Título: Living for the other side.
Pairing: Midoriya Izuku/Bakugo Katsuki.
Advertencias: Hybrid!AU. Esta historia muestra a los personajes con rasgos de animales, conviviendo en un entorno donde se habla sobre la diferencia y las relaciones entre carnívoros y herbívoros. Si este tipo de temática y preferencia no es de tu agrado, ruego que salgas corriendo de este fic. ¡Huye como alma que lleva el diablo! Si en cambio venías buscando algo así, ¡bienvenida seas! Espero que lo disfrutes tanto como yo al escribirlo. Dicho está: sobre advertencia no hay engaño.
Dedicado con mucho cariño a Alexandra.
¡Ojalá disfrutes mucho de este fic que escribí con todo el cariño para ti!
Ƹ̴Ӂ̴Ʒ
Living for the other side
Por:
PukitChan
I
Katsuki supo de inmediato quién era la persona que se acercaba a su celda mucho antes de que apareciera frente a sus ojos. Si bien hubiera preferido decir que estuvo esperándolo durante todo ese tiempo o alguna mierda de ese estilo, la verdad era que, a causa de todo lo que había pasado, ahora le era inevitable identificar su aroma. Uno que nunca había sido de su agrado desde el día en el que lo conoció, pero que permanecía allí, en su mente. Quizá porque nunca había acabado de entender lo que ese sujeto era, o tal vez por el simple hecho de quién se trataba y eso significaba una natural aversión para él, no por lo que ellos representaban, sino porque sus personalidades chocaban tanto que ni siquiera era divertido. Sea como fuere, cuando Katsuki alzó su rostro apenas visible por la oscuridad y el bozal que cubría su boca, Shouto Todoroki apareció, sujetó uno de los barrotes y lo miró en silencio, con esa expresión suya que nunca dejaba ver lo que pensaba o sentía, pero que era capaz de intimidar a las personas, sin importar si eran herbívoros o carnívoros.
—Bakugo.
Todoroki siempre había sido extraño. Y no lo decía por las dos largas colas de diferente color que se balanceaban de un lado a otro detrás de él, como si cada una tuviera personalidad propia, ni tampoco por las orejas más bien redondas que en ese momento parecían atentas a cualquier mínimo sonido que indicara la presencia de alguien más aparte de ellos. Lo que ante los ojos de Katsuki hacía que Shouto fuera tan insoportable, era aquella voluntaria compasión que bajo ninguna circunstancia concordaba con lo que era: uno de los dirigentes del Tartarus, la prisión donde sometían a todos los carnívoros que habían tenido la osadía de desobedecer la principal regla que hacía funcionar a su sociedad: nunca escoger como pareja a un herbívoro.
—Sé que soy la última persona a la que quieres ver —dijo Todoroki, obteniendo como respuesta un gruñido que inclusive con el bozal puesto sonó amenazante. Si Katsuki no estuviera atado de manos, quizá ya lo hubiera atacado—, pero tengo algo que decirte importante: logré hablar con Midoriya. —Hubo una pausa incómoda en la que Shouto pareció ordenar sus propias ideas, mientras se aferraba con más fuerza a los barrotes—. Yo no puedo sacarlo de allí, pero tal vez tú...
Bakugo le miró con toda la rabia que fue capaz de acumular, porque el bozal le impedía gritar y mandarlo a la mierda. No quería confiar en el hijo de Endeavor, el hombre que los había encerrado buscando alejarlos el uno del otro cuando él mismo había dicho unas palabras que lo contradecían, pero al mismo tiempo Katsuki sabía que esa podía ser su única oportunidad. Además, las palabras que Izuku le había dicho años atrás, de pronto empezaron a cobrar sentido.
«El día en el que ese momento llegue, Todoroki estará dispuesto a ayudarnos, estoy seguro de eso. Kacchan, él es un muy buen amigo. Por favor, cree en él».
De mala gana, Katsuki no tuvo más remedio que admitir que finalmente lo inevitable los había alcanzado.
—Veinte minutos, Bakugo. Es todo el tiempo que puedo darte —musitó Shouto, sacando de su bolsillo una llave gris, misma que acercó a la puerta para poder abrir la celda—. No puedo quitarte el bozal ni las esposas. Sería inútil, revelaríamos información y los demás te están esperando. Kirishima y Uraraka están listos. No importa si no entiendes nada, sólo tienes que seguirlos. Si no quieres confiar en mí, imagino que puedes creer en ellos.
La puerta emitió un horrendo chillido cuando fue abierta, concediéndole su libertad. Bakugo miró los movimientos calmados de Shouto y cómo parecía esperar algo. Entonces, justo cuando Katsuki se levantó y comenzó a caminar hacia la salida, una alerta sonó a lo lejos, fuera del Tartarus. Todoroki ni siquiera se inmutó: se limitó a mirarlo avanzar hacia él mientras señalaba una dirección en medio de esa oscuridad.
—Hace tiempo me preguntaste por qué Midoriya y yo éramos tan cercanos—comentó Shouto, tranquilo, como si ese momento y sus palabras no tuvieran la más mínima importancia—. Él sabe la verdad sobre mí: yo soy hijo de un carnívoro y una herbívora, y según nuestras leyes, mis hermanos y yo ni siquiera deberíamos existir… y aun así, aquí estamos. Midoriya me ayudó cuando nadie más pudo hacerlo.
Una mirada sorprendida ante la inesperada confesión.
Luego, una horrenda explosión.
—¡Ahora, Bakugo! ¡VETE!
No vaciló. Con un único pensamiento en su mente, Bakugo Katsuki, un peligroso carnívoro, escapó de la prisión buscando encontrar al herbívoro por el que había sido condenado. El muchacho del que se enamoró.
Midoriya Izuku.
Deku.
II
Midoriya no podía decir con exactitud cómo fue que conoció a Bakugo cuando eran tan sólo unos niños, pero sí recordaba el momento en el que Katsuki se transformó en Kacchan, y él en Deku. Si bien, pensándolo con detenimiento, su amistad había sido el resultado de una mera casualidad, no dejaba de ser un poco extraña la forma en la que sus caminos se cruzaron. Ellos no vivían en la misma calle, ni siquiera en la misma zona. La ciudad en la que Kacchan vivía estaba del lado este, donde los carnívoros habitaban, e Izuki vivía en el oeste, allá donde los herbívoros mantenían una ciudad próspera. Los separaban un montón de leyes extrañas que habían sido creadas muchísimo antes que los abuelos de Izuku nacieran, y en teoría no tendría que haber alguna razón para que ellos se encontraran.
