocupadas, no le era ningún impedimento engullirla.
Sonrió al recordar su imagen. Había pasado agradables momentos, y otros no tan agradables en el campamento de Irving Smith. Quien iba a decir que una chiquilla de Mishawaka podría adaptarse y resistir tan duramente al campo abierto de Preston, un pueblecillo diminuto de los Estados Unidos.
Aquello no desentonaba del todo con su personalidad. Tranquilo. Desafiante. Duro.
La mayoría no se esperaba que se resolviera a volver, debido a que como era la más reciente de los novatos, había tenido que sobrevivir a toda la mierda de los múltiples ataques de los más veteranos, al que ridículamente llamaban rito de iniciación. Y es que en su momento llegó a pensar que se trataba de una crueldad racista o algo por el estilo. Pero no, todo por la maldita iniciación. De no ser por Sasha, y Dios, primordialmente Armin, tal vez no habría resistido las novatadas con la misma ferocidad que había demostrado el verano pasado.
Asumió que aquel año la tensión se disiparía por lo menos un poco, pues aún no se fiaba de algunos estúpidos pueblerinos que sólo querían molestarla. Pero a decir verdad, no tenía planes más excitantes que el campamento para aquél verano. No tenía hermanos, ni muchos amigos en Mishawaka, la situación en los últimos tiempos no mejoraba para ella a pesar de ser americana. Y es que era difícil para cualquiera que tuviera ascendencia asiática, sin mencionar nipona, pues la situación en Alemania había cambiado el curso de lo que ella creía una vida común y hasta aburrida.
Mantenerse en casa sólo perjudicaba su salud mental y aumentaría la preocupación de sus padres. Era mejor estar en otro sitio recreativo en el cual sintieran que estaba a salvo. Y vaya que Irving Smith era la mejor opción.
Pensaba en sus amigos mientras terminaba de elegir las pertenencias que llevaría, y repasaba mentalmente por undécima vez el plan que había desentrañado Sasha para ellas.
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Charlotte, Carolina del Norte. 7:07 a.m.
—Entonces... Te desharás de mí.
Era la tercera vez que su hijo había pronunciado aquellas irritantes palabras.
—¿Quieres dejarlo? —Carla había dejado de ordenar la ropa interior de su hijo y lo encaraba con los brazos en jarras— No me estoy deshaciendo de ti, Eren. No tiene nada de malo que una madre quiera que su hijo se divierta en verano.
—Querrás decir que se aburra en verano. —Corrigió Eren, poniendo mala cara.
—Vamos, Eren. —Se rio Sasha, quien recién llegaba a la casa de los Jaeger y había aparecido en el umbral de la habitación tras Eren— Ya no seas tan amargado. Te enseñaré la buena vida.—Sonrió divertida al ver la mueca de su testarudo amigo.—Disculpen mi intromisión, la puerta de entrada estaba abierta, así que..
—Oh, no te disculpes Sasha. —Le sonrió Carla acercándose para saludarla— Tu padre ha sido tan amable al dejar que Eren se cuele en tu viaje— Su mirada estaba resplandeciente—Espero que no les estemos causando demasiadas molestias.
—¡Para nada señora Jaeger! —Negó con un gesto de la mano la mejor amiga de su hijo— Para mí es un placer que Eren nos acompañe, teniéndolo allá las cosas pueden resultar más interesantes.
—¿Alguien quiere escucharme? —Se quejó Eren, incapaz de aceptar que aquel verano se iría a vacacionar al pueblo natal de su glotona compañera.— Esto es absurdo. No quiero dejarte sola.
Sasha le dio un pequeño y disimulado golpe en la nuca al ojiesmeralda.
—No seas infantil. Tu madre también merece disfrutar sus vacaciones. Debe ser horrible tener que cuidarte.
—¡Auh! —Eren se sobaba la nuca mirando a Sasha con molestia. Pero rápidamente sopesó sus palabras.—Entonces, tienes tus propios planes —Dijo Eren mirando incrédulo a su madre, quien había retomado la labor de doblar la ropa. Parecía casi hipnotizada, como si se hubiera olvidado de que ellos estaban ahí.
