Título: Cita a ciegas.
Personajes: Isabella, Yūgo, Krone (mención), Lucas (mención), Emma, Ray, Norman.
Pairings: Isabella x Yūgo. ¿Krone x Lucas?
Línea de tiempo: AU; Vida normal.
Advertencias: Disclaimer Yakusoku no Neverland/The Promised Neverland; los personajes no me pertenecen, créditos a Kaiu Shirai y Posuka Demizu. AU [Universo Alterno]. Situaciones dramáticas, vergonzosas, demasiado cómicas y ligeramente románticas. Nada de lo ocurrido aquí tiene que ver con la serie original; todo es creado sin fines de lucro.
Clasificación: K+
Categoría: Comedia, ¿Romance?
Nota de autora: ojalá supiera dibujar


Summary: Ok, la cosa va así. Es que ella tiene una supuesta amiga muy metiche, y tampoco puede decir que no a una reunión ya programada; y él es demasiado manipulable para ciertas cosas. Y, en definitiva, esa no es una cita.


Lo primero que piensa Isabella al verle es: que ese hombre no podría ser más desesperante.

(Y se equivoca, bastante. Demasiado. Totalmente.)

Y lo primero que piensa Yūgo al ver a esa mujer es que: ¿existía alguien más fría que ella? Tal vez no.

(No. Él no se equivoca.)

¿Que cómo había sucedido un encuentro así? Pues bien, pues de esta manera; y es que Isabella siempre ha sido puntual, respetable y estricta consigo misma, y Krone, su supuesta compañera de trabajo es lo contrario, pero le agrada. Así que cuando Krone le había soltado de la nada el tema de una cita a ciegas con alguna persona, sacando a flote el hecho de la soltería de la mujer desde hace más de doce años, no tuvo de otra más que contestarle con sinceridad que no le hacía falta algo tan frívolo como eso. Entonces Krone no tuvo más remedio que declarar que ya la había acordado con alguien, un supuesto amigo de su pareja (la cual no conoce y tiene dudas sobre que sea real), ese día, a las tres de la tarde, en la cafetería cercana a su trabajo.

Y, bueno, hay que decirlo. Primero entró en un pánico que no dejó ver y después de siete minutos y medio de insistencias terminó aceptando, planeando al final ir solamente para dejar en claro a la otra persona que aquello no era necesario y que no necesitaba quedarse si no lo deseaba.

Pero en cuanto lo vio, pues—

Sintió que no quería solamente ser así de descuidada, y terminó quedándose. Por supuesto, a los tres minutos siguientes se arrepintió.

Y, en serio, lo primero que le gustaría hacer a Isabella en ese instante es dejar en claro que no desearía perder más el tiempo en esa cafetería, tomando desde hace quince minutos un té de naranja y guardando silencio a causa de no saber de qué demonios hablar. Y no es como que no hubiera intentado sacar tema de conversación, de hecho trató, no hay quien pueda negarlo. Pero cada vez que soltaba alguna pregunta casual, él simplemente contestaba de manera burda y seca, como si no quisiera hablar de ello. Y, vale, que en cierto punto entiende que ha de sentirse tan incómodo como ella como para querer hacer algo así.

¡Pero al menos debía disimularlo! ¡Ella llevaba haciéndolo desde hace veinte minutos!

Con cada segundo que pasaba, las ganas de derramarle el té frío en toda la cara aumentaban. Si lo hiciera, está segura de que ya no se arrepentiría de ser descortés a ese punto, al menos no con él. Pero sí con la pobre persona que le preparó la bebida, porque sería como desperdiciar su buen trabajo. E Isabella no es alguien de ese tipo.

Al contrario, él seguramente sí es de ese tipo. Y eso le causa más desagrado.

Mientras ella se sume en los miles de movimientos que podría usar para quitar el incómodo ambiente que rodeaba a su mesa compartida, él se dedica a observar con detenimiento un punto inexistente en su mano.

Calcula cuánto tiempo le tomaría salir corriendo por la puerta, ir a agarrar a Lucas y romperle el otro brazo, por haberle obligado a ir a esa reunión a base de amenazas (que tenían que ver con sus preciadas raciones de galletas). Todo para después regresar a casa a ver si Emma no había convertido su hogar en un refugio para animales perdidos.

