Enero de corazones

En el natalicio de A. Rickman, el mayor creador de Severus Snape.

Era de tarde, cuando asomando por la Torre de Gryffindor hacia el sol cayendo tras las montañas, Hermione Granger aceptó lo que sentía por Severus Snape.

Fue con la calma del corazón que se rinde a un sentimiento. Ese saber que no requiere respuestas de cómo, ni de por qué. Hermione admiraba el horizonte rojizo, como si acudiera a un llamado, y en el viento que le removía los largos rizos, supo que un aviso había sonado en su interior, hasta que esta tarde la llenó un fuego apacible, en vendaval, que a cada corazón cobija y hiere, porque acaricia y mortifica en abrazo inquebrantable.

Y la castaña sabía que su sentimiento ya no iba a dejarla, y que las circunstancias eran barreras infranqueables, y que Snape nada sentía por ella. Estaban en guerra: nadie podía hacer lo que deseaba. Era una locura. Era amor.

Y por ese fuego de terciopelo, Hermione cambió. Se mostró distraída en las lecciones. Se volvió un poco menos eficaz. Las palabras de Harry y Ron le llegaban tras el velo sedoso donde se dibujaba la silueta de Snape.

Sus sentimientos eran dulces y el mundo era ruidoso. Por eso Hermione quería estar sola. Corría a alguna banca de piedra, en galerías solitarias de pisos superiores del castillo, donde se sentaba y ocultaba el rostro entre las palmas... Primero se enamoró y después se dio cuenta que era imposible. Pero no podía remediarlo. Le hería el bullicio del colegio, dejaban de importarle los libros, atada a la voz de Snape, y a querer tocarlo cuando lo veía.

Pero aquella aridez le oprimía el corazón, por lo que un domingo al atardecer mientras leía en la Sala Común, sintió que le faltaba el aire... Empujada por una necesidad imprudente bajó al Patio del Viaducto y en la noche que caía, usando un Lumos tomó tinta con su pluma roja...

Seria, entre las torres de piedra sobre las que aparecían las estrellas, dictó, esperando que el rasgar de la pluma roja sobre el pergamino, rompiera el silencio que la oprimía.

¿Qué iba a hacer? No podía hacer nada. Solo esta tentativa de no ahogarse en un abismo. Y no podía decir que era ella. Solamente que lo sepa, que yo no me lo guarde, pensó, consciente de que continuaría en su callejón sin salida.

Profesor Snape,

Un día de clase cuando noté lo armonioso de sus facciones. En otro, admiré la pasión con que vive su arte. Otro día, llegué a la conclusión que usted no es el enemigo que muchos creen, sino que es todo lo contrario. Si es su secreto, de mí no saldrá. Y después pensé en usted y ya no pude dejar de pensarlo. Todo el tiempo tengo en la mente sus ojos, sus labios, su voz, sus manos y su corazón.

No se pregunte si es amor de lo que le hablo. Si lo es, no se pregunte nada. Solo sepa que pienso en usted en todo instante. Y que espero, o deseo, que con decírselo sea suficiente, aunque yo no lo olvide.

Con todo mi deseo,

Alguien.

Escribió como lo sintió, sin pensar, para no arrepentirse; rápida, secó la tinta con la almohadilla, dobló el pergamino, lo metió en un sobre y de último momento tomó una pequeña piedra roja, tallada, que llevaba en un bolsillo de la túnica.

La tenía desde hacía años. Eran dos, pero perdió una la noche cuando el señor Lupin se transformó en lobo frente a ellos. Esta piedra ahora le representaba su convicción contra el Enemigo. No obstante, en estas semanas la había cargado con sus locos sentimientos hacia Snape, pues la veía pensando en él. La apretó en una mano, la besó y la metió en el sobre.

No se le escapó que por el color de la piedra se sabría que la carta era de alguien de Gryffindor, pero Snape no la consideraría como la autora. Que esas palabras fueran de la Insufrible, era la única posibilidad impensada. Sonrió triste, aunque aliviada al recordarlo.

A la mañana siguiente envió el mensaje con una lechuza general, a la que siguió con la mirada hasta perderla de vista al salir de la torre, hacia el día claro... Avecita, pequeña avecita, pensó, liberando sus sentimientos al cielo en el aleteo de la lechuza blanca, ¿llevarás mi amor a quien nada sabe de mí?

