.
.
.
Causa y efecto.
.
.
Por: Xeina Phi.
.
.
.
Cuando Kabuto colocó el plato frente a él, Sasuke frunció el entrecejo, y sin abandonar ese halo déspota que siempre le rodeaba, observó con asco la singular guarnición, recordando a su vez, el gusto térreo y amargo de esa fruta. Nunca le había gustado de niño y menos aún en su actual adolescencia. Sin embargo, no consideró conveniente hacer una rabieta por tales nimiedades y se llevó un bocado a la boca, cuidando de no hacer un gesto que lo delatara, porque incluso en sus desavenencias, prefería guardárselas para sí mismo.
—No te gusta la berenjena —afirmó Orochimaru divertido con perspicacia—. Le pediré a Kabuto la próxima vez que no la haga.
Un sonido similar al de un gruñido brotó de la garganta del Uchiha y dejando los palillos a un lado, hizo amago de levantarse, cuando el sannin agregó dirigiéndose a su fiel secuaz:
—Aún no me recupero por completo, ese chico Uzumaki dio batalla.
—Le advertí que se había excedido demasiado, Lord Orochimaru. No fue buena idea provocar al muchacho —respondió Kabuto reacomodándose las gafas, haciéndolas brillar bajo la luz tenue de los mecheros que alumbraban la oscuridad de esa lúgubre estancia.
A Sasuke no pareció importarle la mención de quién alguna vez fuera su lazo más cercano. Y se levantó de su asiento sin apenas haber probado bocado.
—Ah, por cierto, Sasuke. Necesito que vayas a la base que está a las orillas de la aldea de la neblina y controles de nuevo a Suigetsu, no quiero otro intento de fuga.
El aludido se limitó a seguir con su camino, como si no hubiese escuchado palabra. Con esa expresión adusta que parecía tener embelesado a Orochimaru.
—¿A qué vino todo eso? —inquirió con curiosidad Kabuto.
La serpiente le regaló una sonrisa misteriosa en respuesta y siguió comiendo su cena ceremonioso.
Cuando Sasuke llegó a la guarida que resguardaba a Suigetsu, halló al guardia de entrada muy entretenido esculcando el interior de un saco, decepcionándose a su vez de que no hubiera nada de valor. El pobre diablo que había tenido la mala suerte de toparse con ellos, no traía más que unos pocos enceres, ropa y una vieja novela de Icha Icha Paradise.
El Uchiha pasó de la escena sin inmutarse, con indiferencia ante el cuerpo que yacía a un lado. El guardia desde luego en medio de su frustración, pasó inadvertida su llegada.
A Sasuke no le gustaba mucho ese lugar particularmente, olía demasiado a humedad, a formol y a podredumbre. Por lo que cada vez que se metía allí, terminaba con severas jaquecas. Y lo peor es que Suigetsu se encontraba al fondo de ese mugriento lugar. El olor a humedad se acentuaba conforme iba avanzando.
En medio de la obscuridad que cernía las salas, le pareció escuchar el correr del flujo del agua y el inconfundible sonido del vidrio del tanque al quebrarse. Sin apurar el paso, se adentró a donde Orochimaru tenía a recaudo los enormes tanques cilíndricos, de donde se desprendían innumerables mangueras con conexiones.
Suigetsu se encontraba en medio del lugar, observando con una media sonrisa, de la cuál sobresalían sus afilados dientes puntiagudos, al guardia de poca monta que había perecido al intentar retenerlo. El lugar apenas estaba iluminado por una tenue luz azulada, producto de la luminiscencia propia del agua a su alrededor, dejando en evidencia la desnudez del chico albino.
Los ojos sangre propios del sharingan resaltaron el la obscuridad. Los mismos que recorrieron sin ningún tapujo el cuerpo del joven, su piel pálida y lisa parecía emitir luz propia. El agua que se le iba escurriendo de los brazos, el fuerte abdomen y las piernas, tenía un efecto aperlado, haciéndolo lucir como una escultura de blanco mármol.
Había pasado un poco más de año y medio desde que Sasuke lo había visto por última vez y se sorprendió de lo mucho que había cambiado en ese tiempo, pero más sorprendido estaba de los efectos que provocaba en él.
Suigetsu acentuó aún más su sonrisa al saberse del escrutinio al que estaba siendo sometido.
—Hey, Sasuke —le saludo con familiaridad. Como si no hubiera sido el culpable de frustrar su intento de fuga en el pasado, como si no lo estuviera frustrando de nuevo—. ¿Quieres ver de lo…?
Su pregunta quedó en el aire y fue reemplazada por el rugido del relámpago que pegó de lleno en su cuerpo, haciéndolo caer de rodillas al piso.
—Mal-maldito —gesticuló con dificultad, su elemento agua era inútil contra los desmedidos rayos de Sasuke.
—No tengo tiempo para discutir contigo —replicó de forma seca y cortante—. Ya te dije que cuando llegue el momento, yo mismo te sacaré de aquí.
