Cuervos en casa

Aphrodita (Hessefan)


Disclaimer: SS es de Kurumada.

Advertencias: Violencia, muerte de personaje, universo alternativo.

Notas viejas: Sí, antes que alguien lo pregunte: Hay dos Dohko en la historia de manera adrede.

Notas nuevas: Me faltan algunos fics de Saint Seiya por traer. Espero que me tengan paciencia. Iré subiendo dos los días que pueda, para no agobiar a los fanfickers nuevos. ¡Gracias por su comprensión!


CAPÍTULO 1


El hombre de origen hindú, de pelo largo y rubio, atado con una simple coleta, recargó la espalda contra la silla mirando divertido a su compañero, quien sentándose sobre el escritorio abrió la pequeña carpeta entre las manos y con su característico humor serio, comenzó a relatar.

—"Revisión del caso: El pasado diez de septiembre del año corriente nuestros queridos amigos uniformados, por un llamado telefónico, acuden al domicilio situado en la calle Migdar al 1750 encontrando el cadáver de un hombre joven. Tras su identificación se supo que era extranjero, de treinta y un años de edad y de origen español, llamado Fernando julio Cabrera Pinto, apodado cariñosamente... Shura".

El hombre de cabellera morada realizó una breve pausa y hasta casi adivinó los pensamientos de su compañero, por eso tornó el relato más serio. Se mojó los labios y volvió a las líneas del archivo para seguir.

—"Falleció a causa de fatales golpes no solo en la cabeza, sino en todo el cuerpo, siendo la herida de la parte occipital la que acabó con su vida. Debido a su bla, bla, bla".

Se cansó y cerró la carpeta de golpe. Su compañero arqueó una ceja asombrado, aunque a decir verdad no tenía por qué asombrarse, era común en Muu ese tipo de reacción, sobre todo cuando necesitaba pensar por su cuenta sin seguir una estúpida nota que había redactado alguien que ni siquiera había visto la escena del crimen.

—¿No seguirás leyendo? —investigó Shaka con voz tranquila.

—Me molesta que simplifiquen tantos los casos. "Era un buen vecino". "Era un buen compañero de trabajo" —citó Muu con molestia recordaron que el noticiero había presentado la nota como un intento de robo—. Como si ser buena persona dentro de la comunidad te salvara de un asesinato. Nadie está exento.

—Ya... —Shaka se incorporó de la silla para caminar por su pequeño despacho hasta la ventana y mirar a través de ella la monótona ciudad—. ¿Lo han dejado como un simple intento de robo? —preguntó adivinando la raíz del enojo en su compañero, si a eso se le podía llamar enojo.

Para saber si el tranquilo Muu estaba enojado bastaba con ver sus ojos. Rara vez manifestaba dicho sentimiento, eran de esas personas a las que uno podía insultar y tan solo reaccionarían preguntándole al agresor por qué le decía cosa tan horrible. Todo un caso, más para alguien que tenía que tratar con asesinos, delincuentes, violadores, rateros. Por algo era el favorito de Shion; al jefe le servía alguien tan tranquilo y calmo en momentos de crisis. Y Shaka no se quedaba atrás, solo que su arrogancia a veces le jugaba en contra y lo enceguecía, sin embargo era implacable ya que era capaz de hundirse en lo más oscuro para desentrañar cualquier caso por más complicado que fuera; muchos investigadores temían manchar su reputación, pero para esos dos había otros asuntos de mayor importancia. Como sus compañeros decían en son de broma, eran el dúo dinámico. Espantoso apodo, sin dudas, pero nadie podía refutar que juntos eran mucho mejores que todos los investigadores de la ciudad.

—Sí —respondió Muu— y no solo eso. Han cerrado el caso. O sea que dieron eso como broche final.

—¿Y por qué me dieron un caso cerrado? —preguntó Shaka, más que nada al aire, observando una vez más a través de la persiana americana.

—Tú sabes cómo es Shion, no te daría un caso de no sospechar que hay algo más. Y tu trabajo, muchacho —espetó lanzando la carpeta sobre el escritorio para luego ponerse de pie— es desmentir esa versión.

—¿Algo de importancia? —preguntó el hindú dando la vuelta para quedar frente a su compañero.

—Pues... —Iba a responder, pero cambió de opinión— Hoy sí que estás vago. Ni de leer tienes ganas.

—Ya, dime —pidió la víctima de tal acusación, sabiendo que de seguro su amigo se había leído cada línea de ese caso una y otra vez durante la semana.

—Por lo que parece era uno de esos jóvenes estrella, tipo de película: Buen vecino, buen empleado, buen compañero. Tenía novia, familia en España e iba a casarse...

—¿Enemigos? ¿O posibles enemigos?

—Aún no he ahondado en ese tema, pero por lo visto no.

—Suena extraño. Alguien con una vida tan perfecta despierta tarde o temprano la envidia de alguien —filosofó Shaka suspirando, para luego enfocarse en su trabajo—. ¿Novias despechadas? ¿Ex novios celosos? ¿Alguien que quería impedir su casamiento? ¿Hablaron con la novia y la familia de él?

—Pues sí, desde ya. Fue lo primero, hoy es dieciséis, Shaka. Esto ocurrió el nueve a la noche, el diez se encontró el cadáver –explicó Muu con su característica paciencia—. Tanto su novia como su familia se encuentran muy dolidos por su muerte, eso es obvio. Y están muy lejos como para sospechar de alguno de ellos. Ella confesó que Fernando, Shura, era su primer y único novio, y que no tenían enemigos.

—Compañeros de trabajos —soltó el rubio muy pensativo—, algún subordinado.

—De eso tendrás que encargarte cuanto antes, el que avisó de la ausencia de Shura en el trabajo fue precisamente un compañero, pero he aquí el misterio —habló Muu pausado—, fue una llamada anónima echa de una cabina telefónica, el hombre solo dijo que Shura no había ido al trabajo y que le preocupaba, pues no era de faltar. Dio la dirección de la casa y cortó. La policía fue a ver tan solo porque se trataba de una figura importante o medianamente importante de la ciudad.

—Sospechoso —analizó el hindú algo ido—, un compañero de trabajo puede faltar por una indigestión o un accidente, o algo por el estilo. ¿Por qué preocuparse si solo faltó un día? —Se preguntó a sí mismo—. Aunque claro —reconoció con disimulada sorna—, si tú un día no llegaras a venir a trabajar, llamaría a la N.A.S.A para reportar un secuestro alienígena.

Shaka rió apenas y su compañero sonrió sin opciones, no era un obsesionado del trabajo, solo cumplía con él. ¿Había algo de malo con ser extremadamente puntual y desquiciadamente ordenado con su empleo? Quizás vivir solo y no tener ni siquiera un perro para alimentar le daba suficiente tiempo libre para revisar cada caso exhaustivamente.

—¿Cuál es la empresa en la que trabajaba? —preguntó Shaka volviendo al caso.

—Bervatim.

—¡Oh! —El rubio reconoció dicha compañía— La empresa más importante de toda la ciudad.

—Y más, es famosa ya que se sospecha de fraude, estafas, de todo. No se sabe bien de dónde sale tanto dinero, es una máquina de fabricar capital y solo es una empresa publicitaria. Pero bueno, ese es otro caso... no nos desviemos.

—Bien, de todos modos, no perdamos tiempo, el asesinato fue cometido el nueve y estamos ya a dieciséis. El asesino pudo haberse escapado a otro país.

—Ya lo das como un asesinato —terció con una sonrisa, pues sabía que cuando su compañero pensaba algo rara vez cambiaba de parecer, y solo lo hacía cuando ya la prueba era sustancial.

—¿Vamos? Me seguirás contando en el viaje. —El hindú caminó hasta la puerta tomando su chaqueta de la silla.

