Capítulo 1 – 31/12/20:
—Disculpa pero, ¿tus ojos son…—se reclinó sobre el mostrador para poder observarla mejor—… violetas?
—Dependiendo de cómo les den la luz, sí —respondió como un mantra, ya se había desacostumbrado a que le preguntaran lo mismo. Por suerte la mampara de plástico impedía que se acercara más hacia ella para cuando hiciera la tan temida y predecible asociación.
—Ay, ¡como los ojos de Elizabeth Taylor! Tú eres la nieta de Kiki, ¿verdad? Ágatha me ha hablado de ti, ¿cómo está tu abuela?
—Bien, bastante cansada por el aislamiento, permanecer recluida no es lo mejor para sus piernas. ¿Cómo anda la señora Ágatha?
Beep beep volvió a sonar la lectora del cajero, rastreando los productos
—Mi suegra anda bien, casi que no extraña el almacén. Pensar que mi marido y yo le decíamos "tienes que cuidarte, hay cada vez más casos de coronavirus" y se resistía una y otra vez… y mírala ahora —soltó una bufido de indignación que le desacomodó el ya precario barbijo. — ¡Cómoda! Total, estamos nosotros para recibir a los proveedores, acomodar los productos, atender a los clientes…
—Bueno, ya es una señora muy grande.
—Por supuesto, por supuesto, pero todo este trabajo de golpe lo descoloca a cualquiera.
Beep beep. Ya se arrepentía de haber preguntado.
—Encima imagínate, estuvo atendiendo durante los primeros meses de plena pandemia y nada, lo más bien la doña; venimos nosotros a reemplazarla y mi marido contrae coronavirus. Al final siempre termino siendo yo la que se encarga de todo —se detuvo unos segundos ante una botella de vino antes de pasarla por la lectora. — Ah, sabes que justo ayer comentaban en el noticiero las estadísticas sobre el drástico aumento de consumo del alcohol.
—Ah, mire usted. Yo no veo noticieros.
—Claro claro, los jóvenes no necesitan ver noticieros…
—Se sustentan a costa de la salud mental de sus televidentes con noticias fatalistas e información parcial y politizada, negando al espectador un real conocimiento de los hechos. Creo que incluso prefiero indagar en portales de Internet, se leen más objetivos.
Beep beep.
—Ah sí, sí, por el Internet, como mi hijo que se la pasa taka taka con el celular todo el día, vaya a uno a saber para qué —minimizó para después contraatacar: — Ay pero no puedo enojarme con él, promocionó las materias que le faltaban y ya está a punto de recibirse en la licenciatura de economía. ¡No sabes lo contenta que estoy! La hizo a gran velocidad para su edad, ¿no crees? ¿Y a ti cómo te va en la universidad?
Beep beep. El cajero anunció el monto total de la compra.
Tragó en seco antes de pagar, por suerte el barbijo tejido que le había hecho su abuela le cubría gran parte del rostro.
—Bieeeeeeeeen, medio complicada con la dinámica de las clases online pero bien —fue guardando los víveres en el chango de tela de su abuela. — No se comparan a las clases presenciales, pero no nos queda otra que adaptarnos a esta nueva realidad, ¿no?
—Lamentablemente no. Mándele muchos saludos a Kiki.
—Y usted a la señora Ágatha y espero que su marido se mejore.
— ¡Já! Si es por él, viviría en la cama para que lo atendiera hasta para respirar.
Salió del almacén casi corriendo, con la cabeza saturada. Su cerebro había perdido el hábito de lidiar con personas y odiaba ir a aquel almacén, pero sólo quedaba a una cuadra de la casa así que no tenía otra alternativa.
Abrió el pesado portón oxidado y sus dos gatos le dieron la bienvenida maullando con insistencia. Caminó por el jardín con ellos siguiéndole el paso, atravesando la casa frontal –donde vivía su abuela- y llegando a la casilla del fondo que ella ocupaba.
— ¿Ya tienen hambre otra vez? —Exclamó su abuela, saliendo al patio. — Ni sé qué hora es, ¿es muy tarde?
—El sol debería estar poniéndose —volteó y la vio caminando despacito hacia los cuencos de comida vacíos de los gatos. — Kiki, ya sabes que tienes que usar el andador, o al menos usa el bastón.
— ¿Cómo que es tan tarde y no me di cuenta? Bah, quién puede saber qué momento del día es cuando el cielo estuvo todo el tiempo nublado y oscuro.
