El recuerdo de una promesa
Para Maryluz
El sueño siempre empieza de la misma manera: primero escucha que lo llama «¡Kacchan!», seguido por una risa, como campanitas, que hace que su corazón se acelere y sonría; se gira apenas a tiempo para recibir en sus brazos a una niña y por la fuerza del salto provoca que caiga hacia atrás, dado que él no es mucho más alto que ella.
—No te rías —le reclama, fingiendo molestia, pero sin quitarla de encima.
—Perdón, Kacchan —dice haciéndose para atrás. Los dos se quedan sentados entre el campo de flores blancas.
Un par de ojos verdes como las esmeraldas lo dejan mudo cuando acerca su rostro. Lo sorprende colocando una corona de flores en su cabeza. Y luego sonríe, orgullosa.
—Qué guapo es Kacchan —afirma. Y el niño no puede evitar sonrojarse ante el cumplido. Mira hacia un lado, azorado—. De grande me quiero casar con él.
El corazón de Katsuki da un brinco y vuelve a mirarla. Ella sonríe, su rostro lleno de pecas es lo más bonito del mundo, piensa el niño y le responde la sonrisa.
—Pues claro que nos vamos a casar.
—¿¡Lo dices en serio!?
Katsuki arranca una flor y enrolla el tallo de tal manera de que quede como un aro. Toma la manita regordeta frente a él y desliza el anillo recién hecho en su dedo anular. Cuando acaba de ponerlo no la suelta.
—Lo prometo.
Katsuki se despertó en su habitación, en el palacio. Aún estaba oscuro afuera, la luz de la luna se colaba por la ventana iluminando parte de la cama. Se talló los ojos y se incorporó somnoliento para ir al baño y tomar agua.
—Otra vez ese sueño —dijo en voz baja.
Algo en él le decía que no era un simple sueño, sino un recuerdo de algo que había ocurrido. Con cada noche que pasaba le quedaba más claro. Pero ¿por qué acordarse ahora? Quizás por la plática que había tenido con su madre unas semanas antes, sobre que debería empezar a buscar esposa.
Se había peleado monumentalmente con ella aquel día. Le parecía una tontería eso de tener que casarse. Él podía gobernar el reino solito perfectamente, muchas gracias. Pero era protocolo.
—Maldito protocolo.
Volvió a su cama, a intentar dormir otro poco antes de que el paje entrara a despertarlo. No lo logró. El recuerdo de esos ojos verdes lo mantenía despierto, trataba de acordarse del nombre de esa niña, pero el esfuerzo sólo lo dejó frustrado y de mal humor.
—Estás más distraído que de costumbre —se quejó Aizawa—, así no puedo enseñarte, Bakugou.
Katsuki se dio cuenta de que llevaba la última hora sin prestar atención ni a una sola palabra de las que su profesor le había dicho. Lo miró fijamente pensando en cómo disculparse.
—Fingiré que me interesa cualquier cosa que ronda por tu cabeza, así que dime, ¿qué te inquieta?
Katsuki resopló.
—Nada.
Silencio.
—Es la estupidez esa de que debo casarme, me molesta.
Silencio.
—Qué va a entenderlo. Usted puede casarse con quien quiera, las ventajas de no ser un noble.
—Entiendo la presión que puede haber al tener que hacer algo que no se desea. Pero eso deberías hablarlo con la reina, no conmigo.
—Usted preguntó. Además, no es como que conociera a alguien con quien quisiera casarme, y… —Una idea se formó en su mente—. Profesor Aizawa, usted sabe de linajes y familias y esas cosas, ¿verdad?
—Sí.
—¿Hay alguna familia real con cabello y ojos verdes?
Aizawa meditó por unos minutos.
— No que yo recuerde. ¿A qué viene el interés?
—Por nada.
Volvió a tener ese sueño, todo igual, hasta el mínimo detalle, con una excepción.
Katsuki arranca una flor y enrolla el tallo de tal manera de que quede como un aro. Toma la manita regordeta frente a él y desliza el anillo recién hecho en su dedo anular. Cuando acaba de ponerlo no la suelta.
—Lo prometo, Izu-chan.
—Papá, ¿puedo preguntarte algo?
