Aclaraciones importantes (o quizas no tanto): en el fandom de Saint Seiya se ha hecho costumbre llamar al lugar del que descienden Mu y Shion—tambien otros personajes de the lost canvas—Lemuria, y a sus descendientes Lemurianos, mas esta es una creencia falsa, siendo que estos realmente descienden del continente perdido Mu, tenia una civilización muy avanzada, y en el universo de Saint Seiya desaparecio en la gigantomaquia, segun el hipermito.
Pero haciendo esto una especie de "qué pasaria si...", jugue con una especie de sociedad muviana aun existente que por razones de comodidad—siendo que seria incomodo mencionar constantemente al continente muviano con Mu en escena—se le llamara Lemuria, justo como el fandom suele acostumbrar.
Con los datos frikis aclarados, ¡gracias por entrar!, disfruta el fic :)
Antes de ser Kiki, discípulo de Mu de Aries, era hijo de subastadores en la lejana Lemuria.
Aquellos dos adultos se dedicaban a vender todo lo que llegaba a sus manos de parte de traficantes del exterior, todo tipo artefactos místicos, armaduras rotas, y literalmente cualquier artilugio al cual pudieran sacarle un par de monedas de oro, y a los que no podían, los almacenaban en el sótano por meses o años hasta que su valor aumentará.
Y así fue como creció escuchando las voces de los objetos en su casa.
Desde que tuvo uso de razón era capaz de escuchar los susurros del metal, sus súplicas y llantos, sus gritos y quejas, pero al contrario de la mayoría, él no se sintió perturbado o acechado, sabía que quienes le hablaban no eran personas, solo eran simples objetos, y a pesar de sentir una enfermiza curiosidad por descubrir de qué se quejaban, no tenía permitido abrir la puerta del sótano.
Pero una simple puerta y una tonta prohibición no iban a detenerlo por siempre.
Cuando tenía cuatro años descubrió que una pequeña ventana en el patio daba al sótano, robó un cuchillo para destrabarla y sin temor se arrojó entre risas al sótano, risas que se detuvieron al darse un golpe seco contra el suelo.
—¡Ay, me duele!, ¡¿Por qué tiene que estar tan alto?!—se quejó con lágrimas en los ojos, acariciando su lastimado trasero.
Seguía siendo más divertido que literalmente cualquier cosa en la ciudad.
Observó todos los artilugios, mientras sorbía su nariz mocosa, y llegó a una conclusión, todos estaban dañados.
Una buena parte de las cosas respiraba, estaba seguro de ello, algunas incluso lloraban, más las que pudieron callaron y suspiraban con desconfianza.
—¿Qué les pasa?, ¡¿Por qué tanto silencio, si siempre gritan a través de la puerta?!—preguntó el niño con molestía.
¿Se había llevado un golpe en el trasero para semejante funeral?.
Incluso los que lloraban cesaron su gimoteo, pero en segundos el silencio se convirtió en susurros intentando comunicarse con él, usaban palabras complicadas que él no entendía, pero uno de los cachivaches le pidió un favor que logró entender a la perfección.
—Quítame el polvo, no puedo respirar.
El niño observó con sospecha de donde había venido la orden, un brazo, un brazo de armadura plateado.
Tomó con sus pequeñas manitos un pañuelo de su bolsillo, y lo sacudió con una arrogancia impropia de un infante.
—¿Y si no quiero?—todos los susurros se detuvieron—Yo no sigo órdenes de cosas.
—No es una orden, joven, es una súplica de una vieja armadura abandonada.
Lo pensó por unos instantes y luego bufó aburrido.
—¿Por qué me interesarían tus súplicas?, No eres una persona—le volvió a recordar.
—¿Se aburre, Joven?, ¿Qué le parece un trato entonces?
—¿Qué me ofreces a cambio de quitarte el polvo?—preguntó irritado.
—Te contaré un par de historias.
—¡Yo soy un niño grande!, ¡No me interesan tus cuentos!—reclamó enfadado, él no era ningún bebé.
—Oh, pero no son cuentos, le estoy ofreciendo mis secretos con tal de sobrevivir.
—¿Los secretos de un aburrido soldado muerto?, ¡Ni hablar!—espetó con soberbia.
—Pero no es cualquier soldado muerto, este es un caballero de Athena.
El pequeño abrió la boca sorprendido, los Santos de Athena eran una leyenda viviente en Lemuria.
—¿Caballero de Athena?, ¿Como el Señor Shion de Aries?—cuestionó interesado.