Pero lo hicieron.
Y había ocurrido en algún punto sin vigilar de La Barrera.
La Barrera, como los herbívoros le llamaban, era un grueso muro de cuatro metros de altura que cualquiera con buena condición física sería capaz de saltar. Nadie lo intentaba en pleno día, claro, pero no porque estuviera vigilada, sino porque alguien mucho tiempo atrás lo había prohibido, y sin duda alguna debió ser lo bastante convincente para que el temor de cruzarla fuera heredado a través de las generaciones. Entre los herbívoros, al menos, era un temor con el que nacías, inclusive si todos sabían perfectamente lo que había al otro lado de ella: el territorio de los carnívoros. Sin embargo, no todo era miedo. A lo largo de La Barrera había marcas, graffitis y abolladuras que las personas habían dejado cuando, cada tanto, se levantaban en protesta por su existencia. Izuku recordaba aquellos momentos como los días y las noches en los que su mamá lo abrazaba, manteniéndolo dentro de casa mientras le contaba cuentos para que no se asustara por los gritos de dolor y de protesta.
Pero cuando todo terminaba y el tímido silencio se asomaba junto con un nuevo día, Inko lo tomaba con firmeza de la mano y lo llevaba a caminar a lo largo de La Barrera, señalándole el lugar donde habían quedado rastros del último conflicto suscitado.
«¿Qué dice ahí, mamá?», había preguntado Izuku de pequeño, señalando las enormes letras de tonos amarillos y negros que estaban enmarcadas por notas musicales.
«¡Él escuchará mis gritos!», leyó entonces Inko, apretándole la mano mientras se ponía en cuclillas para quedar a su altura y verlo a los ojos. Y ella, toda ternura y amor, miraba a Izuku con seriedad y añadía sólo para él, lejos de los vigilantes: «Es por todos lo que no pueden estar juntos, cariño. Por aquellos que no pueden decir que se aman».
Y entonces, Izuku miraba hacia las marcas y algo dentro de su pecho se estremecía, porque aunque no alcanzaba a entender todo lo que ocurría a su alrededor, sabía que era importante.
Así fue como él se acostumbró a dar largos paseos cerca de La Barrera, mirando cada nueva frase y cada nueva mancha de sangre que los vigilantes hacía mucho habían dejado de pintar de blanco, porque a las pocas horas nuevas volvían a aparecer. A veces, Izuku se detenía y se sentaba en el suelo, leyendo cada uno de los mensajes que habían sido escritos con rabia y anhelo, preguntándose por esas personas de las que nadie hablaba y no conocía pero que existían, porque sus palabras estaban allí, esperando ser leídas por quienes no podían ver. Por eso, en cuanto fue capaz de hacerlo, Izuku comenzó a anotarlas en una serie de cuadernos que poco a poco se iban a acumulando más y más, porque las personas no paraban de gritar. Copiaba las palabras, dibujaba el punto exacto en donde se encontraban y entonces podía pasar horas sentado, mirando esas letras mientras se preguntaba en silencio la historia que había detrás de ellas y en la vida de ese herbívoro que había llorado tanto que un día decidió expresarlo.
«¡TE ENCONTRARÉ!», gritaba una.
«¡Del otro lado, tú también me estás buscando!», aseguraba una más.
«¡UNA &45EL NO ME VA A ENCERRAR!»
«¡El TAR542%#/ ES INHUMANO!»
Algunas palabras estaban manchadas con sangre y no se alcanzaban a leer bien.
Pero ¿por qué no podían ver a quienes querían? ¿Qué tenía de malo? Los herbívoros y carnívoros tenían zonas en común. Mercados y cosas similares que se intercambiaban de ciudad en ciudad. Aunque, suponía entonces mientras caminaba y buscaba leer los mensajes, no poder estar cerca de quien más querías debía ser muy doloroso. Lo suficiente para alzar la voz y hacer escuchar tus gritos. Lo bastante fuerte como para querer saltar La Barrera.
O para querer destruirla.
Izuku entonces no lo sabía, pero con el pasar del tiempo se volvería una de esas personas de las que nadie hablaba en voz alta, pero todos conocían por los susurros dichos a puertas cerradas. Sería de esos que gritan hasta desgarrarse la garganta, porque no había otra manera en la que fuera escuchado. Y todo, ese enorme caos del que Izuku jamás se arrepentiría porque sus sentimientos no iban a ser contenidos por un muro, comenzaría con él.
Bakugo Katsuki.
Kacchan.
III
«¡ESTOY AQUÍ!»
Esas eran las palabras favoritas de Izuku. Las había descubierto una mañana, muy temprano, caminando por La Barrera, aunque sabía que no eran las únicas que existían. De hecho, el mensaje se había repetido una y otra vez a lo largo del muro, con las letras haciéndose cada vez más grandes a medida que avanzaba hacia la zona de comercio, allí donde los mercados hervíboros y carnívoros convivían. El mensaje, compuesto tan sólo de dos palabras, llegó a ser pintado sobre la barrera de una forma tan amplia que aunque los vigilantes intentaran removerlo, quedarían rastros de él.
No obstante, las palabras que en ese momento Izuku miraba no eran tan grandes. El mensaje era el mismo, pero estaba escrito en una de las partes más alejadas de La Barrera, donde nadie vigilaba porque era demasiado lejos para siquiera intentarlo. Eran letras pequeñas, no mucho más grandes que la palma de su mano y en ese momento él apenas tenía siete años. A Izuku le emocionaba pensar que allí fue la primera vez donde la persona que dijo eso, decidió rayar el muro y por eso las palabras eran tan pequeñas. Porque, imaginaba él, poco a poco se volvería en algo más grande. Porque aunque había comenzado siendo un simple instante, se transformó en algo que no pudo ser silenciado por mucho tiempo.
Como ellos.
—¿Q-quién es? —Las palabras le salieron torpes y la voz chillona, más bien nerviosa. Izuku sabía que muy raras veces los vigilantes llegaban a esa parte de La Barrera, pero aun así la posibilidad existía. Por eso, en cuanto escuchó las pisadas, él se puso de pie y miró a su alrededor, temblando pero dispuesto a gritar las mismas palabras que se recitaban en el muro—. ¡Yo… y-yo estoy a-aquí!
