*DISCLAIMER: Los personajes y serie no me pertenecen, son propiedad de la mangaka Rumiko Takahashi. Únicamente el fanfic y su trama son de mi entera pertenencia. No se aceptan copias, adaptaciones y/o plagios. Muchas gracias.
*SUMMARY: Después de mucho pensárselo, la familia Higurashi ha decidido tener una nueva mascota. Un perro, para ser exactos. La señora Higurashi no perdió el tiempo y preparó algo especial para el nuevo miembro, pero... ¿Qué sucederá cuando la mitad canina de Inuyasha se apodere de sus sentidos al entrar en la cocina?
"Qué bien come el perro"
La puerta de la casa de los Higurashi se abrió dejando oír un fuerte suspiro que recorrió todos los recovecos del templo, anunciando así de la manera más inusual que la colegiala ya se encontraba en casa después de una larga ausencia. Oyó el sonido burbujeante del agua hirviendo y con solo inhalar un poco pudo percibir a la perfección el aroma de la comida recién hecha. La joven sacerdotisa no perdió el tiempo y se descalzó en la entrada solo para ingresar corriendo a la cocina donde encontró a su progenitora y... Algo más.
—¿Y esto? —Su apetito pareció esfumarse de manera repentina— ¿Qué significa?
La señora Higurashi se volteó por primera vez hacia su hija. Ya la había oído entrar y, de hecho, esa misma mañana se había levantado con la corazonada de que la vería ese día. Tal vez por eso decidió tomar los recaudos necesarios y reunió los objetos que la colegiala miraba con curiosidad casi como si se trataran de cosas desconocidas hasta el momento.
—¿Mamá...? —Lejos de sonar sorprendida, más bien sonaba... Confundida— ¿Tendremos una mascota?
—¡Sí! —Gritó sin poder contener la emoción— Aunque te tardaste en darte cuenta.
Kagome arqueó una ceja de forma poco agraciada. Sí, el platito con huellas de perro y el collar rojo en sus manos debían ser prueba suficiente de que en esa casa pronto habría una bola de pelos babeando y correteando a Buyo. No era que le desagradara la idea, simplemente la había tomado desprevenida.
—¿Desde cuándo...? —Se detuvo entonces para reformular la pregunta. No habían pasado más de dos meses desde la última vez que había estado en su hogar, así que debía tratarse de una decisión reciente— ¿Hace cuánto lo decidiste? La placa ni siquiera está grabada —afirmó mirando el collar frente a ella.
—Queríamos esperar a tenerlo en casa para decidirlo, después de eso grabaremos su nombre —explicó.
Kagome se acercó a la nevera para tomar algo de agua fría antes de continuar. Parecía tener demasiadas preguntas para una situación extremadamente sencilla. Una nueva mascota en casa no debería suponer un problema, de hecho no lo era, pero le resultaba extraño marcharse un día y al siguiente encontrarse con un nuevo miembro en la familia. Era como si estuviera quedando afuera de las decisiones más importantes, poco a poco se sentía una extraña, aunque eso era en parte su culpa. Tomó un último trago de agua y sopesó la situación. Lo mejor que podía hacer era intentar familiarizarse con la idea de que pronto habría alguien más en casa y tratar de participar en ese hecho, cosas como buscarle un nombre o comprarle juguetes. Al fin y al cabo, ese perro también sería su responsabilidad de ahora en adelante.
—¿Y... Viene de un refugio? —Indagó.
—Oh, no —respondió su madre mientras devolvía la atención a la pequeña olla frente a ella—, un compañero de Sota nos lo regaló. Dijo que su perra hace poco dio a luz y no pueden quedarse con todos, así que le dio uno a Sota.
—¿Y lo dejaste? —Hasta donde sabía, Sota era lo contrario a un dueño ideal.
—Claro, Buyo está envejeciendo y sin ti en la casa hay que admitir que tu hermano se siente un poco solo. Además, tener una mascota le enseñará a ser más responsable y podría servirnos como guardián del templo.
—No estoy tan segura...
—Solo mira —repuso mientras señalaba la pequeña mesa de la cocina donde reposaban el sencillo plato de plástico y el collar—. Sota se ha emocionado tanto con su nueva mascota que hasta reunió todos sus ahorros para comprarle esto. Claro, con un poco de ayuda de mi parte.
