Hola amigos, soy Yuzuchi Araki

Una vez traigo otro dramático Madohomu donde Homura recordaba ciertas cosas y ciertos momentos… Momentos que jamás podrá repetir, no importaba si tenía la responsabilidad de salvar a Madoka o que al final ya no estaría a su lado estuvo destinada a no estar a su lado.

Pero que al menos ella podrá atesorarlos hasta ese día donde nuevamente se podrán encontrar…

Espero que lo disfruten

Yuu y fuera

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Homura lloró sobre el cuerpo de Mami, temblando, y miró a Madoka, firme y serena. La pelirrosa no derramó lágrimas, pero era el momento de la batalla, y la miró con una disciplina tranquila.

-Madoka-san, ¿Vas sola?- dijo la chica de trenzas cuyo corazón latía dolorosamente, y como siempre con su corazón, estaba impotente y débil.

-Tengo que proteger esta ciudad- dijo la más pequeña, contra el viento y la tormenta crecientes- Lo siento Homura-chan. Volveré, lo prometo

Caminó hacia la chica de gafas, con el más mínimo temblor, y puso sus manos en las mejillas de ésta. Presionó un beso en su frente y luego corrió para enfrentar a su adversario. Homura apoyó la mano en el lugar donde quedaba el beso fantasma y se dijo a sí misma que Madoka estaba nerviosa por el beso. Sería como un cuento popular, donde el héroe regresara después de un adiós entre lágrimas, íntegro e ileso.

Entonces la pelinegra podría conocerla, llevar a Mami a Kyubey y desearle que vuelva a la vida. Podrían ser felices.

Solo unas horas después, la esperanza se hizo añicos y lloró por Madoka…

Homura cayó del puente de cinta, aterrizó de forma segura en el suelo, y antes de que pudiera ordenar sus pensamientos, alguien se estrelló contra ella, con el chillido más fuerte que la joven novata jamás haya escuchado.

-¡Lo hiciste, lo hiciste, Homura-chan! ¡Estuviste increíble!

Madoka prácticamente rebotó, moviéndolas a ambas de lado a lado, y plantó muchos besos en el rostro de la pelinegra, impulsivamente, feliz.

-Dios mío, Kaname-san, espera un momento- dijo Mami, su voz ligera por la risa- Deja que Akemi-san respire

La pequeña pelirrosa hizo precisamente eso, y la chica de gafas pensó que no era tan malo no respirar; no era como si su corazón estuviera en peligro. La magia fue liberadora, tan maravillosa. Madoka sustituyó los besos por vítores, y fue casi tan bueno.

En un mar de frías realizaciones, Homura supo que algo así nunca volvería a suceder.

No había tiempo. Solo estaba trabajando detrás de escena, aferrándose a la frágil y agrietada esperanza de que todo sería diferente esta vez, y ya no podía acercarse a Madoka de esa manera.

Ya no era una amiga, ya no era algo más, y era su carga la que llevar.

-Lo has hecho todo por mí- dijo la pelirrosa, su cabello libre y su etéreo vestido ondeando en este plano místico de existencia- Gracias…

Justo como el primero, tal vez como sería, presionó un beso en la boca de la azabache y sus labios se sintieron aireados y Homura supo entonces que era verdad que Madoka se iba a entregar por el bien de las chicas mágicas, las chicas pérdidas.

-Déjame ir, solo por un tiempo- dijo la ahora diosa, y luego la pelinegra se quedó sola con las cintas rojas para decirle que alguna vez existió.

Por un breve momento, mientras Homura volvía a caer a la Tierra, caía de ese reconfortante lugar de existencia, extendió la mano para agarrar a alguien que ya no estaba allí.

En el camino a la escuela, con una agradable brisa y el sol brillando, Homura miró hacia el cielo despejado y se llevó la mano a la boca. Levantó la mano hacia el cielo, sonrió ante el sentimentalismo inusual y continuó su camino.