Aclaraciones: | ObaMitsu | Universo Alterno | Rated M | Lemon | Género: Romance |

Este fic fue dedicado a PireBh. Espero que lo disfrutes.


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Tocando el cielo

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El sonido del botón cayendo y rodando fue lo que le hizo espabilar de una buena vez. Mitsuri vio con pena cómo es que el botón seguía alejándose cada vez más por el pasillo y no fue capaz de darle el alcance, tal vez porque sabía que estaba perdiendo más tiempo de lo normal, pero también porque no iba a perder la compostura en el avión y dejarse ver como una torpe delante de todos los pasajeros que estaban ubicándose en sus respectivos asientos, a tan solo quince minutos del despegue.

Bobita.

Así le había llamado Shinobu la otra vez, cuando le contó su torpeza número cinco la semana pasada. Aunque ahora sí podía llamarse verdaderamente torpe como para quedarse dormida, haber estado a nada de perder su quinto viaje desde que se volvió aeromoza de Kimetsu Airlines, olvidar sus panties negras y su billetera, permitir que su mejor amigo Kyōjurō le pague el taxi (después de llamarle cerca de diez veces) y, ahora, haberse movido tan bruscamente, provocando que el primer botón de su blanca blusa saliera despedido, al no poder contener su prominente busto. "Justo hoy no tenía que encontrar la blusa que sí me queda bien…" se dijo para sí, recordando cómo ayer entró en desesperación: una de sus blusas estaba perdida y la otra estaba mojada, por lo que optó por tomar la que había comprado y que no era su talla.

Casi quería llorar de la frustración. Para colmo, ella iba a dirigir las indicaciones del vuelo, ella iba a hablarle a todo el público antes del despegue. Ni siquiera quería voltearse hacia la entrada, estaba con las manos apoyadas en la sección restringida para los tripulantes, con los implementos de seguridad de muestra, observando cómo uno a uno ingresaba; calculaba que faltaban unos cincuenta pasajeros. Las otras dos aeromozas se encontraban al final del pasillo del avión, por lo que solo tendría que saludar de espaldas al piloto y copiloto. Por suerte o desdicha suya.

—Qué hago, qué hago, qué hago, qué hago… —murmuraba sonrojada, mientras trataba de jalar su corbatín, comprobando que este no iba a cubrir el escote. Se notaba el brasier rosado que usaba ese día.

—Kanroji, eres tú.

La joven quiso que el vuelo se suspendiera ahora sí. Conocía al piloto, pero estaba casi segura de que este iba a pasarse de frente, no que se detendría a saludarla; es más, por un momento quiso pensar que se encontraba ya en la cabina de pilotaje. No contaba con que él estuviese a sus espaldas, sin conformarse con solo saludarla y seguir su camino.

—Buenos días, Iguro-san —saludó, sin voltearse, maldiciendo el pequeño titubeo en su voz.

—¿Sucede algo?

Creyendo que así disimularía, Mitsuri giró la cabeza hacia atrás, solo comprobando que el hombre o era demasiado perceptivo o todo era mera casualidad. Casi vuelve a suspirar enamorada al encontrarlo apuesto como de costumbre, con su negro y pulcro traje, casi tan oscuro como sus cortos y rectos cabellos. Estaba convencida de que el ámbar de su ojo derecho era aún más intenso que el dorado de las hebillas, galones, botones y gemelos de su chaqueta. Y, en secreto, amaba la combinación que hacía con el turquesa de su ojo izquierdo. De todas formas, Shinobu le decía que era demasiado evidente y que no se molestaba en ocultar su genuino interés en el piloto Iguro Obanai.

—Para nada, solo estaba… uhm, repasando mi speech.

Ante su burda explicación, el piloto enarcó una ceja, sin mover sus delgados labios. Kanroji no podía con los nervios.

—Eso te lo sabes de memoria, Kanroji —mencionó, tratando de inspeccionar con la mirada lo que podría suceder con la aeromoza—. Creí que teníamos bastante confianza como para que me digas lo que sucede. ¿Pasó algo?

Mitsuri supo que eso era más de lo que podía soportar. Ella sí le tenía mucha confianza a Obanai, cómo no tenerla si, desde el momento en que se conocieron, él siempre fue muy amable con ella, demasiado; inclusive, intercambiaron números por si algo la inquietaba o desconocía, como sucedía durante su primer mes trabajando para la misma aerolínea. Un tanto avergonzada, poco a poco, giró el cuerpo, con las manos cubriendo su pecho.

—S-se… salió el botón de mi blusa. El corbatín no cubre nada de lo que muestra.

La aeromoza estaba lo suficientemente apenada como para dirigir sus ojos al rostro del hombre, algo que él agradecía, puesto que la visión de la mitad del brasier rosado y de los senos de la fémina fue suficiente como para hacerlo sonrosar. Se maldijo a sí mismo por no reprimir correctamente los sentimientos que tenía hacia Mitsuri, desde hace unos meses, siendo siempre muy inseguro como para pedirle una cita formalmente (puesto que habían salido a cenar o almorzar en muchas oportunidades). Pasó saliva inevitablemente, pero comprendió el problema y la vergüenza en la chica de la cual está enamorado.

—Podría pedirle a alguna de tus compañeras un gancho para sujetarte la blusa, si gustas —ofreció, sin saber cómo solucionar el problema.

