Detuve la marcha del pequeño auto que conducía, que estaba quedándose sin gasolina. Usando eso de excusa, aproveché para esconderlo un poco antes de llegar al vecindario. Uno nunca sabe, siempre es bueno tener esa clase de opciones cerca.

Mis piernas temblaban. Me había tomado todos esos... ¿Años?

No sabía muy bien cuánto había pasado desde que todo empezó, pero sabía bien que exactamente un mes después me había liberado de mi infierno para poder atravesar el infierno real para llegar hasta ahí.

Si, porque el infierno era lo que estaba pasando en la tierra desde que todo empezó, pero yo ya tenía uno propio desde hace mucho antes.

Pero ya no importaba.

En ese momento solo importaba que estaba justo allí, a kilómetros de llegar. Estaba por anochecer, así que me tomé esa noche como mi última noche de soledad. Busqué el árbol perfecto y me subí para pasar la noche allí.

Mierda, estaba feliz.

Me había sido complicado dormir esa noche, pero no por miedo a los muertos o a los vivos, si no por felicidad. Estaba tan feliz que me costaba conciliar el sueño.

Bajé temprano en la mañana, quería estar ahí cuanto antes.

Cuando estuve cerca, lo supe por el asfalto. Reconocía hasta ese pequeño detalle. Corrí siguiendo el camino de asfalto y lo ví.

El que había sido el vecindario de mi infancia, estaba protegido por grandes muros. Corrí y corrí hasta llegar a la puerta, y me llamó la atención ver cómo si hubiera un puesto de un vigilancia vacío.

Pero, en ese momento, nada me importaba ya.

-¡¿Hola?! ¡¿Hay alguien ahí?! ¡Por favor, abran!- grité, mientras golpeaba la puerta principal.

Nada.

Y entonces fue cuando la sonrisa que tenía desapareció.

No se escuchaba nada. Solo había silencio.

Trepé una de las paredes, y cuando lo ví casi me desmayo. Pero no podía. Ellos tal vez estaban bien.

Salté el muro y corrí hasta casa, sin importarme los pocos muertos que habían por las calles.

-¡Mamá! ¡Papá! ¡Lucy!- grité mientras me aproximaba a la casa.

De nuevo, nada.

Me acerqué a la puerta principal de mi ex hogar y golpeé, para darle la espalda. Si era lo que creía, no tenía el valor de mirar. Si solo había silencio de nuevo, tal vez ellos estarían bien.

Pero entonces lo escuché. Ningún muerto me había seguido, y escuché la respiración de uno.

Me paralicé.

Y justo cuando sentí mis piernas temblar, escuché otras dos respiraciones de muertos.

Ya estaba a punto de anochecer cuando seguía sentada frente a las tumbas que había hecho a los miembros de mi familia.

Papá, Mamá y Lucy, convertidos en esas cosas. Por las marcas en sus cuerpos al parecer los habían habían matado de la misma forma a los tres, con un cuchillo en el pecho. Parecía mentira.

El vecindario dónde crecí, estaba hecho trizas. Hogares casi completamente consumidos por el fuego, cuerpos de personas calcinadas en las calles, algunos muertos deambulando.

Sentí como si el mundo se hubiera terminado.

Digo, el mundo había terminado hace mucho, pero para mí, se sintió como si se hubiera acabado justo ahí. Lo que me había mantenido con vida hasta ese momento era el encontrar a mi familia, y al llegar y encontrarlos muertos, creí que no tenía otra razón para vivir.

Pensaba en como habían sobrevivido tanto. Como habían llegado tan lejos. Si pasaron hambre, si tuvieron que matar a alguien. También pensaba en que nunca sabría si me habían dado por muerta o esperaban que esté viva, así como yo estaba tan convencida de que ellos lo estaban. Y al fin y al cabo estuve en lo cierto, ellos pudieron sobrevivir, y hubiera seguido así de no ser por el responsable de lo que le pasó a la comunidad. Pero, ¿Cómo podría saber qué pasó?

Solo me quedaba quedarme en mi hogar hasta saber que hacer. Si suicidarme y reunirme con mi familia en el más allá, si continuar luchando aunque sin un rumbo...

La noche llegó y entré a refugiarme a la casa. Trabé las puertas, y recorrí la casa en donde había crecido. Ordené algunas de las habitaciones y junté las provisiones y armas que encontré, para después quedarme toda la noche despierta mirando los álbumes de fotos familiares, recordando como mi vida había acabado hace mucho.

Me despertó el ruido a unas calles de las ruinas de lo que solía ser mi casa.

Me sorprendí, aunque era lógico que cualquier ruido, aunque sea mínimo, iba a despertarme. Seguía alerta y ese lugar había estado desierto desde que llegué. Tomé mi cuchillo y mi arma, salí de mi habitación, donde había dormido esa noche, y caminé hasta la puerta de atrás de la casa. Salí por allí y le puse el cerrojo a la puerta.

Antes de empezar a caminar por hacia donde provenía el ruido, observé unos segundos las tumbas de mi familia en el patio. No había salido en tres días de la casa, y las flores que había dejado allí habían comenzado a marchitarse. Escuché un sonido más fuerte. Voces. Aquello me sacó de mi trance y me hizo comenzar a caminar lentamente por detrás de las casas con mi arma en alto.

Y entonces, llegué hasta los causantes de los ruidos que había oído. Me escondí detrás de la casa que estaba frente a los extraños, y asomé mi cabeza por un arbusto para que no pudieran verme. Habían cinco personas, simplemente hablando en el centro de lo que alguna vez había sido el vecindario de mis infancia. Intentaba escuchar lo que decían, ya que pensaba que tal vez habían sido ellos los que hicieron aquello a la comunidad de mis padres, o tal vez podrían tener algo que ver con aquello.

Estaba lista para matarlos, hasta que lo ví.

Tirado en el suelo, llorando.

Creí que había muerto, igual que todos aquí. Pero ni siquiera había salido de mi casa, ni había visto los cadáveres de su familia, simplemente lo había dado por hecho. Pero ahí estaba él.

-¡Noah!- grité, después de guardar mi arma y comencé a caminar hacia él, sin importarme como sus compañeros me apuntaban con sus armas.

Noah al verme, se puso rápidamente de pie y corrió hacia mí, aunque con dificultad, ya que cojeaba. En cuánto estuvimos lo suficientemente cerca, nos abrazamos.

-¿Qué pasó aquí? ¿Cómo es que sigues viva?- preguntó entre sollozos, mientras me sobaba la espalda.

-No sé, Noah. Llegué hace unos días y todo estaba así.- dije, rompiendo en llanto, mientras me separaba levemente de él.-¿Tú dónde estuviste? ¿No estabas con tu familia cuando pasó esto?

Mi corazón se rompió al ver la expresión de su rostro, él tampoco estuvo aquí.

Estaba en mis mismas condiciones, ambos llegamos al vecindario con la esperanza de reunirnos con nuestras familias pero nos encontramos con una realidad diferente.