Salió de la tienda mirando al cielo como ya le era costumbre. Las -apenas- visibles estrellas lo recibían y lo invitaban a descansar tras un duro día de trabajo.
Metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y emprendió el camino de vuelta a lo que llevaba siendo su hogar unos cuantos años.
La gente se arremolinaba a su alrededor por doquier, yendo y viniendo al compás de las melodías navideñas que resonaban por todas partes. Enterró un poco más su pálido rostro en la bufanda roja que lo envolvía. Hacía frío. Tal vez no tanto como solía hacer en Miyagi, pero lo suficiente como para hacerlo temblar.
Alzó de nuevo la vista para perderse en el mar de luces.
Navidad.
Época de festividades, de reuniones familiares. Época de felicidad.
O eso era lo que la mayor parte de anuncios decían. Y él, a casi diez mil kilómetros de distancia de su hogar, no se sentía precisamente feliz.
Sí que se sentía completo y realizado. Pero no feliz. No tanto como cuando tenía diecisiete años y su mayor preocupación eran los estudios y los bloqueos.
¿Cuál era la diferencia entre aquella época y la actual?
Él.
El ser que al principio había calificado como amargado, pero que poco a poco comprendió que no era más que un niño encerrado en el cuerpo de casi un adulto. Un chico que lo había maravillado con su simpleza.
Aquellos tres años fueron los mejores de su vida por la mezcla entre la libertad y el cosquilleo constante en su estómago que solo ocurría con el chico milagro a su lado. Nunca dijo nada. Nunca fue más allá. Nunca fue sincero ni con él mismo.
Sospechaba que Semi-Semi lo sabía, o por lo menos, lo intuía. Ese chico de extraños cabellos plateados, extraña y extravagante forma de vestir, era muy avispado. Por eso era uno de los cerebros del equipo al igual que Reon. Sentía que ellos eran capaces de ver más allá de sus bromas, tonterías y movimientos sin sentido, pero nunca dijeron nada.
Suponía que mientras no afectase al equipo no se meterían en sus asuntos emocionales.
Entre sus divagaciones mentales y el frío que le azotaba a su escasa cabellera por los recientes copos de nieve que comenzaban a caer, llegó a la entrada del edificio en el que vivía.
Se desplomó, exhausto, en el sofá de su occidental hogar. No había podido encontrar ningún lugar que se asemejase, aunque fuese solo un poco a Japón. No al menos cerca de su trabajo.
París era una ciudad preciosa y tan -o más- llena de gente que Tokio. Pero las costumbres eran muy distintas, los horarios demasiado complicados para él al principio y su gente demasiado pasional.
No le disgustaba del todo, al fin y al cabo, se había largado de su país en busca de motivación, de futuro y de la libertad que había perdido aquel día contra el Karasuno. Y la encontró. Su pasión por la repostería era grande y tras mucho esfuerzo y sacrificio había logrado entrar en una buena chocolatería de la ciudad.
Pero, ¿por qué se sentía tan apático? ¿Por qué aquella época se le hacía tan cuesta arriba?
Cerró los ojos.
Lo sabía bastante bien, aunque se negase a admitirlo en voz alta.
Su razón tenía nombre y apellidos y los separaba una distancia demasiado grande.
La navidad era una de las pocas épocas en las que los jugadores de voleibol profesional podían descansar y regresar junto a sus familias. Wakatoshi no era la excepción. Volvía a Miyagi a casa de su familia materna cada navidad tras pasar la otra mitad de su tiempo libre en Estados Unidos con su padre.
Solo una vez. Una vez había modificado sus estrictos planes para aparecerse por la ciudad de la luz y del amor, y sorprenderlo en su lugar de trabajo.
Decir que se había quedado mudo cuando lo había visto sentado en una de las mesas del lugar era decir poco. El nido de mariposas que parecían haber muerto durante los cuatro años en los que no lo había visto en persona, habían revivido y revoloteaban sin control. Ah, también se había olvidado de respirar cuando el susodicho había levantado la mano y lo había mirado con su inalterable expresión como si nada.
Desde aquel encuentro hacía dos años ya, que más tarde al salir de trabajar se había enterado de que estaba haciendo escala y se había acordado de él, había deseado fervientemente que se repitiese cada navidad.
Pero la suerte en la vida de Tendou Satori no parecía dispuesta a mostrarse demasiado.
De nuevo, aquella sensación de decepción mataba por completo a las larvas de las mariposas que afirmaba tener dormitando en su estómago.
Cogió el móvil que permanecía en su bolsillo e hizo una búsqueda en internet.
Era un masoquista, pero no era algo que se esforzase en ocultar.
—U-s-h-i-j-i-m-a W-a-k-a-t-o-s-h-i.
"Ushijima Wakatoshi, rematador izquierdo del equipo profesional Schweiden Adlers de primera división."
Suspiró. Seguía como siempre. Imperturbable. Decidido.
Se había coronado como uno de los mejores jugadores del mundo, representando a Japón en su equipo nacional, aunque eso era algo que venía haciendo desde el instituto.
[. . . ]
A sus veintiséis años, Ushijima es uno de los solteros más codiciados de Japón. Su metro noventa junto a sus noventa kilos, lo convierten en uno de los hombres más atractivos del momento, superando así a Oikawa Tooru, colocador oficial del Equipo Argentino, desde hace varios años.
—Soltero codiciado…—dejó caer el dispositivo sobre su estómago tras un suspiro—. Me extraña que no esté casado todavía. . .