—¡Qué vergüenza, Iguro-san! —Kanroji sollozó sin poderlo contener, dejando de cubrir su busto para taparse el rostro, sin saber que esa simple acción provocó un sonrojo mayor en el pelinegro, quien tuvo la vista aún más directa de su pecho—. Justo hoy que me toca dirigir a mí, las muchachas pensarán que soy una torpe o que lo hice a propósito por provocar a algún pasajero, o quizás alguno de los pasajeros me mire más de la cuenta o murmure cosas…

—Hey, espera —Obanai la interrumpió, lo suficientemente serio como para detener el lamento. Él tomó las muñecas de la joven para descubrir su rostro sonrosado (más por la cercanía)—. En primer lugar, fue un accidente. En segundo lugar, aunque estuvieses usando un escote intencionalmente, no mereces ninguna mirada morbosa o falta de respeto. De ser así —carraspeó un poco—, solo házmelo saber y pongo el avión en piloto automático.

Mitsuri dejó de parpadear unos segundos y estaba convencida de que su corazón emocionado no paraba de latir rápidamente: algo bueno tenía que pasarle en el día. No podía creer que existan otras aeromozas, a excepción de Shinobu, que lamentaban cuando les asignaban el mismo viaje que Iguro, no porque sea descuidado o ejecutara un mal pilotaje, sino por el supuesto trato amargo, áspero y frío que poseía él, según sus afirmaciones. Ella, por su lado, no podía describirlo de esa forma, con lo amable, respetuoso y siempre atento que es consigo. Desde hace meses que lo consideraba su crush y estaba esperando la oportunidad de poder salir con él, formalmente y no solo como amigos, aunque una parte suya quería que él sea el que dé un paso adelante, si es que el gusto era mutuo.

Por su parte, Obanai estaba embelesado por el rostro de la aeromoza, incapaz de ver más de lo debido, pero teniendo la imagen de su escote presente. Verla avergonzada por algo de esa índole o temerosa por las reacciones que podrían tener algunos pasajeros, sin querer, lo enojó un poco, puesto que no quería que Mitsuri tenga preocupaciones de ese tipo, mucho menos si él podía evitarlo. Entendía su timidez por ser el lugar de trabajo y por los códigos de etiqueta que debía respetar su uniforme, puesto que ella sí utilizaba todo tipo de escote en su día a día fuera del aeropuerto, pero no iba a permitir que se culpe de un accidente, como tampoco que le falten el respeto. La quería demasiado como para hacer cualquier cosa por ella. Si por él fuera, continuaría disfrutando de la bella vista que le brinda el rostro de Mitsuri, no obstante, recordó que Shinazugawa era su copiloto y, siendo impaciente como es, saldría en cualquier momento para exigir su presencia en la cabina de pilotaje. Y lo mataría antes de que vea el busto descubierto de Kanroji. Tuvo una brillante idea.

—Pero no creo que pase algo malo con esto…

Mitsuri vio sorprendida cómo él alzaba su maletín, el cual se encontraba tras sus talones, para luego extraer una bufanda verde limón. Una vez que la tuvo en frente, la joven vio que era de una tela delicada de gaza y, coincidentemente, de un color demasiado similar a las puntas verdes de su propio cabello. Entreabrió los labios y casi escuchaba una serie de chillidos internos suyos cuando Obanai se acercó a ella, para luego colocar la bufanda delicadamente, haciéndole un nudo elegante al frente, el cual cubría lo suficiente del escote que se ocasionó producto del accidente. Finalmente, él retiró sus cabellos rosas de dentro de la bufanda, alisándola como toque final, para luego sonreírle tenuemente. La aeromoza se quedó sin palabras, más por el trato delicado, que por la ayuda improvisada.

—Aun si el color no es de tu agrado, supongo que cumple su función —mencionó él, con mayor aplomo. Kanroji seguía viéndose adorable.

—¡Oh, no! ¡Claro que me encanta el color! Es mi favorito, mi cabello es así… ¡gracias, Iguro-san! Me salvaste, otra vez. Muchas, muchas, muchas, muchas gracias —el pelinegro se sorprendía gratamente por cómo ella daba brinquitos en su sitio con los tacones negros puestos—. Apenas termine el viaje, te la devolveré.

—En realidad, yo te la que-…

Estimados pasajeros, Kimetsu Airlines les da la bienvenida, por favor…

El audio que se repite al inicio de cada viaje hizo que Mitsuri se asuste, antes de despedirse atropelladamente del piloto, sin dejarle terminar. Este, a sabiendas de que la bella aeromoza se iba a brindar las instrucciones de los implementos de seguridad a todos los pasajeros, no tuvo más opción que acudir a la cabina de pilotaje.

Aguantando el sermón de Shinazugawa Sanemi a su lado, quien esta vez sería el piloto, Iguro Obanai se quedó inmerso en sus pensamientos, mientras el despegue del avión iniciaba. Su vasta experiencia en el pilotaje le permitía ejecutar su función de manera casi automática, permitiéndole concentrarse en la voz de Mitsuri. Se relajó instantáneamente, teniendo la vista fija al frente y respondiendo a las coordinaciones que tenía con su compañero. El hombre a su lado creyó que él tenía la total atención en la conversación, sin saber que este solo evocaba por enésima vez aquel día en que conoció a la mujer de sus pensamientos, en el mismo escenario donde más se relacionan y que le permite divisar las nubes, alejarse de la tierra por unos instantes y saber que casi tocaba el cielo, algo que desde mucho antes siempre anhelaba, pero que ahora le encanta más, porque vuelan juntos.

