Sumario: Levi solo quería una cosa en la vida. Volver a encontrar a su madre. Y si para ello tendría que enfrentar a los mismos dioses, lo haría. Por lo cual iría en cada maldito templo dedicado a aquellos seres divinos queriendo ascender entre los dioses hasta encontrar al causante de la muerte de Kuchel, siendo a quien también le debe su existencia, al mismo Zeus.

Con lo que no contaba era encontrarse a aquella sacerdotisa de la sabiduría, queriendo salvarlo del camino a la venganza.


El Ascenso


Capítulo 01: El hijo del Olimpo

Ackerman Levi.

Adulto.

— Enano — escupió el hombre, queriendo en vano golpearlo.

Ágil.

A él no le importaba lo que pensaran ni dijeran sobre su persona.

—Hijo de puta.

Pero que se metieran con su santa madre, eso no lo permitiría. Sean dioses o miserables humanos que tuvieron la desdicha de cruzarse en su camino.

Levi hizo un rápido movimiento con su mano izquierda, obteniendo una pequeña navaja con la cual cortó el rostro de su oponente a la altura de la boca, hiriéndolo en un solo golpe.

Mortal.

El desgarrador grito del hombre solo causó risas entre los que presenciaban aquella pelea. Algunos gritaron jubilosos mientras se dirigían a un tipo vestido de rojo, quien reía con júbilo.

Los extranjeros de esas tierras eran idiotas, creían que Levi era inexperto y presa fácil, entonces apostaban fuerte en su contra y perdían catastróficamente.

Los grises ojos de Levi miraban con mortal amenaza a su oponente.

—Fe maffigo — balbuceó el hombre, cubriendo su herida, sus manos manchándose de sangre —Fe losh fioshes fe...

Levi rodó los ojos, ignorando al tipo.

Al poco sintió un brazo rodeándolo, lo cual lo hizo sentir incómodo, pero solo había una persona (muy estúpida según el criterio de Levi) capaz de acercarse demasiado, acabando de rajar a un contrincante.

—Church — objetó Levi, apático y queriendo por centésima vez que el aludido entendiera que no tiene ganas de considerarlo siquiera como un conocido.

Farlan ni se ofendió, solo hizo lo que, en su código de ética de delincuente, era lo honorable.

—Oh, Gran Hermes, sigue bendiciendo a Levi — dijo en voz alta y en forma de plegaria, haciendo bufar a Levi. Farlan agarró un puñado de monedas y lo puso en el bolsillo exterior del abrigo de Levi. Era lo que Farlan había calculado como la parte que le correspondía a Levi por haber ganado aquella pelea callejera, sin reglas, que solo terminaban cuando uno de los oponentes no podía seguir peleando más.

—Sí, Gran Hermes... ven aquí y trae a tu perro padre — respondió Levi, en forma irónica.

Farlan negó silenciosamente. Va a tener que usar un poco de dinero adicional para Hermaia, el culto anual dedicado al Dios de los Ladrones, y omitan la ofensa de agarrar a la divinidad como mensajero de un simple mortal. Aunque Farlan, al igual que quienes conocían más a Levi, tenía dudas sobre los rumores de Zeus siendo el padre de Levi.

Se cuenta que, años atrás, el mismísimo Zeus quedó prendado de la belleza de Kuchel, a quien la habían descrito como la mismísima belleza del Olimpo, por lo cual fue, una más, de las "afortunadas" y, fruto de aquella relación, al parecer, nació Levi. Zeus dejó a Kuchel a su suerte y, los que la conocían, empezaron a llamarla La Olimpia, como burla ante el abandono del dios.

Desamparada como quedó, algunos dicen que recibió favores de otros a cambio del "cuerpo tocado por Zeus" y con ello logró mantener a su hijo Levi hasta alrededor de los seis años cuando, producto de una enfermedad extraña, murió. Hay quienes aseveran que todo fue culpa de Hera, la celosa esposa de Zeus, quien le complicó la existencia a Kuchel hasta la muerte. Que dejara en paz a Levi hacía pensar que Zeus no era el padre y la pobre Kuchel desde antes daba sus favores a cualquiera, por lo que trató de endosar el bastardo hijo de un mortal a un Dios que la descubrió y abandonó por su traición.

Otro pequeño grupo, en cambio, sí creía a Levi hijo de Zeus, porque esa agilidad sobrenatural y certeza mortífera no era de un simple humano. Y ojalá que Hera no se enterara de otro bastardo de Zeus o también mataría a Levi.

A Levi poco o nada le importaba su pasado u origen. Lo único que estaba seguro es que, por culpa de Zeus, su madre murió joven y ni siquiera le dio tiempo de despedirla con dignidad. Despertó un día y ella ya no respiraba. Él demoró un par de días en conseguir el óbolo y dejarlo en los ojos cerrados de ella, para que Caronte la llevara por el río Aquerón y el alma de su madre no esté vagando errante por cien años.

De ahí, poco o nada se sabe de cómo logró sobrevivir aquel a quien llamaron "El Hijo del Olimpo" en alusión a su abandonada madre y en un absurdo juego de palabras de declararlo un semidiós. Lo cual había sido más una burla que él transformó en respeto.

Levi creía que, de pertenecer a alguna divinidad, sería al Dios de la Muerte. Pero la misma lo eludía, como si cobardemente se escondiera. Igual, no es que le esté quitando su trabajo, solo deja a sus oponentes mal heridos, aunque si insisten, Levi les abre camino hacia el Reino de Hades.

Él solo quiere ver a su madre una vez más, para despedirse adecuadamente de ella. Y buscará en cada maldito templo del mundo al infeliz de Zeus o morirá en el intento. Quizá en el más allá logre su meta de abrazar una vez más a su madre.

Meses atrás Levi alborotó el templo de Eros, en busca de alguna pista que lo lleve a Zeus, como respuesta solo tuvo a las sacerdotisas ofreciéndole "amor y pasión sagrada" lo cual interiormente lo enfureció, por los rumores sobre su propia madre, quizá obligada por las circunstancias a vender su cuerpo. Mientras que, en otras era "prostitución sagrada" el sexo con los seguidores del dios de turno, y ellas eran consideradas decentes.

Soy seguidor de Hermes— fue la seca respuesta de Levi, ante las descaradas insinuaciones de las sacerdotisas. La decepción fue visible en ellas, puesto que, a pesar de la baja estatura del promedio de los hombres, lo compensaba con creces sus músculos firmes, su rostro que parecía cincelado por la misma Afrodita, y esa voz penetrante.

Levi no caía ante ninguna de esas mujeres, se le insinuaran o danzaran como lo hicieran.

Nunca caería ante una sacerdotisa. ¡Nunca lo haría!


Continuará