Yo vengo a ofrecer mi corazón
Aphrodita (Hessefan)
Disclaimer: SS es de Kurumada.
Notas viejas: no suelo hacerlas en las remasterizaciones, pero debo dejar por sentada la ENORME, COLOSAL, MAGNÁNIMA (?) sorpresa que me produjo re-encontrarme con este fic. Lo tenía completamente olvidado y revisarlo me llenó de emociones. Creo que sin dudas fue el fic que más disfruté releer. Recuerdo que esta fue una petición de Gadya. En su momento ella quería un fic del único Santo con nacionalidad argentina XD y de paso, para complicarme la vida, me pidió que fuera un Camus/Albiore. Me tomé la libertad de "inventarle" la vida a Albiore, tomando en cuenta que sabemos poco y nada de él.
Notas nuevas: Me faltan algunos fics de Saint Seiya por traer. Espero que me tengan paciencia. Iré subiendo dos los días que pueda, para no agobiar a los fanfickers nuevos. ¡Gracias por su comprensión!
CAPÍTULO 1
El 30 de abril de 1965 nació, en una ciudad grande de la Argentina, un niño predestinado, con una mala estrella. Sus padres, como la mayoría de los ciudadanos en ese entonces, eran peronistas a morir. Le pusieron el nombre de Agustín sin saber que el destino se les reía en la cara en ese preciso momento.
Agustín Alvarado nació en una época de incertidumbre, en un país que permitía y permitió la represión desde los inicios de su democracia, una falsa. A alguien no le gustó que, por ese entonces, se reclamasen las Malvinas como Argentinas.
Argentina por ese entonces, con una patria violada y ultrajada, creyó que era justo que EUA "restableciese el orden democrático". La tropa estadounidense desembarcó en las costas de Santo Domingo la misma noche que Agustín decidió abrir los ojos, dispuesto a enfrentarse a este mundo que poco y nada tenía para ofrecerle pero sí mucho por quitarle.
Por ese entonces, mientras el niño tomaba el pecho de su madre ajeno a la realidad del mundo, en la Argentina se vivía un caos, con huelgas y reclamos gremiales, de los ciudadanos que se veían morir de hambre. La hostilidad era tanta y tan marcada que varias empresas debieron pedir protección policial por temor a posibles actos de sabotaje; los puertos y servicios aéreos se vieron interrumpidos en varias oportunidades, asimismo el correo y las telecomunicaciones, hasta el ferrocarril.
Agustín crecía ajeno a un mundo que vio "morir a Marte". La NASA había recolectado las primeras imágenes del tan mentado planeta. Por ese entonces, hasta ese julio de 1965, los cuentos sobre ese planeta, las películas y conjeturas hilaban un mundo por completo dispar a la realidad. Y la NASA destruyó ese cuento de marcianos, de un planeta avanzado, y de una civilización inteligente, cuando hizo públicas las imágenes demostrando que Marte era un planeta inhabitable. Ese mes fue recordado siempre como el día en que murió Marte.
Por ese entonces también se habían estrenado películas en la Argentina, entre ellas una de Armando Bó, un hombre muy cuestionado y repudiado por la clase de pornografía que realizaba junto a su esposa. Por ese entonces un simple desnudo femenino era considerado pornografía.
Agustín le había tocado llegado a un país que recién comenzaba a abrirse a la realidad, saliendo de una burbuja creado por los mismos habitantes. Agustín creció rodeado de amor y contención, abriéndose poco a poco al mundo, conociendo al país que lo había parido. Fue a la primaria, estudió como cualquier niño de su edad, ajeno al destino que los dioses le habían encomendado. Dioses completamente distintos a su Dios cristiano.
Agustín era obediente.
Agustín era disciplinado.
Agustín era educado.
En el colegio le pegaban si no lo era, no quedaba entonces otra que serlo. Una tarde escuchó a los adultos hablando con alegría, sobre un tal Perón que había vuelto a la presidencia. ¿Cuántas veces había escuchado ese nombre en los labios de sus padres? Hablando de él con orgullo y alegría, como si Perón en vez de un presidente fuera el mismísimo Dios.
Agustín no comprendió nunca el "porqué" de tanta emoción, observaba la televisión, que aún era en blanco y negro debido a la situación económica de su familia, y solo veía a un hombre gordo con cara de malo. ¿Ese era Perón?
Perón era el salvador del país.
Perón era militar.
Perón era un hombre hecho y derecho, de palabra, patriota. Eso le habían dicho a Agustín, sin embargo esas palabras nunca lograron convencerlo del todo, porque no dejaba de ser un simple hombre. Y por ese mismo, como un simple hombre que era, inexorable el paso del tiempo, como todo humano, enfermó gravemente y tuvo que ser restituido.
Ese día Agustín estaba en la escuela, cuando "Isabelita", la esposa de Juan Domingo Perón, pasó de ser vicepresidente a presidente. El país estaba conmocionado. Perón estaba enfermo. Perón iba a morir. ¡Qué Dios no lo permita! Gritaba la gente.
Agustín siguió dibujando sobre el papel de carbón con su lapicera de pluma. Dibujaba inocentemente un hombre militar. ¡Cómo Perón! Por ese entonces el niño gozaba de una buena educación en un buen colegio, iba a segundo grado para alegría de sus padres, sin embargo algo raro pasaba cada vez que llegaba de la escuela.
Veía a sus padres concentrados en la televisión, con el rostro sombrío y un semblante apesadumbrado. ¿Por qué veían la televisión y escuchaban las noticias si tan mal los ponía? Pensaba Agustín con inocencia.
Y cansado de preguntar siempre lo mismo, un día recibió una respuesta, algo brusca, algo precipitada para su edad: "¡Isabelita está vendiendo el país!". Le dijo su padre con enojo como si el pequeño lo entendiese. "¡Está destruyendo todo lo que hizo Perón!".
Más que eso. Agustín no lo supo en ese entonces, pero ojalá hubiera sido solo eso, si al fin y al cabo la Argentina toda su vida fue "vendida". Le costó comprender el enojo de los adultos, pero no tardó mucho en comprender que algo malo estaba ocurriendo. Entre noticias de que un tal Videla había armado una alianza, Agustín notó el cambio en la escuela, cuando de repente, de un día para el otro sus maestros no los dejaban leer, les enseñaban solo trece letras del abecedario y los mantenían sentados en las sillas sin decirles nada.
Agustín con su cabello rubio sucio y sus manitas sucias observaba por las ventanas como cada día, a cada hora, menos gente se veía correr por la calle. ¿Qué estaba ocurriendo? Sus padres comenzaron a ir a buscarlo al colegio, cuando antes lo dejaban volver solo caminando.
Ahora no, ahora lo pasaban a buscar y lo subían a gritos al auto, ni tiempo le daban de saludar a sus compañeros. En tal caso, los padres de sus compañeros hacían lo mismo con sus hijos. La gente, notó Agustín, comenzaba a tener miedo.
El miedo en sus rostro, en su rápido caminar.
El miedo se materializaba.
Un grupo de gente, que no estaba contenta con lo que hacía Isabelita, decidió oponerse al gobierno. Irónicamente estas personas tenían fuertes pensamientos peronistas, entre ellos, los padres de Agustín.
