La lluvia caía suavemente sobre ambos cuerpos bañados en sangre. Con agrias lágrimas en sus ojos se aferraba a un cuerpo casi sin vida mientras introducía sus colmillos en su cuello, buscando la forma de salvarlo.

Dejó salir un grito ahogado al ver como no habían resultados pese a haber clavado sus dientes en cada zona del cuello de su amado.

—N-no voy a dejar que te alejes de mi... —susurró mientras mordía su propia muñeca y la acercaba a la boca del joven de cabellos rubios que no reaccionaba. Las gotas de sangre simplemente se deslizaban por sus pálidos labios.

Gruñó desesperado al ver que tampoco surtía efecto. Sus pupilas se comenzaron a tornar de carmesí mientras succionaba sangre de su mano y unía sus labios con el moribundo joven para ayudarlo a tragar.

Un trueno iluminó la escena. La cabeza del joven rubio se quedó sin fuerzas y cayó sobre los brazos del castaño. Más lágrimas salieron de sus ojos sin poder aceptar la realidad a la que se enfrentaba de un momento a otro... ¿Realmente había muerto? ¿Lo había abandonado?

—¡No! —gritó enojado mientras acercaba el cuerpo sin vida a su pecho. —¡Vas a estar bien! ¡Vas a quedarte a mi lado!

La sangre de su amado de cabellos dorados rodaba por sus labios. Antes era dulce, ahora no tenía ningún sabor para sus papilas gustativas.

—P-por f-favor... —suplicó besando la mejilla del cadáver. —N-no me dejes... Quédate conmigo, Armin...

[... ]

Sus ojos se abrieron lentamente, nuevamente sin brillo y una amarga tristeza. Miró el techo sin ánimos de levantarse de la cama. Nuevamente tenía aquel sueño que más bien era un horrible recuerdo de hace muchos años. Suspiró y tapó su rostro con su brazo derecho mientras intentaba buscar otra cosa para pensar. Con pocas fuerzas se levantó de la cama y se dirigió al baño a tomar una ducha. Mientras el agua caía por su cuerpo repleto de cicatrices pensó en visitar a su única amiga esa misma mañana, después de todo no había mucho que hacer en su agenda.

Se colocó un atuendo abrigado de colores marrones para combinar con el clima frío de ese otoño. Una nueva estación que pasaba frente a él, donde lo único que podía hacer era recordar con pesar.

Tomó su cartera, teléfono y llaves y salió de su departamento.

Las calles estaba adornadas por delicadas hojas amarillas y anaranjadas que solo entristecian más el ambiente para él.

Una pequeña hoja cayó en su mano cuando pasó por el parque de la pequeña ciudad. Era hermosamente dorada, como el cabello de alguien a quien nunca sacaría de su cabeza y vida...

Guardó la pequeña hoja en su saco marrón y siguió con su camino hacia la casa de su amiga. Las personas con las que se cruzaba llevaban una sonrisa radiante en sus rostros, significativa de la temporada feliz en la que estaban. Él en cambio, mostraba un rostro frío con una mirada vacía que ignoraba todo a su alrededor, concentrado en sus propias luchas internas.

"—¡Sonrie! ¡Me encantas más cuando sonríes. "

Se detuvo en seco al escuchar aquella voz de su cabeza. En las últimas semanas escuchaba su voz más seguido incluso sin conciliar el sueño. Sentia que se volvería loco si continuaba de esa forma. Su único deseo era morir para encontrarse con él pero ni siquiera eso podía llegar a lograr.

Decidió seguir con su camino hasta que llegó a la pequeña casa de su amiga. Tocó el timbre y una mujer de cabello castaño y un vientre prominente le abrió la puerta.

—Jean... —susurró la mujer al verlo en el marco de su entrada con su típico semblante oscuro.

—Hola, Sasha. ¿Como estás?

—Muy bien, pero pasa, pasa, no te quedes ahí que está haciendo mucho frío. —la castaña abrió más la puerta y tomando su hombro lo invitó a entrar.

Jean tomó asiento en la sala y divisó una foto de sus amigos durante la guerra. Sasha, Connie y él... Sonreía con aquel típico sonrojo en sus mejillas... Tan hermoso como siempre lo veía en sus sueños.

—Pareciera que fue ayer que nos tomamos esa foto. —mencionó nostálgica la joven mientras tomaba asiento con dificultad debido a su vientre abultado.

—Han pasado casi cien años...

—Creo que es lo más irónico de mencionar. Ha pasado tanto tiempo y nosotros seguimos igual.

—Pero él no, está muerto. —dijo con un notorio resentimiento mientras colocaba la foto en la mesa donde la había encontrado. La castaña bajó la cabeza. —Dejando ese tema de lado. ¿Como has estado?

—Muy bien, el doctor dice que ya casi es hora de que nuestro pequeño manojo de travesuras salga de su escondite. —respondió mientras abrazaba con sus brazos su panza.

—Me alegro muchísimo por ti.

—Después de tantos años, finalmente cumpliré mi sueño de ser madre. —mencionó ilusionada. Jean enarco una leve sonrisa feliz por su amiga.

—¿Y como está el llorón de Niccolo?

—Emocionado y nervioso. Criar a un bebé sabiendo lo que somos será algo complicado pero estamos movidos por nuestro amor.

—¿Y has hablado con Connie? ¿Como le van en Alemania?

—Su boda será dentro de seis meses. Su trabajo progresa con resultados positivos. Su vida está avanzando llena de cosas hermosas; me siento feliz por él.

—Ya veo, finalmente abandonó la mente de la tierra con sus estupideces y está logrando cosas positivas.

—Si, Niccolo y yo lo visitaremos cuando el bebé y yo estemos en condiciones de viajar.

