Capítulo 1 La carta
Caesar salió silenciosamente de la habitación en la que Holy Kujo descansaba y se quedó en el engawa a mirar el maravilloso jardín trasero. Sacó de su chaqueta un cigarrillo y un encendedor mientras se apoyaba en un pilar para encenderlo, preocupado. Hace varias semanas Joseph y Jotaro se habían marchado para atrapar a Dio y salvar a Holy del ataque de su propio stand y, por supuesto, no le habían dicho a nadie lo que realmente ocurría. Caesar aspiró una bocanada de humo, tratando de reprimir la ira que le provocaba Joseph y su forma irracional de actuar. Suzie Q había sospechado que algo raro ocurría apenas su marido la había llamado desde el otro lado del mundo y finalmente le había sonsacado la verdad a Roses, el mayordomo de la familia al que Joseph le había contado todo antes de partir a Japón por "negocios".
-Maldito seas, JoJo- murmuró Caesar, mirando el cielo y no pudiendo evitar preguntarse dónde estaría ese cabeza hueca ahora. ¿Por qué no le había dicho nada, ni a él ni a Suzie Q? ¡Eran una familia después de todo! ¿No se habían prometido ser leales, honestos y transparentes? Caesar hubiese podido ayudar, más que mal, era el único de los dos que aún entrenaba su Hamon, porque Joseph se había dedicado a hacer crecer su empresa inmobiliaria y a dirigir la Fundación Speedwagon.
Y entre los tres habían educado a Holy, los tres habían sufrido cuando esta se enamoró en su gira de estudios de un músico japonés y se había mudado al otro lado del Pacífico, los tres habían chillado de emoción cuando supieron que estaba embarazada y los tres habían sentido derretirse sus corazones al conocer a Jotaro y verlo crecer. Claro, Jotaro se había convertido en un adolescente sombrío y distante, pero Caesar sabía que su corazón seguía siendo amable, leal y cariñoso. Sonrió. Si había alguien capaz de mantener a raya a Joseph, era Jotaro, y no solo porque era de la misma contextura física que su abuelo, sino porque no le aguantaba ninguna de sus tonterías como cuando era niño.
El sonido de la campanilla de la puerta de entrada lo sacó de sus pensamientos. Se levantó ágilmente y recorrió el patio lateral de la casa, hasta llegar al sendero de gravilla de la entrada principal. Deslizó la madera que tapaba el agujero en la puerta para ver quién era y resultó ser el cartero que dejaba la correspondencia en el ornamentado buzón exterior de la casa. Ansioso, apagó el cigarrillo en el piso, lo recogió y lo guardó en una burbuja para luego abrir la pesada puerta de madera, esperando encontrar noticias de Joseph y Jotaro. Caesar saludó al hombre con el mejor acento japonés que pudo y este saludó tocándose la gorra. Acto seguido y pareciendo dubitativo, sacó una carta del bolso que traía amarrado a la bicicleta y se la entregó a Caesar, diciendo algo en japonés que Caesar no pudo entender, aunque reconoció la pronunciación japonesa del nombre "Joseph Joestar" y el tono de pregunta .
-Sí, vive aquí- dijo Caesar, en inglés, mirando la carta que traía sellos nacionales y caracteres japoneses, no occidentales. Seguramente por esa razón el cartero no la había dejado en el buzón con las otras. Qué extraño, se dijo. Reconoció el nombre de Joseph escrito en japonés en el sobre. La última vez que Joseph se había comunicado, estaban en Pakistán. ¿Por qué alguien le enviaría una carta desde Japón?
-¿Usted es… hijo del esposo italiano?- preguntó el cartero en inglés, mirando a Caesar son curiosidad.
-¿Qué?
- Holy-san nos hablaba de ustedes cuando vino a vivir aquí, pero no dijo que su padre italiano tuviese hijo.
Hijo. Claro. Caesar tuvo que reprimir una carcajada. Como él siguió entrenando disciplinadamente el Hamon, físicamente se veía de la misma edad de Holy, aunque realmente tenía 69 años. Sonrió ante la idea de imaginarse a su hija unos veinte años atrás, recién llegada al país, hablando con el cartero de la extraña relación de sus padres en un vecindario semi rural japonés. Caesar prefirió no imaginarse las caras que el buen hombre debe haber puesto.
-Disculpe, ojisan ¿usted sabe de dónde viene la carta? No soy bueno leyendo japonés- reconoció, extendiéndole el sobre.
El cartero le echó una ojeada a la carta y asintió.
-Morioh, ciudad costera. Sur de aquí, en M-ken.
¿M-ken? ¿Distrito M? Caesar no sabía dónde quedaba ni tampoco conocía a nadie de ese lugar. Agradeció al cartero, sacó el resto de correspondencia del buzón y volvió a entrar a la casa, caminando descalzo en el jardín y sin dejar de mirar la carta. ¿Serán negocios? pensó Caesar; pero de ser eso, le habrían escrito en inglés y no en japonés, razonó. Sabía que si bien Joseph Joestar hablaba japonés bastante bien, leerlo era una tortura para él.
