Esta historia nació a partir de una experiencia que tuve con un colega en el juego Undead Defense Tycoon. Fue una grata experiencia y debido a cómo se desarrollaron los sucesos, decidí pasar eso a un fanfic.


Un hombre yace descansando en la propiedad con la que sacrificó tanto tiempo, sangre y sudor para que pudiera levantarse desde los escombros.

Desde que los muertos volvieron a la vida y comenzaron a reinar el mundo que a los vivos les tocaba por derecho, ya no había lugares seguros. Es por ello que algunos sobrevivientes encontraron refugio en las montañas, en aquellas zonas abandonadas por el hombre y dejadas a su suerte, donde la naturaleza se regocijaba plena al saber que no había hombre que la pisara.

Mikado fue uno de esos afortunados que tuvo la dicha de alcanzar a escapar de la gran ciudad, infestada de aquellas criaturas sin razón, cuyo aire era contaminado por el olor de la putrefacción, el fuego y la pólvora. Encontró un lugar alejado de la civilización, corrió lo más que pudo y llegó a un lugar que podía pasar desapercibido, un sitio cubierto por los árboles y la vegetación, además de contar con la fortuna de que había un río a su lado.

Sabía que era momento de empezar otra vez.

Con su humvee hacía distintos viajes por el bosque y tomaba suministros que los pueblos aledaños podían abastecer, aunque lo más importante era conseguir cemento y recursos con los cuales subsistir. Construyó un suelo en medio del bosque, de madera que alcanzó a saquear, también cubrió el área que designó como un hogar y las paredes pronto se alzaron, entre vigas de metal, placas de tablaroca, cemento y por supuesto un sueño.

Conseguir el descanso.

Los meses continuaron y el magnate comerciaba los productos con otros sobrevivientes, pues el dinero no le faltaba, además que podía darse el lujo de saquear todo el dinero que los muertos traían consigo. Se hizo de un fuerte, un bonito garaje y un tercer piso con una espléndida vista al cielo.

Tenía una habitación específica para las Lunas de Sangre, que eran eventos extraños que por alguna razón hacían que los muertos fueran más veloces y violentos. Justo en una de las tantas lunas fue que escuchó disparos en el horizonte.

Se trataba de un soldado, quizás un marine o algún otro magnate que al igual que él robaban armaduras y las tenían en sus hogares cuales trofeos. Había una enorme horda detrás de él, eso pudo saberlo el joven Mikado quien vió con la mira del rifle cómo el sujeto iba a ser festín para los fallecidos.

Mikado estaba en silencio, mirando atento lo que hacía ese sujeto, cargando sus armas y, en el proceso perdió una, perdió la mayor parte de su equipo con tal de hacerse más ligero y poder correr rápido. Aquél hombre encontró el hogar de Mikado, un sitio sellado sin ventanas y con una puerta de metal con la que sólo el dueño podía dar órdenes de abrir, pues era tecnología avanzada.

Los muertos eran estúpidos, pues ellos no podían olfatear a los vivos, sólo los atacaban si percibían el ruido. Mikado estaba en su segundo piso cuando vio a ése sujeto con una mirada desesperanzadora.

El marine buscaba alguna entrada a la casa, de hecho maldijo el hecho de que las ventanas también estuvieran cerradas por esos compartimientos de metal. Sabía que sería el fin. Pronto la horda lo alcanzaría, podía escuchar cómo los hocicos de estas criaturas hacían sonidos en un intento vago de hablar.

La puerta se abrió. Mikado le dijo que ingresara y el sujeto hizo caso. Al entrar él se tiró al suelo y el magnate cerró la puerta principal.

—Guarda silencio —Advirtió el sujeto de traje marrón. —Si nos escuchan, estamos muertos.

Ambos hombres callaron, dejando que el gruñir de aquellos monstruos en medio del silencio muerto fuera parecido a una canción de cuna.

La horda siguió su camino, los pasos, el crugir de las hojas muertas de otoño, todo era tan... aterrador.

Y luego, silencio. El silencio bendito que indicaba que la horda se había ido.

—Parece que OH WOAH.

Mikado vió que el hombre tenía las manos manchadas de sangre.

—¡No es lo que crees! Encontré a alguien... y me atacó. Creo que perdí mucha sangre en el camino y...

—¿No te han mordido? ¿Seguro?

