Meine liebe
By: HybridVirus

Disclaimer: Hetalia y sus personajes son pertenencia de sus respectivos dueños, solamente soy dueña de Rafaela y no hay ninguna ganancia con esto, más que darles amor a las relaciones de mi país con otros países; solo soy una fan que escribe para fans.

Pd: Se aceptan donaciones en PP :La descalabran:

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El suave murmullo de la brisa mece gentilmente las hojas de los árboles y plantas en el inmenso jardín de la casa. Las flores despiden un aroma tan encantador, que Rafaela bien podría creer que se encuentra en una inmensa florería. El silencio es tan apacible que la dueña de los orbes miel mantiene sus antebrazos en el barandal de la terraza, que le deja ver la extensión del encantador jardín frontal perteneciente al país que tan gentilmente le ha ofrecido quedarse en su hogar. Un suspiro soñador escapa de los carmines labios del país norteamericano, porque no tiene forma alguna de negar que hay algo completamente encantador en el treceavo distrito de Viena que Rafaela no puede explicar, porque es consciente de que hay algo nostálgico en el ambiente.

Las resplandecientes gemas ambarinas se ocultan detrás de sus parpados, concentrándose en aspirar profundamente la fragancia de las flores, a las que está segura Roderich les dedica un sinfín de cuidados, la gentil caricia del viento deslizándose contra su piel le arranca un escalofrió que la hace sonreír levemente. Quizás sea porque sabe de sobra que se encuentra despierta, a pesar de que se despidió de su anfitrión hace ya algún tiempo atrás. Una divertida risita escapa de sus labios al recordar una situación bastante similar, que ocurrió ya hace mucho tiempo atrás de vuelta en su extensión territorial. Rafaela sabe que debería estar dormida en ese mismo instante, pero siempre disfruto ver cuánto podía estirar la paciencia del país europeo, y algunos hábitos son realmente difíciles de olvidar.

El aroma de las flores la lleva a un tiempo en el que vivía entre la opulencia, en un hermoso palacio con pisos que eran del mas resplandeciente y hermoso mármol, ese mismo lugar donde la seda más fina colgaría como cortinas en inmensos ventanales, ese deslumbrante lugar donde las cosas serían adornadas con el más bello jade y malaquita. El mismo donde se encontraban los vitrales más hermosos, que su mirada hubiese alguna vez podido admirar. Una gentil sonrisa se apodera de las facciones de la ojimiel, al recordar con claridad el innegable encanto de su hogar, no tenía la menor duda de que jamás existiría un lugar que pudiera siquiera pensar en competir contra la majestuosidad del Castillo de Chapultepec, el mismo que había compartido con su esposo. Los orbes miel se abren al percatarse que eso mismo es lo que la tiene tan tranquila y nostálgica.

La mirada caramelo se desliza lentamente por el jardín, absorbiendo los colores y los tonos de las flores, los mismos que le resultan bastante familiares. Para después concentrarse en las curvas, arcos y todos los pequeños detalles de la arquitectura de la casa de Roderich. La misma que le arranca una extraña sensación desde lo más profundo del corazón. No es idéntico… pero es algo bastante similar… casi como si alguien hubiera intentado recrearlo desde lo más profundo de su memoria. No tiene el enorme jardín en la terraza que el austriaco le obsequio cuando se casaron. Pero no hay duda alguna de que la esencia es la misma… Los bronceados dedos se aferran al barandal de la terraza, al mismo tiempo que la palicastaña intenta absorber hasta la más mínima similitud que presentan la piedra y las ventanas, con su adorado castillo de vuelta en el continente americano.

–Österreich…

Un nudo se apodera del estómago de la ojimiel, junto a la sensación de su corazón latiendo completamente fuera de control en su pecho. Por eso es que el austriaco la miraba tanto cuando llegaron… el dueño de los orbes violáceos esperaba una reacción de su parte a la no exacta, pero un tanto similar replica de los colores y los detalles del hogar que ambos habían compartido cuando eran el segundo imperio mexicano. Un pequeño sollozo escapa de los labios del país latinoamericano, ante el recuerdo de lo que fue la convivencia más agradable que habría tenido con la persona menos esperada. Recordaba a sus emperadores, al segundo con mucho mas aprecio y afecto que al primero, porque Iturbide… bueno el pobre demostró porque la monarquía no se podría sostener en sus dominios.

