Uno de los mejores físicoculturistas del mundo, solamente detrás de uno cuyo nombre ni siquiera le gustaba recordar pues para él ese nombre era el símbolo de su perpetua derrota.
Aún así y tras ese complejo que lo atormentaba, Enji decidió abrir su propia cadena de gimnasios, la cuál crecía lenta pero seguramente. El negocio iba bien, todo era realmente tranquilo al encargarse únicamente de tres gimnasios y realmente se sentía enamorado de su trabajo.
Un día cómo todos los demás, llegó un joven de cabellos rubios, tan parecido a su rival que por un segundo pensó en correrlo más, su pensamiento fue desechado al ver el rostro inocente con el que ese joven se acercó a él para realizar su inscripción.
— Buen día. Quisiera inscribirme al gimnasio. –
— Claro, dame tu nombre. –
La mirada del rubio se llenó de un brillo dulce al darse cuenta de quién era la persona que le atendía.
— Oh ¿Usted es Enji Todoroki? ¿El mismo que conocen como Endeavor? –
La sorpresa del mencionado fue grande al recibir la pregunta, pues no muchos conocían acerca del arte del fisicoculturismo y por lo tanto, la mayoría de las personas que asistían a sus gimnasios solamente lo conocían por ser el dueño del lugar.
— Si, es sorprendente que me conozcas. No muchos saben que me dedico de lleno a las competencias antes que a los lugares. –
— Me ha tocado ver videos de sus competiciones, siempre me sorprende, por eso mismo quise venir a inscribirme en alguno de sus gimnasios. – De forma emocionada, el rubio estiró la mano para dar un apretón amable. — Mi nombre es Mirio Togata, es un placer conocerlo. –
— Muy bien, señor Togata. ¿Ya había hecho ejercicio antes? –
— No es necesario que me diga señor, aún no me truenan las rodillas lo suficiente para que me digan así. – El comentario jocoso fue suficiente para hacer al mayor soltar una carcajada inesperada hasta para él. — Solo dígame Mirio. –
— Está bien, Mirio. ¿Ya has hecho ejercicio con anterioridad? –
— Si, un poco. –
La respuesta le pareció obvia al ver la complexión corporal que mostraba el joven, pero con la costumbre de recibir personas nuevas en un estado físico cuestionable, la pregunta se había vuelto realmente rutinaria.
— Está bien. La inscripción tiene un costo de $$, de ahí puedes escoger pagar la mensualidad o la anualidad. Dependiendo cómo te acomodes. –
— Creo que por ahora, la anualidad está bien. – Mencionó, entregando la cantidad completa y dejándola sobre el mostrador.
— Está bien. Con esta tarjeta puedes venir a hacer ejercicio las veces que quieras en el mes, solo tienes que hacer un registro al llegar. –
Tras el proceso, él joven rubio le agradeció con una sonrisa y entró al gimnasio para estrenar su membresía. En ese momento, Enji pensó que había pasado mucho tiempo desde que veía a alguien tan decidido entrar a uno de sus gimnasios.
Tras ese día, no pudo evitar acordarse de la sonrisa del joven y procuró visitar más continuamente ese complejo en específico para verlo entrenar y apoyarle de vez en cuando.
Así pasaron las semanas en que siempre que podía, iba a la misma hora en la cuál sabía que lo encontraría, se paseaba por el lugar varias veces, viéndolo entrenar de lejos y terminar justo después de dos horas para prepararse un batido de proteína e irse de ahí, siguiendo religiosamente la misma rutina diaria, solamente exceptuando sus días de descanso.
— Buen entrenamiento el de hoy, Mirio. – Habló el pelirrojo, posando una mano sobre la espalda del mencionado.
— Si, hoy me concentré en el pecho y el abdomen porque ayer hice espalda y hombros. –
— Te aconsejo que intercales los días de tren superior con el tren inferior, para que no sobreesfuerces la misma zona. –
— Tiene razón, mañana haré pierna y me tomaré un descanso. –
Las manos del rubio temblaban al momento de intentar poner las cucharadas de proteína en su envase, por lo que él mayor tomó ambas cosas y le ayudó a preparar el batido.
— Se amable con tus brazos, acabas de cargar más de 50 kilos. –
— Ah, muchas gracias, entrenador. –
— Llámame Enji. – Mencionó con una sonrisa ligera mientras le entregaba el envase con la bebida preparada y agitada correctamente. — ¿Cuál proteína tomas? –
— Una de chocolate. – El tono tierno del menor junto con la acción débil de tomar la bebida con ambas manos, enterneció al mayor.
— Si quieres, puedo ayudarte a escoger una buena proteína y adecuar tus rutinas de entrenamiento. –
— ¿Haría eso por mí? – Innegablemente, los ojos le brillaron de emoción en ese momento, al saber cómo uno de sus ídolos se ofreció en ayudarle de forma tan amable. — Muchísimas gracias señor Enji. –
— Hey, solo llámame Enji. Aún no me truenan las rodillas lo suficiente para que me digan señor. – Guiñó.