—No, muchacho —negó Muu divertido—, es TÚ caso, no el mío. Shion te lo dio a ti.

—¿Qué? ¿Ahora estás celoso de que papi Shion no te hubiera dado el caso a ti, a su hijo favorito? —se burló Shaka.

—Tengo cosas que hacer —dijo dubitativo e ignorando la broma.

—¿Qué? ¿Regar las plantas? —ironizó el rubio, ya que el otro ni siquiera tenía plantas.

—Hablas por hablar —se ofendió tomando la chaqueta de la percha—, ayer me compré un potus —soltó en revancha.

—¡Enhorabuena! Aunque te convendría más un perro, las plantas no te mueven la cola ni te ladran cuando llegas a casa. —Shaka abrió la puerta y salió en compañía de su amigo, atravesando un amplio salón lleno de escritorios con gente trabajando en ellos. El ruido de las voces solapó sus palabras—. Vamos, Muu, te divertirás. Si te mueres de ganas por entrarle a este caso.

—Solo te acompañaré hoy —cedió el aludido una vez fuera del establecimiento, frente al ascensor que los conducía al subsuelo.

—¿Solo hoy?

—Y te ayudaré en lo que pueda —agregó para ver si lograba convencerlo, no quería quitarle su caso y su oportunidad de brillar.

—¿En tu auto? ¿O en el mío? —preguntó el hindú cuando las puertas del ascensor se abrieron mostrando la hilera de autos estacionados.

—El tuyo, desde ya. Aún sigo pagando el arreglo de la última persecución. Es tu turno de sufrir.

—Eso porque no sabes manejar como corresponde.

—¿Ah? ¿No? ¿Y cómo se supone que se maneja cuando te están disparando a la cabeza tanto por delante como por detrás, al mismo tiempo que tienes que cuidar de no atropellar a inocentes?

—Con la cabeza fría. Si estás pendiente de tu vida, no te puedes concentrar en derribar al hijo de puta que te está disparando y si estás pendiente de los transeúntes, no puedes concentrarte en llegar hasta ese mismo hijo de puta que te está disparando para que deje de correr a toda velocidad atropellando a cuanta gente se le cruce en el camino —sentenció abriendo la puerta de su coche—. Piénsalo, cuanto más rápido lo atrapas, más rápido acaba todo. Lo demás en esos momentos es totalmente secundario.

—Tú lo dices porque tienes un auto modelo 94'. Quisiera ver si dices lo mismo teniendo un auto último modelo —espetó Muu dando la vuelta para subirse por el lado del acompañante—. Y eso de la cabeza fría, ¿dónde lo escuché antes?

—Camus.

—Ah, ya me parecía. Qué raro tú plagiando pensamientos ajenos —se sorprendió colocándose el cinturón de seguridad.

—Es que me pareció muy acertado. —El rubio rió internamente al ver que las costumbres de su amigo jamás cambiaban, ponerse el cinturón de seguridad era tan irónico.

El auto se puso en marcha y en cuanto salieron del estacionamiento fueron directo a la primera parada: la escena del crimen, o intento de robo, dependiendo del punto de vista. El viaje fue relativamente corto, en coche y sin semáforos no fueron más de ocho minutos.

Llegaron frente a una casa bastante moderna, se veían solo dos ventanas que eran de vidrio repartido y su puerta blanca se encontraba cerrada, la entrada era un camino de piedra sencillo y el barrio uno de clase media alta.

El cartel de "en venta" se le hizo sugestivo a Shaka, Muu adivinó sus pensamientos y pronunció.

—Iba a venderla. Pensaba irse a vivir a España, entre los suyos.

—¿La casa está sola?

—No, olvidé decirte... Shion dejó a los novatos como centinelas, le pareció prudente, por lo menos hasta que se pruebe un asesinato y no un robo.

Juntos, primero Shaka, entraron a la vivienda. Desde ya que estaba en las mismas condiciones que lo había dejado la víctima antes de morir, ni un solo objeto había sido movido de lugar y ninguna mancha había sido limpiada. En la sala y sobre el sillón un joven de tez morena se encontraba dormitando.

—Ey, Seiya —lo llamó Muu—, despierta.

—¡Oh! Señor Fleischman... —Se desperezó y luego dirigió su mirada al acompañante extranjero.

—Seiya Kido —pronunció Muu—, él es Shaka Singh, quien estará a cargo de la investigación.

—Siento haberme quedado dormido, pero mi relevo no llegó —se disculpó Seiya y poniéndose de pie extendió la mano para estrechar la de Shaka.

—Mucho gusto. Nosotros iremos a recorrer la casa, tú sigue durmiendo si quieres —bromeó el rubio.

—O mejor no, Seiya —soltó Muu yendo tras su amigo—, si el asesino vuelve y te encuentra tan vulnerable no dudará en matarte.

—Lo siento —se volvió a disculpar Kido avergonzado por su incumplimiento, pero los dos hombres solo sonrieron y juntos se alejaron por un pasillo.

El hindú se dejó guiar por su compañero, la casa en aspecto sencilla tenía en su interior electrodomésticos, cuadros y demás cosas de gran valor. Por lo visto Shura era un empleado estrella dentro de la empresa.

—Es joven, pero tienen talento —dijo Muu desconcertando a su amigo, quien luego comprendió que estaba hablando del muchacho dormilón.

—¿Este es su cuarto? —investigó Shaka cuando una habitación con la cama desordenada apareció ante sus ojos.

—Así es.

—¿Y ya están los resultados de las muestras?

—¿Qué muestras? —se extrañó.

—¿Cómo qué muestras? De sangre o algún otro fluido en la cama y en el suelo.

—Shaka —canturreó Muu—, es una cama, desde ya que tendrá fluidos.

—Pues de todos modos quiero pruebas de todas y cada una de las manchas que hay en toda la casa —exigió Shaka y cuando volteó se encontró con el joven Seiya.

—No se preocupe, señor, se las tendré cuanto antes —aclaró Kido—. ¿Algo más?

—Pruebas dactilares sobre todo en marcos de puertas y ventanas. ¿Por dónde entraron los supuestos o el supuesto ladrón?

—Se cree que esto lo hizo una sola persona —respondió Muu—. No forzaron ninguna entrada, el individuo ingresó, aparentemente, porque le cedieron el ingreso.

—Un conocido quizás...

—Puede ser simplemente alguien que tocó timbre —acotó Seiya de manera desubicada y los dos hombres clavaron su mirada en él—. Lo siento —balbuceó con torpeza— solo era una...

—Es lógico —espetó el rubio volviendo en sí—. Es cierto lo que el muchacho dice, puede ser un perfecto desconocido que tocó timbre. ¿Cuántas veces abrimos la puerta sin mirar?

El novato respiró aliviado y levantó la vista para ver si el extranjero necesitaba algo más de él, pero Shaka siguió en lo suyo, observando cada objeto sin tocar nada. La ventana, la cama, debajo de ella, los papeles sobre un escritorio, todo. Luego de varios minutos de mutismo, volvió a preguntar.

—El cadáver… ¿dónde fue encontrado?

—En el pasillo, entre esta habitación y el baño. —Muu salió del cuarto y se dirigió hacia un lugar de la casa que aún no habían ido.

Allí el rubio comprobó la hilera de sangre en el suelo, como si fuera la huella de las gomas de un auto, por ese motivo susurró la obviedad.

—Lo arrastraron, aparentemente desde este punto —señaló con un pie en medio del pasillo— hasta aquí —punteó más allá en donde la mancha abundante y seca de sangre contra la pared confirmaba su teoría de que había muerto con la espalda apoyada en ese lugar.

—Exactamente —confirmó Muu—, el señor Cabrera Pinto fue hallado ya sin vida sentado en esta esquina.

