Notas .
una autora nueva en esto. Quisiera saber su opinión de mi ha encantado Van Helsing desde pequeña, y recientemente he visto la película Drácula la leyenda jamás contada.
Capítulo 1. Preludio de la Destrucción.
Le dolía cada centímetro de su cuerpo. Sin embargo, la adrenalina la llenaba de fuerzas. Valor no le faltaba, pero Anna necesitaría fuerzas para salvarlo.
Dobló una esquina, luego otra, siempre atenta, siempre pendiente de los gruñidos, de los gritos de dolor. Ya en el marco de la puerta, Anna tenía una excelente visión de la pelea entre Van Helsing y el Conde Drácula.
Van Helsing, ya convertido en un gigantesco hombre lobo de pelaje negro, literalmente jugaba con el gran rey vampiro como si fuera una muñeca de trapo. Apisonaba el fibroso cuello del adversario. Anna apretó la cura contra la licantropía contra su espalda.
Cinco campanadas para las doce.
El hombre lobo arrinconó al gigantesco murciélago contra los escombros.
Cuatro campanadas para las doce.
Sus poderosas garras desgarraban los tejidos y las alas membranosas, mientras que Drácula luchaba por el agarre del cuerpo fuerte sobre él. Las articulaciones del vampiro, brazos, piernas, alas, se movían, hasta que pararon, por fin y para siempre.
Dos campanadas para las doce.
Anna no perdía la vista cómo el cuerpo del vampiro quedaba rígido y se convertía en polvo: la muerte lo había reclamado por fin.
—Van Helsing— llamó Anna. Había planeado correr hasta él, pero esa decisión sería su sentencia de muerte. "Espera que el lobo venga a ti, para así solitario cazarlo bajo tus términos", era una de las reglas de los cazadores.
El hombre lobo corrió hasta Anna. Ella sacó la jeringa y la hundió contra la capa de pelaje negro. Saltó para atrás, mientras que el hombre lobo recobraba su aspecto humano. Fuertes convulsiones le siguieron, él se rasgó el pelaje para dar paso a una piel humana, un hombre de cuerpo musculoso, fuerte y guapo.
Van Helsing miraba sus manos, su cuerpo, se llevó las manos a la cabeza y luego la vio. Parada, empapada por la lluvia, jeringa en mano. Una sonrisa se le dibujó en sus labios y corrió hasta ella, y la estrecho entre sus fuertes brazos. Anna, aturdida, solo atinó a corresponder. Pero luego vino el beso.
Labios mojados contra los labios partidos de la joven. Las manos fuertes y grandes del cazador sobre ella, acariciándole la cintura y la espalda baja...
De repente, Van Helsing quebró el beso.
— Lo siento tanto, Anna— Van Helsing trazó el contorno de los labios los partidos de la chica con los dedos, aún manaba sangre de ellos tras la pelea con la última novia, Mariska.
— No es tu culpa, ha sido culpa de Mariska. —tartamudeó, y se arregló la blusa raída. Dios, se le notaba el corsé y los pezones. ¿Se habría dado cuenta...?
— Lo importante es que lo ha logrado— dijo, ahora sí, eufórica y, con una gran sonrisa, señaló el polvo que ahora era Drácula.
Drácula, la criatura que había perseguido en su familia por más de 400 años, el culpable de las generaciones de su familia (incluido su hermano, Velkan) no había cruzado las puertas de San Pedro, estaba muerto.
— ¡Lo ha logrado! — dijo.
— No Anna Lo hemos logrado— dijo Van y lo tomó por los hombros para unir los labios en un beso. Sonriendo de lado para esa reacción, el cazador tomó su rostro entre las manos y unieron los labios. El beso era fuerte, más fuerte, cargado de pasión, como lo era el hombre guapo. Anna le gusto, pero debía admitir que estaba un poco incómoda. Por ello fue que se alivió cuando tuvieron que separarse, debido al ruido de pasos acercándoseles los pasos
Se tranquilizó cuando vio de quien se trataba: Carl, el fraile que los había ayudado en esa peligrosa misión.