Fue así, que ese tal Videla que una vez oyó hablar Agustín en el colegio, obtuvo el permiso de la presidente para crear una alianza. La triple A: "Alianza Anticomunista Argentina" La idea era acabar con los que osaban revelarse, con la subversión, acabar con el avance de la izquierda en el país. Siendo ayudados en esa "noble" labor por gente idónea, con la intervención de grupos civiles paramilitares.
Videla era militar. ¡Cómo Perón! Gritó una vez Agustín en su casa mientras sus padres miraban la preciada televisión y sin saber por qué, recibió una soberana paliza y el consecuente encierro y castigo en su cuarto. ¿Por qué se habían enojado? Acaso ¿no era cierto? Mucha gente había estado de acuerdo en eso, mucha gente había vitoreado la intervención de los militares creyendo que así habría orden de nuevo. ¿Por qué ahora se arrepentían de ello?
El miedo comenzó a tener rostro, el miedo comenzó a materializarse. El miedo se podía respirar, se podía tocar, era una "cosa" y no una definición. Por ese entonces, cuando Agustín cursaba el tercer grado, sin saber los verdaderos motivos, ajeno y a la vez cercano a esa realidad, en su país cada cinco horas moría una persona y cada tres morían muchas más cuando estallaba una bomba.
Las huelgas estaban prohibidas, pero había un grupo de personas que de todos modos las hacían. Se estaban muriendo de hambre. ¿Qué más daba morir de otra forma? La gente comenzaba a desaparecer; era común ir al almacén del barrio y escuchar a los adultos hablando sobre "Como se lo habían llevado al Carlos", pero claro, la gente no solía hablar más de lo necesario, con el tiempo comprendieron que callar era sinónimo de salud.
Una vez llegó Elvira, la vecina de Agustín, llorando a su casa, diciendo que se habían llevado a Héctor. Héctor era un chico que estudiaba en la universidad, Agustín siempre lo recordaba como un buen muchacho, divertido, alegre y que no tenía problemas en arreglarle la cadena de la bicicleta cada vez que esta se salía.
Agustín se sintió muy triste cuando se enteró y aunque sus padres lo encerraron para que no escuchara la conversación de los adultos, hizo lo posible por escabullirse hasta la sala y esconderse.
Elvira contaba entre lágrimas que varios hombres vestidos de civiles ingresaron por la noche y se lo llevaron, en ropa interior, desde ya, estaban durmiendo entrada la madrugada. No le dijeron nada, solo le pegaron a ella cuando intentó preguntar, y se llevaron muchas cosas, como el televisor, la máquina de coser, pero eso... Eso no era lo que le importaba a Elvira, se habían llevaba a su hijo y ahora no sabía dónde estaba, si vivo o muerto.
Después llegó Nora, otra vecina, pero de la esquina, cuando se enteró de lo que le había pasado a Héctor. Ella llegó aconsejándole a Elvira de que no hiciera la denuncia, pues ella lo había hecho cuando desapareció su marido y ahora había desaparecido su abogado y el hermano de su marido. Lo mejor era callar. Lo mejor era refugiarse en la casa. Lo mejor era esperar. Esperar a que el tiempo pasara; ¿pero cómo hacerlo? Si cada segundo que pasa es un segundo en donde no se sabía dónde estaban los seres queridos.
Agustín no pudo escuchar más, tuvo que irse corriendo cuando su padre lo descubrió escondido detrás del sillón. Ese día pasó, pero se notaba el barrio en silencio y apagado, el niño rubio solía ver a través de la ventana a la gente pasar, pero cada día eran menos los que caminaban.
¿Qué estaba pasando? ¿Estaba desapareciendo la gente? ¿Esfumándose como por arte de magia? ¿A dónde había ido toda esa gente? En la televisión se solía escuchar a ese militar de bigotes y rasgos profundos, decir con una voz inquebrantable que "un terrorista no es sólo el portador de una bomba o una pistola, sino también el que difunde ideas contrarias a la civilización cristiana y occidental". Agustín no entendía que quería decir con esas cosas.
Agustín no comprendía muchas cosas y no por su edad, pues aunque el tiempo pasara, esas "cosas" jamás se llegarían a entender. Lo que sí entendió y le dio un poco de miedo fue lo que dijo el gobernador de su provincia por radio. "Primero vamos a matar a todos los subversivos, después a sus colaboradores; después a los indiferentes y por último a los tímidos".
¿Matar? Eso sí que le dio pavor. ¿Y por qué? ¿La gente estaba haciendo cosas malas? ¿Por eso? Agustín sacudió la cabeza y se alejó de la radio, no le gustaba lo que oía siempre y menos le gustaba el tono de voz de ese hombre, lo hacía temblar de miedo sin saber bien por qué. Sin embargo su padre no tuvo mejor idea que subir el volumen de la radio, pues darían un comunicado de suma urgencia, el comunicado Nº 19.
Entre papeles y crayones, entre soldados de plástico y pelotas de lona, Agustín oía de rebote las noticias de esa tarde. "Será severamente reprimida toda manifestación callejera. Todas las fuentes de producción y lugares de trabajo estatales y privados, a partir de la fecha serán consideradas de interés militar. Se expulsará del territorio nacional a extranjeros que afecten la paz social. Serán recluidos por tiempo indeterminado todos aquellos que difunden actos, palabras o imágenes de personas o grupos considerados subversivos o terroristas"
"Papá..." el niño le llamaba la atención, levantando apenas la cabeza, dejando de lado sus soldados de plástico para hacer una pregunta y, a pesar de que su padre lo silenció, Agustín continuó: "Papá, ¿qué significa subversivos?"; pero su padre se limitó a mirarlo, nada más.
No supo y no pudo decirle absolutamente nada, lo había desarmado con esa inocente pregunta. Se consideraban subversivos a los que ayudaban en las villas-miseria; los que tenían como objetivo una mejora en los salarios; los miembros de alguno de los centros estudiantiles; los periodistas que demostraban su desacuerdo con los represores y hacia la represión y que eran capaces de demostrar su oposición a los hechos en un artículo periodístico. Los psicólogos y los sociólogos, por pertenecer a profesiones "sospechosas". Las monjas o sacerdotes que llevaban sus enseñanzas a las villas-miserias. Los familiares de cualquiera de todas estas personas, los amigos y amigos de los familiares, los amigos de estos amigos.
Con el tiempo, luego de ese comunicado se notó la censura y la promoción de la autocensura. Se quemaban libros, bibliotecas enteras y grandes personas del país comenzaron a desaparecer. Periodistas, escritores, pensadores, curas, actores, músicos, maestros, abogados, psicólogos, médicos. Gente común y corriente comenzó a desaparecer también.
Desaparecer era peor que morir.
¿Dónde estaban? ¿Cómo estaban?
La incertidumbre comenzaba a apoderarse de las familias cuyos integrantes habían desaparecido. Muertos mejor, pues no saber si el cadáver que se llevaban cuando explotaba una bomba era de un familiar o no, era peor que verla morir ante sus ojos.
Que se llevaran a los padres de uno, una noche, en ropa interior, vendados y atados, sin volver a saber nada de ellos y sin poder hacer una denuncia -pues lo mismos policías se lo habían llevado-, era peor que verlos morir ante sus ojos.
Porque se sabía que igual iban a morir, se sabía en parte cuál era el destino, ¿pero dónde estaban? Desaparecer era peor que morir. Peor aún era saber que cualquiera podía ser el próximo.
