"Este fic participa en la actividad multifandom del foro Alas Negras, Palabras Negras."
Disclaimer: Weathering with you es propiedad de Makoto Shinkai, quien nos dio la maravillosa Your name
Prompt: Pasado
NOTA: Final alternativo
En la soledad del cielo, se escuchó el rugir de un dragón. Hina no pudo moverse, atrapada en la energía de la lluvia.
―¡Hina!
Abrió sus ojos débilmente, la fuerza del agua que envolvía sus brazos se aflojó. Se alejó de ella serpenteando en un grupo de brillantes gotas.
«Hodaka»
El suelo bajo ella cedió como la nube que era en apenas un instante. Y Hina atravesó de su espesura tan rápido que apenas notó que estaba cayendo a través del cielo.
Su exclamación se perdió con el rugir del viento, solo un fuerte ruido de agua resonaba en sus oídos mientras se precipitaba contra la tierra. Asustada, Hina estiró sus manos sin encontrar a que aferrarse mientras atravesaba nubes oscuras a toda velocidad.
Cerró los ojos cuando el cielo se iluminó, Hina recordó la primera vez que había cruzado el arco por su madre. Hace apenas unos segundos se había resignado a permanecer atrapada en el cielo para siempre. Al mirar abajo gruesas lagrimas brillaron al caer por sus mejillas. A través de las nubes la ciudad apareció tan imponente y gris, los edificios reflejaban los rayos del sol.
No, si llegaba a la tierra el clima volvería a arruinarse. Días grises en los que era imposible respirar, todos los que esperaban contar con el sol el resto de sus vidas…
Una voz sonó en su oído, en el aire, el agua.
«Es hora que tengas una vida. Te mereces felicidad, Hina. Como la que nos diste»
―Hodaka…
―Oh, eres tú. Hace tiempo que no te veía. ―Fumi sonrió, pero vaciló cuando vio su expresión―. ¿Dónde está el chico que te acompañaba?
Hina apretó sus puños, la amargura creció por su gargante. La mujer negó con la cabeza y abrió la puerta.
―No importa, pasa.
Agradeció que Fumi no insistiera e hablar sobre eso, Hina no creía poder explicarle todo lo que pasaba por su cabeza.
―Tres años llenos de sol ―comentó la anciana, ambas tenían una taza de té en sus manos―. Quería expresarte mi agradecimiento, pero no sabía como contactarte. Supongo que ahora tienes mucho tiempo libre.
Hina tomó un sorbo largo para pensar bien su respuesta.
―Sí, ya no trabajo como chica del sol.
No podía, en realidad.
Fumi colocó frente a ella un tazón con golosinas.
―¿Cómo está tu hermano? ¿Y tú?
―Nagi está bien. Estoy bien. ―No le gustó como temblaba su voz, incluso su sonrisa se negaba a aparecer.
Fumi suspiró. Dejó la taza y observó la ventana.
―Los jóvenes piensan que somos tontos ―rio con un dejo de tristeza―. Mi nieto me decía lo mismo, hace mucho tiempo. Pero tenía la misma expresión que tú, estaba buscando algo pero no sabía qué.―Se volteó hacia ella con una mirada intensa―. ¿Sabes lo que buscas?
Hina bajó la cabeza y sus ojos tristes le devolvieron la mirada desde el té.
―Lo sé ―murmuró, las lágrimas aparecieron solo con el recuerdo―. Lo que busco... no lo puedo alcanzar.
La ciudad ahora era desconocida para ella, había nuevas tiendas y más niños en el parque. Sin la lluvia los ruidos no quedaban y la vida resaltaba a su alrededor.
Hina podía ser feliz, pero cada día la acompañaba una sombra persistente. Cuya culpa escaldaba cada vez que observaba ese edificio abandonado donde todo había comenzado. Desde la muerte de su madre y el nacer de sus poderes hasta la última vez que vio a Hodaka.
Sus recuerdos de esos tres años eran bastante difusos, solo la vaga impresión de caer bajo un cielo soleado y la llegada de la policía. Sin embargo, la imagen del arco roto era lo más presente en ese momento. Mientras se la llevaban, intentaba comprender de donde provenía ese sentimiento de pérdida.
Ni Keisuke ni Natsumi lo habían visto desde que corrió para salvarla. La última vez que Nagi lo vio le había gritado que fuera a traerla. La única noticia que tenían sobre él era la investigación abierta sobre su desaparición hace tres años. Sus padres habían llegado a Tokio para buscarlo, pero después de un año sin frutos tuvieron que regresar a su pueblo cuando quedó en claro que Hodaka se había esfumado de la tierra.
Hina no le había dicho a nadie, pero cada vez que miraba al cielo recordaba la ultima vez que escuchó su voz. Antes recordaba solo a su madre, pero a la de ella se sumaba la imagen de su amigo.
Hina se detuvo y junto sus manos, ya se había acostumbrado a la ausencia de agua a su alrededor, incluso en las raras ocasiones en que llovía. Sin embargo, al igual que en esos tres años, el cielo no le respondía.
―¿Qué hiciste, Hodaka? ―susurró.
Tampoco hubo respuesta.
Una gota cayó desde su barbilla hasta el dorso de su mano, luego otras hasta que se vio obligada a abrir el paraguas que llevaba solo por costumbre para las lluvias ocasionales.
Ni siquiera era tan fuerte, el agua no llegaba a inundar los pisos.
Hina atravesó la calle cabizbaja. Algunas personas disfrutaban de la lluvia, ajenas al que había permitido ello. Ajenas a quien por poco pagaba el precio.