Sin embargo, la persona que salió gateando detrás de la planta enredadera que ocultaba un pequeño agujero en el muro, no era ningún vigilante. En realidad, se trataba de un niño que empujaba toscamente la planta como si se tratara de una molesta mosca, mientras pasaba de una zona prohibida a otra sin tener la más mínima pizca de remordimiento en su expresión. Un niño rubio, de largas orejas triangulares, colmillos que apenas se notaban y una larga cola que acostumbraba a esponjarse. Un pequeño carnívoro que levantó la mirada hacia el otro niño de cabellos verdes que tampoco esperaba encontrar allí y con la misma sorpresa con la que Izuku lo miraba, dijo, muy seguro de sí mismo:
—Tú no eres All Might.
A veces Izuku se preguntaba si había sido amor a primera vista.
—¿Q-quién?
—Dijiste las mismas palabras de All Might —aseguró el niño rubio, levantándose y señalándolo por alguna inexplicable razón, poniendo toda su atención sobre Izuku, quien sólo atinó a mover sus dedos por los nervios que no sabía por qué sentía—. ¡Y tú no eres All Might! ¡Se suponía que encontraría a All Might de este lado de La Protección! ¡Me aseguraron que él estaría aquí! ¡Si encontraba una manera de cruzar La Protección sería capaz de verlo?
—¿La protección? ¿All Might? —repitió Izuku, porque ese niño hablaba sobre muchas cosas que él no conocía, pero quería entender. Su curiosidad era tan grande como su tímido corazón.
—¡All Might! —insistió el niño, con los puños apretados y frunciendo el ceño, aunque agitando su larga cola de un lado a otro, al parecer emocionado—. ¡Debes conocerlo! ¡Es un herbívoro, como todos los de este lado de La Protección! ¡¿Verdad que sí?!
—Soy herbívoro —asintió Izuku, con las mejillas sonrojadas, un puchero en los labios y la mirada que se cruzaba con los ojos rojos del niño entusiasmado que era apenas unos centímetros más alto que él—, pero me llamo Izuku. —Luego, señaló las palabras rayas en la pared y dijo—: ¿T-te refieres a la persona que escribió eso?
Ambos miraron hacia el muro que se extendía a sus espaldas, marcando una división que por aquel entonces ninguno entendía por qué existía, pero que estaba ahí desde que habían nacido. Sin embargo, en ese momento, no era La Barrera, como uno le llamaba, ni tampoco La Protección, como le decía el otro. Allí, frente a ellos, sólo estaban las convincentes palabras de alguien que era un desconocido en un lado y un cuento que se contaba en las noches a los niños, antes de ir a dormir, en el otro.
«¡ESTOY AQUÍ!»
—¡Son estas! ¡Estuvo aquí! —gritó el niño entusiasmado, con su cola esponjada moviéndose animada al ver las letras que eran diminutas, pero que sin duda alguna tenían un significado tan fuerte como para Izuku, que las había admirado y buscado su punto de origen a pesar de que no sabía por qué alguien las había dicho, más que en las fantasías creadas por su imaginación—. ¡SON LAS PALABRAS DE ALL MIGHT! —Entonces, volteó a ver a Izuku, quien entusiasmado por el ánimo del otro, sonrió muy amplio cuando al fin lo escuchó decir—: ¡Yo soy Katsuki, Izuku!
¿Había sido amor a primera vista? Izuku no estaba seguro de ello. Lo que sí sabía es que aquel sentimiento que nació en su pecho, muy cerquita de su corazón, fue algo que no pudo ni quiso controlar cuando su mirada se cruzó con la otra y se acercó más, porque quería saber otro poco más de ese niño que había atravesado La Barrera, buscando a alguien llamado All Might, pero en cambio lo había encontrado a él.
—¡M-mucho gusto, Katsuki!
IV
Después de varios minutos corriendo sin detenerse, preguntándose cómo carajos no se había topado con ningún guardia, la respuesta llegó hasta él con la forma de Ochako. La chica, de cabello castaño y una determinación que la había vuelto alguien más cercana a él que la mayoría de los extras a quienes conocía, tenía un corte en su mejilla izquierda y a su alrededor, cinco guardias estaban noqueados. Con una sonrisa ladeada que no se podía ver a causa del bozal, Katsuki dedujo acertadamente que esos sujetos habían cometido la estupidez de subestimarla. Ochako era fuerte, y no porque se tratara de una carnívora a quien no te convenía hacer enojar, sino porque ella miraba a quienes el mundo no se interesaba en proteger.
—Pensé que tardarías menos, Katsuki —dijo ella, ignorando el gruñido que el rubio le dedicó, centrándose en guiarlo a paso acelerado por un laberinto de pasillos en los que Ochako se parecía manejar muy bien—. ¿Escuchaste la explosión, cierto? Kirishima está seguro que eso creará confusión el tiempo suficiente para escapar de aquí, incluso si todo culmina en este lugar. Todos fueron a la frontera por los disturbios y los ojos se centrarán ahí, aunque estamos contra el reloj. Del otro lado, temo que también pasará algo como esto, pero Deku está solo en la prisión. Si no lo sacamos ahora... —Se mordió el labio inferior, sin animarse a completar la oración, deteniéndose ante una puerta que abrió al empujarse de costado contra ella. Del otro lado, un amplio y oscuro pasillo se extendía, pero sus ojos se acostumbraron y sus sentidos les hicieron percatarse del aroma a sangre que flotaba hasta ellos, así como también el ruido de un caos que a kilómetros de distancia ocurría en ese mismo momento.
Desesperado por las palabras de Ochako, Katsuki la miró y fue en intercambio sin palabras ante lo que estaba ocurriendo, que ella suspiró y se acercó para arrancar con fuerza el bozal y liberarlo así de un silencio al que Katsuki no estaba acostumbrado, pero al cual había sido condenado. Él gritó. Luego, quitándole las esposas con la ayuda de las filosas garras que tenía por uñas, ella supo, cómo había sabido lo mismo también de Deku, que Katsuki haría todo para proteger lo que amaba.
Otra explosión.
