El comienzo de algo más que una amistad

La noche estaba siendo más fría de lo habitual, pero a él no le importaba. Cosas de ser un vampiro, supongo. No le afectaba en absoluto.

Miró la pequeña parroquia con cierta tristeza en los ojos. Le pidió a sus amigos que le dejaran solo, pues una pérdida como aquella, lo mejor era hacerlo en soledad.

Había esterado tantísimos años para estar con ella, que aquella desgracia no se la esperaba. Pero tenía que afrontarlo como pudiera. No era la primera ni tampoco iba a ser la última.

Se sentó en el banco que había fuera de la parroquia. No podía entrar, pero podía ver lo que ocurría desde donde se hallaba sentado.

Una chica de mediana estatura, pelo oscuro con mechas moradas llegó hasta la puerta. Iba vestida con ropa oscura y una cazadora de cuero. Sus enormes botas militares parecían muy pesadas, pensó.

Iba a abrir la puerta cuando se percató de su presencia. Se sintió algo incómodo, puesto que no tenía ganas de compañía, pero aquella joven parecía tener ganas de conversación.

—No te gustan las iglesias, ¿eh?

No respondió. Tan solo negó con la cabeza.

—Tranquilo —prosiguió la muchacha—, a mí tampoco me gustan. Tan solo he venido porque Katherine me caía bien.

—¿De qué la conocías? —dijo al fin, curioso.

—Del Club de Lectura para amas de casa. —La chica miró a su acompañante de reojo, que le observaba con una ceja levantada—. No me mires así, que no es lo que piensas. Fue para un trabajo de investigación para la universidad sobre los Clubs de Lectura. ¿Qué se hace? ¿Qué libros suelen proponer? ¿Qué temática gusta más? Y esas cosas. Me metí en varios, siempre avisando de que era un estudio, y en uno de ellos conocí a Katherine. Era muy amable y siempre llevaba galletitas. Yo no conocí a ninguna de mis abuelas, puesto que murieron muchos años antes de que yo naciera, así que podríamos decir que Katherine era lo más parecido a una abuela que he tenido en mi vida. Hacía como tres meses que no la veía y justo ayer vi su esquela en el periódico. Tal vez estaba enferma… A saber…

Sacó de su bolso una piruleta. La desenvolvió y se la metió en la boca. Sacó otra y se la ofreció a su acompañante.

—¿Quieres? Tengo más en casa…

El vampiro volvió a negar con la cabeza.

—No eres un hombre muy hablador, ¿no?

—Cuando estoy triste no me gusta hablar mucho —respondió encogiéndose de hombros.

—Lo siento, no era mi intención molestarte —se disculpó la chica.

—No pasa nada, no me molestas.

—¿Y de qué conocías a la difunta?

—Éramos amantes —contestó tajante.

La chica se echó a reír. Se tapó la boca, porque no parecía hacerle gracia por la mirada que le echó su compañero de banco.

—Lo siento, de verdad que sí —murmuró, aún entre risas—. Es que no me imagino a Katherine con un hombre tan apuesto como usted, ¿sabes? Y tan joven… Aunque quién soy yo para juzgar lo de la edad. Siempre he dicho que para el amor no hay límite de edad.

—En eso te voy a dar toda la razón.

—¿Cuánto tiempo hace que la conocías? Nunca me habló de ti.

—Hace unos ochenta años de aquello…

La chica alzó ambas cejas, incrédula.

—¡Venga ya! ¿Qué eres? ¿Un vampiro?

Se echó a reír, pero nuestro amigo se quedó en silencio. Estaba pensando en si era una buena idea borrar su memoria para que se olvidara del asunto.

La muchacha se levantó y le observó detenidamente.

—¡Madre mía! Es cierto que eres un vampiro, ¿no es así?

—Shh —chistó el aludido, reprendiéndola—, que te pueden oír.

—Está bien —dijo bajando la voz—, ¿pero lo eres?

Asintió silenciosamente. Aun estaba a tiempo de usar sus dotes de hipnosis…

—Un momento… —la chica se le acercó un poco más y se alejó; cambió de posición su caramelo un par de veces antes de proseguir—: ¿no serás…? —frunció el ceño y negó efusivamente con la cabeza—, no, no puede ser que seas…

El vampiro la miró de reojo. No entendía qué le quería decir.

—No sé a qué te refieres, así que… no te puedo responder.

—¿Eres Viago, el vampiro?

Viago alzó las cejas, sorprendido. No se esperaba que le reconociese alguien.