Se levantó, muy a su pesar por estar demasiado a gusto en el sofá, y se dispuso a realizar su rutina diaria post trabajo.
El par de días siguientes se los pasó con una extraña sensación. Esa misma sensación de que va a suceder algo y él, con sus extrañas dotes de adivino, le asustaba.
Semi-Semi en alguna ocasión hace años, le había dicho cuan malo creía que eran sus predicciones. No por nada malo había aclarado al momento, sino porque siempre resultaban increíblemente certeras.
Por eso, comenzaba a asustarse al no suceder nada y continuar con la extraña sensación.
No fue sino cuando su turno de mediodía terminó y recogió sus pertenencias de su casillero, que por fin sus temores fueron revelados.
Cinco llamadas perdidas de Semi-Semi.
Veinte mensajes de texto del susodicho.
Dos, pero extensos, mensajes por parte de Reon.
Lo que fuese que había sucedido debía de ser lo suficientemente grave como para provocar que el castaño se tomase el tiempo de explicarse.
Estuvo a punto de abrir los mensajes de texto mientras salía de la tienda, pero no tuvo tiempo cuando una de las televisiones que había en el exterior del local adjunto le mostró lo que, probablemente, querían contarle sus amigos.
—Ushijima Wakatoshi, rematador estrella de los Schweiden Adlers, ha sido llevado inmediatamente al hospital nada más bajar del avión. Según nuestras fuentes, el deportista empezó a sentirse mal en el vuelo que iba hacia su país, presentando diversos síntomas que provocaron que se desmayase media hora antes del aterrizaje de escala en Francia.
Tendou Satori no era una persona atlética, ni mucho menos poseía un cuerpo hábil para el deporte, pero sus piernas le respondieron al instante en el que se echó a correr calle abajo.
Salió de la calle peatonal en la que se encontraba y buscó con desesperación un taxi. Taxi el cual divisó estacionado a unos treinta metros de distancia.
Abrió y cerró la puerta del vehículo como un tornado y se sentó en los asientos traseros sin pararse siquiera a respirar. El conductor se giró asustado ante la repentina intrusión y antes de que pudiese preguntar algo, el pelirrojo le estaba mostrando en la pantalla de su teléfono el nombre del hospital al que quería ir.
No tuvo que decir una sola palabra porque el hombre frente a él entendió a la perfección la situación. Su cara no era precisamente de la de una persona feliz por ir a ver a un recién nacido, o por alguien al que le había salido bien una operación.
La mente de Satori viajaba a años luz de velocidad, pensando una y otra vez en qué demonios le había pasado a Wakatoshi para llegar al extremo de desmayarse.
En ninguno de los mensajes de Semi-Semi y Reon aparecía la razón. Nadie lo sabía.
Sentía un nudo en el estómago. La presión. La misma sensación que llevaba sintiendo todos esos días.
«¡Malditos sean mis presentimientos!»
Apenas y le quedaban uñas que morder de la ansiedad que lo azotaba en esos momentos. Sentía que el hombre conducía demasiado despacio y que las calles estaban llenas de demasiada gente. ¡Que se apartasen todos de su camino o juraba salir de ese maldito coche y correr por medio de las calles hasta llegar al hospital!
Tras veinte minutos de intensos nervios, el pelirrojo llegó a las puertas del hospital. Le soltó todos los billetes que llevaba en la cartera y salió disparado del vehículo. Ya no aguantaba más allí encerrado.
Corrió hacia las puertas. Corrió hacia la recepción.
—¡Ushijima Wakatoshi! —espetó con desespero y sin apenas aire en cuanto puso las manos en el borde del mostrador. La muchacha tras este pegó un brinco, al igual que la compañera a su lado.
—¿E-es familiar del paciente?
Y fue ahí, que Tendou Satori fue consciente de su alrededor.
¿Qué estaba haciendo?
Respiró. Respiró más despacio conforme pasaban los segundos y mantenía sin respuesta a la joven. Su pecho subía y bajaba y su boca se abría y cerraba sin que saliese ni una sola palabra.
—¿S-señor?
Se giró, manteniéndose agarrado al borde, pero sin mirarla. Se llevó la mano a su inexistente pelo.
¿Qué estaba haciendo?
Con la respiración un poco más calmada volvió a encarar a la muchacha.
—Soy un amigo.
La vio teclear algo antes de volver a mirarlo.
—Lo siento, el paciente no tiene permitidas las visitas.
—¿Está bien? —la pregunta salió sin que pudiese frenarla.
—No lo sé y no podría decírselo tampoco. Lo siento.
La mirada de Tendou se deslizó hacia el suelo, decepcionado.
Se alejó del mostrador sin decir ni una palabra y arrastrando los pies al igual que su alma.
¿Qué demonios estaba haciendo? ¿En serio había creído que lo dejarían pasar así sin más?
Ni siquiera había pensado en esa posibilidad. Bueno, a decir verdad, ni siquiera había sido capaz de pensar. Tan solo se había echado a correr calle abajo, entrado en el primer taxi que vio y querer verlo en cuanto sus pies estuvieron dentro del hospital.
Su móvil comenzó a vibrar dentro de su chaqueta haciéndolo reaccionar.
—Semi-Semi.
—¡Satori! ¡Por fin me coges!
—Mm…—fue la afirmación que recibió el peliplateado.
—¿Estás bien? ¿Has podido ver a Wakatoshi?
