Nota de la traductora: Hola a todos, he tenido la inesperada alegría de poder traducir uno de los nuevos fics de Niteryde llamado La frontera del dragón, el cual quiero presentárselos a ustedes, sé que les encantará tanto como a mi. Les envío mis deseos de paz y salud para todos.


Nota de Niteryde: esta historia va a ser diferente a lo que he probado antes. Está fuertemente inspirado en Juego de tronos, uno de mis favoritos de todos los tiempos en cuanto a series y libros, pero con los personajes de DBZ en su lugar. Habrá elementos mágicos/fantasía, por lo que no se puede decir que va a ser del "todo humano". No voy a seguir el argumento de que JDT (ni podía, es muy complejo). Es más sobre la atmósfera, la política, las traiciones y todo lo que hace Juego de tronos una delicia (en mi opinión). No soy GRRM, pero la tripulación de DBZ es tan vasta y los personajes tan ricos, que pensé que esto sería agradable de escribir (y, con suerte, de leer). NO es necesario haber visto Juego de tronos o haber leído los libros para seguir esto.

Descargo de responsabilidad de Niteryde: No soy dueña de Dragon ball ni de ningún personaje del mismo.


La frontera del dragón

Autora: Niteryde

Traductora: Chicamarioneta

Capítulo uno

Prólogo

Era oficial, el invierno en la frontera del dragón sería el más frío en años.

Yamcha juntó las manos, las llevó a su boca y exhalo en ellas antes de frotarlas en un vano intento por mantener el calor. Alzo la mirada al cielo para observar el ocaso. A pesar del frío que hacía, iba a ponerse peor. Se quedó mirando con el ceño fruncido los restos del fuego que habían hecho la noche anterior. Era demasiado peligroso encenderlo de nuevo, ya que entrarían en acción ni bien estuvieran por completo al amparo de la oscuridad y la luz llamaría la atención. Sin embargo, eso no le impidió ansiarlo. El bandido se puso de cuclillas y se frotó las manos otra vez.

Estas ansioso.

Yamcha alzó la mirada a través de sus mechones negros hacia el hombre que se elevaba sobre él. Desde ese punto de vista, Tien parecía casi tan alto como los árboles del bosque en que se encontraban. Yamcha desvió la mirada y se frotó las manos con más fuerza. Tenía suficientes pieles andrajosas para calentarlo, pero ninguna protección para sus manos, las cuales ya hace tiempo se habían entumecido por la exposición. Si hubiera sabido que este invierno sería tan condenadamente frío, podría haber robado un buen par de guantes de cuero en lugar del vino de su última huida.

—Ni por casualidad —se jactó—, esta excursión no es diferente a las otras.

—No seas tonto —gruñó Tien mientras revisaba su entorno para asegurarse de que nadie los oyera. Los únicos cerca eran los pocos caballos que le habían robado a los saiyayíns semanas atrás y, a la distancia, apenas podía divisar el movimiento de su tercer camarada. El ceño fruncido de Tien se profundizó cuando vio a lo lejos que su mujer se había ido, pero Launch era tan salvaje como las Tierras Sombrías donde vivían. Ella volvería con la oscuridad y entonces se pondrían en marcha.

—Esta excursión es completamente diferente.

—Los iceyíns no son nuestro asunto.

—Los iceyíns son asunto de todos si somos atrapados. No seas tonto, Yamcha, debemos ser precavidos.

Yamcha se puso de pie y volvió la cabeza para mirar a su compañero. Soltó un suspiro antes de asentir su solemne acuerdo.

—Solo tomaremos lo necesario para que nuestra gente pueda sobrevivir este invierno. Los iceyíns están habituados a este clima, no echarán de menos lo que nos llevemos. Y no nos atraparán, te lo garantizo. Esta noche es la noche de la primera luna, como lo celebrarán, estarán distraídos. Ese es el plan, no lo olvides.

