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-¡Eres un omega, Izuku! ¡Qué alegría! – lloraba mi madre.

Sinceramente no entendía mucho sobre alfas, omegas o betas. Era un niño cuando me dieron los resultados pero al ver que mi madre estaba realmente feliz pensé que era algo bueno.

Cuán equivocado estaba.

Una vez entré en la secundaria me di cuenta de que ser Omega no era tan bueno como a mi familia le pareció. La mayoría de estudiantes eran betas. Mientras que los omegas y los alfas apenas llegábamos a la veintena en todo el instituto. Los betas se juntaban con otros betas. Los omegas con los omegas. Y los alfas… Bueno, ellos caminaban por el instituto como si fuesen los amos y señores de aquel lugar. La cabeza siempre bien alta. Mirando a todos por encima del hombro. Dejando escapar sus feromonas para someter a los omegas, y utilizando los puños e insultos verbales para someter a los betas pues éstos no podían oler el horrible olor que desprendían.

Todos excepto él. Katsuki Bakugou. O como yo le llamaba desde pequeño, Kacchan.

Un alfa totalmente distinto al resto de su grupo.

Mi mejor amigo.

Mi primer amor.

****
Kacchan y yo éramos amigos desde el jardín de infancia. Estábamos siempre juntos. Él venía a mi casa a jugar y a quedarse a dormir, y viceversa. Sin embargo, el día que nos dieron los resultados me dio la impresión que su actitud hacia mí cambió un poco. E incluso sus padres y mi madre nos trataban de forma diferente a ambos, pero aún así continuó a mi lado a pesar de saber que yo era un omega. Quizás él no entendía el papel que jugaría cada uno en el mundo adulto, o tal vez sí. Había momentos en los que parecía querer separarse de mí, e incluso me preguntaba varias veces al día si llevaba mis medicamentos e inhibidores conmigo. En eso se parecía a mi madre. Siempre asegurándose que los llevase en mi mochila, siempre aconsejándome que no me acercara a los otros alfas, que mantuviese las distancias y que si me encontrase mal me tomase la medicina lo más rápido posible. Pero no me explicaba nada más. Ni mi madre ni ningún otro adulto. Apenas sabía qué era el celo o para qué funcionaba. Kacchan me explicó algo pero aún éramos unos niños y no teníamos suficiente información. Sin embargo, una vez entramos en secundaria nos dieron una clase especial para omegas y alfas. Por separado.

Y cuando la clase terminó deseé no tener una familia.

No quería tener hijos.

¿Sólo nos querían para fecundar?

¿Para seguir poblando al mundo?

¿Y qué pasaba si un omega se enamoraba de un beta o un alfa de un beta? Preguntaron. Los pocos omegas que estábamos presentes tuvimos la misma curiosidad pero nos dijeron que eso iba contra la naturaleza. Los betas solo se podían reproducir entre ellos. Mientras que los omegas existían por y para los alfas.

Odié el haber nacido omega.

Durante la cena, comenté con mi madre la clase especial que nos habían dado y su respuesta fue la misma que la de aquel anticuado profesor. Tenía que estar contento de ser un bello omega, me decía mi madre. Siendo tan lindo como eres estoy segura de que encontrarás a un buen alfa que cuide de ti y de tus hijos. No deberás preocuparte por nada más. De esta forma serás feliz.

No mamá.

De esta forma no seré feliz.

De esta forma estaré esclavizado.

Quise decirle pero no pude. Acabaría preocupándole y no soportaba ver a mi madre llorar. Por tanto, me tragué mis lágrimas, mi impotencia y mi odio para mí mismo y seguí mí día a día como si nada. Me hubiera gustado compartir con Kacchan lo que nos enseñaron pero supe que él también estaba en contra cuando ese día, camino a casa, estuvo más callado y malhumorado de lo normal. Quería saber qué opinaba. Si él estaba orgulloso de ser un alfa. De si tomaría a una omega simplemente para tener sus hijos. Sin embargo, no me atreví a preguntar. Volví a guardar silencio. Tragándome mis palabras y mis opiniones al igual que el resto de mis compañeros omega. Nadie quería revelarse contra los profesores ni tener problemas en casa. Si la vida era así… ¿Teníamos que acatarla?