—Digámosle Shura, por favor —pidió Shaka pues ya se había encariñado con ese mote, ambos sonrieron y Seiya se quedó mirando a uno y a otro, ¿de qué se sonreían?

—Algo más, en la sala las cosas están desordenadas —recordó Muu.

—Todo está desordenado —remarcó el rubio observando la casa, era un chiquero.

—No me refiero al tipo de desorden común. Hay signos de lucha.

Los tres comenzaron a caminar por ese pasillo de nuevo hasta la entrada; doblando por un pequeño pasadizo que daba a una sala que en apariencias hacía de estudio, pues un sillón negro se encontraba frente a un escritorio.

—De aquí sí se llevaron muestras —habló el novato de aspecto oriental—. Fue hallado un vaso de whisky a medio tomar, un cigarrillo consumido y bueno, este desorden...

Si bien el hindú prestaba atención a las palabras del muchacho se quedó observando dicho lugar. El sillón por lo visto había sido movido de su lugar quizás por el mismo ajetreo de una lucha. Una pequeña mesa caída en donde supuestamente sobre ella había una lámpara moderna de yeso, hecha y pintada a mano, se encontraba destruida sobre la alfombra junto a un retrato de un una chica que, supuso Shaka, era la pobre novia que había quedado viuda antes de casarse.

Siguió revisando el lugar hasta llegar al escritorio y sobre él, diversos papeles sin importancia que se relacionaban con el trabajo de la víctima, un teléfono inalámbrico y una pequeña libreta con números. Algo que le llamó la atención fue ver un número escrito en un borde y remarcado con insistencia. Levantó la libreta y escudriñó dicho número para después dejar el anotador en su lugar sin más interés en él.

—¿Y ya están esas pruebas? —preguntó el rubio sorpresivamente. Al más joven de los tres le costó comprender que se refería a las huellas dactilares de esa sala en particular y volviendo en si le respondió.

—Sí, pero desafortunadamente no salió nada de importancia.

—Shaka —habló Muu quebrando su mutismo—, si no encontramos algo hoy que nos sirva, cerrarán el caso y quedará como robo.

—Ya, Muu... estoy trabajando en ello —murmuró el hindú sin siquiera mirarlo, muy entretenido que estaba con un cajón que intento abrir con éxito—. Eureka. —Sonrió feliz por su hallazgo—. No fue difícil abrirlo y hay un reloj importado, sumamente caro y llamativo. —Lo levantó con el dedo para mostrar el objeto brillante y cubierto de oro a sus compañeros.

—Eso fue rápido —reconoció Muu.

Y era cierto, ese reloj era la prueba sustancial de que allí nunca hubo un intento de robo, o bien el ladrón no tenía todas las luces prendidas ese día, sin contar que los cajones no fueron revisados meticulosamente, los electrodomésticos caros ninguno sustraído, y en tal caso de que el supuesto ladrón hubiera estado en busca de algún papel de importancia, ahí se volvía al punto anterior: Los cajones no habían sido revisados, no se encontraban abiertos y desordenados. Sin dejar de lado que sí había papeles de suma importancia.

Descartado el intento de robo, ahora quedaba por delante descubrir quién y por qué había matado a Fernando Julio Cabrera Pinto, alias Shura.

—¿Testigos? —soltó Shaka pensativo en medio de esa sala concluyendo que ya no tenía nada que hacer allí. Seiya se desconcertó con esa pregunta a medias, sin embargo su amigo, conociéndolo, respondió sin titubear.

—Solo su vecino. Un anciano que esa noche vio como Shura le abría la puerta a alguien.

—Revisemos lo que queda de la casa y vamos a hablar con el señor —propuso el rubio y salió por la puerta para seguir el recorrido.

Desde ya que Shura conocía de antes al agresor, pues no se explicaba cómo terminó en el despacho de la víctima, aunque Muu refutó esa idea diciendo que quizás el victimario era alguien más fuerte que él y que lo había arrastrado hasta ese lugar, sin embargo esa idea no convenció al hindú pues ¿qué hacía el cuerpo en la otra punta de la casa? El joven, que se había quedado callado siguiendo al par de investigadores, se animó a acotar algo con cierta vergüenza, pero siendo muy veraz: Por lo visto habían mantenido un diálogo en ese despacho que derivó en una discusión, acabando con el asesinato; pero bueno, lo único que habían sacado en claro era que el asesino conocía de alguna manera a su víctima; el tipo de vínculo, desconocido hasta el momento.

Shura lo había dejado pasar, discutieron y terminaron en una pelea en medio del pasillo. ¿O quizás al revés? No, eso era ilógico, si Shura había muerto en el pasillo, nunca pudo haber mantenido una discusión en su despacho.

Sin nada más qué buscar en esa casa, o mejor dicho sin nada más que despertara la curiosidad de Shaka, Muu lo acompañó hasta la casa del vecino, aclarándole por postrera vez que solo lo acompañaría ese día, pero que luego iría a su casa a regar su potus.

Seiya quedó atrás custodiando la casa de la víctima. Cruzaron el jardín delantero y bordearon la casa vecina hasta llegar a su puerta, golpearon y una voz temblorosa pidió paciencia.

—¡Ahí va! ¡Ahí va! —Varios minutos después la puerta se abrió dejando entrever a un hombre mayor sosteniéndose con un bastón— ¿Qué quieren? —investigó con recelo.

—Somos policías —dijo Muu con paciencia. Aunque estrictamente no lo eran, había sido suficiente para que el hombre los escuchara con más predisposición.

—Queríamos hacerle un par de preguntas con respecto a su vecino —agregó Shaka.

El anciano asintió y se quedó de pie esperando la pregunta, Muu dio por hecho que no los invitarían a pasar y por eso prosiguió.

—¿Usted conocía a Fernando Julio Cabrera Pinto, apodado Shura? —De nuevo con su obsesión por llamar a las cosas y a la gente por su nombre. ¿No era más fácil? Se preguntó el rubio a su lado, ¿decir Shura?

—Desde ya. Éramos vecinos —espetó el anciano algo ofendido. ¿Qué clase de pregunta estúpida era esa?

—El pasado martes nueve, a la noche —fue el hindú quien tomó las riendas— ¿usted notó algo raro en el barrio? ¿Vio algo que le llamó la atención? ¿O Shura recibió alguna visita?

—Fue el día, la última noche que Shura vivió —casi preguntó el hombre y los oficiales asintieron—. Pues sí, yo justo salía a buscar a Mishi.

—¿Mishi? —balbuceó Muu extrañado.

—¡Mi gato! —respondió el anciano para luego continuar— Y vi a alguien ya entrada la noche en la puerta golpeando ¡y no por chusma! Me quedé mirando. Shura le abrió, mantuvieron una conversación en la puerta y el hombre se metió. Yo después me volví. —Se notaba la voz agitada—. Todo esto me da mucha pena, Shura era un buen muchacho, siempre estaba atento a que si yo necesitaba algo. Como verán vivo solo; aunque mi nieta suele visitarme no vive conmigo.

—Dígame —interrumpió Shaka la perorata del hombre— ¿vio cómo era ese hombre?

—¡Era de noche! ¡¿Cómo diablos quiere que sepa eso si ni siquiera puedo leer un libro bajo la luz del sol?!

—Tranquilícese —pidió Muu al ver que el anciano comenzaba a toser agitado por la energía empleada para responder.

—Era alto, joven, viejo, petiso, pelo largo, corto —siguió el rubio acribillándolo a preguntas.

—Pues... no sé. Alto —respondió el anciano— pelo ¡qué sé yo! Creo que traía uno de esos buzos con capucha. Y su apariencia, bueno... no era un viejo como yo, caminaba sin la ayuda de un bastón así que supongo que era joven. O relativamente joven.