El pelirrojo rio.
—Como si eso fuese posible, Semi-Semi.
—A veces se me olvida que Wakatoshi es un ser superior… lo siento—el silencio fue todo lo que recibió por respuesta—, ¿te han dicho algo por lo menos?
—No tienen permitido decir nada.
—Maldita sea. En internet tampoco hay noticias nuevas ni nada que diga que fue lo que ocurrió.
Se dejó caer en una de las sillas que había en la recepción mientras escuchaba a Semi-Semi hablar sin parar, teorizando que es lo que podría haberle ocurrido a su ex As.
—Llámame en cuanto sepas algo, Satori.
—Sí.
Y así finalizó la llamada.
Se quedó allí el tiempo suficiente como para que la luz del sol se ocultase por completo.
Sintió el paso de cada hora en sus hombros que cada vez se iban hundiendo más y más en el incómodo asiento. Miró hacia la puerta del hospital en el momento en el que alguien entró de golpe.
Sus ojos se abrieron de par en par al reconocer al hombre mayor que solo había visto en persona una vez el día de la graduación de Shiratorizawa.
Se levantó de un salto y su intención fue la de acercarse a él, pero se frenó. Probablemente el hombre estaba igual o incluso más preocupado que él y no querría que nadie lo molestase en ese momento.
No fue sino hasta un par de horas después que el mismo hombre se dirigía hacia la salida del edificio.
—Disculpe.
Dudó por un instante si realmente era quién creía, pero en cuanto lo miró y vio aquellos ojos, supo que estaba ante la persona correcta.
—¿Sí?
—¿Es usted Takashi Sorai?
—Sí, lo soy. ¿Y tú eres…?
—Soy Tendou Satori, amigo de su hijo.
—¡Ah! —exclamó. Se le notaba en la cara el cansancio del viaje— ¿Tú eres el amigo al que venía a ver Wakatoshi en París?
La pregunta lo golpeó de lleno.
¿Qué Ushijima venía a verlo?
Asintió levemente, confundido por aquella pregunta.
—¿Está bien?
El hombre suspiró.
—Sí, por suerte fue solo apendicitis. Me ha dado un buen susto. Lo operaron a tiempo antes de que derivase en algo peor.
Satori sintió la sangre volver a circular por sus venas.
—¿Llevas aquí mucho tiempo?
—Toda la tarde.
—Mañana lo subirán a la habitación y podrás verlo. No te preocupes—y dicho aquello le palmeó el hombro un par de veces con la intención de irse.
—N-no creo que me dejen hacerlo—atinó a soltar a tiempo.
Takashi sopesó aquellas palabras.
—Mañana les pediré que te dejen subir. Seguro que Wakatoshi se alegra. Al fin y al cabo, venía a verte.
La espera hasta el día siguiente le resultó a Satori una auténtica tortura.
Volvió a casa con suerte de coger el último metro que lo dejase cerca de su edificio. Le había entregado todo su dinero al taxista, pero conservaba un poco de calderilla con la que comprar un ticket.
El ambiente que le proporcionó su hogar al entrar, fue lo que le hizo ser consciente de su alrededor. Y con ello, se derrumbó allí mismo.
Sentía un profundo alivio mezclado con el amargo sabor de la preocupación. A su vez, estaba confuso. Confuso por sus acciones. Confuso por sus pensamientos. Confuso por sus sentimientos.
Se rodeó la cabeza con ambos brazos y se hizo una bola en la entrada de su hogar.
¿Cómo debía de aparecerse mañana ante Ushijima?
¿Qué le iba a decir?
¿Por qué… por qué venía a verlo?
—Tendou.
—¡Yo, Wakatoshi-kun!
—¿Cómo sabías que estaba aquí?
El pelirrojo se rascó la mejilla y giró la cabeza hacia un lado, inocente.
—¿Tengo que recordarte que eres famoso a nivel mundial, Wakatoshi-kun?
—Entiendo.
Y ahí estaba. El simple e imperturbable Ushijima Wakatoshi, tumbado en la cama de hospital, cubierto con una fina manta blanca.
Y ahí estaba Tendou. Controlando los nervios que le carcomían las entrañas.
Quería llorar. Con fuerza. Quería tirarse encima del cuerpo del hombre frente a él y abrazarlo como si hoy se acabase el mundo. Pero mantuvo la compostura y su máscara.
—¿Qué tal te encuentras?
—Adolorido.
—¿Quieres que llame a un médico?
—No.
El silencio reinó en la habitación. Ushijima no era la mejor persona con la que mantener una conversación.
Se acercó hasta la ventana y observó la ciudad que se extendía hasta la Torre Eiffel. Había pedido el día libre, así que hasta que no fuera tiempo de irse o lo echasen, permanecería allí.
—Semi-Semi y Reon estaban preocupados por ti.
—Debería decirles que estoy bien.
—Descuida, les dije que los llamaría tras venir a verte.
Recibió por respuesta un 'Um' junto a un asentimiento de cabeza.
—Te preguntaría por tu vida, Wakatoshi-kun, pero con tan solo buscar tu nombre en internet sale todo lo que necesito saber.
—¿Qué necesitas saber?
—Si sigues vivo, principalmente. Si has ganado otro torneo. Si sigues siendo el soltero más codiciado de Japón o si te has metido en alguna red del narcotráfico…
—Las drogas son ilegales, Tendou.
