La Sacerdotisa del Medallón

By Dione Ishida

Disclaimer: Digimon y todos sus personajes pertenecen a Toei Animation (Akiyoshi Hongo) y este fic está escrito sin fines lucrativos. Historia inspirada en la saga de videojuegos Fatal Frame [Project Zero], tributo por el 20º Aniversario de la saga, la cual pertenece a Tecmo. Soy autora de mi propia narrativa.


Capítulo 1. El Lazo

El vaivén de la carroza le había sumido en un ligero sueño tras haber pasado cerca de tres días viajando entre las montañas. Se sentía agotado y algo aprehensivo tras haber aceptado la invitación de su padre de trabajar en la cima de la montaña más alta de la Prefectura de Gifu.

—Yamato… ¡Yamato! ¿Estás prestando atención? —Cuestionó exasperado aquel hombre.

—Sí, padre. Lo siento —Se excusó el muchacho tras haber dormitado más de la cuenta— Creo que hemos llegado —Acotó el chico tras observar que las primeras casas comenzaban a alzarse a lo lejos y por sobre el paisaje.

—Es verdad —Reconoció su padre— Estamos por llegar.

La sencilla carroza tirada por un caballo comenzó a desacelerar a través de aquel sendero, lo cual dificultaba la cuesta arriba, ya que la pendiente de la montaña se había vuelto más inclinada. Hiroaki y su hijo se bajaron de la carroza y mientras el padre se colocó al frente del vehículo para tirar de él con una cuerda y ayudar al caballo a jalar el resto del cargamento, Yamato se colocó detrás de la carga para empujarla hacia adelante.

El joven rubio depositó todas sus fuerzas impulsando la carroza. Mientras ambos hombres tiraban del vehículo en aquella pendiente, atravesaron una puerta Torii, la cual bendecía la entrada a la aldea. En cuanto Yamato cruzó el umbral, advirtió una presencia detrás suyo, que inundó la atmósfera de un inusual aroma a flor de cerezo. Siendo aquella la primera semana de Septiembre, al joven le pareció que un aroma tan característico de Abril inundara los alrededores y en pleno bosque en las montañas. Desconcertado, soltó la carroza y se giró sobre sí.

Un frío gélido recorrió su nuca y retrocedió un paso sin pestañear. Aunque no era capaz de verla, sabía bien que frente a él se hallaba un ente femenino, que le devolvía una energía hostil.

La amenaza ha llegado —Susurró aquella forma etérea— Su presencia abrirá la puerta del infierno —Enunció la voz quedamente. Y antes de que Yamato pudiera reaccionar, aquel ente se desvaneció en la niebla del bosque, casi tan rápido como había aparecido.

Evidentemente turbado, Yamato permaneció inmóvil durante algunas milésimas de segundo. Por un instante creyó que todo aquello había sido producto de su imaginación, y solo regresó de su ensimismamiento hasta que escuchó a su padre forcejear con la cuerda. De inmediato, volvió a empujar la carroza con la misma fuerza de antes y ambos libraron la colina hasta llegar a suelo llano.

Padre e hijo descansaron durante algunos minutos a la orilla del sendero y detrás de la puerta Torii, mientras bebían agua de un pequeño contenedor e intercambiaban algunos onigiris envueltos en papel de arroz.

—No podemos retrasarnos, Yamato. Debemos llegar exactamente a medio día y sólo contamos con algunas horas por día para terminar la reparación del templo.

Hiroaki Ishida era un reconocido carpintero de los pueblos montañeses en la Prefectura de Gifu, zona que se caracterizaba por estar situada en las colinas y cuyas aldeas eran naturalmente de difícil acceso por el relieve. En ocasiones, Ishida-san se desplazaba de pueblo en pueblo reparando viviendas de madera, de la mano de su hijo el aprendiz Yamato Ishida, quien tan solo tenía 17 años en aquel momento. A través de los años, el oficio de Ishida-san ganó renombre por la excelencia de trabajo en marquetería, ya que se había especializado en maderas finas. Y fue así como su hijo, un chico reservado pero talentoso, le había comenzado a acompañar en sus visitas para aprender del negocio familiar.

—¿Por qué tiene que ser a medio día? —Cuestionó Yamato con cierto recelo y desconfianza, quizá basado en su mayoría por la desagradable experiencia que había vivido instantes atrás.

Fue así como la buena fortuna de Ishida-san llegó hasta La Aldea de Todos los Dioses, un pueblo prácticamente aislado que se ubicaba en la cumbre de las montañas de la Prefectura de Gifu. Ahí, le encomendaron realizar pequeñas reparaciones en el templo de la aldea hacía tan solo algunos meses atrás.

Al ser una reparación de marquetería tan impecable, el cuidador del templo le recomendó entonces para realizar el trabajo más importante que había tenido hasta dicho momento en aquella zona. Se trataba de reparar el ala este del templo shintoísta de la mansión Tachikawa.

La mansión Tachikawa sólo podía ser accesada a través de un diminuto sendero, cruzando primero La Aldea de Todos los Dioses y pasando por un puente largo de cadenas. Si bien la mansión aún formaba parte de la aldea, lo cierto es que se hallaba en pleno bosque. Los gobernantes de la aldea provenían del vasto linaje Tachikawa —curiosamente, en su mayoría hombres—, y eran ellos quienes se encargaban de otorgar paz a la aldea. O al menos, esas eran las enseñanzas que transmitían los aldeanos.

—¿Por qué a medio día? Bueno… el cuidador del templo mencionó que la mansión Tachikawa abre sus puertas por un periodo limitado —Explicó Ishida-san mientras le tendía un cazo con agua a su caballo y este bebía—. Solo permiten forasteros después de medio día y hasta la hora del rezo.

—¿Y eso no te parece inusual? —Preguntó Yamato mirando con cierta suspicacia hacia la residencia que parecía tan diminuta por la lejanía, y la cual se perdía entre el follaje del bosque.

—En cierta medida, sí. Aunque supongo que tratan de limitar el contacto de los habitantes con el resto del pueblo.

—Padre, hay algo extraño en todo esto. Escuché una voz mientras tirábamos el cargamento… —Admitió el rubio, quien se había puesto de pie y había comenzado a guardar sus utensilios— No creo que seamos bienvenidos.

—¡¿Qué disparates estás diciendo?! Escúchame muy bien Yamato. —Anunció su padre también incorporándose, y colocándose frente a él—. No puedes expresar tu opinión una vez que entremos.

—¡Pero lo he escuchado! —Dijo exasperado y agitando las manos, gesto tan propio de un adolescente.

—No Yamato, esto va en serio —Replicó con dureza—. No debes hablar si no te lo piden y no puedes hacer contacto visual con nadie. ¿Entiendes? —El joven asintió y las facciones de su padre se relajaron ligeramente—. Durante las siguientes ocho semanas nuestro trabajo consiste en reparar el templo, el cual debe estar listo antes de la ceremonia del 1º de Noviembre.

—¿Podremos terminar si sólo trabajamos cuatro horas al día? —Dijo el chico un tanto sorprendido.

—Tendremos que esforzarnos —Respondió Ishida-san esbozando una sonrisa—. Ahora vamos, debemos empezar.

Yamato y su padre emprendieron nuevamente el último tramo de la caminata, adentrándose en la aldea. Mientras caminaban y su caballo galopaba lentamente a la par, cruzaron algunos pasajes, casas, la tienda local e incluso caminaron frente al pequeño templo local, por lo que le demostraron sus respetos al cuidador del templo, ya que gracias a él se encontraban ahí.

Una vez que ambos cruzaron la aldea y dejaron atrás las últimas casas, el camino se reducía a un sendero estrecho. Tras algunos minutos caminando, cruzaron un viejo y largo puente oxidado de altas cadenas en medio de las montañas, para finalmente, divisar una residencia de corte imperial en medio del bosque.

—Wow, es monumental —Exclamó Yamato en un suspiro— ¿Cómo han podido construir una mansión en un lugar tan remoto?

—No lo sé hijo, y me pregunto si ese puente resistirá el peso del caballo…

—Y del cargamento todos los días… —Añadió el rubio. Sin embargo su oración quedó suspendida, ya que el portón se abrió súbitamente ante ellos.

Una mujer de mediana edad y vestida con un sencillo kimono gris salió a recibirlos. Yamato divisó que detrás de ella, se hallaban dos hombres portando un yukata también sencillo, de color oscuro y muy probablemente de lino, por lo que Yamato dedujo que posiblemente se tratasen de sirvientes, mientras que la mujer podría ser el ama de llaves.