—¿Solía recibir visitas Fernando Julio Cabrera Pinto? —Sí, fue Muu quien hizo la pregunta. El hindú solo se limitó a mirarlo de reojo y a suspirar con resignación.

—Pues no, casi nunca estaba en su casa, salía muy temprano y volvía a la noche —respondió el hombre—. Lo sé porque mi nieta trabaja allí, él siempre iba a desayunar al café... —Y se quedó haciendo memoria—. El café... —pero no conseguía recordar el nombre— ese muy mono, que te sirven café. —Los investigadores aguantaron la carcajada—. Te sirven café y te dan un libro —siguió el anciano.

—Sí, el café Telonius —cooperó Shaka en la difícil tarea de hacer memoria.

—¡Ese! ¡Ese! Ahí trabaja mi nieta —recordó el anciano con alegría. Esa cafetería era muy conocida en la zona por ser el único Café-Libros en toda la ciudad.

—Bueno, señor, muchas gracias —lo saludó Muu con educación y cordialidad, sonriendo como en un anuncio de televisión. Pero el hombre mayor se limitó a quedarse mirándolo con cara de asco.

—¿Cuál es su nombre? —investigó el rubio antes de partir, ya no tenían nada más que hacer allí y habían conseguido una información extra y muy útil.

—¿De mi nieta? Shunrei —soltó en anciano de mala manera antes de cerrar la puerta en sus narices.

Los amigos voltearon al mismo tiempo no sin antes dedicarse una mirada cómplice, arquearon fugazmente las cejas, sonrieron de medio lado y no necesitaron acotar nada, se quedarían con la duda, igual no era necesario saber el nombre del anciano y más útil resultaba saber el nombre de la muchacha. Buscaron el auto y otra vez juntos emprendieron la marcha hacia ese café tan particular.

Luego de casi una hora llegaron al lugar. Cuarenta y cinco minutos en coche por culpa del tráfico y se preguntaron: ¿justificaba tanto viaje solo para desayunar? Cuando Shaka vio a las camareras interiormente asintió o por lo menos creyó saber el motivo de Shura. Se sentaron en una mesa que daba contra la ventana. Muu observó su reloj.

—¿Qué hora es? —preguntó Shaka.

—Más de las dos —respondió y tomó una carta, apenas tenían en sus estómagos un mísero té como desayuno—. Luego ¿no iremos a almorzar?

—Muu, son las dos de la tarde... Tomemos algo aquí y listo.

—¿Qué paso con tu alimentación? Antes ni drogado almorzabas una tarta dulce —se extrañó de las nuevas costumbres adquiridas—. Yo aún no me acostumbro, necesito comida y sabes que la chatarra no es para mí.

Los dos salían por completo del estereotipo que los gobernaba. Ante la clásica imagen de un oficial o investigador con su café y rosquillas, ellos no, ¡por favor! Un suculento desayuno y luego al mediodía la comida correspondiente, y nada de comida hecha o congelada, en lo posible comida casera y de no ser así, pues un restaurante era la mejor opción.

Su estilo de vida no encajaba con su trabajo en donde a veces se veían envueltos en casos que les llevaba todo el día y en contadas ocasiones hasta toda la noche, yendo y viniendo de un lado al otro, en constante correría; ellos se preocupaban por comer bien y sano, y en sus ratos libres ejercitarse en el gimnasio.

Varias muchachas bellas daban vueltas por el lugar y comprendieron que sería difícil hallar a Shunrei aunque no costaba nada preguntar, por eso cuando uno de los jóvenes se acercó a los hombres Muu pidió por ella, el muchacho asintió y fue hasta una de sus compañeras que traía el pelo con una larga trenza; un pelo negro como la noche, lacio y sedoso. Era muy sencilla, pero esa sencillez la hacía ver aún más preciosa.

—Shunrei, quieren que los atiendas tú —susurró el chico y la dama asintió yendo directo a los nuevos clientes.

—Hola, señores. ¿Ya saben qué van a pedir?

—Pues... un té de siete hierbas y para comer... —Shaka se quedó pensativo.

—Yo lo mismo —indicó su compañero.

—¿Tienes tarta de verdura o algo así? —curioseó el hindú.

—Sí. ¿Una porción? —La muchacha anotó en una libreta en cuanto el extraño hombre asintió, y el otro, aún más exótico, agregó:

—Yo también, una porción. O dos mejor. —Tenía hambre, ir de un lado al otro siempre le abría el apetito.

—Bien, enseguida les traigo.

Combinación extraña un té de siete hierbas y una porción de tarta de espinaca con salsa blanca, pero ¿qué más daba? La muchacha tardó lo que tenía que tardar, dejó los platos sobre la mesa de los clientes y cuando estaba por irse Shaka la detuvo.

—Quédate por favor, tenemos que hacerte preguntas.

La muchacha se quedó más que nada por la sorpresa, pero entendió cuando Muu le mostró su credencial.

—¿Tú conocías a Fernando Julio Cabrera Pintos? —Sí, ¿quién más podía hacer esa pregunta? Ya era vicio su fijación con ese nombre.

—¿Eh? —se extrañó Shunrei.

—Shura —corrigió Shaka aguantando la risa.

—¡Oh! Sí. Era cliente nuestro. —La joven bajó la vista al suelo y aferró la bandeja plateada.

—¿Te has enterado de su muerte? —Quizás la pregunta de Muu podría pecar de estúpida, pero todo interrogatorio tenía su razón de ser. Dependiendo del tipo de respuesta que se daba a una sencilla y obvia pregunta, podría llegar a descubrirse así a un asesino.

—Desde ya. Era vecino de mi abuelo Dohko y todas las mañanas desayunaba aquí, todas las mañanas que trabajaba, claro.

—¿Puedes tomar asiento? —pidió el rubio ofreciéndole el lado izquierdo junto a él.

La muchacha casi que respondió al echar una ojeada a la barra desde donde su jefe la miraba, Muu comprendió y se puso de pie para ir hasta el hombre y presentarle su poderosa credencial que todo lo permitía. El hindú la instó de nuevo a sentarse y Shunrei accedió.

—El último día de vida, la última mañana de Shura, él rigurosamente, como todos los días, vino a este café a desayunar —remarcó Shaka con exasperante calma.

—Sí —susurró la joven con suma pena, recordar que esa había sido la última vez que lo había visto era doloroso para ella y el hombre que la interrogaba notó ese detalle.

—¿Qué tipo de relación tenías con él?

—Era mi cliente —respondió con tono obvio.

—Lo sé, pero me refiero... ¿te contaba sus problemas? ¿Hasta qué nivel había confianza entre ustedes?

—Pues, se podría decir que éramos amigos. Yo no solo lo veía aquí, sino algunas veces en el barrio, cuando iba a visitar a mi abuelo. Hace más de un año que frecuenta este café y así nos conocimos.

—¿Tú lo habías visto nervioso esa mañana? ¿Extraño? ¿Comportándose de manera distinta a los demás días?

—No pude hablar mucho con él porque esa mañana no estaba solo.

Muu llegó a la mesa justo para escuchar eso, le dedicó una mirada a su compañero y con cautela guardaron silencio, Shunrei creyó que había dicho algo malo, sin embargo todo lo contrario. Muu quebró su silencio.

—¿Y sabías quién era?

—No lo había visto nunca en mi vida, no debe ser de aquí —respondió Shunrei con más seguridad—, pero aparentemente era algún amigo o alguien de confianza.

—¿Y por qué lo dices? —preguntó Shaka cruzándose de brazos.