—Patriarca.
No estaba del todo seguro de que significaba esa palabra, pero no quería quedar como un tonto frente a esos vejestorios.
Pasó su pañuelo por todo el brazo plateado, quitando el polvo con impaciencia, más la misma pieza de armadura empezó a susurrarle que lo estaba haciendo mal, y que así no la ayudaría, y murmuró cómo limpiarla correctamente ante la molestía del niño.
—¿Contento?—preguntó con sarcasmo.
—No, aún estoy sangrando.
—No puedo ayudarte con eso.—se cruzó de brazos—Ahora cuéntame de los caballeros—se sentó en el suelo, silenciando con una mano a los artilugios que volvían a sus sollozos y susurros.
Con los años, las palabras de los objetos se hacían más claras para él, el brazo de la armadura se negaba a confirmar cuál era el resto, o donde estaba, pero nunca dejó de contar historias a cambio de quitarle el polvo de vez en cuando, el resto de artilugios siguieron su ejemplo, y empezaron a hacer los mismos tratos, y en cierto punto, siendo víctima del aburrimiento, a cada nuevo objeto en llegar, él mismo le ofrecía servicios a cambio de secretos.
—¡¿Por qué no me respondes?!—se desesperó señalando al casco romano que sus padres habían traído el día anterior.
—¿Cómo podría responderte algo sin vida?
El niño volteo con curiosidad y observó al brazo de armadura.
—¿Murió?—cuestionó rápidamente.
De haber muerto, ¿Como no lo había notado?, ¡Él siempre notaba cuando un artilugio de esos moría!.
—Algo que nunca estuvo vivo, no puede morir.
—¿Entonces está roto?—tomó el casco con sus manos y le dio vueltas con curiosidad.
—Está en perfecto estado, pero no es como nosotros, nosotros estamos vivos, fuimos bendecidos por una deidad para sanar, hacernos más fuertes, más útiles. Eso que tienes en las manos… es solo un casco.
El niño suspiró con decepción.
—¿Entonces una diosa te bendijo y ahora eres una armadura que habla?.
—No estoy hablando.
Casi se asusta por la sinceridad de sus palabras.
—No eres yo, ¿O si?.
—No. Soy yo, la armadura.
—¡Estás hablando!—se molestó por el susto.
—No, tú me estás escuchando, yo no soy una persona como para poder hablar.
Hubo un silencio tenso por un par de segundos.
—Hace mucho tiempo que nadie me escuchaba.
—¿Quién te usaba no podía escucharte?—cuestionó peinando su cabello con aburrimiento.
—No, era yo, es decir, él era yo, yo soy él, podía sentirme.
—¿Pero no eres una persona?, ¡¿Cómo puede ser eso?!—preguntó escandalizado.
—No soy él, él está muerto, pero soy su esencia, soy la esencia de todos los caballeros a los que pertenecí, pero a su vez, no soy la esencia de ninguno, soy solo una simple armadura.
—Por eso nunca hablan entre ustedes…
—Exactamente, una armadura no escucha a otra, porque un objeto no habla ni oye.
—Yo...—el niño se sobresaltó al escuchar la campana del centro—¡Ya es medio día!, ¡Debo llevar el casco y a ti a la subasta!, ¡Papá va a molestarse mucho!, ¡Va a matarme!.
Tomó ambas cosas corriendo con velocidad al teatro central, el brazo no emitía una palabra, realmente extrañaría sus historias.
Especialmente en tan insípido lugar.
Al llegar agradeció que estaban atrasados, dejó las cosas en su puesto y se quedó cerca a observar.
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Mu entró al teatro con sus ropas de civil, y vio el brazo de la armadura desde lejos, lo había encontrado.
Llevaba semanas buscando la armadura de de Texante, y finalmente tendría la última pieza, esperaba no tener que provocar un escándalo.
Espero de pie junto a los objetos cuando un niño de unos seis años tomó el brazo y lo llevó tras bambalinas, alguna tontería, pensó, ya lo traerían de vuelta, pensó, más no fue así, la subasta terminó, y el brazo nunca hizo acto de presencia, por un momento pensó que alguien lo habría comprado con anticipación y ahora tendría que volver a seguirle el rastro por toda Lemuria, más al agudizar el oído pudo escuchar su respiración cerca, ya iría por ella.
Sintió como uno de los artilugios—algunos de guerras santas pasadas—, se retorcía de impotencia por una de sus pequeñas palancas atoradas, pensó en moverla rápidamente, pero el niño que se llevó el brazo se le adelantó y lo hizo con un resoplido de molestía, como a quien lo aqueja una orden.
