Cuando Dios hizo a los dinosaurios, realmente pensó que ésa sería una de sus mejores creaciones. Había de todos los colores y tamaños, estaba orgulloso de eso, más cuando el encargado de cuidar a sus pequeñas criaturas era su amigo más cercano.
Se acercó a Lucifer cuando éste le estaba arreglando un ala a un preondactylus, el cual se lastimó cuando intentó saltar al mundo, afortunadamente el ojirojo lo había visto y salvado, llamando a Dios para que le ayudara.
—Pobre criatura —susurró el ojiverde acariciando a una de sus creaciones—, todavía no ha nacido y ya se lastimó...
—Bueno, el pequeño será muy travieso —declaró Lucifer sonriendo—, de eso estoy seguro.
Dios se rió y sólo le costó una ligera caricia en el ala del dinosaurio para que ésta se arreglara.
—Debería irse lo más pronto posible a conocer a su madre —dijo Dios, sonriendo cuando el preondactylus le dio un cariñoso mordisco a su mano, pidiéndole que le siguiera acariciando.
—En seguida, mi Señor.
Y, tras decir eso, Lucifer se fue.
Dios se le quedó viendo alejarse, sonriendo al ver en lo que se estaba convirtiendo ese joven ángel, cada día llenaba más su orgullo.
Lucifer era un joven hermoso (como todos sus ángeles), pero su belleza iba más allá de la corporal, con una inteligencia y astucia infinita había logrado posicionarse en un lugar cercano a Dios hasta que, después de unos días, se hicieran amigos.
Con el paso del tiempo, Dios se había dado cuenta de los peculiares ojos rojos que lo caracterizaba y de la asombrosa sonrisa que podría crear.
No tuvieron que pasar años para que el ojiverde le empezara a tener un cariño especial al joven.
Su mente se llenó de él, de sus ojos, de su gracia al camina, su postura, sus grandes alas blancas, de su gran altura... pero, sobre todo, de la luz que parecían emanar sus ojos cada vez que estaba con él.
No por algo le pusieron Lucifer, el portador de luz.
Negó con la cabeza cuando la figura desapareció por la lejanía y miró hacia abajo. La tierra era un hermoso lugar, pero aterrador. Ahí sufrías, ahí conocías todos los males y pecados existentes... oh, bueno.
Volvió a mirar hacia la dirección donde había desaparecido Lucifer.
Tal vez, no sólo la tierra poseía ese don de oscuridad. Tal vez también el cielo, porque, cada que miraba a ese hermoso joven, le entraba tanto amor a sus sistema que no podía ser más que algo inusual. Algo oscuro.
—Mi Señor —llamó Lucifer entrando a sus habitaciones, Dios miró al más alto mientras se ponía una de sus prendas—, Uriel ha predicho una reacción en cadena de los volcanes...
—Lo sé, lo sentí, ya mandé a una guardia para detener las erupciones —contestó sonriendo, antes de darse media vuelta y enseñarle su espalda al de ojos carmín—. ¿Me ayudas a abrochar mi collar?
El ángel sonrió y se acercó a él, abrochando con cuidado la joya que, en su momento, el mismo joven había hecho para él. Una pequeña réplica de sus alas ahora se encontraban colgando en el pecho de Dios.
No sé resistió. No podía cuando lo tenía así frente suyo.
Pasó una de sus manos por la columna del ser más poderoso, ocasionando un temblor en respuesta, pero el de cabello azabache no se separó, al contrario, recargó su espalda al pecho Lucifer.
Como acto de valentía, el ángel colocó sus manos en la cintura de Dios y, no viendo una reacción negativa, comenzó a repartir ligeras caricias por la zona.
El ojiverde, ido en esas caricias, levantó su cabeza dando más espacio. No sabía porqué, sólo sabía que quería más contacto, mucho más.
Lucifer no desaprovechó la oferta y comenzó a repartir besos por el cuello del contrario, una mezcla de deseo y devoción de encontraba en esa acción.
Sí, Lucifer era su más cercano ángel.
Rió. Rió hasta quedarse sin aire y corrió hasta llegar a una de las partes desoladas del cielo. Se sentó ahí, dispuesto a ver una de las puestas de sol en la Tierra.
Poco tiempo después, Lucifer fue capaz de alcanzarlo y sentarse a su lado sin dejar que esa sonrisa que tanto le fascinaba a Dios se fuera.
—Hemos estado mucho tiempo lejos de los otros ángeles —apuntó Lucifer cuando el ojiverde se recargó en su hombro.
—¿Y qué? Confío en ellos, nada malo pasará —aseguró moviéndose rápidamente, quedando sentado entre las piernas del joven—, ¿o es que ya te cansaste de mí?
—Nunca —murmuró el ángel antes de besar los labios de Dios, quien lo recibió con gusto.
Habían estado así por mucho tiempo, desde que Lucifer había dado el paso de valentía hacia las caricias. Dios nunca pensó en lo seguro (irónico cuando era él quien se encargaba de la seguridad de todos) que se sentiría estar entre los brazos del ojirojo, o de los besos que se llegarían a compartir.
Nunca pensó en las maravillas que hacía el cuerpo contrario frotándose con el suyo.