—Lo sé, lo sé, ¡pero es que no entiendo cómo puedes seguir creciendo a día de hoy! —la cara estoica del enfermo le indicó a Satori que no tenía ni la menor idea de lo que hablaba— ¡Según la Wikipedia, dice que mides 1,95cm! ¡1,95cm, Wakatoshi-kun! ¡Yo dejé de crecer hace años!
—Eres más alto que la media, Tendou.
—¡Pero en Shiratorizawa éramos iguales!
Parecía que la mención de su antiguo instituto tenía algún tipo de efecto sobre Ushijima.
—¿Wakatoshi-kun?
—Eran buenos tiempos.
El pelirrojo asintió con una sonrisa en la cara rememorando aquellos tiempos.
—Deberías haber venido conmigo a Estados Unidos.
Aquella frase lo tomó por sorpresa, aunque le resultaba extrañamente familiar.
—¿Por qué?
—Eras buen jugador.
—Ningún equipo me permitiría jugar como a mí me gustaba. Incluso al entrenador Washijo le costó aceptarme.
—Deberías haberlo intentado.
Tendou estaba completamente perdido. ¿A qué venía esa pena por no haberse ido con él a EE. UU de pronto?
—No estoy seguro de a donde quieres llegar, Wakatoshi-kun.
El conocido silencio apareció de nuevo, solo que esta vez, a Satori lo estaba desesperando.
—Fue extraño no tenerte a mi alrededor.
Por primera vez, el pelirrojo no supo que contestar.
—Tuve una sensación extraña durante cuatro años, que desapareció el día que te vi hace dos—el órgano que debía de bombear la sangre que debía de llegarle al cerebro a Tendou, había decidido pararse—. El año pasado planeaba hacer lo mismo porque tras irme me había vuelto a atacar aquella sensación, pero mi equipo me reclamó antes de tiempo—hubo una breve pausa—. Este año quería venir de nuevo—y lo miró—, y ahora que te veo, se ha ido otra vez.
Las larvas que llevaban dormidas esperando para salir de su cáscara y transformarse en mariposas, habían realizado la metamorfosis con perfección y ahora volaban libres dentro del estómago de Satori.
Sintió sus mejillas arder. Sintió su tensión arterial aumentar. Y sintió que respirar no era necesario para sobrevivir.
¿Cómo iba a sobrevivir tras aquellas palabras?
—¿A ti también te pasa, Tendou?
¿Qué si a él también le sucedía? ¡Por supuesto! ¡Durante todos los días que habían pasado tanto juntos como separados! ¡Le dolía el pecho por no saber de él! ¡Le dolía incluso más cuando lo veía en alguna entrevista en televisión! ¡Por Dios!
—D-deberías consultarlo con un médico, Wakatoshi-kun…
—Lo he hecho—si antes a Satori no le bombeaba el corazón, ahora necesitaba que la tierra se abriese a sus pies y lo tragara—, y todos me han contestado lo mismo.
—¿El qué?
—Que estaba enamorado.
Satori era una persona enérgica con el que jamás habrá tiempo para aburrirse. Algunos -como Semi Eita- lo calificaban como alguien hiperactivo con algún que otro pequeño problema mental, pero ahora mismo, en este preciso instante, Tendou Satori, temido antiguamente por ser el Guess Monster, estaba sufriendo lo que se conoce en términos médicos como shock.
No sabría decir con exactitud si era un shock mental, pulmonar, cardiogénico o anafiláctico.
No lo sabía porque pensar no era una función funcional de su cerebro en ese preciso momento.
—¿Tendou?
Tendou_ has stopped working… please, restart the system.
—N-necesito salir un momento.
Y dicho aquello, huyó literalmente de la habitación.
Llegó hasta el final del pasillo donde se apoyó contra el alfeizar de la ventana que mostraba el otro lado de la ciudad.
Su respiración errática junto con sus pensamientos lo hicieron colapsar.
¿Qué acababa de decir Ushijima? ¿Acababa de, literalmente, confesarse?
No, no, no. No podía ser eso, tuvo que entenderlo mal. Eso no podía estar sucediendo.
Pero Wakatoshi era un ser simple. Un ser de luz incapaz de realizar alguna maldad.
Dudaba incluso de que alguna vez hubiese mentido, ¿entonces por qué? ¿A qué venía eso?
Satori sudaba, a pesar de ser veintitrés de diciembre con una temperatura exterior de tres grados centígrados. La velocidad de pensamiento superaba a la de procesamiento, provocando así un cuello de botella en su cabeza incapaz de funcionar correctamente.
¿Qué demonios iba a decirle? ¿Qué carajos iba a responderle?
Se forzó a caminar de vuelta a la habitación. Tendou Satori podía ser muchas cosas, pero entre ellas no estaba la de ser un cobarde que huye de los problemas. Y, por mucho que se esforzase en buscar una respuesta a sus interminables preguntas, era incapaz de encontrarlas.
Abrió la puerta sin detenerse a pensar y se deslizó hacia el interior. La mirada del peli oliva lo acompañó desde la entrada, pero se mantuvo en silencio.
—Wakatoshi-kun—dijo tras unos minutos en completo silencio—, ¿tienes idea de lo que significa estar enamorado?
—Sentir atracción por alguien.
Le dio la espalda.
—Es algo mucho más complicado que eso, Wakatoshi-kun—y apoyando la mano contra el ventanal, dejó salir un suspiro—. Querer a alguien es... es problemático.
—¿Por qué?
—Porque la gente es compleja, el mundo es complejo...