No tenía ni idea. Tan solo era un crío de catorce años. Un estúpido omega enamorado de su mejor amigo alfa. Tengo suerte, pensé. Si Kacchan hubiese sido un beta nosotros no podríamos estar juntos… aunque… ¿Podríamos estarlo realmente al ser ambos chicos? Alguien en clase había mencionado algo sobre las parejas predestinadas o almas gemelas. Parejas que no necesitaban que el alfa les mordiese para ser de su propiedad pus estaban conectadas y no podían vivir el uno sin el otro.

¿Seríamos Kacchan y yo una pareja predestinada?

No tenía ni idea de cómo se produciría pero soñaba cada día con que llegase ese momento. Con el día en el que Kacchan y yo nos convirtiésemos en una pareja y ser felices. Siendo así… No me importaría tener a sus hijos pues estábamos predestinados a estar juntos. Por él, desempeñaría el papel de omega que significaba en este mundo.

-Me gustaría tanto que Kacchan fuese mi pareja predestinada…

Con ese pensamiento me quedaba dormido cada noche, y todas las noches soñaba con nosotros dos juntos siendo adultos y un niño rubio subido sobre los hombros de Kacchan. Esa imagen me hizo tan feliz que ni siquiera escuché el despertador ni la voz de mi madre intentándome despertar. No quería. Quería quedarme soñando para siempre. Pero los sueños, sueños son y para poder hacerlos realidad hay que saltar obstáculos. Obstáculos cada vez más difíciles que te harán retroceder y rendirte ante tus sueños.

****
-¡Izuku! ¿Llevas la medicina?

Le escuché preguntar a mi madre cuando salí corriendo de casa para ir al instituto. Grité que sí y corrí todo lo deprisa que pude pero me sentía muy extraño. Me pesaban las piernas y me notaba muy caliente, como si tuviese fiebre pero aún así no me detuve, sino que seguí corriendo hasta llegar justo a tiempo. Sin embargo, cuando llegué a clase el profesor ya había entrado antes que yo y me envió al pasillo como castigo.

-Qué vergüenza… Ya tengo casi quince años, muy pronto me graduaré y entraré al instituto. Debería ser más puntual… - murmuré arrodillado en el pasillo por el castigo.

Intenté distraerme observando por la ventana pero de nuevo empezaba a encontrarme realmente mal. El corazón me palpitaba cada vez con más violencia y me faltaba el aire. Me sentía caliente. Muy caliente. Y lo entendí todo cuando el dolor se intensificaba en mi entre pierna.

No puede ser, pensé. ¿El celo? ¿Me va a venir ahora? Abrí la mochila desesperado buscando mis medicinas pero ¡No las llevaba conmigo! Maldita sea, Izuku. Todos los días las llevas contigo y hoy que te viene el celo te las dejas en casa.

Me costaba respirar así que, miré a un lado y a otro del pasillo y al ver que no venía nadie corrí hacia el cuarto de baño más cercano mientras le enviaba un mensaje a Kacchan para que fuese él a la enfermería a por algo de medicina pues yo no llegaría a tiempo…

¡Por favor, Kacchan! ¡Date prisa!

Supliqué.

El dolor no desaparecía y solo deseaba que ningún alfa me encontrase.

No era la primera vez que tenía el celo pero por fortuna siempre que había sucedido había sido en casa y pude tomarme las medicinas pero ahora… ¿Qué tenía que hacer? Me había ocultado en el baño por ser el único lugar vacío que había encontrado y que pensé que sería seguro pero…

Por favor, Kacchan…

¡Sálvame!

-Vaya, vaya… ¿De quién será este aroma tan dulce?

Me tapé la boca al escuchar la voz de un desconocido y que a ésta se le unieron dos voces más.

-¿Habíais olido antes un olor tan apetecible?

-La verdad es que con tan solo olerlo las ganas de devorarlo se incrementa. ¿Queréis averiguar quién se esconde tras este olor?

Me parecieron que aullaban de felicidad mientras yo cerraba los ojos y me cubría la boca con mucha más fuerza para no emitir ruido alguno rezando para que Kacchan llegase lo antes posible. Rápidamente, saqué el móvil para enviarle otro mensaje cuando la puerta del baño se abrió de una fuerte patada y vi a tres chicos de mi edad cuyas sonrisas me produjeron todo tipo de sentimientos desagradables.

