Otra vez. Volvía a pasar otra vez.
— ¡Es la maldita tercera vez que decides no sonar, maldita máquina!
Con un grito de frustración, saltó de su cama con rapidez. Sino quería perder el último tren y llegar tarde, tendría que apurarse a salir de casa en unos diez minutos aproximadamente.
Se vistió con lo primero que cogió del armario, no fijándose demasiado en lo que era, mientras le sirviese para tapar piel no se quejaría, no en ese momento por lo menos.
Tampoco se peinó. Realmente ni se había acordado de ello. Maldijo veinte veces su existencia en el mundo mientras realizaba todas las acciones para salir de su hogar y hacer el intento de llegar a tiempo.
Estresada era una palabra que no llegaba a medir realmente lo que sentía en ese momento.
Odiaba madrugar. Odiaba que la sacasen de la comodidad de su cama. Y sobre todo odiaba tener que levantarse al mismo tiempo que se despertaba.
Había otras muchas cosas que odiaba con toda su alma cómo; no tener las cosas bajo control, el azar y llegar tarde. Tal vez llegar tarde estaba al mismo nivel que la de tener que levantarse de la cama, por eso estaba tan molesta.
Aquella vez era la tercera en la semana que le ocurría. El móvil, o "la maldita máquina del infierno" cómo le llamaba ella desde que había ocurrido la primera vez, había dejado de despertarla. Uno de los pocos trabajos que debía de realizar y ni siquiera lo hacía.
Cogió por último su mochila, ya preparada el día anterior por suerte, y salió de su pequeño apartamento.
Corrió por las calles de la ciudad sin saber la hora que era. Esa era otra de las funciones que debía de cumplir el aparato, que estando muerto como estaba en ese momento sólo le servía cómo objeto arrojadizo. A pesar de todo, y más bien por costumbre que por otra cosa, cargaba con él en el bolsillo del jean negro que llevaba puesto.
La falta de aire comenzó a hacerle daño en el pecho, pero hasta que no llegase a la estación de metro que, observando su alrededor, debía de estar frente a ella en cuanto doblase la esquina, no respiraría. Al menos no tranquila.
Se aferró al hierro de la puerta del metro una vez en su interior, sujetándose el pecho mientras respiraba pesadamente. Lo había logrado. No llegaría tarde.
Se vio reflejada en el vidrio de la puerta cuando el aparato se puso en marcha y vio el desastre que era; pelo sin peinar, cara sin lavar y sin maquillar, crop top amarillento de manga corta que ya había vivido sus mejores tiempos, jeans ajustados negros y sus maravillosos y amados tenis blancos. Tal vez no lucía tan mal en cuanto a vestimenta, debía admitir que con eso había tenido suerte al menos, pero en lo que se refería a su cara… aquello era otro cantar.
Tras unos cuantos minutos en el metro y andando, pudo vislumbrar por fin las escaleras de su universidad.
Suspiró. Por fin estaba allí.
— ¡Yori! — escuchó su nombre.
Alzó la vista y vio a Mina, su amiga, en la cima de las blancas escaleras de la entrada de su facultad, saludándola efusivamente.
Sonrió y comenzó a acercarse a ella a medida que subía.
— Oh dios mío, Yori.
La castaña, que todavía no había llegado a la cima, dejó salir otro suspiro. ¿Cuántos llevaba ya? ¿Cinco? ¿Ocho? ¿Cincuenta? No lo sabía, pero tenía claro que no sería el último del día tampoco.
— ¿Se te ha olvidado peinarte o es que has hecho el amago y esto ha sido lo que has conseguido?
Su cara le indicó a la peli rosa que no era el momento. Ni el día, ni la hora, ni el minuto.
— Haz algo con ello, te lo suplico.
Mina se rio y comenzó a buscar en su bolso.
Yori había apodado a aquel bolso "el bolso mágico de Doraemon". La de ojos amarillos podía sacar de ahí desde una libreta de clases, cómo cualquier elemento a la venta en el mundo.
Por suerte para la castaña, Mina siempre tenía solución para todo. Incluso para ella.
— Date la vuelta, anda.
Comenzó a peinarle el pelo con sus manos, acomodándolo a su favor.
— ¿Cómo es que has llegado tan tarde hoy? — comenzó a hablar mientras seguía con su nuevo trabajo cómo peluquera — ¿De nuevo no te ha sonado la alarma?
Suspiró.