Ya no era miedo, era terror, recorriendo cada célula del cuerpo, calando profundo en los huesos. Y los que no podían escapar del país, se quedaron a vivir ese terror. La gente callaba, la gente no hablaba más de lo necesario, la gente no salía a la calle, no se saludaban entre vecinos, no se viajaba.
La gente intentaban llamar la atención lo menos posible. La gente intentaba salvarse, pues no podían siquiera ayudar a sus seres queridos, no podían evitar que se los llevasen sin más. "Sálvese quien pueda", era el lema del país por ese entonces.
Ya no se podía pensar y no se podía votar, pero eso no importaba, ¡No se podía pensar distinto! Agustín, inevitablemente, también comenzó a tener miedo a pesar de ser un niño, ese sentimiento era muy contagioso.
Era aburrido estar encerrado todo el día en la casa, no había nada para hacer, pero más allá de eso, encima que ya no lo dejaban ir al colegio, lo separaban de sus amigos; se sintió muy triste cuando tuvo que mudarse sin despedirse de ellos.
Y eso solo fue el comienzo, pues después siguieron más mudanzas, algunas en mitad de la noche, y en algunas ocasiones no le daban tiempo de juntar todos sus juguetes y así, a medida que iban de casa en casa, mudándose cada tres días, él se iba quedando con menos juguetes, juguetes que quedaban olvidados en su viaje.
Se consolaba con saber que si un niño algún día habitaba esa casa, por lo menos tendría con qué jugar. Ante esa idea, como una especie de ritual, en cada casa que dejaba, abandonaba en ella un juguete, uno solo, por las dudas. Total, ya daba igual, si había perdido muchos juguetes, y mientras tuviera a su soldado de plástico él estaba conforme.
El 24 de marzo de 1976 sería una fecha que nadie olvidaría, nunca más, y aunque Agustín contaba con ocho años, supo que desde ese día todo había cambiado. Yendo de un lado para el otro, viendo el esfuerzo de su madre cargándolo a él para correr más rápido, con el vientre hinchado a la espera de una hermana o un hermano.
Le costaba comprender el todo completo que hacía su vida, pero por ser niño no era tonto; supo que el miedo tenía cara y nombre. Todo cambió una noche, cuando hubo un fuerte apagón en toda la cuadra de la nueva casa en donde se habían mudado hacía apenas una semana.
A punto de cumplir los nueve años, ese 28 de abril, despertó sobresaltado cuando su madre lo jaló de un brazo. Con el piyama puesto, Agustín no tuvo tiempo de tomar a su soldado, estiró el brazo, pero no tuvo éxito, su madre lo estaba arrastrando hasta la entrada de la casa, sin embargo varios hombres le impidieron la salida.
Agustín se asustó mucho al ver a esos sujetos vestidos con ropas mundanas; quizás eran las armas que llevaban en sus manos, quizás el porte o las palabras que usaron, tal vez el trato hacia sus padres, pero algo le causó un profundo terror.
Agustín temblaba aferrado a la camiseta de su madre, quien hablaba con los hombres y lloraba rogando por su hijo, pidiendo que no les hicieran nada, que estaba embarazada, que ellos no habían hecho nada malo.
Nada malo. "Vamos a ver si eso es cierto", dijo uno de los hombres y se acercó a ella para agarrarla por su rubia cabellera y arrodillarla en el suelo, sin dejar de apuntar a su vientre que por ese entonces contaba con siete meses de embarazo.
Sin saber qué hacer, Agustín se cobijó contra la pared, observando las lágrimas de su madre y el temblar de su cuerpo. Los gritos de su padre consiguieron sobresaltarlo y las primeras lágrimas del niño aparecieron cuando uno de esos hombres se acercó a él con un pañuelo negro.
Le vendaron los ojos y él se dejó hacer, así solo pudo escuchar por unos cuantos minutos a su padre gritando y suplicando por su vida, y a su madre llorando cerca de él. Una mano desconocida y brusca lo tomó con fuerza de un brazo, al mismo tiempo que los gritos y los llantos dejaron de oírse.
Esa misma mano lo arrastró por la casa, hasta conducirlo a lo que, imaginó, era el frente, pues sus pies descalzos tomaron contacto con la hierba húmeda y las hojas caídas de los árboles en ese inolvidable otoño.
Voces, gritos, risas. Lo subieron a un auto sin sacarle el vendaje. Sintió el vehículo arrancar y ya no pudo oír a sus padres. ¿Estaban con él? No, estaban en otro coche. El viaje fue largo, corto, en esa circunstancia el tiempo no tenía importancia para él.
Lo bajaron con rudeza del coche y otra vez lo condujeron por un suelo húmedo, pero no era pasto, era sólido, era piso. Un olor comenzó a inundar sus fosas nasales, uno nauseabundo y putrefacto, el olor a sangre, a miedo y a muerte.
Lo sentaron en una silla y él, obediente, allí se quedó.
Obediente, sumiso, aplicado.
Supo con sus pocas primaveras que era mejor callar.
Agustín volvió a escuchar gritos y llantos, pero esta vez no supo discernir si eran de sus padres, le pareció oírlos con certeza, pero eran tantas las voces que se mezclaban. Comenzó a temblar si bien no lloraba. Quería a su mamá, quería a su papá y quería a su soldado de plástico.
Le quitaron el vendaje y cuando poco a poco la luz volvió a sus ojos se encontró en un cuarto, oscuro y sin ventanas. Estaba rodeado de hombres, algunos supo reconocerlos como los que habían estado en su casa, otros no.
No le hablaron, pasaron las horas y le trajeron ropa y él se vistió, en silencio, tenía hambre, pero no dijo nada. Quería saber de sus padres, pero supo que no era bueno preguntar por ellos.
¿Qué estaba pasando?
Le trajeron comida, un plato hondo de metal lleno de arroz blanco y frío, no quiso comer. Por suerte nadie le obligó. Un hombre se dirigió a él, uno vestido con un guardapolvo blanco y una sonrisa tranquilizadora, o por lo menos fue un bálsamo para su atormentado corazón.
Era un médico, que lo revisó y lo sorprendió al pronunciar su nombre, para luego preguntarle cómo estaba. La voz no le salió, no pudo responderle. Por fortuna el hombre no insistió.
Comenzaron a hablar, entre varios uniformados, supo que hablaban de él. "¿Qué hacemos con el pendejo?". "Lo mismo de siempre" contestó uno y el médico intercedió, diciendo que él se lo llevaría.
"Bien", combinó un hombre sentado frente al chico. "¿Cómo se llama?". "Agustín Alvarado. No habla", fue la única respuesta y luego el doctor lo invitó a irse con él. Agustín por un lado quiso salir de ese lugar, asqueado con ese olor tan fétido, quería salir a la luz, pero por el otro se quedó en la silla, aferrado a ella. ¿Y qué de sus padres?
"Tus papás ya no van a venir por vos", le dijeron y sin más Agustín se puso de pie y se alejó junto a ese hombre, vestido con ropas que le quedaban algo grande. Salió al frente, descubriendo que era un lugar que él conocía, un desarmadero de autos en el que su padre solía ir en busca de partes de su coche. A veces él lo acompañaba, por eso conocía ese lugar
La luz del sol golpeó en su cara y se sintió un poco aliviado; el doctor lo subió a un automóvil, a un Ford Falcon verde y lo llevó hasta una capilla, donde un cura los esperaba. Cuando Agustín ingresó se encontró con otros niños, que al igual que él no hablaban, no jugaban, no reían.