¿Acaso aquel niño lo había sentido también?.
Sus miradas se cruzaron por un segundo y lo supo.
—Papá va a molestarse mucho, ¡Pero yo me aburría tanto sin este guante!—lloriqueó sacándolo de su escondite para volver a casa.
—No deberías molestar a tu padre—una voz misteriosa le aconsejó.
Y no era la de la armadura.
El niño saltó con sorpresa y se escondió bajo la manta en la que anteriormente había escondido el brazo.
—¡No me delates!—suplicó con voz nerviosa.
—Eso veremos, pequeño—el desconocido recogió el brazo con facilidad—¿Por qué quieres esta cosa vieja?—cuestionó con fingido desinterés.
—¡No quiero volver a aburrirme!.
El adulto arqueo una ceja—Sal con tus amigos o algo, pero no juegues con artefactos divinos.
—No tengo amigos—susurró con vergüenza saliendo de su escondite.—No tienes idea de lo que es ser yo en Lemuria, todos ustedes son tan rectos y serios, si veo otra mirada vacía en un niño meditando en el parque, ¡Voy a arrojarle una piedra!—amenazó frustrado.
Si supiera que él lo entendía más que cualquiera.
El desconocido soltó una risa simpática y revolvió los cabellos pelirrojos del niño.
—Claro que me hago una idea, yo vivo en el exterior, ¿Sabes?, Creo que nunca fui feliz hasta que salí y pude conocer todo el tipo de gente que hay allá afuera.
—¿Son divertidos?—preguntó con una mirada esperanzada.
—Si, los que no quieren asesinarte, lo son—le aseguró el hombre.
—¡Y yo aquí escuchando los cuentos de un brazo!—se quejó con furia, para luego darle una mirada nerviosa al adulto.—¡Soy raro!, ¡No me juzgues!.
El hombre le dio una sonrisa serena.—Soy Mu, y tú algún día harás mucho dinero con esa habilidad tuya, pequeño—le aseguró con un guiño tan calmado que parecía extraño.
Y luego Mu simplemente desapareció.
Con el brazo, iba a ser más que castigado.
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No podía dejar de pensar en Mu, jamás había visto una demostración de teletransportación tan perfecta y natural.
Dio un suspiro, si él pudiera hacerlo, podría huir de ese tonto castigo.
Sus padres lo regañaron severamente por perder el brazo, y le acusaron de mentiroso cuando les dijo que un hombre que podía teletransportarse aparentemente muy lejos, se lo llevó.
Arrojó sus almohadas con molestía a la pared.
—¡Nunca me creen nada!, ¡Siempre soy el mentiroso!, ¡Siempre soy el raro!, ¡Odio Lemuria!, ¡Yo también quiero irme y que intenten matarme!—gritó a todo pulmón, y se sintió mejor, al menos tenía la casa sola.
Pero estar encerrado en su cuarto no ayudaba, ahí todo era aburrido, ahí nada hablaba, a excepción del aún más aburrido brazalete que puso en su brazo esa mañana, solo soltaba melodías extrañas, casi cantando, pero no le gustaba su canción, lo hacía sentir triste.
En su momento le había parecido gracioso.
Se arrojó a la cama frustrado, Mu le dijo que algún día ganaría mucho dinero con su habilidad, pero él no le creía, solo ganaría ir al loquero de seguir así. Deseaba no poder oír las molestas voces de las cosas en su casa, de ser así hubiera salido a meditar y a conocerse a sí mismo como todos los demás niños, en lugar de entrar por la ventana al sótano, de ser así nunca hubiera oído del exterior, de ser así no sería diferente a nadie, y de ser así… no se sentiría tan solo.
Incluso en los brazos de sus entregados padres se sentía desprotegido y solitario, sentimientos que sabía que un niño con una familia amorosa no tenía porque tener, pero era tan ajeno a los ojos fríos de toda Lemuria que simplemente se sentía como un extranjero.
Y Dios sabía que eso no era bueno.
Aún era joven, tal vez aún estaría a tiempo de hallarle el gusto a eso de la introspección y la cultura lemuriana y podría tener una feliz vida, lejos de cualquier cosa que hablara.
Se colocó en la posición sagrada que usaba el resto de la ciudad e intentó concentrarse y explorarse, como sus padres siempre le pedían.
Y luego de un par de minutos, rompió la ventana bloqueada de su cuarto y salió corriendo de la casa.