Masaru dejó sus lentes sobre el libro y miró a su hijo fijamente.
—Claro. ¿Qué ocurre?
—¿Te suena de algo el nombre de Izu-chan?
El hombre sonrió y asintió.
—Ese es un nombre que no escuchaba hace mucho. Pero sí, solían jugar juntos cuando estabas pequeño. ¿Por qué la pregunta?
—¿Ya ves que debo casarme? —Masaru asintió—. Pues recordé que le prometí matrimonio cuando éramos niños. Debo cumplir con mi palabra.
Masaru sonrió de oreja a oreja.
—¿Estás seguro?
Katsuki asintió. En realidad, no era tanto cumplir la promesa sino el volver a ver esos ojos, y el volver a sentirse como se sentía en ese sueño: completamente feliz, como si pudiera derrotar a cientos de dragones de un mandoble, sólo por estar con Izu-chan. Quería saber si eso era cierto, o sólo era en sus sueños.
—A tu madre le dará mucho gusto saberlo —dijo Masaru.
Los preparativos para el viaje se hicieron con mayor rapidez de la que Katsuki esperaba. Como bien anunció su padre, Mitsuki estaba encantada con la idea, sobre todo porque al parecer la madre de Izu-chan era una vieja amiga de la reina, su dama de compañía muchos años, hasta que se había casado con un noble de otro reino. Mandó una misiva para anunciar su visita, aunque no le comentó el motivo de ello apenas Katsuki se lo comunicó.
El castillo de los Midoriya se encontraba a cinco días a caballo, pero como iban en carruajes, en una procesión con regalos y demás, tardaron casi dos semanas.
Los recibió la misma Inko, que se contuvo una cantidad exacta de dos minutos siguiendo el protocolo antes de pedirle permiso a Mitsuki para abrazarla, de lo feliz que estaba de verlos. Saludó a Masaru y cuando llegó a Katsuki su sonrisa se hizo aún más grande.
—Katsuki, vaya que has crecido. Y mira lo guapo que te pusiste.
—Gracias, Lady Midoriya —dijo Katsuki sonrojándose y haciendo una pequeña reverencia, mientras que trataba de identificar, entre el grupo de gente que salió a su prometida. Pero no la vio—. Me preguntaba… ¿no está Izu-chan?
—Izuku, está de cacería, debe volver antes de la cena.
Luego de tomar un baño y ponerse ropas más presentables que las del viaje, Katsuki decidió que daría un paseo por el castillo. En el recorrido rumbo a su habitación sintió que le era todo familiar y quería ver si eso le refrescaba un poco más la memoria sobre el tiempo que pasó con Izu-chan en la infancia.
Iba distraído en sus pensamientos, tratando de jalar de ese espacio en su cerebro la memoria, al pasar por los pasillos, asomarse por las ventanas. No había duda de que había estado ahí antes. En eso, chocó con alguien y por la sorpresa, al intentar retroceder chocó con la pata de una mesa y cayó de nalgas al suelo.
—Lo siento much-¡oh!
Katsuki miró hacia arriba furioso. Las palabras de enojo murieron en su boca cuando sus ojos se encontraron con el verde esmeralda de los del chico con el que se había tropezado. La persona con la que había chocado era un joven sumamente apuesto, aunque delgado se notaba el músculo debajo de la ropa de caza. Su rostro cubierto de pecas y con esos ojos que le quitaron el aliento en un instante a Katsuki y una maraña de rizos verdes en su cabeza.
No hay duda: es Izu-chan. Pero entonces… ¡Izu-chan no es una chica! Katsuki siente que su corazón empieza a latir a mil por hora y en su mente se arremolina toda la confusión y duda ante la nueva revelación. ¿Por qué nadie se lo dijo? Repasa mentalmente todas las conversaciones y se da cuenta que en ningún momento nadie dijo que era hombre, entonces… claro, su madre asumió que lo sabía. Aunque claro, Izuku no era nombre de mujer. Menudo idiota estaba hecho. Pero… Izuku —decirle Izu-chan ahora le causaba una cierta vergüenza— era muy guapo, quizás no todo estaba perdido.
—¿Te encuentras bien?
Izuku lo miraba desde arriba con preocupación, extendiendo su mano para ofrecerle ayuda para levantarte.