Esa niña era un peligro si quedaba sin supervisión. Esperaba que Violet y Gillian pudieran controlarla bien. Más Violet que Gillian, quien seguramente estaba colaborando con el terremoto naranja.

Oh, espera, Emma no estaba con ellas. Estaba en la casa de un amigo de sus clases de arquería en su casa. Ya conocía a ese chico, incluso había llevado a su hija hasta allá. Ah, ¿qué estarían haciendo en ese momento? ¿Atando cuerdas y subiendo un muro, quizás? ¿O molestando a Lewis, el vecino? De eso no había que preocuparse, ese imbécil se lo merecía, por no controlar a su mono que roba cada mañana de su árbol de manzanas.

«Maldito mono».

La próxima vez que desapareciera otra fruta de su árbol, haría sopa de macaco.

Pero de repente, antes de continuar su malévolo plan mental para atrapar al animal ese, oye un sonido que lo regresa a su desagradable realidad. Así que mira hacia el frente, donde está la supuesta compañera de cita que debía tener, quien es la única culpable de despertarle de su ensueño.

Ella tiene una cara tan helada que siente frío de solo mirarla. En especial sus ojos, parecen congelados, a pesar de que el color sea un poco lindo.

—Lamento importunarlo en lo que sea que esté pensando —habla con serenidad y mucha cordialidad. Yūgo se siente fuera de lugar por eso, y no puede evitar hacer una mueca—, pero pienso que sería mejor si–

—Sí.

La mujer frunce un poco el ceño.

—... No he terminado.

—Ah, lo siento —ligeramente avergonzado, baja la mirada y lleva una mano hasta su nuca, donde despeina su cabello—. Supuse que dirías que es mejor dejar esto hasta aquí.

—Oh, de hecho —se aclara la garganta suavemente, volviendo a su habitual porte calmo—. Sí, eso iba a decir.

—Bien —suspira, aliviado—. Pagaré la cuenta.

—No es necesario —detiene severamente, y después sonríe amable—, puedo pagar yo.

El hombre es ahora quien frunce el ceño.

—Se supone que estoy tratando de ser amable.

Isabella parpadea, aturdida. ¿Acababa de oír bien? ¿Qué tan poco disimulado podría llegar a ser él? Y no es que tenga verdadera experiencia tratando con más hombres, pero no le gustaba ese pensamiento de decir todo como se lo dictara su cabezota maleducada, que era como si fuese el ser más idiota e insensible de toda la maldita Tierra.

Ah, estaba perdiendo la paciencia. Debe calmarse y actuar de forma madura y correcta, como la adulta que es.

—De verdad, soy muy capaz de pagar lo que he pedido. —Anuncia de nuevo, agarrando su bolso para sacar de inmediato su cartera.

Él suelta un bufido, en señal de derrota. Después asiente y le deja en paz.

Ambos pagan sus respectivas cuentas, de manera separada. La camarera los mira extrañada un momento, aunque no hace preguntas innecesarias, y cumple la orden. Así que pronto ellos se levantan de sus asientos y se dirigen a la salida del establecimiento, suspirando más aliviados con cada paso que dan en dirección a su libertad.

Y en cuanto salen—

El cielo azul precioso que había se cae a pedazos. Todo se nubla y comienza a llover.

Isabella se pregunta si no sería ella quien estaba llorando de esa manera, luego entra en la cuenta de que es imposible. Y después piensa que caminar bajo la lluvia haría que sus lágrimas de frustración no se notaran tanto, pero su maquillaje se correría y eso sería incluso más desastroso para su día de lo que fue la supuesta cita.

Respira profundo, calmándose. Quiere maldecir en voz alta a los meteorólogos, quienes habían dicho esa mañana que el clima sería agradable, fresco, y con cero por ciento de probabilidades de lluvias torrenciales con truenos que hacían retumbar toda la ciudad. Y cuando logra pensar en lo positivo de su día, reprime totalmente sus emociones otra vez.

Piensa en una manera de salir de allí, porque no trajo paraguas y no había una tienda de conveniencia cerca para comprar uno.

«¿Debería pedir un taxi?».

—Hey, ¿no quieres que te lleve?

Parpadea un par de veces, y gira a ver a su acompañante. Éste le mira, seriamente, esperando a la respuesta de la pregunta que ella no ha terminado de comprender todavía.

—¿Llevarme? —es lo único que repite, y se siente tan estúpida por eso, pero no va a admitirlo.

