Dudley y Olivia Dursley, que vivían en el número 4 de Privet Drive, estaban orgullosos de decir que eran muy normales, afortunadamente. Eran las últimas personas que se esperaría encontrar relacionadas con algo extraño o misterioso. Eran personas demasiado ocupadas para esos menesteres.
Dudley Dursley era el director de la antigua empresa de su padre, Grunnings, que fabricaba taladros. Era un hombre corpulento. Durante su adolescencia había adquirido mucha masa muscular, y como se suele decir, el que tuvo, retuvo. Olivia era delgada, rubia y con buena planta, casi una modelo, lo que le resultaba muy útil, ya que pasaba la mayor parte del tiempo encandilando a sus vecinos para enterarse de los chismes. Los Dursley tenían una hija pequeña llamado Martha, y para ellos no había una niña mejor que ella.
Martha no compartía esa opinión. No se tenía mucho amor a sí misma. Llevaba ya bastantes días sin salir de su habitación. Jessica Andrews la había llamado gorda delante de todos sus amigos y no había sido capaz de afrontarlo. Lo cierto es que Martha no había heredado el porte regio de su madre, por el contrario, era más parecida a su padre cuando tenía su edad. Con la cabeza apretada contra la almohada, no vio la lechuza que pasó junto a su ventana en pleno día.
Olivia llamó a la puerta y sin esperar respuesta, asomó la cabeza, aclarándose la garganta. Martha tampoco había heredado el bonito cabello rubio de su madre. Pero sí su nariz y sus bonitos ojos. Cuando su madre la llamó, giró la cabeza, mirándola.
_ ¿Qué pasa, mamá? _ Preguntó, secándose las lágrimas.
_ Te he hecho un pastel, cariñito… Pensé que te animaría. _ La miró con ternura. _ Y había pensado que esta tarde podríamos… ir de compras.
_ No quiero pastel mamá. _ Negó con la cabeza. _ Ni salir a ir de compras.
_ Bueno… _ Olivia se mordió el labio. _ Es que… mañana vienen tus primos y pensé que te gustaría ponerte algo nuevo.
_ ¿Vienen los primos?
La mueca de tristeza de Martha se disipó para convertirse en una leve sonrisa. Ella no tenía hermanos. Solía estar bastante sola, y la única familia que tenía eran sus primos. Su padre no tenía hermanos. Estaba hablando de sus primos segundos, los hijos del primo de su padre. Para Martha eran como hermanos.
Y, sin embargo, siempre iban a visitarla a ella. Siempre se había preguntado cómo vivirían. Siempre se había preguntado cómo sería la casa de los Potter. Eran muy reservados a ese respecto. Su padre tampoco soltaba prenda.
_ Vale. Compremos algo.
Quería estar bien para las fotos familiares. Su Prima, Lily, siempre quedaba muy bien, era muy fotogénica, al igual que sus hermanos mayores. Martha siempre se las apañaba para salir fatal, no importaba cuánto se esforzase por quedar bien. De hecho, quizá ese fuese el problema, que se esforzaba demasiado.
La tarde fue relativamente normal. Olivia conocía bien a su hija y sabía cómo animarla. Una sesión de compras, un helado… cosas simples pero efectivas. Para cuando salieron del super, Martha se había olvidado de Jessica Andrews. No obstante, se había hecho de noche hacía ya un buen rato.
Martha caminaba pegada a su madre. Tenía un mal presentimiento que no se quitaba de encima. No podía evitar sentir que había algo que se le estaba escapando, que había alguien observándola. Estaba muy apegada a sus padres. En el coche parecía ida, en sus pensamientos.
Martha sólo se separó de su madre cuando se paró en una gasolinera. Estaba tardando mucho así que se bajó del coche y se apoyó sobre la puerta, silbando una vieja canción que le cantaban cuando era niña. Se detuvo cuando al girar ligeramente la cabeza, se percató de que había otra persona apoyada en el coche.
Martha dio un bote y lanzó un grito, provocando que aquella muchacha sonriese, mostrando unos dientes perfectamente blancos. Martha no pudo evitar sentirse intimidada por aquella muchacha. Alta, rubia, de ojos azules… y un aura intimidante y atractiva a partes iguales.
_ ¿Puedo ayudarte en algo? _ Le preguntó, tragando saliva.
_ Cálmate… Martha… _ ¿Cómo diablos sabía su nombre? _ Mírame a los ojos, relájate.
Sí que había algo hipnótico en la mirada de aquella joven. Martha se quedó atrapada en aquellos dos orbes azules, y su expresión se relajó. Su expresión quedó neutra mientras la rubia, con toda la confianza del mundo, le apartaba el cabello de la cara, mostrando su cuello.
Lo recorrió con los dedos, sintiendo el pulso acelerado de Martha. Le brillaron los ojos, mientras extendía aquella sonrisa.
_ Que fáciles sois los muggles… casi ni tiene gracia… _ Murmuró la muchacha.