Tien no pudo refutarle nada. Los pobres y marginados de las Tierras Sombrías dependían por completo de los riachuelos para sustentarse, pero los inviernos eran siempre brutales, este en especial. La tierra se volvió estéril y los peces no estaban siendo suficientes. El grupo de bandidos buscaban provisiones que los ayudaran a aliviar la carga de los marginados de la frontera del dragón con quienes vivían. Este invierno, las búsquedas iban más allá de los fines prácticos, eran para salvar vidas.

De los tres, Yamcha era el más hábil en el robo y Tien lo sabía, pero él y Launch aportaban una serie de habilidades letales que completaban el grupo.

Habían asaltado a los saiyayíns, a los terranos y a los namekuseiyíns por igual. No en una cantidad considerable y nunca dos veces a un mismo poblado, solo lo suficiente como para pasar los inviernos. Sin embargo, esta venía a ser la primera vez que seleccionaban como objetivo a los iceyíns. Los hombres del rey Cold eran conocidos por su astucia y por su crueldad; si los atrapaban, sería el final para ellos. Pero los iceyíns también eran el único reino que tenía sólidos y fuertes inviernos. El actual estaba siendo demasiado brutal para conformarse con menos y los obligaba a aceptar el riesgo. Las probabilidades eran ligeramente más bajas esta noche, así que no podían esperar más tiempo. Si Yamcha estaba nervioso, no lo demostraba, aunque Tien receló cuando lo vio fruncir el ceño mientras contemplaba el cielo oscuro.

Tien agarró el mango de su espada que colgaba en una funda a su lado izquierdo y la desenvainó para asegurarse de que no se hubiera pegado con escarcha en caso de que tuviera que usarla esta noche. Yamcha lo vigiló por el rabillo del ojo, el mismo ojo por el que corría una cicatriz. Captó el destello de la espada, pero no comentó nada, solo desvió la mirada de nuevo. Era un experto ladrón y, aunque Tien y Launch eran buenos por derecho propio, la verdadera habilidad que ellos poseían yacía en sus espadas, el resultado del entrenamiento con los saiyayíns durante años antes de los desterraran a las Tierras Sombrías. Eran unos endurecidos y experimentados asesinos. En noches como esta, Yamcha estaba contento de eso.

—Tomaremos lo que podamos —dijo, tanto su voz como su aliento visible atravesaron la oscuridad.

Tien rezongó y regresó la espada a su funda cuando la última pizca de la luz del sol desapareció. Estaba listo para derramar sangre si era necesario.

—Y no les daremos nada a cambio —gruñó.

—Díganme, chicos, ¿se han estado chupando las pollas?

Los dos hombres miraron por encima de sus hombros. La desaprobación de Tien sobre lenguaje grosero de Launch se desvaneció cuando se dio cuenta de que ella se las había arreglado para abrirse camino de regreso y que se les acercó sigilosamente por detrás. Los indicios de una rara sonrisa tiró de sus labios por un instante, una hazaña que solo la mujer rubia podía conseguir de él. Ella lo notó y le devolvió una sonrisa de complicidad que llevaba una promesa de placer pecaminoso para más tarde esa noche, antes de que fácilmente se montara en uno de los caballos que le habían robado a los saiyayíns.

—Entonces, empecemos con esto. Hace suficiente frío como para congelar mis enormes testículos —afirmó y se colocó la capucha negra sobre la cabeza.

—No sabía que tenías unos. —Yamcha se rio por lo bajo, luego miró al cielo otra vez. Era la hora.

—Tengo más que tú, bandido —replicó Launch mientras tomaba las riendas. El animal se movió un poco y ella observó a los dos hombres montar. Los caballos saiyayíns, los mejores de toda la frontera del dragón, eran rápidos, silenciosos y tan valientes e implacables como los guerreros de ese lugar. En un reino donde todos los niños saiyayíns aprendían a montar casi tan pronto como él o ella podían caminar, no habían echado de menos a los tres caballos cuando los robaron hace semanas, lo cual ponía todo a su favor.