La azabache guardó silencio y sin darse cuenta empezó a sonreír. Era cierto, había pasado tanto tiempo lejos de casa que, en algún punto, Sota había dejado de ser el niño caprichoso e irresponsable para poco a poco ir adquiriendo madurez. Claro, con sus ocasionales rabietas. No podía esperarse mucho de un niño de su edad, pero era un avance.
Su madre guardó silencio al ver que su hija estaba demasiado perdida en sus pensamientos y aprovechó esos minutos para arrojar lo último de carne a la olla frente a ella. Fue en ese momento que Kagome se dio cuenta de que su madre estaba cocinando en dos ollas al mismo tiempo, una pequeña y otra normal.
—¿Qué estás haciendo?
—Ah, ¿esto? —Preguntó mientras revolvía con más ahínco— Es la comida del perro. Como es un cachorro aún no podemos darle alimento balanceado, así que estoy preparándole algo de arroz con menudencias y verduras —explicó—. Lo ayudará a crecer grande y fuerte.
—¿Lo traerán hoy? —Aunque era obvio, de todas formas no pudo evitar preguntar para disipar sus dudas.
—Sí, su compañero se lo dará hoy a Sota. ¿Puedes ir a buscarlo? Sabes que no me gusta que tome el metro solo, especialmente si lleva un cachorro inquieto.
La sacerdotisa casi se atraganta con su saliva al escuchar el pedido de su madre. ¡Apenas acababa de llegar de una interminable búsqueda de fragmentos donde se llevó varios hematomas y raspones! Lo último que quería era viajar en la hora pico rodeada de centenares de personas en compañía de su hermano parlanchín y un cachorro que probablemente lloraría todo el camino. Todo lo que deseaba era dormir y, de ser posible, solo despertarse para cenar y luego seguir durmiendo. Así que, con este último pensamiento, se cruzó de brazos y miró de forma inquisidora a su madre antes de hablar.
—¿Por qué no vas tú?
—Porque tengo que ir a retirar los estudios de tu abuelo —respondió sin rodeos. Ya se esperaba esa reacción de su parte—. A menos que quieras ir hasta Kyoto a buscarlos mientras yo voy por Sota.
—¿Y el abuelo? —Ignoró por completo la amenaza de su madre y se centró en la mención del adulto mayor. Ahora que lo pensaba, no lo había visto desde que llegó— ¿Dónde está?
—Fue a comprar ofudas para venderle bendiciones a los visitantes. Ya sabes cómo es con esas cosas. Así que... ¿Quieres ir a Kyoto o la escuela de Sota?
Los ojos castaños de Kagome se entrecerraron con escepticismo. No importaba lo que hiciera, de una u otra forma tendría que salir de casa y podía ir despidiéndose de esa siesta reparadora que le imploró a los dioses desde hace semanas. Bueno, si lo veía de manera positiva, tal vez podrían viajar sentados y así dormiría un poco durante el viaje o hablarían del nuevo cachorro y sus posibles nombres. Poco a poco sus brazos se aflojaron hasta deshacer el gesto de terquedad que la caracterizaba. Vale, por esta vez su madre había ganado... ¡Pero solo esta vez!
—E-espera, iré, pero... ¿Y si Inuyasha viene a buscarme? —No sabía qué era peor. Si tener a Inuyasha a solas en su casa o que estuviera buscándola por todo Japón con su gigantesca espada e inexistente sentido común— Le dije que estaría en casa todo el día y si no me encuentra...
—No te preocupes —interrumpió—, ya pensé en eso. Cociné toda una olla de estofado solo para él.
—¿Será suficiente? —Preguntó mientras la destapaba y se asomaba a su interior.
—Claro que sí, me esmeré mucho y después de comer seguro no podrá mover ni un dedo. En serio, Kagome, ve tranquila... —Alentó— Y si no te sientes segura, déjale una nota —añadió mientras dejaba la pequeña olla con comida para el nuevo integrante sobre la mesa para que se enfriase.
La sacerdotisa se quedó pensando en eso durante tanto tiempo que, para cuando se dio cuenta, su madre no solo había lavado todos los trastos sino que se había cambiado y ya iba de salida. Si no fuera por el tintineo de las llaves y su voz llamándola, estaba segura de que se habría quedado pensando en qué hacer. Levantó la cabeza de la mesa y la miró desde su posición.