Eso de la introspección no era para él.
Y ya estaba muy castigado, ¿Que importaba?.
Camino con rostro serio por las calles por unas horas, estaba bien vestido por la subasta del medio día, así que no llamó la atención, pero alguien sí llamó su atención.
La de todo él que pasaba, realmente.
Mu meditaba como lo hacía cualquier ciudadano de Lemuria, no había nada extraño en una introspección rápida antes de tomar cualquier decisión.
Lo que era raro era su ropa del exterior, que solo había visto en fotografías.
—¿En que medita, señor Mu?—preguntó el niño con curiosidad, sentándose junto a él, ganándose las miradas alarmadas de los transeúntes.
—intentaba contactar con mis compañeros en el exterior, pero el sello en la barrera es muy fuerte, nada sale.—explico más para si mismo que para el pequeño chismoso.
—¡Obviamente, señor!, ¡La barrera la hizo el gran caballero de Athena, Shion de Aries!—le explicó orgulloso.
Mu le dio una sonrisa torcida—Con que Shion de Aries, ya lo veo, discúlpame.—observó las ropas del niño por unos segundos, ¿No era lo que usaba esa mañana?—¿Dónde están tus padres?.
—Me escapé—confesó a la ligera, ganándose una mirada sería del hombre.
—Te devolveré con tus padres.—Sentenció jalandolo del brazo.
—¡Ellos no están ahora!, ¡Aún entregan lo que vendieron hoy!—se quejó intentando soltarse.
—debes estar seguro en tu casa—le recordó sin interesarle.
—¡Lemuria es literalmente el lugar más seguro del mundo, torpe!
Mu soltó un suspiro cansado.
—Entonces estarás bien solo.—concluyó para irse en dirección contraria.
—¡Espéreme!—cual tonto masoquista el pequeño corrió tras él y se posicionó a su lado.—¿Vino a ver a su familia?—preguntó con una mirada curiosa.
El hombre hizo un esfuerzo por no voltear los ojos, que niño tan imprudente acabo por impresionar.
—No tengo familia—aseguró, ganándose una mirada de reconocimiento.
—Escapó y salió al exterior, ¿Como lo hizo?—preguntó emocionado.
—¿Me delató la utopía?—bromeó Mu señalando a su alrededor, el pequeño asintió eufórico.
—¿Cómo salió?, ¿Qué edad tenía?.
Mu ignoró sus preguntas y continuó caminando, deteniéndose frente a una obra callejera.
—No entiendo nadaaa—se quejó el niño con irritación.
—Se supone que es una historia de amor y guerra—señaló tranquilamente.
—Yo solo veo a un montón de raros con pintura y vestidos—entrecerró los ojos.—¿Por qué a los demás les gusta tanto?—miro a los rostros del resto, maravillados con la actuación.
—Porque es hermoso, pequeño—le removió el cabello.
Y se sintió hipócrita, de niño también le parecía la mayor tortura visual existente, pero incluso el hombre más desastroso de Lemuria acaba siendo el más recto del exterior, la agitación del resto del mundo lo hacía extrañar las pequeñas costumbres de su país.
Justo como esa, el teatro callejero.
—¡Es bizarro!—el niño hizo un gesto de asco.
Luego de que los actores se dispersaran, Mu observó al pequeño pelirrojo correr y saltar de un lugar a otro, sin notar las miradas escandalizadas que provocaba.
En cierto punto de su caminata el niño detuvo sus juegos y comenzó a caminar junto a él nuevamente, invadiendolo de preguntas del exterior que Mu dudaba en contestar, sabía a donde iba eso, aquel era un pequeño cuyo sexto sentido le permitía escuchar a las armaduras, algo maravilloso, siendo que en su vida jamás conoció a otro que fuera capaz de hacerlo, ni siquiera su maestro, el niño frente a él, junto consigo mismo era una de las casi nulas personas en la faz de la tierra con ese don, y sabía lo vulnerable que lo hacía en más de un aspecto.
Para empezar, estaba expuesto constantemente todo tipo de artefactos divinos, corría no solo el riesgo de ser descubierto por traficantes, sino de ser sometido por los mismos artefactos al no saber cómo tratarlos correctamente, por todos los cielos, encontró al niño hablando con el brazo de una armadura que no le pertenecía, eso pudo haber terminado fatal a largo plazo. Y ni siquiera tenía ganas de pensar en el calvario emocional que debería estar pasando, él ya lo experimentó.
"Debes sentirte como un bicho raro, ¿cierto?"