—Mi auto está aparcado cerca —explica, como si fuese obvio—. Vamos, te llevaré a tu casa en él para que no te mojes. —Declara como si nada, caminando en dirección contraria a donde Isabella observaba hace pocos segundos.

—No será necesario —lo detiene. Yūgo le mira y ella le sonríe amablemente—. Llamaré un taxi, no se preocupe.

—No es necesario hacer eso —alega, con un tono que parece confuso—. No voy a secuestrarla o algo por el estilo.

—No... pensaba que haría eso... —aclara, ahora estando ella confundida, pero con pequeñas ganas de reírse de la expresión del hombre.

—Entones, ¿cuál es el problema? —Inquiere, encogiéndose de hombros—. Que sea un favor devuelto. De todas formas, es culpa del idiota de mi amigo que estuvieras aquí.

Isabella quiere aclararle que en realidad es culpa de Krone también, pero piensa que es mejor quedarse callada.

—Bien —acepta finalmente—. Tomaré esa ayuda. ¿Dónde está su auto?

Yūgo la guía a la camioneta estacionada en la misma manzana, y al entrar, no sin antes mojarse un poco, se ponen en marcha devuelta a sus hogares.

Isabella, mientras se encuentra adentro del vehículo, nota cierta cosa particular.

—¿Tiene hijos?

—¿Mm? —Él la observa de reojo, puesto que todavía debe prestar atención al tránsito y la pobre visibilidad a causa de la lluvia—. ¿Por qué?

—Hay una mochila con el dibujo de una jirafa en el asiento de atrás. ¿Es de su hija?

El hombre bufa, pero asiente.

—¿Y cuántos años tiene? ¿Siete? ¿Ocho?

—Quince.

—Oh —Isabella evita hacer una cara graciosa que delate su sorpresa y confusión instantánea, y pronto piensa en una forma de olvidar el hecho del gusto infantil de aquella niña—. ¿Ya asiste a la secundaria?

—Sí, está en segundo. —Responde, con el tono más amable que antes. Ella no puede evitar sonreír más satisfecha al darse cuenta de que se halla progresando un poco.

—Mi hijo también va a segundo año. —Declara contenta.

—¿También tienes hijos? —inquiere, enarcando una ceja.

—Uno solamente. Él toma clases en un instituto privado —explica orgullosa, quizá más de lo que debería. Pronto regresa a mirar a su compañero de vehículo—. ¿Y usted? ¿Tiene más hijos además de la niña de la mochila?

—No, pero los hijos adoptivos de mi amigo suelen tomarme como una broma.

—¿Se lleva mal con los niños?

—Tengo la mala suerte de agradarles.

Esta vez la mujer no puede evitar reír con esa declaración.

—¿Y tú? —Reitera Yūgo, volviendo a mirarla de reojo—. ¿Te llevas bien con los niños?

—Soy maestra de primaria y secundaria —anuncia tranquilamente—. Cuando era más joven trabajé en un orfanato, junto a mi hijo. Una historia complicada.

—Entonces debes amar demasiado a los niños. —Ríe, un tanto divertido.

—¿Cómo se llama su hija?

—Se llama Emma —contesta distraídamente. Isabella siente que reconoce ese nombre—. Es un dolor de cabeza.

—Ray también suele ser un dolor de cabeza. —Sonríe animada. Yūgo enarca una ceja, pensativo de repente.

—¿Ray? ¿Tu hijo se llama Ray?

—Así es.

—¿Asiste a clases de arquería?

—Los fines de semana. ¿Por qué? ¿Y cómo es que sabe acerca de eso?

—Supondré que no conoce aún al maestro de su hijo. —Comenta desinteresado, doblando una esquina. Isabella se adelanta a negar, pero pronto logra atar cabos sueltos.

Ah. Conque así juega el destino, eh.

Finalmente, se detienen frente a la casa de la mujer, y ambos bajan de inmediato para entrar antes de mojarse lo suficiente como para agarrar un resfriado.

—Ray, ¡ya llegué! —Anuncia ella, dejando su abrigo en un perchero. No recibe respuesta, así que se gira a mirar a su acompañante, de manera sospechosa—. ¿Por qué está aquí?

—Vine a buscar a mi hija. —Reclama con obviedad. Isabella asiente, comprendiendo y sintiéndose estúpida, lo cual no es muy común en ella.