—Date prisa, no falta mucho para que salga Sota.
—Lo sé...
—Bien, entonces adiós. Cuídate y cierra bien cuando salgas.
—Adiós —respondió con desgano.
Pronto el silencio la envolvió completamente y eso la hizo sentirse más fastidiada. De verdad no tenía ganas de ir, pero sabía que entre más tiempo tardara, más tarde regresaría a casa y más grande sería la reprimenda de su madre por no llegar a tiempo. Así que contra su voluntad garabateó algo en el papel frente a ella y lo dejó sobre la mesa para luego subir a su habitación y cambiarse.
Una vez que estuvo lista, con el cabello medianamente peinado y las ojeras bastante bien disimuladas, miró una última vez la nota amarillenta sobre la que se dibujaban apenas un par de palabras. Se dio cuenta de que estaba conforme y, por fin, salió de su hogar.
"Volveré pronto. Te dejé el almuerzo sobre la mesada."
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Sin embargo, la residencia Higurashi no permaneció demasiado tiempo deshabitada. Casi como si la azabache lo hubiese invocado, la figura rojiza no tardó en salir de la pagoda del pozo en busca de la joven futurista. Olisqueó el aire solo para confirmar que no había nadie en casa y se apresuró a entrar para no ser visto por vecinos o visitantes. Después de todo, poco importaba que hubiesen cerrado la puerta con llave, ya que su entrada predilecta seguía siendo la ventana que daba al cuarto de la colegiala.
En cuanto sus pies descalzos tocaron el suelo alfombrado de la habitación pudo terminar de comprobar que se encontraba completamente solo. Bufó por lo bajo y se cruzó de brazos. Eso no tenía ninguna gracia. Había decidido venir a molestar a Kagome, ¿pero qué gracia tenía si no estaba la susodicha? Si hubiera sabido que se encontraría solo, habría seguido aguantando la charlatanería de Shippo o las bromas de mal gusto de Miroku. Incluso entrenar a solas en el bosque parecía una buena opción a estas alturas.
¿Qué haría? Los aromas en el lugar seguían frescos, lo que indicaba que se habían ido hace remotamente poco y tendría que esperar un buen rato a que alguien llegara para hacerle compañía. Podría tomar una ducha, aunque lo descartó rápidamente al recordar cómo casi había sido quemado vivo la última vez. Tal vez dormir en un árbol sería lo mejor... O no, mejor no, alguien podría ver sus orejas o ropas y metería en problemas a Kagome. Lo último que quería era acarrearle más problemas a la joven. Se ensimismó en sus pensamientos y, finalmente, pareció dar con la respuesta: una siesta.
Miró la cama frente a él. Se veía limpia, mullida e impoluta, como si apenas acabaran de hacerla y lo llamara en una especie de cántico que solo él podía oír. Un cántico que le pedía a gritos que se tapara y durmiera completamente relajado entre sus sedosas cobijas sin preocuparse de intrusos o demonios. Y, por un momento, estuvo a punto de deshacerse de su espada y meterse a la cama dispuesto a dormir hasta que llegara la colegiala, pero otro de sus sentidos se vio hipnotizado en ese preciso instante. Su nariz se movió como si tuviera vida propia, respingando e inhalando para tratar de obtener la ubicación exacta de ese delicioso aroma. Se trataba de un olor inusual, pero apetitoso y que lo invitaba a rastrearlo. Fue en ese momento que todos sus pensamientos abandonaron su mente. Ya no importaba dormir, ni el paradero de la familia Higurashi o cuándo volverían. Todo lo que quería... Era encontrar la fuente de aquel irresistible aroma.
Dejó que su olfato lo guiase al piso de abajo mientras bajaba los escalones de dos en dos con los ojos entrecerrados, apenas prestando una pizca de atención a su alrededor. Pronto se vio frente a su cuarto favorito, el cuarto donde la madre de Kagome a menudo lo agasajaba con deliciosos platillos. Esta vez no fue diferente. El panorama lucía impecable, nada fuera de lugar a excepción del pequeño caldero sobre la mesa donde la familia solía comer. Su nariz volvió a inquietarse y lo alentó a dar un paso al frente, luego dos y así hasta que finalmente se encontró arrodillado frente a la vasija de metal que desprendía un olor exquisito.
