Contra todo pronóstico el clima estaba horrible. La tarde pintaba fatal por los nubascones que habían en el cielo y el sol oculto detrás de estos. En el estado del tiempo habían dicho que no llovería, pero era avidente que se habían equivocado. Pronto las calles fueron azotadas por el agua que caía en picada desde las nubes. Los suelos se empaparon, las personas tuvieron que correr para encontrar asilo, la oscuridad provocada por la lluvia se reflejó en los grandes charcos de agua del piso.

Draken terminó de recoger sus cosas y se disponía a virar el cartel de su tienda de motocicletas. Hoy cerraría más temprano, con ese aguacero nadie vendría, además de que la lluvia siempre le había dado sueño. Caminó por todo el recibidor del local y cuando estuvo frente a la puerta se dispuso a realizar la acción por la que había abandonado su puesto.

Entonces la vio, a una muchacha parada en el medio de las desiertas calles, totalmente descalza, con sus ropas y largos cabellos castaños entripados en agua; tenía algo parecido a un maletín y sus tacones tirados frente a ella. La chica parecía estar gritando algo a todo pulmón, porque aún detrás de él cristal, Draken pudo escuchar vagamente sus palabras.

Ken parpadeó consecutivas veces sin dar crédito a lo que veía. Si no se moría de hipotermia, un carro la arrollaría. Si que había gente loca en ese mundo. Se dió media vuelta con el objetivo de ir a su cama y terminar ese pacífico de una forma tranquila, dispuesto a ignorar a esa joven.

Solo debía caminar.

Pero no podía.

—Joder, que si no se muere de hipotermia la va a matar un carro, no hay dios que vea con esta lluvia —farfulló sus pensamientos. Suspiró, rindiéndose. Volvió a girarse en el lugar y con cuidado abrió la puerta del local. El frío viento le golpeó la cara y se maldijo una y mil veces por ser tan amable.

—¡Lluvia, detente! —exclamó la castaña, con todas sus fuerzas. Tomó aire, y cuando se hubo recuperado volvió a gritar: —¡Lluvia, detente!

—¡Hey, tú! —llamó Draken, hastiado por el puñetero clima.

La chica lo miró, deteniendo en seco su siguiente grito. Se apuntó a sí misma en señal de pregunta y abrió ligeramente su boca con duda.

—¡Si, tú! —contestó Draken, obvio. Apuntó con su dedo índice el interior de su tienda—. ¡Te vas a morir ahí fuera, entra!

Tras aquella demanda, la chica miró a su lado en todas las direcciones. Al parecer si le decía a ella. Tenían que hablar en voz alta porque el sonido provocado por la lluvia les impedía oír con precisión.

—¡Mi madre me enseñó a no confiar en desconocidos! —refutó, tras unos segundos, negando rotundamente con su cabeza, como si fuera una niña pequeña.

—¡Si esa es tu decisión! —dijo Draken, dispuesto a cerrar la puerta de la tienda.

Mas antes de que el varón pudiera culminar su acción un brillante relámpago surcó los cielos, y acompañado de él llegó un potente trueno que pareció caer justo al lado de la fémina, quien dio un pequeño brinco en el lugar asustada.

Fue casi como un milagro que no haya impactado sobre su persona. Osea, se encontraba descalza sobre el piso mojado, llena de agua, sin nada más alto que ella a su alrededor. ¡Por dios, solo le faltó un cartel que dijera: Relámpago, vuélame la cabeza!

—¡Espera! —gritó la castaña, recogiendo sus cosas a gran velocidad para correr con dirección al pelinegro.

Estando ya dentro del local apretó sus cosas contra su pecho y observó a su salvador, esperando alguna orden. Había ido allí por puro instinto de supervivencia.

—Esto... —comenzó, mirando apenada a Draken.

—Quédate quieta y no toques nada —dijo él, dándose media vuelta—. Ponte los zapatos, aún bajo techo corres riesgo de ser partida a la mitad por un trueno. No quiero cadáveres en mi tienda.

Ella asintió e hizo caso omiso, observando como el mayor se alejaba lentamente de allí. Lo vio perderse en un gran pasillo que llevaba a otra puerta, pero esta era de madera, distinta a la de la entrada, estando frente a ella la abrió y se adentró.

Trasncurrieron unos exacasos minutos. Aunque ella quería tomarle la palabra al varón y seguirla al pie de la letra, la parte curiosa en su interior la obligó a dar vueltas por todo el lugar examinando con cuidado cada detalle. Primero pasó por un muestrario de motos, habían dos o tres afiladas y todas tenían muy buena pinta; luego pasó por el mostrador, allí no había mucho que ver, solo lo típico: la caja registradora, algunas imágenes de las mejores motos sobre la madera y algún que otro papel; por último dió a parar a una pared, una que tenía varios marcos con fotos colgadas.