Yamato y su padre se inclinaron en señal de reverencia, misma que fue correspondida por la encargada y los dos lacayos. La mujer extendió la mano derecha e inmediatamente los empleados se dirigieron al cargamento y al caballo, para guiarlos por la parte lateral del exterior de la propiedad. El ama de llaves se presentó como Kurosawa-san, por lo que su padre y ella intercambiaron algunas palabras antes de adentrarse en la residencia.

Con cierto recelo por la advertencia que había escuchado una hora atrás, Yamato caminó con paso firme hacia el interior de la mansión Tachikawa, la cual —sin saberlo— sería su última morada.

Una vez que hubieron ingresado, el portón se cerró detrás de ellos. De forma inexplicable, aquella mansión se había convertido en un laberinto de pasillos y puertas corredizas que les confundían, por lo que seguían estrechamente y en silencio a Kurosawa-san, quien les había guiado hasta un cuarto modestamente decorado con tatami.

Yamato suponía que aquella sencilla habitación era un recibidor para huéspedes de no tan alta categoría como ellos. La mujer se inclinó y aún en silencio, se sentó frente a la única mesa del cuarto. En señal de respeto, ambos hombres se dispusieron de rodillas frente al otro extremo de la mesa, a la vez que la puerta del cuarto volvió a deslizarse. Una mujer del servicio entró a la habitación sosteniendo una bandeja, dispuso un juego de té ya servido y se marchó en seguida antes de que alguien pudiera hablar.

Kurosawa-san tomó una taza de té y le dio un pequeño sorbo, por lo que sus invitados la imitaron también.

—Agradecemos su hospitalidad, Kurosawa-san —Enunció el padre de Yamato, mientras que éste mantenía la vista baja, tal y como su padre le había pedido.

—Y la familia Tachikawa agradece su esfuerzo —Dijo Kurosawa-san con una voz naturalmente áspera pero cordial—. Las labores comenzarán a partir de medio día en el templo del atrio y cesarán antes de la hora del rezo. El cargamento y el caballo no pueden abandonar las instalaciones, y deberán permanecer aquí el tiempo que dure la restauración. Mis sirvientes cuidarán de su caballo y proporcionarán cualquier material adicional que sea requerido. Ishida-san —Dijo la mujer observando al aludido— hemos facilitado un cuarto para usted y su hijo en la posada de la aldea durante estos dos meses. Espero comprenda que el alojamiento en la mansión Tachikawa es escaso.

—Agradecemos sus atenciones —Respondió Ishida-san cortésmente.

—Para finalizar —Habló Kurosawa-san con el mismo tono cordial pero tensando su cuerpo de una forma extraña— debo solicitar encarecidamente que limiten el contacto con cualquier miembro que pudieran toparse durante sus actividades. —Dijo posando su mirada sobre el padre y subsecuentemente sobre Yamato—. Esto es con la finalidad de no distraer al personal de sus labores, en particular las doncellas —Agregó con una sonrisa hierática, tan parecida a las máscaras que colgaban de aquella habitación y que parecían rostros humanos sin expresión alguna.

—Entendido Kurosawa-san —Acordó Yamato sin levantar la vista.

—Su punto de contacto seré yo y mis lacayos proveerán su asistencia. Quizá en algún momento, uno de nuestros sacerdotes les solicite alguna palabras para conocer el estado de la obra. Agradecemos una vez su esmero.

En aquel instante, como si la servidumbre hubiera esperado por escuchar estas palabras, la puerta se deslizó y la chica del servicio volvió a entrar. En esta ocasión cruzó la habitación y deslizó una puerta en el otro extremo, y en la cual Yamato no había reparado hasta entonces. En el rellano, la chica colocó dos pares de zapatillas gruesas de piel. Los visitantes se pusieron de pie, hicieron una reverencia a Kurosawa-san a modo de despedida y se calzaron las zapatillas para caminar hacia afuera.

Frente a ellos, el atrio se había vislumbrado y lucía tan extenso, que simulaba una explanada en medio de la mansión. Ambos visitantes guiados por la servidumbre, atravesaron el atrio hasta llegar al fondo y a mano derecha, se encontraba un pequeño templo shintoísta. El ala este se hallaba parcialmente derrumbada y las figuras en madera se habían podrido por la humedad del exterior. La chica anunció su partida con una breve reverencia y se retiró del recinto.

Yamato y su padre comenzaron a rondar la zona y se percataron que a mano izquierda, había un pequeño pasadizo junto al templo. Siguiendo ese pequeño camino, llegaron a la parte trasera del mismo y notaron que había otro pequeño atrio detrás del templo. Este atrio más diminuto tenía un cobertizo a mano derecha y ahí descansaba su carroza y el caballo. A mano izquierda, se hallaba un jardín y en el medio de este, había un árbol de cerezo que extrañamente florecía en pleno Septiembre. Al lado del árbol, había una pequeña banca para apreciarlo.

Mirando a su alrededor, padre e hijo se reunieron frente al caballo y sacaron algunas herramientas de la carroza, para regresar al templo y empezar con la restauración.

Así, maestro y aprendiz trabajaron cerca de cuatro horas en planificar la obra y retirar los primeros escombros. Su labor fue interrumpida por uno de los lacayos, quien se identificó como Hiroshi, y amablemente les anunció que la jornada había concluido. Parecía ser el único en toda la mansión que se dirigía a ellos como una persona normal. Antes de partir, Yamato se despidió de su caballo y siguiendo a su padre y a Hiroshi quienes habían entablado una conversación, volvieron a caminar por el pasadizo para llegar al templo y al atrio principal.

Cuando estaban por marcharse, una campana sonó en el recinto alrededor de las cuatro de la tarde. Yamato y el grupo se hallaba cercano a la puerta de los trabajadores —por donde había ingresado originalmente Hiroshi con el caballo—, cuando ambos padre e hijo se giraron al escuchar la campana.

—Esa campana suena siempre a esta hora —Susurró Hiroshi mientras señalaba discretamente una edificación aún más grande frente a ellos, al fondo del atrio y a mano izquierda del templo.

—¿Y por qué lo hace? —Preguntó Yamato.

—La corte de las doncellas sale a rezar a la mansión principal —Dijo Hiroshi señalando el edificio donde originalmente Yamato y su padre se habían reunido con Kurosawa-san.

En ese momento, observó que siete doncellas salieron en procesión una detrás de la otra. Todas las doncellas iban ataviadas en kimonos de color marfil, con un obi durazno y en medio de este, un escudo bordado en hilos dorados, el cual Yamato ya había visto al frente de la mansión, y el cual presumía ser el sello de la familia Tachikawa. Las doncellas iban cubiertas por una capa también de color marfil que tan solo permitía divisar la nariz y su mandíbula, así como sus manos que iban cruzadas en el regazo.

Todas las doncellas a excepción de la última.

La séptima doncella era más alta y estilizada que el resto. De piel pálida y andar grácil, logró involuntariamente captar la atención del joven rubio. Su atuendo lucía también diferente al resto, ya que su kimono era blanco resplandeciente y su obi de un color rosa palo, aunque también portaba el escudo bordado de la familia Tachikawa. La capa blanca cubría parte de su rostro y su perfil, sin embargo, entre más cerca estaba la procesión de la casa principal, Yamato divisaba un par de mechones castaño claro sobresaliendo de la capa. Al estar ya tan cerca del recinto, Yamato notó cómo la joven —quien quizá tendría su edad— sostenía una especie de cadena entre las manos.

Hiroshi, al percatarse que Yamato había fijado su atención en la séptima doncella —siendo quizá la más importante del resto—, aclaró su garganta para interrumpir su apreciación.

—Una de las reglas más importantes es jamás acercarnos a las doncellas. Es un decreto del Maestro Tachikawa. Yamato se giró hacia él y asintió.

—Mi padre lo ha mencionado antes —Susurró el rubio.

—¡Por supuesto que lo he hecho! Vamos, Yamato —Dijo Hiroaki, mientras los tres salían por la puerta de servicio.

Padre e hijo se despidieron de Hiroshi-san a un costado de la mansión.

—Lo siento, pero hoy no puedo acompañarlos hasta la aldea. La posada Yagami es la que les dará alojamiento durante el tiempo que estén en la zona —Dijo con una sonrisa amable—. Es la única posada y se encuentra junto a la tienda principal de la aldea.