¿Qué clase de manjar le había preparado la señora Higurashi esta vez? Estuvo tentado a olfatear para saberlo, pero no, mejor le dejaría develar ese misterio a su paladar que ya salivaba ansioso por probar solo un bocado de lo que fuese que olía tan bien.
Mientras luchaba por mantener sus manos quietas, sus ojos encontraron un pequeño cuadrado de papel junto al pequeño caldero. Lo olfateó disimuladamente y comprobó que lo que tenía escrito era de puño y letra de Kagome. Maldijo su suerte al ver todos esos símbolos imposibles de leer para él. No lucían diferentes de bichos aplastados sobre la tinta. Sin embargo, hizo acopio de todo lo que le enseñó Kagome y se esforzó por recordar el significado de cada una de esas letras para así descifrar el mensaje.
—Vo... Vo... Volve... ¡Volveré!
Se tapó la boca en cuanto se dio cuenta de lo tonto que había sonado y miró a sus alrededores comprobando que nada ni nadie lo hubiese oído. Se regañó a sí mismo por emocionarse con esas estupideces y recuperó la compostura mientras continuaba uniendo las letras con sus respectivos sonidos. Al cabo de unos minutos había descifrado el 90% del mensaje con éxito, pero le faltaba la parte más importante para terminar de comprender su significado.
—Volveré pronto —releyó—. Te dejé el almuerzo sobre la mesa... Mesa... —Repitió por enésima vez, intentando que su cerebro descifrara qué significaba el último kanji sobre la hoja de papel— ¿Mesa qué? ¡Maldición!
Y sin importar cuántas veces lo intentara, no lograba comprender del todo qué era lo último que decía el mensaje. Tampoco se le ocurría una palabra parecida a "mesa". ¿Mesana? ¿Mesata? ¿Mesaro? No sabía cuál era la sílaba que le faltaba a la palabra.
Su estómago gruñó pidiendo comida y su olfato, que había permanecido dormido debido a su concentración, despertó con mayor fuerza que antes. Forzándolo casi a hundir la cara en la extraña vasija, pero se contuvo lo suficiente como para solo acercarse y no destaparla.
Sin embargo, a medida que los minutos pasaban, la espera se hacía más tortuosa, su hambre se acrecentaba y sus manos picaban ansiosamente mientras esperaban que su dueño se dignase a abrir la condenada olla. Poco a poco su raciocinio fue traicionándolo y en cuestión de segundos olvidó que había una nota que aún no había sido completamente traducida. Olfateó una última vez y su nariz le confirmó que lo que había allí era un auténtico manjar.
—Volveré pronto. Te dejé el almuerzo sobre la mesa... Seguro hablaba de la comida sobre esta mesa —musitó para sí mismo antes de hundirse de lleno en el estrecho cuenco de metal.
Lo lamentaba por Kagome, pero ese platillo sabía mucho mejor que la comida picante que a menudo traicionaba sus agudos sentidos.
Ese fue su último pensamiento antes de abandonarse por completo a sus instintos.
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Tan pronto como terminaron de subir las escaleras del templo, Sota se alejó de su lado y corrió junto con el cachorro para mostrarle su nuevo hogar. Acción ante la cual Kagome no pudo evitar suspirar con cansancio. Debía admitir que no había sido tan malo y que había podido pegar el ojo durante por lo menos diez minutos, pero mentiría si no dijera que estaba agotada por el constante parloteo de su hermano pequeño.
Dejó a ese par de revoltosos atrás y se dirigió a la entrada. Su tarea estaba hecha, ya nada le impediría disfrutar de esa codiciada siesta. Sin embargo, bastó poner un pie dentro y ver una enorme mancha redonda en el suelo para recordar el motivo por el cual se negaba a dejar su casa. Sus ojos se entrecerraron y frunció el ceño de una forma que Inuyasha solo podría describir como una vista previa al infierno.
—Kago... me... Llegaste —saludó.
Y a la azabache no le hizo ni pizca de gracia verlo tan derrotado, incapaz de moverse o articular una oración de forma fluida. Sus ojos se dirigieron hacia la cocina, casi como si sus entrañas le gritaran lo que había pasado. Y, en efecto, con solo asomarse pudo comprobar que su peor pesadilla se había vuelto realidad: Inuyasha, nuevamente, había arrasado con todo a su paso.