—Pero para el amor no hay obstáculos.
Satori rio.
—No debí de haberte dejado aquellos mangas shojo. La vida no es como la pintan en ellos, Wakatoshi-kun, todo es demasiado difícil en la vida real.
—¿Por qué sería difícil decir lo que uno siente?
—Porque no todo el mundo es tan simple y sincero como tú. E igualmente, ¿no te ha costado seis años averiguarlo?
Lo encaró de nuevo. Vio como el jugador sopesaba sus palabras.
—Pero lo he conseguido.
—¿Y ahora qué?
No quería sonar mal. No quería parecer enfadado. No quería que él viese su lado más realista, aquel que lo machacaba constantemente haciéndole ver lo inútil, raro y monstruoso que realmente era. Y mucho menos quería pagar su frustración con él.
—Ahora es cuando me dices que es lo que sientes tú.
¿Lo que sentía él?
¿Qué sentía él?
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque es algo que llevo negando mucho tiempo—y dicho aquello, Satori dio por finalizada aquella conversación, dirigiéndose hacia la puerta—. Nos vemos, Wakatoshi-kun.
Cerró la puerta a sus espaldas sin mirar atrás.
Las lluvias de los últimos días habían ayudado a que las flores comenzasen a florecer fuertes y brillantes. Atrás quedaba el frío invierno donde los árboles posaban desnudos, dando paso a los primeros capullos en flor.
Habían pasado meses. Meses en los que Tendou Satori se abstrajo del mundo. Un mundo que no dejaba de avanzar, de seguir adelante a pesar de los constantes problemas que azotan a la raza humana. Muchos provocados por ellos mismos, pero que no les ponen solución o no quieren hacerlo.
El pelirrojo escuchaba lejanamente las noticias que hablaban sobre las alteraciones que traía el cambio climático sin hacer demasiado caso y solo centrándose en la tarta nupcial que tenía que terminar.
Las ojeras adornaban sus ojos. Violetas. Signo de que llevaba arrastrándolas mucho tiempo. Sus hombros en constante tensión y las uñas de sus manos hacía tiempo que habían dejado casi de existir.
Camile, maestra pastelera y dueña del local, lo observaba en silencio mientras el pelirrojo cortaba con precisión las piezas de fondant para los detalles de la tarta.
Conocía a Tendou desde hacía varios años. Había comenzado a trabajar para ella desde que se lo encontró en una tienda donde vendían todo tipo de objetos para la repostería. Su primera impresión de él fue la de alguien perdido, alguien que tiene claro sus metas, pero no sabe cómo alcanzarlas.
Tal vez vio en él esa chispa de curiosidad, de emoción por intentar conseguir algo y le agradó haber sido aquella persona que le brindó la oportunidad de intentarlo.
Siempre notó que al pelirrojo lo envolvía un muro invisible. Algo que impedía llegar hasta él. Pero no era sino hasta ahora, que aquella distancia que siempre había interpuesto con las personas, se había hecho tan grande que resultaba imposible acercársele.
Era humano, y como tal cometía errores, pero venían siendo demasiados y cada vez más inexplicables con su experiencia.
—Satori—lo llamó—, el cliente quiere poner las figuras en la segunda repisa de la tarta, ¿por qué estás colocando las flores ahí?
Cesó todo movimiento de manos y se quedó mirando su trabajo.
—No sé que habrá ocurrido, pero deberías tomarte un descanso. Llevas meses así, Satori. Esto tiene que terminar.
Con lentitud, se llevó las manos a la cabeza para coger el gorro que lo caracterizaba y quitárselo. Lo posó a un lado de la tarta y se fue de allí dejándolo atrás.
Salió del local aún con el delantal y el uniforme puesto e hizo el camino que ya se sabía de memoria de vuelta a su hogar.
Se tiró en el sofá en cuanto estuvo lo suficientemente cerca como para dejarse caer. Lograba respirar a duras penas mientras estaba boca abajo, pero ahora mismo no le importaba demasiado.
Todo estaba mal. Todo estaba terriblemente mal.
Había vuelto a caer.
Después de todo lo que le había costado escalar aquel precipicio y establecerse en la parte segura, se había aventado de nuevo al abismo. Y lo peor es que ahora mismo no tenía ni fuerzas para volver a subir.
Tres malditos meses habían pasado.
Tres meses luchando contra sus pensamientos.
Tres meses diciéndose una y otra vez que no podía hacerlo.
No podía. Simplemente no podía hacerlo. No podía ser tan egoísta.
No podía arrastrarlo junto a él. Tenía que seguir siendo libre, continuar brillando como la estrella que era, no quedarse al lado de alguien que no sabe ni cómo tratar con sus demonios internos.
Aún así, aún sabiendo que era lo correcto...seguía recordando e ilusionándose con el día en el que él, Ushijima Wakatoshi, le había confesado lo que sentía.
Lo había hecho sin ningún tipo de reparo ni miedo. Simplemente había soltado lo que le llevaba tiempo rondando por su mente y no había tenido oportunidad de decir. ¿Y él? Él llevaba años sintiendo todo aquello. Desde casi el mismo día en el que lo conoció en su primer año en Shiratorizawa.
Su primera impresión había sido que Wakatoshi era alguien demasiado serio para su edad. Luego había cambiado de parecer cuando había visto que el muchacho tenía serios problemas a la hora de socializar, muchos más que incluso él por su horrendo aspecto.