—Fíjate por dónde vas.
Las palabras salen antes de que lo piense y se arrepiente al instante, esa no es la manera de hablarle al que será tu esposo. Katsuki cree ver una mueca de desconcierto en el rostro de Izuku, pero se recompone rápidamente, aun sonriendo. Y para enmendar el daño cometido por su bocota toma la mano del chico que tira de él y se levanta. Al quedar de pie se percata que es más alto, casi una cabeza, y eso le causa alegría regocija en el ser más alto que él, casi una cabeza.
—¿Quién eres? No te había visto antes en el castillo, ¿eres un nuevo guardia? —lo mira de arriba abajo analíticamente—, no, estás muy elegante. Debes ser algún noble, alguien de visita, pero madre no me dijo que fuera a venir nadie, entonces quizás…
Izuku fue bajando el nivel de su voz hasta que estaba murmurando para sí mismo. Aunque a Katsuki le pareció un tanto adorable, también lo exasperó, así que resopló. El chico detuvo sus murmuraciones y ligeramente sonrojado por haber hecho eso sonrió nervioso.
—Lo siento. A veces hago eso. ¿Quién eres, entonces?
Katsuki se cruzó de brazos.
—Soy Katsuki Bakugou, príncipe heredero de Kazan. Estoy aquí de visita.
—Ah. Yo soy Izuku Midoriya, duque de Midori. ¿Qué te trae por estos lados, Ka… Bakugou?
A Katsuki le pareció muy divertido que no reaccionara como la mayoría de la gente: deshaciéndose en reverencias y cortesías. Eso le gustó.
—Mi madre y la tuya son viejas amigas, y la vieja quería visitar.
Decidió no mencionar lo del matrimonio, después de todo Izuku parecía no recordarlo. Quizás se confundió e Izuku y la niña de sus sueños no es la misma persona. Pero no… está seguro de que lo es: los mismos ojos, las mismas pecas, la misma sonrisa que hace que el sol parezca opaco en comparación.
—Pues me alegro. Mi mamá a veces se siente muy sola, le hará bien tener una amiga aquí. Bueno, eh… debo irme a dar un baño o al menos quitar la ropa de cacería. Te veré luego.
—¡Espera! —Katsuki lo detuvo antes de que comenzara a caminar—. ¿Tienes hermanas?
Izuku frunció el ceño confundido. Negó con la cabeza.
—Soy hijo único.
Posibilidad descartada; ya no había duda: Izuku era Izu-chan.
—Yo igual —agregó Bakugou, sintiéndose idiota por la pregunta y aún más por la respuesta.
—Vale. Bueno, nos vemos luego.
A Katsuki se le quitaron las ganas de pasear así que se regresó a su cuarto y no salió de ahí sino horas después que fue uno de los sirvientes a llamarlo para la cena.
Una sensación incómoda se había instalado en su pecho y reconocía que había llegado a fantasear que el encuentro sería diferente. Cuando iban en camino se imaginaba llegando al castillo y una versión femenina de Izuku salía corriendo a lanzarse a sus brazos y decía: «Kacchan, viniste por mí, te estuve esperando». Y luego lo besaba, o algo así. Se sentía hasta tonto por haber imaginado eso, tremenda cursilada. Pero nunca se imaginó la posibilidad de que su prometida… eh, prometido, no se acordara de él.
En el comedor ya estaban sus padres, lady Midoriya e Izuku. Se sentó enfrente del chico que le sonrió a modo de bienvenida, Katsuki le regresó la sonrisa a pesar de que estaba malhumorado.
La cena fue deliciosa, y ya hasta se le estaba pasando el mal humor, pero entonces Inko preguntó cuál era el motivo real de la visita.
—Me dijiste que era algo importante, Mitsuki, pero no me dijiste para qué.
La reina sonrió socarronamente.
—Bueno pues verás, es que Katsuki…
—Tenía curiosidad por conocerlos. —La interrumpió apresuradamente, ignorando la mirada iracunda que le lanzó al verse interrumpida—. Madre siempre está hablando de usted, lady Inko, y aunque insistía en que los conocía, no recordaba nada.