—Tan nublado y oscuro como mis esperanzas y mis proyectos. —Pasó cerca de la soga donde colgaban ropa y tomó una de las alfombras que había colgado el día anterior, no tenía sentido dejarla ahí afuera si no iba a secarse. — Ve para adentro Kiki, ahora te llevo los víveres.
Entró a la casilla y fue apoyando las bolsas a un costado. Se quitó el barbijo y lo puso junto con el resto de la colección que le había tejido su abuela, lavó sus manos y se puso otra muda de ropa más cómoda; tanto tiempo en cuarentena la habían desacostumbrado a la opresión natural de los jeans. Fue higienizando los productos, separando en la kitchenette los suyos de los de Kiki, mientras chequeaba su celular y veía que tenía notificaciones de mensajes de su madre. Lo dejó a un lado, definitivamente no necesitaba leer eso en ese momento.
Tomó la botella de vino, un vaso, los víveres seleccionados, y salió. Atravesó el jardín lleno de matorrales y se sentó en los peldaños del porche de la casa frontal. Su abuela ya la esperaba allí en su mecedora con la puerta de madera abierta pero la de rejas, cerrada, en un mutuo acuerdo para imponerse distancia.
—Hoy me alcanzó para el vino que te gusta —destapó la botella y vertió el líquido en el vaso que le ofrecía a través de los barrotes desteñidos. — Acá te dejo también la bolsa con los víveres, ya los higienicé pero no vendría mal que volvieras a hacerlo, por si acaso.
—Ya estoy cansada del condenado virus ese, con tantos cuidados y aislamiento que tengo encima casi que preferiría morirme —le acercó un plato con galletitas. — Ten, come antes del vino. Fuiste tan tarde al almacén que me imagino que no has comido nada.
—Kiki, ya deja de decir que quieres morirte, ¿quién se supone que va a mantenerme? —Aceptó el plato y los gatos se acercaron con rapidez hacia ella. —Yo soy quien tendría que morirse, tengo veintidós años y vivo parasitando a una jubilada. Ni estudiar una carrera me sale bien.
—Ay nena, ¿cómo vas a querer morirte con veintidós años? ¿Quién cuidaría a los gatos, tu madre? Por cierto, no les des nada de galletitas a esos zánganos, ya comieron y siempre quieren más.
—Por lo menos ellos son zánganos bellos… ¿sabes? La señora del almacén me comentaba que su hijo ya está casi recibido.
— ¿Qué señora?
—La nuera de Ágatha.
— ¡Ah sí, esa! —Uno de los gatos saltó y se acomodó sobre su regazo. — Ágatha me llama y no para de quejarse de ella, si supieras las barbaridades que me cuenta que hace.
—Ya está muy chapado a la antigua el conflicto social suegra-nuera, pero admito que no es una persona muy agradable… o quizás me lo tomé a personal cuando volví a escuchar a alguien comparándome con Elizabeth Taylor.
—Ay cariño, cada vez que lo pienso, tú tendrías que haber sido actriz, no fue casual que nacieras con un par de ojos tan bellos y únicos.
—Probablemente hubiera abandonado a los meses de empezar, como me pasó con las tres distintas carreras que comencé —suspiró, dando un largo trago a su vaso y volviendo a servirse.
—Me da mucha pena ya que con la última que cursaste te veías bastante motivada.
—La pandemia me arruinó toda motivación. No me veía en un futuro trabajando de eso, además las clases online son horribles y el que me echaran de aquel trabajo a los tres meses no me ayudó mucho.
Se quedaron unos minutos en silencio. Ya había anochecido y la quietud de la ciudad sumida en cuarentena sólo era interrumpida por los ronroneos de los felinos y el zumbido del viejo foco de luz que las alumbraba.
—Qué duro se ve el futuro de los jóvenes —chasqueó con la lengua para luego tomar unos sorbos de vino. — ¿Cómo pueden proyectar a futuro con esta situación tan horrible? Yo, a esa edad, estaba tan llena de sueños y expectativas… que nunca se cumplieron porque terminé casándome con tu abuelo, pero ahora parece que la incertidumbre erradicó la esperanza de conseguir un futuro mejor.