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Habitualmente, Obanai considera que no tiene días malos, solo pesados, monótonos o calmos. Era una clasificación que siempre utilizaba cuando le preguntaban cómo estuvo su día. Aunque, si era franco consigo mismo, pocas personas le preguntaban eso: Shinazugawa cuando quiere abrir la conversación, a veces; Kyōjurō cada que se lo cruza, algo que es inevitable, puesto que él también es piloto y, además, lo ve todos los fines de semana que debe regresar a casa; Rengoku Ruka, su madre adoptiva, también lo hace constantemente y busca alargar la conversación, al igual que Senjurō, y tiene que reconocer que no le molesta ser más abierto con ellos, incluso con su padre adoptivo. La familia Rengoku siempre es cálida y les debía tanto, por más que su madre le diga que no.

El pelinegro consideraba que gracias a ellos tuvo una oportunidad de hallar su pasión en la vida que tanto se había ensañado con él. Había sido rescatado de una familia problemática a sus nueve años, su madre biológica era drogadicta y buscaba mil formas de deshacerse de él. Ni siquiera permitía que saliera tanto de la casa que le resultaba desagradable, por lo descuidada y sucia que le parecía, tanto así que era de esperarse la aparición de algunas plagas, entre ellas, de una serpiente. Sin embargo, esa última no le desagradó; en su soledad, se fascinó por el color blanco de las escamas del reptil, así como de sus ojos rojos, por lo que, a escondidas, mantuvo a la bautizada Kaburamaru como su único amigo. En una de las peleas de su madre con su pareja en turno, se llegó a tal grado de violencia que sus vecinas llamaron a la policía. No terminó nada bien: Iguro Kagura, lo suficientemente alcoholizada como para no pensar bien, murió al caer de las escaleras, justo encima de una de las vitrinas donde tenía su colección de bebidas. Obanai solo recuerda al hombre yéndose y al cadáver con laceraciones de su progenitora, antes de que la policía llegara y tomara el caso.

Posterior a ello, en el orfanato al que fue asignado, permaneció hasta los dieciséis; los encargados del lugar no tenían tacto al decirle que su adopción sería, prácticamente, imposible, por los antecedentes familiares, así que esperaban a que cumpla la mayoría de edad y dejase el lugar: no iba a ser el primero y el último en hacerlo. Obanai mantenía oculto entre sus pertenencias a Kaburamaru, solo ocupándose de tenerlo a salvo y consigo, no le importaba qué sucedería después. Pasaba largo tiempo en los jardines del lugar, teniendo a la serpiente en su chaqueta, mirando al cielo: las aves no tenían preocupaciones y, en caso de estar en problemas, solo volaban. Rayaban el cielo, casi tocándolo, estando en contacto con el viento. En esos momentos, solo deseaba poder volar lejos de toda preocupación; quería encontrar la manera de hacerlo, una vez que salga del orfanato, aunque no sabía cómo.

No fue hasta que un día vio llegar a una mujer pelinegra y de ojos rojos, casi comparables como los de su Kaburamaru. La miró tan fijamente esa vez, que fue inevitable que ella no sintiese el peso de su mirada heterocromática. Se avergonzó casi al instante, más aún cuando notó que ella tenía a su lado a un niño de unos once años y de cabellos como el fuego, de mirada suave y tímida. No se esperó que aquella mujer se convertiría en su madre y, el pequeño Senjurō, en su hermano menor; tampoco creyó que su adopción se diese tan rápido, por el hecho de que Rengoku Ruka hiciera los trámites en compañía de su esposo y que la familia sea holgada. Rengoku Shinjurō era piloto de una de las mejores aerolíneas de Japón, su hijo mayor estudiaría para serlo también y Obanai, al quedarse fascinado por la profesión y por lo que consistía, no dudó en querer ser piloto también, contando con el apoyo absoluto de su familia.

Iguro dobló el pasillo para dirigirse a una de las salas de espera del aeropuerto, carraspeó casi al instante al rememorar lo vivido en esos últimos diez años con los Rengoku. Exhaló pensativo, mientras se fijaba en su reloj: estaba a solo tres horas para el siguiente despegue, a tiempo, como siempre. Pensó que sería buena idea ir por un té helado antes de alistarse.

Aunque ese plan se vio arruinado por un bulto rosa que estrelló contra su torso, haciéndolo trastabillar y soltar su maletín. Nunca había sido alguien tan fuerte, pero eso fue humillante. Se dispuso a gritarle unas cuantas verdades a la torpe muchacha que chocó con él, pero la aeromoza, como se percató que era, se agachó tan rápido a recoger su maleta, la cual seguía en el suelo.

—¡Por favor, por favor, perdóneme! Venía tan distraída. Se supone que llegué a tiempo, es mi primer día de aeromoza, pero no encuentro la dirección de la agencia y no sé a quién preguntarle. En verdad lo siento… —la chica se detuvo y fijó sus verdes ojos en la placa que tenía el piloto en el lado derecho de su pecho—, Iguro-san.

Cualquier cosa que se le había ocurrido decirle, definitivamente, Obanai lo había desechado. La chica en frente suyo no solo le llamó la atención físicamente, sino que destacaba su espontaneidad, locuacidad y sonrisa sincera. Esa sonrisa terminó por encandilarlo, pese a los nervios que notaba en ella. Tan transparente. Tanto, que contadas veces alguien lo trató con tal calidez y normalidad, normalmente lo observaban con cuidado.

—No… no te preocupes. También andaba distraído —lo cual era falso—. ¿A qué agencia te diriges?

Sí, tal vez pudo terminar la conversación con lo anterior, pero le era inevitable. Quería seguir viendo ese sonrosado y lindo rostro en frente suyo, así como saber más de ella. Aunque claro, recordó muy tarde que la pregunta principal era cuál es su nombre. Seguramente, la aeromoza lo esquivaría y se iría por otro lado, con lo apático que lucía.