-Pero mirad que preciosidad de omega tenemos aquí.

-¿Necesitas que te ayudemos a aplacar el calor de tu cuerpo, pequeño?

En cuestión de un par de segundos estaba a cuatro patas mientras el más grande se colocaba detrás mía y otro, cuyo rostro ni siquiera miré, se colocó delante de mí mientras se bajaba los pantalones y me la metía con tanta violencia en la boca que me separé atragantándome con los ojos llenos de lágrimas pero no me dejó tomar el suficiente aire cuando volvió a meterla. Jugaron todo lo que quisieron conmigo. Me pasaron sus rasposas lenguas por donde quisieron. El olor a sudor se entremezclaba con sus horribles olores de alfa.

-Por favor… paren…

Les suplicaba pero no me escuchaban y para hacerme callar se iban turnando para que se las chupase. Quise gritar. Quise morderles. Pero la fuerza me había abandonado. O mi propio cuerpo se dejó hacer todo lo que quisieran. Me ardía tanto el cuerpo, era tal el dolor que la fuerza había desaparecido para quedarme totalmente quieto y no ser capaz de seguir luchando. Me había convertido en un muñeco sin vida.

Era absurdo pelear. Era mejor darse por vencido y no resistirse porque sería peor. Así acabarían antes. Pero aún así…aún así… Esa era mi primera vez….

Kacchan… murmuré mientras los labios me sabían a una extraña mezcla entre sal y semen. En algún momento del forcejeo me habían tumbado boca abajo en el suelo y justo cuando estuve a punto de gritar aterrado al sentir como me penetraban la puerta del cuarto de baño se abrió de golpe. Todo se quedó en silencio. En un silencio incómodo donde las risitas acabaron transformadas en gritos de terror. Los tres alfas intentaron huir pero Kacchan no se lo permitió. Con la visión borrosa a causa de las lágrimas fui testigo de la brutal paliza que recibieron para después sentir un dolor más profundo al encontrarme con su mirada…

Terror.

Repulsión.

Arrepentimiento.

Perdón.

Todo eso se mezclaba en los preciosos ojos rojizos de Kacchan.

-Kacchan… Viniste a salvarme… - susurré levantando la mano hacia él aferrándome a su chaqueta. Me arrastré hasta él hasta colocarme a la altura de su oído – Ayúdame, Kacchan… Por favor… El dolor es insoportable y tú hueles tan…bien…

Me hizo girar la cabeza hacia él para después sentir como me forzaba a meterme algo en la boca por medio de un beso. La pastilla bajó por mi garganta a duras penas y poco a poco el calor se fue apagando, pero no el dolor. El dolor seguía ahí. No desaparecería nunca. Ni siquiera con los medicamentos.

-Kacchan… - susurré una vez más mientras él me cogía en brazos y entrábamos en uno de los baños individuales. Nos sentamos en el suelo, él con la espalda apoyada en la puerta y yo entre sus brazos.

-Lo siento…lo siento…Deku…

Susurraba una y otra vez mientras todo su cuerpo temblaba.

-No tienes que pedir perdón por nada, Kacchan. Tú no tienes la culpa. Ha sido culpa mía por haberme olvidado mi medicina. Ya estoy bien.

-Lo siento… Si hubiese llegado antes esos jodidos bastardos no…

Sentí como me abrazaba con más fuerza y yo me dejé arrastrar por esos cálidos brazos y las cálidas y hermosas lágrimas que manchaban mi camisa rasgada.

-Deku.

-¿Mmm? – empezaba a perder la conciencia.

-Te prometo que nunca te volverá a pasar esto. Te prometo que no permitiré que ningún otro alfa te ponga la mano encima, salvo que tú me digas que estás bien con ello. De ahora en adelante estaré siempre a tu lado. Te protegeré. De ellos, y, sobre todo, de mí mismo.

No pude decirle que no tenía que protegerme de él pues eran sus besos y su amor lo único que quería, que eran sus abrazos los que me reconfortaban, que eran sus caricias las que anhelaba, que era a él a quién quería sentir dentro de mí, que era a él a quién quería a mi lado el resto de mi vida, que eran a sus hijos a los que quería dar a luz pero, antes de poder decírselo sucumbí a las tinieblas.