Le dieron de comer y pasó la noche allí. Al otro día el mismo doctor lo pasó a buscar y le dijo que partirían de viaje. Agustín no hablaba, solo se animó a hacer la pregunta de rigor, para recibir la misma contestación: "tus papás no van a venir".
El doctor le confesó con lágrimas en los ojos, cuando comenzaron a ir de un lado para el otro, viajando en tren y en autobús, que él conocía a sus padres y que por ellos, lo mínimo que podía hacer, era sacarlo a él de allí.
Agustín no comprendió bien sus palabras, quizás por el temblor de las mismas, ocasionado por la culpa y el miedo, pero ¿qué podía hacer el hombre? Como doctor no se salvaba de esa suerte, no tuvo más opciones que callar y dejar que todo sucediera ante sus ojos.
El hombre le hablaba poco, Agustín agradeció eso, aún estaba confundido y no sabía hacia donde se dirigían ni que harían con él. El día que Agustín cumplió los nueve años, fue el día en el que el hombre lo colocó en un barco y le dijo que de ahora en más viajaría solo, que alguien lo esperaría en el otro lado y que le hiciera caso.
Ese barco lo conducía sin rumbo aparente por un enorme océano. Era la primera vez que viajaba de esa forma y solo, y aunque en un principio ver el agua lo mareaba, con el pasar del tiempo se había acostumbrado y solía pasar el día entero observándola, perdido en sus pensamientos, madurando quizás demasiado rápido.
Por momentos, sobre todo a la noche, lloraba. Extrañaba a su mamá, extrañaba que lo fuera a ver para saber si estaba dormido o si aún seguía jugando con los soldados. Extrañaba sus juguetes, su casa y su gente. Extrañaba estar con alguien.
Durante esos días, que Agustín no supo si fueron horas, meses o años, comió lo que le daban y hacía lo que le permitían hacer; pero llegó el día en el que barco ancló en un puerto y en una tierra desconocida para él.
Se desconcertó, pues la gente no hablaba su idioma. Se sintió perdido en un enorme mundo, sin saber a dónde ir y qué hacer. Hasta que una mano se posó sobre su hombro, dos hombres vestidos de manera extraña lo miraron y asintieron sin decir palabra.
Agustín supo que lo mejor era seguirlos y eso fue lo que hizo. Lo condujeron por un lugar árido, donde el viento amenazaba con tumbarlo y la tierra se le metía por la nariz haciéndole estornudar y sentir que comía arena.
Escuchó a los dos hombres hablando entre sí, en un idioma extraño. ¿Era inglés? No, lástima, era el único idioma que Agustín había escuchado apenas en su país. Su país, ¿dónde estaba? Cruzar un barco implicaba ir a otro país, eso sí lo tuvo en claro, pero ¿dónde se hallaba parado?
Siguieron subiendo, las pequeñas rocas comenzaron a formarse y a ser cada vez más grandes, una escalera apareció ante ellos, formada casi naturalmente y el continuó su camino siguiendo a esos hombres que cada tanto paraban esperando su lenta llegada.
Era agotador subir aquello, pero se compensaba con el hermoso paisaje ante sus ojos. Los árboles como si fueran pequeños puntitos verdes formaban un relieve irregular. Sin saberlo Agustín estaba observando la colina Philopappos.
Atravesaron lo que parecía ser un montón de rocas caídas, como una infraestructura derrumbada. Llegaron ante una enorme puerta maciza de doble hoja, tan alta que sus ojos no alcanzaban a ver dónde terminaba, en parte porque el sol también se lo dificultaba.
Y cuando el pequeño bajó la cabeza sus ojos enceguecidos se posaron sobre una túnica negra, una figura alta e imponente, cuyo rostro cubría una siniestra máscara. Le habló en su idioma sorprendiéndole con un acento muy raro.
—Bienvenido, joven. Este será tu hogar de ahora en más, obedece a tus maestros y entrena duramente. Solo así la situación será justa para ti. —¿Qué quiso decir ese hombre de larga cabellera? Agustín se quedó sin palabras, maravillado y asombrado ante tanta presencia—. Los escuderos te guiarán hasta el lugar donde pasarás tus días. Comenzarás ya mismo con tu entrenamiento. —El hombre dio la vuelta para seguir caminando, pero frenó sus pasos para agregar—: Estás en el Santuario de Athena, en Grecia. Y está terminantemente prohibido hablar afuera de este lugar, el castigo a todo aquel que rompa esa regla, es la muerte.
Los mismos hombres que lo habían conducido durante todo el trayecto, luego de la solemne reverencia que le dedicaron al sujeto misterioso, se pusieron de pie para seguir caminando. Agustín todavía no salía de su trance y tuvo que correr detrás de ellos para no perderse en ese enorme lugar.
Grecia. Nunca había oído hablar de Grecia. ¿Quedaba lejos de su país? No lo supo. En ese lugar solo había hombres, hombres por aquí, hombres por allá. Vestidos de manera extraña, por lo menos para él; riendo y hablando en diferentes lenguas, luchando entre ellos, demostrando su fuerza.
Se quedó de pie en medio de una enorme fuente de agua donde varios de esos hombres se refrescaban, para observar detrás de la misma unas imponentes escalinatas cuyo fin no se podía vislumbrar.
Uno de los hombres lo jaló del hombro y lo arrastró hacia un costado. Siguió caminando junto a ellos sin poder quitarse de la mente esas escaleras. ¿A dónde conducirían? Aún más triste: ¿a quién preguntarle? Si nadie hablaba su idioma.
Llegaron ante una precaria cabaña cuyo suelo era la misma tierra, allí los dos hombres lo dejaron y marcharon. Encontró ropa limpia sobre una pobre cama y supo que debía colocarse eso. La observó con algo de recelo, si bien el color marrón viejo no era tan desagradable, ¿por qué tenía que ponerse esa camiseta que le quedaba como pollera?
"Eso usan las nenas", pensó Agustín mientras se desvestía y comenzaba a ponerse lo nuevo. Unos zapatos extraños que le llevó casi todo el día ponerse, tan complicados que eran con esos cordones largos e interminables. Una tortura.
Cuándo por fin terminó, observó que había fruta sobre la mesa, un cesto llenó de manzanas, y sin dudarlo tomó una. ¡Tenía hambre! Poco a poco comenzaba a amoldarse al lugar, recordó las palabras de ese hombre con acento extraño.
Entrenar. Supo de nuevo que, como en su país, lo mejor era callar y obedecer. Un hombre pateó con violencia la puerta y hablando en esa extraña lengua comenzó a gritarle. ¿Qué sucedía?
Agustín se levantó de la cama y negó con la cabeza, intentando hacerle entender que no comprendía su idioma. El hombre bufó y lo tomó del hombro para arrástralo por toda la tierra, la manzana cayó al suelo y las lágrimas amenazaron con aparecer. No dejaba de ser un niño
¿Dónde estaba papá, donde estaba mamá? Para que lo defendieran de ese hombre que comenzaba a pegarle.