—¡Oh! Kimetsu Airlines. Me llamo Kanroji Mitsuri, por cierto. Me gradué hace unos meses del instituto y pues, ¡me fascinan los aviones! Desde pequeña quise, veía mucho los programas extranjeros y tenía juguetes de aviones, hasta una Barbie aeromoza. Además de que es importante hablar inglés, ¡y yo adoro el inglés! Aprendí a hablarlo a mis quince. Now, I'm twenty, but my mom tells me…

Si hubiese sido otra persona parlanchina, muy probablemente la habría callado o se habría ido, pero no quería hacerlo con Mitsuri. Al contrario, estaba fascinado de la locuacidad que ella demostraba, estaba casi enterándose toda su vida en tan solo un rato, tanto, que no quiso interrumpirle. Por momentos creyó que ella tomaría como desinterés su nula intervención, mas no esperó que Kanroji le pregunte su opinión en algunas cosas y que, a partir de sus respuestas, siga hablando; inclusive, algunas de sus respuestas cortas le resultaron graciosas a ella. Pudo seguir por horas escuchándola, pero recordó que seguían en el trabajo, que él tenía un vuelo por pilotar y ella, una agencia por encontrar.

—Kanroji —con tino, supo detener el parloteo de ella acerca de su mejor amiga que se graduó como aeromoza mucho antes—. Me temo que tengo una hora para alistarme para el vuelo que me asignaron.

—¡Oh! ¡Entiendo! Creo que hablamos bastante —la chica soltó una risita—. ¿Sabes cuál es la agencia de Kimetsu Airlines?

—Justo te quería comentar que trabajo también en ella. Podemos irnos.

Luego de escuchar su chillido emocionado, le hizo una seña con la cabeza, dándole a entender que la siga. Ella lo hizo encantada, incluso sosteniendo el brazo del piloto, mientras iniciaba una nueva conversación acerca de las coincidencias. Obanai detestaba que interrumpan su espacio personal, era casi una regla, mas luego de fijar sus ojos en el delicado agarre de la joven, solo pudo tener una cálida sensación en su interior, a la par en que tuvo que contener el calor que sentía en las mejillas. Le avergonzaba lo que sentía, pero no quería soltarse. Ni siquiera en cuanto llegaron al lugar y ella reconoció a una aeromoza, la cual él conocía como Kochō Shinobu. Esta última los miró bastante inquisitiva, algo que le dio igual, hasta que le informó a Mitsuri que les tocaba un viaje a Kioto. A él le tocaba pilotear hacia otro país.

Maldición. Kanroji podría regresar al día siguiente, mientras que él esperaría tres días. No se la volvería a cruzar tan fácilmente.

—Te dejo. Ha sido un placer —Iguro extendió su mano hacia la joven, notando la sorpresa en Kochō. Esta lo conocía como alguien lo suficientemente antipático como para tener esos gestos, así que enarcó una ceja.

—Oh… igualmente, Iguro-san —la joven estrechó su mano. El pelinegro notó cierta duda en sus facciones—. ¿Me podría dar su número?

—¡Kanroji-chan! —exclamó Shinobu, al lado.

—Es que a veces no estás en la agencia y puedo tener alguna duda o algo… Iguro-san me agradó bastante. Aunque… —la de ojos verdes se sonrojó un poco—, solo si él desea también. Prometo no incomodarlo.

—No te preocupes.

Kochō entreabrió los labios en cuanto oyó la respuesta del piloto, peor cuando lo escuchó dictándole su número de celular y pidiéndole el suyo a su amiga.

—¡Gracias! ¡Que tenga buen viaje, Iguro-san! ¡Le escribiré! Digo, cuando tenga dudas.

Obanai se quedó en su lugar, solo con la mano ligeramente levantada, viendo cómo el dúo de aeromozas se dirigía a la sala asignada para que guarden sus pertenencias. Esperaba que Kanroji no tardase en tener dudas, sin saber que solo fue una excusa. Negó con la cabeza, desechando esa idea, mientras se dirigía a lo suyo y, posteriormente, al avión del día. De ese día agradable.

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Faltaba media hora para el aterrizaje, no hubo mayor problema durante el viaje, todo estuvo bastante tranquilo, pero cómo le dolía la cabeza. Iguro atribuyó ese dolor en las sienes a la falta de sueño, probablemente, por haberse quedado hasta tarde viendo una película. Al menos no le impedía seguir pilotando, ni siquiera tuvo necesidad de decírselo a Shinazugawa, pero este lo notó, por lo que le mencionó que lo veía raro.

—No me jode que duermas un rato, igual falta poco. Lo puedo manejar yo —el copiloto enarcó la ceja ante esa oferta—. Solo duérmete, maldición.

—Estoy bien.

—Entonces recuesta tu cabeza hacia atrás. Kanae menciona que la tensión puede perjudicar la presión de estar a varios metros de tierra.

—No estoy tensionado.

—Entonces haz lo que te dé la puta gana.

Le divertía hablar con Sanemi, aunque nunca lo reconociera; es de las pocas personas que considera sinceras, así que no tiene mucho problema en relacionarse. Sobre todo, cuando comparten muchos puntos de vista y actitudes, aunque él no es tan adepto a decir lisuras porque sí, a diferencia del otro piloto. Dado que por esta vez no quería parecer un grosero, se recostó en el asiento, mirando el techo de la cabina del avión.

En cualquier momento volvería a escuchar la dulce voz de Kanroji a través del comunicador. Sonrió internamente al cerrar los ojos y evocar sus conversaciones, sean en vivo, a través de llamadas o mensajes. Mitsuri lo trataba de la misma manera siempre, como alguien normal sin un pasado tan turbio, lo cual terminó por enamorarlo todavía más. Desde la vez en que se conocieron, no pasó más de una semana y ella le escribió, preguntándole si estaba en el aeropuerto y si tenía tiempo libre.

