TIEMPO DE GUERRA
Por Cris Snape
Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.
Este fic participa en la actividad multifandom del foro Alas Negras, Palabras Negras.
Tabla 1: Tiempo. Prompt: Fugaz.
Tabla 7: Personajes. Prompt: Personaje sin familia.
Tabla 8: Técnica. Prompt: Final abierto.
"¡Qué raro y maravilloso es ese fugaz instante en el que nos damos cuenta de que hemos descubierto un amigo!"
William Rotsler
I
Agosto de 1997
Los rizos de su hermana le fascinan. El cabello de Aislinn es único en su familia. Tan negro que a veces parece azulado y tan ondulado que es imposible de dominar. Desde que asiste a la escuela en el mundo muggle, ha aprendido a peinarlo a la moda. Porque Aislinn tiene otra particularidad aparte de su cabello: es una squib.
Adrian nunca se ha avergonzado de ella, pero en Hogwarts aprendió a obviar su existencia. Después de escuchar como sus compañeros se burlaban del conserje Filch, comprendió que sólo conseguiría caer en el ostracismo si la mencionaba. Tal vez podría haber contado alguna mentira, como que sus padres la habían abandonado en medio del páramo nada más notar que carecía de magia, pero se ponía enfermo cada vez que pensaba en la posibilidad de rechazarla.
Aislinn tiene quince años. Durante ese verano ha decidido que quiere ser cirujana. A Adrian le parece un poco asqueroso eso que hacen los muggles de abrir a la gente en canal para manipular sus órganos vitales. Aislinn se rio en su cara cuando se lo dijo y aseguró que peor era lo suyo, que quería hacerse abogado. "¿No sabes que los abogados no son de fiar?"
Adrian se incorporará al Ministerio de Magia en el mes de septiembre. Trabajará en el Departamento de Aplicación de la Ley Mágica. Aprenderá el oficio sobre la marcha. Después de todo, los brujos no tienen nada parecido a la universidad muggle, que es precisamente donde irá Aislinn cuando termine el instituto. Todavía falta mucho para eso.
Están tumbados sobre la hierba. El jardín de la mansión Pucey no es grande, aunque sus padres lo tienen bien cuidado. A Adrian le pica el cuello. Cuando se roza con el césped, la piel se le pone roja. Aislinn le cuenta cosas sobre su grupo de música favorito, un nuevo descubrimiento que la tiene loca. "Es una lástima que el cantante se matara hace unos años". Adrian la escucha con atención, fascinado por el timbre grave de su voz. Siempre se siente triste cuando piensa en lo genial que hubiera sido ir juntos a Hogwarts. A Aislinn le hubiera encantado la sala común de Slytherin. Es algo sobre lo que no tiene dudas. Su hermana hubiera terminado en la misma casa que él. La que también fue de sus padres y de sus abuelos.
Todo está en calma. Adrian no le ha comentado nada sobre las cosas raras que están pasando en el Ministerio de Magia. Su padre le dijo que a lo mejor no podía empezar a trabajar, salvo que quisiera colaborar con los mortífagos. "Lo están invadiendo todo. Cada vez se esconden menos. Están haciendo listas con los nacidos de muggles". Adrian teme por su hermana. En el mundo de esos puristas de la sangre, una squib no pinta nada.
A sus padres cada vez les cuesta más trabajo mantenerse neutrales. Tres días antes, el señor Greengrass le recomendó que se marcharan de Inglaterra. "Vacía tu cámara de Gringotts y saca a tu familia de aquí". Aislinn no quiere irse del país. Sus padres se están tomando muy en serio esa recomendación. Adrian tiene claro que no quiere colaborar con ese montón de fanáticos, así que está preparado para huir.
—¡Chicos! ¿Dónde estáis? Venid aquí.
La voz de su padre suena alarmada. Adrian y Aislinn se sientan en el suelo e intercambian una mirada. Después, acuden a la llamada de su progenitor. Albert Pucey está en mitad del salón, con la cara roja y el pelo revuelto. Agita la varita a toda velocidad, conjurando diversos elementos que aparecen sobre una mesa.
—¿Qué pasa, papá?
—¡Rápido! Haced una maleta con las cosas más necesarias. Nos vamos.
El corazón de Adrian da un vuelco. No necesita preguntar para saber que ha pasado algo muy grave. Lo peor, dadas las circunstancias. Mira a Aislinn. Parece paralizada en el tiempo. Adrian la coge de la mano y tira de ella, decidido a ayudarla con lo que haga falta.
Tardan sólo diez minutos en reunirse con su progenitor. Está hechizando diversos elementos, encogiéndolos de tamaño y metiéndolos en la mochila que comprara en el mundo muggle.