Y esta noche, necesitaban de cada ventaja que pudieran obtener.

Yamcha gruñó, no se molestó en replicar mientras se acomodaba en su propio caballo robado. Una mirada más seria apareció en su rostro cuando tiró de las riendas para obligar a su caballo a ir en la dirección correcta. Miró a Tien y a Launch antes de levantar su capucha oscura para protegerse. Los caballos eran negros y todos estaban vestidos con ese color. Salvo sus respiraciones, se mezclaban a la perfección.

—Manténgase cerca —ordenó y le dio una espoleada a su caballo.

Cabalgaron en silencio durante casi una hora. Los caballos saiyayíns eran incluso mejores de lo que Yamcha había esperado, ya que al ser criados en las ricas florestas del norte, podían desplazarse por los bosques de las Tierras Sombrías con facilidad. Finalmente, el caballo de Yamcha se encabritó y se detuvo. Tien y Launch siguieron el ejemplo. Esto era lo suficientemente cerca, decidió Yamcha en silencio mientras desmontaba con agilidad. Irían a pie el resto del camino.

Aseguraron los caballos y luego se trasladaron a pie. Podían ver varias humaredas más adelante, eran de las fogatas, sin lugar a dudas. Incluso desde donde estaban, oían la risa de los soldados. Había una celebración iceyín esta noche y ellos se divertían, por lo que dejaban sus puestos sin personal. Los bandidos pasaron rodeando las hogueras en dirección al primer pueblo fronterizo del reino iceyín. Launch había hecho un reconocimiento y este era el mejor momento y lugar para un asalto debido al mínimo patrullaje, sobre todo esta noche. Siguieron avanzando en silencio entre las hogueras al amparo de la oscuridad hasta que poco a poco empezaron a encontrar más nieve. Allí finalmente se juntaron para quitarse las ropas externas, después las colgaron en los árboles y se quedaron en sus pieles blancas para pasar más desapercibidos.

El trío silencioso subió por una pequeña colina cubierta de nieve donde se recostaron al llegar a la cima. Reconocieron las banderas blancas en lo alto con la corona negra bordadas sobre ellas, ondeando en el viento helado, ahora estaban oficialmente en territorio iceyín.

—Es ese —susurró Launch. Ella señaló y los dos hombres miraron. Había una pequeña fortaleza bien escondida en la nieve. Aún se podía distinguir la larga y horizontal abertura a nivel de la vista por donde los soldados vigilaban. Sin embargo, en este momento, todo parecía totalmente abandonado—. Allí tienen acero, pieles y algunos restos de comida. Hielo, más que nada.

—Vamos entonces —ordenó Yamcha.

De los tres, él había sido un ladrón y un bandido por más tiempo, remontándose a cuando era un niño, así que tenía el mando al igual que su confianza. Tien y Launch lo siguieron fielmente mientras descendía por la colina antes de tomar el camino largo. A pesar de camuflarse, no podían evitar el crujido de la nieve bajo sus botas. Yamcha agarró la espada que siempre llevaba consigo y su corazón aceleró a medida que lentamente rodeaban la fortaleza.

El viento soplaba con mayor ferocidad ahora protegiéndolos más hasta que Yamcha finalmente abrió la antigua puerta de madera para entrar en la pequeña fortaleza de piedra. El repentino calor lo hizo bajar las pieles del rostro y exploró a su alrededor. La habitación vacía no era más grande que la pequeña cabaña donde creció, pero descansando debajo de una cornisa abierta en la pared de piedra había arcos y flechas junto con espadas de acero envainadas y cuchillos. Sin duda era un buen punto de vigilancia para defender la frontera de cualquier intruso.

El bandido echó un vistazo más allá de una antorcha encendida en la pared.

—Rápido, tomen lo que puedan cargar. No sabemos cuánto tiempo más estarán fuera.