—Muchas gracias, Hiroshi-san —Dijeron ambos con una reverencia, para después partir hacia la aldea.

Al llegar a la Aldea de Todos los Dioses, la recepción de la posada Yagami fue cálida y el resto de la tarde transcurrió tranquilamente. El matrimonio Yagami se encargó de cocinar y preparar la habitación para los nuevos huéspedes e incluso se mostraron entusiastas de que Yamato conociera a su hijo mayor, el cual tendría su misma edad, y quien pronto regresaría a la aldea.

Pese a que todo parecía normal, Yamato tuvo dificultades para conciliar el sueño aquella noche. Y también durante los siguientes cinco días. Habían tantas cosas que le turbaban de aquel lugar, por sosegado que este pareciera. Entre sueños podía escuchar la voz desalmada anunciando la llegada de una amenaza que abriría la puerta del Infierno. Incluso en alguna ocasión había escuchado que el propio Yamato era la amenaza encarnada.

Pero… ¿qué amenaza podría representar un adolescente aprendiz de carpintería como él?

¿Y es que acaso la puerta del infierno era una metáfora un tanto tétrica?

¿O tal vez existía una puerta como tal en el plano físico?

Eso sin mencionar el misterio del clan Tachikawa y la forma en que protegían la privacidad de su residencia. ¿Qué tipo de secreto ocultaban tan celosamente que no podía ser revelado ni siquiera a los aldeanos más cercanos? ¿Por qué no podían hablar con nadie sin el permiso de Kurosawa-san? Aunque la mayor incógnita, era la forma tan obsesiva en que cuidaban a las doncellas. ¿Qué clase de calamidad podría ocurrir si alguien intercambiaba el saludo con alguna de ellas?

Y sí, de algún modo se refería a la séptima doncella. En días subsecuentes al finalizar su jornada, podía estar casi seguro que una mirada se clavaba en su nuca cuando él se disponía a partir. No era una presencia amenazante, sino alguien que le observaba atentamente. Al girarse, sólo notaba cómo la corte del rezo pasaba frente a él, mientras que la séptima doncella parecía inmutable siguiendo a la procesión. De algún modo sonaba tan extraño como ilógico.

Para Yamato todo eso carecía de sentido.

Sin embargo, las cosas cambiaron a partir del séptimo día.


Tras finalizar la primera semana de obra, Yamato había ganado un nuevo respeto por su padre, ya que había sido testigo de la planeación tan minuciosa que estaba realizando para restaurar el templo. Y pese a que sólo contaban con un par de horas al día, lo cierto es que habían avanzado significativamente en remover los escombros y comenzar a preparar los nuevos cimientos.

Aquel último día de la primera semana, Yamato y su padre se encontraban aún trabajando cuando Hiroshi-san interrumpió la sesión.

—Lo siento Ishida-san, es momento en que se preparen a partir cuanto antes —Anunció el hombre mientras guiaba al caballo al interior del cobertizo—. Se avecina una tormenta y siempre tememos que el viento arrase con el puente. Deben regresar pronto a la aldea.

De inmediato, padre e hijo cubrieron con una lona la parte expuesta del templo mientras las primeras gotas de lluvia habían comenzado a caer sobre ellos. La campana sonó y ellos aún se encontraban fijando la lona hacia la base de una estatua. De repente, las gotas de lluvia se transformaron en un chubasco intermitente, cuyo fondo se había ensordecido en segundos por el grito de las doncellas que corrían bajo la lluvia.

Yamato y Hiroaki finalmente terminaron de fijar la lona y ambos corrieron en dirección opuesta a las doncellas. No había rastro alguno de Hiroshi e Ishida-san había alcanzado la puerta de servicio, intentando abrirla para poder evacuar la mansión.

El joven rubio se giró hacia su izquierda y ahí la vio. La séptima doncella corría bajo la lluvia atravesando el atrio de un extremo al otro, colocando la mano derecha sobre la capa que cubría su cabeza, en un intento por resguardarse del agua. Yamato observó que la doncella se detuvo un instante para retirarse las zapatillas de madera y colocarlas en su brazo izquierdo, acelerando su paso sobre el adoquinado. Fue entonces cuando Yamato se percató que la doncella había dejado tras de sí la cadena metálica mientras corría.

Sin pensarlo, Yamato se apartó de su padre y corrió hasta el centro del atrio, donde la doncella había tirado la cadena. Al tomarla entre sus manos, la pieza metálica que siempre había tomado por una cadena, resultó ser un medallón hecho de plata y tallado en forma de gota de agua, con una esmeralda incrustada al centro, simbolizando un emblema.

Yamato gritó hacia la doncella, no obstante era incapaz de atraer su atención debido al estruendo. Por lo que hizo algo que jamás debió haber hecho. Rompió el protocolo y corrió hacia ella.

—¡Hey, detente! —Gritó Yamato detrás de la chica— ¡Hey! ¡Has tirado algo! —Volvió a llamar.

La joven desaceleró el paso y se giró hacia el chico. Bajó lentamente su mano derecha y la capa voló con el viento, dejando al descubierto una larga melena castaña clara, humedecida por el aguacero. Por un instante, los relámpagos iluminaron el rostro de la chica y por primera vez, Yamato admiró el tono ámbar de sus ojos.

Teniéndose frente a frente, ambos se observaron y el tiempo, así como el bullicio de las descargas eléctricas, se diluyeron a través de las gotas de agua que caían sobre sus rostros. La castaña le devolvía una imagen adorable al estar descalza y empapada, sosteniendo en un brazo sus zapatillas de madera. Sus ojos le contemplaban con una cálida expresión, pese a que sus labios tiritaban de frío. Yamato se hallaba ligeramente desconcertado, ya que jamás pensó ver un rastro de benevolencia en una chica que vivía en absoluto rigor.

El simple hecho de que Yamato contemplara todos esos detalles en el rostro de aquella chica, provocó que un delicado tono rosado se encendiera en las mejillas de ambos.

Mientras tanto, la doncella levantó la cabeza y observó a aquel joven con detenimiento, pese a que sólo tuviera unos segundos para hacerlo. La peculiaridad de su aspecto había llamado su atención, como si una piedra preciosa brillara en medio de un pantano. Su altura, su cabello rubio y sus ojos tan brillantes como un zafiro, distaban de todo lo que había conocido antes. Su vestimenta tan humilde contrastaba con el porte que lucía frente a ella, y se preguntaba cómo es que un chico de tal elegancia pudiera ser un simple trabajador.

Durante la última semana, la doncella notó la presencia de aquel rubio de aspecto tan exótico y comenzó a observarle furtivamente cada vez que salía a la procesión, ya que el joven solía marcharse antes de que ella saliera al jardín por las tardes, durante su única hora libre al día. El resto del tiempo, lo pasaba confinada en la mansión.

Le había visto poco, pero le percibía como un chico callado y reservado. Y había algo en él, algo en la forma en que le devolvía la mirada, que le hacía pensar que éste se encontraba tan solo en este mundo como ella.

—Yo… —Soltó aquel rubio de repente, con tono grave de voz—… he visto que lo has tirado —Dijo Yamato extendiendo el medallón sobre su mano derecha.

La doncella le observó y él pudo percatarse cómo el rubor de sus mejillas se había encendido aún más. Sin decir nada, la joven extendió sus dedos sobre la mano de Yamato y pudo percibir la textura áspera bajo sus yemas cuando tomó el medallón.

Al sentir la mano sedosa de la joven posándose sobre la suya, Yamato advirtió una sombra de color carmesí alzándose detrás de la chica, mientras que ésta parecía no percatarse en lo absoluto. Entre las cortinas de lluvia, Yamato divisó aquel espectro tan hostil que le perseguía desde que había llegado a la región. Incluso pudo ver que la sombra portaba un kimono semejante al de la castaña.

Y fue ahí cuando Yamato comprendió que aquel espíritu custodiaba a la joven.

—Gracias —Susurró ella mientras hacia una pequeña inclinación de cabeza, por lo que la sombra carmesí se desvaneció en la lluvia. Al volver a estar solo ellos dos, Yamato alzcanzó a ver el esbozo de una sonrisa en los labios de la joven, antes de darle la espalda y continuar corriendo hacia la mansión.

—¡YAMATO! —Llamó el padre del aludido, por lo que este ni siquiera pudo contemplar la partida de la chica. Se devolvió hacia su padre, quien ya había abierto la puerta y le gritaba insistentemente, por lo que se dirigió hacia él y lo alcanzó, mientras ambos jóvenes corrían hacia lados opuestos.