—¿Y mamá?
—Nos reuniremos con ella en las cuevas de Creswell Crags. Ahora mismo está en Gringotts, intentando sacar algo de dinero antes de que vengan a por nosotros.
—¿Quién, papá?
Su padre parece arrepentirse de haber dicho eso. Mira a Aislinn con lástima y pronuncia dos palabras terribles.
—Los mortífagos.
II
Septiembre de 1997
Su madre nunca llegó a Creswell Crags.
Las cuevas son una atracción turística muggle, pero los miembros de la familia Pucey permanecen en una zona oculta. En la antigüedad, debió ser el lugar en el cual los chamanes de la tribu realizaban sus rituales. Está oculto con magia y es tan oscuro que Adrian siente que se ahoga.
Su padre ha conjurado un par de luminarias esféricas. Aislinn se pasa casi todo el tiempo acurrucada en un rincón, soñando con el instante en que Anna Pucey entre por la puerta y le dé un abrazo. Aún no ha asimilado que nunca más volverá a ver a su madre. Adrian no sabe si está muerta o si sólo ha sido apresada por los mortífagos. En cualquier caso, jamás podrán escuchar su voz, aspirar su aroma o sentir sus caricias.
—Tengo que salir.
Adrian sabe por qué. Hace dos días que se les acabó la comida. Necesitan conseguir provisiones y salir de la cueva es muy arriesgado. La última vez, los mortífagos estuvieron a punto de atraparlos. Adrian se empeñó en acompañarle. Su padre no lo consentirá nunca más.
—Papá, por favor.
Aislinn gimotea. Ya casi nunca sonríe. Apenas habla. La última vez lo hizo para lamentarse de que tendría que haberse incorporado a sus clases en el mundo muggle. Adrian intenta animarla. "Esto no durará para siempre. Pronto podrás volver con tus amigos". No se lo cree ni él. No es nada fácil escuchar noticias de lo que pasa ahí fuera. Lo poco que oyen no es nada halagüeño.
Albert Pucey permanece firme pese a las protestas de su hija.
—Si no consigo comida, moriremos de hambre.
Adrian le ayuda a prepararse. Necesita un abrigo y una bolsa encantada. Se aproximan a la salida de la cueva y su padre le coge por los hombros.
—Promete que cuidarás de tu hermana.
Se está despidiendo. Siempre lo hace cuando abandona el refugio. Adrian asiente. Ya no le hace los reproches de las primeras veces.
—Claro que sí.
—Volveré pronto.
Pero no lo hace. Adrian decide que es mejor buscar otro escondite. No sabe hasta qué punto su padre será capaz de soportar una tortura.
III
Octubre de 1997
Peregrine Derrick fue bateador en el equipo de quidditch. Durante siete años, durmió en la cama de al lado. Se le daban fatal las pociones y muy bien los encantamientos. Una vez hechizó a un Hufflepuff de segundo curso mientras lo llamaba "Repugnante sangresucia". A Adrian nunca le gustó. Esa noche, podría matarlo con sus propias manos.
Se agita sobre Aislinn. Le ha arrancado la ropa y le ha mordido tan fuerte en el pecho que lo tiene ensangrentado. Al principio, su hermana gritó. Ahora permanece inmóvil, con la vista perdida en el firmamento, quejándose lastimeramente cuando las embestidas de Derrick se vuelven más violentas.
Adrian está atado a un árbol. Sus gritos no se oyen. Tiene las muñecas despellejadas porque lleva un buen rato moviéndose para liberarse del agarre. No conoce a los otros mortífagos. En realidad, se hacen llamar carroñeros. Cuando Derrick termina, un hombre obeso y sucio hace que Aislinn quede boca abajo y la viola. Y después de él, otro y otro.
Adrian está de rodillas. No tiene fuerzas para nada. Aislinn no se mueve, no se queja. No respira. Metieron su cabeza en un charco. Derrick se abrocha la bragueta y se vuelve hacia él, burlón. Hace que el hechizo silenciador se desvanezca.
—¿Por qué nunca nos dijiste que tenías una hermanita tan guapa? Hemos disfrutado mucho de ella.
—Hijo de puta.
Aunque habla en voz baja, sus palabras surcan el horizonte. Derrick se ríe.
—¿Estás cabreado? Vamos, maldito traidor, demuestra qué tan cabreado estás.
Le liberan de sus amarres. No tiene la varita. Sus extremidades están entumecidas después de pasar tanto tiempo inmóvil, pero de todas formas gruñe y se arroja sobre Derrick.
—¡Crucio!