Aquello solo fue el comienzo.

No entendía cómo, pero siempre sacaba tiempo disponible para verla. Se esforzaba de sobremanera con tal de pasar un rato con ella y, en caso de no poder, siempre terminaba respondiéndole los mensajes o escuchando una y otra vez los audios que le envía. Terminó por volverse demasiado unido a la aeromoza, así como ella de él. A conocerse ambos mucho más, a compartir desayunos, almuerzos o cenas, a saber que ella come mucho y que él come muy poco. Sin embargo, no se atrevía a invitarle a salir, fuera del lugar de trabajo.

Se conformaba con la cierta exclusividad que tienen en cuanto se encuentran, así como a las veces que coinciden en un mismo viaje: ella de aeromoza, él de piloto, evidentemente. Y, solo en esas ocasiones, tenía que volver su trato aún más profesional que de costumbre, solo por si alguien se aventuraba a sospechar una relación más allá de la laboral. Prefería cuidarla de los malentendidos, aun cuando se regocijaba internamente al percatarse que, dado que ellos se frecuentan mucho, los otros pilotos terminan por mantener su trato solo cordial con Kanroji. Y él sabía que muchos de sus compañeros tienen otras intenciones con ella, solo bastaba con prestarles atención y darse cuenta de que la comían con la mirada. "Y cómo no hacerlo…" se dijo, pero descartó la idea totalmente, asqueado: Mitsuri es preciosa, no había duda de ello, anhelaba estrecharla entre sus brazos y ser correspondido, pero tenía presente que el respeto era lo primero. No obstante, en las situaciones donde los demás hombres la miraban incesantes, la chica, inocente como siempre, solo se acercaba a él rápidamente. También a su hermano, Kyōjurō, quien también es un joven piloto, algo que, en un inicio, le trajo mucha inseguridad y temores por lo bien parecido que es este último y la afinidad palpable entre ellos, además de que se conocieron en el instituto, lo cual se enteró tiempo después. No obstante, la duda quedó atrás cuando ella le respondió que Kyōjurō es su mejor amigo, mientras que el Rengoku le brindó información que seguía pareciéndole valiosísima, pese a que pasó bastante tiempo.

"Creo que le gustas a Kanroji. Deberías invitarla a salir o traerla a cenar, a mamá le encantaría. Come tanto como nosotros tres".

Incluso se tenía grabada la estruendosa risa del hombre, haciendo referencia a la glotonería de los Rengoku, aunque puede afirmar que Mitsuri los supera. En fin, el asunto era que esa revelación terminó por romperle la cabeza todo este tiempo que llevaba conociéndose con ella. En esos meses, seguía sin atreverse a pedirle una cita o a salir formalmente, producto de la desconfianza que sentía acerca de no ser lo suficientemente bueno para ella o que esta solo lo apreciara como amigo. Cuánto daría por tener un poco del aplomo o valor de su hermano, tal vez algo de atrevimiento. En su ensoñación, casi podía imaginar a la misma Kanroji sentada en los botones de navegación, en frente suyo y con sus torneadas piernas cruzadas, con una mirada sagaz, como si ella supiera acerca de sus sentimientos, y es que él era demasiado evidente, o al menos eso pensaba. En múltiples ocasiones se encontró mirando de más a la aeromoza, quien era la protagonista de todas sus fantasías, y se avergonzaba de su propia imaginación, pues esta hacía que se vea a sí mismo teniéndola sobre sus piernas en la cabina de pilotaje. Se burlaba de sí mismo: cómo podía creer que sería capaz de ello, cuando ni siquiera tenía la seguridad suficiente como para decirle que la bufanda verde que le puso, en realidad, era un regalo para ella, la cual compró pensando en el verde que tiene en las puntas de sus cabellos y en sus cálidos ojos. Eran cosas que le afectaban aún en sueños.

Teniendo esos pensamientos rondándole en la mente, ni cuenta se dio del momento en que se quedó dormido.

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Kanroji Mitsuri vio salir, con una sonrisa de oreja a oreja, al último pasajero. Acababan de arribar en Fukuoka y le sorprendió no escuchar a Iguro en las últimas palabras del piloto, al finalizar el viaje, sino a Shinazugawa: siempre tenía entendido que a este último no le agradaba del todo hablar por el comunicador, si no es estrictamente necesario.

La joven aeromoza se contuvo de fisgonear en la cabina de pilotaje, por lo que bajó del avión al terminar de acomodar sus últimos pendientes. Se vio a sí misma en los vidrios del pasillo que conectaba la pista de aterrizaje con la zona privada del Aeropuerto de Fukuoka, sonrojándose al ver lo linda que era la bufanda verde que le cubría el escote producido por su accidente de hace unas horas. A ella le encantaba, pero, con lo bien que conocía a Obanai, podía afirmar que él no usaría una de ese color y estilo; él es bastante sobrio y parco al momento de vestir. Las pocas veces que lo vio sin su uniforme de piloto, tenía que reconocer que no se podría decidir con qué vestimenta lo encontraba más apuesto. Se rio de ella misma: Iguro es guapo de todas formas.

Se detuvo un momento, tentada a escribirle al piloto; después de todo, debía entregarle la bufanda prestada, como le dijo. Sin embargo, le parecía una excusa muy rara. Encogió sus hombros, restándole importancia, para luego redactar y enviar el mensaje, donde le mencionaba que estaba esperándolo en un pasillo anterior a la zona privada del aeropuerto. Alzó ambas cejas al ver que el mensaje no le llegaba. "Se le habrá apagado el celular…" pensó, por lo que redactó otro diciéndole que la llame en cuanto pueda, para concertar alguna salida.