Los hombres Ishida atravesaron con premura el puente, que por instantes parecía desprenderse, hasta llegar corriendo a la aldea. Completamente empapados y tiritando de frío, se dirigieron a la posada Yagami, mientras que vieron a un joven alto e igualmente mojado de pies a cabeza, abriendo el portón.

—¡Rápido, entren! —Apresuró el recién llegado, quien cerró el portón una vez que padre e hijo hubieron entrado.

—Gracias —Dijo Yamato respirando agitadamente y el moreno le sonrió.

—¡Taichi! —Exclamó la señora Yagami al ver a aquel moreno apoyado contra la pared— ¡Qué bueno que has regresado a tiempo! —Dijo ella saliendo de una habitación— Ishida-san, iré por algo para ustedes, están empapados —Señaló, volviendo a entrar a la habitación.

—¿Y papá? —Cuestionó Taichi quitándose el abrigo.

—Está arriba terminando de poner el último panel de madera —Explicó la señora Yagami, extendiéndoles una yukata a cada presente así como una gruesa toalla de lino—. Por cierto, este es mi hijo Taichi —Introdujo al señalar al moreno—. Y ellos son Ishida-san y su hijo Yamato, son nuestros huéspedes. Ahora, vayan todos arriba a cambiarse antes de resfriarse —Ordenó la matriarca mientras comenzaba a encender más velas.

Tras unos minutos después y al regresar a la planta baja, Yamato observó que el matrimonio Yagami acababa de encender el irori, aquel tradicional fogón japonés hundido en medio de la sala, que servía para cocinar los alimentos o propagar el calor durante invierno.

Los adolescentes se sentaron alrededor de la mesita junto al irori, para servir la mesa, y mientras el señor Yagami e Ishida-san asaban los vegetales, la señora Yagami traía una arrocera de madera del cuarto contiguo.

—¿Qué los ha traído por aquí? —Preguntó Taichi mientras Yamato le extendía los palillos— Normalmente no tenemos

—Estamos trabajando para la mansión Tachikawa, reparamos su templo —Respondió Yamato.

—Oh, ya veo. ¿Y cómo te va con ello? ¿No encuentras un poco asfixiante que sean tan estrictos?

—¡Taichi! —llamó su padre.

—Lo siento padre —Respondió un poco a regañadientes.

—Un poco, la verdad —Se sinceró Yamato al notar que los padres habían empezado a conversar entre ellos— Es un lugar extraño.

—Sí que lo es, solo debes tener cuidado en no hacer algo fuera de lugar y te irá bien —Aconsejó Taichi, por lo que Yamato asintió con la cabeza.

La cena transcurrió tranquilamente y a pesar de que solo tenían una semana de conocerse, la familia Yagami les había acogido como si se tratasen de parientes que no habían visto en mucho tiempo, y Yamato estaba agradecido por su calidez. Sentía que incluso podía bajar la guardia de todo el ambiente hostil que ocurría alrededor. Al terminar la cena y tras haber recogido la mesa, Yamato estuvo pestañeando más de la cuenta y escuchó que Taichi se dirigió a él.

—No creo que quieras pasar toda la noche escuchando las historias de mis padres… —Dijo Taichi con una sonrisa— ¿Por qué no vienes conmigo mañana a recoger el cargamento de la aldea? Lo he dejado botado por la tormenta y debo regresar por él —Taichi le miró con optimismo y Yamato asintió—. Bien, entonces debemos levantarnos temprano. Ve a descansar, nos vemos a la hora del desayuno.

—Gracias —Respondió Yamato levantándose y haciendo una pequeña reverencia a los presentes, antes de abandonar el comedor.

Yamato subió por las diminutas escaleras y se topó con las dos únicas puertas de la planta superior, siendo la derecha el ático y la izquierda, el cuarto de huéspedes que compartía con su padre. Mientras todos aún se despedían en la estancia principal, Yamato se sentía exhausto por aquel día de arduo trabajo, por lo que se recostó sobre el futón. Los estruendos de la tormenta podían escucharse audiblemente a través de la ventana y la única vela —situada frente a la misma ventana— ondeaba su flama por el viento que alcanzaba a filtrarse. El joven colocó sus manos detrás del cuello y cerró sus ojos casi inmediatamente.

Sintiéndose resguardado por la intimidad de su habitación, vinieron a su mente las imágenes del encuentro fortuito con aquella doncella. Y súbitamente Yamato sintió un vuelco en el corazón al recordar su mirada dulce. Se sorprendió un poco a sí mismo, ya que era la primera vez que había pensado… en una chica. Quizá ella era lo más intrigante que le ocurriría en un lugar tan misterioso y hermético como lo era la mansión Tachikawa.

Ni siquiera sabía su nombre, pero sintió que la expresión de sus ojos le había transmitido algo que no podía expresar, desde esa aura benevolente hasta esa energía que le custodiaba y que por alguna razón veía entre sueños. Cada vez se sentía más confundido y necesitaba más respuestas.

Sin embargo, sin que él mismo fuese consciente de sus propias emociones, ella le había cautivado.

Y así, Yamato esbozó una sonrisa antes de quedarse profundamente dormido.


A la mañana siguiente, la tormenta había cesado y el frío húmedo de la montaña había creado una neblina que cubría La Aldea de Todos los Dioses. Durante aquel gélido día de septiembre, Yamato y Taichi bajaron hasta la entrada de la aldea, la cual era delimitada por la gran puerta Torii de color rojo y que daba hacia una pendiente cuesta abajo. Ahí, donde había visto al espectro por primera vez, se encontraba la carroza de Taichi. Ambos jóvenes tiraron del cargamento con gran dificultad —pues se hallaba cubierto de lodo— hasta llevarlo cuesta arriba. Acto seguido, Yamato se despidió del chico, ya que debía buscar a su padre y comenzar su jornada laboral.

El joven aprendiz y su padre se dirigieron a la mansión Tachikawa para continuar con la obra, sin embargo su ingreso fue rechazado por Hiroshi, quien les explicó que no podrían regresar hasta pasados algunos días. Por un breve instante, Yamato temió lo peor, ya que supuso que la doncella se habría metido en algún conflicto por entablar conversación con alguien como él. Aunque para su fortuna, no fue así.

Hiroshi les explicó que, debido al diluvio que perduró toda la noche, el ala este del templo había acumulado humedad y no era propicio continuar con la reparación o añadir nuevas piezas de madera, sino hasta que la estructura hubiera secado por completo. Por lo tanto, Ishida-san y su hijo permanecerían en la aldea durante cuatro días, o al menos hasta que pudieran reanudar sus actividades.

Sabiendo que muy bien que aquella media semana de retraso impactaría en su jornada y que no podrían sino trabajar a deshoras, Yamato y su padre no tuvieron más remedio que agradecer las atenciones de Hiroshi y regresar a la aldea.

Mientras que su padre regresó a la posada Yagami, Yamato buscó a Taichi en la aldea, ya que este se encontraba aún repartiendo el cargamento.

—¡Yamato! —Dijo el moreno saludándolo— ¿Qué ha ocurrido? —Cuestionó mientras cerraba una caja del cargamento y tiraba de la carroza hasta la siguiente casa.

—Nos prohibieron la entrada hasta que el templo secara. Así que pasaremos unos días en la aldea —Explicó Yamato mientras tomaba un extremo de la carroza y ayudaba a tirar de la misma.

—No me sorprende, los Tachikawa controlan hasta la humedad —bromeó Taichi y Yamato sonrió.

Cuando ambos adolescentes caminaron hasta la siguiente casa, Yamato reparó en ciertas hojas rectangulares de papel que colgaban de las puertas. Miró a su alrededor y los habitantes habían comenzado a colocar esos papeles que colgaban de hilos de color blanco. Tenían distintas plegarias escritas al frente con tradicional caligrafía japonesa.

—Taichi, ¿para que es esto? —Cuestionó el rubio mientras le pasaba una caja.

—¿Acaso no conoces qué es un omamori? —Dijo Taichi parpadeando.

—Sí, los conozco. Sé que sirven para protección principalmente. Pero… la semana pasada no estaban. ¿Sabes por qué los han puesto de la noche a la mañana?