—¿Mmm? —Había contestado distraídamente— ¡Oh, no es para tanto querido! —Lo tranquilizó Carla— Sólo que me haría sentir más aliviada si estás disfrutando de tus vacaciones con Sasha. Su padre es gran amigo de Irving Smith. Ya te había hablado de él una vez. —Eren asintió—Pues bien, hace unos años mandó a construir ese famoso refugio, aquí, en América. —Suspiró— Ahora es un lugar que funciona como tal, pero a la vez se realizan actividades divertidas a la intemperie, y practican diversos deportes, sin mencionar las expediciones y toda clase de retos que agudizan tu inteligencia y fomentan el compañerismo —Narró extasiada.
—Eso lo sé. —Replicó Eren horrorizado, viendo aquello como el peor de los castigos.
—Yo estaré ahí, cuidando tu trasero, no tienes por qué preocuparte —Le aseguró Sasha de manera socarrona.
—Esa es la peor parte. —La fulminó Eren mientras ella le sacaba la lengua, encantada de fastidiarlo.
—¿De verdad? No sobrevivirías ni medio día sin mí, Jaeger. Tus lloriqueos serán lo que me haga encontrarte cada vez que te quieras esconder, será horrible tener que ir a rescatarte a cada momento.
—Lo único que rescatarás serán unas patatas robadas bajo tu almohada, y la expulsión que te propinarán por loca.
—¿¡QUÉ DIJISTE!?
Carla los miraba con gran amor maternal rezumando en sus bonitos ojos ámbar, sonriendo ante la infantil discusión que se había levantado, pero un brillo de pesar los empañaba disimuladamente. Era cierto que quería a Eren lejos para que se divirtiera al menos por una vez, y que gozara los últimos soplos de juventud e inmadurez que aún conservaba mientras pudiera. En poco tiempo le serían arrebatados, y ella aplazaría aquello todo lo que pudiera. Pero también lo alejaba por el temor que sentía cada vez que salía de casa o escuchaba la radio. La guerra no era un tema a discutir con su hijo, y no iba a consentir la mera contemplación a que se le uniera. Su esposo los quería a salvo y fuera del conflicto, y de eso mismo se encargaría mientras vivieran en Estados Unidos. Pero en una gran ciudad como Charlotte, estaban más que expuestos a la mirada pública. Estaría más que encantada de largarse a ir a vivir a un sitio más tranquilo, justo como lo hacía el padre de Sasha, pero Charlotte se había convertido en el lugar más asequible para conseguir empleos decentes, considerando su condición de extranjeros, era difícil obtener un salario justo en cualquier sitio. Todo mundo quería huir de la guerra, pero también obtener el pan de cada día.
Volviendo a centrar su mirada en la calurosa discusión, se puso de pie. Había terminado de ordenar la ropa.
—Haz esto por mí, Eren. —Le sonrió con extrema dulzura.
Eren quería seguir replicando, incluso implorar que no le hiciera aquello. Pero la mirada de su madre era tan acogedora, de esas que te hacen sentir culpable por negarte a lo que te piden, que cualquier queja que deseaba liberar de su garganta murió al instante. Ella estaba pasando momentos muy duros, lo sabía, como también sabía que lo menos que podía hacer era aceptar el destino que le estaba deparando y afrontar lo que le esperaba.
—Está bien —Dijo por fin, aún a regañadientes, pero con menor intransigencia. Su madre sonrió agradecida y cerró la maleta que había preparado.
—Sé que tú hubieras podido arreglar tus cosas, pero quería echarte una mano.
Eren asintió mientras la observó alejarse de la habitación, dejándolo a solas con Sasha. Eren caminó al centro de la estancia y se dejó caer desanimado en la cama. Sasha a su vez se adentró en la habitación y se quedó mirando fijamente la castaña cabellera de su amigo, que yacía boca abajo.
—Me arrepentiré más tarde —Escuchó que decía Eren ahogadamente por la obstrucción de la almohada. Sasha suspiró pero sonrió animadamente.
—Vamos, ¿no eres tú el que siempre está afrontando nuevos retos? ¡Esta es tu oportunidad, ya verás que me estarás rogando volver el próximo año cuando el campamento termine!
—A veces eres tan graciosa, Sasha. —Refunfuñó el alemán aún sin dignarse a mirarla.
Sasha no abandonaba su expresión alegre.
—Mira, sé que no quieres dejar a tu madre por su cuenta, pero es por tu bien. Además, creo fervientemente que la pasaremos muy bien allá. —Eren se dio la vuelta lentamente para quedar boca arriba y soltó un sonoro suspiro.