—No te quedes en el pasillo, este debe quedar libre.

Mitsuri se volteó rápidamente, reconociendo a Sanemi, sin su chaqueta y corbata. Le parecía raro eso, puesto que imaginó que los pilotos habrían salido mucho antes.

—Shinazugawa-san, ¿no venía usted con Iguro-san?

—Dejé al idiota dormido como una piedra. Búscalo si quieres —informó, señalando con el mentón el avión.

—¡¿Qué?! ¿Cómo es posible eso? —el hombre encogió sus hombros, pasando por su costado.

—Mejor apresúrate antes de que el personal de limpieza llegue. Van a demorar, como siempre, en este aeropuerto de segunda categoría —farfulló, en lo que siguió su camino.

Atónita, la aeromoza no tuvo mayor opción que regresar por donde vino, asombrada de la lentitud del personal como para que continúen sin desocupar el avión, limpiarlo y separarlo; eso no sucedía con frecuencia, ni debería suceder. Lo único que podría hacer era dirigirse a la cabina y despertar al copiloto, por lo que apresuró el paso.

Encontró la entrada del avión cerrada, lo cual le hizo fruncir el ceño con molestia: el piloto la cerró, a sabiendas de que el copiloto seguía dentro. Quizá le quiso jugar una broma pesada, pues conocía la extraña amistad entre el pelinegro y el de cabellos blancos. Abrió sin mucho esfuerzo la puerta, ingresó y volvió a cerrarla tras de sí. Estaba un tanto avergonzada por lo que iba a decirle a Obanai, pero estaba convencida de que iba a agradecérselo. Además, podría aprovechar en invitarlo a cenar fuera, por primera vez, y no en el cafetín de un aeropuerto como siempre acostumbran, para devolverle la bufanda. Si se la devolvía ahora, estaría obligada a andar todo el día con el escote pronunciado; lo mejor era ir por sus cosas y colocarse su suéter. Si bien esto último podría hacerlo ahora, dado que seguía con su maletín en la mano, era una buena excusa para salir con Iguro de una buena vez. Por esta ocasión, sería ella la de la iniciativa, pues pensaba que él era bastante tímido como para invitarla.

"O no quería hacerlo" se dijo con tristeza, a la par en que se detenía antes de ingresar a la cabina de pilotaje. Ella quería pensar que era del agrado del piloto, por algo frecuentaban bastante, pero una parte de la Kanroji insegura del pasado le sembraba la duda acerca del sentir del pelinegro. No obstante, los comentarios de Shinobu acerca del obvio interés de Iguro en ella, le daba el valor para atreverse a dar un paso más.

Sonriendo, respiró hondo y abrió la entrada de la cabina de pilotaje, encontrando al joven piloto dormitando en su ubicación. No se esperaba algo así, si era sincera, pero ya después le preguntaría por qué durmió en su lugar de trabajo. Enternecida, quiso reír, empero se acercó sigilosamente para observarlo mejor. Nunca lo había visto tan apacible y sereno, aunque con un ligero fruncimiento de cejas. Entrecerró los ojos al ver su varonil perfil, sus perfiladas cejas y sus delgados labios, algo separados. Mitsuri se agachó un poco, solo para apreciar las cortas pestañas que cubrían los ojos que admiraba en secreto; se acercó a su rostro lentamente, queriendo vislumbrar unos segundos más las facciones del hombre. Contuvo un sonido de su garganta al notarlo guapo hasta dormido, así como sus ganas de querer aprovechar la situación y besarlo, tal como se imaginaba cuando soñaba despierta. Podría ser sigilosa, sin que se diera cuenta, ya estaba acercándose, aún ligeramente agachada hacia él, poco a poco…

—Kanroji…

No se movió más, quedándose en la misma posición: con las rodillas un tanto flexionadas, el rostro a centímetros del mentón del varón y los ojos verdes extremadamente abiertos. Asustada, pensó que fue descubierta, al ser nombrada en un suspiro, mas grande fue su sorpresa al notar que Iguro mantenía los ojos cerrados. Eso significaba que estaba pensando en ella o soñando con ella, lo cual hizo que su corazón quisiera salirse de su caja toráxica. Le fue inevitable suspirar también, sin preocuparse porque el aire caliente estuviera dirigido a la quijada del otro. Decidió, entonces, que ya estaba harta de esperar un paso de su parte, lo mejor era arriesgarse.

No lo meditó más y juntó sus labios con los del piloto.

Lo notó despertándose e, inclusive, pudo sentir la sorpresa en él, pero no quiso separarse. Entreabrió los ojos solo para ver qué tan impactado se encontraba el piloto y no esperó que este luciera tan tranquilo. Mitsuri se dijo que los delgados labios de Obanai son tan tersos como imaginaba, una sensación que no olvidaría. Sin embargo, sabía que tenía que darle una explicación, por lo que se separó.

—Iguro-san, lo siento, yo…

La frase quedó ahí al ser halada, nuevamente, hacia el rostro del piloto, siendo este quien comenzó el beso.

Lo que pensó que había sido alguna interrupción a su bello sueño, terminó siendo una inolvidable realidad con la protagonista de este. Iguro Obanai, por primera vez, decidió rápidamente que debía hacer algo y no desaprovechar la oportunidad que Mitsuri le estaba ofreciendo. No tenía mayores dudas ahora, tenía la certeza de que sus intenciones con la aeromoza son correspondidas.

