Disclaimer: Pucca, le pertenece a su creador Boo Kyoung Kim. La historia es de mi propiedad.
Palabras: 1271
Un paso. Otro paso. Un paso. Otro paso. Un paso. Otro paso. Y así siguió Garu, caminando bajo la luna que se abría camino entre las nubes. La noche estaba especialmente iluminada, incluso si no fuese un ninja entrenado para agilizar su vista entre la niebla, y fuese solo un aldeano, vislumbraría con facilidad cualquier cosa. Podía incluso ver su casa desde allí, pensó. Y no estaba muy cerca que digamos.
El bosque de Sooga era reconocido por poseer bambú y árboles frondosos, que le daban belleza y naturalidad a la aldea. Claro, como todo bosque, lo mejor era quedarse lo más cerca de la aldea, pues nadie sabía que había al fondo de tanto árbol frondoso y gigante. Aldeanos extranjeros se habían perdido al intentar cruzar al otro lado, nadie sabe si lo lograron, o si seguían con vida.
No es que fuese un suicida creyente de espíritus o bosques embrujados. Nada que ver, en realidad. A pesar de ser un ninja que ha entrenado para enfrentar amenazas y proteger su hogar, lo mejor según su filosofía y experiencia es quedarse al margen del peligro, sobre todo si este no amenaza directamente su seguridad o la de algún conocido.
Pero claro, entonces, ¿Qué hace este honorable ninja caminando hasta lo más profundo del bosque cuando ha dicho que lo mejor es alejarse del peligro? Pues, como toda pregunta tiene al menos una respuesta. En sus múltiples entrenamientos diarios, y a lo largo de los años, ha explorado toda la zona que concierne a Sooga, inclusive ha visitado otros territorios y aprendido sus rutas y posibles pasadizos.
En uno de sus entrenamientos por tarde-noche, se había extendido más de la cuenta, se suponía que llegaría hasta el límite no establecido verbalmente por nadie de siempre, pero debido a su profunda concentración y pasión por lo que practicaba no llegó a fijarse que estaba adentrándose más de la cuenta.
Y realmente no sabe cómo llegó tan lejos del límite, pues cuando cayó en cuenta de su posición, estaba en medio de lo desconocido para él. No es que tuviera miedo, pero al contrario de otras veces de exploración de territorio en las que había estado acompañado de un guía o amigo, o que la zona era realmente pacífica y no había peligro, ésta no lo era. Estaba solo, anocheciendo, y en un lugar que no tenía idea de a cuantos metros estaba su casa.
Sin embargo, tal vez el cansancio, su mente nublada por la incertidumbre, la adrenalina de un buen entrenamiento o su propia estupidez bien conocida, siguió alejándose del límite para ver hasta donde llegaba.
No muy lejos, pasando árboles y arbustos que le parecieron de lo más comunes, se encontró lo que él podría llamar el paraíso. No, es EL paraíso.
Frente a sus ojos estaba un claro no muy grande pero tampoco diminuto, rodeado de árboles bastante altos que por su apariencia podrían tener más de cien años de antigüedad, arbustos repletos de flores por demás preciosas, seguro de que ninguna florería tenía esas bellezas; mariposas surcando los aires aleteando sus coloridas alas, y un lago cristalino en medio.
Garu había visto cosas bonitas en la aldea Sooga, cosas bellas en otras ciudades, y lo que la sociedad llamaba "arte" en las galerías del mundo, pero aun así. Aun así, podía decir que nunca, en su corta vida, había visto tremenda belleza. Algo, a lo que podría llamar, celestial.
Si Dios existía, este era el Edén.
Claro que, asombrado y parado en su lugar como poste observando con detalle cada rincón de aquel lugar, no se dio cuenta que el agua del lago empezó a moverse en un solo punto, como si algo estuviera emergiendo.
Garu hubiera esperado peces, sapos. Vamos, hubiera esperado tiburones, delfines, orcas, medusas ¡Calamares gigantes! La sorpresa que le embargó hubiera sido en menor medida.
Nunca esperó, que una silueta femenina saliera a la luz de entre aquellas aguas, mucho menos, que en lugar de piernas, aquella muchacha (si es que lo era) tuviera cola.