–Lo siento tanto… Österreich…

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Un tembloroso jadeo escapa de los labios de la dueña de las hebras castañas, mientras ese familiar escozor se hace presente en sus ojos, ese mismo que conoce a la perfección, gracias al llanto que la acompaño durante esas solitarias noches que siguieron a su aterrador divorcio. Han pasado años desde la intervención francesa que la llevo a convertirse en un imperio, pero ni el paso del tiempo o las acciones de sus hermanos oponiéndose a su matrimonio, han sido capaces de hacerla olvidar al país que no la maltrato en lo más mínimo, después de haberse desposado con ella. Un tembloroso suspiro escapa de los labios del país del continente americano, al mismo tiempo que la ojimiel gira para poder sentarse sobre el barandal al que sus manos anteriormente se aferraron.

–¿Qué sucede?

Con un rápido movimiento, las manos de la ojimiel cubren su rostro, intentando evitar llamar la atención de la inesperada compañía del austriaco. Un nervioso suspiro escapa de la mexicana, mientras su mente grita que debía saber de sobra que Roderich aparecería en algún momento en el lugar, pues el país europeo siempre había mostrado una facilidad para encontrarla ya fuera en el interior o en el exterior del castillo, tal parece que ese pequeño detalle no parecía que fuera a cambiar a pesar de que ya no se encontraban casados. Con un rápido movimiento Rafaela se incorporó sobre sus pies, para poder darse la vuelta e intentar disimular las lágrimas, que habían amenazado con escapar de sus ojos apenas hace unos instantes atrás. No había la menor forma de que incomodara a su anfitrión con el fantasma del pasado que los unía. Era bastante obvio que imponer semejantes emociones, solo podría considerarse como una mancha en la amistad que ambos habían forjado al día de hoy.

–¡No pasa nada!

Chillo con nerviosismo el país azteca, a la par que intentaba evitar a toda costa llamar aún más la atención de su anfitrión. El eco de las pisadas del país europeo acercándose a su persona, le hacen sudar las manos igual que esa vez en la que tuvo que decir "Acepto" al matrimonio con el austriaco, no es como si pudiera decir que no, después de todo Francis le haría la vida imposible y prefería mil veces a Roderich que al desgraciado del galo como esposo. Así que había tomado la mejor decisión que se postraba ante su persona, la incertidumbre de no saber cómo vivirían ella y sus hijos en manos de Österreich o la seguridad de que Francia le haría la vida completamente miserable, fueron la razón principal para no oponerse en lo más mínimo al matrimonio arreglado, igual solo era cuestión de tiempo para que sus hermanos volvieran, solo tenía que mantenerse fuerte hasta entonces.

–La última vez que me dijiste algo así...

Susurra la gentil voz que le eriza la piel sin ninguna razón aparente, pero no es que se sienta intimidada. Es el hecho de que conoce a Austria de un modo diferente al de un país. Puede que todo fuera arreglado y que enserio ninguno de los dos se sintiera en lo más mínimo felices, con la situación que se presentó ante ellos y en la que ambos tuvieron que ceder sus propias libertades. Rafaela conoce a Roderich del modo en que una mujer conoce a un hombre, ha compartido la cama con el pelicastaño, conocen sus rostros, sus gestos, sus sueños, sus ideales y también… sus cuerpos, sus besos, sus jadeos, sus susurros, sus miradas repletas de silenciosas emociones. Las mejillas de la ojimiel se encienden de un intenso color rojo, justamente como si de un maduro tomate se tratase.

–…Tuvimos que separarnos…

Un escalofrió se apodera de la dueña de las hebras castañas, al sentir la firme mirada de los orbes violetas clavada sobre su persona, junto al extraño tono de voz que proviene del hombre que en algún momento fue su esposo. Un tembloroso jadeo escapa de Rafaela al sentir como el pecho del mas alto se presiona contra su espalda, el recuerdo de ese varonil cuerpo presionándose contra el suyo en las noches bajo las sábanas, es algo que simplemente se rehúsa a dejar su cabeza. El aliento del dueño de las resplandecientes amatistas acaricia el puente de la oreja de la ojimiel, haciendo que sus manos se presionen con mas fuerza contra su rostro, intentando esconder el notorio sonrojo que traiciona todas las emociones que se encuentran desbordándose en su interior.