—¡Lo juro! Tratamos de disparar a los zombies, pero él murió y por accidente me disparó.

—Déjame ayudar.

Mikado hizo que el sujeto se recostara en una de las múltiples camas que tenía el magnate en su hogar y, le pidió que se retirara la camisa. Tenía varios rasguños y raspones, pero nada de bala. Fue entonces que el sujeto reveló que la bala estaba en su pierna derecha.

—Déjame ayudarte... creo que puedo tratarlo.

Mikado pasó mucho tiempo sanando las heridas del desconocido. Retiró los fragmentos de bala y también la bala que se alcanzaba a ver. Todo lo hizo usando guantes, una linterna y el equipo necesario para la extracción correcta. Creyó que era mejor aplicar un vendaje en el área, misma que se manchó al poco rato.

—No creo que sea buena idea que te retires.

—Lo sé, lo sé... estos malditos... estos monstruos se hicieron con mi hogar. Todo lo que construí, todo por lo que luché... se fué.

—Lamento oír eso. De verdad. ¿Tienes algún nombre o algo, colega?

Preguntó el magnate, terminando de poner la venda y tirando a la basura el par de guantes que utilizó.

—Humbert. Soy Humbert. Tenía un compañero... Bunny, pero fue asesinado. Estos monstruos lo masacraron. Ví... ví cómo ellos... él gritó... y me pidió ayuda... pero...

—Tranquilo, tranquilo. Estás a salvo... ¿Sargento?

—Sargento... efectivamente. No debería estar aquí, casi... por mi culpa casi vienen a tí y...

—Eso siempre sucede. Uno se acostumbra... Te enseñaría el resto del hogar pero no estás en condiciones. ¿Gustas ropas nuevas? ¿Tienes hambre, sed?

—Eres demasiado solidario con un desconocido.

—¿Qué sería de los vivos si no se apoyan entre ellos? Déjame traerte una manta.

Mikado subió al segundo piso y, Humbert estaba tendido en el suelo, viendo que Mikado poseía muchas armas en la primera zona y un área exclusiva para la atención médica.

Cuando el magnate bajó, Humbert tenía dudas.

—¿Vives solo?

—Desde hace un año. No sé qué pasó con mi familia y desde entonces tuve que arreglármelas. Allá arriba... te parecerá lamentable, pero tengo osos de peluche sobre las camas. Me gusta creer que hay más gente ahí... esperándome cada vez que vuelvo de casa. He estado algo solo aquí, ja, ja...

—Justamente... yo también viví solo. Tal vez algo de compañía no nos haría mal. Eh... ¿Cómo te llamas?

—Mikado, soy Mikado.

—Pues, Mikado, te felicito. Me has salvado la vida y no tengo forma para agradecerte... no sé qué haré una vez mi pierna se recupere. Seguramente... vuelva fuera.

—¿No te vas a quedar?

—¿Quieres que me quede? —Humbert sonrió.

—¡Oh! Pues... sólo si gustas. Sé que es anormal que permita a un desconocido estar en mi casa pero...

—No puedes soportar la soledad.

Mikado se sentó a un lado de él y asintió.

—Sí... Cuando todo tu mundo se desvanece... cuando todo por lo que has luchado... se esfuma... a veces me gustaría poder conversar con alguien que no sea la pared.

—Te siento, te siento. Yo solía mucho hablarle a los muertos. Creía que ellos me entenderían pero fue inútil.

—Me dirás loco, pero... ¡Yo hacía lo mismo! A ese punto llegué. No puedo soportar estar solo y sin compañía. Puedes quedarte aquí el tiempo que lo veas necesario, pero hay reglas. Debemos ir a cazar y tenemos horas determinadas para cerrar todas las puertas, hasta las de el tejado. No queremos que uno de esos bichos que saltan se infiltre.

—Tú me salvaste la vida y yo te ayudaré a que la tuya prevalezca. Gracias, Mikado.

—Seguro, Humbert. ¿Tienes hambre, o algo-?

—Un poco de hambre. Pero no quiero ser intrusivo y...

—¡No! No, en lo absoluto. Tengo fideos instantáneos, quizá pueda calentar agua si gustas y...

—Te aceptaré la palabra.

Un par de colegas yacen sentados juntos, sonriendo, disfrutando de sopa instantánea mientras hay una luna de sangre a su alrededor.