Sostuvo con una mano el sonrosado rostro de Kanroji, mientras que con la otra pudo retirar el cinturón de seguridad con éxito. El pelinegro se acomodó mejor en el asiento, sin dejar de envolver los labios de la joven con los propios, para luego sostener la cintura de esta y halarla hacia su cuerpo. Con sorpresa, vio que la aeromoza dejó de tener las rodillas ligeramente flexionadas, para luego poder estar de pie, con el torso inclinado hacia él, siendo ella la que terminó por tener el control del beso. Iguro disimuló el sobresalto al sentir cómo Mitsuri se sentó sobre sus piernas, colocando sus delicadas manos en el rostro del piloto.

La fémina se movió un poco sobre el hombre, escuchando gustosa el suspiro que salió de él, una vez que interrumpió el beso. Ella pasó saliva al ver sus ojos heterocromáticos casi nublados, pero muy atentos a ella, por lo que no pensó más y se puso de pie. Notó la estupefacción en Obanai, quien probablemente pensó que estaba por irse, pero la sorpresa aumentó al ver cómo ella volvió a sentarse a horcajadas, teniendo su rostro sereno y sonrojado en frente suyo. Mitsuri sonrió dulcemente al verlo sonrosado por primera vez, mientras que jugaba con los lizos cabellos negros en la nuca del hombre, antes de volver a atacar sus labios, esta vez con mayor ímpetu. Se percató de la poca movilidad que tenía él, por lo que quiso darle confianza, sosteniendo sus muñecas y dirigiendo las manos masculinas hacia su pecho.

El joven, concentrado en el beso con la aeromoza, había ignorado por completo que podía pasar sus manos por el cuerpo de la fémina, hasta ese momento. Tanteó la bufanda verde que él le había puesto, desatándola con facilidad, teniendo ante él la vista privilegiada de los redondos senos de Mitsuri, apenas sujetos por el brasier. Coló su mano dentro de la copa de este, sin tener necesidad de quitarle la blusa y la chaquetita, pero sí deteniéndose a retirarle el corbatín ámbar de su uniforme. Terminó por desabotonar los últimos dos botones de la blusa, para así tener la disposición del blanco torso de la fémina, el cual no tardó en acariciar. Su mano izquierda la mantuvo posada sobre la cadera de ella, mientras que con la otra realizó un suave masaje en el pecho de la chica, escuchando un suspiro de esta en medio del beso que no detenía. Obanai no creyó que esa fantasía se cumpliría en algún momento, siendo superada con creces. Con cierta reticencia, dejó los labios hinchados de Mitsuri, deslizando los propios sobre la garganta de ella, centrándose en el costado derecho de su cuello. Kanroji exhaló el nombre del piloto, sujetándose en sus hombros e, inconscientemente, moviendo su centro con la entrepierna del hombre.

Iguro no pensó algún día agradecer la pequeña diferencia de estaturas, tan solo por un par de centímetros, puesto que así pudo continuar el recorrido por el pecho de Kanroji con su lengua. Casi gruñó al escuchar los suspiros de esta en cuanto besó su seno, intercalando los movimientos de su mano; dejó de sostener su cadera, para ocuparse únicamente del torso de ella. Mitsuri, poco a poco, deslizó la chaqueta del piloto, solo alejándolo de ella en cuanto logró que la prenda cayera; después, se ocupó de la molesta corbata y de los primeros botones de la camisa.

Sentir los dedos y las rectas uñas de la mujer en su pecho le resultó gratificante, provocando que suspirara varias veces sobre el pezón humedecido de Mitsuri. Por un momento, se ocupó de la chaqueta de esta, al igual de su blusa arruinada y del brasier que se encontraba arremolinado en la cintura de la aeromoza. Iguro contempló durante unos instantes la vista de Kanroji semidesnuda sobre sus piernas, quien hacía movimientos circulares sobre sí, sin dejar de frotar los brazos del piloto, mientras le deslizaba la camisa, la cual terminó por tener el mismo destino de las otras prendas. Mitsuri pegó sus senos con el torso del hombre, volviendo a besarlo profundamente, enroscando sus delgados brazos detrás del cuello de este y dejándolo impávido.

Tal vez sea su casi nula experiencia con el género femenino lo que le impedía ir más allá, tan solo sabía lo que le estaba gustando y lo que quería descubrir para el disfrute de Kanroji. Sin embargo, sabía que quería más, sabía que deseaba terminar el acto. Y fue como si justo en ese momento, ella estuviese leyéndole la mente, pues quería lo mismo. La razón quiso golpearlo en ese momento, al percatarse que no era el lugar más idóneo para hacerlo, quizás era el de sus ensoñaciones, mas reconocía que cualquiera podría llegar y descubrirlos. La sola idea lo estaba aterrando, pero también lo excitaba de sobremanera, al punto de morder con más ímpetu el cuello de la aeromoza sobre sus piernas, quien tampoco se contenía al momento de gemir.

Mitsuri no tenía intención de detenerse, aún a sabiendas de que en cualquier momento el personal de limpieza podría llegar. Lo que sucedía no se lo imaginaba, pero el tener a Iguro Obanai, a quien tanto deseaba y de quien estaba enamorada, besándola ardientemente y tocándola justo como quería en ese contexto, era algo demasiado abrumador y no desaprovecharía la oportunidad. Ágilmente, coló su delgada mano por el abdomen duro del hombre, hasta llegar a la hebilla del pantalón y abrirlo con bastante facilidad. Quiso sonreír al percibir el respingo del hombre en cuanto bajó un poco de la ropa interior, hasta rozar el miembro de este. Su última acción logró que Obanai exhale, algo que quiso disfrutar por más tiempo, pero el recuerdo de la situación en la que estaban le hizo desistir de su plan, así que prefirió dejar para luego lo que podría hacer. Tan solo se conformó con una ligera estimulación, sin dejar de besar el cuello masculino de a ratos, sintiendo las manos del piloto en su seno y entrepierna, rozando su humedad cubierta aún por la braga, teniendo la falda arremolinada.