Esta vez más lejana, pero aun así abrumadora. El suelo tembló y los gritos se volvieron más desesperados a la distancia. Ochako abrió los ojos en una expresión aterrada y Katsuki, que no entendía qué mierda pasaba porque había pasado los últimos meses aislado, esperando su condena, buscó respuestas cuando la sujetó por el hombro para sacarla de su estado atónito.
—¡Ey! ¡¿Qué está pasando allá afuera?! ¡¿Qué son todas explosiones?! ¡OCHAKO!
Ella no respondió, pero sí salió de su estupefacción. De inmediato comenzó a correr y Katsuki no le quedó más remedio que maldecir mientras la seguía, con el cuerpo entumecido después de pasar tanto tiempo en prisión. Cada maldita parte de su cuerpo le dolía, pero no podía darse el lujo de detenerse. Veinte minutos, había dicho Todoroki, y si sus cálculos no fallaban, ya habían pasado cerca de diez.
—¡Tiene que ser ahora! ¡Tienes que sacar a Izuku de la prisión esta noche!
—¡¿Qué sucede?!
No fue necesario que Ochako respondiera. El pasillo finalmente había acabado y los dejó en la entrada de un bosque que rodeaba al Tartarus. Desde donde estaban, alejados de la ciudad, pero lo suficientemente alto para tener una visión de ella, Katsuki entendió entonces la urgencia que había sacudido a Ochako. Algo que, estaba seguro, no estaba en los planes de nadie pero que aun así estaba sucediendo.
Un incendio.
Caos. Descontrol.
Gritos, miedo, pero sobre todo, un final.
—La Protección… —musitó Ochako.
La Barrera, como la escuchó ser nombrada tantas veces por Izuku, estaba siendo destruida.
V
Por alguna razón que Izuku no comprendía, sus compañeros de la escuela no parecían creerle cuando contaba la historia de All Might, un poderoso herbívoro que había intentado destruir La Barrera, siendo también el primero en pronunciar las palabras que ahora se repetían una y otra vez, a lo largo de todo el muro, cada vez más grandes y en cada nueva protesta. «No pueden dividir al mundo de esta manera», gritaba, repitiendo el pensamiento que había heredado de su maestra, Nana Shimura, quien lo había cuidado y educado, explicando por qué se aferraba a un lugar mejor y a una paz que fuera verdadera.
«No puedes separar a las personas que se aman sólo porque son diferentes. Yo tuve que dejar a mi familia atrás y fue la decisión más dolorosa que pude haber tomado en mi vida», había dicho Nana, repetido por All Might, quien había luchado siguiendo ese pensamiento toda su vida. Izuku no sólo había admirado la historia que Katsuki le había contado, sino también lo asoció con las palabras de su propia madre, quien todos los días miraba hacia La Barrera, y le recordaba a Izuku que había personas que no podían estar juntas.
Pero, en lugar de entusiasmarse como Izuku lo había hecho cuando escuchó lo que otros contaban, sus compañeros lo tacharon de mentiroso. La Barrera era su refugio y la garantía de que su vida fuera tranquila, porque del otro lado los carnívoros eran violentos y capaces de matar a quien no fuera como ellos. Eran los carnívoros los que casi habían acabado con ellos.
«¡Es una mentira, Midoriya! ¡Te lo estás inventando! ¡De ese lado torturan a los herbívoros!»
Con cuánta facilidad podían hablar sobre la violencia algunos.
¿Era porque habían crecido en medio de ella?
Entonces, las lágrimas llegaban para Izuku y la soledad se acrecentaba.
—¿Por qué lloras?
Izuku estaba seguro de que Katsuki sabía la razón de su llanto. Se veían cada tarde, en el mismo sitio donde se encontraron por primera vez. Al principio, no sabía qué era lo que motivaba al otro a seguir cruzando La Barrera a pesar de entender que tal vez nunca conocería a All Might, pero Izuku fue feliz por ello. Admiraba su emoción, la fuerza de sus palabras y también el valor con el que cada día aparecía. Le gustaba escucharlo y Izuku cuando lloraba, Katsuki se acercaba y limpiaba sus mejillas aunque sus modos fueran más bien bruscos y siempre estuviera frunciendo el ceño.
—Dicen que All Might no es real y dicen que los carnívoros son malos, pero Kacchan no es malo y no entiendo nada, no entiendo por qué no puedes estar aquí, no entiendo los gritos ni las burlas, ni…
No entendía porque continuaban diciéndole que los carnívoros eran malos, cuando personas como Nana, All Might y su madre hablaban sobre la tristeza de estar separados de otros y Katsuki a su torpe manera limpiaba su llanto y trataba de calmarlo. No entendía porque el mundo, sin conocer a Katsuki, parecía juzgarlo.
Pero sobre todo, no entendía porque sin siquiera decirle a alguien una palabra de su amistad con un carnívoro, lo hacían sentir como si estuviera haciendo algo malo.
—¡Son tontos, Deku! ¡Tontos!
—¡Ka… Kattt…. Kaccchan!
Quizá por desear detener su llanto y ayudarle a mantener su esperanza, era que Katsuki continuaba llegando.
VI
Katsuki nunca había comprendido la relación de sus padres ni por qué habían decidido estar juntos. En verdad, no los entendía ni tampoco quería hacerlo. Porque allí, donde su madre gritaba sin descanso, su padre siempre hablaba con la voz tranquila, como si fuera anestesia para el alma. Mientras Mitsuki fruncía el ceño y mostraba sus colmillos ante cualquier decisión o palabra que podía ser considerada como medianamente estúpida, Masaru sólo ladeaba el rostro y sonreía, palmeando un lugar a su lado, buscando comprender las cosas. A uno se le desbordaba la paciencia y el otro no parecía haber nacido con ella. Sin embargo, era Mitsuki quien siempre sonreía cuando Masaru tomaba su mano y toda la suavidad que no conocía para el mundo, repentinamente aparecía sólo para su esposo. A su madre, el amor se le escapaba en la delicadeza que era capaz de dar para su padre y Masaru sabía apreciarla en cada pequeño gesto que otros no notaban, pero que ahí estaba.