Ambos se adentran por el pasillo hasta llegar a la sala, donde sus ojos se encuentran con la grata sorpresa de Ray, parado junto a la pared, con una manzana en la cabeza.

—Ray, ¿qué estás haciendo? —inquiere la mujer, confundida por la posición de su unigénito.

—Ah, hola madre. —Saluda éste como si nada, girando a verle y al mismo tiempo deteniendo con una mano una flecha que iba directo a su cara.

Ambos adultos rápidamente miran hacia el otro lado de la habitación, encontrándose con otros dos jóvenes.

—¡Mejoraste! —Anuncia la pelirroja, entusiasmada. Al contrario de ella, el albino simplemente niega con una cara desanimada y una sonrisa temblorosa—. En serio, ¡esta vez casi llega a la manzana! ¿O no, Ray?

—Sí, casi. —Afirma el azabache, comiendo la fruta que antes estaba sobre su cabeza, y tirando la flecha dentro de un carcaj que tiene a su lado.

—¿Qué se supone que están haciendo ustedes tres? —inquiere la mujer, perdiendo de a poco la paciencia. Otra vez.

—Oh, buenas, mamá de Ray. —Saluda Emma como si nada. Norman también saluda, solo moviendo una mano mientras deja a un costado el arco y las flechas que andaba usando.

—Emma —Isabella la nombra, y suelta un suspiro resignado—. ¿Y tú? —aventura, dirigiéndose al albino.

—Oh, él es Norman, ¿recuerdas que te hablé de él, madre? —comenta Ray, continuando con su muy sana merienda. Isabella lo rememora, y asiente.

—Fantasma... —gruñe Yūgo, refiriéndose al chico de ojos azules. Isabella frunce el ceño, confundida por esa reacción tan hostil—. ¿Qué te he dicho sobre acercarte a Emma?

—Ah... —Norman se muestra pensativo un segundo, y después sonríe radiantemente—. Que no podría tocarla hasta que nos casáramos, lo que usted aclaró, no será posible. —Recita cual niño bueno contando un poema.

—¡¿Qué hiciste qué?! —Exclama de repente la pelirroja, espantada. Después, abraza a Norman protectoramente, obligándolo a agacharse—. ¡¿Amenazaste a Norman?!

—No quiero oír tus quejas, Antena —advierte el hombre—. Y suelta a esa cosa.

—Norman no es una cosa.

—Lo es para mí.

Mientras tanto, Isabella y Ray solamente observan el espectáculo con atención. El cual logra sacarle un par de risas pequeñas a la adulta, ganándose de tanto en tanto la mirada incrédula de su hijo.

Más tarde, las cosas se calman gracias que Ray explica que sólo estaban tratando de enseñarle algo de arquería a Norman, puesto que su tío no le dejaba hacer ese tipo de actividades, y él tenía mucha curiosidad al respecto. Así que, como los buenos amigos que son, Emma y él decidieron enseñarle un poco en la casa. Isabella al escuchar esa (algo ridícula) excusa, dejó en claro que se trataba de algo muy peligroso y que no quería ver que lo intentaran de nuevo como si se tratara de un simple juego de niños.

Cuando las cosas se hubieron calmado, era hora de que los invitados se retiraran. Por eso una limusina recogió a Norman, y Yūgo y Emma estaban en la acera, discutiendo.

—¿Por qué estabas con la mamá de Ray? —inquiere la pelirroja, curiosa.

—No hagas preguntas y entra al auto. —Ordena Yūgo.

—Pero–

—Sin peros, al auto.

Emma hace un puchero, pero obedece, entrando al vehículo y cerrando de un portazo.

Yūgo bufa e ignora la actitud rebelde de la adolescente, pero antes de entrar también, escucha a alguien detrás de él aclarándose la garganta de manera ruidosa. Así que no tiene de otra que dar vuelta y hallar a la mujer de extraña sonrisa perfecta.

—Ah, sí, lamento que Emma le haya causado problemas —habla rápidamente, refiriéndose al escándalo dentro de la casa—. Si rompió algo, lo–

—Realmente no sucedió nada, así que está todo bien en cuanto a la casa —interrumpe, sonriente. El hombre no comprende su actuar tan amable y sincero cuando no había algo importante de por medio—. En realidad, me preguntaba si usted estaría dispuesto a... tomar algo, un día de estos.

Y, bueno.