—Y resulta abrumadora la noción de que la crisis económica y sanitaria ocurre en todos los rincones del planeta. —Se quedó contemplando una de las galletas entre sus dedos. — Igual todos estamos sintiéndonos así, no justifica mi desidia. Hay gente de mi edad, y aún más jóvenes, que ya están bastante avanzados en sus carreras o que incluso apuestan a emprendimientos… y la sola idea de que soy lo suficientemente privilegiada para contemplar esto mientras tomo vino y como galletitas con mi abuela en su porche, me angustia. Me consume en angustia.
—Pero tú eres una muchacha muy capaz e inteligente, has rendido muy bien tus exámenes de ingreso y los parciales de las materias que has hecho.
—Salvo química y física, sí. Pero ya llevo dos años acá en la capital y ya abandoné tres carreras —resopló, indignada consigo misma. — Incluso consigo trabajo y me echan por la pandemia… Al final, creo que me iba mejor cuando estaba bajo el yugo de mamá.
—Bueno, eso es seguro. Siempre es más fácil que alguien venga y te diga que tienes que ponerte a estudiar, que estás holgazaneando demasiado, que por lo menos termines una carrera para tener un título. Ser adulto no sólo implica la independencia para elegir qué carrera quieres hacer con tu vida, sino también el cómo administras tu libertad y tu tiempo para poder llevarlo a cabo… si bien nos vemos muy limitados por nuestra calidad de vida y capacidad monetaria, aún puedo ayudarte para que sigas explorando y descubras qué quieres hacer con tu futuro y cómo lo llevarás a cabo. Pero no estaré para siempre.
—Lo sé, lo sé…
—Capacidad te sobra, el resto es aprendizaje con paciencia y voluntad. Empieza con pequeñas conquistas de tu libertad, por más absurdas que parezcan. —Inclinó su vaso hacia ella y ésta le sirvió más vino. — Era esperable que, después de lo estricta que fue tu madre, encontrarte aquí con tu propio espacio y casi a tu propia suerte iba a ser un cambio muy drástico.
—Sí, haciendo retrospectiva, era predecible. Aun así no dejo de ser una niña en el cuerpo de una mujer adulta que le da miedo tomar las riendas de su propia vida, a costa de su propia abuela.
—Erika, me gusta compartir mi libertad contigo, por más limitada que ésta esté por mi edad y la pandemia. Es más, precisamente por eso quiero ayudarte y apoyarte, ya estoy grande y tú tienes una vida por soñar y vivir. —Jugueteó con su vaso a la par que contemplaba el de su nieta. — Lo que no tienes permitido es tomar vino sin tu abuela y encerrarte ahí atrás para embriagarte sola.
Se quedó perpleja durante unos segundos, mirándola dubitativa.
— ¿Cómo supiste…?
—El olor a lavandina que tenía ese felpudo que colgaste era insoportable, aún a varios metros podía sentirlo.
—No tenía tanta lavandina, es tu súper sentido del olfato.
—Mi súper sentido del olfato dice que tenía mucha lavandina y eso se traduce en que alguien quiso ocultar una mancha de algo —la observó por arriba del armazón de sus anteojos. — Los gatos no van para atrás por el desagradable recuerdo de tu abuelo, así que es muy probable que haya sido por una mancha de vino, ¿verdad? Erika, ya he lidiado con personas alcohólicas varias veces, nada de esto es nuevo para mí.
—No es necesario ser tan extremista, no soy alcohólica.
—En todo este tiempo, nunca tuviste ese hábito. Además la angustia y el alcohol no hacen buena combinación.
Dejó el vaso a un lado, molesta. Los regaños de abuela eran mucho más suaves que los regaños de madre, pero regaños eran regaños. Resopló frustrada consigo misma, consciente de que esos mismos regaños existían precisamente por su incapacidad de tomar el control sobre su vida. La tratarían como a una niña siempre y cuando no demostrara el comportamiento de una adulta exitosa.
—Te tendré presente en mis deseos de hoy.
— ¿Sólo en los deseos de hoy? ¿A quién le dedicas los deseos de los otros trescientos sesenta y cuatro días del año?
—Ah, pero hoy es un día muuuy especial, la Ágatha dijo que hay luna azul y justo cae en esta fecha tan especial.
—Cierto que hoy era Halloween, ya lo había olvidado.
—No dijo Halloween, dijo algo como Senheim o Samhin.
—Creo que es Samhain.
— ¡Sí, eso, eso! La Ágatha dijo que la luna azul coincidía con el Samhain de la cultura celta y que había que escribir en papelitos no sé cuántos deseos, así cuando vinieran las hadas del otro mundo los cumplirían.
