Limerencia: estado mental involuntario resultado de una atracción romántica por parte de una persona hacia otra. Es combinada con una necesidad imperante y obsesiva de ser correspondido de la misma forma.

La mañana de aquel lunes lo sorprendió aun antes de que los rayos del sol cruzaran camino con su rostro. Entre abrió los ojos y manoteó torpemente su celular ubicado en su mesa de noche para ver la hora. Aun le quedaban unos minutos libres pero algo en el ambiente de ese nuevo día le decía que lo mejor era prepararse de antemano. Se sentó en la cama y apenas con un ojo abierto logró arrastrarse hasta la ducha para tomar su acostumbrado baño matutino. Mientras que el agua caliente golpeaba su nuca y espalda poco a poco comenzaba a reaccionar.

Al salir ya se encontraba recuperado y mentalizado, se vistió y arregló para luego bajar a desayunar antes de que su madre se quedara sin voz de tanto llamarle.

—Ya estoy aquí, bájale 4 rayas al volumen de tu voz —dijo mientras acomodaba su cabello frente al espejo del pasillo.

—Te ves guapísimo ya deja tu cabello tranquilo y ven a desayunar Jeanbo.

El resto del desayuno Jean se limitó a acabarlo mientras su madre como siempre parloteaba sin parar acerca de dios sabe qué. Nunca se detenía a escucharla realmente, o más bien, nunca escuchaba a nadie que no fuera a sí mismo, mucho menos a su madre. Luego de que su padre falleció hace ya más años de los que quería recordar, su relación con ella había pasado de tensa a escasa. Todo lo que siempre hacía era dejarla hablar mientras el navegaba en la nebulosa de sus pensamientos. Así era más fácil pensaba él.

Para cuando acabó y salió de su casa le quedaban al menos unos 40 minutos para llegar a la escuela, recorrido que hacía en su motocicleta todas las mañanas. En el camino, o más bien, cada día y a cada momento, un único pensamiento se presentaba en su cabeza de la forma más intrusiva posible: Mikasa. La chica de la que ha estado enamorado desde hacía años y la directa responsable de que desesperadamente adoptara esta patética actitud de chico malo en el afán ahogado de llamar su atención. Pero claro, sin ningún éxito.

Mikasa... si cerraba los ojos casi podía dibujar en su mente la sensación de sus oscuros y bellos ojos rasgados mirándolo, la pequeña arruga que se formaba bajo sus párpados cada vez que reía. El pequeño arco de su nariz que descendía hasta llegar a su boca. La comisura de sus labios que se arqueaban casi ínfimos siempre que se hallaba molesta. Había memorizado esas cosas ridículas con la idea de que si nunca podía en realidad estar con ella al menos podría recordarla cada vez que necesitara que su rostro espantara cualquier mal sentimiento.

El tiempo de graduarse estaba cada vez más cerca y con eso disminuían también sus oportunidades de cambiar su situación. Pensar en eso siempre le generaba ansiedad, en definitiva debía hacer algo y tenía que ser pronto.

Cuando menos lo notó ya se encontraba en la puerta de la escuela, aseguró su motocicleta y se dirigió hacia el área de los casilleros. El de Mikasa se encontraba lejos del suyo pero siempre iba al bebedero que estaba en frente como excusa para hablarle. Tomó con desesperación los libros que necesitaría para sus primeras clases y se dispuso a ir en dirección hacia allí. Apenas dio la vuelta al pasillo la divisó, ahí estaba ella, y lo mejor era que no habían indicios de la presencia de Eren y Armin en la cercanía. Debía aprovechar la oportunidad. Mikasa tenía su casillero abierto y se encontraba hojeando ese extraño libro negro que siempre llevaba con ella. Tan inmersa que no se dio cuenta que él estaba tras la puerta del casillero apoyado con los brazos cruzados. En cuanto Mikasa cerró el suyo se llevó un sobresalto al verlo y sus ojos se abrieron sorpresivos.

—¡Por el señor de la oscuridad Jean, casi me matas de un susto! —dijo lanzándole una mirada de reclamo.

Jean se sonrió fanfarrón como si disfrutara de su expresión.

—Con este hermoso rostro mío, ¿cómo es posible que te asustes así? —presumió tomando su barbilla y alzándola.

Mikasa volteó los ojos.

—Sí, como sea, debo irme el exámen está por iniciar.

La chica volteó pasando a su lado hacia la esquina del pasillo donde Eren y Armin le hicieron señas para que se apresure.

«Maldita sea, ¿por qué dije algo tan idiota? Realmente siempre que estoy cerca de ella me pongo nervioso y me salen esas estupideces. Así no lograré ningún avance. » Se dijo para sus adentros.

—Déjame adivinar, otra vez te estaba molestando el idiota de Jean, ¿verdad Mikasa? Si quieres puedo hacer que entre en razón —. Observó Eren que había presenciado la situación.

—No tiene importancia, solo le divierte hacerlo y la verdad me da igual. Mejor vamos que el examen ya debe estar por comenzar.

El profesor Spencer de Física era el más estricto y difícil de todos, como si su materia no fuera lo suficiente ya. Cada vez que había exámen y una vez se cumplía la hora exacta de inicio de la materia contaba hasta diez y cerraba la puerta. Una vez que eso pasaba nadie más podía ingresar bajo ninguna circunstancia y quienes quedaban fuera perdían el exámen. Se apresuraron a llegar y con apenas un margen de dos segundos lo lograron.

Jean se sentaba junto a la ventana en uno de los últimos pupitres justo detrás de Mikasa que se encontraba junto a Eren y delante de ella Armin. Ubicaciones que no eran casuales y por la cual Jean había debido negociar con Reiner un alto precio para cedérselo.

El examen dio inicio y todo en lo que Jean pensaba era en cuán idiota se sentía de haber desperdiciado su oportunidad. Con mucho cuidado de ser visto por el profesor, cortó un trozo pequeño de papel y escribió en él: "¿Qué harás el sábado? Podrías tener el privilegio de salir conmigo." Lentamente lo deslizó por sus dedos y con un leve empujón lo dejó caer sobre el pupitre de Mikasa. Su rostro de fastidio fue casi instantáneo, incluso sin leerlo sabía lo que decía. Giró para quedar apenas de lado y en voz muy baja murmuró:

—Vas a meternos en problemas, no me molestes.

—Si no me respondes seguiré enviándolos hasta que lo hagas.

El profesor que ya se había alertado de unos murmullos se dispuso a recorrer las filas. Mientras Mikasa escribía su cortante respuesta en el mismo papel y lo cerraba, se le resbaló de las manos y al inclinarse para alzarlo se encontró con el zapato del profesor Spencer que se lo impidió. Quien lo tomó y abrió en sus manos para observar de qué se trataba y de inmediato dirigió su vista a los dos alumnos. Mikasa quería que la tragara la tierra y no alzó la vista mientras que Jean se cubría la boca para no reír del nerviosismo del momento.

—Ya que tienen cosas tan importantes que charlar, señorita Ackerman y joven Kirstein les alegrará hacerlo durante su castigo después de clases. Entreguen sus exámenes ahora y salgan del salón hasta que los demás finalicen.

Creo que ahora si lo arruiné de verdad, pensó Jean.