Capitulo 1: En camino

–Me cago en la puta

El hombre se apoyo sobre el manillar de su motocicleta y observó el dantesco espectáculo que tenía delante de sus ojos. Sin apartar la mirada, tanteó el bolsillo de su pantalón hasta sacar el paquete de tabaco y meterse un cigarrillo en la boca. La luz llameante del mechero resplandeció brevemente frente a él.

Tras dar una larga calada, se sacó el cigarro de la boca y se mordió el interior del labio.

Había tardado casi dos horas en llegar. Dos horas para aclarar sus ideas, despejarse y sobre todo para asumir que probablemente tendría que ver y enfrentarse a cosas peores que las que había visto en Macon.

No pudo evitar que la respiración se le entrecortase mientras no quitaba ojo a lo que le ofrecían los dos últimos kilómetros de carretera antes de entrar a la ciudad, su objetivo. Aquel silencio sepulcral, aquel hedor… Parecía casi una puesta en escena preparada para rodar una película de terror.

Como si el mundo le estuviese dando una especie de advertencia.

Los carriles de salida de Atlanta se habían convertido en un desguace kilométrico de vehículos de la noche a la mañana; algunos cruzados en varios carriles, otros volcados, un par de ellos calcinados… Afinó la mirada, protegiéndose la vista del sol de media tarde y un escalofrío recorrió su cuerpo. Aquel improvisado desguace también se había convertido en un cementerio. Decenas de cadáveres yacían a lo largo de la autopista, friéndose y pudriéndose al sol o sirviendo de alimento a esas cosas.

–Joder –gruñó.

Si, los engendros también estaban allí, deambulando sin dirección conocida, atrapados en el interior de los vehículos o devorando a los que pronto serían sus nuevos compañeros de viaje.

Había tenido casi dos horas para procesar lo que implicaba aquella misión casi suicida y aunque estaba casi seguro de que iba a poder enfrentarse a cualquier cosa, pensar en el infierno que había tenido que ser haber estado en esa carretera, sin salida, sin opciones…

Su estomago se le revolvió durante unos instantes. Si hubiera tenido algo en el, probablemente lo hubiera vomitado.

Sacudió la cabeza para volver a centrarse y desvió la mirada a los carriles que iban hacia el otro sentido, el de entrada. En aquellos no había coches, ni cadáveres ni muertos caminando sobre el asfalto. Un autentico desierto. De nuevo otra advertencia. ¿En serio vas a tener los santos cojones de adentrarte en la ciudad?

Una mueca se dibujo en el rostro de Daryl e inmediatamente después dejo caer el cigarrillo al suelo para apagar la colilla con la bota.

–Al menos no tendré que aguantar ningún puto atasco –dijo para si antes de arrancar de nuevo su moto.

No había tiempo que perder. En unas horas se haría de noche y le sería aún más difícil encontrar el lugar. Además desconocía si la oscuridad volvía más engendros a los engendros.

–Calle Lovejoy esquina con Mills, calle Lovejoy esquina con Mills, calle Lovejoy esquina con Mills…"

Se había grabado a fuego en la cabeza aquella dirección y sin embargo la repetía una y otra vez, como si fuera una especie de mantra. No podía permitirse olvidar la localización del desconocido lugar. Era lo único que tenía.

–Por favor, que siga de una pieza –pensó para sus adentros mientras pisaba con ganas el acelerador.

Una de las últimas retransmisiones que había tenido la suerte de poder sintonizar en el televisor de casa habían sido los bombardeos de Atlanta. La imagen de aquellos helicópteros lanzando aquella especie de misiles entre los rascacielos de la ciudad era casi tan espeluznante como las terribles criaturas hacia los que iban dirigidos.

Si tuviera un Dios en quien creer, en ese momento le estaría rezando para que el sitio no estuviera ya en ruinas.


Se detuvo a las puertas de Atlanta. Ni un alma, viva o muerta, deambulaba por las calles limítrofes, pero sabía que debía andarse con ojo y no confiarse. La ciudad fantasma podía dejar de serlo en cualquier momento.

Tras investigar un poco la zona, decidió ocultar su moto tras unos enormes contenedores de basura en la parte de atrás de un comercio. Su medio de escape de aquel posible infierno debía quedar a buen recaudo.

Se mordisqueó la uña de su dedo pulgar. Los nervios le recorrían desde la cabeza hasta los pies. El plan había parecido sencillo antes de llegar: entrar en la ciudad, encontrar el lugar, sacarlas de allí y marcharse juntos por donde había venido.