— ¿Segura que funciona así la cosa?
—Bah, creo que dijo algo así, que trae muchas energías y magia… aprovecharé y pediré para que encuentres tu camino o a un hombre con mucha plata que te quiera y te mantenga.
— ¿Por qué no una mujer con mucha plata que me quiera y me mantenga?
—Ay Erika, ¿eres lesbiana?
La joven se rió y luego se hizo el silencio. Observó a su abuela y se sorprendió al notar que su pregunta no había sido en broma.
— ¿Qué tendría de malo que fuera lesbiana?
—Entonces, ¿eres lesbiana?
— ¿No crees que esa pregunta tendría que venir acompañada con un "de todas maneras no importa porque eres mi querida y hermosa Elizabeth Taylor y siempre, siempre te voy a querer? —Inquirió, llevándose una mano al pecho de forma dramática. Era llamativo que podía bromear con su abuela de casi cualquier cosa salvo por eso. — Kiki por favor, no sé qué quiero hacer con mi vida y tú ya me pides que decida mi sexualidad.
—Entonces no te negarías a un hombre con mucha plata.
—Mientras me respete, me dé una jugosa pensión y ponga un departamento a mi nombre, no tengo problema.
—Pues será muy sencillo con tan pocas pretensiones —rió.
Casi inmediatamente empezó a sonar el teléfono desde dentro de la casa. Kiki se levantó como un resorte de la mecedora, causando que el gato saltara asustado de su regazo.
— ¡Abuela, para qué tienes el maldito bastón si no lo usas! —Gritó al ver cómo la anciana se precipitaba al teléfono como podía, apoyándose contra la pared.
— ¡Ágatha, pero qué casualidad! ¡Justo estaba hablando sobre ti con Elizabeth Taylor! Espera, espera un segundo… —volteó y vio a su nieta que se incorporaba dispuesta a marcharse. — ¡Erika! ¿Ya te vas? ¿No quieres que te prepare la cena?
—No te preocupes, creo que tengo algunos restos en la heladera. Ahí te dejé los víveres y lo que queda del vino, te dejo charlar tranquila.
— ¡Buenas noches, cariño! Ágatha te envía saludos.
—Buenas noches.
Se marchó seguida de cerca por los felinos. A mitad del jardín éstos se dispersaron entre los arbustos y se inclinó para acariciarlos como despedida, llevándose por delante algunas ramas salvajes. Kiki ya estaba muy cansada para dedicarse al cuidado y podado de sus plantas como siempre supo hacer, sus piernas estaban cada vez más hinchadas y tiesas por consecuencia del sedentarismo.
Su cabeza le dio un par de vuelcos, tendría que haber considerado comer más galletitas antes de tomar el vino. Entró a la casilla del fondo y se echó sobre la cama, con el celular entre sus dedos, jugueteando entre las aplicaciones para hacer tiempo antes de leer los mensajes de su madre. Comenzó a sentir hambre y fue a revisar la pequeña heladera, volviéndola al cerrar al carecer de ánimos para ponerse a cocinar algo. Volvió a su celular dispuesta a pedir comida por servicio de mensajería cuando, por accidente, abrió el chat de su madre.
Mamá: Erika, ¿cómo andas? ¿Cómo anda el estudio? ¿Cómo anda tu abuela de las piernas? La estás cuidando, ¿verdad? Porque veo en el noticiero que todo el mundo está saliendo para celebrar Halloween. Mejor quédate cuidándola y estudiando.
Ah, los buenos y asfixiantes mensajes de su madre, ¿cómo no morirse de ganas de leerlos? Igual era importante leer aquello, dedicado para las pocas veces que pensaba que si se hubiera quedado en su casa hubiera progresado con alguna de las carreras que comenzó y abandonó. No, si su éxito dependía de eso, le parecía un precio muy costoso sacrificar la poca salud mental que le restaba para conseguirlo.
Antes de siquiera pensar en responder, la pantalla volvió a iluminarse con un nuevo mensaje.
Mamá: te acabo de ver conectada en Facebook, ¿por qué no respondiste mis mensajes antes? ¿Me estás eludiendo? ¿Por qué me evitas, acaso abandonaste la carrera OTRA VEZ?
Definitivamente estaba perdiendo dinero al no trabajar para el FBI.