Cuando lo soltó, por simple inercia, Agustín se sitúo junto a un chico de su misma estatura, en una hilera interminable de jóvenes. Todos en silencio, todos quietos, sin mover un músculo. Sin jugar y sin reír, como en la capilla de su país.
El hombre no dejaba de gritarle a él y a otros niños, delante de los demás, delante de cientos de jóvenes que pasaban por el lugar. Agustín solo se limitaba a gritar "¡no entiendo!" En su idioma, sin saber que la golpiza se la estaban dando justamente por hablar.
Algo comenzó, un entrenamiento, Agustín se limitó a imitar los movimientos de sus compañeros. Eran pruebas de fuerza, algunas de resistencia. El primer día allí fue una real tortura, aún lo serían más los que le quedaban por delante.
Cuando llegaba la noche, el niño solía llorar de alegría, pues por fin podía descansar su golpeado y ejercitado cuerpo, y ya no sentía esa voz gritándole en el oído cosas ajenas a su idioma materno.
Si bien todos los días eran iguales, había uno solo en el que, por la tarde cuando el sol golpeaba fuerte el suelo de Grecia, solían dejarlo en paz. El problema residía en que no sabía nunca qué hacer.
¿Con quién hablar? Si nadie comprendía su idioma y ni tampoco intentaba sociabilizar demasiado, todos se les hacían extraños. Se encontraba sentado en una mesa larga de madera junto a otros niños y hombres que hablaban entremezclando sus idiomas. Intentaba terminar su precario almuerzo lo más rápido posible para cobijarse en su cabaña, lejos de las risas y las miradas que le eran ajenas. Salvo por una que, pasando casualmente por ahí, lo observaba con atención, buscando la manera de salvarlo de esa graciosa situación, ya que se reían de él y su mutismo.
Y así Agustín supo que no era el único que hablaba español.
(…)
Un par de sujetos sentados frente a él le hablaron, por supuesto que en griego, y como siempre Agustín se quedó callado, observando su plato. Solían dirigirle la palabra, pero él no buscaba responder, supo que era en vano. O aprendía ese idioma o no hablaba nunca con nadie. A veces le era imperioso poder comunicarse, sobre todo cuando necesitaba algo.
Los jóvenes, un poco más grandes que él, comenzaron a reírse con fuerza sin dejar de hablarle. El pequeño rubio se sintió incómodo, acaso ¿se reían de él? Eso fue lo que se le escapó sin buscarlo.
—¿Se ríen de mí? Cállense.
—Es que te están preguntando tu nombre y tú no dices nada —respondió una voz a sus espaldas y aún más asombroso ¡en su idioma! Agustín volteó confundido y se quedó maravillado ante el joven, que no era mucho más grande que él, pero que a sus ojos ya era todo un hombre.
—Ha-Ha-Hablás. —balbuceó el rubio.
—Desde ya —rió el joven moreno, de pelo corto, con apenas una sonrisa en los labios. Tomó una pequeña jarra y la llenó de agua— ¿Cómo te llamas?
—Agustín Alvarado —susurró.
—¿Cómo? —Volvió a preguntar el extraño muchacho, vestido como él, solo que su traje era de un color crema oscura.
—¡Albiore! —gritó un joven dejándolo sordo, justo el mismo que hacia minutos estaba riéndosele en la cara.
—Albiore —repitió el muchacho a su lado.
—¡Albiore! —comenzaron a gritar todos, hablando entre sí. El muchacho que hablaba su mismo idioma sonrió ante la efusividad y con esa jarra partió del lugar. Agustín no lo dudó y corrió tras él.
—¡Esperá!
—¿Qué pasa? —Volteó dándole un sorbo a la jarra— Debo volver a entrenar.
—Quiero saber cómo te llamás —la voz surgió agitada de su garganta.
—¿No hablas nada de griego? —Ignoró la pregunta para ser él quien preguntara y ante una negativa agregó—: Con el tiempo lo harás. Ven, vayamos caminando.
—¿Cómo te llamás? —Volvió a preguntar el rubio caminando a su lado.
—Pues... me dicen Shura. Es una larga historia. ¿Y tú? Al final no te oí.
—Albiore —correspondió Agustín con sorna.
—Oh, ¿sí? —Shura entrecerró los ojos—. Fernando. Ahora ¿cuál es el tuyo?
—Agustín —terció Albiore con una sonrisa—. No sos de Argentina, ¿verdad?
—España. —El joven caminaba demasiado rápido para el más chico.
—¿Qué es este lugar? ¿Qué hacemos acá? ¿Qué...? —Shura lo frenó colocándole una mano ante la cara.
—Esas preguntas te serán respondidas con el tiempo. Lo mejor que puedes hacer es hablar lo menos posible y solo con ciertas personas. No husmees en lugares que no te corresponden e intenta aprender el idioma o morirás.
—Pero… ¿nos volveremos a ver? —Shura no respondió, siguió caminando, pero escuchó con claridad el grito del menor— ¡Estoy en la cabaña junto a la fuente del ángel que está en la plaza principal!
Shura rió; ese ángel, no era un ángel, era Nike, la diosa de la Victoria. Ese niño necesitaba aprender muchas cosas del lugar. Shura no era un joven muy sociable, pero había sentido empatía por el niño cuando vio hacía ya varias semanas como lo golpeaban.
Él había pasado por ello en carne propia, solo que Shura tenía seis años cuando llegó y con el tiempo había aprendido bastante de las reglas del lugar y cómo acatarlas. Había escuchado el idioma del niño rubio, gritando con desesperación "no entiendo", cuando el otro hombre solo le indicaba en griego que guardara silencio.
Se hubiera metido en el medio para hacer de traductor, pero no era su trabajo, además era algo por lo que inevitablemente Albiore debía atravesar, ya que eso solo era el comienzo de lo que más adelante sería su verdadero entrenamiento de Santo.
Albiore. Lindo sobrenombre, les encantaba ponerlos cuando llegaban niños nuevos. Lástima que la mayoría solía morir debido al exhaustivo ejercicio. El niño nuevo necesitaba imperiosamente comunicarse con alguien, ya a esas alturas no por mera necesidad de saber, sino por la verdadera desesperación que da no tener con quien hablar.
Necesitaba preguntarle a alguien qué era lo que estaba haciendo allí y si podría ver a sus padres.
(…)
Pasaron cinco días hasta que Albiore recibió la visita del extraño joven que hablaba su mismo idioma. Se encontraba recostado en su cama, luego de un duro entrenamiento, cuando golpearon a su puerta.
Algo cansado se puso de pie; no solía tener entrenamientos nocturnos, pero en ese lugar uno nunca sabía con lo que le irían a salir. Abrió la puerta y los últimos rayos de sol le permitieron vislumbrar al muchacho apodado Shura, quien con un gesto cortes lo saludó para luego invitarse solo a la cabaña.
—Tienes mesa. La mía ni siquiera tenía cama, era algo similar.
—Shura —se emocionó el rubio, contento de poder escuchar su idioma, de poder entender lo que le decían.
—Solo vine para decirte que mañana, en la hora de descanso, pasaré a buscarte.
—Sí —aceptó el argentino sin cuestionar nada, como si el otro fuera su amo y señor.
—Iremos a mi Templo, te mostraré algunos textos griegos y te enseñaré cosas básicas del idioma y del lugar.
—Gracias.