Bueno.

Yūgo se había esperado oír alguna otra demanda de parte de esa mujer, un regaño por no cuidar o educar de manera correcta y segura a Emma, o cualquier cosa. Pero jamás una invitación.

Así que lo único que puede hacer es poner una mueca de confusión, cerrar los ojos y pensar seriamente si es que aquello no se trataba de una broma y que al final sí iba a quejarse sobre algún jarrón roto o herida en su hijo emo.

—Eh... Supongo que... —empieza a hablar, nervioso. Mira con cautela a Isabella, y trata de no mostrarse tan ansioso como lo está haciendo—. Eso... estaría bien.

—Perfecto —anuncia, contenta. Yūgo también sonríe ligeramente, junto a ella—. ¿Qué le parece el sábado, a las tres? En la misma cafetería.

—Suena bien para mí.

Ella le extiende la mano.

—Nos vemos entonces, señor Yūgo.

Él la toma con cuidado, y también sonríe, casi tan contento como Isabella.

—Lo mismo digo.


—¿Y bien? —interroga Ray a su lado. Su madre gira a verle, confundida por la pregunta repentina.

—¿Y bien qué?

—¿Tu cita resultó bien? —sonríe de medio lado, dedicándole una mirada de complicidad y burla. Ella ríe en voz baja, y niega con la cabeza.

—De hecho, fue la peor cita que hubiera tenido antes en mi vida —alega con helada sinceridad. El chico frunce el ceño, sintiéndose ahora más confundido que ella, en especial porque no logra entender la alegría que desprende su madre al decir tal cosa—. Pero pienso que está bien.

Sus ojos amatista pronto pierden de vista el auto, y giran hacia el cielo, el cual ya se ha despejado luego de la intensa lluvia. Y se siente muy animada solo con eso.

—Ah, por cierto, Ray —vuelve a mirar a su hijo, y éste igual—, ¿recogiste la ropa antes de que lloviera?

El azabache pronto desvía la vista. Esa es su única respuesta.

Está muerto y lo sabe.


¿fin?


Bonus

—¿Te gusta la mamá de Ray?

De repente, Yūgo se encuentra ahogándose con su té. Emma no dice nada más por un par de minutos, en los que se encuentra solamente observando cómo el hombre termina de toser.

Cuando se calma, ella suspira. Pero no es un suspiro triste, es un suspiro casi alegre.

—¿Van a casarse? —vuelve a preguntar.

—¡No! No digas estupideces, Antena —Gruñe, con la cara roja de la furia. La chica se ríe en su cara, como diciéndole que no le cree ni un poco, causándole más enojo—. Mira, apenas nos conocemos–

—Así que, ¿quieres conocerla más? —Interrumpe, sonriendo con sorna—. Quizá... ¿te gusta en serio, en serio?

—No voy a responder a eso.

Emma abre la boca, sorprendida.

—Entonces sí te gusta.

—¡No!

—No me lo puedes esconder a mí —ríe la mocosa, con soberbia—. ¡Oh, jojo! Cuando Lucas se entere va a saltar de la emoción.

—No saques conclusiones precipitadas, y Lucas no va a saber nada —declara con autoridad, volviendo a dar otro sorbo a su bebida—. Además ella no me gusta.

—¿Entonces ya la amas?

Una vena sobresale en la frente del adulto.

—Que no, maldita sea. No la amo, eso es ridículo. Ni siquiera me atrae.

—¿Entonces por qué aceptaste ir a una cita de nuevo?

—No es una cita, es solamente una salida.

—¿De amantes?

—De conocidos.

—Pero te veías feliz cuando te invitó.

Yūgo suspira, y lleva una mano a su frente. Ruega en voz baja por más paciencia.

—Emma, hazme un favor y ve a jugar afuera.

—Lo haré cuando me digas por qué quieres ir a esa cita.

—¡Que no es una cita!

La pelirroja se ríe de nuevo, y antes de que él pueda levantarse para atraparla, sale corriendo hacia el jardín.

Yūgo suspira otra vez, pensando en que el salón se ha vuelto tan callado cuando esa niña se fue. Así que, sonriendo, vuelve a tomar de su tacita de té, respira profundo y—

—¡Hay, señor Lewis! ¡Mi padre ya tiene novia, sabía! ¡Saldrán en una cita el sábado!

Y vuelve a atragantarse con el té.


fin.