Más tarde, cuando hubo pasado un tiempo y se había unido al equipo de voleibol, vio que el siempre serio y estoico Ushijima era un As nato en aquel deporte. Eso y que derrochaba pasión por cada poro de la piel al golpear con su mano izquierda el balón.
Supo entonces que tenía que luchar. Que debía esforzarse por hacerse titular en el equipo para jugar a su lado. Él lo protegería, ya fuera de la gente que quisiese aprovecharse o de los rivales que quisiesen derrotarlo.
Pero llegó el día en el que no pudo mantener su promesa interna. Llegó el día en el que perdió.
Y tuvo miedo. Miedo de perderlo. Miedo de separarse de él. Miedo de no volver a verlo.
No le importó ni lo más mínimo la derrota contra el Karasuno. No le importó lo más mínimo los reclamos del entrenador o los lloros del resto de equipo. Sólo le importó el tiempo que pasó a su lado y que, en aquel preciso instante, había terminado.
Adiós, mi paraíso.
Adiós, Ushijima Wakatoshi.
Se había sentido tan vacío, tan mal, tan solo de nuevo... que buscó desesperadamente por todos los medios alejarse de allí. Y lo había logrado. Durante cuatro años había sabido de él por los medios de comunicación e internet. Hasta el día en el que se lo encontró cara a cara de nuevo y todos sus esfuerzo por ocultar sus sentimientos se habían ido al traste.
Pero esta vez había sido tan diferente porque al muy... no se le había ocurrido otra cosa que hablar directamente de sus sentimientos y él, que nunca tuvo idea de que Ushijima era capaz de sentir lo mismo, no supo qué hacer.
Y huyó. A pesar de nunca haberse considerado un cobarde y enfrentarse a cada problema que le venía de frente, huyó de sus propios sentimientos.
Había salido de aquella habitación con un "nos vemos" que nunca se cumplió.
No volvió a verlo. Ni siquiera fue a despedirse cuando le dieron el alta. Nada. No podía mirarlo a la cara. Porque si lo hacía... si lo hacía vacilaría. Y si vacilaba, entonces perdía. Wakatoshi perdería su libertad.
Había pasado la mayor parte de su vida solo, apartado de la gente porque le temían. ¿Cómo iba a quedarse al lado de alguien al cual la gente idolatraba? Tan solo sería un estorbo, un problema y no quería.
Wakatoshi tenía que seguir brillando como la estrella que era, no podía opacar su luz con su oscuridad.
Por eso llevaba tres meses en aquel estado deprimente, porque tenía la lucha constante en su cabeza de entre lo quería y lo que debía de hacer.
Semi-Semi lo había llamado hacía un par de semanas para contarle algo sobre Ushijima. Algo como que el As de los Schweiden Adlers no estaba bien.
Algunos comentarios en los foros decían que era un periodo 'de baja forma'. Otros afirmaban que no lo habían operado de apendicitis hacía tres meses, sino que cargaba con algún tipo de lesión que querían ocultar. Y otros con una mente un poco más intensa, decían que se debía a una relación secreta que había ido mal.
Semi-Semi le había preguntado por ello directamente, y ahí había sido el momento en el que Tendou supo que el de cabellos plateados lo había sabido desde siempre y que no podría ocultárselo por más tiempo.
Se había desahogado con él. Le había dicho todo lo que había pasado en la habitación del hospital, todo lo que había sentido desde hacía años y el porqué había escapado.
La respuesta del contrario fue la de reírse de él. Burlarse de su estupidez e insultarlo por no ser capaz de ver la realidad.
—¿Tú crees que a Wakatoshi le importará lo más mínimo que tengas miedo de perjudicarlo? ¡No, Tendou! ¡Deberías saber a estas alturas que la mente de Wakatoshi es el mecanismo más simple que existe! —le había espetado por teléfono nada más terminar de escuchar sus lamentos, totalmente desesperado por las tonterías que acababa de escuchar—. Y si aún por encima ha expresado que está enamorado de ti, ¡no necesitas nada más que decirle que te sientes igual! ¡No lo va a entender a no ser que se lo digas tal cuál!
Tal vez tenía razón.
—¡Mira lo que has provocado!—y le había enviado un mensaje donde aparecía un enlace a una de las noticias sobre el peli oliva—. Está tan perdido que ha afectado a su trabajo al igual que a ti, ¿y no era precisamente eso lo que querías evitar, Tendou?
Era un imbécil. Un auténtico gilipollas.
Se levantó del sofá y se preparó para lo que debía hacer.
Debía admitir que el aire de Tokio era diferente. Puestos también, debía admitir que se sentía terriblemente nostálgico por volver a su país después de tanto tiempo.
Satori no era una persona demasiado emotiva, pero su tensión arterial se le había disparado en cuanto sus pies tocaron suelo nipón.
Había sido un viaje agotador, y teniendo en cuenta todo el cansancio que llevaba acumulando todo aquel tiempo, estaba prácticamente muerto.
Ahora que se encontraba en medio del tumulto de gente que esperaba con falsa tranquilidad ver aparecer su maleta por la cinta corredera, se arrepentía de no haber avisado a nadie.
Cuando se presentase frente a Semi-Semi estaba seguro de que lo iba a matar. Y tendría toda la razón del mundo a decir verdad.
Recogió su equipaje y salió del aeropuerto rumbo al hotel donde permanecería las próximas diez horas durmiendo e intentando sobrellevar el jet lag.