El dolor del cuerpo eclipsa al del alma. Adrian grita con todas sus fuerzas mientras es torturado. La voz se le rompe y cree que va a volverse loco. Cuando el efecto de la maldición cesa, permanece arrodillado en el suelo, jadeando y consciente de que va a morir. Ni siquiera le importa. Al menos podrá reunirse con sus padres y su hermana al otro lado del velo. Es un consuelo.
—Mírate, Pucey. Eres patético. Ya en Hogwarts supe que eras un traidor. Pareces más un Hufflepuff que un Slytherin.
Los otros carroñeros se ríen. Adrian parpadea y no se lo puede creer. Su varita está ahí, tirada en el suelo junto al cadáver de su hermana. Un metro de distancia. Metro y medio a lo sumo. Si sólo pudiera llegar hasta ella, podría morir con dignidad.
—¡Aislinn!
Gimotea. Se arrastra por el suelo. En realidad, no tiene fuerzas para mucho más. Sus captores se carcajean.
Veinte centímetros menos.
—Apuesto a que te hubiera encantado follarte a tu hermana. ¿Has oído como gemía la muy puta?
Bastardo.
Diez centímetros.
—¡Vamos, Adrian! ¡Levántate y pelea!
Alza la vista. Concentra todo el odio que siente en esa mirada. Apoya la rodilla en el suelo y finge que intenta ponerse en pie. Derrick le patea el estómago y le ayuda a avanzar medio metro.
—Idiota.
La palabra le sale de entre los labios al tiempo que se carcajea. Derrick parece desconcertado. Aprovecha ese segundo para agarra la varita. En un fugaz instante piensa en todas sus posibilidades. Podría hechizar a esos cabrones. Podría pelear por su vida. Podría, casi con total seguridad, morir.
Se desaparece.
IV
Noviembre de 1997
La bruja de Hogsmeade le ayuda a cambio del reloj que su padre le regaló al cumplir los diecisiete años. Isha es avara y cruel, pero le proporciona pociones que le ayudan a recuperarse de la cruciatus y lo alimenta bien. Adrian lleva dos semanas en su casa. Se lo encontró en los límites del Bosque Prohibido, medio desmayado y escupiendo sangre. Todavía no sabe por qué se apiadó de él. Podría haberle robado para, después, abandonarlo a su suerte. O podría haberle robado y, a continuación, haberlo delatado a los mortífagos. Pero no. Lo llevó casi a rastras hasta su casa y lo cuidó a su manera.
—¿Por qué?
—Por el reloj. Es bonito y cuesta una fortuna.
—¿Por qué?
Isha no se lo dice, pero Adrian ve sobre la chimenea el retrato de un muchacho que se le parece mucho.
Es de noche cuando irrumpe en el sótano. Es allí donde lo ha mantenido oculto. Una estancia húmeda y fría que le recuerda a la cueva de Creswell Crags. Le tira a la cara un bolsón de cuero.
—Vete.
Adrian no entiende.
—He visto tu cara en el Ministerio. Los mortífagos te buscan. No quiero que te encuentren aquí.
—Pero, ¿adónde voy a ir?
—No es mi problema. Vete.
Aunque aún tenga las articulaciones hechas polvo, aunque orine sangre y sufra unos terribles dolores de cabeza, Adrian se prepara para partir. Isha introduce en el bolsón ropa y comida. Le da un abrigo oscuro que le queda grande y lo empuja hasta la puerta.
—Corre hasta salir del pueblo y desaparécete. Cuando te atrapen, no les hables de mí.
Desde que el infierno comenzó, Adrian no ha derramado ni una sola lágrima, pero en ese momento se le escapa un sollozo. Se pone a llorar como un niño frente a esa mujer odiosa. Por un segundo, cree que ella va a darle un abrazo. En cambio, le propina un fuerte empujón.
—¡Lárgate, idiota! ¡Harás que nos maten!
A Adrian le tiemblan las piernas mientras atraviesa las calles del pueblo, pero puede abandonar Hogsmeade sin que le atrapen los mortífagos.
V
Diciembre de 1997
No sabe por qué se aparece en su casa. Es, con total seguridad, lo más estúpido que ha hecho en su vida. Puede que en su fuero interno desee entregarse a los mortífagos. Duele demasiado. La soledad, las pesadillas, su cuerpo. Adrian piensa todo el rato en sus padres, ve el rostro de Aislinn suplicándole ayuda mientras la violan. Hacer sus necesidades básicas en un puto infierno. A lo mejor, su subconsciente considera que ser torturado hasta la muerte es su mejor opción. Sin embargo, los mortífagos no están en su casa.