Iguro, para ese entonces, reconocía que su cordura estaba en el traste y lo único que quería era seguir disfrutando de Kanroji. Sus manos, las cuales llevaban largo rato acariciando los muslos y entrepierna de la fémina, subieron lentamente hasta su braga, para después retirarla, no por completo, dada la posición. Se acomodó en el asiento, sin dejar de sostenerla de las caderas. Por un instante quiso detener todo y ver los ojos algo nublados de la aeromoza.

—Yo… —exhaló, llamando la atención de la fémina—. Hace un tiempo…

Ante la pausa repentina, la chica lo interrumpió, cerrando sus verdes ojos dulcemente: —Te quiero mucho, Obanai-san —el pelinegro no contuvo su tenue sonrisa.

—También yo, Mitsuri.

Ella soltó una risilla corta, antes de volver a besar al piloto. En lo que envolvía sus tersos labios con los propios, teniendo sus manos sobre el pecho del hombre, este aprovechó en alzar lo suficiente el cuerpo de la fémina e introducirse en ella. Escuchar el gemido que soltó la aeromoza lo incitó a sostenerla de la cintura, para así disfrutar unos segundos; sin embargo, ella inició el vaivén, agarrándose de los hombros masculinos, dando rienda suelta a sus quejidos de placer, pero manteniéndose atenta a los suspiros y gruñidos del varón, quien volvió a subir una de sus manos hacia sus senos, manteniendo la diestra en la cintura de ella.

La velocidad de los movimientos de Mitsuri provocaba un brusco vaivén en su busto, el cual prácticamente se mantuvo frente al rostro del pelinegro. Este trataba de intercalar su boca en cada seno, sintiendo el placer en su miembro, como también la excitación en los sonidos que emitía la fémina. El mismo farfulló palabras ininteligibles ante la satisfacción que lo embargó luego de unos minutos en que ella mantuvo el ritmo de las penetraciones.

Kanroji emitió un gemido largo, deteniéndose luego de que el orgasmo también la embargara, segundos después de que el piloto tuviese el suyo. Apenas podía mantener la respiración, pero no cambiaría ni un instante del momento que acababa de pasar en la cabina de pilotaje de ese avión. La aeromoza mantenía los ojos entrecerrados fijos en el rostro ligeramente sudoroso de Obanai, quien exhalaba de manera pausada y quien solo pensaba que, lo que antes pensaba una metáfora encantadora sobre sus viajes en avión con Mitsuri, literalmente se estaba cumpliendo: con ella estaba tocando el cielo estando en tierra.

"Esto pasó, esto pasó, esto pasó…" pasado unos minutos y una vez más tranquila, Mitsuri mordió su labio inferior al entrar en cuenta de la posición en la que seguían, todavía manteniendo la unión de sus cuerpos, sin evitar regocijarse por lo sucedido. Después de todo, no se imaginaba que algo así pasaría, menos teniendo a Iguro sin decirle algo hasta el momento, aunque tampoco dejaba de verla. Ella casi ni quería romper el momento, aun cuando era consciente del riesgo de ser descubiertos en esa circunstancia y de las consecuencias que podría traerles. No obstante, tenía que reconocer que era de esas locas fantasías que antes no se le hubieran ocurrido, pero que ahora deseaba que se repitieran. Se sonrojó avergonzada de ese deseo, provocando que se removiera un poco y se retirara de su interior el miembro del pelinegro. Casi pega un brinco al sentir las manos de este en su cintura, evitando que se pusiera de pie.

—Uhm, Iguro-san… creo que debemos… vestirnos.

El hombre parpadeó, aún en su sitio; Kanroji estaba preguntándose si acaso no era evidente que tenían que salir cuanto antes del avión. Por fortuna, él pareció darse cuenta segundos después de ver que aún se mantenían en la cabina del avión, sin la totalidad de sus prendas. A la aeromoza le pareció adorable el sonroso apenado en el pelinegro.

—Tienes razón. Nadie debe vernos salir —Obanai exhaló, frotándose ligeramente la frente. La joven creyó que estaba por añadir algún comentario acerca de lo reprochable de la situación—. Aunque no me encuentro nada arrepentido.

Mitsuri sintió su corazón palpitar rápidamente, apenas conteniendo la sonrisa. Ella asintió, volviéndose a mirar los tranquilos ojos heterocromáticos del piloto, correspondiendo el sentir de ese momento. Era un pequeño secreto que podía mantener, además que podían conversar de ello cuando estén fuera.

—¿Tienes hambre? Podemos ir a cenar… fuera. No tiene que ser en el aeropuerto —pareció pensar unos segundos—. Siempre he querido invitarte a salir.

Obanai se sorprendió de su propia rapidez al concertar al fin la invitación que hace tiempo deseaba hacer, como si lo sucedido le hubiese dado el valor que tanta falta le hizo a lo largo de los meses, y es que no era para menos. Algo dentro de sí le decía que Kanroji también esperaba eso, bastante emocionada como lucía, y su frenético asentimiento, aun a medio vestir, fue suficiente confirmación.

Quién iba a pensar que ese día se cumplirían muchas de sus fantasías.

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La imagen utilizada no es de mi propiedad y también desconozco el autor, pero sirvieron de inspiración para este relato.

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