—Pues, por la manera en que se hablaban, se notaba que había confianza entre ellos. —La muchacha suspiró y se relajó un poco—. Shura era muy serio, algo reticente a hablar más de lo necesario o a demostrar con gestos lo que quería decir. No era la clase de persona efusiva o extrovertida, ¿entienden?

—¿Y con esta persona él se mostraba de qué manera? —investigó Muu.

—De una manera muy familiar, no sé cómo explicarlo —soltó la muchacha con resignación—. Yo al ver que no estaba solo, me dediqué a mi trabajo, en un día normal hubiera cruzado un par de palabras, pero me limite a servirles e irme.

—¿Recuerdas a esa persona? Estamos hablando de un individuo de sexo masculino, ¿verdad? —preguntó Shaka y la chica asintió.

—Pues era pelirrojo, eso lo recuerdo bien...

—¿Edad aproximada? —se sumó su compañero.

—De la misma que Shura tal vez o más joven. No lo sé... estoy segura que era joven.

—¿Alguna marca en particular? Trata de describirlo lo mejor que puedas —pidió el rubio.

—Bien... era pelirrojo, de pelo corto, alto, tanto como Shura. Apuesto... —asintió Shunrei recordando—. Y no recuerdo bien su rostro, no tengo mucha memoria fotográfica. Ya les dije, yo les serví y me fui con otras mesas.

—Está bien, no te preocupes —la tranquilizó Muu.

—¿Cicatrices? ¿Aros? ¿Tatuajes? ¿Algo de eso? —insistió el hindú.

—No lo sé… —resopló ella y se produjo un silencio reflexivo, aún había varias cuestiones rondando la cabeza de Shaka y por eso muy astuto siguió investigando.

—¿Shura te presentó ante este hombre? —cuestionó con suspicacia y Shunrei negó bajando la cabeza—. Y tú ¿cómo lo trataste a Shura? ¿Cómo un día normal o… tan solo como un cliente? —siguió y su compañero se le quedó mirando sin comprender el porqué de preguntas sin aparente sentido.

—Pues... temí que ese joven fuera algún familiar o amigo de la infancia y no quise mostrarme muy íntima de Shura.

Shaka sonrió sintiendo que se acercaba a una verdad que había vislumbrado desde un principio.

—Shunrei... —pronunció el hindú acomodándose en su asiento— ¿qué tipo de relación mantenías con Shura?

—Ya se lo dije.

—Es importante saberlo, cualquier tipo de dato nos puede ayudar a encontrar al asesino —interrumpió el rubio. Muu comenzó a comprender las crueles intenciones de su amigo e interiormente rió, mas su rostro era serio.

—A veces él me esperaba cuando yo salía de aquí, a la noche...

—¿Dormían juntos? —Muu tiró la bomba. Solía ser paciente, pero supo que si él no lo preguntaba, Shaka seguiría torturándola. Shunrei asintió con timidez, muy avergonzada.

—Eran amantes —agregó el rubio innecesariamente—. ¿Tú sabías que él iba a casarse en España? —Aunque el hindú intuía la respuesta, necesitaba escucharla de la boca de la joven.

—Sí, por eso no quise...

—Lo entendemos —dijo Muu con naturalidad, comprendiendo que por eso la muchacha no había querido saludar a Shura como en un día normal y a su vez por eso la víctima no la presentó como una amiga.

—¿Ya está? ¿Puedo seguir con mi trabajo? —Shunrei solo quiso escaparse de tan embarazosa situación.

Shaka asintió dándole las gracias y la joven se fue a seguir con lo suyo. Los amigos se concentraron en su desayuno-almuerzo analizando en silencio lo conversado con la muchacha, hasta que comenzaron a conjeturar entre ellos. Aun después de haber comido y pagado la cuenta, en el coche seguían con el tema.

—Al final no era tan fiel —terció Muu con una sonrisa.

—Nunca nadie había dicho que lo era, y no por serlo se salva uno del asesinato.

—Tienes que buscar a ese hombre pelirrojo.

—Primero lo primero —contradijo Shaka—, esta joven que no salga del país ni de la ciudad.

—¿Venganza? ¿Celos? ¿Impedir el casamiento?

—¿Quién sabe?

—De todos modos ella no pudo haberlo matado —negó Muu con seguridad—. Aunque admitió visitarlo de noche.

—Pudo haberle pagado a alguien.

—¿Con el sueldo que debe cobrar en el café?

—Nunca se sabe. —El rubio se encogió de hombros—. Comunica eso: que no la dejen salir del país, averigua sus datos…

—Le diré a Seiya —dijo y cuando el hindú escuchó ese nombre un dato golpeó su mente.

—Cierto. ¿Tienes el teléfono de Seiya?

—Sí, ¿para qué lo quieres? —se extrañó Muu.

—Recordé algo. ¿Cómo pude haberme olvidado de eso? —Se reprochó Shaka. Llegaron frente a la entrada de las oficinas y marcó en su celular el teléfono del joven, quien lo atendió tiempo después porque por lo visto seguía durmiendo.

—Seiya. Habla Shaka. Dime ¿estás todavía en la casa?

Sí, mi relevo todavía no llegó —respondió el joven insultando interiormente a su ausente compañero de trabajo y primo Ikki.

—Escucha. Sobre el escritorio hay una libreta con un número remarcado.

Sí, lo sé.

—Trata de averiguarme sobre eso.

En ello estaba —respondió Seiya adelantándose al pedido.

—Perfecto, en cuanto tengas algo me avisas.

Ok. ¿Algo más?

—No, gracias.

Es sabido que cuando alguien remarcaba algo con insistencia es porque significa para uno algo de importancia. ¿Qué había motivado a Shura a remarcar ese número anotado al azar en un costado de una libreta? En lugar de anotarlo como correspondía ya que esa era una agenda de números telefónicos.

Demasiado para un día de trabajo. Shaka saludó a su compañero después de dejarlo y se encaminó con su coche a su casa ya entrada la tarde, nada como una cena casera en compañía de alguien. Lástima que en ese último tiempo su vida, o quizás su trabajo, se empecinaba en matar la relación que llevaba con su mujer. El rubio estacionó su coche en el garaje y bajó del auto ya con esa sensación de vacío en el estómago. Entró a su casa y dio el aviso.

—Ya llegué. —Pero como siempre el hindú se topó con esa barrera de silencio.

El aroma a comida lo condujo hasta la cocina, en donde una bella mujer de pelo negro azabache, largo y lacio hasta la cintura, le daba la espalda. Shaka se acercó por atrás y besó parcamente su mejilla, quizás por obligación la mujer esbozó un "hola".

—¿Cómo te ha ido?

—Bien —respondió el rubio abriendo la heladera en busca de jugo.

—Ya estará lista la comida.

—Pondré la mesa —dijo el hindú dejando de lado la bebida y con el mismo tono parco de al principio.

Calista era griega, la había conocido hacía tiempo cuando era un estudiante. En esa época la mujer era una muchacha agradable y enérgica, muy soñadora. Parecía ser que en la actualidad el matrimonio había matado todos sus sueños, eso o la rutina era la culpable. Shaka pasaba muchas horas afuera trabajando, mientras Calista se quedaba en la casa. Aún no tenían hijos y aunque no habían hablado del tema, cada uno por su cuenta había visto eso como una posibilidad de rescatar lo perdido.

Cenaron en un cotidiano y acostumbrado silencio. El hindú fue a dormir devastado por el trabajo, ir de un lado al otro, aunque fuera en coche no solo cansaba física sino también mentalmente. Mientras que Calista se quedó en el piso de abajo mirando un poco de televisión.

En varias oportunidades Shaka se había descubierto preguntándose qué pasaría si la arrastraba hasta su cuarto de manera sensual en busca de sexo desenfrenado; quizás con suerte se comportaría como cuando eran más jóvenes y despreocupados. Sin embargo, aunque acostado en la cama y en la penumbra de su habitación, había contemplado esa idea, desistió quedándose profundamente dormido. Cuando Calista terminó de especular, miró el reloj y suponiendo que su marido ya estaba dormido, apagó la televisión y subió a acostarse.