Eran, a su peculiar manera, extrañamente azucarados y eso se le hacía tonto hasta cierto punto, había decidido Katsuki de niño, y por aquel entonces, cuando sus padres se miraban como si el otro fuera quien hacía todo el mundo perfecto, sólo atinaba a desviar su mirada y prefería centrarse en jugar y ser más hábil que otros para demostrar cuán poderoso era, cuán grande sería en cuanto creciera, tan fuerte que ningún herbívoro sería capaz de derrotarlo. Nadie, ni el más poderoso de entre ellos, podría tenerlo arrodillado. Sería un carnívoro tan hábil que no le haría falta La Protección, así que si un día desapareciera, él ni siquiera se inmutaría por ello.
O, cuanto menos, así es como lo había planeado su yo de siete años.
Lo que no había planeado es que, motivado por sus propias ideas e interpretaciones sobre lo que le había escuchado y le enseñaron, un día acabaría encontrado una especie de pequeño túnel que atravesaba el grosor de La Protección, y del otro lado, en lugar de ver a All Might, encontraría a un niño de cabello verde esponjado, orejas largas y de bordes redondos que eran tan expresivas como sus ojos, y estrellas en las mejillas. Un niño que apenas podía decir bien las palabras, era incapaz de quedarse callado y quieto, lloraba como si tuviera una fuente interminable de agua salada dentro de su cuerpo, pero también tenía la piel más suave y la sonrisa más bonita del mundo entero.
Se trataba de Izuku, a veces conocido como Deku, cuando Katsuki fruncía el ceño y limpiaba su llanto.
En aquel momento, no sabía porque continuaba diario a verlo, a pesar de que toda su vida le dijeron que los herbívoros eran peligrosos. No su padre, porque su Masaru siempre tenía historias de All Might para contarle, ni tampoco su madre, quien había decidido que Katsuki era el verdadero peligro para sí mismo. Pero las advertencias de los herbívoros sí estaban en los anuncios, en las conversaciones y en la cautela que existía cuando los mercados se abrían.
«Los herbívoros no son instintivos», decía la propaganda, «ellos están desesperados por romper La Protección y adueñarse de lo que nos pertenece. ¡Debemos agradecer la existencia de la Protección y cuidar de ella! ¡Del muro que nos separa!»
Separarse.
Despedirse.
¿Los carnívoros se hacían fuertes para mantener esa separación y así ningún herbívoro pudiera derrotarlos?
—Pero Kacchan no es malo…
Katsuki frunció el ceño cuando por primera vez vio sus lágrimas. Tal vez no conocía ningún herbívoro adulto, pero Izuku hablaba de lo suave que era su mamá y nadie con estrellas en las mejillas podía ser malo, ¿verdad?
—¡Son tontos, Deku! ¡Tontos!
—¡Ka… Kattt…. Kaccchan!
Esa fue la primera vez que lo tuvo entre sus brazos. Todo en Izuku era suave y la cola de Katsuki no pudo dejar de moverse de un lado a otro mientras esperaba que por fin calmara su llanto, mientras algo en su pecho se agitaba. Tan extraño fue, que no se volvió a repetir, porque Katsuki era un niño que escapaba de los escasos abrazos de su madre cuando ella decidía dárselos y no sabía manejar lo que sentía cuando tenía tan cerca a Izuku.
Pocos meses después, lamentaría no haber abrazado a Izuku con más fuerza.
—¿Kacchan?
—¡Sí puedo!
—¡Kaccchan, detente, puedes lastimarte!
—¡TE DIJE QUE SÍ PUEDO, TONTO DEKU!
Pero no podía.
Los niños, después de todo, crecían.
Y el túnel tosco que había descubierto por simple casualidad, era demasiado pequeño para el cuerpo de un carnívoro que había cumplido ocho años.
—Kacchan… —Y al asomarse por el túnel e intentar llegar al otro, Izuku había descubierto que tampoco podía atravesarlo. Así fue como comenzó su llanto. De esa manera, las estrellas se borraron por el agua salada que caía por sus mejillas, porque aún con ambos estirando sus pequeños brazos para siquiera intentar rozarse, descubrieron que no eran capaz de alcanzarse.
Katsuki ya no podía limpiar esas lágrimas.
Izuku ya no podía ver esas orejas y esa cola moverse de un lado, expresando más de lo que su dueño se atrevía a pronunciar.
Un día, sin previo aviso, descubrieron lo que era la distancia y la soledad.
La Protección, le llamaban de un lado.
La Barrera, murmuraban del otro.
Para ellos, sin terminar de conocerse, aquel muro fue la manera en la que los forzaron a decir adiós.
VII
Conoció a Rei Todoroki cuando ella le sonrió la primera vez que Izuku entró a esa pequeña biblioteca ubicada a las afueras de la ciudad, muy cerca del bosque. Enfrente de ella, una placa decía su nombre y cargo, señalando que si tenían alguna duda, siempre podían acudir por su ayuda. Rei apenas hablaba y en sus ojos siempre se reflejaba una profunda tristeza que su amable sonrisa no era capaz de ocultar. Él, que pasaba todas sus tardes libres en ese lugar, siempre la encontraba escribiendo. Despacio, delicadamente, ella movía su mano sobre la hoja y si uno se sentaba en la mesa más cercana, allí donde se encontraba la salita para libros infantiles, podías verla deslizar sus manos con una belleza difícil de describir. En cierto modo, resultaba inquietantemente hermosa. Como si se hubiera quedado atrapada en el tiempo.
Él detestaba interrumpirla cuando tenía que marcharse con varios libros bajo el brazo.
—Es bueno que los libros de historia sean tantos, ¿verdad, Midoriya? —dijo ella con suavidad, registrando los títulos que Midoriya había escogido esa vez—. ¿Sigues sin encontrar lo que buscas?
Izuku tenía doce años y el corazón triste. No importó cuántas veces ni qué tan fuerte gritó el nombre de Katsuki; llegó un punto en el que el otro ya no logró escucharlo.
—Sólo quiero entender —respondió él, sin saber por qué. Tal vez porque Rei parecía alguien que comprendía la soledad. Quizá porque, en ocasiones, le recordaba a su propia madre. Quién sabe. Lo cierto fue que en ese momento, las palabras simplemente salían—. En todas las bibliotecas que visito sólo encuentro historia sobre los herbívoros y La Barrera. Nunca sobre los carnívoros y La Protección.