Los tres se dispersaron por la habitación, abrieron los costales que habían asegurado a sus cuerpos y los llenaron con todo lo que pudieron agarrar. Launch inmediatamente puso algo en las pieles para que tuviera menos de cargar y luego llenó el costal con más. Tien se agachó e inspeccionó el acero iceyín, este era siempre necesario en las Tierras Sombrías para que los pobres se mantuvieran a salvo de los desesperados cazadores furtivos. Yamcha encontró algunas verduras y frutas congeladas, y se hizo de tantas como pudo.

Todos se paralizaron cuando escucharon las risas que venían acercándose, pero al instante se pusieron de cuclillas para salir de alcance visual de la abertura en la pared. Los tres se trasladaron en silencio al otro extremo de la habitación, Tien abrió la puerta de madera que había allí y se metieron a hurtadillas. Esta se cerró detrás de ellos justo cuando algunos hombres iceyíns entraron al lugar donde estuvieron.

—No hay suficiente vino para mantenerme caliente esta noche —se rio un soldado. En la sala de al lado, los tres bandidos inmóviles como la noche estaban más silenciosos que los muertos. Se encontraban en una habitación oscura y ninguno de ellos se atrevió a tratar de explorarla, no sea que se delataran.

—Pues yo digo que el príncipe Frízer acapara todo.

—Cuidado con lo que hablas, hermano.

—No estoy diciendo ninguna mentira. Es la primera noche de luna de la temporada y él se quedó con el mejor vino del reino, por mí que se joda. —Las voces se acercaban más.

—Tu lengua será tu muerte un día, idiota.

—Prefiero eso que morir por este desgraciado frío. ¿Dónde están mis pieles? Hace un frío como el pecado allá afuera. Pensé que las dejé aquí en alguna parte.

—Es probable que hayas tomado demasiado —respondió la otra voz en un tono medio divertido, medio exasperado. Los pasos se aproximaron y la puerta de la habitación donde los bandidos estaban escondidos se abrió de improviso para que un soldado entrara—. Pásame esa antorcha, ¿quieres? Tal vez dejaste tus pieles en…

Tien sacó su espada, la agarró férreamente con las dos manos y de un solo movimiento fluido, cortó brutalmente al hombre por atrás, desde las costillas hacia la parte superior de la cabeza. Estaba muerto antes de su cuerpo ensangrentado cayera al suelo donde la brillante sangre roja terminó tiñendo sus prístinas pieles blancas. El otro soldado dio un paso dentro de la habitación y apenas tuvo tiempo de comprender que su hermano había muerto antes de que Launch le hundiera un cuchillo por completo en la sien, haciéndolo caer al instante.

Yamcha finalmente exhaló cuando vio que Launch retiraba el cuchillo presionando su bota contra el cráneo del hombre muerto para liberarlo. Paralelamente, Tien limpiaba su espada. A pesar de que era muy hábil con la suya, Yamcha estaba contento de sus compañeros fueran los asesinos. Ellos se sentían más cómodos con el trabajo sanguinario y él no tenía problemas con eso.

—Conseguimos suficiente, vámonos antes de que lleguen más —les ordenó con urgencia. Su limpia huida había fallado y terminaron derramando sangre. Sangre iceyín. Si hubieran sido atrapados simplemente robando tenían la muerte asegurada. Pero si alguien los capturaba ahora... — ¡Vámonos!

En cuestión de segundos, los tres volvieron al frío glacial llevando los sacos colgados de sus espaldas. Corrieron manteniéndose ocultos en las sombras, sus alientos salían ásperamente. Los tres huyeron con una mano agarrando el mango de sus espadas, listos para usarlas si fuera necesario. Por fortuna no hubo necesidad y se las arreglaron para regresar ilesos a sus caballos. Yamcha estableció un ritmo frenético con su caballo esperando poner distancia entre ellos y los iceyíns. Fue solo después de treinta minutos o menos de rápida cabalgata que finalmente se convenció de que no había nadie detrás de ellos y se permitió relajarse un poco.

Lo que él no sabía, sin embargo, era de que a pesar de que no eran perseguidos, sin duda estaban siendo observados.