—Idaho —Murmuró— Eso está al otro extremo del país. Ni pienses que me adaptaré.
—Por favor, no es tan difícil —Aseguró entusiasta la castaña— Cada año quiero volver, es demasiado divertido. Hay ciertas cosas que son duras —Admitió— Pero me da la oportunidad de aprender de mi misma. Es genial.
—Es fácil para ti decirlo —se quejó Eren— es tu pueblo natal. Llevas ahí toda la vida. Este es mi hogar. Preston no se parece en nada a Charlotte.
Sasha bufó.
—¿Qué tiene de especial Charlotte? Las grandes ciudades sólo están llenas de porquería y gente alborotada. Sólo hay ruido y malos modales. Preston es diminuto, pero grande en lo que conlleva a aventura —Sentenció muy orgullosa de sus raíces— Si estoy viviendo aquí y no allá—aclaró— Es porque necesito un trabajo que pueda ayudar un poco a mi familia, como bien ya sabes. Aquí vivo bien pero, el verdadero placer está en lo rural, ya te digo.
Eren la escuchó a medias. ¿Cómo podía convencerse de aquello? Era como si le dijeran a un oso polar que se fuera a vivir a la selva porque era toda una aventura.
Sólo pensaba en cómo conseguiría sobrevivir a casi dos meses en un sitio tan apartado de la ciudad. ¿Y de todos los sitios tenía que ser un campamento? En su vida había ido a uno, pero comprendía que lo que ahí se hiciera no iba a ser nada parecido con lo que estaba más que acostumbrado en Carolina del Norte. Ni siquiera cuando era niño y vivía en Lübz—Un pequeño poblado menor que contaba con menos de 10,000 habitantes—había tenido experiencias similares. Pero de eso ya había pasado mucho tiempo, tanto que apenas podía recordarlo. Desde pequeño había tenido que abandonar su hogar, como millones de personas, para refugiarse de la maldad del hombre. Toda su vida se había desarrollado en América, pero no olvidaba quién era y por qué se encontraba ahí. Simplemente se había adaptado demasiado deprisa a la vida en la ciudad como para pensar en trasladarse a la vida rural de forma indeterminada.
Pero no había alternativa. Tenía que hacerlo por su madre.
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Pasó el lapso de 45 minutos estipulado por la cuatro ojos, y Rivaille, en compañía de Isabelle y Farlán, se había vestido para enfrentar la mañana diurna y refrescante en la que realizarían el cerril y condenado encargo de recolección.
Hanji quería que salvaguardara los mejores frutos silvestres que les había prodigado la primavera antes de que el intenso calor del verano los echara a perder. Era una tarea sencilla, pero escabrosa, y algo que realmente fastidiaba a Rivaille era llenarse las manos de tierra sin poderse asear adecuadamente hasta que terminara con ello. No le causaba gran problema arar la tierra ni trabajar en los establos, o recolectar madera en el bosque para llenar los hornos en invierno, pero el contacto directo y la exposición con la suciedad por largos periodos de tiempo le producía un malestar indescifrable. Era casi una especie de tortura, pues no se trataba de algo que podía fregar, sacudir, lavar, limpiar... cosa que le producía alivio y placer, al mantener las cosas pulcras y en buen estado se podía sentir cómodo para andar a sus anchas, pero mientras se tratara de sólo llenar, y llenarse de lodo sin nada que limpiar, se ponía un poco...irascible.
Pero a pesar de su obstinada actitud frente a sus superiores, él rara vez se negaba. Trabajaba duro y se mantenía ocupado en arreglar todo lo que podía. Hurgar entre unos jodidos arbustos no iba a matarlo ni nada. Así que ahí estaba, caminando a paso tranquilo por la suave extensión de hierba que rodeaba toda la Hacienda. Se trataba de un enorme y vigoroso campo natural que se extendía hasta por donde se perdía la vista. Rodeado de árboles y hermosura por dondequiera que se mirara. Florecían los jacintos, y los tulipanes, coloreando las veredas y los establos, que a su vez flanqueaban la enorme casa junto al colosal granero.