—Es lo mínimo que puedo hacer, a tu edad pocos sobreviven.
Shura supo en su interior que quizás el menor no soportaría el entrenamiento; la mayoría de los niños ingresaban al Santuario desde temprana edad y muchos eran los que morían, Albiore no tenía chances, ya estaba demasiado grande para aprender resistencia, fuerza, conceptos básicos como el cosmos.
El rubio se quedó mudo de la impresión. ¿Moriría? ¿Tan poca fe le tenía? Lo cierto era que cada día le costaba más rendir en los entrenamientos, el cansancio físico iba acumulándose día a día y por momentos realmente sentía morir o por lo menos eso quería. Mas la intención del español era ayudarlo aunque fuera un poco, explicarle rápido algunas cosas básicas, elementales para sobrevivir; el resto quedaría por cuenta del argentino.
Sin nada más que hacer, Shura partió de la cabaña del menor con la luna sobre la cabeza. Albiore se quedó un buen rato observando bajo el marco de su puerta el lento caminar del mayor quien se dirigía rumbo a unas escalinatas. Esas misteriosas escalinatas que al rubio le habían llamado la atención desde su primer día en el Santuario.
Volvió a su cama y se recostó, dispuesto a dormirse, sabiendo que apenas despuntara el sol debía estar alistado para comenzar con un largo entrenamiento que acabaría cuando el sol golpeara débil sobre la superficie de la Tierra.
(…)
Un nuevo día en el Santuario, tan pesado como los anteriores, con más preguntas en su cabeza, con más temores. ¿Moriría? No quería morir, de eso estaba seguro Albiore. No moriría, necesitaba saber de sus padres, pero ¿cómo? ¿Cómo soportar?
Tenía prohibido caer y rendirse, eso significaba la muerte, pero por momentos sentía que sus músculos no le respondían, que necesitaba cerrar los ojos por un instante, pero logrando juntar fuerza, vaya a saber Dios de dónde, conseguía no claudicar ante la mirada desafiante y dura de quienes eran sus maestros.
En la primera fase del entrenamiento quienes sobrevivían quedarían como posibles postulantes para una armadura. Eso era algo de lo que el rubio no estaba enterado, por no conocer el idioma que a esas alturas comenzaba a odiar con todo el poder de su corazón.
Cuando visualizó a Shura a lo lejos, caminando bajo el sol, su corazón latió de emoción; por fin alguien iba a su encuentro para arrancarlo aunque fuera por unas horas de su terrible realidad.
El mayor le dedicó una mirada de empatía y con señas le indicó que se pusiera de pie y lo siguiera.
Albiore obedeció, se sacudió el pantalón cubierto de tierra y siguió con pasos rápidos al español. Las escaleras, aquellas anchas, siniestras, místicas, ajenas, escaleras comenzaron a subirlas.
—¿A dónde vamos?
—A mi Templo, te dije. Te enseñaré algunos conceptos básicos del idioma.
El rubio se apenó un poco, no quiso ser fastidioso con el tema, pero le daba una profunda curiosidad todo, desde la lengua de esa tierra hasta el suelo que pisaba, desde el sol que imponente se erguía sobre su cabeza hasta cada roca en ese extraño paraje.
Las escaleras eran interminables o eso le pareció al argentino, para colmo Shura no aminoró su paso ni un segundo. Cuando el menor estuvo a punto de pedir descanso vio a lo lejos una magnifica infraestructura y la curiosidad le dio las fuerzas necesarias para mantenerle el ritmo al mayor.
—Este es el primer Templo del Santuario, Aries —comentó el español adivinando las dudas de su compañero—. Su guardián está ausente, de hecho la mayoría de los Templos están deshabitados. Solo Géminis, Sagitario y Capricornio poseen dueño.
—¿Templo, Aries, dueños? —balbuceó el rubio confundido.
Una entrada amplia cuyos costados se podían apreciar la figura de un carnero, al principio un olor a humedad inundó sus fosas nasales y una oscuridad total que poco a poco fue aclarándose.
El pequeño intentó no perder detalle de aquellas columnas y toda la arquitectura del lugar, pero Shura, con su rápido caminar, no le permitía observar todo lo necesario para grabar en su mente tan imponente Templo. Su extensión era abrumadora, aún más su "presencia".
—Son doce Templos —siguió el mayor—, representan los signos zodiacales: Aries, Tauro, Géminis, Cáncer, etc... —acortó—. En orden. Cada Templo posee un dueño, el Santo de dicho lugar. Yo soy el Santo de Capricornio —finalizó algo orgulloso, lo cierto que hacía poco se había coronado como tal.
—¿Santo de... Capricornio? —Ya se encontraban en las afueras de aquella primera casa, unas nuevas escaleras se hicieron presentes.
—Sí. Muchos de los Templos se encuentran vacíos pues sus futuros dueños están entrenando para probar luego si son merecedores de la armadura.
—¿Armadura?
Shura esbozó una sonrisa que el argentino no pudo ver por ir tras su espalda. Aquel niño extranjero necesitaba cuanto antes un poco de información elemental. Un nuevo Templo se presentó ante ellos. Albiore adivinó bien, Tauro, sobre todo porque dicha figura de un toro grabada en su mármol se le hizo sugestiva.
—Nunca —sentenció el español recordando ese detalle de súbito— intentes adentrarte a los Templos sin la debida autorización.
—¿Por qué? —se extrañó Albiore, aunque para esas alturas ya nada debería de extrañarlo en ese lugar— ¿Qué me pasaría si entro?
—Morirás. No puedes. O sea sí —se contradijo—, ahora vienes conmigo, pero...
—¿Qué?
—Son cosas que iré explicándotelas poco a poco. —Tauro quedó atrás y tan curioso estaba con lo que le contaba su nuevo amigo que no reparó un segundo en ese detalle: no había podido observar con detenimiento dicha Casa.
—¿Qué es un Santo? —investigó el menor. Él tenía un concepto de Santo, pero más que nada referido a la religión, a su religión.
—Un guerrero.
—¿Un guerrero?
—De Athena —ingresaron al Tercer Templo—. La diosa de la sabiduría, Athena —remarcó.
—¿Y este Templo? —Albiore se distrajo un segundo para pegarse un poco más al español.
—¿Qué pasa?
—N-Nada. —El rubio se percató de su propio comportamiento y buscó componerse—. ¿No vive nadie aquí?
—Géminis —vociferó Shura y su voz retumbó en el templo consiguiendo que el menor diera un respingo—. Hace tiempo que no se sabe nada de él.
—¿Athena? —Recordó el menor, jamás había oído hablar de ello— ¿Es otra religión? —Se animó a investigar.
—Algo así. Tranquilo, con el tiempo iras comprendiendo muchas cosas.
—Necesito aprender griego —sentenció en verdad decidido. Shura asintió y sonrió. Por fin habían salido de aquel Templo; Albiore suspiró relajado.
—Apura el paso. Aún nos queda mucho por delante. Por suerte los únicos aprendices a esta hora están entrenando.
El argentino tomó la sabia decisión de guardar silencio hasta que llegaran a destino para no importunar a su compañero, deslumbrándose con cada Casa que pisaban, iguales en su magnificencia, pero distintas ligeramente, adornadas con diversos relieves y columnas.