Y con esa promesa como única garantía, se incorporó con dificultad, regresando a uno de los tantos tanques que había disponibles…
Era entrada la madrugada cuando Sasuke regresó a la base, le había tomado dos días ir de un lugar a otro. Las antorchas que usualmente alumbraban el camino ya habían sido consumidas. Pero Sasuke no necesitaba la luz, él sabía de memoria el camino hasta la que era su alcoba.
Se sentía sucio después de haber permanecido más tiempo del necesario con Suigetsu, el olor a humedad se había impregnado en sus ropas y en su cabello. Y despojándose de todas sus prendas con la elegancia propia que caracterizaba a un Uchiha, se metió a la tina de baño. Ni siquiera se molestó en calentar el agua, simplemente quiso eliminar de su cuerpo cualquier atisbo de suciedad que se había mezclado inevitablemente con una incipiente lujuria, de la cuál desconocía su existencia.
Las imágenes del cuerpo de Suigetsu se empezaron a reproducir en su cabeza una tras otra, Sasuke fue capaz de percibir bajo sus dedos la textura de una piel que nunca llegó a tocar, los músculos de sus brazos, lo que se anidaba bajo su vientre. No supo cómo, ni porqué, pero recordó la mención de Naruto durante la última comida que compartió con su sensei y entonces, a las imágenes tan sugestivas del albino, se le empezaron a anteponer las de cierto rubio escandaloso que clamaba a los cuatro vientos que sería Hokage. Pronto la piel pálida de Suigetsu se tornó morena, unos bigotes se instalaron en sus mejillas, el cabello se volvió rubio y desordenado; y la inmensidad de unos ojos azules lo observaban deseosos. Sin ser consciente de ello, entreabrió sus labios, dejando escapar de ellos un leve quejido.
«Basta, Sasuke.»
En qué momento Naruto había invadido sus pensamientos, en qué momento lo imaginó con un cuerpo fuerte y fibroso como el de Suigetsu. Aquella revelación lo dejó aturdido, aunque fue tan solo unos segundos, porque luego pasó de la confusión al enojo, saliendo presuroso de la tina, fúrico y con una prominente erección.
Odió a Naruto, odió su recuerdo. Lo odió por recordarle a su hermano. Odió sentir ese lazo entre ellos más vivo que nunca.
—Debí haberlo matado —susurró con reproche, para después endurecer su rostro—. No, que esté vivo no es más que un capricho mío.
Con esa línea de pensamiento se vistió y se dispuso a dormir, negándose a atender el placer que le acometía. Porque al hacerlo, estaría aceptando de forma implícita que deseaba a Naruto. Y un hombre tan mesurado como él, no podía permitirse semejantes arrebatos…
No pasaron más que un par de meses para que Sasuke pudiera encontrarse de frente con Naruto. Y ciertamente no se ha había planteado matarlo. O por lo menos no hasta ese momento, porque si él osaba interponerse en su venganza, entonces no podría ignorarle. Tenía que dejar en claro que no admitiría nada, ni a nadie que le desviara de esa senda fría y de odio a la que él llamaba vida. Y si había alguna persona en el mundo que fuera capaz de disuadirlo con su calidez, ese era Naruto.
El estar frente a esos orbes celestes después de tres años le había provocado un malestar, no sabía si lo odiaba por todos los recuerdos que le había removido, o porque fuera tan débil.
Pero aún si fuera para matarlo, necesitaba sentirlo cerca. No se conformaría con verle a lo lejos. Tenía que saciar el impulso de permitirse tocarlo, llenarse de su aroma. De reprocharle al oído el no haber seguido con sus sueños. Y fue durante ese contacto tan íntimo que solo podía darse entre ellos dos, que observó el completo espectro que era Naruto, sintiéndolo en todas las formas posibles. Profanó su interior al ver de viva imagen al demonio que se ocultaba celosamente en sus entrañas, aquel que le pidió que no fuera a matar a su Jinchūriki.
Cómo si él fuera a escucharlo.
Sí, mataría a Naruto sin lugar a duda y se deleitaría al ver su último aliento extinguirse. Lástima que fue interrumpido por aquel chico que era su remplazo.
«Cómo si alguien fuera a reemplazarme.» se dijo lleno de orgullo. Aunque no le afligió ver al nuevo equipo siete. Sasuke sabía que nadie podría ocupar su lugar en el corazón de Naruto. El resto del equipo bien podría irse a la mierda.
Al final del día no solo fue interrumpido por Sai, la serpiente llegó tan inoportuna como siempre a querer darle órdenes. Y lo peor es que hubo berenjena nuevamente en la comida. A diferencia de la vez anterior, el Uchiha se encerró directo en su pieza. Durmiendo todo lo que se le había negado antes.
Por ahí de la media noche, más promovido por el hambre que empezaba a hacer estragos en su estómago, salió de su alcoba con intenciones de ir a la cocina. Había pasado frente a varias puertas, cuando de una escuchó un gutural gruñido y un jadeo. Sasuke reconoció la voz de Kabuto, si bien de la segunda voz solo escuchaba gemidos entrecortados, sabía de quién eran.