Por su voto de silencio, no soltó la maldición que empezaba a salir en la punta de su lengua. Vamos, quiso gritar, pero su voz se ahogó a medio camino, ya de por si al ver a la sirena frente a él, eso influía. Pero también lo hacía, que entre todo lo bello que había visto antes, esta joven le había dado diez mil vueltas en segundos.
Se quedó perdido y prendado entre aquellos largos cabellos azabaches que flotaban a lo largo del lago, en su piel blanquecina parecida a la de una muñeca, una porcelana; en sus ojos, negros como la noche, que tenían un brillo tierno e inocente, en sus labios rosados, entreabiertos como invitación a probar… En aquella tela roja que estaba seguro no existía en ninguna parte, cubriendo su torso, especialmente la parte de sus… Oh, Dios.
Inmediatamente, rojo cual tomate, se alejó algunos pasos tropezando con unas raíces y cayendo de bruces.
Mientras que la sirena le miraba sorprendida, y preocupada a partes iguales. Se acercó a la orilla de aquel lago, buscando ver si aquel muchacho había perdido el conocimiento por el golpe.
Afortunadamente, y a diferencias de entrenamientos y experiencias, ese golpe era un mínimo. Por lo que dio un salto hacia adelante, cayendo de cuclillas, mientras intentaba calmar su respiración. Claro que, sus sentidos auditivos captaron el suave pero animado sonido de unas palmas chocando. Aquella criatura se encontraba aplaudiendo, aparentemente maravillada del movimiento que había hecho.
No habló, solo rió. Aquel sonido melodioso perforo sus oídos, sus nervios, su pulso, y se alojó en su corazón.
Y no sabía cómo, pero irremediablemente había caído ante el canto de una sirena.
He aquí, la razón por la cual pasaba los últimos árboles de aquel bosque para llegar a el paraíso. Desde entonces, intrigado por la seguridad, y a la vez palpable soledad, de aquella sirena, la visitaba cada noche después de su entrenamiento. Sacrificando horas de sueño, que ahora le importaban un comino.
Pucca, le había puesto. Llevaba algunas semanas buscándole un nombre, para no tener que pensar siempre en ella como "esa" "criatura" "sirena". Un nombre que le calzara y que definitivamente usaría, y después de pensarlo mucho, ese había sido la elección. Se comunicaban en un principio con un cuaderno y lápiz que él había traído consigo en varias ocasiones. Por su voto de silencio, y ella… Por ser ella.
De eso hacía meses, y en algún momento dejaron de usar aquellas herramientas, al notar que con las miradas que se daban decían todo y a la vez nada. Los sonidos que salían de sus labios eran comunicación clara de sus pensamientos, pero el mirarse era otro nivel. Un nivel que no había conseguido con nadie.
Tal vez estaba loco, sí, porque cualquier aldeano normal se habría alejado corriendo y alertado a sus conocidos para dar caza al "fenómeno". Pero él no era una persona normal, era un ninja que cumplía su deber al vigilar cualquier movimiento de la inofensiva (y fuerte, lo descubrió después) sirena. Excusa que ya ni él mismo se creía.
Loco. Sus amigos le llamarían loco. Tal vez si lo estaba, loco al convivir, loco al comunicarse, loco a ya no precisamente vigilarla. Pero estaría más loco, si la dejara en la soledad o peor, provocara que le hicieran daño.
Prefería estar loco, y si loco significaba protegerla, entonces que así fuera. Estaba loco, loco de remate.
Loco de amor.
Y supo que había tomado una buena decisión, cuando aquella risa llegó a sus oídos, y aquella sonrisa adornó su rostro. Loco, porque se enamoró.
Nota de autora: Después de mucho tiempo, probablemente un año, he vuelto. Mil disculpas a todos los que han leído mis escritos, comentado, y agregado a favoritos. Por diversos motivos personales, he tenido que desaparecer por aquí. Sin embargo, traigo este escrito bastante largo a comparación de los otros. Espero guste. He vuelto, para quedarme :)
En el siguiente fic respondo comentarios.