Mu sintió la necesidad de abrazarlo y decirle que todo estaría bien, que él no era el problema. Pero tampoco se consideraba capaz de criticar a la sociedad lemuriana que lo separaba del resto.
Pero si había algo que podía hacer…
Tomó al niño del hombro y lo teletransportó al granero donde se estaba quedando, el niño reconoció la zona rápidamente.
—¿Qué hacemos aquí?—preguntó con curiosidad, sin sentirse inseguro.
Mu lo ignoro y en vez de responderle levantó una sábana y le mostró la caja de Pandora de la armadura de Texante.
El niño jamás había escuchado con tanta fuerza los susurros de un artefacto.
El hombre abrió la caja y colocó cerca del pequeño, el brazo que le había arrebatado esa mañana.
La armadura le susurró un saludo
—¿Me lo está devolviendo?.—cuestionó con duda.
—No.—y sin vacilar destruyó la pieza de un solo pisotón.
El niño no tenía porque saber que iba a repararla de cualquier manera.
—¡¿Por qué hizo eso?!, ¡¿Esta demente?!—se arrodilló frente a los trozos con desesperación, los gritos de la armadura no lo dejaban pensar.
Mu lo tomó de los hombros y lo separó del piso.
—Deja de oír los gritos—le exigió con voz firme.
—¡Está sufriendo!
—¡Es una cosa!—le recordó frustrado—una cosa con la que has negociado, conversado y compartido, ¡Las cosas no pueden hablar!—sacudió al niño.—jamas, entiende, jamás, vuelvas a hablar con una cosa, las armaduras deben tratarse con respeto, pero nunca tratarlas como persona, ¿Entendido?.
—s...si—tartamudeó con nervios, por alguna razón se sentía más ligero.
—No debes escuchar sus susurros, solo siente lo que debas sentir en el momento en el que sea necesario y será suficiente, los sentimientos son más claros que las palabras, y podrás buscarlos tú mismo.
—No logró comprenderlo, señor Mu—el niño murmuró.
Mu lo pensó por unos segundos.
—¿Puedes venir mañana?.
_
Mu pasó los siguientes días sacando al pequeño de su cuarto y llevándolo al granero para enseñarle todo lo posible en el tiempo que le quedaba, y siendo que el niño estaba castigado con encierro, nadie notaba su ausencia.
—¡Podría enseñarme a teletransportarme como usted, y así podría venir solo!—saltó emocionado mientras almorzaban.
—Es una técnica complicada, depende mucho del sexto sentido—Mu le explicó con una sonrisa.
—¡Pero yo soy muy listo, señor Mu!, ¡Yo podría aprender!—se señaló con arrogancia.
—¿Y dejarte solo con semejante habilidad?, Suena como un peligro latente, pequeño—empezó a reír de solo imaginar al niño escapando de sus padres.
El pequeño pelirrojo de la nada ya no parecía emocionado, y el hombre no era tonto, sabía perfectamente porque, a él también le hacía decaer la idea de dejarlo solo de nuevo en la fría Lemuria, pero ahora que podía manejar correctamente su habilidad, le iría mejor.
—Hoy intentaremos meditar, te hará bien.
—Odio este lugar—refunfuñó el niño entendiendo sus intenciones.
—No digas que odias Lemuria—lo regañó el adulto.
—Todos aquí son tan fríos, tan serios, tan perfectos, ¡¿Están vivos siquiera?!.
Y Mu no supo qué responderle, porque él se había estado preguntando lo mismo toda la semana.
Y si para él fue difícil su infancia en Lemuria, no quería imaginar cómo era para ese pequeño quien era diez veces más hiperactivo que el niño promedio en el exterior, y es que él era una persona bastante libre, y Lemuria de por si, ya era una jaula de oro.
—Meditaremos igual.
El niño gimió hastiado.
—Sería tan divertido si tuviera un hermano como usted—Pensó en voz alta—o a un padre, o un abuelo, o un primo, amigo, vecino, el panadero… todo mejoraría si usted estuviera aquí, sea cual sea su papel—murmuró desanimado.
—Siempre seremos amigos, pequeño, tú y yo, los únicos en el mundo capaces de entendernos—Mu susurró antes de pensarlo.
Lo que faltaba, ahora haría al niño sentirse incomprensible.
—Los únicos en el mundo…
Ese día, cuando volvió a casa, sus padres lo esperaban en su habitación vacía, sorprendiéndose como nunca en su vida, cuando en lugar de regresar por la ventana rota, lo hizo de la mano de un hombre extraño con ropas del exterior.