—Ah, es porque varios la han visto… a la doncella carmesí. Es una vieja leyenda.…

Ambos chicos tocaron la puerta y repartieron la caja a la dueña de aquella casa. Una vez que la puerta volvió a cerrar, Taichi continuó su relato mientras ambos tiraban la carroza.

—Se dice que ese espíritu femenino vive en las montañas y representa las almas que han sido corruptas, por lo que deambula por la aldea para recordarnos lo que el mal puede representar. Todos la hemos escuchado alguna vez. Es más —Dijo Taichi señalando la ventana de una casa de madera— los omamori también se colocan en las ventanas para que no queramos asomarnos, ya que es un espíritu agresivo. Aunque es verdad que muy pocas personas la han visto, como Hikari por ejemplo. —Acotó Taichi y Yamato le miró inquisitivo, por lo que el moreno agregó— Hikari es mi hermana.

—¿Y ella dónde está?

—Bueno… no es una historia muy interesante. —Dijo Taichi con una sonrisa cansada y un dejo de pesadez en su mirada— Hikari enfermó antes de cumplir los diez años, al parecer sus pulmones no recibían el suficiente aire en las montañas, y mis padres decidieron enviarla al pueblo que se encuentra al pie de la montaña. Aunque no fue nada fácil, mis padres necesitaron la aprobación del todopoderosísimo y venerado clan Tachikawa —Ante los ojos atónitos de Yamato, añadió— Ellos no permiten que ninguna niña o mujer abandone la aldea sin su autorización.

—No puedo creerlo —Dijo un aún atónito Yamato. En este punto, le parecía absolutamente irrisorio que una familia que ni siquiera estaba relacionada con el emperador, poseyera tal control sobre la población que gobernaban—. Entiendo que decidan sobre sus trabajadores o los miembros de su familia —Dijo con la imagen de aquella doncella en mente—. ¿Pero sobre los aldeanos?

—¿Verdad? Es lo que yo siempre he dicho. Aunque supongo que es por la ceremonia que ocurrirá dentro de poco —Explicó Taichi y al observar la cara desconcertada de Yamato, agregó con un tono amable— Me sorprende que a estas alturas sigas sin saber nada, llevas ya una semana acá.

—¿Y por qué habrían de hacerlo? —Contestó Yamato enarcando una ceja—, todos son demasiado herméticos aquí. Y no parecen gustarles los foráneos…

—Es verdad. Lo bueno es que ya tienes un amigo en quien confiar —Admitió Taichi con una sonrisa— Vamos, comamos algo. Pasa ya de la hora del almuerzo.

Los adolescentes pasaron frente a una casa que tenía adaptada una ventana a modo de servicio. Allí, había un amable señor que vendía algunos bocadillos para los habitantes, por lo que adquirieron algunos bollos de carne envueltos en papel de arroz y mochi de frijoles dulces. Después de dejarle su cargamento correspondiente, continuaron deambulando hacia un lugar más tranquilo, si es que eso era posible, y se dirigieron al pórtico de otra casa, donde había un banco fuera. Ambos jóvenes estacionaron la carroza y se sentaron en el banco para almorzar.

—Aquí podemos sentarnos, es la casa de mi mejor amiga. Sora está trabajando en los campos de arroz —Explicó el moreno desenvolviendo su bollo y extendiéndole uno a Yamato, por lo que este le agradeció con una reverencia, y ambos empezaron a comer.

—Taichi, sobre el espíritu que mencionaste antes… —Enunció Yamato con un poco de cautela tras unos minutos después— ¿Siempre ha deambulado por la aldea?

—No, eso es lo más extraño —Admitió el aludido— Solo aparece cada siete años, cuando se acerca el equinoccio de otoño. Y desaparece tras la ceremonia.

Yamato se quedó en silencio y miró los restos del bollo que tenía en sus manos. Sintió un escalofrío al pensar que no había enloquecido y que en efecto había algo maligno amenazándolo y llamándolo entre sueños.

—¿La has visto, no es así? —Preguntó Taichi al observar la reacción del rubio, por lo que este asintió.

—Desde el día en que llegué. Y escucho que dice cosas sobre una amenaza, la puerta del infierno y cosas que simplemente suenan aterradoras, y a la vez no tienen sentido —Admitió Yamato aún observando a sus manos.

—¿Tu padre sabe sobre eso? —Interrogó el moreno, por lo que Yamato negó con la cabeza— En ese caso, puedo contarte algunas cosas al respecto, pero es preferible que quede entre nosotros. Sobre todo porque es mejor no exponerte aún más de lo que ya estás.

—Para ser honesto, no entiendo tanto misterio en este lugar —Expresó Yamato con un dejo de cansancio en la voz— Pero lo prometo, no diré nada.

—La verdad es que todo es gracias al clan Tachikawa; la ceremonia, la doncella del kimono carmesí y su hermetismo, todo eso está relacionado de alguna forma. Como habrás visto, los Tachikawa viven en secesión, apartados de la aldea. Ocasionalmente, el personal de menor rango se le ve deambulando llevando provisiones a la mansión, pero incluso ellos tienen prohibido intimar con nosotros.

—E imagino siempre ha sido así —Dijo Yamato girándose y mirando a Taichi.

—Así es. Sin embargo, la familia Tachikawa se expone al exterior en dos ocasiones cada siete años. La primera visita la realiza el propio Sensei Tachikawa. Recuerdo haberlo visto cuando tenía 10 años y por un momento pensé que era algún miembro de la corte del emperador. Se dice que él solía ser un shogun; que originalmente nació y se crió en la mansión Tachikawa para después partir, se desempeñó como shogun y eventualmente regresó para asumir el mando de su clan. Sin embargo es algo que nadie ha podido comprobar.

—¿Y si nadie lo ha podido comprobar, de dónde ha salido tal supuesto? —Preguntó Yamato.

—Porque un antiguo trabajador vio las armaduras dentro de la mansión. Y porque los cuatro sacerdotes que lo custodian, portan katanas que solo podrían pertenecer a un shogun. En fin, el sensei Tachikawa aparece en la aldea a inicios de noviembre, durante la primer luna nueva, para "llevar sus bendiciones al pueblo", que en realidad pienso son puras patrañas, y anunciar que sus doncellas han alcanzado su cometido rezando para mantener sellada la puerta del infierno. Es a la puerta a la que te referías, Yamato —Enunció Taichi y el aludido asintió.

—He escuchado leyendas similares, pero ¿acaso la puerta es real? —Dijo Yamato con un mal presentimiento.

—Yo pienso que sí. ¿Y sabes qué creo? Que esa puerta que separa a nuestra realidad del inframundo está en la mansión Tachikawa y que tal vez por eso no dejan entrar a los pobladores. Aunque bueno, jamás podremos comprobarlo…

—Y acerca de las doncellas que le rezan, ¿que más tienen que ver en todo esto aparte de rezar?

—No lo sé, nadie sabe con certeza. Solo se dice que deben ser almas puras que estén dispuestas a rezar día y noche, mientras que el sensei es uno de los que las custodia

—¿Y el sensei las escoge? ¿O cómo es que terminan ahí? —Cuestionó Yamato con un peculiar énfasis que intentó disimular.

—De esto sé un poco más gracias a Sora. Después de la visita del sensei Tachikawa, la mansión extiende una invitación a todas las niñas menores de 10 años de la aldea, para que asistan a una ceremonia en la mansión. Y ahí escogerán a una niña para formar parte de la corte del rezo. Pero, si esa niña es suficientemente especial, la volverán una sacerdotisa. La niña pasará a formar parte del clan Tachikawa y no podrá volver con su familia.

Yamato guardó silencio durante un momento. Algunas dudas que tenía al respecto de la doncella se habían aclarado, solo para dar paso a más preguntas de las que podía realizar a Taichi, de lo contrario levantaría sospechas. Presumía que aquella chica no solo era una doncella, sino una sacerdotisa y quizá por eso la custodiaban tanto, por ser intocable. También eso explicaba por qué su kimono lucía de mayor rango y portaba un medallón. Pero… ¿quién en su sano juicio la dejaría partir a realizar un trabajo así?

—Eso suena tan sospechoso… y muy turbio —Reconoció Yamato, por lo que Taichi asintió— ¿en verdad los padres no tienen opción?

—Ninguna —Afirmó Taichi con la misma pesadez que albergaba al referirse a su hermana—. Hikari fue enviada lejos por su enfermedad, de lo contrario hubiera asistido. El clan Tachikawa lo controla todo. Sora no corrió con la misma suerte y acudió a la fiesta. Yo pensé que no volvería a verla…

—¿Sabes qué fue lo que vio? ¿Y si a alguna otra niña en particular? —Volvió a ahondar Yamato, por lo que en esta ocasión su interés no pasó desapercibido para Taichi.