Han pasado por allí, es más que evidente. Todo está destrozado. Se han llevado los objetos de valor y lo demás lo han roto en mil pedazos. Hay una pila de fotografías medio quemadas en la chimenea. Adrian llora durante horas mientras intenta recomponer algunas de ellas. No sólo le han quitado a su familia, si no que pretenden robarle sus recuerdos.
Durante días espera que alguien vaya a buscarle. En la despensa quedan unas pocas latas de comida y las raciona poco a poco. No se atreve a visitar ninguna población, pero aprende a cazar. En Nochebuena cena conejo a la brasa. Siempre ha odiado el conejo. Al principio duerme en su propia cama, hasta que el instinto de supervivencia cobra fuerza. Se encuentra un poco mejor. Tiene que sobrevivir para vengarse. Desea con todas sus fuerzas ver a Peregrine Derrick entre rejas. Darle las gracias a la vieja Isha por su ayuda. Buscar los cuerpos de sus familiares para darles un entierro digno o, al menos, construir un panteón para ellos, aunque esté vacío. Uno gigantesco y precioso. Si los mortífagos han dejado algo de dinero en su bóveda de Gringotts, lo empleará todo para construir esa tumba.
Decide ocultarse en un lugar más discreto. Al principio piensa en el sótano, pero todo ahí abajo es demasiado pulcro y ordenado. Opta por la buhardilla, que está repleta de vigas y recovecos. Se instala allí y, durante casi un mes, su existencia transcurre plácida y tranquila.
VI
Enero de 1998
Hasta que llega él.
Es el día de Año Nuevo. Por la noche, Adrian escuchó los fuegos artificiales del pueblo muggle más cercano. Durmió mal. Es temprano cuando baja a la planta principal. Necesita cazar. Agarra el abrigo de la vieja Isha y su varita. Baja la escalera dando saltos, creyéndose solo. Cuando llega abajo, está allí, envuelto en una túnica oscura y con el rostro un tanto pálido.
Graham Montague. Slytherin y supremacista. Jugaron al quidditch junto a ese bastardo hijo de puta de Derrick Peregrine. A Adrian no le cabe la menor duda de que se ha unido a los mortífagos. Su ideología así lo amerita. No tiene pinta de ser un carroñero. Esos son la escoria de la sociedad. Sucios, repugnante, vulgares. Los Montague son una familia de alto abolengo. Las ropas de Graham son elegantes y él está bien peinado. Sigue pareciendo el mismo chico de Hogwarts. Adrian se pregunta cuánto tardará en sacar la varita para intentar matarle. De pronto recuerda que él no está indefenso y alza la mano derecha. Está tan débil, tan cansado y tan asustado que su brazo entero tiembla. Graham sonríe.
—¿Qué haces aquí, Pucey?
—Esta es mi casa.
—Ya no. Ahora pertenece al Señor Tenebroso.
—¡Cállate!
Intenta pensar en algún hechizo, pero sólo se le ocurre uno para invocar cepos y cazar roedores. Graham se ríe.
—Baja la varita, Adrian. Vas a hacerte daño.
Aunque tiene su propia varita en la mano derecha, no hace ademán de apuntarle. Se acerca muy despacio a él, con el brazo izquierdo extendido.
—Vamos, cálmate.
"Idiota. Haz algo. Pelea. No te dejes matar"
Graham le quita lo único que podría haberle mantenido con vida. Observa la varita con curiosidad.
—Es la misma que tenías en Hogwarts.
Adrian no entiende el comentario.
—Peregrine dijo que te la rompió.
La sangre le hierve en cuanto escucha el nombre. Se pone furioso en una milésima de segundo y se arroja contra Graham. Va a estrangularlo. Se imaginará que es Derrick y acabará con todo de una puta vez. Sin embargo, Montague se aparta con un movimiento elegante y Adrian cae al suelo.
—La próxima vez que intentes atacarme, tendré que defenderme de verdad.
Permanece a cuatro patas, respirando entrecortadamente y un poco menos enfadado. Las lágrimas amenazan con inundar sus ojos, pero consigue controlarlas.
—Mataron a mi hermana.
No sabe por qué lo dice. Como si fuera a importarle.
—Lo siento, Adrian.
Es sorprendente que suene tan sincero. Alza la cabeza para mirarle.
—No sé qué pasó con mis padres.
Quiere confiar en que estén presos en Azkaban. Graham sólo necesita negar con la cabeza para destruir sus últimas esperanzas. Adrian respira hondo y no se mueve. No se siente capaz de levantarse. Ni siquiera le importa morir de rodillas. Está demasiado cansado, demasiado harto. Demasiado roto.