Esa era la vida patética de Shaka Singh, por eso, era entendible que con el tiempo acabara prefiriendo más su empleo que estar en la casa. Por lo menos de esa manera se sentía un poco más vivo.

(…)

A la mañana siguiente Shaka despertó cuando aún era de noche, desayunó solo como acostumbraba hacer desde hacía ya casi un año y partió en su coche rumbo al trabajo. Era muy temprano cuando llegó y pocos eran los empleados que trabajaban. Qué sorpresa se llevó al ver a Muu en su oficina.

—¿Qué haces aquí? —cuestionó. Muu giró en la silla y elevó sus inexistentes cejas, quizás por eso resultaba un hombre tan exótico en Grecia. En Grecia y en cualquier parte del mundo.

—¿Qué sucede? ¿No puedo estar aquí? Perdón si te molesta. —Muu se puso de pie y se alejó del escritorio.

—No es eso —refunfuñó—. Tan solo me sorprendí, nada más.

—Sobre tu escritorio te dejé la dirección de un hotel —dijo. Ahora fue el hindú quien elevó las cejas, eso acaso ¿era una invitación indecorosa? Muu le despejó todas las dudas al aclarar al respecto—. Seiya averiguó el número y es de un hotel que queda en coche a una media hora aproximadamente, o más… está un poco alejado de la ciudad.

—¡Oh! Perfecto —se alegró Shaka dejando con premura la carpeta sobre el escritorio—. ¿Me acompañas? —invitó, pero su compañero negó con la cabeza.

—Ayer apenas me dejaste aquí, Shion me asignó un caso. Debo atrapar a un hijo de puta que lucra con la prostitución infantil.

El rubio conocía perfectamente a su amigo y sabía que no insultaba por nada, no acostumbraba a hacerlo salvo en contadas ocasiones. Un caso que sin dudas le iba como anillo al dedo.

—Te deseo toda la suerte y que le den cadena perpetua. Ni siquiera la sentencia de muerte, eso sería un premio —dijo el hindú con firmeza.

—Hoy lo atraparé. Como que me llamo Muu Fleischman. —Muu terminó de decir eso y se fue dispuesto a trabajar en ese caso noche y día de ser necesario. No descansaría hasta atrapar al desgraciado que hacia eso con los pequeños. Shaka se encerró en su oficina y tomó el papel entre los dedos, no tenía nada que hacer allí. Tomó la chaqueta y salió en dirección al hotel.

Luego de cuarenta y cinco minutos como su compañero había dicho, llegó a un hotel barato de carretera. Ingresó por el estacionamiento, dejó el coche y se dirigió a la entrada. Una mujer regordeta entrada en años lo atendió con un cigarrillo de dudoso aspecto en la boca.

—Buenos días señora.

—Señorita. Habitación siete —respondió la mujer lanzándole unas llaves para luego perderse en su revista.

—No vengo en busca de una habitación —Shaka dejó educadamente las llaves sobre el mostrador. La mujer le dedicó una mirada asesina y un suspiro de hartazgo—. Vengo en busca de información y quería saber...

—¿Es policía? —interrumpió con brusquedad. En respuesta el rubio mostró su credencial, para luego continuar.

—¿Cuál es su nombre?

—Adelfa Andriejauskas. —Irrepetible sin dudas.

—Quería hablar con un inquilino —solicitó el hindú y al ver que la mujer no acotaba nada prosiguió—. Hombre, pelirrojo joven o de mediana edad. ¿Cuántos inquilinos tiene con esas características?

—Esa habitación está vacía —respondió la mujer de mala manera, dejando en claro que sí había alguien con dichas características. El pequeño hotel de carretera no contaba con más de diez habitaciones, no era tan difícil de hallar a alguien si se tomaba en cuenta que los pelirrojos no eran tan comunes.

—¿El inquilino ya marchó? —preguntó el hombre con sutileza. Conocía ese tipo de gente, reticentes a dar algún tipo de información por temor.

—No, solo se cambió de cuarto —dijo y el rubio le regaló una sonrisa.

—Señora, asesinaron a un hombre hace menos de una semana y el asesino podría estar alojado en este hotel. De ser así usted estaría acusada de complicidad por no querer dar información al respecto.

—¿Qué quiere? —Bien, comenzaba a cooperar, de hecho la mujer se había puesto de pie y había dejado la revista de lado.

—Hablar con ese inquilino y de no estar, ingresar a su cuarto, supongo que como en todo hotel tendrá una llave extra.

—Sí —respondió la señora con desgano tomando una llave de un cajón.

El hindú emprendió la marcha en compañía de la regordeta mujer, atravesando las puertas de las habitaciones todas enumeradas, escuchando gritos en algunos casos, risas, música y la algarabía de la gente alojada allí.

Llegaron ante la habitación cinco, casi al final del pasillo, y Shaka miró a la mujer preguntándole con los ojos si era allí. La señora asintió con el cigarrillo en la boca y el rubio golpeó la puerta recibiendo un "enseguida" muy masculino. ¡Perfecto! Habían dado con él, la señora observó al hombre y preguntó con voz cansina.

—¿Puedo irme? —Cuando el hindú asintió la señora prácticamente desapareció.

Shaka solo esperó unos segundos más y un hombre pelirrojo de altura bastante considerable, vestido tan solo con un pantalón deportivo, abrió la puerta secándose con una toalla la cabellera corta. Pelirrojo. El rubio recordó la descripción de la mesera.

—¿Sí? —El muchacho joven, bastante atractivo y varonil se desconcertó, no solo por la belleza del hindú, tan exótico, sino porque jamás lo había visto en vida y no solía recibir visitas. Shaka como siempre se valió de su credencial como respuesta.

—Necesito hacerle un par de preguntas. ¿Puedo pasar? —preguntó y sin esperar respuesta se metió.

—Pues, sí. Adelante. Disculpa el desorden.

El rubio se sintió extraño, hacía tiempo que nadie lo tuteaba. Tanta presencia le daba su credencial que había olvidado que era relativamente joven para la clase de empleo que desarrollaba.

—¿Usted conocía a Fernando Julio Cabrera Pinto? —investigó el hindú ahogando una risa interna, tantas horas con Muu y comenzaba a comportarse como él— Shura —corrigió a lo último.

—Pues... sí, pero primero —dijo el hombre terminando de secarse el cabello— toma asiento. ¿Quieres algo de beber?

Shaka se sintió aún más incómodo que al principio, nunca nadie lo había intimidado de esa forma en su propio terreno de preguntas y respuestas. Era su propio juego, le llamaba la atención notar la pasividad en el otro, la mayoría de las personas interrogadas hablaban nerviosas o con temor; por más que fueran inocentes, el terror de verse involucrados no les permitía actuar con suma naturalidad.

—No, gracias —respondió el rubio tomando asiento, corriendo con la mano previamente un montículo de ropa y libros— ¿Cuál es su nombre? —preguntó sin mirarlo, concentrado en una pequeña agenda negra sobre una mesilla.

—Aioria Leónidas. —El sujeto enmarcó una sonrisa muy hechizante.

—Shaka Singh, mucho gusto. Quería hacerle un par de preguntas respecto a un hombre —retomó el hindú, molesto por titubear.

—Sí, Shura. —Aioria desapareció por una puerta y volvió a los segundos con una jarra de agua y dos vasos—. No sé, quizás prefieras café u otra cosa.

—No, gracias, no bebo mucho café. Y ya le dije que no deseo nada. —Comenzaba a molestarle a Shaka la presencia y la actitud del hombre, tanta despreocupación y soltura.