¿Cómo? ¿Cómo es que siempre se enteraba de todo? ¿Cómo puede ser que, a través de un simple chat de celular supiera que había fracasado OTRA VEZ?
La realidad es que sabía el cómo lo hacía, porque su hilo de pensamientos siempre había sido el mismo: siempre esperaba lo peor de ella. Su madre nunca había tenido reparos en tacharla de "estúpida e ignorante" por encontrarla leyendo un libro para púberes de quince años cuando ella tenía quince años, ni era tan complicado tratarla de "fácil y regalada" al verla salir del colegio con su noviecito del secundario y su grupo de amigos, ni era tan rebuscado tildarla de "enferma depresiva" cuando la piel comenzó a pegarse a sus huesos y vivía encerrada en su habitación. Por más estudiosa y aplicada que fuera nunca era suficiente para su madre y siempre terminaba anunciando algo fatídico como que rezaría por ella ante Dios porque había nacido condenada al fracaso.
Erika: ¿De qué estás hablando? No abandoné nada y la abuela se encuentra bien, sigue negándose a usar el bastón, mucho menos el andador… y te recuerdo que estamos en pandemia, ¿de qué clase de fiesta me estás hablando?
Mamá: No paran de promocionar Halloween en la televisión, pero si realmente sigues estudiando, no te debe importar mucho. Rezaré a Dios para que no lo arruines de nuevo.
Erika: sabes lo que decía Nietzsche sobre Dios, ¿verdad?
Mamá: no descontextualices frases cuyo significado real no entiendes y vuelve a estudiar. Buenas noches.
Tenía la sensación de que el celular le quemaba entre los dedos mientras unas pocas lágrimas caían sobre la pantalla. Pese a que no se veían hacía ya dos años, seguía tratándola como a aquella triste e inútil adolescente que abandonó su hogar para ir a vivir con su abuela, en un intento desesperado de escape de aquella prisión. Como aquel mismo día, sintió que se le oprimía el pecho y que necesitaba dar grandes bocanadas para poder respirar. Pasaron dos años y todo seguía igual. Pasaron dos años y ella seguía percibiéndose a sí misma como el reflejo que le devolvía la perspectiva de su madre: pequeña, deprimida y fracasada.
La impotencia le infundió deseos de revolear su celular contra la pared, pero se contuvo. Su abuela tenía razón, tenía que aprender a apropiarse y administrar su propia libertad con pequeñas conquistas, por más absurdas que parezcan. Se volvió a vestir con la muda de ropa que había utilizado anteriormente y se colocó otro de los barbijos tejidos por Kiki. Salió al jardín seguida de cerca por los brillosos ojos de los felinos ocultos quienes, por suerte, complotaron a su favor y no emitieron un solo maullido. Escuchó de afuera que su abuela seguía charlando a los gritos con su amiga y abrió con cuidado el pesado portón, saliendo a la calle.
Las nubes comenzaban a despejarse en el cielo y la luna llena se alzaba en todo su esplendor, iluminando las calles tranquilas del barrio. Si bien sólo había una pequeña distancia de doce cuadras entre la casa de su abuela y las arterias principales de la capital, siempre le sorprendió el gran contraste entre la quietud de un lugar y el bullicio estruendoso y conglomerado de gente del otro.
A medida que se iba acercando se iba cruzando con guirnaldas temáticas de Halloween, bares abarrotados con filas de espera larguísimas y mucha gente disfrazada. Al parecer todo el mundo había olvidado cualquier consciencia sobre el virus con el jolgorio de la fiesta… al menos tenía que darles crédito, era la primera vez que veía disfraces tan variados y creativos como esos, creía reconocer a varias especies mitológicas que había visto en libros y algunas más exóticas de las cuales desconocía.
Ya en la arteria principal notó que habían restringido la circulación de vehículos y que las personas se movilizaban en grandes grupos por el medio de la calle. Tratando de mantener la mayor distancia posible, llegó hasta su pizzería favorita y aguardó un rato hasta que pudo realizar su pedido y dirigirse a la plaza más próxima, sentándose en la primera parcela de pasto que encontró libre y más alejada del resto de las personas.
Comió y bebió, sintiéndose un poquito mejor consigo misma. Si bien siempre pudo ser capaz de salir a la madrugada a comprarse una pizza, era usual que desistiera pensando en la flojera de caminar tantas cuadras o en el desperdicio de dinero cuando podía estar tranquila y segura en el jardín de su abuela. Quizás el efecto del vino le había ayudado a dar ese pequeño empujón. Allí, sola entre multitudes de personas, se sintió un poquito más libre.