Todavía sentía dolor donde Semi-Semi le había golpeado al verlo apoyado contra una farola frente a su lugar de trabajo. Y aún se sentía terriblemente emocionado tras el abrazo que le había propinado segundos después.
—Semi-Semi, te has ablandado con el tiempo.
—Cállate.
Y tras aquella emotiva reunión, Tendou le explicó el motivo de su viaje.
Le contó acerca del plan que quería llevar a cabo y el peli plata había arrugado el entrecejo al escuchar que necesitaban la ayuda de otra persona.
—Necesito su ayuda, Semi-Semi, ¡es el único que puede hacerlo!
—¡Hace años que me libré de sus constantes lloros y de ver su ridículo peinado de seta!
—¡No seas tan malo Semi-Semi! ¡Aquí nadie se metía con tus extravagantes gustos por la moda!
—¡¿Qué?! ¡¿Cómo que nadie se metía con eso?! ¡Prácticamente querías quemarme todo el armario!
—¡Era por una buena causa!
Fuese un fracaso o un éxito su misión, por tan solo esa interacción, el viaje había merecido la pena.
Nunca se había dado cuenta de cuán importantes se habían hecho sus amistades en su vida con sus antiguos amigos de instituto.
El primer paso del plan era contactar con Tsutomu Goshiki, el kohai más problemático del Shiratorizawa.
No había sido complicado hablar con él, es más, había resultado tan sumamente sencillo que dudaba de que el menor fuese consciente de la posición en la que se encontraba.
Como jugador de primera división de un equipo de voleibol, Goshiki seguía siendo aquel niño enérgico con la única meta de derrotar a su mayor rival y senpai de toda la vida.
Había trabajado duro sí, pero su objetivo estaba lejos de cumplirse, aunque eso no minaba la moral del peli azul.
—¡Tendou-senpai, Semi-senpai!—había gritado y sacudido los brazos desde que se había bajado del metro. Si no fuese por su inconfundible voz, sumado a su altura y los extraños gestos que hacía, ninguno de los dos mayores se hubiera dado cuenta de que era él.
—¿Goshiki?—la pregunta había acudido rauda a la mente de Semi-Semi cuanta menos distancia los separaba— ¿Tsutomu Goshiki?
El susodicho terminó por recortar el trayecto que le faltaba hasta llegar donde sus antiguos senpais y se quitó la mascarilla junto a las gafas de sol que portaba, dejándose solo puesto la gorra negra que escondía su característico pelo azul recortado en forma de tazón.
El menor se paró frente a ellos realizando una reverencia de noventa grados perfectos.
El peliplateado empezó a mirar hacia su alrededor esperando que la gente no se fijase demasiado en ellos mientras le pedía una y otra vez al peli azul que se incorporase. Mientras, Tendou no hacía más que mirarlo alrededor, como si Goshiki fuese un animal extraño en exposición.
Fue una reunión agradable donde el menor les contó todo el esfuerzo que había tenido que realizar desde que ellos se fueron de Shiratorizawa hasta el momento actual. El peli azul había madurado en lo que respectaba a sus constantes cambios de humor con relación a sus habilidades, pero no había cambiado nada en cuanto a su forma de ser. Seguía siendo infantil, alegre y risueño. El mismo terremoto que asolaba con cualquiera que se le pusiese por delante.
—¿Ushijima-senpai?—se llevó a la boca un trozo del tiramisú que se había pedido en la cafetería en la que se encontraban los tres—. Hablo con él a menudo, ¡es mi rival a batir! pero...—el menor giró la cabeza hacia un lado en señal de confusión—, creía que vosotros dos seguíais siendo amigos—Satori se limitó a sonreír de vuelta. A ojos de los demás ambos siempre habían estado juntos, por lo que sorprendía más que no hubiesen mantenido el contacto con los años que lo contrario. Iba a pedirle a Tsutomu que lo ayudase, pero el menor metió la mano en uno de sus bolsillos y sacó su teléfono movil—. Aquí tienes su número. Suele entrenar todos los días en el gimnasio de Koganei, en Kodaira.
—¿Podrías hacerme otro favor, Goshiki-kun?
Los cerezos en flor que había en el parque le daban un aspecto tan idílico como todos los animes y mangas que había visto y leído a lo largo de toda su vida.
Aquello era una de las pocas cosas que le acercaban a su país mientras vivía en Francia. Incluso lo habían ayudado en el proceso de aprender el idioma. Eran bastante raro encontrar alguna librería que pudiese ofrecerle una gran variedad de mangas, pero eso solo conseguía animarlo a buscar mejor.
Observó a las diversas personas que paseaban o hacían deporte a su alrededor. Era un sitio bastante extenso que se encontraba justo al lado de del gimnasio municipal.
Sentía su corazón bombear con fuerza y rapidez, las palmas de sus manos le sudaban y le resultaba completamente imposible estarse quieto. Si así era como se sentía uno antes de dar una noticia importante, entonces esperaba ser de las pocas veces que tuviese que hacerlo.
Pasaron unos cuantos minutos más hasta que se quedó sin aliento.
Allí. Al fondo.
Trotando. Tranquilo.
Él.
Ushijima Wakatoshi se acercaba a su propio ritmo hacia su posición. Y a pesar de que lo sabía, porque al fin y al cabo lo había planeado él mismo, no podía evitar sentirse nervioso al verlo aproximarse.