—¿Cómo lo sabes?

—Katherine me habló mucho de ti. Me contó que hace años, en su país natal, conoció a un apuesto vampiro del que se enamoró, pero que no volvió a ver cuando su familia emigró aquí…

—Vine a decirle todo lo que sentía por ella, solo que hubo un problema. Tardé meses en llegar, porque mi mayordomo, Phillip, cometió un error y estuve dando vueltas mucho tiempo. Y cuando regresé, ella se había casado con otro hombre.

La muchacha le miraba con ojos brillantes.

—Eso es muy triste. Aunque romántico. Pero no deja de ser triste. ¿Y por qué no hiciste nada? Podrías haberte cargado al marido…

Viago soltó una carcajada triste.

—Se me pasaron muchas cosas por la mente, pero no lo hice porque ella se la veía muy feliz y no quería estropear eso.

La chica se sentó de nuevo a su lado, observándolo con calma.

—¿Sabes? Siempre que me hablaba de ti, te imaginaba muy distinto. Como a Brad Pitt en Entrevista con el vampiro.

—Solo que yo soy más atractivo…

—¡Por supuesto! —verificó la joven, echándose a reír.

—Hace poco que nos reencontramos y… bueno…

La chica dio un respingo y abrió los ojos todo lo que pudo.

—¿No me digas que la convertiste en una chupasangre?

Definitivamente, la chica no era tonta. Viago asintió, con una amplia sonrisa.

—Queríamos pasar la eternidad juntos. Habíamos pasado muchos años separados, por culpa de un error, así que no nos importaba nada. Pero hace un par de días, ella… —Viago dejó de hablar, tapándose la boca, afectado por el momento—. Nuestro nuevo familiar se dejó una ventana abierta. Y Katherine no cerró bien su ataúd, por lo que entró el sol y… bueno, cuando desperté, estaba… estaba…

Volvió a enmudecer. La chica le acarició la espalda, consolándole.

—Si te sirve de consuelo —comenzó a decir la muchacha—, yo creo que ella debió de morir siendo muy feliz.

—¿Tú crees? —susurró Viago, secándose una lágrima escarlata que se le escurría de los ojos; la chica le pasó un pañuelo de papel y se lo aceptó de buena gana—. Yo es lo único que quería, que ella fuese feliz.

—Pues sí. Por lo que me cuentas, la buscaste y queríais pasar el resto de vuestros días juntos. Ella te recordaba y seguro que le hizo muy feliz estar contigo, aunque fuese poco tiempo.

Viago le sonrió, dándole así las gracias por sus palabras.

—Madre mía, qué maleducada soy —dijo la chica, llevándose una mano a la cabeza—. Me llamo Natalia.

Le ofreció su mano para estrechar la de él, pero Viago se la cogió y le dio un suave beso.

—Vaya, ahora entiendo qué vio en ti Katherine.

Viago ya no sentía el deseo de querer hipnotizarla. Ni siquiera de morder su suculenta yugular. Ahora quería seguir sentado en ese banco, charlando con la encantadora Natalia.

—¿Sabes? Podría escribir vuestra historia de amor para una de mis novelas. Le cambiaría los nombres, obvio, pero será un éxito de ventas si lo hago.

—Sería como una especie de biografía…

—Sí, pero solo tú lo sabrías, claro está.

—Y mis amigos vampiros, por supuesto.

—¿Tienes muchos amigos vampiros? —preguntó curiosa.

—Sí, bueno, solo son tres. Pero son de confianza.

—¿Y les puedo conocer? —quiso saber Natalia, entusiasmada.

Viago titubeó.

—No son tan amables como yo, mi encantadora Natalia.

—Pero siempre es emocionante conocer a un vampiro, ¿no es así?

—Eres una chica peculiar, mi adorable Natalia. Ahora entiendo por qué le caías tan bien a Katherine.

—¿Sabes? Tengo hambre, ¿y tú? Sé que no puedes comer comida de humano, pero tengo un par de compañeros de trabajo que me caen fatal y no me importaría si le quieres hincar el diente.

Viago le sonrió, mucho más animado que hace tan solo unos minutos, cuando no conocía a esta encantadora joven.

—Me caes bien, señorita Natalia.

—Y tú a mí, señor Viago.

Se pusieron en pie. Viago le ofreció el brazo y Natalia lo aceptó encantada.

—¿Sabes? Creo que este puede ser el comienzo de una bonita amistad.

Viago asintió sonriente. Aunque, tal vez, él pensara en algo más que eso…