Rivaille aún admiraba la preciosura de su hogar, o bueno, de lo que se veía obligado a llamar como tal. Era la descripción exacta de las tierras encantadas y armoniosas que relataban los tantos libros de fantasía de la formidable biblioteca de Irving, los cuales había devorado con vehemencia desde su niñez, adoptando la lectura como uno de sus muchos hábitos para escapar de su indeseada realidad.
Era casi un remedio contra la férrea atrocidad del mundo real. Un refugio contra los cañones y las balas que atravesaban la tierra y la carne de los hombres envueltos en brumas de polvo y sangre.
Había aprendido desde el momento que tuvo uso de razón, que la belleza del mundo, era efímera y resquebrajable. Volátil. Humana. Y que todo cuanto adoras con los ojos muy abiertos se encoge, y se convierte en cenizas. Así era la vida que estaban llevando. Y aquello, sólo era un espejismo, una distracción no deliberada que luchaba por mantenerlo al margen de esa visión tan agorera del mundo.
Pero él no era ningún tonto.
Esperaba que en cuanto toda esa odisea veraniega terminara, él sin dudarlo se encaminaría a su propia y tan añorada libertad.
Tan sumido estaba en su tertulia mental, que no notó cuando Farlán se detuvo, sino hasta darse de lleno en la nariz contra su espalda. Se la frotó, disgustado, pero no dijo nada porque se ocupó en observar la razón de la repentina parada, pero antes de que su pensamiento terminara de reconocer que ese era el lugar, Isabel, que a su vez iba tras él, se le adelantó:
—¡Llegamos! —Exclamó en tono triunfal, como alguien que acabara de escalar el monte Everest y no de realizar una diminuta caminata por el césped. Rebasó a los dos chicos y corrió colina abajo a lo que era la entrada al viejo invernadero de Irving. Era un pequeño montículo de cristal al estilo victoriano, ya tenía algo de antigüedad en la propiedad, pero de alguna manera se las arreglaban para que luciera impecable y remodelado.
Entraron con sigilo, aún con el frío de la mañana entumeciéndoles el rostro, comenzando prontamente su labor.
Tomando una de las cestas de mimbre que ahí reposaban, Rivaille se la llevó con aburrimiento y empezó a preguntarse si realmente era mejor segar las fresas que habían madurado bajo la sombra del vivero o las que permanecían aún implantadas a la intemperie. Tal vez daba lo mismo, pero si aquello iba a ser destinado de alguna forma a su paladar en los próximos días, mejor asegurarse de no recoger nada podrido.
Salió del invernadero dejando a sus amigos enfrascados en su propia cosecha y caminó sin prisa hacia los zarzales que rodeaban la pequeña construcción.
Sintió una gota fría caer en su nariz y miró hacia arriba. El cielo comenzaba a pintarrajearse de un tono gris opaco, y las gotas se hicieron cada vez más evidentes.
Sin inmutarse por el ligero chispeo , aunque con cierto recelo, se arrodilló sobre la hierba y se inclinó hacia la maleza para extraer los pequeños frutos carmesí. Iba apinando en la cesta los que le parecían de mejor aspecto y mientras alargaba cuidadosamente el brazo entre las enredosas ramas infestadas de espinas, vio lo que parecía ser una especie de nota. Al principio consideró que se trataba de una simple basura arrastrada por el viento, pero sus ojos vieron un mensaje.
Rivaille,
las semillas nuevas son ahora tu prioridad.
Leyó una vez más, y luego otra vez, con el ceño cada vez más fruncido.
—¿Qué es esto? —Murmuró, sin dejar de ver el papel arrugado que claramente había dejado Irving. Aunque no entendía por qué ni su significado, le pareció más confuso encontrarlo atravesado en una rama. De verdad que no lograba entender a ese hombre.
La lluvia había arreciado sin que se diera cuenta, no era muy problemática pero se empaparía si se quedaba allí. Tomó la cesta con las pocas fresas que había conseguido rescatar y se guardó el extraño papel en el bolsillo de su pantalón. Farlán e Isabelle le hacían señas desde el invernadero para que se apresurara y se refugiara. Él llegó con el rostro más pálido de lo normal, y su mirada delataba lo confundido que se sentía, cosa que no pasó desapercibida para sus amigos.
—Aniki, creo que con estas serán suficientes —Le dijo Isabel entregándole lo que ella había recogido. Había hecho un buen trabajo a decir verdad, todas parecían igual de grandes y brillantes. Rivaille tomó la cesta con aire ausente y Farlán alzó una ceja.
