Metal Slug no me pertenece. Todo a SNK Playmore.


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Introducción

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Morden calló desde el helicóptero donde se defendía, dándose un golpe en seco directamente en el rostro en cuanto tocó el suelo, dejándolo tendido en él aparentemente inconsciente.

Fio se dejó caer y trató de normalizar su agitada respiración después de todo el esfuerzo que hizo durante la batalla, donde unos segundos después, exclamó alegre haciendo una señal de paz con su mano izquierda. Era su manera de felicitar a todos por una misión cumplida.

Marco decidió apartarse unos metros del lugar donde había caído el general, optando mejor por comunicarles a sus superiores que Morden estaba fuera de combate. Él aún conservaba ese rencor que le tenía al general junto a su pequeña venganza personal. Podía llegar a perder los estribos con solo escuchar su nombre. Se dijo que lo mejor era apartarse un poco, lo necesario para tranquilizarse.

Eri subió a la que parecía ser la caseta de vigía, curioseando con la mirada todos sus alrededores. Se dio cuenta de que su ejército había sometido ya a los rebeldes, y que había cientos de cohetes a lo largo del territorio. Se le hizo extraño, ¿por y para qué Morden ordenaría la creación de tantos cohetes? No lo terminaba de entender.

Tarma por su parte, había decidido acercarse al general para verificar si aún estaba vivo, no dándole tanta importancia a que los soldados enemigos estaban junto a él también. Sabía que por el momento era lo menos que podía hacer, no por Morden, sino por su mejor amigo. Conocía la dura historia entre ambos hombres, y él, como el segundo al mando de los Peregrine Falcons, consideraba que era lo mejor para todos.

El cuerpo de Morden estaba frío. Demasiado. Le extrañó aquello considerando que no tenía mucho tiempo de caer. Pero lo que más le alarmó, fue el hecho de que su cuerpo comenzó a hacer movimientos tan bruscos que por un momento pensó que estaba convulsionando. Guardó su arma dispuesto a ayudarlo: Morden podía seguir con vida, y de ser así, él tenía que ayudarlo independientemente de todo lo que había ocasionado, su ética y moral, personal y militar, estaban primero. Donald Morden había perdido otra vez y estaba indefenso: no sería un problema.

Hizo que su cuerpo se recostara de lado, y cuando se dispuso a acomodarle los pies y las manos, se dio cuenta de que el color de su piel era un tanto grisáceo tirando al verdoso. Le dio mala espina. Se atrevió a tocar su rostro, dándose cuenta de que éste estaba cubierto por una especie de sustancia viscosa transparente, dándole asco. Fue entonces que los movimientos fueron más intensos, y alejándose de él, la cabeza de Morden se deformó, dando paso al que era un rostro de algún Mars People.

Tarma supo de inmediato que sus sospechas recientes eran ciertas.

Ése no era Morden.

Quiso sacar su arma, pero el alíen fue más rápido. Cuando le apuntó se dio cuenta de que ya había disparado, pero contra su propio pronóstico, no fueron las clásicas esferas de plasma rápidas sino anillos de energía que, de inmediato, le abrazaron con fuerza impidiéndole soltarse de ella. Gritó del dolor y calló sentado contra el suelo, y solo así, todos se dieron cuenta de lo que pasaba. Los soldados rebeldes habían huido, y aunque sus camaradas quisieron acercarse, del cielo apareció nave Dai-Maji descendiendo con rapidez, emitiendo de entre sus puertas un rayo de luz tan potente que nadie podía verlo directamente por más de cinco segundos.

El alíen subió por él, y en cuanto traspasó aquella luz, Tarma fue jalado hacia ella sin mucha dificultad porque sus piernas no podían hacer resistencia. Eri, quien era la más cercana al escenario, quiso acercarse para impedir que se llevaran a su capitán, pero había algo que le empujaba sin razón aparente: no podía dar más de dos pasos sin que regresara tres. Quería ayudarlo, pero no podía hacerlo.

―¡Tarma! ―Eri gritó con ganas, como si ello pudiera evitar que él fuera arrastrado. Puso sus manos sobre su rostro para poder ver un poco mejor, y aunque no sirvió de mucho, vio cómo el castaño era elevado por los aires dentro de aquella estela de luz. Eso la desesperó y la hizo caer―. ¡Tarma!