Por algún motivo, aquella palabra hizo que Martha reaccionara. Juraría que nunca la había escuchado, o al menos, no desde que tuvo uso de razón, pero por algún motivo, caló en ella. Pestañeó rápidamente, y dio un paso atrás.
La rubia reaccionó con sorpresa, y la tomó de las muñecas cuando trató de apartarse. Martha trató de soltarse y se dio cuenta de que no podía. Era como si las manos de aquella muchacha fueran de piedra, tenía una fuerza que superaba ampliamente a la suya, a pesar de ser más corpulenta que la desconocida.
_ ¡Déjame en paz!
Lo gritó con todas sus fuerzas, y entonces… algo ocurrió. Sintió algo corriendo por su torrente sanguíneo, algo cálido… y la muchacha salió despedida contra un surtidor, con tanta fuerza que dejó marcada la imagen de su cuerpo. Martha sólo tuvo unos segundos para observar lo que había pasado antes de que sus ojos se cerraran de golpe y se desplomase.
La que sí que vio todo en detalle fue Olivia, que en aquel momento salía de la gasolinera con una bolsa. Dejó caer la bolsa de chuches que había comprado para su hija y se acercó a ella, corriendo a pesar de sus tacones. La tomó en brazos y comprobó que aun respiraba, acompasadamente.
_ ¡Martha! _ La llamó, zarandeándola para que se despertara.
Elevó la cabeza, mirando el surtidor de gasolina. La muchacha había desaparecido, pero el surco de su cuerpo seguía allí. Se estremeció, tomó a su hija en brazos y la metió en el asiento trasero del coche. Condujo en dirección a casa sin pensárselo dos veces. Después de lo que había visto, sabía que el hospital no era una opción.
Olivia y Dudley discutieron. No solían hacerlo, pero lo que había pasado a su hija… se salía de lo que ellos entendían, de lo que entraba en su zona de confort. Dudley finalmente desistió y se acercó a la chimenea. Generalmente él no se entrometía en aquellas cosas nada mundanas. Pero su esposa parecía genuinamente preocupada por lo que había visto. Así que cogió aquella pequeña caja que le habían regalado hacía años y lanzó un poco de polvo a la chimenea.
Martha se encontraba muy cansada cuando abrió los ojos. Agotada. No estaba sola en su habitación. Sentado a su lado había un hombre algo desgarbado, con el pelo negro alborotado, grandes gafas y una cicatriz en forma de rayo en la frente.
_ ¿Tío Harry? _ Bostezó. _ Pensé que… venías mañana.
_ Sí, pero… tu madre me ha contado lo que pasó en la gasolinera… _ La miró a los ojos. _ Dice que… lanzaste a una chica contra un surtidor.
_ ¿Qué? No… yo sólo… quería que se apartara y después… no sé qué pasó. _ Le miró a los ojos. _ Salió volando como…
_ ¿Cómo si fuese magia? _ Harry sonrió y le apartó el pelo de la cara.
_ Eso es una estupidez. _ Martha sonrió. _ La magia no existe.
Martha había vivido convencida de eso toda su vida. Nunca había creído en cuentos de hadas. A decir verdad, ni siquiera había creído en Papa Noel. Sus padres se habían asegurado de que viviera bajo la absoluta premisa de que la magia no era real en absoluto.
_ Pero Martha, la magia si existe… _ Harry sacó una pequeña vara de su abrigo. _ Mira.
La punta de la vara se iluminó, y de esta emergieron chispas de colorines. Martha se quedó observándola en silencio, incrédula.
_ Martha, es muy importante que me digas lo que pasó… porque es posible que tú puedas hacer magia… que seas…
_ ¿Una bruja? _ Martha no sonaba convencida. _ ¿Cómo a las que queman en la hoguera?
_ Bueno, eso no se hace desde hace siglos. _ Trató de tranquilizarla Harry. _ Aunque tampoco es que fuera muy efectivo entonces. Dime… ¿Qué sentiste, Martha?
_ Fue como… no sé… una corriente que surgió a través de mí. Estaba muy asustada y sólo quería que me dejara en paz.
_ ¿Habías estado alguna vez así de asustada antes? _ Preguntó Harry.
_ No. _ Dijo, bajando la mirada.
_ Normalmente la magia se manifiesta mucho antes, Martha. Pero está bien. _ Le puso la mano en el hombro. _ Aún estás a tiempo.
_ ¿A tiempo de qué? _ Le preguntó, tragando saliva.
_ De aprender a controlarla. _ Le explicó Harry.
_ Pero yo no quiero ser una… bruja. _ Harry la miró, dubitativo.
_ Ni siquiera sabes cómo es, Martha. De todas formas… es importante que aprendas a controlar tu magia… porque si no…
_ Si no… ¿Qué pasará? _ Preguntó, tragando saliva.
_ Te pasarán cosas malas. A ti y a los que quieres. _ Le explicó Harry. _ La magia sin control… es peligrosa, Martha.