El regreso de la lechuza confirmó que Snape recibió el mensaje, lo que causó en Hermione una emoción inesperada. Se descubrió sonriendo de alegría cuando estaba con los chicos en El Caldero.

Y para su fortuna, Snape no dio indicios de nada. Ellos siguieron ignorándose, rechazándose, y Hermione intentaba creer que esa era su verdad.

Mas no necesitaba esa versión de la antipatía estando fuera de clases. Conviviendo con las chicas en el Cuadrado, vio a Snape caminar ondeando la capa, cruzando veloz una galería al aire libre. El perfil aguileño de él, sus cabellos negros, la llenaban de curiosidad y se preguntaba: ¿Cómo sería caminar con él? ¿Qué hará, cuáles serán sus pensamientos? ¿Estará bien?

Pero el amor no puede ocultarse, pues paciente, traiciona al silencio donde se le intente apresar.

Una tarde, cuando el colegio se reunía en el Gran Salón para celebrar, a la mesa con los de Gryffindor, su mirada la delató y Snape se dio cuenta.

Hermione estaba un poco inclinada, a un lado de Ron, pero usó la postura para darle la espalda, ocultarse y tocar a Snape con los ojos... Mirarlo la complacía, no importaba que el placer se mezclara con melancolía.

Cuando Snape, sentado a la mesa de los profesores, la descubrió, a Hermione le fue imposible reaccionar... No apartó la vista, era demasiado trabajo fingir todos los días; su sentir era muy fuerte como para impedirle volar, y así, con una sien en las manos, su sentimiento fluyó, imparable, hablando por sus ojos.

Y Hermione notó la reacción de él cuando sus miradas se encontraron. La repentina y atónita atención de Snape, pero también su conmoción.

Snape, que tenía un codo en la mesa y la mano cerca de su cara, la inclinó imperceptiblemente, como si también buscara ocultarse, y por un segundo eterno se perdió en el contacto con los ojos de Hermione... en su mirada directa en él, profunda, cristalina, sincera, invencible, acompañada por una suave voluptuosidad en sus facciones y en la ondulación de sus labios.

Sí, fui yo... pensó Hermione, sosteniéndole la mirada. Ahora sabes que fui yo. ¿Cómo podría ocultarlo a nadie, si no puedo esconderlo ni de mí?

Por prudencia, no lo vio más durante la reunión, y estuvo segura que él tampoco lo hizo, pero el encuentro de sus miradas captó sus emociones hasta que, hacia el final del evento, Snape abandonó el Gran Salón.

Ella lo decidió. Para bien o para mal no podía estar así. Tenía qué saberlo.

Puso un pretexto para salir a los pocos segundos; oyendo, lo ubicó en un pasillo, apresurando sin hacer ruido lo vio girar en una esquina y lo siguió discretamente por corredores, hasta una estantería de pisos superiores, que al retirarla mostraba la boca de una galería, que ella recorrió siguiendo a Snape, a paso veloz en su roca fresca.

Por un umbral en ojiva, salió al verdor del Jardín Secreto.

Lámparas de papel colgaban de los árboles, soltando motas de luz que aclaraban macizos de rosas y de flores de tallos largos; en el frío de la noche flotaba un aroma de hierbas sutilmente perfumadas.

Más allá, Snape de espaldas, de pie en una senda y hiedras que trepaban por columnas, escuchó los pasos y giró.

-¿Granger...?

No la sintió seguirlo. Debía estar distraído, como ella en estos días.

Hermione no supo la razón, pero entristeció al responderle:

-Sí. Soy yo, profesor Snape.

Él alzó una mano. Llevaba el pergamino. En el Jardín no necesitaban fingir nada.

-¿Por qué, Granger? –le preguntó, como si fuera un educado reclamo- ¿Por qué?

Hermione se encogió de hombros.

-¿Se necesita una razón? ¡No la sé! –afirmó resignada, sin avergonzarse–. Fue una suma de revelaciones, de deseos, también de preguntas... Sí, extrañamente de preguntas, y sin respuesta.

Las lámparas agitaban su luz en leves ventiscas.

-Yo podría haber sabido quién me escribió –comentó él–. Pero ese poder es para casos de vida o muerte. Ahora mismo no lo uso, por eso le pregunto, ¿qué busca con esto?

-¿Buscar? Nada. En verdad, nada –ella volvió a encogerse de hombros, libre de culpa, pero no del sentimiento–. Deseaba que usted lo supiera, aunque no supiera que era yo.