Se abrazó a sí misma cuando el calor de aquel lugar la golpeó recordando que ella estaba cubierta de agua y el cambio tan brusco de temperatura la tenía tiritando. Trató de controlar su respiración y de calmar su frío, pero sus ropas mojadas que se pegaban a su piel no ayudaban en nada.

Necesitaba una distracción, y la encontró en aquellas fotografías. La primera era del dueño del lugar, estaba acompañando por un chico mucho más chiquito que él —en estatura—, ambos eran rubios, aparentaban tener unos catorce; se les veía muy amigos, haciendo un signo de paz a la cámara con una gran sonrisa en sus rostros. La segunda era de ellos dos, pero se le añadía otro muchacho, este estaba siendo atrapado por el brazo de Draken, quien se encargaba de revolverle los cabellos mientras reía, a su lado estaba el mismo de la fotografía pasada, con un semblante más ligero y contento; ahí parecían un poco mayores, tal vez de veinte años. La tercera era de una chica, una muy hermosa, de radiantes ojos dorados y mirada enamorada, ella se encontraba apretando el brazo de su acompañante, sin importarle la expresión molesta que este se empeñaba en poner; allí aparentaban tener quince. La última era un poco peculiar, solo eran seis niños con uniformes y una bandera, como si fueran una organización, posando con lo mejor que tenían para quedar muy cools.

La chica sintió la puerta abriste y sacó la vista de aquellos cuadros para ponerla en el pelinegro, que se acercaba con varias telas entre las manos.

Ya frente a frente, Draken le extendió las ropas que había escogido para ella, esperando que la muchacha las recibiera.

—Ten, son una camisa y un short, Lamentablemente no tengo ropas de mujer, tendrás que conformarte con esto —le dijo, de forma seria.

La castaña lo observó unos minutos y luego dejó escapar par de carcajadas.

—¿¡Qué es tan gracioso!?

—Perdón. —Se tranqulizó un poco, para mirarlo nuevamente. Dibujó una gran sonrisa en su rostro y extendió sus manos para recibir la ropa—. Es que quieres parecer rudo y malo cuando en realidad eres muy amable.

—Ahí hay un baño, puedes cambiarte y tardar todo el tiempo necesario —explicó, apuntando detrás del mostrador. Ignoró a propósito las palabras de la individua porque, aunque le llamaron la atención, no iba a discutir de ello con una completa desconocida.

—Muchas gracias. —Ella corrió en dirección al baño sin mirar atrás. Estaba decesperada por quitarse esas ropas y ponerse algo seco.

Cuando le dio la vuelta al mostrador notó que —efectivamemte— había una puerta pequeña en la que no se había fijado cuando realizó el pequeño tour por el local. Ansiosa, le dedicó una fugaz mirada al pequeño y sencillo cuarto de baño que ahora mismo era su salvación. Agradeció que había pestillo, porque ponerlo la hizo sentirse más segura; no era que fuera una malagradecida, pero ese chico era un hombre, y como tal la ponía nerviosa.

Con cuidado comenzó a deshacerse de sus prendas mojadas. Sintió alivio y satisfacción al quitarse aquellas por completo, su cuerpo había ganado mínimo diez grados de temperatura. Miró el bultico que le había traído Draken y una sonrisita asomó en sus labios cuando notó que también había una toalla, a partir de ese día tenía un nuevo héroe. Se secó con cuidado cada rincón de piel de su cuerpo y cuando temrinó, aprovechó para empezar a vestirse.

Ya cálida y tibia en aquel gran pullover que le llegaba a las rodillas y aquel inmenso short que parecía se le caería si no se ponía un cinto, salió por completo del baño con el aura totalmente distinta, estaba más energética, como si la hubieran rejuvenecido. Se llevó ambas manos a la cintura y cerró los ojos, inspirando el aroma a café que había en el ambiente. Estaba en el éxtasis total, hasta que sintió algo hirviendo sobre su mejilla. Dejó escapar un quejido y retrocedió atropelladamente, lo que la obligó a chocar con la pared. Al alzar la vista vislumbró a Draken con una taza en la mano, carcajeándose por lo alto. ¿Ahora quién parecía un niño?

—Lo hice para tí, te ayudará a no enfermarte —dijo, calmándose un poco.

—¡No quiero! —exclamó, girando su rostro con un moflete inflado—. Mamá me dijo que no confiara en desconocidos, a lo mejor es droga. ¿Quieres drogarme para violarme? ¿Será que me quieres vender en el mercado negro? He oído que los riñones son carísimos.