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La repentina sensación de los pálidos dedos del austriaco tomando sus muñecas, aumenta el ya exaltado latido de su corazón a punto de escapar de su pecho. Rafaela sabe de sobra el resultado de esta batalla, pues en otro lugar y en otro tiempo, esta misma situación ya se llevo acabo una vez… y sabe perfectamente que no puede enfrentarse a Roderich. La sensación de esas mismas manos que la han privado de su improvisada barrera, deslizándose contra su rostro la obligan a abrir los ojos, para dirigir su acuosa mirada hacia arriba y así poder observar al hombre que se mantiene firme detrás de ella. La forma en que ámbar y amatista se encuentran en una silenciosa tormenta de emociones, revive algo que ambos países saben de sobra han intentado negar con el paso de los años.

–¿Siempre tienes que salir de este modo?

Pregunta la voz del país europeo en un modo que México reconoce como ese tono donde se encuentran una mezcla de molestia y resignación que solamente su Österreich parece capaz de poseer. Una de las manos del pelicastaño toman la satinada tela roja de su bata de noche, para ocultar con un simple movimiento el camisón escarlata con detalles de encaje que el país latino lleva debajo de la misma. El recuerdo de despertar durante las altas horas de la madrugada y escapar de su habitación, para rondar libremente por el castillo en paños menores, es seguido por la realidad del ofuscado esposo que saldría de esa misma cama a buscarla absolutamente por todos lados. La sola idea de jamás poder escapar de la vigilante mirada violeta, le arranca una pequeña sonrisa de los labios. Tal parece que algunas cosas simplemente no cambian, a pesar del paso del tiempo y de los cambios que ambos han sufrido.

–Pero si no hay nadie alrededor…

Menciona la ojimiel al mismo tiempo que la mano del pelicastaño, acomoda detrás de la oreja del país azteca, las hebras rebeldes que son mecidas juguetonamente por la brisa nocturna. A pesar del paso del tiempo y de las guerras que han ocurrido en el mundo, a pesar de los desastres y el dolor que ambos han tenido que sufrir por las decisiones de otros. Hay algo de lo que el país del continente europeo se siente completamente seguro con México tan cerca de su alcance. Lo que sea que ambos creen que murió hace años con su separación, se encuentra ahí tan a la vista del resto del mundo. Es por esa misma razón que el resto de los países, no tuvo la necesidad de cuestionar en lo más mínimo, el porqué de la reacción de Rafaela ante la forma en que Alemania lo anexo a su territorio en 1938.

–Volvamos a la cama.

Menciona la voz del austriaco al mismo tiempo que envuelve la cintura de la ojimiel con uno de sus brazos. Una parte de Roderich insiste en que lo hace para evitar que la bata se abra una vez más. Al mismo tiempo que una parte de su subconsciente le dice, que ni siquiera él mismo es capaz de creer semejante cosa. La separación que habían vivido, se había convertido en el capitulo mas doloroso en su relación como países, pues después de eso México se había recluido en si misma por orden de su presidente, rehusándose por completo a entablar ninguna especie de relación con el continente europeo. Ese sería quizás uno de los capítulos mas complicados de su vida, junto al Anschluss que su exesposa se rehusó a ver como algo aceptable, por parte de la Alemania de ese tiempo.

– Österreich…

El corazón del austriaco late fuera de control en su pecho al escuchar su nombre escapar de los carmines labios de Rafaela, el país germánico sabe que solamente es su nombre dicho en alemán, y una parte de él es consciente de que no debería de exaltarse tan fácilmente. Sin embargo, hay una vocecilla en su cabeza que grita que eso no es cierto, porque México solamente lo llamo de ese modo mientras estuvieron casados. Los pálidos brazos del europeo se aferran a su acompañante, ante el recuerdo de esos 34 años que ambos pasaron en un inmenso silencio, intentando por todos los medios mantenerse alejados el uno del otro, sin siquiera atreverse a dirigirse una discreta mirada. Hasta ese fatídico día en que sus orbes se encontraron, durante esa exposición que irónicamente se llevaba a cabo en Paris, tal parece que Francis simplemente se rehusaba a dejar de intentar unirlos nuevamente, bajo la excusa de recuperar 'L'amour'.