_ ¿Por qué yo? No soy especial… no soy…
_ No hay una razón, Martha. _ Le puso la mano en el hombro. _ El destino te ha dado un regalo. Y lo entenderás de esa manera, tarde o temprano.
Martha no lo entendía. Y descubrir al día siguiente que todos sus primos eran magos, no ayudó. Sentía que llegaba tarde… ella siempre llegaba tarde. Sus padres eran los únicos que compartían su visión.
Al día siguiente iba con su tía a Charing Cross. La guio hasta una pequeña taberna que se encontraba entre una tienda de ropa y unos cines. Era extraño, Martha había ido a aquellos cines más de una vez… y sin embargo no recordaba haber visto aquel local nunca.
Cuando entraron, mucha gente se acercó a saludar a su tía. La mujer parecía acostumbrada, porque apartó el cabello pelirrojo de la cara, sonrió y saludó a todos, firmó algunos autógrafos y se apartó lo antes posible de la marabunta. Se había sonrojada hasta las orejas.
_ ¿Es que eres famosa? _ Preguntó Martha, ampliamente sorprendida.
_ Bueno, un poco… jugaba al quidditch. _ Sonrió ante la expresión estupefacta de su sobrina. _ Es un deporte mágico. ¿Te gustan los deportes?
_ No mucho. _ Reconoció Martha. _ Lo siento, tía Ginny… sabes que no soy muy atlética.
_ Quizá los deportes muggles no sean tan interesantes.
_ ¿Muggles? ¿Qué son muggles?
_ Oh… es la gente que no tiene magia, ya sabes. _ Ginny se encogió de hombros.
_ Claro… _ Recordó que la chica rubia de la gasolinera la había llamado así. _ ¿Para qué hemos venido? Aún no me queda claro.
_ Para comprar tu material escolar… y tu varita, claro. No puedes ser bruja sin una varita.
_ Supongo… _ Suspiró. _ No sé, tía… aún no estoy segura de que todo esto de la magia sea para mí.
_ Martha, hasta que no lo pruebes, no lo sabrás. _ Se inclinó para quedar a su altura. _ No lo sé, yo ya nací en este mundo… no sé lo que será para ti, pero Harry se fascinó cuando lo descubrió todo. Sé que a tus padres no les gusta esto… pero tienes que darle una oportunidad.
Martha pensaba en ello mientras avanzaba por el callejón. Le resultaba todo muy extraño, incluso la asustaba por momentos. Había estado en una tienda donde vendían ojos de tritón y garras de murciélago… sin mencionar otras cosas que ni había oído nombrar antes. ¿Qué era un gusarajo y por qué la gente comerciaba con sus mocos?
Pero sí que hubo algo que la sobrecogió, un sitio en el que sintió cierta paz… cierta "magia". Cuando entró en Ollivander's, notó algo en el aire… en todas aquellas cajas que se encontraban apiladas en los muros. Si se quedaba muy callada, le producía la sensación de que escuchaba susurros.
Su tía se había quedado sentada en una esquina y ella se había quedado en mitad del local, en silencio, observándolo todo. Ni las tiendas de libros, ni las de ingredientes para pociones habían despertado interés en ella. Pero aquel lugar… tenía algo sin duda especial.
Tardó un par de segundos en darse cuenta de que la estaban observando. Había un anciano de rostro afable que la estaba mirando desde hacía un buen rato. Le inquietó el brillo de sus ojos. Pero sonreía, así que hizo lo propio.
_ No siempre causa ese efecto en la gente, ¿Sabe? _ Le susurró el hombre mientras deslizaba la caja que llevaba en las manos delante de ella.
_ ¿No? _ Martha se sonrojó. _ ¿Eso es malo?
_ Indica que tiene usted una gran percepción, señorita. _ El anciano sonrió. _ Madera de cerezo y cabello de unicornio, veintinueve centímetros. Flexible, ideal para transformaciones. Pruébela.
_ ¿No puedo elegir la varita yo misma? _ Preguntó. Aquello pareció divertir al anciano.
_ La varita escoge al mago, señorita. Nunca está del todo claro por qué.
_ Entiendo. _ Mintió, mientras sacaba la varita de su aquella estilizada caja.
La tomó entre los dedos y notó un extraño calor que le invadía los dedos. Aquella sensación hizo que cerrara momentáneamente los ojos. Se sintió extrañamente arropada, como cuando su madre acudía por las noches a asegurarse de que durmiera bien cuando era niña.
Ginny pagó siete galeones por la varita y se despidió del anciano, ayudando a Martha a meter la varita dentro del baúl con todas las cosas que se había comprado. Aún no termina de aceptar que realmente fuese a ir a una escuela de magia. Le extrañaba que su padre lo permitiera, porque no parecía encantado con la idea, precisamente.
En aquel momento Martha no se fijó, pero había una muchacha rubia de ojos azules observando cómo se encaminaba a la salida del callejón, la misma a la que había lanzado contra el surtidor de gasolina tan sólo un día antes.