— Esto — dijo mientras sacaba el ladrillo de su bolsillo —, ni siquiera hace el amago de encenderse.
La peli rosa soltó una carcajada. Ahora entendía el humor de perros de la más bajita.
— ¡Listo! — exclamó con alegría al ver su reciente trabajo — A ver… — giró a la castaña para verla a la cara y ultimar algún que otro pelo rebelde —. Estás preciosa.
La muchacha se tocó la cabeza con la mano libre para intentar descifrar que le había montado en su pelo. Se sorprendió al notar dos trenzas en la parte superior que se unían atrás en una pequeña coleta. Con su media melena, no podía hacer mucho más.
— Por lo menos ya no pareces un león.
— Gracias — contestó a pesar de la burla de ella ante su rebelde pelo.
Iba a preguntarle algo más, pero una rasposa y molesta voz la interrumpió.
— Siempre en medio del camino, enana.
— Hola, Bakugou — saludó Mina a pesar de que este no lo había hecho.
La castaña levantó la mano y le mostró el dedo medio al rubio cenizo, el cuál frunció todavía más el ceño, colérico.
— ¡¿Ah?! ¡¿Quieres pelea?!
— ¡Quiero que te calles la boca!
Yori podía ser introvertida, calmada y seria, pero el rubio explosivo, Bakugou Katsuki, le colmaba la paciencia. Desde que lo conoció por medio de la amiga a su lado, supo que era una persona con la que no podría llevarse bien. La primera palabra de Katsuki hacia ella fue un insulto. El mismo que le acaba de propiciar y que le crispó los nervios. Las dos siguientes palabras que le dedicó al ella responder a su ataque con otro, fueron asombrosas; ¡Te mataré!
Tal vez otro día lo hubiese ignorado cómo hacía la mayor parte del tiempo por recomendación, pero ese día en concreto, después de todo lo que le acaba de pasar, no estaba ni medio dispuesta a darle el gusto. No. Sentía que debía de liberar tensiones y el rubio le venía cómo anillo al dedo. (cómo polla al culo).
El de ojos rubís subió los dos escalones que le faltaban, le agarró la muñeca con la que le había mostrado el dedo y la misma en la que cargaba su inútil teléfono, y se acercó a la castaña invadiendo su espacio personal repentinamente, pero aquello no le impidió afianzarse al suelo y retarlo con sus ojos avellanos.
— Precisamente hoy no tengo el humor de aguantar tus gilipolleces, Bakugou.
— ¿Qué pasa? ¿Tus pequeñas piernas no podían andar más rápido?
— No — contestó con burla —, me acordé de que hoy vería tu patética cara de extra y me fastidió la mañana.
Lo golpeó dónde más le dolía. En su ego. Siempre se burlaba del resto de gente y los llamaba "extras" o "inútiles" cómo a su amigo Izuku, así que no dudó ni por un instante en tratarlo cómo se merecía.
Si no fuese porque un alto pelirrojo deshizo el agarre de su muñeca, este tal vez hasta le hubiese dejado alguna pequeña marca por la fuerza ejercida.
— Ya, ya. ¿Peleando tan temprano?
— ¡Suéltame, maldito pelo pincho!
El aludido lo soltó, más porque sabía que no iba a hacer nada que por seguirle la orden.
Entonces Yori relajó sus facciones y su tenso cuerpo. Y cerró la boca que tenía medio abierta por la exaltación anterior. Las mejillas se le incendiaron cuando el pelirrojo la miró y saludó a ambas féminas tan alegremente cómo sino hubiese pasado nada.
— ¡Hey, Kiri!
Y la peli rosa le chocó la mano a su amigo de la infancia.
— No es buena idea encender a Bakugou por la mañana, Yori.
— Lo siento — se tocó la nariz. Reflejo que le salía solo cuando se encontraba nerviosa, avergonzada o pensativa.
— Nah, no te preocupes. Ya estoy yo para calmarlo — y dicho eso, le guiñó el ojo y persiguió a al rubio furioso que se alejaba dando grandes y enfadadas zancadas hacia el edificio.
La peli rosa la agarró del brazo y tiró de ella hacia la entrada también. Estaban a punto de empezar las clases.
¡Hola! ¿Qué os ha parecido un primer encuentro con los personajes? Aun estoy trabajando en el final de esta historia, así que un poquito de paciencia.
¡Cualquier cosa, dejadla en los comentarios!