— ¿Ya termino todo? — les preguntó Carl, con la estaca de plata en mano
— Sí, Carl. Anna me ha curado. Drácula está muerto. — dijo Van Helsing.
El hombre soltó la estaca en el piso y se rió fuerte.
— ¡Maldita sea, gracias a Dios, no quiero que me mataras convertido en una bola de pelo! —
— ¿Dije una maldición, no? — preguntó el fraile, riéndose.
—Sí, Carl— le confirmo Van Helsing.
— Bueno, rezaré por el perdón más tarde. Vámonos rápido de aquí
El castillo debía de datar de la Edad Media, como la mansión Valerius, pero mientras esta se mantenía en perfectas condiciones, esta edificación había sido destruida por el pasar de los siglos. Anna percibía el olor a sangre impregnado en las paredes de piedra. Las paredes, cubiertas de moho y las corrientes heladas que se colaban del techo acrecentaban el frio. La lluvia continuaba y ella caminaba por los sectores que todavía poseían un resguardo contra esta. Se abrazaba a sí misma y rogaba en silencio no terminar cogiendo un resfriado. El piso cubierto de escarcha era tal vez peor ya que se le había roto un tacón de la bota izquierda; debía desplazarse con gran precaución y apoyando el pie izquierdo lo más leve posible, pero firme.
Van y Carl no tenía muchos problemas. El fraile se había arremangado la túnica hasta más allá de las rodillas y Van si no sentía o si no le afectaban los elementos o las heridas, no podía saberlo a ciencia cierta.
Conforme abandonaban el "corazón" del castillo salieron a lo que hace siglos habría sido el patio exterior. Anna vio la maquina resucitadora. Allí estaba, con la camilla intacta y los pares de grilletes a ambos lados de los extremos. Contuvo un grito cuando lo vislumbro, una figura gigantesca que salía de entre los escombros y se dirigía al artefacto. Era el monstruo de Frankenstein
Mariska le había dado pelea, el abrigo que portaba estaba más raído que antes, los arañazos que Anna esperaba fueran solo superficiales. Pero cuando él alzó la vista, ella se cubrió la boca con la mano para detener el grito de terror que sí o sí, iba a escapársele.
La cabeza de la criatura estaba medio descosido en la zona de la frente, dejando entrever el cerebro. Anna jadeó. Oh, Dios. ¿Él estaría bien? ¿No le haría daño a su cerebro si se le mojaba?
Con todo, él los escudriño, con los ojos negros y acuosos y la mirada de un águila.
— ¿Estáis vivos cazador? ¿Oh malditos? —Preguntó, dándose la vuelta.
—Estoy vivo y curado— respondió Van Helsing.
— ¿Estáis bien, señorita Valerius? —Preguntó la criatura a la joven.
—Sí, gracias—
— ¿Estáis bien, monje que no es monje? —Pregunto con una risita socarrona.
— ¡Sí, ahora vámonos antes de que parezca algo más! — los urgió Carl.
— Carl, le aconsejó que no nos vuelvas a interrumpir a Anna ya mí, o con gusto a Anna cómo descubriste el secreto de Drácula. — Oyó que decía Van Helsing al fraile.
— Vale— fue la seca respuesta
Carl sabía que Anna se tomaría un mal que una persona del pueblo hubiera tenido sexo en uno de los sillones de su casa.
— Carl— llamó el cazador y él fraile se detuvo.
— ¿Qué, Van? –
— Se recuperó una parte de mi pasado
— ¿Qué quiere decir? — inquirió Anna, curiosa. La criatura no decía nada, pero estaba tan curioso como ella.
— Trabajó para el Vaticano desde hace más de quince años. Me encontraron en las puertas de la Santa Sede, sin memoria. Y con frecuencia sufría los sueños de batallas pasadas. Por ejemplo, Anna, un día antes de llegar a Vaseria, había tenido un sueño de mí, vestido como un caballero, combatiendo sajones.