—Te devolveré la varita si prometes calmarte.
—¿Qué?
Graham agarra su brazo. Es un gesto suave. Adrian se acuerda de sus entrenamientos de quidditch, cuando eran amigos. Le ayuda a ponerse de pie.
—Si vas a quedarte, no podrás salir de tu escondite.
No entiende nada. Le entrega su varita.
—Una banda de carroñeros van a instalarse aquí. A lo mejor deberías marcharte, pero es tu casa.
Adrian no sabe qué decir. No se siente con fuerzas para tomar una decisión en ese momento. Graham se encamina a la salida.
—Tienes dos días, Adrian. Lo que tengas que hacer, hazlo antes.
VIII
Febrero de 1998
Se queda porque no tiene un sitio dónde ir. Sabe que no sobrevivirá vagando por ahí. No puede abandonar el país. No conoce a nadie que quiera ayudarle. Consigue toda la comida que es capaz de reunir y se resigna a la posibilidad de tener que beberse el agua que se filtra por las rajas del tejado y comerse las ratas que vagan por la buhardilla.
Graham le sorprende el día de San Valentín. Adrian puede escuchar las voces de los carroñeros. Se imagina lo que hacen, aunque no siente deseos de ir a mirar. Montague llega con su túnica negra y su cabello repeinado y le entrega un paquete envuelto en un pergamino tosco. Comida y agua para varios días. Adrian le mira con desconcierto. Graham se sienta en el suelo, frente a él.
—¿Cómo estás?
¿Acaso le importa?
—Bien.
—Tengo buenas noticias para ti. Los carroñeros se están cansando de tu casa. Cada vez encuentran menos fuentes de diversión en los alrededores y quieren trasladarse a un sitio más grande. Parecen ansiosos porque el Señor Tenebroso les dé permiso para quedarse en la Mansión Malfoy.
—¿El Señor Tenebroso está allí?
—Decidió convertirla en su cuartel general.
Adrian no puede contener un resoplido de risa.
—¡Joder! Malfoy debe estar que trina.
—No sabría decirte. Está en Hogwarts.
—¿No es...? —No sabe cómo terminar esa frase—. Ya sabes, uno de los vuestros.
Graham se mira el antebrazo izquierdo y lo cubre con la mano. No parece particularmente contento con su condición.
—Creo que lleva la Marca Tenebrosa desde el año pasado. Yo me uní en verano.
Adrian endereza la espalda.
—No te lo he preguntado.
—Ya lo sé.
Hay algo que quiere decirle. Tantos años compartiendo dormitorio dan mucho de sí. Después de salir del armario desvanecedor, Montague se mostró altanero y orgulloso y no quiso hablar con nadie sobre tan traumática experiencia. Salvo Adrian. A él le explicó lo duro que fue y lo mucho que odiaba a los gemelos Weasley.
—Pensé que tendría la oportunidad de hacer algo importante, evitar que los sangresucias contaminaran nuestro mundo con sus ideas estrafalarias, pero esto es una mierda, Adrian. Estoy harto.
Resopla, entre frustrado y divertido.
—Dímelo a mí.
—Lo único que hacemos es atrapar a gente que no puede defenderse. ¿Has torturado a alguien alguna vez?
Adrian niega con la cabeza. Graham no añade nada más.
—Si tan arrepentido estás, actúa en consecuencia.
Es razonable. Montague se le queda mirando como si no comprendiera nada. Busca algo en su cuello y deja a la vista una cadena de oro con un colgante al final. Parece un trozo de cuero ennegrecido.
—Cuando Lucian Bole se arrepintió de haberse unido a los mortífagos, intentó escapar. El Señor Tenebroso dio con él antes y lo llevó a la Mansión Malfoy. Mandó llamar a un buen número de sus seguidores. La mayoría éramos nuevos. Bellatrix Lestrange colgó a Lucian por las muñecas y durante diez días lo torturó y le fue arrancando la piel a tiras. Nos entregó a todos un trocito de él para recordarnos lo que les pasa a los traidores.
Adrian se estremece. Su cerebro es incapaz de asumir tanto horror. Dice lo primero que se le ocurre.
—¿Lucian está muerto?
En realidad, es una pregunta retórica. Siente ganas de vomitar cuando Graham responde.
—No. Lestrange ha encontrado en él una gran fuente de diversión.
—¡Joder!
Contiene las arcadas a duras penas. Graham le mira a los ojos.
—¿Lo entiendes ahora?
Asiente.
—Pero si sabes que puede pasarte eso, ¿por qué me estás ayudando?
Graham se piensa su respuesta. Se pone en pie, preparado para dejarle solo.