Permaneció un rato más hasta que tuvo la impresión de que los ánimos en la plaza comenzaban a caldearse por influencia del alcohol, así que decidió marcharse por precaución. Debía ser bastante tarde porque varios bares comenzaban a apagar sus luces para anunciar a su clientela que cerraban. Caminó un par de pasos cuando un fuerte escalofrío recorrió su cuerpo y sus piernas se detuvieron por reflejo, sintiendo erizarse cada parte de su piel. Por un instante se sintió completamente sola, como si toda la multitud hubiera desaparecido y ella se encontrara vulnerable. ¿Por qué sentía eso? Alzó el rostro para mirar hacia todos y comprobar que el jolgorio continuaba lo más normal. ¿Acaso… acaso alguien la estaba observando? Aún nerviosa con aquella horrible sensación, decidió que debía emprender el regreso a casa.
Observando alrededor con cautela, notó a lo lejos las encandilantes luces azules que caracterizaban a los patrulleros de la policía, los cuales pararon en la dirección donde tenía que pasar para volver. Vio salir a un gran número de uniformados armados con escopetas y amplios escudos de plástico que se fueron disponiendo uno al lado de otro, en una gran fila como guerreros espartanos. Una vez completada la formación, uno de ellos se adelantó e hizo un gesto con su brazo, ante el cual comenzaron a disparar contra la multitud.
Pronto todo el jolgorio se tornó en griterío y chillidos dividido entre un grupo que fue a arremeter contra la violencia policial y otro que salió huyendo despavorido, generando una descomunal avalancha de personas. La alarma de su cerebro se activó antes de darse cuenta y salió disparada, yendo con la corriente y alejándose de su destino.
Sumado a los disparos de balas, comenzaron a disparar bombas lacrimógenas desde varios puntos laterales, inundando las calles de aquella nube asfixiante que avanzaba sin piedad. Como si fuera poco, se oyó una fuerte explosión que hizo retumbar los mismos edificios y ocurrió un apagón masivo de energía eléctrica, justo cuando una lengua de fuego verde se alzó como una columna en una de las ramificaciones de las calles, obligando a la avalancha a permanecer unida y que nadie se escapara. Varias más se alzaron en cada intersección, iluminando de color esmeralda y de forma fugaz los rostros de pánico de la muchedumbre asustada y aturdida, mientras la policía ganaba cada vez más terreno sobre las calles.
Confundida entre la turbada multitud que la empujaba y la llevaba por delante en el medio de la penumbra, fue cuestión de minutos para que Erika quedara en el rango de fuego. En cuanto pudo se refugió contra la estructura de un edificio para arrancarse el barbijo del rostro y recuperar algo de aire. Pese al vértigo, llegó a contemplar las figuras borrosas de varios civiles que exclaman frases en un idioma inentendible y disparaban haces de luz que terminaban estallando contra la formación policial, la cual seguía avanzando de forma inexorable. Antes de siquiera permitirse pensar si su cerebro estaba alucinando, se vio obligada a abandonar aquel lugar y retomar la huida.
Corrió con todas sus fuerzas, intentando cubrir sus vías respiratorias del gas y conteniendo sus náuseas, pero ya el cansancio y el aturdimiento pesaban toneladas sobre ella cuando fue alcanzada por una bala en una de sus piernas, sacudiendo con violencia todo su cuerpo y precipitándola directo al suelo. Mientras sentía el palpitar del dolor, el griterío fue fundiéndose en un agudo pitido que atravesaba sus oídos y su vista se nubló al punto tal de reducirla a manchones de luz que se fundían a la espesa oscuridad. Su instinto le chillaba que tenía que incorporarse y seguir corriendo pero su mente ya no podía reaccionar y un intenso sopor comenzó a invadirla. Cómo si todo alrededor hubiera dejado de existir, la imagen de su madre apareció en su mente, pregonando con su estridente voz aquellas últimas palabras: "Rezaré a Dios para que no lo arruines de nuevo".