— Pero eso fue hace cientos de años... — musitó ella.
— El Papa dictaminó que yo era la Mano Izquierda de Dios. —afirmó Van.
— Pero ese título no existe. — dijo Carl
— Drácula me dijo que era la mano Izquierda de Dios, Gabriel, el hombre que lo asesino... — dijo Van Helsing y ladeó la cabeza. Acto seguido, alzó la sortija.
Anna la aprecio mejor. Era gruesa, con un dragón tallado.
—Drácula pertenecía a la Orden del Dragón, antes de venderle el alma al Diablo. – recordó Anna.
—Correcto— dijo Van.
— ¿Y deseas que te llamemos Gabriel ahora?— preguntó la joven.
— Si. Es decir, Van Helsing me suena un tanto largo y asemeja más a un apellido que a un nombre— contestó Van.
— Genial. Ahora podré gritarte: "Gabriel, vas a matarnos", en la ocasión de "Van Helsing, vas a matarnos" y así ahorrare tiempo y vida. — dijo Carl
Anna caminó con cuidado entre la nieve, se resguardó y con toda la entereza que podía, ya que el tacón de su bota se había roto.
— A pesar de todo, Gabriel era un Arcángel de Dios— reflexionó Carl.
— Curioso .Curiosísimo— comentó la criatura.
El camino de grada congelada era resbaladizo y puso el equilibrio de Anna a prueba. Ya cuando estuvieron en el umbral de la puerta espejo, Anna fantaseó con subir a sus aposentos para cambiarse las ropas rotas. El monstruo al traspasar la puerta y ver las armas empotradas en las paredes, colgando de los techos, exhibidas en armarios abiertos y ordenas en filas y filas de mesas, dio un paso para atrás. Casi parecía que prefería volver al castillo. Conocedora de esto, ella muy suavemente fue hasta él, lo miró a la cara y lo tomó de la mano.
— Fueron nueve generaciones de Valerius. Y cuatro más antes de ellas. En una familia tan vieja, casi nunca se desecha nada. Siéntate y te coseré esa herida que tienes en la cabeza, si así lo deseas.
— Se lo agradezco y aceptó su ayuda, señorita Valerius. — aceptó él.
— ¡Cielos, qué educado! Podrías aprender de él, Van— comentó Carl, a lo que el cazador no respondió.
Anna y la criatura se dirigieron a una mesa alejada del fuego, pedido del segundo, pero cambió de idea en cuanto ella estornudó.
— Le pido perdón, señorita Valerius. Venga, sentémonos junto al fuego. —
En la chimenea ardía un buen fuego. Anna sacó un botiquín de primeros auxilios de uno de los armarios y verificó que todo lo que necesitara estuviera allí.
— ¿Carl, me sostendrías esa lámpara? Necesito luz para coser— pidió Anna y señalo con el dedo la lámpara de gas.
—Claro— el monje la descolgó y la criatura se sentó junto al fuego.
—El fuego no es tan malo como pensaba — admitió unos segundos luego, refiriéndose a su terror que, en esos momentos, lo llenaba de calidez.
— Es cálido, no solo sirve para quemar— añadió Anna, mientras enhebraba la aguja y el hilo.
— ¿Quieres licor o...?
— No, muchas gracias señorita, pero declinó. Ya he pasado más que suficiente dolor. Un poco más no será nada — dijo, quitándose la capucha y exponiendo el área herida.
Estar sentada junto al fuego la ayudaba mucho y en silencio, agradeció haber leído un libro para tejer ropa. La primera punción fue difícil.
Se oyó un disparo y luego el caer de los vidrios rotos y los tres saltaron por la sorpresa. La criatura chilló del miedo y Anna casi lo hubiera herido con la aguja de no ser porque Carl lo golpeó con la lámpara.