—Porque somos amigos, Adrian.
IX
Abril de 1998
Los carroñeros se marchan dejando tras ellos un silencio aterrador. Adrian sólo se atreve a bajar después de tres días. Ojalá no lo hubiera hecho. Su casa está repleta de suciedad, de sangre. De cadáveres. Al principio no sabe qué hacer con ellos. Apestan y se van pudriendo frente a sus ojos. Al final, decide llevarlos todos a un cuarto y sella la puerta. No está seguro de que sea lo más razonable. Si la guerra termina alguna vez, si Potter consigue derrotar al Señor Tenebroso, a lo mejor alguien quiere identificar a esos pobres desgraciados. Tiene la sensación de que la mayoría solo son muggles.
Después de tan afanosa labor, no se siente con fuerzas para comer. Las últimas reservas que le llevó Graham están casi agotadas. Ahora que no hay nadie en la casa, no sabe si seguirá ayudándole. Sus dudas se resuelven cuando el almendro del jardín empieza a florecer.
—Siento lo que han hecho con tu casa, Adrian.
—Ya.
—Tendrás que adecentarla cuando todo acabe. Si quieres, te ayudaré.
Adrian esboza una sonrisa irónica.
—Me temo que eso no será posible.
—¿Por qué lo dices?
—Si ganáis vosotros, soy hombre muerto. Si gana Potter, tú terminarás muerto o encerrado. Llevas la Marca Tenebrosa.
Graham sonríe y asiente. Parece triste.
—Tienes toda la razón.
Adrian se deja caer sobre un sofá ruinoso. En otro tiempo fue cómodo y bonito. Aislinn solía apoyar la cabeza en sus piernas y él le acariciaba el cabello.
—Si ganáis, necesito que hagas algo por mí.
Graham le observa, curioso.
—Dime.
—No quiero que me torturen. He visto lo que tus colegas son capaces de hacer. Si ganáis, ocúpate tú. Por favor. Haz que sea rápido.
Es una petición de mierda. Graham hace un movimiento seco con la cabeza.
—Si gana Potter, le contaré a todo el mundo lo que estás haciendo por mí. No dejaré que te metan en Azkaban.
Graham se ríe. Se sienta a su lado y le palmea la espalda.
—Me temo que será bastante difícil que te hagan caso.
—¿Por qué?
—Porque lejos de estas paredes, no estoy ayudando a nadie más.
Ha sido un poco estúpido. Por supuesto. Graham Montague es un mortífago. Los mortífagos violan, torturan, asesinan. Se quedan callados durante un buen rato, hasta que Graham retoma la conversación.
—He hecho algo más por ti.
Le tiende un trocito de pergamino. Tiene escritas unas coordenadas.
—Cuando Potter gane, irás a este lugar. Verás un gran roble en mitad de un prado. Justo debajo, están enterrados tus padres y tu hermana.
No quiere llorar delante de él. En realidad, no quiere llorar delante de nadie, pero no puede evitar que se le escape un sollozo. Graham le palmea la espalda y se levanta, alejándose para darle un poco de intimidad. Adrian lee esos números, empapándose de ellos. Al final sólo puede pronunciar una palabra.
—Gracias.
X
Mayo de 1998
—¡Pucey! Sé que estás aquí. Sal de una puta vez.
Ni de coña. Se asegura de estar bien oculto en el entramado de viguetas y pilares. Distingue una figura humana más abajo. Alguien que lleva el puto uniforme de Hogwarts puesto. ¿Qué demonios?
—Me manda Montague. No quiero hacerte nada.
Le resulta familiar. Tiene que fijarse un poco mejor y cae en la cuenta. Es Theodore Nott. Va al mismo curso que Malfoy, ese pequeño mamón. Nunca le ha gustado el quidditch y su padre es un mortífago de reconocido prestigio. Por supuesto que no se fía de él. Le da igual que mencione a Graham. Alza la varita y se prepara para atacar. Al menos ahora es capaz de acordarse del expelliarmus y alguna cosa más.
—Escúchame, ¿vale? Voldemort está muerto.
Adrian se envara, alarmado. ¿Cómo se atreve a pronunciar su nombre? Van a machacarlos.
—Potter se lo cargó. Yo luché de su lado.
Suspira, mira a su alrededor y se levanta las mangas de la camisa.
—Fíjate. No llevo la Marca Tenebrosa. Mi padre quería que me uniera a los mortífagos, pero en lugar de eso luché junto al Ejército de Dumbledore. Si sales, te lo explicaré todo.