Lo vio empezar a descender el ritmo cuando empezó a acercarse. No hubo ningún cambio en su monótona y conocida expresión, pero sí que sintió que algo diferente en él.
—No soy la persona que esperabas ver ¿verdad, Wakatoshi-kun?
—Tendou.
Tan simple como decir su nombre era la forma de saludarlo tras un 'nos vemos' pasado hacía unos meses atrás que jamás se había llegado a cumplir. Hasta ahora.
—Por lo que veo ha ido bien la recuperación post-operación.
—Sí.
—¿Todo bien?
Hubo una pequeña pausa.
—Ahora sí.
Aquella respuesta lo hizo temblar de pies a cabeza y se removió en su sitio, manteniendo sus manos metidas en los bolsillos como medida de protección. Sentía la ansiedad carcomerlo por dentro.
Todas las personas que hubiesen tratado con aquel hombre de metro noventa y cinco, sabrían lo complicado que podía llegar a ser entablar una conversación fluida con él, y Tendou después de tantos años, se había olvidado del detalle de tener que decirle las cosas tal y como eran si quería obtener una respuesta con el menor número de malos entendidos posibles.
A aquello había que sumarle que él tampoco era el ser que mejor hilaba las conversaciones o que pudiese mantenerlas, y si aun por encima era sobre algo como sus propios sentimientos, entonces aquello resultaría una batalla mucho peor que la que ocurrió en la cuarta guerra ninja en Naruto Shippuden.
—Estoy aquí para darte una respuesta a lo que me dijiste en el Hospital, Wakatoshi-kun.
Asintió con la cabeza.
—Sí—el jugador profesional se mantuvo en silencio—, llevo años sintiendo lo mismo que tú, pero...—lo dijo sin pensárselo más—, no creo que estuviese bien.
Lo miró a la cara en busca de algún cambio. No lo obtuvo.
—No creo que estuviese bien negarlo por tanto tiempo y haberme ido sin más. Lo siento.
—Entiendo.
Satori rio levemente. Todavía no había terminado de explicarse.
—¿Qué es lo que entiendes, Wakatoshi-kun?
El hombre se quedó en silencio durante un momento, sopesando sus palabras. Ushijima no era demasiado extenso a la hora de hablar a pesar de poseer un lenguaje bastante rico, según los profesores de literatura. Pero se tomaba su tiempo para elegir siempre las mejores palabras. O lo que él consideraba adecuadas a la situación.
—Entiendo que te disculpes tras haberte ido sin más.
—¿Estás molesto?
—...
—¿Wakatoshi-kun?—y se inclinó delante de él para mirarlo a los ojos que había desviado hacia el suelo. Tendou rio internamente, le gustaba saber que podía dejar sin palabras al gran Ushijima Wakatoshi.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque estaba convencido de que me darías una respuesta—el pelirrojo sintió un pinchazo de culpabilidad en el pecho. Tenía toda la razón—. Semi me dijo que debía de ser claro con mis sentimientos.
¿Espera... qué?
—¿Qué acabas de decir, Wakatoshi-kun?
—Cuando hice escala en París hace dos años, le pregunté a Semi sobre tu lugar de trabajo—a Satori las piezas del rompecabezas no le encajaban del todo—, antes de decírmelo me preguntó sobre lo que pensaba de ti y dependiendo de mi respuesta, me lo diría o no.
—¡El maldito de Semi-Semi lo sabía todo desde el principio!—exclamó mientras agitaba sus brazos en el aire una vez todo tuvo sentido en su mente—¡Fue todo un plan suyo!
Y recordó la conversación por teléfono que habían tenido unas semanas antes y que lo habían empujado a viajar a Japón.
—¡Estoy seguro de que hizo algún tipo de ritual satánico para que te diese apendicitis en pleno vuelo!
—No creo que eso sea posible, Tendou.
—¡Todo es posible para él!
Y mientras Satori estaba centrado en pensar mil maneras de las que vengarse de su peli plateado amigo, Ushijima no perdió el tiempo y le agarró uno de sus brazos, haciéndolo detener por completo su verborrea.
—Tendou—su voz salió suave -pero firme- de su boca—, no tengo mucho tiempo.
—Me gustas, Wakatoshi-kun—admitió por primera vez en su vida—. Llevas gustándome desde que comprendí el tipo de persona que eras. Desde que supe que no te importaba como fuese una persona físicamente, desde que aceptaste leer los mangas que te dejaba en tu habitación, desde que te fijabas en pequeños detalles como que me gustaba comer el helado de chocolate tras los entrenamientos fuese verano o invierno. Me gustas por ser tan perseverante y luchar por tus sueños. Me gustas porque eres increíblemente simple y perfecto a la vez. Me gustas por un montón de cosas más que no sabría describir bien—paró para coger un poco de aire—. Pero, sin duda, me gustas porque eres tú, mi chico milagro.
Nunca.
Jamás.
En ningún momento de su vida se había sentido tan pleno como en aquel preciso instante.
En ese momento en el que por fin había podido verbalizar, darles forma, color a sus sentimientos.
Y olor.
Porque Wakatoshi olía a una mezcla entre desodorante, réflex y su propio aroma.
Y sabor.
Porque los gruesos labios de Wakatoshi sabían menta.
Y así, tras unos cuantos segundos, en los que miles de preguntas fueron respondidas sin decir ni una sola palabra, ambos jóvenes sellaron un pacto de amor que debía de crecer, madurar y superar las diferentes diversidades que se les presentarían de ahora en adelante.
FIN
