Pareja: Guido Mista x Giorno Giovanna
Temática: Comedia | Ligero romance | Ambientado después de los acontecimientos de Vento Aureo
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Tener como novio al Capo de Passione era todo un reto para Mista, no sólo por ser su mano izquierda, pese a que Giorno dijese que era la derecha, sino por el hecho de que debía velar por su seguridad y sería peligroso dejar su relación al descubierto. Giorno era un coqueto agresivo y el noble corazón de Mista se aceleraba ante cualquier minúscula provocación. Moriría de un infarto un día de esos.
Justo ahora se hallaba pálido al frente de una vitrina que exhibía un par de zapatos cuyo costo era equivalente a un ojo y dos riñones.
Su novio tenía gustos caros y, al parecer, eso venía desde antes de ser jefe mafioso. Los libros que compraba para estudiar eran costosos, de igual manera su ropa, sus zapatos, sus sábanas… ¡Todo! Es más, aseguraba que la liga con la que se ataba el pelo valdría un par de almuerzos, hasta que Giorno lo desmintió, mostrando que era una liga cualquiera; fue un obsequio de una compañera cuando aún estaba en el internado de la preparatoria, antes de embarcarse en el viaje con la pandilla de Bucciarati.
Pronto sería el cumpleaños de su Capo y no sabía qué regalarle. No porque no lo conociera, sólo no tenía ni un mísero centavo. Su paga era buena, no podía quejarse, pero cada cita con Giorno adelgazaba a un nivel impresionante su billetera.
Él era un sujeto simple, es más, lo que vestía solía ser de segunda mano y siempre buscaba cosas de oferta. No le importaba mucho lo que debía usar siempre y cuando no tuviese agujeros. Las prendas elegantes que poseía fueron confeccionadas por orden de su Capo para asistir a reuniones y subastas del bajo mundo.
«Maldita sea, me tuvo que gustar el niño caprichoso del grupo» dijo para sus adentros luego de chasquear la lengua. No lo lamentaba en realidad, tan sólo le molestaba complicarse la existencia buscando un…
—¡Eso es! —estampó uno de sus puños contra la palma contraria.
La decisión sencilla casi siempre era la más acertada. Giorno nunca le había pedido nada y dudaba que este fuera el caso. Por si fuera poco, siempre podría redimirse en la cama. Una buena sesión de sexo lo sacaría de apuros; era su carta de triunfo, no obstante, carecía de efecto cuando se trataba de pedir un aumento.
Con una resolución tan grande como su sonrisa, fue a la tienda de solía frecuentar y aprovechó una oferta magnífica.
Cuando regresó a la mansión, puso su compra sobre el escritorio de Don Passione.
—Mira, mira —sus ojos brillaban a causa de la emoción—. Te compré éstos boxers de Calvin Klein.
Giorno tomó el paquete entre sus manos. ¿Qué significaba eso? Es decir, la talla no era un problema, la marca tampoco, pero él prefería usar calzoncillos, sin nada que cubriera sus muslos, ya que lo consideraba un poco incómodo. ¿Acaso a Mista intentaba decirle que no le gustaba su ropa interior? ¿Quería hacerle probar cosas nuevas? ¿O que no tenía suficiente para tratarse de un capo?
—Estaban en oferta. Tres por uno —guiñó el ojo derecho y mostró el pulgar en alto.
«Ah, la oferta» Giorno se relajó. ¿Cómo no lo pensó antes si se trataba de Mista?
—Yo digo que uno para ti —continuó—, uno para mí, y como Fugo usa tangas y Polnareff es una tortuga, podemos hacer que la suerte decida quién se queda con el tercero —sacó una moneda de sus bolsillos—. ¿Qué eliges? ¿Cara o cruz?
Giorno se levantó del escritorio y se colocó de pie frente a Mista con una ligera sonrisa. Le quitó la moneda y la guardó en su saco.
—No hace falta. Te lo puedes quedar.
—Pe-Pero… —No le parecía justo, aunque poco pudo decir, pues su amante lo tomó por el rostro y lo calló con un beso. De paso olvidó que le había robado una moneda.
—Aprecio que te hayas tomado la molestia —fue el primero en hablar tras cortar el contacto—, pero tengo trabajo que hacer —dirigió la vista al escritorio, donde se hallaban algunos papeles y libretas.
—O-Ok.
Mista no tuvo suficiente de esos dulces labios, esperaba tocarlo un ratito o abrirle la ropa para besar más allá del escote, pero no necesitaba ser un genio para saber que el muchacho estaba siendo considerado con él; tal vez porque no se encontraba desvelado y sus deberes eran pocos, pues en otras ocasiones parecía una máquina de trabajo que usaba café a modo de combustible y vivía en un mundo de folios y tinta. En aquellas ocasiones sus respuestas automáticas se limitaban a «no tengo tiempo», «ahora no» y «más tarde».
—¿Tienes algo que hacer esta noche? —preguntó Mista con un leve toque de galantería.
Giorno se sostuvo la barbilla con una mano y elevó sus ojos al cielo para hacer memoria antes de responder.
—Nada importante —se encogió de hombros.
—Te invito a cenar.
—Oh —un ronroneo indiscreto no se hizo de esperar—. ¿Y a dónde iremos? ¿A tu cama? —no lo dijo con malicia, tan sólo conocía el estado financiero de su pareja y la próxima paga se repartía la semana entrante.
—Ah… Este, pues p-pensaba… Uh… —se puso nervioso. ¡Todo por culpa de ese Giorno coqueto y salvaje que nunca se veía venir! El chico lucía muy sereno. ¿Cómo demonios cambió el ambiente tan rápido?
—Está bien, Mista —aceptó, intentando suprimir una risita a causa de la reacción ajena, entonces volvió tras el escritorio—. Te veo en la noche.
—¡S-Sí! —tuvo que salir de ahí para ducharse y ponerse guapo, antes de que le preguntara si ahora cargaba dos pistolas en el pantalón en lugar de su acostumbrado revolver.
Polnareff vio la escena con incredulidad, una ceja levantada y algo que podría ser descrito como pena ajena.
«Vil pareja de pobres» pensó. ¡Lo cual no tenía sentido! La cantidad de dinero que manejaban era increíble para un par de jóvenes de su edad. Se plantearía con seriedad el contratar algún agente financiero para que los aleccionara, quizá de la Fundación Speedwagon, tenía que ser alguien de confianza.
Giorno lo desconcertaba en ocasiones. Lo había visto comprar cosas inusualmente caras por mero capricho, pero para el resto de cuestiones siempre veía la manera de no gastar un solo centavo. ¿Qué pasaría por su cabeza?
Por otro lado, también se preguntaba si Mista era consciente de la cantidad de veces que su propio jefe le había bajado la cartera, la cual, Giorno comenzó a hurgar una vez que Mista se retiró de la habitación.
Después lo vio introducir un par de billetes. ¿Serían para su cena nocturna? En fin, no se sentiría pleno si no incomodaba al jovencito.
—¿Se están cuidando, muchacho? —recargó un codo sobre el caparazón de la tortuga y sonrió con malicia al notar como su víctima tensaba los hombros mientras ocultaba un soberbio sonrojo sin éxito.
—P-Por supuesto —abrió uno de los cajones y extrajo un preservativo; lo colocó donde debería haber una tarjeta de crédito.
«Demonios». Olvidó que Polnareff estaba cerca.