-¿Llegó el correo?- preguntó una voz femenina cerca de él, haciéndolo saltar de la sorpresa.
-¡Suzie!
Suzie Q estaba tendiendo sábanas en el jardín y por eso Caesar no la había visto. Sus ojos azules detrás de sus gafas miraban a su amigo con ansiedad y tenía las manos en las caderas, esperando una respuesta. Caesar asintió y le entregó las cartas, pero por alguna razón, guardó la de Morioh en su bolsillo trasero. Tenía un mal presentimiento.
Suzie las revisó rápidamente, se empinó para besarlo en la mejilla y entró a la casa a leerlas. Él se fue sentar en la banca de piedra bajo el cerezo que estaba a unos metros de él y sacó la carta. No estaba seguro de por qué le traía un mal presentimiento, pero suspiró para tranquilizarse antes de abrirla. La desdobló rápidamente y notó que estaba escrita en inglés y a máquina.
"Queridísimo Joseph:"
Conforme la leía, Caesar podía sentir como la sangre en su interior le había comenzado a hervir como hacía muchos años no le pasaba. Tuvo que leerla varias veces para convencerse que era real lo que estaba leyendo. Sintió una punzada en el estómago y su respiración se agitó.
-Maledetto JoJo- murmuró, arrugando la carta en sus manos. Metió la cabeza entre sus piernas, para evitar romper alguna cosa y se pasó las manos por el aún rubio cabello-. ¡Maledetto, maledetto!
Se levantó de un salto y recorrió a zancadas el jardín rumbo a la cocina, donde había un teléfono. Marcó de memoria el número de la Fundación Speedwagon, pero se negaron a darle información sobre algún viaje a Morioh hacía cuatro años atrás, pese a que él se había identificado como Caesar Zepelli y que había dicho que era urgente. Caesar, además de ser uno de los cónyuges de Joseph Joestar, también tenía un cargo importante en la Fundación, de modo que esa respuesta lo puso de pésimo humor. Maldiciendo en italiano a la secretaria de su marido, colgó y tomó la libreta telefónica de su hija que estaba encima para buscar el número de alguien de quien esperaba respuestas. Excelente, murmuró cuando lo encontró. Marcó el número con violencia y se quedó esperando, un instante eterno, a que alguien le contestara.
La burbuja con el cigarro apagado seguía flotando detrás de él. Caesar la hizo moverse hacia el basurero y caer.
-Oficina del Senador Brown- respondió en inglés una gélida voz femenina del otro lado de la línea.
-Buenas tardes- dijo Caesar, mirando el reloj de la cocina: eran las 8:45 de la mañana, por tanto en Estados Unidos eran las 7:45 de la tarde del día anterior-. Habla con Caesar Zepelli, quisiera hablar con el senador Brown, por favor.
-¿Motivo de su llamada?
-Es personal.
-Está en una reunión muy importante con el alcalde de Atlanta, señor- dijo la mujer.- ¿Desea dejarle un mensaje?
Caesar levantó la mirada al cielo y suspiró, exasperado. Pero sacudió la cabeza y se recobró, porque muchos años de experiencia le decían que tendría que desempolvar su viejo encanto italiano para conseguir algo.
-Scusa signorina, ¿como ti chiami?
-¿Perdón?
-Que como se llama, señorita- repitió Caesar en inglés con el mejor acepto seductor que pudo reunir, pese a estar muy enojado con su estúpido esposo-. Debe ser un nombre que vaya a juego con tan dulce voz. La última vez que llamé, hablé con Lydia y déjeme decirle que su voz no me sedujo tanto como la suya.
-Rosemary-dijo la mujer, dulcificando el timbre de su voz.
-Rosa Maria- dijo Caesar en italiano-. Bella mia, tienes una voz molto dolce, casi me hace desear estar ahí con usted e invitarla a salir- la mujer rió suavemente-. Escuche, Rosa Maria, cara. Sé que el senador signore Brown está ocupado, pero le prometo que solo hablaré con 5 minutos. Quiero que me confirme unas fechas, ¿me lo pasas, per favore?
-Espere-respondió la secretaria con voz suave luego de unos segundos de silencio.
Caesar, pese a que estaba muy molesto, no pudo evitar sentirse orgulloso de que el encanto de antaño no estaba tan oxidado como él creía. Esperó unos minutos más y luego sintió que levantaban el auricular.
-¿Caesar? ¡Vaya, a qué debo este gusto, amigo mío!
-Smokey Brown- lo frenó Caesar con una voz amenazadora-. Iré al grano y más vale que me digas la verdad, porque no estoy de humor.