—Oye, oye, ¿recién ahora te das cuenta?... —murmuró Draken, divisándola con los ojos achinados—. Estás en mi tienda, tu solita te metiste en la boca del lobo. ¿De verdad crees que si quisiera forzarte me hiciera falta drogarte?

La chica volvió su vista sobre el pelinegro, analizándolo. Era un hombre alto, veinticinco o más centímetros más alto que ella, a sus ojos parecía un gigante; tenía músculos bien formados, se podía ver en esos brazos tan trabajados, y como traía puesta camiseta ancha también tenía un poco de acceso a su pecho jodidamente sexy; la coronilla del asunto era ese tatuaje en la cabeza, siempre tener un tatuaje era signo de rudeza, los Bad boys tenían tatuajes, lo sabía ella y lo sabían todos, era de ley.

Tragó en seco y le arrebató la taza de café a Draken de entre las manos muy velozmente. Mirando de reojo al varón comenzó a dar pequeños sorbos al líquido, y cuando sus papilas gustativas degustaron aquello sintieron que estaban en el cielo.

—¡Muchas gracias! —Hizo una reverencia envuelta en llantos, exagerados llantos que provocaban que las lágrimas descendieran en cascada por sus mejillas—. Jamás voy a olvidar esto, es usted muy amable.

—Tranqulizate —ordenó Draken, vislumbrando como la castaña hacía una y otra vez la misma reverencia, hasta risa le dio la imágen. Era muy bipolar esa muchacha, primero lo trataba de violador y luego de héroe—. Me llamo Ryuguji Ken, pero puedes llamarme Draken.

—¡Yo soy Amaya! —respondió, colocando la taza vacía sobre el mostrados para hacer una pose de militar con sus manos—. Mis amigos me llaman Ame.

—Curioso.

—Si. —Se rascó el cuello forzando una carcajada—. Muy curioso.

—¿Por qué le estabas gritando a la lluvia que se detuviera? —inquirió el pelinegro, apoyando su codo y mano sobre la madera del mostrador.

—Mi hermano ama jugar fútbol, y hoy tenía un partido. Se suponía que el clima iba a ser perfecto, pero cuando salí del trabajo y vi el cielo me preocupé, y efectivamente, comenzó a llover.

—Debe jugar en una selección famosa.

—No que va, está en secundaria —confesó simple, restándole importancia al asunto.

—¿Te lanzaste a la calle a pedirle a la lluvia que se detuviera por un partido de secundaria? —cuestionó anonadado.

—¿Qué con eso? —Hizo un puchero—. Ya te dije que mi hermano ama el fútbol, el calibre del partido es lo de menos, lo realmente relevante es que juegue. Por eso le exigí al dios de la lluvia que arreglara el clima.

Draken no pudo evitar volver a romper en risas. La credulidad de la situación lo superaba. ¿A qué clase de loca había salvado? Todo lo exageraba demasiado.

—El dios de la lluvia existe, y se va enfadar contigo por reírte de él —reprochó Amaya, cruzándose de brazos—. Ya pararás de reirte cuando veas que la lluvia se detuvo.

—No hay forma de que la lluvia se detenga porque tú se lo di-

Las palabras de Draken se quedaron en el aire cuando alzó la vista, y por encima del hombro de Ame pudo ver algo que ella no. Se quedó mudo, sin poder completar su oración. Sus ojos no daban crédito a lo que veía, y tal y como ella había dicho, sus risas cesaron.

Amaya se volteó con el ceño fruncido buscando que había dejado a Draken de ese modo. Encontró la respuesta cuando, a través del cristal de la vidriera de la tienda, puedo ver que había escampado y por las nubes se colaban los rayos de sol, los cuales iluminaban la oscuridad que alguna vez existió en los charcos del suelo. Una inmensa sonrisa se dibujó en su rostro y correteó hasta llegar hacia el gran ventanal del lugar. Colocó ambas manos sobre el cristal y miró el exterior con entusiasmo.

—Mira, Draken, ha parado de llover —celebró con alegría, girándose para apuntar el cielo—. El dios de la lluvia está de mi parte.

El pelinegro caminó donde Amaya, y luego de divisarla girarse para volver a estampar su cara contra el cristal emocionada porque su oración había dado resultado, miró dónde ella había apuntado.

En el cielo azul se había dibujado un arcoiris, y ambos lo observaron uno al lado del otro, como si se conocieran de toda la vida. Así fue como Draken se encontró por primera vez con la chica de la lluvia. Y ese precioso momento solo fue el principio de una turbia pero increíble relación.

Aunque eso ya es otra historia.