—¡¿Qué diabl...?! ¡Inuyasha!
El panorama era desalentador en su mente, pero ahora que lo veía con sus propios ojos solo podía decir que era el caos hecho carne en su cocina.
—¡Esto es un desastre!
—Desastre o no... Estuvo... Delicioso.
La voz a su espalda, la última voz que deseaba oír en el universo, se encargó de ponerla aún más alerta. Fue entonces que notó el pequeño papel amarillo tirado en el suelo y cubierto por algunos granos de arroz todavía tibios. La escena del crimen era reciente, concluyó.
La olla que su madre había dejado sobre la mesa esa tarde ahora estaba completamente vacía y aún había algunos restos en el suelo y parte de las cortinas. Como si un cerdo hubiera comido por primera vez en días y no se hubiera molestado en guardar las apariencias. Miró amenazadoramente a la mancha rojiza que seguía tirada en el suelo. No, ella sabía bien qué clase de cerdo era el que había estado rondando en su cocina. Respiró hondo una, dos, tres y más de una veintena de veces intentando calmarse para buscar una explicación razonable. Su mirada enfurecida dio entonces con el único objeto que permanecía intacto en medio de aquella inmundicia: la cacerola que esperaba paciente en la mesada a que alguien la abriese para devorar lo que había en su interior.
Kagome se asomó a su interior con tanta tranquilidad y lentitud que Inuyasha llegó a sentir un escalofrío recorrer hasta el último de sus nervios al ver lo que se avecinaba. En efecto, la olla estaba llena hasta el tope de aquel suculento estofado, mientras que la otra descansaba en el suelo sin nada más que restos ínfimos de arroz y legumbres.
La sacerdotisa guardó silencio para pensar en lo que había pasado y la nota en sus manos pareció darle la respuesta al releer una y otra vez lo que había escrito horas antes.
"Volveré pronto. Te dejé el almuerzo sobre la mesada."
"Te dejé el almuerzo sobre la mesada."
"... Mesada."
"... Mesa."
Entonces los ojos de Kagome se abrieron en una mezcla inusual entre el asombro y la rabia. Al parecer, el muy idiota había leído mal el papel y confundió la palabra "mesada" con "mesa", alterando inmediatamente su inesperado menú. Sabía que él podía ser bastante despistado en ocasiones, pero en este tipo de situaciones no podía evitar preguntarse si era tonto o se hacía. Se volteó entonces hacia Inuyasha con su mirada iracunda para terminar de mortificarlo.
—¡DECÍA ''MESADA'', INUYASHA! ¡ME-SA-DA, NO MESA! —Gritó encolerizada al inerte cuerpo que seguía respirando con enorme esfuerzo. Eso le pasaba por no enseñarle a leer bien los kanjis— ¿Te das cuenta de lo que acabas de hacer?
—No... —Sinceramente, le daba igual.
—¡Te acabas de comer la comida del perro!
—Pues... Qué bien come el perro.
FIN
No es un secreto para nadie que mis habilidades culinarias son inexistentes. Y anoche, en medio de mi delirio cósmico llamado: estar muerta de hambre, terminé cocinando el arroz de los perros porque lo confundí con el de las personas... Para cuando me di cuenta era demasiado tarde JAJAJAJAJA Pero por lo menos de ese accidente salió este one-shot inspirado en lo que me pasó y en la icónica frase de Shrek 2: "Qué bien come el perro" jsjs ¡Espero que lo hayan disfrutado! c:
Hoy más que nunca creo que puedo decirles: ¡No se olviden de dejarme un review porque sus comentarios me ayudan a crecer grande, fuerte y sin pulgas!
P.D.: ¡Gracias a todas las personas hermosas que comentaron en mi one-shot anterior! ¡Las amo por hacerme emocionar tanto! :D
P.D. 2: Agradézcanle esta actualización imprevista a la bellísima Jessyca Taishon por dejarme un comentario/meme a modo de extorsión en mi último fic jajaja ¡Besos especiales a ti, Jessyca! ¡Sos un amor!
¡Nos leemos pronto!
7.7.21