El sacudirse de las lámparas alumbró las facciones pensativas de Hermione.

-¿Por qué lo hice? –se dijo, posándose una mano en las clavículas– Porque el sentimiento que no se dice, destruye el interior. Usted y yo somos las personas más lejanas que pueda haber, profesor Snape. Ahora es tan cercano que no lo puedo apartar.

Snape buscó ser más preciso, solo atinó a decir:

-¿Por qué yo?

Ella asintió, con la renunciación que la invadía desde hacía meses.

-Me alegra su incredulidad –alzó las celas al sonreír–. ¡Que piense que yo soy la última persona que le diría esas palabras! Incluso me alegra su zozobra. Me revela que recién lo descubre, pero que no le soy indiferente.

Snape no estaba iracundo, no estaba indignado cuando dijo:

-Granger, usted... Usted no necesita sentir nada por mí. No pierda su tiempo. Esto no la hará feliz.

Una ráfaga de aire sacudió las flores azules.

-No soy feliz –aceptó ella–. ¿Cómo puedo serlo, si sentir esto no me lleva a nada?

Claroscuros cayeron sobre Snape.

-A nadie llevaría a nada. Solo al dolor.

Hermione asintió.

-Me pide que lo olvide. No me sorprende que usted quiera eso.

Dio varios pasos hacia él, intrigada.

-Pero, ¿por qué me dice todo esto? ¿Por qué no se burla, por qué le preocupa lo que yo sienta?

Snape endureció.

-Y, ¿quién dice que me preocupa? –reviró, incómodo– ¿Cambiaría algo?

Al dar otro paso, una lámpara iluminó los rasgos de Hermione.

-No. Pero saberlo me lo haría menos difícil.

Snape caminó de aquí para allá, con la misiva de Hermione en la mano.

-Miss Granger – se abatió –. Todo está decidido ya, lo que hará usted, lo que haré yo. A donde irá usted y a donde iré yo. Nada puede cambiarlo. No debe intentarse cambiarlo.

Un súbito enojo le dio fuerza.

-¡Yo lo sé! ¡Abandonar, es lo que se debe desear! –fue más hacia él, enfática, empecinada– ¿O se puede desear algo? ¿Que haya algo entre nosotros?

Las hojas soltaron un murmullo de viento... Y vio a Snape como nunca: tomado por sorpresa, invadido por una enorme emoción inesperada, visible aun en su expresión adusta.

Hermione no necesitó legeremancia. Snape se había sacudido por aquel nosotros dicho en boca de ella.

Y así fue como el saber que la invadió aquel ocaso en la Torre de Gryffindor, trajo con otra ventisca el deseo de no quedar solamente en palabras. Palabras era demasiado poco. Quiso que Snape se quedara con ella, aunque una zozobra le dijo que no lo iba a conseguir.

-¿De qué tiene miedo, profesor? –quiso saber, rigurosa.

Como respuesta, en una mano de Hermione apareció la carta y la piedra roja.

Ella sintió un nudo en la garganta, pero sin ver los objetos sino a Snape a los ojos, se guardó la piedra y alzó el pergamino.

-Habría sido mejor que me dijera la verdad –ella alzó la misiva, que aleteó en la ventisca–. Que me llamara a su despacho para exigirme que me dejara de juegos ridículos. Decirme que considera todo esto, solo como la estupidez de una niña tonta.

Rompió la misiva en trozos y abrió la mano, caminando hacia atrás.

-Pero de los dos, usted pierde más. Su corazón está vacío –dejó los trozos de la carta revolotear y perderse–. En cambio yo no temo expresar mis sentimientos. Aprenda a tener el valor de decir la verdad.

Ella se alejó hacia el umbral.

Solo se escuchó el crepitar de la hojarasca, y súbitamente, la voz de Snape:

-¡Está bien! ¿La verdad? ¿Quieres la verdad, Hermione?

Cuando la llamó por su nombre, los ojos de Hermione se anegaron de lágrimas y no le bastó ya hablarse como alumna y profesor.

Y fue como haberse convertido en más.

-¡Sí, dime la verdad, Severus! –exigió, con lágrimas al borde de los ojos, girando hacia él– ¡Por lo menos me debes la verdad que vi en el Gran Salón! ¡Si no amo sola me debes la verdad, aunque luego te la lleves!