Van le había disparado al espejo-portal. Oh, genial. ¿No podía siquiera avisarles?
Ella optó por no quejarse y charlar con los otros sobre el clima, mientras Carl le sostenía la lámpara.
— ¡Listo! ¿Te sientes mejor? Es decir no te...— preguntaba ella
Anna le quería preguntar si lo había cosido muy junto o muy separado y él señaló un hilo que le colgaba en la sien derecha.
Ella tomó las tijeras y se deshizo del problema.
— A propósito, yo he decido ponerme un nombre: Adán— dijo la criatura
— ¿Qué? — preguntó Carl.
— Mi nombre ahora es Adán Frankenstein. Es un nombre adecuado. Mi padre murió antes de poder nombrarme, así que estuve leyendo su Biblia en busca de un buen nombre para mí y confeccionando una lista de nombres Los tiempos muy largos, muy buenos, pero ninguno me gustaba para mí. Leí el Génesis y... —dirigió su vista vidriosa a Carl y al cazador decía esto.
— Sé que él no era Dios, pero fue mi creador, mi madre y mi padre. Estuve pensando en llamarme Evo, pero no suena bien. Adán. Ese es mi nombre.
— ¿Y qué tal Frank Frankenstein? — bromeó Carl. Van Helsing lo golpeó en las costillas.
El recién presentado Adam gruñó.
— Adán es un bello nombre, Adán — comentó Anna.
Adán mostró sus dientes blanquecinos, toda la hilera en una sonrisa.
— Gracias, señorita Valerius. Al menos, moriré con un nombre y un apellido para ser enterrado.
— No— respondió tajante, Van.
— ¿Qué quieres decir? — inquirió Adán, frunciendo el ceño.
— ¿Anna, hay alguien en tu casa?
— No, nadie. Di a todo el servicio el día libre. No volverán hasta mañana y si lo hacen, solo vendrá Greta. — explicó Anna.
— ¿Hay alguna manera de qué nos proporciones víveres y un caballo? — pregunto Gabriel
— Te ayudaré, Adam. Te debo una. No eres malvado, incluso con las circunstancias de tu nacimiento— prometió Anna y se levantó de la silla.
— Van Helsing, elígele un carruaje, Adam, acompáñalo. Carl, ven, vamos a la cocina. — pidió Anna.
Bajaron a las cocinas y Carl tomó una canasta de mimbre. Anna y él procedieron a llenarlo con diversas comidas y bebidas: un jarrón de agua, queso, carne seca, pan, panecillos dulces y un libro de recetas. A continuación, Anna le dijo a Carl que iba por algo y que regresó.
Fue hasta sus aposentos y sacó una buena manta y unos pocos pedazos de género, junto con un pequeño frasco de antiséptico y unos libros de texto, que le servirían a Adán en su travesía.
Van Helsing estaba charlando con él para cuando llegaron a las cabellerizas. La criatura acariciaba un caballo, un macho de pelaje negro, por entre las orejas. Le hablaba de susurros, enternecido.
Anna pasó el saco en el suelo y le mostró a Adán las provisiones que había elegido para él.
— ¿Es suficiente? — Preguntó.
—Es más que lo que merezco. No sé cómo podría pagarle, señorita Valerius y a ustedes, Carl, Van Helsing. Más de un día nuestros caminos se vuelven a cruzar, cuenten con mi ayuda para lo que ustedes desean. No se asusten, pero ¿podría abrazarlos?
El trío aceptó. Lo que terminó en los tres alzados en el aire por Adán; a continuación, les hizo una profunda reverencia y tomó el lugar del conductor del carro, bien oculto tras el abrigo de Van Helsing.
Le dijo un "vamos" al caballo y parte de la entrada de la mansión Valerius.
Los tres pasaron de su vista, con la misma tranquilidad, con una pluma que sube al cielo por un fuerte viento. Como la pluma, no sabría si lo volverían a ver, mientras silbará el viento.