–… ¿Aun piensas en nosotros?

Las pálidas manos de Roderich se aferran a la satinada tela, mientras sus ojos se mantienen fijos sobre la puerta de la habitación. Ese recuerdo es la tortura más cruel a la que se ha expuesto, por más de 34 años sufrió en silencio diciéndose a sí mismo que solo necesitaba recuperar, esa amistad que ambos habían forjado lentamente con el paso de los días viviendo juntos. Pero… no era cierto, necesitaba todo lo demás, no solo quería esas discretas sonrisas que eran obsequiadas a él cuándo se veían en alguna reunión o evento, quería las miradas repletas de emociones que le avergonzaba nombrar, las sonrisas que gritaban sobre un afecto que los abrumaba sin control, la compañía que llenaba sus días de un ardor en sus corazones, y esos momentos íntimos… que le gustaría pensar ambos anhelaban con desesperación.

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Un imperceptible jadeo escapa del austriaco, al mismo tiempo que abre la puerta de la habitación. Esa voz dentro de su cabeza le dice que es momento de dejar escapar aquello que guarda tan celosamente en su interior. Es el momento de liberar esos 34 años de peso que lleva cargando en sus hombros. Rafaela está ofreciéndole una excusa para acercarse, conoce tan bien a la ojimiel que sabe ella aceptara sus palabras y no cuestionara las razones de mencionarle esas cosas, después de tantos años de haberse vuelto a encontrar y de re entablar su amistad. Las manos del país germánico sueltan lentamente al país latino, esperando que se meta finalmente en la cama para poder salir del lugar, y así dejarla descansar por el resto de la noche.

–Espera Österreich…

La sensación de esa cálida mano posándose en su muñeca, le dice que quizás no es el momento para que hablen de esas cosas… quizás él deba esperar a saber que enserio queda un poco del pasado en sus corazones. Quizás deba de dejar que la historia y los ecos del pasado continúen enterrados en el olvido de su memoria. Pero… no puede negar la llamada de esos orbes caramelo que lo miran con un nerviosismo, que recuerda haber visto con anterioridad en su noche de bodas. La misma en la que ambos se habían visto obligados a compartir una cama con un completo extraño. Los bronceados dedos del país azteca, se entrelazan con los suyos, en una caricia que hace revolotear el estómago del mayor. No es la primera vez que pasa, pero si recuerda a la perfección la última vez, que sujeto de ese mismo modo… la mano de su esposa.

–Sé que es egoísta de mi parte… pero…

Susurro con gentileza esa voz que Roderich aun recordaba, como le decía que lo quería en las noches. Rafaela podría pedirle la cosa más absurda del mundo y el jamás supondría que fuera algo egoísta… A no ser que esto se tratara sobre el penacho de Moctezuma, el cual si era un tema completamente zanjado por la delicadeza de dicho objeto. La repentina sensación de ser jalado hacia la cama, le saca de sus ensoñaciones, para encontrarse con la mirada ambarina fija en su persona. Hay algo… familiar en esos ojos que parecen exigirle silenciosamente que tome una decisión. El aliento del austriaco se detiene por completo, al percatarse de la forma en que su mano se encuentra apoyada sobre el mullido colchón de la cama. Sus cuerpos se encuentran realmente cerca, pero aún hay la suficiente distancia entre sus extensiones territoriales.

–Quédate conmigo…

Las palabras que escapan de los carmines labios ante él, son el llamado de un pasado que el austriaco puede jurar regresa a atormentarlo, con cada mirada discreta que le ha dedicado a México a lo largo de los años. Los orbes violáceos se cierran lentamente al sentir la suave caricia de la cálida piel que se desliza sobre su mejilla, la misma que después baja lentamente por su cuello, arrancándole un agradable escalofrío al reconocer el mismo patrón de caricias, que acompaño sin falta todas sus noches repletas de pasión. Los labios del pelicastaño se separan para susurrar en la silenciosa habitación, las palabras que recuerda haber compartido siempre con la mujer que se encuentra en ese mismo instante en su cama.