De repente sintió que era alzada en vilo como a una muñeca, y era cargada en brazos con firmeza. Su cabeza le daba demasiadas vueltas como para siquiera resistirse mientras sentía que era transportada a algún lugar. Un zumbido intenso comenzó a roer su oído, como un maldito murmullo que no le permitía sumirse en la tranquilidad que le ofrecía aquel sueño. Intentó pero ni siquiera podía ignorarlo y sentía que cada vez cobraba más fuerza y volumen, desplazando al molesto pitido y percatándose por fin que no era un murmullo sino gritos dirigidos hacia ella que terminaron por arrancarle del sopor.
— ¡Vamos, no te duermas! No puedes desmayarte aquí, tienes que incorporarte y volver a tu casa —insistía una voz masculina. — ¡Vamos, sé que puedes escucharme! Lo de tu pierna no es grave, eres capaz de despertarte y responderme, ¡vamos!
Pese a que su cabeza se le partía del dolor, fue recobrando poco a poco el sentido. Fue tomando noción de su alrededor y se percató de que se encontraba sentada en unos peldaños con la espalda contra una fría y dura columna, mientras a lo lejos se escuchaba el estruendo de los disparos y el griterío de la muchedumbre. Se inclinó y comenzó a toser con fuerza, siendo asida con cuidado por aquel gentil joven que no podía distinguir por el espesor de la penumbra.
—Muy bien, ahora respira conmigo, vamos. Inspira y espira, inspira y espira. —Por un momento fugaz, tuvo la sutil impresión de sentir la tersa mano de él contra su rostro. — Estás llorando, ¿acaso llegaron a afectarte los gases lacrimógenos?
—No —respondió con un hilo de voz y volvió a toser de forma áspera, sintiendo un ardor infernal en su pecho.
—Qué alivio, entonces sólo concéntrate en respirar conmigo, necesitas recuperar tu ritmo natural de oxigenación. Inspira y espira, inspira y espira… ¿cómo te llamas?
—Erika —inmediatamente se maldijo, no tendría que haberle brindado esa información a un completo desconocido. Quizás era su impresión, pero creyó notar que el joven sonreía en la oscuridad.
—Muy bien Erika, lo estás logrando. Sigue respirando conmigo.
Permanecieron así durante unos minutos hasta que ella logró componerse y recién ahí él se alejó a una distancia prudencial para darle su espacio. Con la mano en el pecho agitado, alzó el rostro y observó estelas de luz verde a la distancia. Con lentitud, su cerebro empezó a procesar todo.
— ¿Qué demonios fue lo que pasó? ¿De dónde salió todo eso? ¡Había familias allí con niños, y la policía llegó y empezó a reprimir a todo el mundo! ¿Y de dónde salió ese maldito fuego? ¿Eran fuegos pirotécnicos? Pero, ¡la gente disparaba también! Y no veía mechas para encender nada… ¿aspiré demasiado gas lacrimógeno?
Intentó incorporarse y todo el músculo de su pierna se contrajo por el dolor, latiendo con violencia en la zona de la herida. Llevó sus dedos con cuidado hasta allí y tragó en seco cuando los sintió mojarse con un líquido espeso que suponía era su propia sangre.
—Fue sólo una bala de goma. Más allá de lo duras y dolorosas que son, estás fuera de cualquier peligro.
Un rayo de alarma atravesó su consciencia al volver a escucharlo hablar y caer en la cuenta de que se encontraba en el medio de una calle solitaria y en penumbras, con un hombre a quién ni siquiera podía distinguir. Se incorporó como pudo contra la columna, tanteando el estado de su pierna para comprobar si tenía el suficiente equilibrio para intentar huir.
—Supongo que tú fuiste quien me sacó de allí, ¿verdad? La policía parecía tener bloqueados todos los desvíos, ¿cómo pudiste traerme hasta aquí?
No sabía si era impresión suya o qué, pero creyó notar que volvía a sonreír.
—Digamos que tuviste muchísima suerte de que pasara casualmente por allí. Un gusto Erika, mi nombre es Leiftan.
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Bueeeeno, muchas gracias si llegaste hasta aquí! Sé que la categoría de Eldarya está muy abandonada dentro de esta plataforma y encima escribo textazos muy largos, ¡pero muchas gracias siquiera por pasarte!
La idea de esta historia es basarme exclusivamente en New Era. NO HAY RUTA DEFINIDA AÚN, por ende dejaré que Erika coquetee con los chicos un rato, al menos hasta que me decida.
Desde ya muchas muchas gracias! Espero que esto no quede muy en el olvido y alguien lo lea (?Saludos y hasta luego!
Próximo Capítulo
:
Capítulo 2 —Secuestro