Él la había escuchado, y cuando fue así, quiso correr por el aire en un último intento desesperado por salir de aquel campo de luz, sabiendo que era en vano. Fue cuando alzó el rostro que lo vio: Morden estaba en esa nave, el general había sido secuestrado por esas cosas blandas, y ahora se lo llevaban a él. Eso sí era vergonzoso.

Se dio cuenta de que estaba más dentro de la nave que nunca, y aunque aumentó el movimiento de sus piernas, fue algo meramente inútil. Vio por última vez a su alrededor, y sin pensarlo, posó su vista en el cuerpo femenino de la rubia que yacía ya de rodillas tratando de que la luz no afectara su vista más de lo que ya lo había hecho, siendo eso lo último que vio. Cuando notó que su cabeza comenzó a entrar, tomó todo el aire que pudo listo para sacarlo en un grito.

―¡Eri!

Las puertas de la nave cerraron, y como llegó, Dai-Maji se fue dejando todo como si no hubiera pasado nada. Eri ya había colocado ambas manos en el suelo, fijando su vista en un punto del piso de madera tratando de entender lo que había pasado.

¿Habían secuestrado a Tarma? Sí, de eso no había duda. Y el general Morden también había sido raptado. Ambos estaban dentro de esa nave espantosa dirigiéndose, seguramente, a la nave nodriza. ¿Con qué propósito?

Estaba claro que Morden había sido secuestrado para que otro se hiciera pasar por él y así dirigir su ejército para combatirlos a ellos, ejerciendo los Mars People su venganza personal, ¿pero por qué llevarse a Tarma al último momento? ¿De qué les serviría? Pudieron acabarlos ahora que estaban distraídos. Si se llevó a un miembro del Ejército Regular, era porque tenían más planes a fondo que ella no podía imaginar.

Alzó el rostro. Habían pasado solo unos segundos, pero por todo el movimiento que ya había a su alrededor ni siquiera lo parecía. Los soldados rebeldes comenzaron a hacer actuar un par de naves mientras que sus compañeros discutían con otro grupo de soldados rebeldes, resaltando entre ellos a Allen O'Neil.

Marco y él estrecharon sus manos, antes de que el musculoso hombre desapareciera en una nave. Y el comandante regresó a su posición al lado de un grupo de aparatos electrónicos mientras Fio hablaba por su radio. Frunció el ceño con severidad. ¿Ninguno de ellos iba a subir? Eso no era posible, ¡no podían dejarle la responsabilidad al enemigo! Los rebeldes podían dejarlo en la nave nodriza, o tomarlo incluso como rehén. No debían fiarse de los rebeldes así como así.

Marco la miró luego de unos segundos.

―¡Eri, te necesito despierta! ¡Levántate ya!

Oh, claro que se iba a levantar, pero no para quedarse ahí ayudando a presionar teclas y ver monitores. Tomó con rapidez su arma, y de un movimiento, bajó del piso de la caseta y corrió con todo lo que pudo hasta una de las naves más cercanas que estaba a punto de despegar.

―¡Eri! ―gritó nuevamente Marco en un vago intento de poner su autoridad y detenerla, pero al notarla empujar a un soldado rebelde, se alarmó―. ¡Eri, no!

Un soldado subió con ella, y de inmediato las puertas se cerraron. A los pocos segundos despegaron, y las naves se perdieron entre el increíble cielo azul, todo bajo la mirada atónita del comandante y la sargento. Marco bajó la vista hacia su radar, anunciándole por fin que todas las naves comenzaban a navegar por el espacio, y con la curiosidad de Fio sobre su nuca, se reprendió por no impedir que Eri fuera una imprudente yéndose sin siquiera saber manejar esas naves. Volvió la vista al cielo.

―¿En qué demonios estás pensando, Kasamoto?

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Basado en la Misión Final de Metal Slug 3.

Esta historia ya la he publicada en Wattpad, por si acaso la han leído por allá. Aunque lo dudo, jajaja.

Igual, volveré a publicarla por aquí. Solo por si acaso.

Besitos a quienes hayan leído esto. Amo Metal Slug, siempre ha sido de mis juegos favoritos y me divierto jugándolo.

¡Gracias por leer!