Los hermosos movimientos de Rei se pausaron y de pronto Izuku se topó con una mirada de comprensión y sorpresa que nunca antes había presenciado en los ojos de otra personas cuando aquellas palabras, tan extrañas como eran, brotaban de sus labios. «Ella entiende», le susurró una voz esperanzada en su cabeza cuando los labios de Rei temblaron y la sonrisa se perdió en alguna de las oraciones que había estado escribiendo, «ella sabe de lo que estoy hablando».
—¿Está sola, Rei? —preguntó Izuku, con los ojos húmedos y de pronto encontrando sentido a todas las cartas que a veces las veía acumulándose detrás de ella y de pronto desaparecían, como si nunca hubiesen sido escritas—. ¿Hay alguien lejos esperándola? ¿Se vio forzada a decir adiós, también?
Habían cientos de historias como esas, pero de las que nadie hablaba porque estaba prohibido. Historias que se guardaban en cartas, en pinturas y canciones. A veces en manifestaciones y sangre. Otras en flores y estrellas. Algunas, como la de Rei, en una solitaria biblioteca.
—Mi hija y mi hijo lucen exactamente como debe ser un herbívoro —comenzó a decir, agachando su mirada solitaria hacia las letras de sus cartas—. Pero sus hermanos, Touya y Shouto, ellos… se parecen a su padre.
Hubo un largo silencio. Izuku entreabrió sus labios, buscando decir algo, pero sin hallarlo. No se trataba sólo de una relación prohibida; era, en realidad, toda la historia de una familia. No podía imaginarse ni acercarse al dolor de aquella madre al tener que separarse de sus hijos.
—Shouto es como de tu edad, es el menor. —Rei levantó su rostro y una sonrisa comprensiva se presentó cuando notó que Izuku estaba llorando. Con cuidado, ella limpió sus lágrimas—. No lo he visto desde que tenía cuatro años.
Había pasado tanto, tanto tiempo esperando.
—¿Y aún continúa escribiéndole cartas aunque no puedan leerla y no sea capaz de obtener una respuesta?
Se trataba, claro, de una pregunta retórica, pero Rei desvió su mirada hacia una de las ventanas, apretando la pluma que tenía entre sus manos, e Izuku, chico listo, unió las piezas en su cabeza.
—¿Cómo? —preguntó él, con la voz temblorosa y las lágrimas deslizándose por las estrellas—. ¿Cómo… cómo llegan sus cartas? ¡Está prohibido! ¡No existe forma de comunicarse con ellos!
En ese momento, Izuku no conocía a Rei Todoroki más que como la hermosa y triste mujer que atendía una pequeña biblioteca. No sabía que, detrás de esa presencia, se escondía una historia que se remontaba a tiempos más extraños, una pasión que los había consumido, y un anhelo que se había perdido cuando Enji Todoroki ascendió al poder y se llamó a sí mismo Endeavor.
No sabía que así como Rei había construído un puente para ellos, Endeavor también lo destruiría.
—Midoriya… ¿allá afuera tienes a alguien a quien anhelas escribirle?
VIII
A Bakugo, Shouto Todoroki nunca le había terminado de agradar, pero fue él quien le devolvió un poco de Izuku después de tantos años de silencio. No sabía cómo había ocurrido, pero un día sin previo aviso, ese chico de cabellos rojos y blancos y dos colas que se balanceaban de un lado a otro, había aparecido acercándose a él, como si desde siempre fueran un par de conocidos que nunca dejaron de frecuentarse.
—Tú eres Bakugo, ¿cierto?
El aludido había fruncido el ceño y gruñido. No le gustaba la manera en la que decía su nombre ni tampoco la forma en la que olía; era alguien poco común. Su expresión que no revelaba nada, ni siquiera aburrimiento, parecía estar diseñada exclusivamente para hacerlo irritar.
—¿Quién mierda eres tú? —gritó Katsuki, quien había aprendido que en voz baja, las personas no conseguían escucharlo—. ¡¿Cómo carajo sabes mi nombre?!
—Soy Shouto Todoroki —respondió, inexpresivo, mientras estiraba su mano para entregarle un sobre sellado—. Es para ti.
No miró el sobre ni las palabras que estaban anotadas. Tampoco se detuvo a seguir esa conversación con aquel desconocido. Sólo mostró sus largos colmillos amenazantes que, aunque asustaban a la mayoría pese a que todos ahí fueran carnívoros, el sujeto que estaba frente a él apenas pareció notarlo.
En ese momento, Katsuki no sabía que Shouto era hijo de Enji Todoroki.
—¿Por qué piensas que voy a aceptar algo de…?
—Es de Midoriya.
Aquellas palabras lo paralizaron. Nunca le había dicho a nadie sobre los pocos meses que pasó mandado a la mierda unas leyes estúpidas al cruzar La Protección. Tampoco había pronunciado el nombre de Izuku en voz alta, porque hacerlo era demasiado doloroso y no quería sentir algo como eso, porque ese estúpido muro, tan simple como era, lo hacía sentir estúpidamente pequeño, como el adolescente que en realidad era. El niño que no fue capaz de estirar más su mano para alcanzar la de Izuku y que aún veces, aunque supiera que él no estaba al otro lado, iba a La Protección, allí donde lo había conocido, a pesar de saber que del túnel que lo había llevado a encontrarlo, poco quedaba pues nadie más lo había despejado y utilizado desde entonces.
—¡¿QUIÉN CHINGADOS ERES?! —gritó Bakugo, sujetando a Todoroki por la ropa, con los ojos dilatados por la rabia y con la mente nublada a causa de un nombre que no quería escuchar porque aún le quitaba el aliento—. ¡¿QUÉ ES LO QUE QUIERES?!
—Sólo le estoy haciendo un favor a un amigo —replicó Shouto, sujetando el brazo de Katsuki para que lo soltara. No parecía interesado en seguir un juego violento, pero sí en cumplir su promesa—. ¿O prefieres seguir sin saber de él como hasta ahora? —Hubo una pausa en la que Katsuki no respondió, pero sí miró el sobre en el que reconoció la letra de Izuku, amontada siempre porque sus pensamientos iban mucho más rápido que su capacidad de escribir. Shouto entrecerró sus ojos y bajó su mano, diciendo—: Tal vez que no sepa de ti sea lo me…
Bakugo no le dejó terminar. En un rápido movimiento le arrancó el sobre de entre sus manos. Sí. Era la letra de Izuku. No, no era una mentira ni una jodida broma de mal gusto. ¡¿Cómo?! ¡¿Qué estaba sucediendo?!