En si solo atravesaban los anchos pasillos que conectaban los Templos, las casas propiamente dichas de los Santos estaban alejadas de los demás Santos ajenos a los Templos. Eso descubrió Albiore cuando por fin llegaron a Capricornio, pues su dueño lo condujo por un pasillo aledaño que exhibía una sencilla decoración.
Si bien algunos Templos estaban completamente vacíos, el de Shura poseía muebles sencillos, hasta inclusive una cocina y heladera. Mesa, sillas, sillón, una habitación con una cama y una armario, sin dejar de lado un pequeño baño.
El rubio se quedó de pie observando con los ojos bien abiertos ese lugar, hasta que el español lo invitó a sentarse, cortesía que Albiore agradeció luego de semejante caminata. Hasta ahí había llegado la travesía.
—¿Qué hay más allá?
—¿De mi templo? —adivinó Shura tomando de la heladora un poco de agua fría—. Pues, Acuario y Piscis, desde ya. —Silenció un segundo para luego agregar—: Más atrás, el recinto del Patriarca y luego la habitación de Athena.
El argentino volvía a oír ese nombre: Athena, una diosa. ¿La habitación de una diosa? Acaso ¿los dioses no eran divinidades que habitaban en el cielo? Así lo creyó siempre de su Dios cristiano.
Shura comprendió que debía organizarse para saber por dónde era mejor comenzar. ¿El idioma o el Santuario? Enseñarle el idioma o bien explicarle todo lo que el pequeño quería saber sobre ese lugar.
Con el correr de los días fue quitándole posibles dudas al mismo tiempo que le enseñaba pequeñas bases del idioma griego. Le explicó todo lo referente a la Orden o por lo menos lo que Albiore podía saber como posible Santo.
Lo difícil fue explicarle la existencia de Athena, el rubio no podía comprender el hecho de que la mentada diosa estuviera con vida, que hubiera llegado a la Tierra y que actualmente, siendo un bebé, durmiera detrás del recinto del Patriarca.
Reencarnación, ese fue un punto importante que Shura tuvo que hacerle entender al terco argentino. Con el tiempo aprendió a amar a la diosa, a comprender que ella estaba en la Tierra para evitarles el sufrimiento a los humanos, como una especie de Mesías, como si Jesús hubiera vuelto a la Tierra de nuevo.
Su querido Jesús y su Dios cristiano poco a poco fueron reemplazados por Athena y otros conceptos. El asunto fuerte y cuasi gracioso fue el de los Santos. ¿Qué eran y qué demonios hacían en la Tierra? Dejando de lado desde ya el concepto de cosmos, séptimo sentido y demás cuestiones.
—Han existido los Santos desde la creación de la humanidad. A través de la historia han existido diversas reencarnaciones de dioses y diversos Santos a sus servicios —comentó Shura.
Ya a esa altura, sumamente envalentonado con la historia del Santuario. A sus trece años era todo un adulto. ¿Quién no lo sería al atravesar las duras pruebas a los que inevitablemente eran sometidos? Por algo había conseguido el puesto de Capricornio y no en vano era Santo.
—¿Diversos Santos? —Albiore aceptó gustoso el vaso con agua.
—Sí. Alejandro Magno fue un Santo, por ejemplo.
—¿Alejandro Magno? ¿Quién es ese?
El niño no estaba muy informado con respecto a otros países, en la primaria pocos sabían de la historia fuera de su país. Capricornio se guardó la sorpresa; era un insulto y un atropello no saber, estando en Grecia, quien había sido Alejandro Magno.
—Jesús. ¿Te suena ese nombre?
—¿Jesús? —El rubio levantó la mirada sumamente asombrado— ¿El Jesús de la Biblia?
—Ese mismo. Aunque muchos dudan de su existencia, en los archivos del Santuario está como Santo.
—No me estarás mintiendo. —El argentino frunció la frente, ofendido, aquello no era gracioso.
—No, para nada. Me lo ha dicho Aioros y él no miente. Él mismo lo ha leído en pergaminos más viejos que mi abuelo. Jesús existió y fue un Santo, un guerrero... Conoció el despertar del cosmos, el séptimo sentido y todas esas chulerías. Solo que la Biblia es un bonito cuento, omite algunos detalles...
—¿Cuándo me vas a explicar todo eso? ¿Del cosmos?
—Paciencia. —El español se puso de pie y buscó en su biblioteca un libro de idioma para prestarle al pequeño, mejor dicho, un diccionario que a él le fue muy útil en su momento.
—¿Quién más fue Santo?
—Colón.
—¿Colón? ¿El ridículo que usaba calzas? ¿Cristóbal Colón? ¿El de la niña, la pinta y no recuerdo más? —Con ese sí que le habían torturado en la escuela, lo recordaba perfectamente.
—El mismo. —Sacó un pequeño libro y volteó con él en la mano para dárselo—. Ten, para que leas en tu cabaña.
—Gracias. —Tomó el viejo compendio y continuó curioso—. Seguí contándome.
—A ver, déjame hacer memoria...
—No estarás mintiendo. —Volvió a molestarse Albiore, aún se le hizo extraño todo aquello.
—Para nada, niño, si te digo —exclamó el mayor lanzando un falso suspiro de hartazgo— ¿o vas a negar que esos hombres que te mencioné no han hecho grandes logros, no han dejado una huella en la historia? Napoleón Bonaparte también, Hitler, Rasputín... Todos prestaron servicio a diversos dioses.
—Pues... es cierto, fueron grandes figuras. —En realidad solo reconoció a Napoleón y algún otro— ¿Algún argentino? —Investigó curioso.
—Mmm... —dudó Shura— Artigas, pero no era argentino, era de la Banda Oriental, por lo tanto uruguayo.
—Pero en ese momento era parte de Argentina.
—Lo recordé. Rosas —interrumpió Capricornio súbitamente—, ese también.
—¿Rosas? ¿Juan Manuel de Rosas? —Ante el asentimiento del otro agregó— Con razón era así y todos le temían.
—Fue una gran figura de tu país, ¿cierto? A pesar de haber sido un dictador era un gran patriota. Los demás países le tenían respeto y sabían que con él no podían meterse, meterse con él o con la Argentina eran sinónimos. Esa fue una de las pocas épocas "estables" de la Argentina.
—Sabes mucho de historia. —Por lo menos conocía más de la historia de su país que el mismísimo argentino, típico.
—Es inevitable estando aquí, este lugar es un abanico de nacionalidades —comentó dejando su orgullo de lado—. Además los maestros suelen torturar con esas cosas, sumado que a mí me gusta la historia y Aioros es más fanático que yo... —Por segunda vez, ese nombre en boca de Shura: "Aioros". Albiore se guardó la curiosidad para seguir oyendo a su compañero—. Tú también, con el tiempo aprenderás muchas cosas aquí.
—¿Hubo argentinos en estos últimos tiempos? Como Santos, quiero decir —explicó a lo último.
—Pues, que yo sepa, no. Estás tú por ahora. —Shura observó el reloj sobre la pared, ya era hora de ir bajando—. Escúchame, de ahora en más solo hablaremos en griego.
—¡¿Eh?! —se alarmó Albiore poniéndose de pie.
—Sí. Por lo menos yo. Te hablaré en griego e intentarás responderme en griego y si no puedes, en castellano. Así agilizarás el aprendizaje. Has avanzado mucho en estos días.
—Pero aun no estoy preparado.