Y al hablar así, fue como ser lo que no eran.

Como si fueran enamorados desde siempre.

Como si se hubieran amado antes, y jurado no decírselo.

Snape se desabotonó parte del chaleco.

Una gema roja, la de la castaña, se engarzaba a una cadena pendiente de la nuca de Snape.

Hermione quedó estupefacta.

-¿Te la pusiste?, pero... -se tocó un bolsillo de la túnica- ¿Cómo?

-Desde la noche que la perdiste.

-¿En...?

-Cuando la perdiste en el bosque, aquella noche con Lupin. A la mañana siguiente volví buscando rastros, la encontré por donde caíste, y la conservé.

La castaña se puso las manos en las sienes.

-¡Severus! ¿Qué me estás diciendo...?

-¿Qué puedo decirte? Es una parte de ti –volvió a abotonarse el chaleco–. Así que te llevo conmigo. Sin tu permiso, ni el mío, ni el del mundo. Y ciertamente sin el de Hogwarts. Pero te llevo conmigo desde entonces. Irremediablemente en mi corazón.

Hermione se cubrió la cara.

-¡Severus...! –sollozó.

Snape fue hacia ella, le secó los ojos y le alzó delicadamente el rostro por el mentón.

-Ya lo ves. No solamente tú tenías verdades por decir.

La tomó cuidadosamente por los hombros y Hermione, sacudida, lo tomó por las muñecas; la hojarasca revoloteó en marrones como los ojos de la castaña, dolientes como la mirada de Snape, como si él reanudara un diálogo con ella que hasta entonces sólo fuera en silencio.

-Verdades por decir... –reflexionó él– Has sido mi imposible. Como pudiste ver te quise alejar. Pero ahora que te ibas, no lo soporté. Ahora en el Gran Salón entendí todo, y sucedió que era lo que más deseaba... No quiero, no puedo, no viviría si te vas. Moriría si te vas.

Snape la abrazó, con el abrazo que soñó dar a alguien con quien compartiera un mismo corazón o una misma estrella.

Y ahora sucedía que ese ensueño tenía rizos dorados.

-Si te dijera la verdad, te diría que pienso en ti... -le susurró Snape, hundiendo el rostro en los cabellos perfumados de Hermione- Si te dijera la verdad te diría que te extraño, sin haber estado contigo. Te diría que te necesito, aunque nunca te haya tocado. ¿Creías que me amabas en soledad? Tú eres a quien yo he soñado en soledad.

La estrechó más, acariciándole delicadamente los sedosos rizos de Hermione, apoyada en el tórax de Snape. Dóciles pétalos blancos caían sobre ellos.

-Y yo nunca, nunca me quitaré esta gema, ¿me oyes? –le prometió él– Y nunca, nunca dejaré de amarte, ¿me entiendes?

Hermione lo tomó por los hombros, susurrando:

-¿Entonces...?

-Entonces, no nos pidamos nada. No demos nada por hecho. Pero...

Las lámparas los iluminaban, revelando a Snape al tomarle una mejilla con la palma, atento a los ojos brillosos y límpidos de Hermione, a sus labios rojos cuando ella preguntó, en tono de aires inocentes:

-Pero, ¿qué?

Snape ladeó la cabeza, atento a los ojos marrones de la Gryffindor.

-Pero quédate conmigo –le pidió Snape, seriamente–. Quédate conmigo, Hermione Granger. Quédate conmigo hasta el fin del mundo.

Hermione cerró un instante los ojos cuando él la besó en la mejilla.

-¿Quieres? –preguntó Snape.

Ella le rodeó la nuca con un brazo, y hundió los dedos de la otra en los cabellos negros de él.

-Sí, Severus –asintió-. Sí quiero.

Se fundieron en un abrazo de tal intensidad que ella se arqueó hacia él y él se entregó al rodearla con sus brazos, acariciándose.

-¡Si te dijera la verdad –le susurró Snape-, te diría que te amo, Hermione! ¡Te diría que te amo como si te hubiera amado toda mi vida!

En ese abrazo se entregaron los labios, y se besaron en la boca, con ardor, en beso urgente que liberaba las horas, los deseos, las rosas, el sol que incendiaba como si el mañana fuera eterno.

Y sellaron su amor con esa caricia, la verdad en el abrazo de Hermione y Snape, su deseoso beso en la boca, bañados por los pétalos y el enero de corazones, en el Jardín Secreto.