Inko sonrió con dulzura y juntó sus manos frente a ella emocionada como si aplaudiera.
—¿Es cierto eso? Oh, debieron venir antes. Claro que ya no te acordabas de mí ni de Izuku, eran muy pequeños.
«Él es el que no se acuerda», pensó con amargura.
—Pues me alegra mucho. Esta es su casa siempre que quieran.
Katsuki vio de reojo la cara de confusión de sus padres. Le alivió saber que eran lo suficientemente inteligentes para captar que no quería que se revelara la verdadera razón y no lo desmintieran. Aún así se sentía incómodo, y no pudo evitar poner mala cara el resto de la cena.
—Izuku, ¿por qué no llevas a Katsuki mañana a cabalgar? Estoy segura de que le gustará conocer los jardines —sugirió Inko casi al final de la velada.
—Será un gusto. Si él quiere, claro.
Katsuki asintió.
Se reunió con Izuku al amanecer. No había dormido bien y por lo mismo estaba de mal humor. Aún así, cuando abrió la puerta de su habitación y se lo encontró esperándolo sintió cómo si el mal humor se evaporara. Vestía ajustados pantalones de montar verdes y una camisa blanca, bastante parecido a él mismo, con excepción de que los pantalones de Katsuki eran negros y además llevaba una capa del mismo color, no estaba acostumbrado al frío de esa región, que, aunque no era tantísimo, la diferencia con su hogar era suficiente como para necesitar algo así.
—Pensé que era mejor verte aquí y mostrarte las caballerizas en lugar de mandar a un sirviente —explicó Izuku.
La primera hora Izuku lo llevó a recorrer el bosque cercano, donde normalmente iba de cacería. Katsuki, se dio cuenta que más que ir a su lado, le gustaba ir detrás para observar su perfecto trasero rebotar al galopar. Su mente, con voluntad propia y sin control, pensaba cosas que lo hacían ruborizar. Una razón más para agradecer ir atrás. Pero no podía dedicarse a mirarlo así, así que aceleraba el paso para quedar a su lado y cada vez que lo hacía recibía una sonrisa tan tierna del chico que era doloroso para él pensar en que el muy idiota no se acordaba de su promesa. El otro, ignorante de las cosas que pasaban por la mente de Katsuki, se emocionaba explicando cosas sobre la historia del lugar y anécdotas graciosas —y vergonzosas— sobre él.
Justo cuando el estómago de Katsuki le empezaba a recordar que no había desayunado, Izuku cambió de dirección. Al principio parecía que iría de vuelta al castillo, lo cual era lógico, pero luego se desvió ligeramente al oeste.
—Quiero mostrarte un lugar —dijo adivinando la pregunta que estaba por hacer—, es mi lugar favorito. Podemos desayunar ahí.
Señaló con la mano que no sostenía las riendas una de las canastas que colgaban de la grupa del caballo.
—De acuerdo —contestó Katsuki, intrigado.
Reconoció el lugar al instante. Su corazón se saltó un latido cuando vio el campo de florecillas blancas que se extendía frente a él. Se mordió el labio casi hasta sacarse sangre tratando de mantener a raya su anhelo.
Izuku desmontó e invitó a Katsuki que hiciera lo mismo. Quitó las canastas y las guio al rubio hasta una especie de quiosco de columnas de mármol y sin techo. Sacó de la canasta una manta y la colocó en el piso, se sentó y comenzó a sacar la comida. Katsuki lo miraba boquiabierto, lo calmado y casual que hacía eso, lo hermoso que se veía con el campo de flores detrás.
—¿No te vas a sentar, Bakugou? —señaló el piso el frente a él—. No es lo más cómodo, debo reconocer, pero tampoco está nada mal.
Katsuki se sentó y tomó uno de los bocadillos que había ahí. Comieron en relativo silencio, comentando lo bueno que estaba todo.
—Bakugou.
—Llámame Katsuki.
«O mejor aún, Kacchan», pensó, pero no lo iba a decir. Izuku sonrió y entrecerró los ojitos.
—De acuerdo, tú llámame Izuku. —Katsuki asintió con la cabeza mientras le daba un mordisco al pedazo de pastel que se había servido—. Katsuki, ya te conté muchas cosas de aquí, te toca a ti, ¿cómo es tu reino? ¿cómo eres tú? ¿qué te gusta hacer? ¿tienes muchos amigos?