Ahora mismo, solo, en aquel desangelado callejón, el plan parecía cualquier cosa menos fácil. Tenía la dirección si, pero no tenía ni puta idea de dónde podía encontrarse aquel lugar. Podía estar a dos calles de allí o en el otro extremo de la maldita ciudad.

Estaba a punto de sacar otro cigarrillo para tratar de tranquilizarse cuando escuchó aquel gruñido; seco, gutural y prolongado. Durante una milésima de segundo la sangre de todo el cuerpo se le heló.

Daryl levantó la vista y ahí estaba aquella criatura saliendo por la puerta trasera del negocio. En el momento en el que la mirada del vivo se cruzó con la del muerto algo en este último se disparó como un resorte. El gruñido monocorde se transformó en una especie de rugido seco, los pasos lentos y descompasados ganaron velocidad y los brazos muertos se levantaron en la dirección del hombre, su víctima.

Con nervios de acero, Daryl cargó una flecha en la ballesta y en el momento en el que estuvo listo, no dudó. El disparo certero a la cabeza del engendro eliminó la amenaza.

–A callar –gruñó.

Tras la muerte de la criatura se hizo de nuevo el silencio y durante unos instantes Daryl aguantó la respiración esperando a que apareciera alguna otra por la puerta del comercio. Nada. Resopló con alivió y con paso decidido se acercó al cadáver para recuperar la flecha que había utilizado.

De uno en uno y apuntando a la cabeza, aquellos bobalicones eran fáciles de eliminar.

–No como con Scud –pensó lúgubremente.

Aquel bueno para nada había sido el primero que Daryl había tenido que cargarse.


Poco antes del apagón total de los medios, la noticia de esa extraña enfermedad que se propagaba a velocidad alarmante era la principal en todas las cadenas. Programas especiales dedicaban horas a hablar de aquel misterioso virus. Otros teorizaban sobre la posibilidad de que fuera una nueva cepa de la gripe común. Otros iban más allá y hablaban sobre superbacterias mutadas que viajaban por el aire.

Daryl nunca terminó de prestarle la atención necesaria. Siempre supo que los medios hacían cualquier cosa por retener a su audiencia pero el meter miedo así a la gente… le daba ganas de vomitar.

Aún así no era estúpido, sabía que algo no iba bien.

Para tratar de calmar sus nervios, había apagado la televisión y salido al patio de su casa a fumarse un cigarrillo.

Un gruñido a su espalda le hizo sobresaltarse. Allí se encontraba Scud, un viejo amigo de Merle que en aquellos momentos necesitaba un lugar donde quedarse. Aprovechando que Merle no estaba, Daryl le había permitido quedarse en su habitación. Scud siempre habia sido un tipo peculiar, casi siempre puesto hasta las cejas de cualquier mierda que llegaba a sus manos pero siempre inofensivo.

Aquel día no había salido de su habitación. Daryl supuso que debía estar tratando de pasar el mono así que decidió dejarle tranquilo.

De aquellos eternos instantes, Daryl sólo recuerda aquellos ojos sin vida, aquel gruñido apagado… y la pelea.

Tras preguntarle de qué cojones iba todo aquello, vinieron los empujones y finalmente los puñetazos. Lucho contra él hasta la extenuación pero Scud, o lo que fuera aquello, siempre volvía a por él de manera infatigable y en el momento en el que a Daryl le fallaron las fuerzas, aprovecho para abalanzarse sobre él y tratar arrancarle a mordiscos cualquier trozo de él que se encontrara por medio. Daryl luchó como pudo por quitárselo de encima pero Scud era un tipo grande y pesado. Nada parecía surtir efecto.

A ciegas encontró una caja de herramientas tirada en el suelo junto a él y tras agarrar un destornillador se lo clavo en la sien sacando fuerzas de donde casi no las tenía. En aquel instante, aquello que había convertido a Scud en una bestia hambrienta de carne humana pareció apagarse y el hombre se desplomó sin vida sobre Daryl.

Tardó varios días en decidir qué hacer. El cadáver de Scud se pudría en el congelador que tenían en el sótano, fuera de su casa sólo se escuchaban disturbios, gritos y sirenas de la policía y ambulancias. Y por si fuera poco, la televisión ya había dejado de emitir señal alguna y le era imposible saber si las cosas estaban mejor o peor fuera de Macon.

Si al menos Merle estuviera allí… Su hermano era un gilipollas integral pero nunca le había dejado tirado en los peores momentos. Ahora mismo se encontraba en algún lugar de Virginia, haciendo uno de esos trabajos que él siempre decía que les iba a sacar de la miseria.

No tenia manera de contactar con él y saber si al menos se encontraba bien.