—¿Te ocurre algo? —Preguntó intrigado. El enano no tenía su típica expresión malhumorada. Estaba en blanco.
Rivaille tardó unos segundos en reaccionar, había dejado las cestas en la mesa de madera pintada de azul junto a ellos y sacó el papel.
—¿Y eso?—Volvió a preguntar Farlán mientras lo tomaba. Isabel se le unió y ambos leyeron.
Ahora parecieron compartir su confusión.
—¿Por qué Irving pensaría que las semillas importan un carajo?
Rivaille no respondió, sin embargo su mente se movía a toda velocidad buscando la respuesta.
—Tal vez nos está pidiendo además de fresas, semillas —Sugirió Isabel con las manos en las caderas, muy satisfecha con su deducción.
—Eso no tiene sentido —Negó Farlán— Se lo hubiera dicho a Hanji. Además. ¿Por qué hacerlo mediante un papel feo?
—Estaba escondida —Habló de repente Rivaille— Quería que la encontrara, es obvio. Pero no cuadra el porqué la puso en un estúpido zarzal.
—No sé por qué simplemente no te limitaste a recoger las condenadas fresas del invernadero.
—Es un fastidio tener que llenarme la ropa de tierra, ¿pero no notas acaso la diferencia?—Señaló con sus ojos grises su propia cesta, que a diferencia de la de Isabelle parecía vacía. Farlán se dio cuenta de que las fresas de Rivaille lucían más brillantes y apetecibles
—Entonces sabía que irías al exterior. Y ese es el punto más cercano al invernadero, pero aún así no lo comprendo.
Rivaille quería zanjar el asunto. Era demasiado absurdo. Pero le molestaba sentirse ignorante de una situación. El mensaje era una idiotez, pero...¿por qué le causaba tanto estupor?
—¿Y si te está tomando el pelo? —Siguió razonando Farlán— Y justamente quiere que estemos así, extrañados hasta formar teorías locas y empezar a conspirar.
—Irving no es de los que hacen eso —Debatió Isabel como si fuera lo más obvio del mundo— ¿Por qué ponerse a escribir cosas tan bizarras? digo, ¿qué gana con eso?
—¡Y yo que voy a saber! —Gruñó Farlán empezando a fastidiarse— No creo que las semillas sean importantes para Rivaille ¿o sí?
Isabelle cruzó los brazos también molesta y le volteó la cara a Farlán pronunciando un latiente ¡Hphm!
Rivaille había dejado de prestarles atención, estando al margen de la discusión que se había suscitado a su espalda
Isabel tenía un punto. Irving no era de los que se ponían a hacer bromas sólo por gusto. Se había intentado comunicar con él, escribiendo algo que les resultaba incomprensible y ridículo. A menos que...
—Es una clave —Dijo de repente.
La actitud distante de Isabel había hecho que Farlán se pusiera a replicar, y ambos se hallaban metidos en un fuerte altercado sinsentido, pero las palabras de su amigo los hizo callar de inmediato.
—¿Eh? —Exclamaron al unísono.
—Creo que Irving acaba de darnos una pista para la primera prueba del campamento.
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Ƹ̴Ӂ̴Ʒ
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ƸƷ
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εїз
Notas de la autora
Holaaaaa. Este fic ya lo había publicado, pero esta es la versión buena, el anterior es totalmente diferente y se me ocurrieron nuevas cosas. La historia ya está un poco avanzada y planeo que sea larga, con capítulos largos, especialmente porque es #SLOWROMANCE, así que tenganme poquita paciencia, no esperen a que los personajes se arranquen la ropa en cuanto se vean XD Pero prometo que valdrá muchísimo la pena, es una historia fuerte y romántica. Espero les haya gustado el primer capítulo.
Puede que haya discordancias de tiempo, se desarrolla a comienzos de la segunda guerra mundial.
El personaje de Aixa y el de Nick son OC.
Más adelante habrá otro de éstos, que será importante para la historia, ya verán
Si les gustó háganme feliz con un review, siempre serán bienvenidos y se ganarán todo mi amor.
Esta historia también podrán encontrarla en wattpad, la publiqué en simultáneo y tiene el mismo nombre.
Si gustan pueden escribirme por aquí o seguirme en mis redes sociales.
Inst: paola_yaves
nos vemos hasta la próxima!