Mu se quedó paralizado, y recibió un puñetazo en el estómago que lo descolocó por un segundo antes de recibir una bofetada furiosa.
—¡Váyase!—Le grito el niño con ojos llorosos al ver como sus padres seguían intentando asestarle golpes.
Y en menos de un segundo, estaba en el granero.
Soltó un gemido de frustración, ahora el niño pasaría un muy mal rato, un rato largo, para sumarle problemas, llamarían a la guardia del país, lo buscarían, y lo encontrarían, en cuestión de segundos.
—Maldición—y no solía maldecir, pero era necesario.
Salir de Lemuria era una hazaña que necesitaba planeación y calma, causaría problemas, a todos, a Shion, a la mismísima Athena, a los lemurianos en el exterior a quien ahora los tratarían con más cuidado al visitar su antiguo hogar.
No se arrepentía de nada, tal vez de ser tan descuidado al llevar al niño directamente a su habitación.
Los únicos en el mundo.
Realmente no sé arrepentía.
Dio un suspiro cansado y tomó tan solo las dos cajas de Pandora, para irse antes causar más problemas, tendría que inventar una buena excusa para su maestro.
Y de la nada sintió una presencia más que familiar en la entrada del granero.
—¿Cómo…?—el hombre empezó a preguntar.
—¡Le dije que soy muy listo!—fue la única explicación del niño.
¿En qué demonios se metió con ese niño?
—Debo irme de Lemuria, Ya.
—Seria tonto si no lo hace.—murmuró con una sonrisa nerviosa.
—Y soy un caballero de Athena.
—Lo veo en su espalda—señaló las evidentes dos cajas de Pandora.
—¿Estás dispuesto a trabajar duro para ganarte un lugar en mi mundo?, ¿En el mundo del exterior?.
—¡¿No lo estaba haciendo ya?!—el niño chilló indignado y Mu solo soltó la risa más honesta y llena de adrenalina de su vida.
—No me odies al crecer—Mu le extendió una mano y apenas el niño la tocó, se teletransportaron lejos de ahí.
_
Oh, por Athena, ¡Acababa de secuestrar a un niño!, ¡¿En que se había convertido?!.
Arrancó a una criatura de seis años de los brazos de sus padres, con el argumento de que el niño no lograba formar parte de su cultura, y se sentía identificado con él, lo convenció de que jamás nadie lo comprendería excepto él, y el niño solo entro en pánico y lo siguió, ¿Qué había hecho?
Observó al niño dormir ajeno a todo en el vagón de carga al que habían saltado luego de esquivar las trampas del país, y de la nada, la situación no se le hizo tan horrible.
No podía arrepentirse.
Sabía que ellos dos eran personas diferentes, y que ser secuestrados por el santuario no les sentaría igual de bien, pero a pesar de que le había arrebatado la posibilidad de una cómoda vida en el país más malditamente seguro en el mundo, le estaba ofreciendo a cambio lo que el niño más anhelo durante su corta vida, el mundo.
—Ya no más escuchar historias de armaduras, pequeño, tú vivirás tus propias aventuras—susurró de manera casi inaudible, aún así, perturbando el sueño del niño.—¿Cual es tu nombre?—preguntó con voz suave al verlo despertar.
El infante se quedó paralizado por un instante, antes de levantarse con dificultad y gritar a todo pulmón, observando la vegetación en el camino.
—¡Kiki!, ¡Ese es mi nombre!, ¡¿Quedó claro?!.
Y Mu vio en sus ojos que era mentira, ese no era el nombre que le habían dado sus padres, porque él a su edad había hecho lo mismo.
—¿No extrañaras a tus padres?—cuestiono Mu cargado de culpa.
—Amo a mis padres, pero mi destino es ir con usted, ¡Estoy seguro!, ¡Somos los únicos en el mundo capaces de entendernos!—volvió a gritar con alegría.—¿No siente lo mismo?
Lo hacía, de alguna forma también sentía que nacieron bajo las mismas estrellas, y sus destinos estaban entrelazados.
Y aunque Mu sabía que solo era la emoción del momento, y que luego lloraría sin remedio, justo como lo hizo él en su momento cuando bajó su adrenalina, de cierta forma, se sintió seguro, Kiki ya luego descubriría que el mundo exterior podía ser bastante comprensivo—los que no querían asesinarlo—, pero hasta entonces, lo tendría a él, siempre lo tendría a él.
—Los únicos en el mundo, Kiki.