Fue aquel escueto mensaje de texto lo que le hizo tomar una decisión firme y ponerse en marcha.

"Me marcho mañana a Atlanta con la niña. Solo nosotras dos. Es la única oportunidad que tenemos. Ven a buscarme a esta dirección"

No había tenido noticias de ella desde hacía días, mucho antes de que se desatara aquella locura. El acuerdo que tenían ambos lo dejaba claro. Era ella la que contactaría siempre con él, nunca al revés.

"Es la única manera de que funcione sin correr riesgos Daryl"

Era lo que ella le repetía una y otra vez y a pesar de que era incapaz de decirle que no a nada que saliese de su boca, durante esos días sin saber nada de ella estuvo a punto de romper su promesa y ser él quien la llamase, de ir a buscarla a donde fuera que viviese.

El recuerdo de su hermoso rostro, de sus ojos, de su sonrisa le hizo volver a la realidad de aquel callejón de Atlanta.

–Muévete capullo. Tu mujer te está esperando.

Con las energías renovadas se dispuso a adentrarse en la ciudad con la ballesta entre sus manos, preparado para disparar si se encontraba de nuevo con alguna de esas cosas.


Comenzaba a anochecer en la ciudad. Durante su recorrido había tenido que cargarse a varias de esas criaturas. Nada peligroso. Vagaban en solitario y con certeros disparos de su ballesta a la cabeza se deshizo de ellas. Sólo cuando estuvo a punto de que un pequeño grupo de unos diez engendros le descubriese, Daryl decidió que era mejor buscar algún sitió para ocultarse y pasar la noche.

Encontró una tienda de comestibles a la vuelta de la esquina. Por suerte, la puerta se había quedado abierta, así que tras una inspección rápida para asegurarse de que no iba a encontrarse con ninguna sorpresa desagradable, atrancó la puerta con unos estantes e improvisó un pequeño campamento.

Aún así, la intranquilidad le corroía por dentro. Sabía que el tiempo corría en su contra y cuanto más tiempo pasase, las posibilidades de encontrarla se reducían. Ella y su hija podían estar en peligro, podían…

–Deja de pensar gilipolleces –se recriminó en voz alta –En cuanto comience a amanecer recoges las cosas, te llevas todo lo que puedas necesitar de aquí y sales ahí de nuevo. Ellas estarán bien.

Joder, si Merle le viera ahora mismo seguro que se estaría descojonando de él. Incluso podía escuchar cómo se burlaba en su cabeza.

–Mira cómo estás hermanito. Acojonado como una virgen en su noche de bodas. ¿Y todo por qué? Por una simple mujer

–Que te jodan Merle –le replicó en voz alta.

Ella no era una "simple mujer", de eso estaba seguro. Desde el primer momento en que la vio entrar donde él trabajaba, algo se removió en su interior. Aquella mujer de aspecto frágil, mirada triste y voz temblorosa albergaba una vida de dolor y sufrimiento que él conocía perfectamente y aunque desconocía el por qué, sabía que estaba frente a frente con alguien que le comprendia.

A medida que pasaron las semanas sus encuentros se volvieron menos esporádicos y en ellos, ella le contaba cosas de su vida y él las absorbía como una esponja, sin querer olvidar cada precioso detalle que ella compartía con él. Y cuando era él quien le contaba cosas, a media voz y tartamudeando, su corazón se encogía y el mundo parecía un lugar más agradable sólo por la sonrisa que ella le dedicaba. Y esos ojos azules, claros como cielo primaveral, atravesándole el alma…

A los pocos meses, Daryl Dixon se había convertido en el amante de una mujer casada, algo que jamás pensó que entraría en sus planes. Lo último que quería era tener problemas y meterse en mitad de un matrimonio era eso, un problema.

Pero tardó muy poco en darse cuenta de que estar con ella era el polo opuesto a un problema. Era algo excitante, tierno y maravilloso y cada momento que pasaban juntos el sólo quería poder detener el tiempo y no separarse de ella.

Se había enamorado perdidamente de aquella mujer y por alguna por alguna extraña razón que él no conseguía entender, ella le correspondía con el mismo amor que él estaba como loco por darle.

Estaba enamorado de una mujer que había desaparecido en mitad del fin del mundo. Pero él iba a encontrarla porque aunque la gente había empezado a morirse por centenares, ella tenía que estar viva. Se merecía una oportunidad y el no iba a descansar hasta poder ofrecérsela.

-Ella va a estar bien. Puede con esto y con mil mierdas mas. Al fin y al cabo, es una superviviente. Como yo-