A Katsuki normalmente no le gustaba mucho hablar, no más de lo necesario. Pero le provocaba una inmensa felicidad saber que Izuku estaba tan interesado en él, así que procedió a contarle.
Pasaron horas y horas platicando; de pronto comían alguna cosa de la que había quedado en la canasta. No se dieron cuenta de lo tarde que se hacía sino hasta que empezó a oscurecer.
—Creo que debemos volver a casa —dijo Izuku con clara reticencia a que eso terminara, pero igual guardando las cosas de nuevo en la canasta.
Cuando se pusieron ambos de pie, el viento agitó el cabello de Izuku. Katsuki se quedó viéndolo fascinado, y por unos segundos vio el rostro exacto de Izu-chan, el de sus sueños, en él. Sintió un impulso incontrolable, el corazón comenzó a latirle con fuerza y deseó tirar de él para acercarlo y besarlo con todas sus fuerzas.
—¿En qué piensas, Katsuki?
Eso lo sacó del trance.
—De hecho, puedes llamarme Kacchan, mejor.
—¿Kacchan?
—Sí, antes lo hacías, ¿no te acuerdas?
Pasaron unos segundos, en los que Izuku estuvo en silencio, y luego negó lentamente con la cabeza.
—No, disculpa.
—Como sea.
Katsuki se agachó a recoger la canasta y se adelantó hacia los caballos, que pastaban en el mismo lugar donde los habían dejado. Sentía como si una espinita se hubiera enterrado justo al centro de su pecho, le dolía un poco respirar, así que lo hacía lo más profundo que podía, además le picaban los ojos.
Izuku corrió para alcanzarlo y lo jaló de la capa.
—¿Estás molesto conmigo?
—No —mintió, sin mirarlo a los ojos.
Izuku se mordisqueó la uña de su dedo pulgar.
—Kacchan. Mírame, por favor.
No se pudo resistir a la manera casi llorosa en el que la pidió y alzó la cabeza. Izuku acercó su mano a su cabeza, posando una mano en su mejilla.
—¿Qué estás…?
Por unos segundos, en los que su corazón se descontroló, pensó que lo iba a besar, pero no. Con la otra mano colocó una flor en su oreja, y luego sonrió, como si hubiera sido lo mejor que hubiera hecho nunca. Se miraron a los ojos y por unos bellos instantes fue como si las florecitas que los rodeaban se hubieran convertido en nubes que los elevaban al cielo.
Katsuki carraspeó y rompió el contacto visual. El dolor en el pecho era demasiado.
Izuku se sonrojó.
—Se hace tarde, volvamos —dijo en un hilo de voz.
—Espera.
Katsuki se agachó para arrancar una flor, y por un segundo se vio tentado a hacerla anillo, como años atrás, pero se contuvo. Se acercó a Izuku que lo miraba con los ojos bien abiertos y un intenso rubor en su rostro. Colocó la flor tratando de tocarlo lo mejor posible.
—Ahora estamos igual.
Izuku no supo que contestar.
La cabalgata de vuelta al castillo la hicieron en silencio, ambos demasiado ensimismados en sus pensamientos. Katsuki trataba de domar sus emociones.
No podía dormir. Daba vueltas y vueltas en su cama mientras que los recuerdos de ese día corrían como una película en su mente. Había estado a punto de besarlo en tres ocasiones. Nunca se había sentido así. Ya no era sólo la promesa, ni la curiosidad: se había enamorado de Izuku.
El problema: no era correspondido. Estaba clarísimo, como el agua. El chico no se acordaba de la promesa, y no era normal que alguien se enamorara tan pronto y tan irremediablemente. Pero Katsuki, en ese sentido y en muchos otros, siempre había sido raro. De hecho, nunca se había sentido así. Y ahora entendía por qué todos relacionan el amor con el corazón, porque la manera en la que el pecho le ha dolido desde que descubrió que Izuku era Izu-chan y que él no lo recordaba, no podía ser por otra cosa.
«Debería decirle, aclararlo y bueno, si no quiere la promesa, pues no la quiere, pero al menos ver si tengo una oportunidad de ganarme su amor».