—Mandale mis saludos.

Sasha asintió sin muchos ánimos. Observó a su amigo profundamente y supo que nuevamente se encontraba agobiado por su pasado.

—¿Tu como has estado, Jean?

—No hay mucho que decir para ser sincero.

—Sabes, talves es momento de soltar el pasado y mirar hacia el brillante futuro. —mencionó nerviosa, con miedo de ser demasiado imprudente.

—Lo he intentado demasiadas veces pero no puedo. Ya no se si soy yo quien se aferra a él o es su memoria la que se aferra a mí.

—¿Las pesadillas volvieron?

—Cada noche lo único que veo en mis sueños es como no pude salvarlo. Como lo dejé morir. —el castaño apretó la mandíbula.

—No fue tu culpa. Ya era demasiado tarde para salvarlo...

—Yo debía protegerlo y en cambio lo dejé sufrir. Es justo que mi mente se vea atormentada de esta forma.

—Sabes que él jamás te haría daño. Incluso si no está a tu lado, él siempre quiso que fueras feliz.

—Pues creyó demasiado en mi. Sin él soy incapaz de vivir feliz.

Sasha sintió su corazón estrujarse al escuchar las palabras de uno de sus mejores amigos de la vida.

Ella era igual que él, poseían la misma maldición que los amarraba a la inmortalidad, sin embargo, él había sufrido demasiado, más que cualquiera que ella haya conocido.

Salió de sus pensamientos al ver como Jean se ponía de pie.

—Mejor me voy, no puedo permitir que te pongas triste por mi culpa. —Sasha se intentó levantar para detenerlo pero el la abrazó sin permitirle hablar. —Quédate ahí, yo estaré bien, lo prometo.

La castaña asintió con los ojos cristalizados y simplemente lo observó salir por la puerta de su casa.

[... ]

Había salido a caminar para tomar aire y quitar de su espalda el peso de sus agobiantes estudios y las extrañas pesadillas que habían comenzado a danzar en su mente desde hace pocas semanas.

Suspiró con cansancio mientras observaba caer lentamente las cálidas hojas de la temporada y cerró los ojos para estudiar el último sueño que había tenido la noche anterior.

—Llovía fuertemente~ —mascullo levemente para sí mismo. En su mente corrió el recuerdo de aquel escenario donde caían finas gotas de agua. —Era un bosque amplio y húmedo~

Jean caminaba por el mismo parque con la intención de hacer pasar el tiempo para no envolverse en la soledad de su departamento. Sus zapatos casuales movían las gruesas alfombras de hojas que marcaban los caminos del otoño.

—Había un chico de cabello castaño con uniforme militar~ —fruncio su entrecejo con una extraña sensación. —Me sonreía con confianza~

Una pequeña niña se acercó al de cabellos café y le sonrió como si lo conociera de años. Jean se agachó aceptando la hoja que la pequeña le ofrecía y siguió con su camino.

—De un momento a otro, mis manos se manchaban de sangre~ —las manos en sus rodillas comenzaron a temblar. —Él estaba igual de asustado que yo~

Observó la hoja de la pequeña y la guardó junto con la otra que había recogido esa mañana. Siguió con su camino, pensando en comprar un poco de café americano antes de volver a casa.

—Estaba en sus brazos, mi cuello ardía~ —pequeñas lágrimas se deslizaron por sus mejillas coloreadas por frío viento. —Su nombre... ~

Una violenta brisa lo hizo detenerse y mientras se incorporaba nuevamente sus ojos se abrieron al escuchar como una voz familiar gritaba su nombre.

—¡Jean! —abrió los ojos con más lágrimas cayendo por sus mejillas. Sus pupilas azuladas se clavaron en aquel castaño que lo observaba petrificado.

¿¡Que demonios está pasando!? Se preguntó a si mismo al verlo ahí, sentado con los ojos lagrimosos y una expresión de miedo.

Era él, estaba ahí justo frente a su persona. Habían pasado décadas enteras y de un momento a otro estaba ahí.

Como si se tratara de un simple instinto, corrió hacia él y lo acurruco en su pecho, el de ojos marinos se quedó congelado. Así pasaron durante pocos segundos hasta que la inseguridad del de cabellos dorados lo hizo salir de su hipnosis.

—S-señor... ¿Está bien? —preguntó.

—Si, contigo a mi lado estoy bien. —un sonrojo extremo se apoderó del rubio.

—Señor, ¿¡esta bien!? —con sus brazos temblorosos se lo quitó de encima y observó su mirada que parecía revivir con emoción. Se sentía extrañamente feliz y triste de estar a su lado.

—¿N-no me recuerdas, Armin?

—¿Conoce mi nombre?

—Por supuesto, jamás lo olvidaría.

—Lo siento... Yo no se quien es usted...

—Pero hace un momento mencionaste mi nombre... —algo hizo "click" en la cabeza del rubio y su mente se iluminó.

—Usted... ¡Es el de mi sueño! —dijo en voz alta más para si mismo que para su compañia. —Debo estar volviendome loco.

Jean tomó su mano y la llevó a su boca para darle un cálido beso. Armin soltó un pequeño gritito al ver las acciones de su acompañante al que acababa de conocer.

—No estás loco, son recuerdos de toda una vida. —mencionó y con su boca apartó levemente la manga de su camisa, dejando ver una cicatriz de dos hoyuelos. Armin soltó su cuerpo y dejó ser tocado por aquel hombre que le transmitía más que confianza. —Estas marcas... Demuestran que fuiste mío.

—No se quien es usted...

—No hace falta recordar en este momento. —dijo mientras se acercaba a su rostro. —Solo necesito que tengas la voluntad y la disposición de recordar...

Armin asintió sin conocer el peso de esa acción.

Continuará