No era la primera vez que los escuchaba, sin embargo, en esa ocasión sintió curiosidad. Y regresó un par de pasos.
—Ahh, sí. Siigue.
El cuerpo de Sasuke se paralizó, aunque no supo si fue por asco o por la impresión de haber escuchado a Orochimaru follar cínica y descaradamente, fue tan nítido a sus oídos, que casi pudo recrear la imagen en su cabeza, como si él hubiera estado viéndolos de frente.
En ese momento, perdió todo su apetito y retornó presuroso a su alcoba. Se dirigió a su baño y se enjuagó el rostro con abundante agua, como si pretendiera borrar las imágenes que se habían instalado en su cabeza. Sintió asco, se sintió corrompido. Porque por más que lo negara, la situación le había resultado tremendamente excitante y su entrepierna daba testimonio de ello.
Se desprendió de sus ropas, dispuesto a meterse a la ducha, cuando se detuvo frente al espejo de cuerpo completo que estaba a un costado. Sus pupilas se dilataron al contemplar su figura, sus anchos hombros, los músculos en sus brazos, sus piernas fuertes y torneadas, los abdominales que había adquirido. Se tomó el tiempo de perfilar su rostro, dándose cuenta de que sus rasgos habían cambiado, eran más definidos y viriles. El momento le hizo recordar el joven apuesto que es.
Sasuke nunca había prestado atención a algo tan banal como el atractivo, ni el de él mismo, ni el de las demás personas. Pero recordó entonces la forma en la que había observado a Suigetsu. Y sin poder evitarlo, recordó a Naruto. Sus rasgos también habían cambiado, era más fornido, su espalda era más ancha y su rostro más varonil, ya no era el de un niño.
El atractivo de Naruto era muy diferente al de Sasuke, pero no por eso menos atrayente. Y sin ser consciente de ello, las manos del Uchiha se fueron deslizando por sus pectorales, ávidas, como si estuviesen recorriendo su cuerpo por primera vez, sus dedos tomaron sus pezones, estrujándolos, tirando de ellos y provocando que de la boca se le escapara un ronco gruñido.
¿En qué momento Sasuke había cerrado los ojos y echado la cabeza hacia atrás? Cuando los abrió, el sharingan refulgió en el espejo y no pudo evitar sonreír, preso de la satisfacción que le producía su propio cuerpo, decidiendo en ese momento entregarse a sus deseos, desfogando una libídine que le estaba vedada hasta perpetrar su venganza.
Se tocó con descaro, de forma lasciva y sin perder detalle de sus propias manos avariciosas deslizándose a su entrepierna. Se tuvo que morder los labios para contener sus jadeos, y una vez que sostuvo el turgente falo, no fue capaz de contener los gemidos.
Sasuke entornó la mirada, dirigiéndola al espejo. Su mano derecha había empezado a moverse en un cadencioso vaivén, mientras que la otra acariciaba sin ningún pudor sus testículos. Sus mejillas estaban sonrosadas, sentía las orejas calientes, la respiración agitada, su propio calor había empezado a empañar el espejo, aunque no lo suficiente para privarlo de su propia imagen. Y cuando observó nuevamente sus manos que parecían un par de autómatas, siguiendo órdenes de quién sabe quién. Cerró los ojos e imaginó unas manos ásperas y morenas aferrándose con dureza a su abultada entrepierna, el aroma de Naruto invadió sus sentidos. Ese olor a madera y al césped del campo de entrenamiento que lo volvía loco. Evocó su rostro, la sensación de sus músculos bajo su ropa cuando lo había abrazado.
—Na-ru-to —gruñó con la voz entrecortada cuando su miembro estalló, haciéndole retroceder un par de pasos, chocando contra las frías baldosas. El contraste del frío con el fuego abrazador de su cuerpo le hizo arquear la espalda, exacerbando la sensación del poderoso orgasmo que le acometió.
Quizá a causa de ver a Suigetsu desnudo y después escuchar a Orochimaru follar, terminó por quebrar su férrea cordura. O quizá fue el efecto de ver a Naruto. No lo sabía. Solo hasta que recuperó el aliento, se dignó a tomar su baño. Siempre podía culpar a las circunstancias de sus arrebatos. Y después haría de cuenta que no pasó nada.
Fin.
.
.
.
Notas:
No sé ustedes, pero siempre he pensado que la relación de Kabuto y Orochimaru se parece a la del Sr. Burns y Smithers, jajaja.
En fin, en este shot quise abarcar un poco de ese periodo que Sasuke estuvo con Orochimaru, y pues siendo un adolescente por muy Uchiha que fuera, me imagino que igual habrá sentido la necesidad de darse placer.
Por cierto, no sé muy bien si en realidad Suigetsu se intentó escapar en más de una ocasión o si la base dónde estaba él era siquiera en la aldea de la neblina. Una disculpa.
Este shot participa en una dinámica de un grupo. Me asignaron tres palabras y de ahí salió este fic jejejeje. Cualquier review es bienvenido.