No miente. Podría haberse aplicado un encantamiento glamour para ocultar el horrendo tatuaje, pero su instinto le dice que es sincero. Si Voldemort siguiera siendo tabú, los mortífagos ya habrían caído sobre ellos. Con el corazón latiendo a mil por hora y la varita alzada, sale de su escondite. Nott frunce el ceño en cuanto le ve. Sabe que tiene un aspecto lamentable. Hace meses que no se afeita y su ropa está sucia y le queda enorme. Tiene tanta hambre que ya casi no la nota.
Nott alza las manos. No le amenaza con la varita. También está flaco, aunque su expresión es serena. Tiene pinta de ser un tipo que lo ha pasado mal pero que ya se encuentra mejor. Luce una cicatriz sobre la ceja derecha y, cuando se mueve, cojea un poco.
—¿Dónde está Graham?
—La última vez que lo vi, los aurores lo mantenían bajo arresto. Me pidió que viniera a buscarte. Ya no tienes que esconderte más. Hemos ganado. —Arruga un poco la nariz—. Creo que tienes que ir a San Mungo. Allí te atenderán. Pareces enfermo.
Claro que lo está. Se siente al borde del desmayo y sus riñones no funcionan bien. Si le hubieran tratado correctamente después de recibir la cruciatus, ahora no tendría ninguna clase de secuela. Pero eso no es lo que más le preocupa ahora.
—¿Es verdad que Potter ha ganado?
Nott sonríe. Adrian se tambalea. No se cae al suelo porque le sostiene con firmeza.
—Te llevaré a San Mungo.
—No. Explícame qué ha pasado. Quiero estar seguro de que esta mierda se ha terminado.
Nott le ayuda apoyarse en la pared y lo sostiene por los hombros.
—Tendremos tiempo de hablar después.
—Tengo que decirle a los aurores que Graham me ayudó. No puede ir a Azkaban.
—Luego.
Nott agarra su varita y le pasa un brazo por la cintura. Adrian sabe que no le va a dar más explicaciones, pero hay algo que necesita saber. Ya.
—¿Sabes algo de Peregrine Derrick?
Nott niega con la cabeza.
—Me he pasado quince días en la enfermería de Hogwarts, no sé nada de casi nadie.
Adrian se fija en él. Está pálido y no lleva puesta la corbata de Slytherin.
—¿Qué te ha pasado?
Nott habla como si sus palabras no tuvieran la más mínima importancia.
—Un troll me arreó con su porra. Me hizo trizas las piernas. No sabes la de poción que he tenido que tomar.
No sabe qué decir. Nott afianza su agarre.
—Ahora no te muevas. No quiero que termines escindido.
Se desaparece con él. Cuando San Mungo surge ante sus ojos, sabe que el infierno se ha terminado.
XI
Junio de 1998
No hay indicios de que en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería se haya producido una batalla. Adrian lo observa desde la distancia y siente el arañazo de la nostalgia en el pecho. Su estadía en el castillo fue, esencialmente, feliz. Las cosas han cambiado mucho desde entonces. Ha pasado las últimas dos semanas en el hospital, recuperándose físicamente de las secuelas de la guerra. Su alma tardará mucho más tiempo en recomponerse.
De haber podido, hubiera salido de San Mungo días atrás. Nott le habló de la guerra, de los Carrow, del Ejército de Dumbledore, de la lucha dentro del castillo. Le informó de las detenciones, de las bajas, del horror de Azkaban. Le comentó que los mortífagos habían sido retenidos durante días a las afueras de Hogsmeade, a la espera de que la situación en la prisión mágica se aclarara. Lo primero que hace Adrian cuando recibe el alta es partir en busca de Graham Montague. Sabe que Nott ha hablado con Longbottom y que Longbottom ha hablado con Potter. Él mismo ha explicado a los aurores todo su periplo. Ha delatado a Derrick y ha intentado proteger a Graham, aunque no lo han liberado. Acude a Hogsmeade con la esperanza de verlo, pero los prisioneros ya no están.
—Se los llevaron hace tres días, después del ataque.
Hubiera reconocido esa voz hasta en el fin del mundo. La vieja Isha está tras él, con su cara arrugada y su expresión indolente. Adrian no contiene una sonrisa de agradecimiento. La bruja se acerca a él y señala con un gesto el campo vacío.
—Un grupo de supervivientes aparecieron por aquí el pasado domingo, redujeron a los guardias y atacaron el campamento. Fue un auténtico caos. Mataron a muchos mortífagos. A algunos los quemaron vivos y fue imposible identificarlos. A la mitad pudieron salvarlos y mandarlos a Azkaban. Unos pocos se escaparon.
Adrian asiente. ¿Cuál habrá sido el destino de Graham? Tal vez en el Ministerio puedan informarle.