—Sí que lo estás —contradijo Capricornio caminando hasta la salida con el menor detrás quejándose por su repentina decisión.
—¿Mañana pasás a buscarme en la hora de descanso?
—Eh... no —negó Shura con un semblante serio. Aunque siempre era serio en esa oportunidad fue más rudo—. Tengo reunión con el Patriarca y no puedo; lo dejaremos para pasado, ¿vale?
—Ok.
—¿Cómo te va con el entrenamiento? —preguntó Shura curioso, más que nada asombrado al ver al pequeño tan adaptado al lugar. Aunque Albiore no lo sentía así era obvio que si aún estaba con vida era porque se había acostumbrado a los duros entrenamientos.
—Pues... no sé. Me asusta. —Comenzaron a bajar las escalinatas a toda prisa, pues Capricornio tenía la maldita costumbre de prácticamente correr en vez de caminar, daba pasos largos como zancadas y a duras penas el rubio lograba seguirle el paso.
—¿Qué te asusta?
—Cada vez somos menos. Y no sé... parece que van a pasar a la segunda fase del entrenamiento. —Era lo poco que el menor había comprendido adivinando lo que sus maestros decían en griego.
—¡¿Ya?! ¡¿Tan rápido?! —Shura se paró en seco y el argentino se lo llevó por delante.
—¡Ouch! —Menos mal que el Santo no portaba armadura o hubiera sido más doloroso el choque— ¿Qué pasa con eso?
—Nada. —Escondió su malestar y siguió caminando.
¿Cómo haría Albiore para soportar esos entrenamientos? Si con suerte, viento a su favor y la gracia de los dioses, había sobrevivido al primero. En el segundo si no lograba despertar su cosmos estaba muerto. Ese era el fin de la segunda fase, para saber si los aprendices estaban capacitados para portar una armadura, y la tercera y última fase era a matar o morir por la Armadura a la que estuvieran destinados.
Quizás ya era hora de explicarle qué era el cosmos, pero ¿cómo conseguir que lo despertase? Eso sí que no se podía explicar, eso se tenía que vivir y experimentar. Tal vez, entrenando con él, dándole una soberana paliza, lo consiguiera. Sí, esa era buena idea.
—Shura —llamó a su ido amigo—. Shura, llegamos.
—Sí.
—Gracias por todo. —Agitó una mano al aire en señal de saludo y pasó corriendo a un lado de la fuente de Nike, que ahora ya sabía que ese supuesto ángel era en realidad la diosa de la Victoria, para dirigirse cuanto antes a su cabaña. La luz clara de la luna nueva le permitió llegar con éxito y no llevarse una roca por delante.
(…)
Sin embargo, con el correr de los días Shura no apareció, Albiore supo que el Santo tenía muchas obligaciones con la Orden y por ese motivo esperó con paciencia alguna noticia de él.
Le apenaba no saber nada de Capricornio, ni siquiera conocía a alguien que le pudiera dar una respuesta.
Su primer mes en Grecia fue una real y completa tortura, pero gracias al español el peso se aminoró un poco; podría llegar a decirse que lo consideraba como un amigo, el único que tenía en ese lugar.
A seis meses de su llegada la vida no era mejor, para colmo por varias semanas no supo nada de él. ¿Y si quizás había partido rumbo a una misión? En una oportunidad Capricornio le había comentado que era común realizar labores para la Orden, algunas muy peligrosas, otras muy estúpidas y que en ocasiones llevaban poco tiempo, así como años. ¿Y si Shura había partido por largos años?
¡No! Albiore se puso de pie de un salto para alejarse de su cama, no contemplaba esa idea, no pensaba hacerlo. Capricornio le hubiera dicho, en tal caso, que partiría por tanto tiempo; pero entonces ¿por qué no había ido en su búsqueda para seguir torturándolo con el idioma griego? ¿Por qué?
El rubio comenzó a respirar agitado. No solo la ausencia del español lo atormentaba durante ese tiempo, si no el ver como poco a poco iban quedando menos niños y la segunda fase de entrenamiento se acercaba con rapidez.
Respiró hondo e intentó tranquilizarse. Shura le había dicho ciento de veces que no se atreviera a atravesar el Santuario sin su compañía, pero... la mayoría de las Casas estaban vacías y las que no, sus aprendices entrenaban la mayor parte del tiempo. ¿Quién le privaría la entrada entonces?
Una idea descabellada inundó su mente, era alocado y arriesgado, pero la espera amenazaba con matarlo, quizás el hecho de verse solo en el Santuario una vez más, quizás el temor de no comprender aún muchas cosas o la preocupación de que algo grave le hubiera ocurrido a Capricornio. Algo de todo eso arrastró al argentino a salir de su cabaña para subir las dichosas escalinatas solo.
Grave error.
Caminó bajó el sol con paso decidido y sin dudarlo se adentró al Santuario, subiendo las largas escaleras que a esas alturas las conocía de memoria. Primer Templo, vacío. Tuvo tiempo para investigar el lugar, gracias a que en esa oportunidad no iba corriendo detrás de un siempre apresurado Shura.
Shura. ¿Qué había pasado con él?
No quiso perder demasiado tiempo, sus pies lo condujeron al segundo Templo cuyo lugar, a diferencia de las otras veces, parecía habitado. Quizás su dueño había regresado, quizás el aprendiz había conseguido ser el nuevo Santo de Tauro.
Por primera vez su seguridad flaqueó y cuando pensó en atravesar esa Casa lo más rápido que sus pies le permitieran un muchacho de grandes dimensiones intercedió su paso. Quizás tenía la misma edad, pero a Albiore le pareció mucho más grande, tal vez por ser imponente y sumamente amenazante.
El joven de corta cabellera y tez morena se cruzó de brazos y lo escudriño con la mirada. El rubio se encogió un poco en su lugar sin saber bien qué hacer o qué decir. Detuvo sus pasos unos segundos, pero cuando el otro niño le sonrió para luego asentir con la cabeza y abrirle el paso, el argentino no lo dudó y siguió su camino, sin siquiera poder pronunciar palabra alguna, pues en ese tenso momento le había resultado imposible hilar en su cabeza una frase coherente en griego.
¿Tanto escándalo por nada? Pensó Albiore, Capricornio era exagerado cuando se lo proponía; pero el rubio no reparó que ese joven de nombre Aldebarán era muy distinto a otros jóvenes que ocupaban el Santuario.
Si bien iba caminando con un paso normal, cuando llegó a Géminis prácticamente lo atravesó corriendo. Como hacía cinco meses atrás esa Casa deshabitada le producía un sin fin de sensaciones para nada agradables.
Cuando llegó al Templo vacío de Cáncer, se detuvo para observar su arquitectura. Sin imaginar lo que más adelante le esperaba, precisamente en Leo, ya que su futuro dueño no se encontraba entrenando, desde ya, no era hora de entrenamiento.
Albiore vislumbró a lo lejos, en la entrada del quinto Templo una figura. Detuvo sus pasos intuyendo que nada bueno lo aguardaba, pero siguió avanzando, recordando su buena experiencia en el Templo de Tauro.
Un niño de cabellos rubios, tez trigueña y ojos grandes como el sol detuvo su rápido caminar. Vestido con ropas típicas griegas, no tenía pensando dejar pasar al intruso y se lo demostró sin titubear.