—No lo sé, tendríamos que preguntarle. Solo recuerdo que Sora comentó que hizo amistad con una niña muy bonita que siempre había vivido en la mansión, y que fue ella la elegida para ser la sacerdotisa. Por eso es que todas las niñas de la aldea regresaron con sus familias tras la ceremonia de aquel año.

—¿Y tú en verdad crees todo eso, Taichi?

—No —Admitió mientras negaba con la cabeza— Creo que hay algo aún más oscuro que está ocurriendo y no nos han dicho. Sin embargo, toda la aldea está conforme con la abundancia que tenemos y no parece tan importante que una niña sea enviada lejos de su familia cada siete años —Dijo Taichi con cierta amargura.

—Entre más escucho sobre el clan, más desconfianza me genera. Lo siento —Se sinceró Yamato.

—Me encuentro igual. Me encantaría marcharme, pero mis padres y Sora están aquí.

—Lo siento, no sé qué decirte —Se disculpó el rubio.

—No pasa nada, solo nos queda dar lo mejor con lo que tenemos —Dijo Taichi con renovado optimismo y Yamato asintió. Ambos jóvenes se levantaron del banco y se dirigieron a la carroza— Ahora que estés con nosotros durante estos días, te llevaré a recorrer la aldea y vendremos a molestar a Sora —Dijo con una sonrisa—. Pero primero, debemos ir al templo. Necesitas un omamori, Yamato. No puedes dejar que el espíritu carmesí se acerque.

Y así fue, durante los siguientes cuatro días, Taichi y Sora se encargaron de hacerlo sentir más cómodo en la aldea. A lo largo del día, Yamato le ayudaba a Taichi con las labores de la posada —mientras su padre descansaba—, mientras que por la tarde y antes de que se pusiera el sol, salían a caminar al bosque acompañados de Sora.

Fue en una de estas caminatas, que Yamato cuestionó a Sora sobre la ceremonia que el clan Tachikawa había organizado cuando ella tenía 10 años. Al principio ella se mostró cautelosa, no obstante Yamato tuvo que sincerarse con la joven, contándole parcialmente que su interés era porque había visto a aquella niña caminando en la mansión.

—No recuerdo mucho —Dijo Sora encogiéndose de hombros—. Tenía tanto miedo de quedarme, que de algún modo suprimí ese recuerdo. Solo sé que nos hicieron colocarnos unas máscaras con expresiones muy extrañas y nos hicieron perseguirnos entre todas en aquella parte de la mansión. Recuerdo que una niña muy bonita de ojos color miel fue muy amable conmigo, vi sus ojos a través de la máscara y nos escondimos juntas. Ella sabía a donde ir ya que vivía ahí. Aunque es una pena no recordar su nombre.

Yamato agradeció la confianza que le tuvo Sora, una chica pelirroja casi tan alta como Taichi, y ella volvió a reunirse con el moreno, no sin antes advertirle que tuviera cuidado en la mansión Tachikawa.

El adolescente se detuvo un momento y observó hacia lo alto de la montaña a través del bosque, justo hacia la cima. Sabía que no deseaba meterse en problemas y que sería mejor dedicarse exclusivamente al trabajo que le había sido encomendado. Sin embargo, también había algo que le inquietaba de aquella sacerdotisa. Por lo que, si quería obtener más información sobre la niña de ojos color miel, debía regresar a trabajar a la mansión Tachikawa cuanto antes.


La frescura del ambiente había comenzado a disminuir las temperaturas rápidamente en lo alto de la montaña. Aquel frío día de septiembre, Yamato y su padre habían reanudado sus actividades en el templo Shinto de la mansión Tachikawa.

Tal y como habían previsto, Kurosawa-san había extendido su jornada laboral durante tres horas adicionales bajo muy estrictas condiciones. Primero, podrían accesar como siempre a la parte frontal y posterior del templo como normalmente hacían. Sin embargo, durante las horas extra, tenían prohibido accesar a la parte posterior, y solo tenían permitido trabajar en la fachada principal, aquella que daba hacia el atrio donde pasaba la procesión. Segundo, no podían dirigirse a los guardias que se encontraban en vigía en el atrio, lo cual llamó su atención de sobremanera y de alguna forma, también lo alertó.

Ishida-san y su hijo se encontraban ya en su jornada extendida al frente del templo bajo las órdenes de Kurosawa-san. Yamato observó a la procesión desfilar como todos los días sin cambio alguno y a diferencia de antes, no volvió a sentir aquella mirada insistente detrás suyo. Convencido que así debía ser, se dispuso a ayudar a su padre a tallar los pilares que formaban la entrada del recinto.

Tras quizá una hora de trabajo, Yamato notó que la lija que utilizaba se había desgastado más de la cuenta y maldijo internamente, ya que por descuido, no consideró que utilizaría esas herramientas en particular, al menos no ese día. Todas sus herramientas se encontraban en la carroza que descansaba en el cobertizo del atrio posterior. Sí, precisamente al que tenía prohibido accesar a deshoras.

El joven tomó un saco de lino donde normalmente ponía material adicional, y asegurándose que su padre estuviera sumido en la reparación de uno de los pilares, Yamato se escabulló por el pequeño pasadizo junto al templo y llegó al atrio posterior donde se erguía ese extraño cerezo en flor.

Cuando abrió la pequeña puerta que conectaba el pasadizo con el atrio y la cerró detrás de sí, se quedó tan sorprendido que parpadeó algunas veces antes de dar crédito a lo que veía.

El adolescente dio algunos pasos hacia el frente y ahí la vio. La sacerdotisa se encontraba de pie junto a su caballo, cantándole mientras lo cepillaba y acariciaba la cresta facial, o lo que vendría siendo, el equivalente de su mejilla.

La sacerdotisa se encontraba ataviada en su largo kimono blanco con obi rosa palo, sin embargo su capa se encontraba descansando en aquella pequeña banca junto al árbol de cerezo. Lo que más había llamado la atención, fue su larga cabellera castaña y cómo esta brillaba bajo los últimos rayos del sol en el atardecer.

Yamato la contemplaba en silencio. No era capaz de entender lo que sentía, pero una mezcla de ternura y curiosidad le habían acogido al observar cómo las manos sedosas de la chica se perdían en la melena oscura del caballo. Dio unos pasos más al frente, hacia ella, quien le daba la espalda. En ese momento se percató que ella se encontraba recitándole una canción al caballo.

La imagen apacible que le devolvía tal escena, súbitamente se volvió tétrica al escuchar las oraciones que la sacerdotisa enunciaba. Yamato, aterrorizado, se quedó inmóvil mientras escuchaba a la sacerdotisa cantar.

"Duerme, duerme

ya en paz,

Duerme la sacerdotisa

ya en paz,

Si ella despierta

las doncellas vendrán,

Cuatro estacas

en las extremidades clavarán…"

Su voz femenina resonaba en el atrio, entonando dulcemente la plegaria de un ritual. Yamato, completamente horrorizado, dejó caer el saco de lino que sostenía y la sacerdotisa continuaba vocalizando como si recitara una canción de cuna.

"En el suelo de la cámara

por siempre dormirá,

Su sufrimiento

a la calamidad apaciguará,

La sangre derramada

Un tributo representará,

Su vida en un altar

a la puerta ofrecerá,

Y la puerta del Infierno

sellada permanecerá"

Yamato no pudo contenerse e irrumpió la melodía que la sacerdotisa tarareaba.

—¿¡Qué clase de atrocidades estás diciendo!? —Vociferó Yamato evidentemente perturbado.

La sacerdotisa enmudeció en seguida y se giró hacia el chico, mientras que éste, dio dos pasos hacia el frente.

—Es terrible lo que estás cantando. ¿Por qué dirías algo así? —Replicó Yamato con dureza, dando otros dos pasos hacia el frente y quedando a un metro de distancia de la chica. Ella, petrificada, cayó sobre sus rodillas y comenzó a temblar.

De repente, Yamato observó que el rostro de la chica se tornó lívido y unas lágrimas habían comenzado a derramarse por sus mejillas. Completamente desconcertado, el rubio había dejado la postura ofensiva y comenzó a caminar hacia la joven, quien estaba ya sollozando.