—Si quieres responderle… —añadió Shouto, colocando un papel sobre las manos de Katsuki, donde estaba anotada su dirección—, sólo avísame. Yo haré que llegue a él.
Lo vio alejarse.
Katsuki aún temblaba cuando abrió el sobre.
La carta iniciaba con una simple frase.
«Estoy aquí, Kacchan».
IX
Empezó, como tantas cosas, por amor. Un amor desesperado por encontrarse. Un amor que fue plasmado en letras de cartas, en reuniones donde no podían verse, pero sabían que estaban ahí, cada uno en su lado, siendo separados por un muro. Veían el mismo cielo; en las noches porque las estrellas le recordaban a sus pecas y en el día porque el sol se asemejaba al color de sus cabellos. Era un bálsamo para sus corazones que se habían reconectado después de tanto tiempo separados.
Eran las letras de un amor que había nacido, pero no alcanzó a florecer. Era una desesperada forma de decir que nunca habían dejado de pensar en el otro, por muy dolorosa que fuera la distancia.
Fue la manera en la que, después de años de intercambios ilegales, sus sentimientos se desbordaron.
«Te amo, Kacchan, te amo». Y cada palabra estaba borrosa, porque Izuku había llorado mientras las escribía. Y Katsuki, que odiaba no poder limpiar sus lágrimas, rozar su suave piel o besarlo, un día miró a La Protección y tomó la misma decisión que Izuku, quien del otro lado del muro abrazaba sus cartas, dispuesto a proteger sus sentimientos a toda costa, pasara lo que pasara, para que un día fueran libres.
—Lo derribaremos.
Fue el plan de Izuku. Pequeño, casi sin ser notado. Copias de sus cartas que poco a poco fueron entregándose de una mano a otra. Conversaciones que murmuraban sobre la existencia de dos amantes que se hablaban de su día a día, de cuánto se extrañaban, de lo mucho que anhelaban encontrarse. Para los herbívoros, las cartas de Katsuki. Para los carnívoros, las de Izuku. Al igual que tiempo atrás, All Might comenzó con una simple frase, pequeña y alejada, sus cartas comenzaron siendo un rumor sobre historias que sólo pasaban en los libros y pronto se volvieron una realidad. Entonces, más y más cartas comenzaron a surgir. Cartas de amantes separados, de familias divididas, de personas viviendo en soledad. Fotografías de quienes habían muerto sin haber visto una vez más a quien amaban. Paredes que volvieron a ser rayadas con los cientos de nombres que buscaban encontrar. Gritos de protesta contra un muro que de pronto parecía ser absurdo.
Represiones que comenzaron a derramar sangre en un mundo que se estaba yendo a la mierda. Fue una chispa que se encendió y comenzó a quemar todo. Y en medio de todo eso, los nombres de Kacchan y Deku, uniéndose a la frase AQUÍ ESTOY.
—¡ES ÉL! ¡ATRAPALO! ¡SON LAS ÓRDENES DE ENDEAVOR!
Izuku aún lo recordaba. La mirada furiosa, los disturbios contra el muro, los gritos que lanzaba. Recordaba los vigilantes persiguiéndolos y finalmente, alguien descubriendo al humano que había detrás del nombre de Deku. Lo sujetaron y golpearon hasta que perdió la consciencia. Recordaba haber escuchado los gritos de su madre, la misma que lo había abrazado y llorado a su lado cuando comprendió que su hijo se había enamorado y que era ello lo que siempre lo había motivado. La que leyó cada carta y acarició su cabello, asegurándole que un día volvería a verlo.
Entonces perdió la consciencia.
Cuando despertó, estaba atado de pies y manos.
Encarcelado.
—Kacchan... —pronunció, con la voz desgarrada, sangre en su cuerpo y lágrimas en sus ojos—. Kacchan sólo quiero volver a verte. Kacchan.
Izuku no lo sabía, pero del otro lado, Katsuki también había sido atrapado.
Ambos pasaron meses aislados.
Hasta que Shouto, Natsuo y Fuyumi Todoroki llegaron, dispuestos a no volver a decirse adiós porque ya habían perdido a su hermano mayor.
X
—¡BAKUGO!
A pesar de lo que representaba volver a una ciudad sumergida en el caos, Katsuki fue capaz de encontrarse, en el lugar en el que Ochako le había dicho que estaría, con él: Eijiro Kirishima. Su historia con Kirishima se remontaba a la época en la que Katsuki dejó de tener contacto con Izuku y todo en él se quedó en silencio. Aquel chico, de largos cabellos negros, mirada insegura y dientes afilados, apareció en su vida justo cuando Bakugo había decidido enojarse con el mundo. Se atrevió a quedarse a su lado, incluso en sus días más malos mientras iba creciendo y cuando le llegaba a preguntar por qué lo hacía, Kirishima sólo se encogía hombros y decía que todos tenían una historia que contar; una historia que cambiar.
Kirishima había cambiado la suya. De ese niño que Katsuki había conocido poco había quedado. Ahora tenía el cabello rojo que insistía en levantar, una mirada que no permitía dudas y una enorme sonrisa que era capaz de esbozar inclusive cuando todo se estaba desmoronando. Además, estaba su resistencia. Un día cualquiera, Kirishima lo había mirado a los ojos y le había confesado que era un herbívoro criado por dos carnívoras; tuvieron que ocultar lo que era para que no los separaran.
«Salvaron mi vida», fue todo cuanto había dicho. «Ellas también odian este muro».
Había miles de historias silenciadas.
—¡Bakugo, por aquí! —La voz de Eijiro se alzó por encima del resto. Tenía sangre en el rostro y sus ojos brillaban por la contradicción de sentimientos que sin duda cargaba en ese momento, pero sus decisiones eran inquebrantables. Katsuki lo supo de inmediato porque a pesar de todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor, de que instantes atrás La Protección había comenzado a ser destruida, él colocó una mano en su hombro y lo observó con seriedad—. Vamos por Izuku. Tienes que encontrarlo.
Katsuki sonrió de lado.
—Pero qué idiota.