–Meine liebe.

La repentina sensación de manos aferrándose con desesperación al cuerpo del contrario, arranca un sinfín de temblorosos suspiros de los labios de ambos países. El espacio entre sus cuerpos es ahora inexistente gracias a la forma en que las delgadas telas de su ropa de noche, sirven como la única barrera entre ellos. Los labios de ambos se encuentran en un lento vals, en el que ambos países se reconocen como expertos. El eco de los exaltados jadeos de ambos resuena en la tranquila noche, mientras sus orbes se encuentran una vez más entre la oscuridad de la habitación. La frente del austriaco se presiona cuidadosamente contra la de la mujer más bajita quien, con una pequeña sonrisa sobre sus ligeramente hinchados labios, imita el mismo movimiento asegurándose de que sus miradas se mantengan firmes la una en la otra.

–Meine Österreich.

Una discreta sonrisa se apodera de los pálidos labios de Austria al reconocer de sobra el resplandor de las emociones en los orbes miel, los mismos que al principio lo mirarían con una frialdad e indiferencia que recordaba de sobra al inicio de su matrimonio. Pero era algo de esperarse porque eran un par de desconocidos atados el uno al otro. La diferencia en esta ocasión, era que ambos sabían quién era el otro, y que a pesar de que el ardor del amor parecía poder ser destrozado por otras personas, ambos podían estar seguros de que este no era el caso entre ellos dos. Los dedos de Roderich toman con cuidado la mano izquierda de Rafaela, asegurándose de dejar un beso contra el nudillo de ese dedo que en algún momento llevo un anillo, el mismo que el dueño de los orbes violetas aún conserva celosamente en espera de devolverlo a su dueña.

~Owari~

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Hybrid-Virus

Yo! ¡Buen día lectores, espero que estén teniendo un excelente día! Finalmente, después de años y años de espera, pude cumplir con este Oneshot que le había prometido en algún momento a Austria. Lo curioso es que estaba escribiendo otra cosa, cuando finalmente me decidí a abrir un archivo de Word para este trabajito. Primeramente, como bien sabemos esta pareja no es crack, es bastante factible y entendible porque existió el segundo imperio mexicano, recordemos que aun hoy en día Maximiliano es muy querido en ciertos puntos por el pueblo mexicano.

De hecho, sentí que por ahí debió de andar de celoso el Emmet, pero esa será una cuestión para otro día. Me gusta más Österreich que Austria y decidí usarlo porque supuse que esa sería la forma en que México llamaría a Roderich, la misma que con el paso del tiempo después de casados sería una forma cariñosa para dirigirse a él. Después del cese del segundo imperio mexicano, México se cerró a toda Europa hasta que ellos iniciaran un intento de reconciliación con México, por haber aceptado la imposición de Maximiliano y desconocido el gobierno de Juárez.

Esta es la razón por la que después Porfirio Díaz optaría por Europa ya que México se encontraría muy unido a Gringolandia. Con el paso del tiempo, México fue entablando amistades de nuevo con Europa gracias a las acciones de diversos gobiernos europeos y otras tantas se llevarían a cabo gracias las acciones de Porfirio Díaz. Pasarían cerca de unos 34 años para que Rafaela y Roderich se volvieran a encontrar. Esto sucedería en el año de 1900 en la exposición universal de Paris, donde Sebastian Bernardo estrecho la mano del comisionado austriaco y le informo que era "muy bienvenido" a pasar al pabellón expositivo de México.

Otro contribuyente a que estos dos hicieran las paces, sería el mismísimo Porfirio Díaz, quien concedió el permiso para levantar una Capilla en memoria de Maximiliano de Habsburgo en el Cerro de las Campanas, que es el mismo sitio donde fue fusilado el segundo emperador de México. Un tercer contribuyente aparecería gracias a las acciones de Díaz, quizás el que uno supondría como impensable, pues el príncipe austriaco Karl Khevenhüller-Metsch en respuesta a este gesto de amistad, viajo a México en 1901 para asistir a la inauguración de la Capilla de Maximiliano, siendo el primer representante del Imperio Austrohúngaro que volvió a pisar suelo mexicano. La conciliación entre ambos países finalmente llego el 27 de junio de 1901.

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