—Es una de las canciones que debo enseñarles a las niñas —Respondió entre sollozos— Por favor no me hagas daño —Suplicó la joven.

Yamato estaba completamente aturdido y no supo qué decir. Le parecía que la chica había presentado una reacción desproporcionada para lo que en realidad ocurría. No era normal una reacción de tal magnitud, así como tampoco lo era el contenido de su canción.

Estando a escasos centímetros ya de ella, Yamato se arrodilló frente a la joven, quien había escondido su rostro entre sus manos, y su corazón se estremeció.

—Calma, por favor respira —Pidió Yamato con un tono más sosegado y fue entonces cuando se dio cuenta de su error y cuánto la había asustado. Se sentía tan avergonzado de sí mismo mientras ella aún sollozaba en voz queda—. ¿Cómo te llamas? —Trató de añadir con voz amable. Ella retiró las manos de su rostro y el chico vio cómo las lágrimas caían en silencio.

—Mimi... —Respondió la joven secamente.

—Mimi, lo siento —Se disculpó Yamato apenado por su comportamiento—. Sé que no debo hablarte, yo... —Su propio discurso fue interrumpido al darse cuenta que, involuntariamente colocó su mano en el antebrazo de la chica y percatándose del error, pensó que ella le movería. Sin embargo no fue así, ya que ella permanecía inmóvil. Por lo tanto, Yamato retiró su mano—. Yo... lamento haberte asustado.

Sin siquiera mirarle, Mimi sacó un pañuelo que guardaba debajo de su obi rosado. Lo contempló durante algunos segundos en su mano, y con cierto desdén lo tiró hacia el lado opuesto. En su lugar se secó el rostro con la manga izquierda del kimono.

La expresión en los ojos de la castaña se había transformado ahora en cierta molestia, y eso desconcertó al chico aún más.

—¿Qué te hace pensar que puedes venir a gritarme cuando no estoy haciéndole daño a nadie? —Espetó Mimi estableciendo contacto visual por primera vez.

—Tu canción habla de lastimar a alguien —Declaró Yamato molesto.

—¿Y eso en qué te afecta? Es una plegaria tradicional.

—Una plegaria oscura es usada para maldecir —Reconoció Yamato y ella, atónita, abrió los ojos de par en par.

—No es así. Yo… no podría hacerle daño a nadie.

—¿Pero y entonces…? —Yamato se sintió frustrado y a la vez perplejo. No podía creer que había pasado de consolarla a pelear con ella en menos de un minuto. Sin embargo, Mimi no le miraba con rencor. Ella había vuelto a quebrar el contacto visual y fijó su mirada hacia su regazo. Yamato contempló su rostro y notó cierto aire de aflicción en su semblante, como si hubiera algo más que la inquietaba. El joven suspiró y cambió su elección de palabras—. No tenía derecho a amedrentarte de esa manera, me dejé llevar por lo que escuché. —Hizo una pausa y como la joven no dijo nada, agregó—. Lo siento.

Yamato se levantó y extendió su mano para ayudar a la joven a incorporarse, por lo que Mimi miró hacia arriba y le contempló con aquellos cálidos ojos color miel. Sin decir nada, la sacerdotisa extendió su mano y el joven rubio volvió a sentir la sensación suave bajo sus dedos. Mimi se incorporó y permaneció de pie, mirando al caballo.

Al no obtener respuesta de la castaña, Yamato procedió rápidamente a sacar las herramientas del la carroza, las tomó entre sus manos y cuando se disponía a marcharse, notó que junto a él yacía el pañuelo de seda que la castaña había arrojado previamente. El chico recogió en pañuelo y se lo extendió a ella, no obstante la sacerdotisa ignoró aquel gesto, por lo que Yamato decide guardarlo. Así, se alejó de ella, recogió el saco de lino del piso y guardó las herramientas para finalmente marcharse.

Yamato volvió hacia donde estaba su padre y este parecía no haber notado siquiera su ausencia, aunque quizá no habían transcurrido más de diez minutos desde que se había ido. Justo cuando se colocó junto a él, un guardia pasó frente a ambos, por lo que el chico asumió, nadie había notado lo ocurrido. No pudo volver a concentrarse en lo que restó de la jornada y tras media hora de lo sucedido, se percató que los guardias habían desaparecido. Por lo tanto, Yamato dedujo que la joven quizá se había marchado, aunque no tuvo el valor de ir a comprobarlo.

Aquella noche, Yamato no pudo conciliar el sueño. Se sentía como un verdadero idiota y se hallaba altamente preocupado por lo que esto podría representar para él y para su padre. Había no solo quebrado la línea de lo que estaba permitido, sino que había amedrentado a la sacerdotisa más importante del clan Tachikawa.

Había sido presa de sus propias conjeturas dentro de todo ese ambiente hostil, y malinterpretó unas viejas plegarias tradicionales por una maldición. No podía quitarse de la cabeza la expresión de terror que vio en sus ojos al saberse descubierta, lo cual también lo había confundido. Por otro lado, y no menos importante, no podía siquiera imaginar el castigo que vendría si alguien dentro de la mansión se enteraba de lo que había hecho.

A la mañana siguiente, Yamato se encontraba completamente distraído y había decidido caminar en solitario. A Taichi le pareció extraño su comportamiento, pero dejó que el chico saliera por cuenta propia. El rubio salió a la aldea y al pasar por la tienda local donde usualmente solía consumir su almuerzo, intercambió algunas palabras con el tendero. Antes de marcharse, adquirió una bonita galleta de arroz en forma de sakura.

Yamato esbozó una sonrisa que dejaba entrever su aflicción. Suspiró y envolvió la galleta con el paño de seda que Mimi había tirado, y lo guardó en el bolsillo de su haori negro —una especie de saco—.

Ese día durante su jornada laboral, Yamato no tuvo el valor de mirar hacia el edificio donde Mimi se encontraba. Antes de que sonaran las campanas anunciando la procesión, el chico se dirigió al atrio posterior del templo. Simplemente colocó la galleta envuelta sobre la banca que estaba junto al árbol de flor de cerezo, cerca de donde había visto que Mimi había colocado su capa.

Yamato abandonó el atrio para continuar sus labores en la parte frontal. El adolescente volvió a notar que los guardas habían comenzado a patrullar cerca suyo, por lo que asumió que Mimi ya se encontraba paseando en el atrio posterior. Ese día, Yamato continuó trabajando lo que restó de la jornada sin regresar al patio trasero. Simplemente se sentía demasiado avergonzado para hacerlo.

Al segundo día de su desastroso encuentro con Mimi, regresó a su jornada normal como cada día acompañado de su padre. En cuanto llegó, se dirigió hacia el atrio posterior para saludar a su caballo y para su gran decepción, se dio cuenta que el pequeño obsequio que había dejado envuelto, se hallaba aún sobre la banca.

Abatido, Yamato se acercó a recogerlo y se percató que el tamaño del envoltorio había cambiado, viéndose más pequeño de lo que recordaba. Lo tomó entre sus manos, lo desenvolvió y fue entonces que sonrió ampliamente, quizá como hacía tanto que no lo hacía.

En sus manos se hallaba un wagashi conocido como kuri-kinton, un postre tradicional de la Prefectura de Gifu. Los wagashi son dulces tradicionales elaborados con pasta de frijoles, arroz o fruta, y normalmente se sirven a la hora del té o bien, son ofrecidos como obsequio. Sin embargo, el kuri-kinton era propio de Gifu, ya que estaba elaborado a base de una pasta de patata dulce y castañas confitadas, las cuales crecían en lo alto de las montañas.

Con un renovado ánimo, Yamato guardó el obsequio en su haori y se dirigió hacia su puesto de trabajo. Transcurrieron varias horas y dentro de su ensimismamiento, el joven ni siquiera se percató que la procesión había ya desfilado frente suyo. Solo fue consciente del tiempo hasta que los guardias patrullaron la zona. Tomando como excusa que requería cinco minutos para respirar, Yamato se escabulló por la puerta posterior y agradeció encontrar a Mimi, sentada en el banco mientras sostenía algo que parecía ser un libro.

Siendo consciente de que no podía acercarse a ella, Yamato se aclaró la garganta y enunció una oración al aire.

—Una persona ofrece sus sinceras disculpas cuando su insolencia ha hablado más que la razón—Recitó Yamato y Mimi se giró sobre sí, cerrando su libro.

Mimi dejó el objeto sobre el banco, se incorporó y le observó con un particular destello en sus ojos color miel.