Existía un término para eso, pero siempre lo trataba de ignorar. Ahora, con el color anaranjado bañando la piel del ángel, Dios no podía evitar afirmar que estaba enamorado y, por la mirada que le dirigía el contrario, suponía que éste sentía lo mismo.
Se besaron. Un beso suave y entregado. Un beso que prometía eternidad y amor. Un beso de promesa.
Se olvidaron del mundo, del cielo, de todas sus responsabilidades. Simplemente se entregaron. Dios pudo sentir la magia de Lucifer enredarse con la suya mientras el ojirojo se enteraba en lo más profundo de su ser.
Pudo sentir lo poderoso que era Lucifer.
Pero, sobre todo, pudo sentir que no había nadie más cercano a ser su igual que el joven ángel que le devoraba los labios con amor.
Se deleitó, tal vez más de lo que debería.
—¿DÓNDE RAYOS ESTABAS?
El grito se escuchó a kilómetros de distancia. Dios simplemente miró al arcángel frente a él con seriedad, antes de mirar a todo los demás y suspirar.
—Todos vayan hacia sus estrellas —ordenó con suavidad, sin dejar espacio para hacer alguna réplica, Lucifer parecía querer acercarse a él, pero el ojiverde sólo cerró los ojos y se inclinó en su trono—. Todos, fuera.
Todos salieron, excepto la castaña. Una de sus Arcángeles más cercanos simplemente lo miró y se sentó en el suelo, abriendo una pequeña brecha en la nube para ver la destrozada tierra.
—Te buscamos —susurró Raguel sin levantar la mirada—, Gabriel no te encontraba y no queríamos mandar a Miguel sin que tú lo ordenaras...
—Tenía planeado quitar a los dinosaurios —confesó con la tranquilidad que emanaba Raguel, quien sólo levantó su mirada—. Pero no hasta en unos cientos de años más...
—Lo sabemos —dijo la castaña suspirando—, muchos están molestos por tu desaparición, lo más seguro es que haya una huelga, una rebelión...
—Pero cuento contigo, ¿no es así? —preguntó sonriendo. La de ojos castaños se levantó rápidamente y se inclinó poniendo su mano derecha en su corazón.
—Estaré con usted siempre.
—A veces siento que no merezco su apoyo —dijo antes de negar con la cabeza—, el tuyo, el de Miguel, Gabriel, Rafael, Uriel, Sariel y Remiel... —le miró y sonrió—. Soy tan afortunado.
El rostro de la chica sólo podía dejar en claro el orgullo que sentía.
—Lo importante de caer es saber volver a volar —dijo con seguridad—. Nos tiene con usted, mi Señor.
Dios asintió y la despidió, quedando sólo en el palacio imperial, aunque acompañado de los guardias que se encontraban lo suficientemente lejos para darle una segura privacidad.
Se levantó y fue a sus habitaciones.
Sus hermosos dinosaurios ya no existían, sus pequeñas y adorables criaturas habían sido aplastadas, quemadas y, las que lograron sobrevivir al impacto, muertas por la falta de alimentos.
Pudo guardar algunas pequeñas muestras de ADN, pero no lo suficiente para que todas logren evolucionar.
Esa vez que había ido con Lucifer a los lugares ocultos, donde demostraron el amor que se sentían... Ese mismo momento había sido el día de la perdición.
Las lágrimas estaban escapando, no podía dejar de pensar en que fue su culpa. No podía dejar de pensar el porqué sus ángeles confiaron en él.
Abrió la puerta de su habitación y, justo cuando la cerró tras de sí, notó las hermosas alas blancas que tanto amaba.
No debía volver a caer, el amor sólo hizo que se alejara de sus responsabilidades.
Lucifer lo miró y sonrió con comprensión y amor.
Sí, su Lucifer era un ser de luz.
—Debemos terminar esto —dijo sin tacto alguno. Los ojos rojos se oscurecieron por unos segundos.
—¿El qué?
—Lo que tenemos.
Decir que esas tres últimas palabras fueron el inicio de una discusión fue un eufemismo. Lucifer estaba realmente herido, y eso destrozó a Dios, no podía ver a la criatura más hermosa de toda la existencia derramar lágrimas.
—Lucifer, te amo, pero...
—¡Pero prefieres abandonarme! —interrumpió después de la larga discusión.
El corazón de Dios se estrujó.
—Debo proteger la tierra y a los nuestros.
—Podemos protegerlos juntos —dijo acercándose y mirándolo a los ojos—, no me digas que debo alejarme de ti, no podría con eso.
Dios cerró los ojos y, cuando los volvió a abrir, Lucifer encontró determinación en ellos.
—No fue lo que hicimos cuando estuvimos solos ayer, no los protegimos —susurró alejando todo recuerdo de aquella noche. Recordar le haría perder la batalla—. Fuimos distraídos y descuidamos a los que juramos proteger, ¿eso qué nos convierte?
—Dios...
—Lo siento, Lucy —murmuró—. Eres desterrado a la Tierra —cortando la distancia entre ellos, le dio un beso en los labios mientras secaba la última lágrima con su dedo.
Un beso de despedida.