Justo cuando pensaba eso tocaron a su puerta. La ignoró al principio, dispuesto a hacerse el dormido. Pero entonces escuchó la voz de Izuku.
—Kacchan, ¿puedo entrar?
Katsuki respiró profundamente. Intrigado se levantó a abrir la puerta. Del otro lado estaba Izuku, con su camisón de dormir y los rizos más despeinados que de costumbre. Tenía una pequeña arruguita en el entrecejo. Katsuki deseó poner su dedo ahí y alisarla.
—Perdón si te desperté —se disculpó con una sonrisa a medias.
—No te preocupes, no estaba dormido. Pasa.
Se hizo a un lado para dejarlo entrar, y luego cerró la puerta. Se quedaron los dos en silencio durante mucho rato, sólo mirándose, junto a la puerta. Izuku tenía los puños cerrados y lo miraba de arriba abajo con los ojos abiertos y brillantes y el rostro completamente rojo. Fue entonces que Bakugou se dio cuenta de que no tenía camisa, ni pantalones, nunca dormía con ropa, sólo en calzoncillos. Se sonrojó un poco, pero se mantuvo como si nada, un poco retador. Le gustaba la sensación de los ojos de Izuku recorriéndolo, el rubor en las mejillas del joven, la respiración acelerada y su labio atrapado entre los dientes. Katsuki deseó que fueran sus dientes los que lo mordieran. Tragó saliva.
—Eh… uh…, bueno, ¿en qué te puedo ayudar?
Izuku se percató de que lo estaba mirando de esa manera. Y su sonrojo creció más, llegando hasta la punta de las orejas. Clavó su mirada a un punto aleatorio de la habitación. Alzó la mano, cerrada en puño y la puso frente a él.
Confundido, Katsuki extendió su mano y al hacerlo Izuku dejó algo sobre ella. Cuando retiró su mano pudo ver que lo que había puesto en ella era el anillo de flor. Por unos segundos pensó que era la misma de su sueño, pero luego se dio cuenta de que habían pasado muchos años y las flores se marchitan. No era la flor del anillo de sus sueños, sino la que había colocado en su oreja esa tarde.
—La verdad es que sí me acordaba de ti, Kacchan. Pero… —le tembló la voz y miró al suelo—. Nunca me escribiste, nunca viniste a visitarme y cuando fui de visita a tu reino no estabas. —Se abrazó a si mismo, el labio inferior le empezó a temblar—. Asumí que no me querías.
A Katsuki se le estrujó el corazón al ver a Izuku tan triste. Pero todo en su interior gritaba con alegría ante la noticia. Sintiéndose incrédulo, emocionado y ligeramente culpable tomó la mano de Izuku y la besó con suavidad. Luego deslizó el anillo en su dedo.
—Lo siento mucho, Izu-chan. No volveré a hacer que sientas eso, porque sí te quiero. Quiero que te cases conmigo, como lo prometimos.
Eso hizo que Izuku se pusiera a llorar.
—No llores, tonto. ¿Por qué lloras?
Izuku se limpió la cara con la manga.
—Por que estoy muy feliz. Kacchan sí me quiere.
Katsuki tiró de él con suavidad para abrazarlo. Izuku escondió su cabeza en el pecho de Katsuki, provocándole un estremecimiento y lo rodeó con sus brazos para abrazarlo también.
—Pues claro que sí. De hecho, vine a cumplir mi promesa. A pedirte que seas mi esposo, oficialmente.
Izuku separa la cabeza para mirarlo, sus ojos brillantes por las lágrimas y por toda la alegría que sentía en ese momento, su sonrisa era la más radiante, aunque el labio le temblaba un poco, amenazando con volver a llorar. Katsuki no logró resistirlo ni un segundo más y se inclinó los centímetros de diferencia para besarlo. El beso sabe a sal y menta, y es la mejor cosa que Katsuki ha sentido jamás. Izuku lo estrecha aún más contra si y suspira, relajando su cuerpo contra él y al entreabrir la boca Katsuki aprovecha para profundizar el beso.
Pensar en que ahora podría besar a su Izu-chan todos los días de su vida, era lo mejor de todo.