—La gente suele temer a lo que desconoce —Dijo Mimi a modo de respuesta, por lo que Yamato hizo una reverencia y ella le correspondió. La sacerdotisa dio algunos pasos al frente y se mostró expectante frente al rubio.

—En verdad lo lamento, no quise hacerte llorar —Reconoció Yamato con un tono más afable y un claro arrepentimiento en su voz. Mimi alzó la mirada para observarlo, pues el joven era más alto que ella, y se sintió conmovida por sus palabras.

—Debes saber que no me está permitido hablar con forasteros —Mencionó la chica con pesar.

—Lo sé —Admitió Yamato con una ligera sonrisa, expresión que involuntariamente hizo ruborizar a Mimi—. Por eso debo irme —Agregó al hacer una reverencia.

—Pero… —Intercedió Mimi dando dos pasos al frente— …¿Volverás… Yamato? —Preguntó con inocencia mientras el viento ondeaba los caireles de cabello castaño que caían hacia el frente.

—¿Cómo sabes mi nombre? —Preguntó el chico sorprendido.

—Alguien te llamó por tu nombre el día en que me devolviste el medallón… —Respondió ella, provocando que se dibujara una sonrisa en los labios del joven.

—Fue mi padre. Es él con quién vengo a trabajar —Explicó el chico, por lo que ella asintió.

—¿Y… te dejarán volver?

—Sí, aún cuando no pueda hablar con la sacerdotisa —Reconoció el chico y Mimi le sonrió ampliamente de vuelta, haciendo una leve reverencia antes de que el joven desapareciera.

Aquella noche, tras volver de la mansión Tachikawa, Taichi notó que Yamato se encontraba de mejor ánimo y pese a ser tan reservado con sus sentimientos, era evidente que había algo que lo motivaba más de la cuenta. Simplemente irradiaba luz.

Fue así que, cada día durante la tercera semana, Yamato solía escaparse durante algunos minutos para conversar con Mimi, e intercambian pequeños obsequios. Era una proximidad tan inocente propia de su edad, que Yamato solo fue consciente de lo que estaba ocurriendo hasta que se encontró pensando en cómo extender el tiempo a su lado.

Y esa complicidad que ambos, sacerdotisa y aprendiz, habían comenzado a forjar, fue lo que enfureció a los espíritus errantes.

Después de la cena durante aquel ocaso de otoño, Yamato se dirigió a su habitación donde su padre se encontraba ya dormido. Y mientras alistaba su ropa para el día siguiente —pues laboraba incluso los fines de semana—, advirtió una presencia en su habitación. Se giró hacia la ventana y súbitamente sostuvo el aliento. Su instinto de supervivencia se desconectó del resto de su cuerpo y solo atinó a quedarse paralizado frente al espectro más siniestro que había visto en su vida.

El espíritu etéreo que llevaba semanas intimidándolo, se había manifestado ante él, irónicamente frente al omamori que se suponía, le brindaría protección. El aura oscura que ese ser desprendía, comenzó a juguetear con la llama de la única vela de la habitación.

Yamato sentía sus piernas languidecer, pero se hallaba petrificado para siquiera reaccionar. El espíritu de la mujer fue consciente del efecto que tenía en el adolescente y esta comenzó a reír con una voz tan profunda, que él se convenció que ese sonido era inhumano.

Una mujer con un kimono rasgado y teñido de sangre se materializó a medida que absorbía la escasa energía del omamori. Su mirada horrorizada recorrió el trayecto del líquido escarlata que profanaba la pureza de su kimono, y se percató que la sangre provenía de sus cuatro extremidades, de pies y manos respectivamente. En ellos, se hallaban cuatro agujeros que emanaban sangre incesantemente y cuyas lesiones solo podían haber sido provocadas por un objeto punzante. Las gotas habían comenzado a derramarse sobre el piso y una sonrisa maquiavélica se dibujó en su mandíbula desencajada. Sus ojos eran dos cuencas oscuras que sentía, podían penetrar hasta en lo más recóndito de su alma.

La sacerdotisa ha creado un lazo con el mundo terrenal —Increpó el espectro con una voz tan grave, que Yamato no podía comprender del todo las palabras que emitía— Yamato… —Susurró aquel espíritu impuro y el joven empezó a hiperventilar, sintiendo que cada inhalación era insuficiente pues el aire se escapaba de su cuerpo. Cayó sobre sus rodillas ya que sus piernas habían perdido toda fuerza a medida de que la mujer demoniaca se acercaba. Su piel se encontraba ya fría y su visión se había vuelto borrosa, siendo incapaz de distinguir al espíritu frente a él—. Tu sacrificio será el que abra la puerta del infierno

La doncella del kimono ensangrentado volvió a regalarle una sonrisa macabra y al mover su mano derecha, la vela que se encontraba en el alféizar de la ventana cayó hacia el piso, prendiendo fuego inmediatamente en la habitación. La sangre que había derramado el espectro a su paso, había actuado como combustible, esparciendo y avivando las llamas a gran velocidad.

El espectro se desvaneció y Yamato comenzó a toser. Siendo aún incapaz de moverse, solo atinó a llamar a su padre.

—¡PAPÁ, DESPIERTA! —Gritó Yamato desesperado y con todas las fuerzas que reunió, comenzó a golpear sus propias piernas. Al no obtener resultado, se estiró lo más que pudo y tomando la cobertura del futón, la arrojó hacia el fuego en un intento por contener las llamas— ¡TAICHI, TAICHI! —Gritó el chico presa del pánico al percatarse que el espectro no había desaparecido del todo y le observaba desde una esquina de la habitación con una sonrisa sardónica en el rostro. Entonces, la mujer del kimono carmesí sacó el medallón de Mimi por debajo de su obi y él perplejo, observó cómo ella lo arrojó al fuego antes de desaparecer.

Finalmente, Hiroaki despertó tosiendo y en cuanto se percató de la situación, se levantó y se colocó frente a Yamato intentando apagar el fuego, arrojando el resto de los futones. Para fortuna de ambos, la familia Yagami subió hasta la habitación y mientras Taichi jaló a Yamato hacia fuera de la habitación, sus padres habían arrojado una red, que parecía estar hecha del mismo material que los sacos de arroz, logrando así extinguir el fuego.

Taichi colocó el brazo izquierdo de Yamato por sobre sus hombros y una vez que las piernas de éste lograron reaccionar, el moreno lo ayudó a bajar las escaleras.

Transcurrieron varios minutos antes de que Yamato pudiera explicar lo sucedido, por lo que solo atinó a describir el accidente de un modo verosímil; mientras se alistaba, el viento que se filtró a través de la ventana había tirado la vela y la llama se propagó, en lo que podría haber resultado un fatídico accidente. La familia Yagami se mostró comprensiva, ya que este tipo de situaciones eran comunes en aquella época del año. Las ventanas fueron abiertas para dejar circular aire a través de la casa, ya que afortunadamente el fuego no había causado mayores estragos.

En cuanto le fue posible, Yamato salió de la posada y se sentó en la pequeña banca que había en el pórtico. Solo atinó a fijar la mirada en la nada y las lágrimas surcaron sus mejillas marcadas por el humo. Sin decir nada, Taichi le había seguido y se había sentado junto al chico.

Tras compartir cerca de cinco minutos en absoluto silencio, fue el moreno quien quebró la atmósfera lúgubre que envolvía a su amigo.

—¿Qué te ocurrió Yamato? ¿Por qué… no podías caminar? —Taichi observó que tras su pregunta, el rubio apretaba sus puños con fuerza, quizá en señal de impotencia.

—El omamori no ha servido de nada —Dijo el aludido por toda respuesta, secándose el rostro con la manga de su ropa.

—¿De qué estás hablando? —Replicó Taichi desconcertado.

—Fue el espíritu de la doncella carmesí. Ha venido por mí…

—Yamato, me estas asustando. ¿Por qué haría algo así?

—Porque… creé que mi presencia abrirá la puerta del infierno —Dijo Yamato girándose hacia Taichi, con una expresión abatida en el rostro.


Notas de la autora: Este fic está especialmente dedicado a la comunidad Mimato en facebook, por el especial #MimatoHalloween2021. Espero haya sido de su agrado, ya que dentro de no mucho publicaré la continuación. Quiero agradecer a Azuka Kaiba por una gran idea que me proporcionó para mi fic, sin ella, cierta escena no hubiera sido posible, gracias infinitas 3.