—No me trates de usted, que fácil tenemos la misma edad —pidió Leónidas con seriedad.

—Lo siento, es parte de mi trabajo —aclaró con tono áspero—. ¿Qué tipo de relación mantenía con Shura? Admitió conocerlo.

—Pues... —iba a responder, pero frunció la frente e investigó— ¿A qué te refieres con el tipo de relación? Tú... —Hizo un gesto nervioso con las manos— ¿Algo carnal? ¿De ese tipo?

—Cuando hablo de relación —Shaka lanzó una pequeña y sarcástica risa de incredulidad—, me refiero al tipo de amistad o relación que mantenían.

—Ah, bueno. Hacía tiempo que no lo veía, éramos amigos de la infancia. Íbamos juntos al club del colegio, más allá de compartir clases distintas. Así lo conocí —asintió—. Pero con el tiempo, desde ya, las cosas no siguieron avanzando y la amistad quedó estancada. Sobre todo cuando él se mudó aquí.

—¿Supo de lo ocurrido? —preguntó el rubio con perspicacia.

—Lo del robo. Sí. —Las facciones de Aioria se ensombrecieron por un momento, dándole un aspecto aún más masculino que antes.

—¿Cómo se enteró? —Siguió con las preguntas que él denomina decisivas, pues dependiendo del tipo de respuesta podía encontrar la verdad escondida detrás de la mentira.

—Por el noticiero. No quise acercarme, temí que... no sé, su familia… no la trato desde hace tiempo y como yo siempre de adolescente estuve en cosas turbias, pues... no les agradaba y...

—¿Cosas turbias?

—Drogas, alcohol, esas cosas... típicas de un adolescente. Pero ya maduré —finalizó con una amplia sonrisa—. Él siempre fue un chico bueno, aplicado, educado y correcto, por eso sus padres no me guardaban aprecio.

—Lo entiendo. ¿Sabe qué día murió?

—Sinceramente… no. Y no quise saberlo.

—El mismo día que usted tomó un café con él en Telonius —soltó el rubio y el pelirrojo bajó la vista al suelo, quizás dolido o sintiéndose culpable de haber sido el último en verlo.

—¿Yo fui el último en verlo?

—Eso es lo que trato de averiguar. —El hindú sonrió ante la pregunta, desde ya que si fuera el último en verlo por ende era el asesino—. ¿Qué habló esa mañana con él?

—¿Podemos? —balbuceó Aioria tragando saliva— ¿Podemos salir un momento a caminar? Te contaré lo que me acuerdo, pero necesito salir.

Shaka se asombró por la petición, pero por supuesto que accedió, no tenía nada en contra de salir un poco de esa habitación con olor a humedad y tabaco. Se puso de pie y el muchacho tomó un pantalón que estaba en el respaldo de una silla, se quitó con naturalidad el deportivo que llevaba puesto dejando ver sus formadas piernas y un trasero levantado quizás por la gimnasia.

Un bóxer negro era lo único que lo cubría. Se colocó el pantalón de jean, se sentó en el sillón para ponerse unas zapatillas negras, tomo una camiseta blanca y finalizó con la preparación agarrando una billetera para colocarla en el bolsillo trasero.

Junto al hombre rubio vestido tan elegante con un pantalón negro de traje y una camiseta piqué de color azul Francia, salió a la calle. Desentonaban demasiado. Caminaron un buen trecho en silencio, rumbo a la ciudad, hasta que Shaka decidió hablar.

—¿A dónde iremos?

—Necesito comprar el almuerzo.

—Iremos en mi coche. —Dio la vuelta y enfiló al estacionamiento, Aioria lo siguió detrás y subió del lado del acompañante.

—Es raro. Digo... —pronunció el pelirrojo sacando un brazo por la ventanilla— que alguien tan joven y tan apuesto se dedique a esto.

Shaka no chocó de puro milagro, en sus casi diez años de trabajo nunca había escuchado algo similar y menos de un hombre. Algo en su interior le decía que su masculinidad peligraba ante ese hombre de gustos particulares.

—¿Qué tiene de extraño?

—Es que siempre me los imaginé gordos, comiendo rosquillas, fumando y bebiendo café de una taza descartable —explicó y el rubio no pudo evitar echarse a reír con ganas, vaya que hacía tiempo que no lo hacía—. Además podrías ser modelo. O actor de novelas —agregó Leónidas y esbozó una sonrisa de medio lado al ver las mejillas de su acompañante hinchadas por la risa.

—Tuve mi primer caso a los veintidós años. Era joven. Y ya llevo siete en esto.

—¿Y qué se te dio por elegir este tipo de profesión?

—Disculpa, pero no es de mí de quien quiero hablar. Responde mis preguntas, es importante —desvió la conversación.

—Progresamos, ahora me tuteas. Bien —bromeó Aioria—. Solo me da curiosidad verte en esto, nada más. Perdón, suelo ser curioso como un gato.

Curioso como un gato y quizás astuto como uno. El pelirrojo no pudo responder ninguna de las preguntas porque ya habían llegado a un supermercado, bajaron juntos y entraron enfilándose hacia las góndolas de comida.

—Esa mañana —retomó Leónidas la conversación— fuimos a tomar un café y hablamos de nuestras vidas. Hacía años que no nos comunicábamos.

—¿Por qué te cambiaste de cuarto? —investigó Shaka recordando ese detalle, extraño detalle, acaso ¿tenía algo que ocultar o fue una movida para esconderse? Algo tonto, si así era.

—Mucha humedad y soy alérgico a ella, además las cañerías no funcionaban bien, le pedí a la señora que me pasara de cuarto y lo hizo. ¿Por?

—Por nada, sigue: ¿Lo notaste preocupado? ¿Te comentó algo fuera de lo normal?

—¿Fuera de lo normal? Sí, que iba a casarse —respondió y de nuevo el rubio rompió a reír, pero recordando su trabajo tosió incómodo por mostrarse tan suelto y adoptó de manera buscar una postura más seria—. Yo estoy aquí de paso, así que intente buscarlo para poder pasar unos días con él —comentó Aioria metiendo en una cesta un par de latas, siguieron caminando y hablando entre góndolas y gente.

—¿A qué te dedicas?

—Soy... un trotamundos, digamos. No tengo lugar fijo, me gusta viajar y con el dinero de mi familia puedo darme ese gusto. Decidí venir a Atenas porque sabía que lo encontraría aquí.

—¿De dónde eres?

—De ningún lado, nací aquí si esa es tu pregunta y antes de venir estuve en Milo.

—Volvamos con Shura —propuso Shaka—. ¿Hablaron de sus vidas? ¿No te comentó sobre alguien, algún enemigo o alguien con quien tuviera problemas?

—Él tenía que trabajar ese día, así que no hablamos mucho. Fue más lo que yo hablé que lo que le dejé hablar, es mi costumbre; así que quedamos en vernos. —finalizó con una sonrisa pícara—. Ya estoy, vamos a la caja.

—¿Eso almorzarás? —investigó el rubio horrorizado al ver helado, embutidos, pan y alguna que otra lata de picadillo.

—Pues... no sé cocinar, no me gusta y además no tengo a nadie que me cocine. —De nuevo le regaló una sonrisa cautivante. El hindú dejó de lado su obsesión por la alimentación sana y siguió con las preguntas.

—Shura recibió una llamada a la noche, horas antes de su asesinato. El teléfono corresponde a esta zona.

—Yo lo llamé —dijo Aioria despejando dudas al respecto.

—¿De qué hablaron?

—De vernos. Él me dijo que estaba libre los fines de semana. Eso nada más, no pudimos hablar mucho porque estaba apurado; no sé por qué, no me dijo.