Y Kirishima, que sujetaba con fuerza un pedazo de metal que había improvisado como escudo, le devolvió la sonrisa y corrió hacia el muro, dispuesto a abrirle un camino a Bakugo y al mismo tiempo a ayudar a derribarlo.
—¡¿Sabes dónde está?!
—¡En la prisión que manejan los hijos de Endeavor! ¡Los que se quedaron de aquel lado! ¡Con todo este caos que está ocurriendo, entrar será sencillo y podrás liberarlo, pero no sabemos si…!
Otra explosión que hizo retumbar el suelo. La Barrera estaba cerca, así que las personas que corrían hacía ella eran cada vez más. Llevaban martillos, piedras o cualquier objeto que sirviera para golpear el muro que poco a poco a poco estaba cayendo gracias a las manos de las personas que habitaban ese sitio. Katsuki gritó, maldiciendo por todo lo alto mientras se abría espacio para llegar al muro. Carajo, carajo. Si alguien tenía que cruzar primero, si, maldita sea, alguien tenía que encontrar la forma de dar un paso hacia el otro lado, tenía que ser él para buscar a Izuku. Para tocar su mano. Para volver a mirarlo.
—¡MALDITA SEA! ¡ IZUKU!
Para encontrarlo.
—¡BAKUGO, CUIDADO!
Aunque quizá debió considerar que Izuku también viviría y rompería ese muro por estar al otro lado.
—¡EY!
La vida se pausó un momento cuando él levantó la mirada.
Sentado en lo más alto del muro, en la parte que aún se mantenía en pie, con una afilada piedra entre sus manos, un muchacho de ojos verdes, cabello eternamente esponjado, estrellas en las mejillas, orejas redondeadas, una hermosa cola que no dejaba de balancearse y una sonrisa que no podía ocultarse pese al desorden que era toda su apariencia, lo miraba con la misma ternura con la que lo había hecho cuando se habían encontrado por primera vez y tan sólo tenían siete años.
—Aquí estoy, Kacchan.
XI
¿La vida era capaz de medirse en palabras? Izuku no estaba seguro de ello, pero podía hacer un recuento de todo lo que había tenido que superar a través de ellas. Comenzó con las historias de su madre y los gritos de protesta. Continúo con lo que alguien llamado All Might había marcado en un muro estúpido. Siguió con Kacchan y cada lazo que habían formado hasta que volvieron a encontrarse mediante la tinta y el papel. Luego, hubo un grito que ordenó llevarlos a prisión y también existió la firmeza de las palabras en las voces de unos hermanos que se negaban a continuar en un mundo dividido, donde ellos no parecían tener un lugar. No, no fueron solo las voces de Kacchan e Izuku, que gritaban a cada lado del muro, buscando la manera de verse una vez más. Fue la unión de un grupo de personas que no querían vivir en soledad.
—¿Quién eres? —Había preguntado Izuku con la mirada triste cuando levantó su rostro y frente a él se encontró a una hermosa y joven mujer que intentaba abrir su celda.
—Soy un Fuyumi Todoroki —dijo, sin detenerse al acercarse a él y comenzar a abrir las esposas que rodeaban sus brazos y las piernas—. Mi hermano vino a visitarte hace poco. Shouto. Como sabes, él puede aparentar ser carnívoro o herbívoro y es por eso que pudo pasar de este lado… y por eso mismo, es quien va a liberar a Bakugo de la prisión.
Los ojos de Izuku se abrieron un poco más.
—¿Natsuo…?
—Fue a buscar a mi padre, tiene muchas cosas por las cuales tomar responsabilidad —comentó Fuyumi, incorporándose y ayudando a Izuku a dar sus primeros pasos luego de meses de permanecer aislado. Ella le sonrió con ternura y lo último que escuchó de sus labios antes de que ambos tuvieran que salir de esa prisión fue—: ¿Sabes, Izuku? Tu amor nos inspiró.
Izuku sonrió y continuó sin detenerse, porque entendía que allá afuera, del otro lado, Katsuki lo estaba esperando.
Si la vida podía medirse en palabras, si su amor y todo lo que lo motivó a continuar tenía que concentrarse en un único momento, entonces Izuku estaba convencido que sería aquel, con él corriendo hasta La Barrera que comenzaba a caer. El corazón le latía desbocado y aunque a su alrededor había personas, gritos y llanto, Izuku pensó en las historias que su madre le contaba cuando iba a visitarlo a prisión.
«Había una vez un herbívoro y carnívoro que se conocieron a pesar del caprichoso destino…»
Si todo lo que tenía que hacer Izuku era escalar, entonces él tomaría una piedra para derribar desde lo más alto aquello que le impidió ver a la persona que le robaba el aliento.
—¡MALDITA SEA! ¡IZUKU!
Rubio, ruidoso, de hermosos ojos rojos, orejas puntiagudas y una cola esponjada que siempre transmitía las emociones que su dueño se empeñaba en empujar hacia dentro. Aquel niño con el que se había encontrado y del que se había enamorado.
—¡EY! —Quería llorar, tal vez lo estaba haciendo. Tal vez en verdad la vida podía medirse en palabras y momentos—. Aquí estoy, Kacchan.
XII
Izuku y Katsuki no buscaban representar algo. Ni siquiera se lo habían planteado. Sólo querían estar juntos.
—Kacchan… —susurró Izuku, besando con suavidad los labios de Kacchan, disfrutando del tibio contacto, de las caricias, del tiempo que se había acumulado y que ahora estaban explorando—. Kacchan, te amo.
Katsuki sonrió de lado, esa sonrisa torcida suya, y porque adoraba tenerlo entre sus brazos lo sujetó más fuerte, impidiéndole alejarse. Ya no podían separarlos. Nadie volvería a hacerlo.
—Te amo.
Lo habían logrado.
Se habían encontrado.
Ƹ̴Ӂ̴Ʒ
Autora al habla: Este fic fue escrito para el Intercambio de verano BakuDeku / KatsuDeku 80's & 90's Kids en Face. ¡Muchas gracias por organizar tan genial evento! Y, por supuesto, Alexandra, espero lo hayas disfrutado. Disculpa el caos, es mi primera vez escribiendo la temática de herbívoro y carnívoro, así que espero pueda ser entedible, jajajaaja. ¡Muchas gracias quien haya leído hasta aquí! ¡Más gracias si les nace escribir un review para esta pequeña historia.