—¿A quién buscas tú, niño? ¿Algún familiar?
A un amigo.
No dice eso.
—Al que mató a mi hermana.
—Ya. En el Profeta actualizan el listado de mortífagos todas las semanas.
—Lo leeré.
No hay mucho más que comentar respecto a ese asunto. Se aleja del lugar, acompañado por la anciana bruja. Tiene un asunto pendiente con ella.
—Quiero darle las gracias por ayudarme. Asumió un gran riesgo y no tenía por qué.
Isha esbozó una sonrisa repleta de crueldad.
—Voy a vender bastante caro tu reloj, niño. He pensado en irme a vivir a un lugar más cálido. El reuma me matará.
A Adrian le duele haber perdido el reloj de su padre, aunque es mucho peor que todos sus seres queridos estén muertos. Decide no dar la más mínima importancia a su comentario.
—Gracias de todas formas.
Isha le mira de reojo y la expresión de sus ojos se suaviza un poco.
—Me alegro de que hayas sobrevivido. No hubiera apostado ni un galeón por ti. Me parecías un debilucho.
—He tenido suerte.
—Tienes buen aspecto. Cuídate mucho.
La bruja se aleja de él sin esperar una respuesta. Adrian se detiene en mitad de la calle. Deja la mente en blanco. Al cabo de unos minutos, decide que tiene que averiguar qué ha sido de Montague.
XII
Julio de 1998
No está en prisión. En la morgue del Ministerio de Magia hay veinticuatro cadáveres de mortífagos sin identificar. En el listado de desaparecidos, un total de cuarenta y nueve nombres. A Adrian le gusta pensar que Montague sigue vivo, aunque jamás podrá tener la certeza absoluta de que lo esté.
Esa mañana decide que ha llegado el momento de visitar a sus padres y a Aislinn. Todavía no lo ha hecho. No quiere tener que admitir que están muertos, que se ha quedado completamente solo.
La mansión Pucey vuelve a estar a su entera disposición, pero a él no le apetece irse a vivir allí. Solicitó ayuda para limpiarla y retirar todos los cadáveres que los carroñeros dejaron a su paso. Ahora tiene un aspecto aceptable, aunque está vacía de muebles y recuerdos. Desde el Ministerio se han comprometido a devolverle algunas de las reliquias familiares robadas por los secuaces de Voldemort, pero no podrían importarle menos. Él sólo quiere a sus padres y a su hermana de vuelta. Un imposible. Por eso se está planteando la posibilidad de cederla para uso público. Después de la guerra, muchísimos niños y niñas se han quedado huérfanos y a Adrian le parece que su mansión bien podría servir para albergarlos a todos. Esas pequeñas criaturas podrían borrar con sus chillidos infantiles y sus juegos todo el horror que los mortífagos han dejado tras de sí.
La fortuna familiar vuelve a ser suya. La bóveda de Gringotts no fue saqueada, pese a los esfuerzos de esos desalmados por hacerlo. Se ha mudado a un apartamento en el Callejón Diagon, cerca del Ministerio. En septiembre se incorporará al Departamento de Aplicación de la Ley Mágica. A veces siente que lo único que ha hecho en el último año ha sido postergar sus planes de futuro. Al menos le queda el consuelo de no tener que preocuparse por los asuntos económicos.
Las coordenadas que le dio Graham pertenecen a un punto concreto de Cornualles. Adrian se aproxima volando en escoba, bajo los efectos de un hechizo desilusionador. Todo es verde y precioso. El aire huele a limpio. Sabe que es el árbol en cuanto lo ve. Grande, frondoso, como sacado de un cuento de hadas. Se le encoge el estómago se aproxima. Distingue la cruz cuando está a veinte metros de distancia. Sólo hay una. Si nombres, sin nada distintivo. Tan solo la hierba parece un poco más abultada en el suelo, aunque bien podría tratarse de las raíces del roble.
Adrian clava sus ojos en la cruz. Suspira. No le apetece llorar. Ya lo ha hecho, en más ocasiones de las que puede recordar. Agita la varita y hace aparecer un ramo de flores. Las deposita sobre la tierra y decide que es un buen lugar para que sus familiares descansen en paz. Ha descartado la idea de construirles un panteón. Seguro que a su hermana le hubiera gustado más el árbol. Prometiéndose a sí mismo que nunca se olvidará de ellos, que siempre honrará su memoria, abandona el lugar dos horas después.
La guerra ha terminado. Solo resta mirar hacia delante.
Hola, holita.
Esta historia ha sido inspirada por la película "El Pianista"
Espero que os haya gustado.
Besetes.