—¿Tienes celular?

—Estoy en contra de la dominación tecnológica. —El pelirrojo dejó en claro su postura anti modernización y otra vez Shaka se encontraba sonriéndole con naturalidad y despreocupación— ¿Por qué? ¿Tenías pensado llamarme para invitarme a salir? —investigó Leónidas con un tono sensual y sonrió divertido al ver la incomodidad en el otro. Sí, no cabían dudas, pensó Shaka: Justo a él le tocaba un sospechoso homosexual—. No soy gay, si te estás preguntando eso —soltó Aioria de la nada y su compañero palideció—. Te descubrí —ronroneó.

—No me preguntaba eso —mintió perdiendo la mirada.

—Sí, lo pensabas.

—Que no.

—Sí.

—Bueno, ya basta. No importa eso —interrumpió Shaka de manera abrupta y luego de que Aioria pagara la mercadería fueron hasta el coche y de nuevo se dirigieron al hotel.

El rubio se mantuvo todo el trayecto en silencio, quizás incómodo por la despreocupada forma de ser del otro. Aioria, divertido, lo miraba de reojo, y cuando el hindú había tomado coraje, dispuesto a hacerle más preguntas sonó su celular.

—Hola, estoy manejando. ¿Seiya? Sí. Enseguida voy. —Shaka cortó y observó a su acompañante, ya habían llegado al estacionamiento del hotel barato.

—¿Trabajo?

—Afortunadamente sí.

—¿Te volveré a ver? —preguntó Aioria abriendo la puerta del coche, el tono de pregunta fue como si se tratara del tipo de pregunta de una pareja o de un enamorado. A pesar de su incomodidad Shaka le respondió.

—No podrás salir del país ni de la región, al menos por el momento. Lo siento trotamundos.

—¿Soy sospechoso?

—Todos lo son, todos sus cercanos, hasta que no se encuentre al verdadero culpable.

—Lo entiendo, pero... eso quiere decir que nos volveremos a ver.

El rubio en respuesta cerró de un portazo la puerta del acompañante estirando el cuerpo, colocó los cambios y salió del estacionamiento. El pelirrojo se quedó viéndolo marcharse, de pie y con la bolsa de productos en la mano. Shaka negó con la cabeza y lo más rápido que su moral se lo permitió se dirigió a su oficina.

Manejó por las calles con una extraña sensación de vacío en su interior, o mejor sería decir que él se sentía extraño, pues no recordaba haberse divertido tanto con alguien, ya sea por sus ocurrencias, su forma de ser o lo que fuera. Si bien con Muu mantenía una buena amistad, al tener los dos el mismo estilo de humor parco, era raro encontrarse riendo a carcajadas. Shaka intentó quitarse de encima esa sensación extraña para llegar cuanto antes a su empleo y concentrarse en ello. Una vez allí se encontró en la puerta de su oficina con el joven Seiya vestido de manera formal, con un pantalón negro y una camisa blanca. Se acercó a él y lo saludó.

—Aquí tiene —el muchacho le ofreció con gentileza un papel—, ahí está la dirección de la compañía; sé que es fácil hallarla en el directorio, pero no es fácil dar con la de la oficina de la jefa de él. Encontrará más información sobre Shura. Por lo que averigüé él mantenía amistad con algunos empleados del lugar.

—Gracias, Seiya. Te debo unas cuantas. —Shaka releyó el papel y lo guardó—. ¿Qué sabes de Muu?

—Que viene hacia aquí con cara de pocos amigos —respondió Kido mirando sobre el hombro del rubio. El hindú volteó y en efecto su amigo venía por el pasillo echando humo y cuando estuvo lo suficientemente cerca explicó su descontento.

—Di con el desgraciado, pero no lo detuvieron por falta de pruebas ¡Ja! Falta de pruebas.

—Tranquilízate —con una mano en el hombro condujo a su compañero dentro de la oficina.

—Lo que sucede es que el muy... hijo de su madre, es una figura política muy importante. ¿Recuerdas el caso de corrupción en la campaña de los Solo?

—Ajá.

—Bueno, el mismo desgraciado. ¡Y dicen que no hay pruebas! Pero no descansaré hasta verlo encerrado.

—Das miedo, Muu —se sinceró Shaka y era cierto, el muy tranquilo hombre exótico daba pavor cuando manifestaba sus enojos y eso en rara vez ocurría, solo cuando algo en verdad lo sobrepasaba.

—¡Dios! —Se dejó caer en el sillón y se llevó una mano a la frente— ¿Y tú? ¿Cómo te ha ido?

—Bien. Hablé con el hombre pelirrojo que mencionó la camarera —contó y Muu se incorporó curioso para prestarle más atención.

—¿Es él?

—No lo sé, no parece un asesino; pero es algo extraño... no se comporta como debería comportarse un sospechoso, sin embargo es quien más cerca ha estado de Shura el día de su muerte.

—Que no te asombre, un asesino muchas veces es alguien inteligente, precavido y astuto... Claro, cuando es un asesino que planea minuciosamente dicho asesinato, la excepción es cuando el asesinato ocurre por una emoción violenta.

—Lo sé, Muu.

—¿Me contarás?

—Por supuesto, pero antes debo ir hasta la empresa Bervatim.

—¿Me dejas en la Casa de Gobierno?

—¿Aún no te repararon el coche? —preguntó el rubio con una tenue sonrisa y se puso de pie para ir hasta la puerta. Su compañero negó con decepción y siguió a su amigo— Dime, ¿cómo está tu potus?

—En perfectas condiciones, tiene un brote nuevo —respondió Muu obviando la burla de su compañero.

En el coche el hindú le relató a su amigo los detalles importantes de la conversación con Aioria, obviando algunos pormenores por necesidad y pudor, ya que no le iba a contar sus inclinaciones. Quizás por vergüenza, aunque Shaka prefería creer que era por considerarlo innecesario. Por un acuerdo mutuo hicieron una parada para almorzar. Siempre a deshora, pero era importante tener algo en sus estómagos antes de continuar con el trabajo.

Cuando Shaka dejó a su amigo en el lugar estipulado se dirigió a la empresa Bervatim y aunque la conocía de nombre jamás imaginó encontrarse con un monstruo de tales magnitudes. Estacionó, bajó del coche y se encaminó hasta la entrada en donde un oficial interceptó su paso, el hindú mostró su omnipotente credencial y pidió hablar con el dueño o el jefe del lugar. Dándole indicaciones a una dama, Shaka fue conducido por el ascensor en silencio hasta un elegante salón en donde una puerta de doble hoja se abrió de par en par.

—Pase, señor. Enseguida lo atiende —indicó la pelirroja con una sonrisa. Su color de cabello y dicha mueca le trajo el recuerdo del hombre llamado Aioria Leónidas.

En la oficia, la persona sentada en la silla giró para ver a su visita y qué sorpresa se llevó Shaka al notar que era una mujer y no un hombre el que manejaba todo, acaso ¿las mujeres no podían? Desde ya que sí, solo que esperaba encontrarse a un hombre gordo, bebiendo wishky y fumando un habano, gritándole a todos sus empleados, en lugar de una bella mujer de pelo morado y de rostro serio.

Aquel porte y ese color de cabello le trajo de nuevo a la memoria otra persona: su compañero de trabajo Muu Fleischman. Por algún extraño motivo o por alguna jugarreta de su mente, los dos sujetos evocados se le cruzaron produciéndole un inusual sentimiento de agobio. Fue como revolver el pasado dormido, escondido y a medias olvidado.

—Mucho gusto, señora... señorita —se corrigió a último momento al hacer la inspección de dedo.

—¿Qué necesita? —cuestionó la dama con tono arisco.

—Información —pregunta áspera, respuesta áspera.