Los personajes de "Hey Arnold" no me pertenecen, ni hoy ni nunca.

N/A: quise realizar una historia donde nuestros protagonistas favoritos se enamoraran poco a poco y bueno… no sé si lo lograré pero aquí va el inicio. Por desgracia, Panchita se muestra esquiva y no me arroja ideas para continuar por lo tanto si tienen teorías sobre lo que podía suceder a continuación me vendría bien un mensajito o review.

Los dejo iniciar.

NÓTAME

CAPÍTULO I

¿Quién era ese sujeto y por qué ella le sonreía de esa manera? Jamás había visto por los corredores del campus a ese joven alto, fornido, de piel morena y cabello negro ensortijado, nunca. Pero se le figuraba que se dirigía a su objeto de deseo, su Helga, con demasiada familiaridad.

De acuerdo, primero, ella no era un objeto y segundo, no era nada suyo, al menos no en la vida real, en el mundo tangible, sin embargo, en la comodidad de su inconsciente era suya, completamente suya, se le entregaba sin pudor y lo amaba con locura.

El caso es que él había pasado casi dos años sin cruzar palabra con la rubia, salvó para lo indispensable (no es que tuviera ocasión para ello pues apenas si habían compartido algunas clases de tronco común), y este mastodonte... ¿de la nada llega y se la hace amiga? ¿Acaso Dios lo odiaba, en serio el universo no podía ponérsela fácil al menos una vez en la vida? ¿No sé lo había ganado él a pulso? Porque ¿quién era más elocuente, centrado, responsable, amable, generoso, consciente que Arnold P. Shortman? Nadie absolutamente nadie más que él. Y como tal se merecía un regalo.

Lo único que pedía a Dios, la madre naturaleza, el universo o quién quiera que estuviese observando, era el amor de Helga que tan fervientemente anhelaba.

Nada más conocerla supo que era una chica especial pero no fue sino hasta unos meses después que tomó plena conciencia de sus sentimientos por la chica. Ella era tan divertida, audaz e inteligente que se le antojaba incluso irreal.

Si tan sólo lo amara tal como él lo hacía sería algo magnífico pero… era imposible o eso le parecía.

El joven moreno le echó un brazo sobre los hombros y la acercó a su cuerpo a la vez que le susurraba sólo Dios sabía qué cosa al oído. Ella que al principio le había dado un codazo para alejarlo ("¡Bien esa es mi chica!" la felicitó mentalmente ) ahora se reía a franca carcajada echando hacia atrás la cabeza y abriendo la boca para dejar escapar el sonido. Dejaba a la vista su garganta que se movía espasmódicamente por la risa. El joven la miraba con un brillo singular en sus iris, algo que Arnold reconoció de inmediato como atracción, eso mismo que sentía frente a la joven dama. Imposible negarlo.

Los detalló un poco más, al fin y al cabo estaban frente a él, más o menos de espaldas a dónde se encontraba, parado, colérico y perplejo. Plantado como un árbol, le resultaba imposible moverse o desviar la mirada. Al fin Helga dejó de reír, ¿qué le habría dicho?, y ahora le mostraba uno de sus libros como si se lo fuera a prestar. Seguro que así era porque después de un momento él lo tomó, ella le dijo algo ininteligible que parecía una advertencia y él se alejó a la vez que le guiñaba el ojo y le soltaba un beso al aire.

¿Acaso eso en las mejillas de Pataki era rubor? Se había sonrojado ante el patético acto de coquetería del fulano ese. ¿Qué demonios?

Odín, Pachamama, Júpiter apiádense de mí, no permitan que se enamore de otra persona que no sea yo, me lo deben me han quitado mucho y merezco un poco de lo que se me fue. Por favor, nunca recriminé sobre nada de lo que he vivido y sé que estoy equivocado de hacerlo ahora pero estoy desesperado, jamás la había visto así con nadie.

Su cabeza formulaba algo así como una oración religiosa que se repetía todo el tiempo. Ni siquiera se acordaba de respirar o dejar de mirar al lugar en el que la figura esbelta y atlética de Helga G. Pataki había estado parada. Absorto en sus pensamientos dejó pasar casi diez minutos, o quién sabe si más, parado frente al pizarrón de caucho dónde previamente sujetaba con chinchetas los afiches con los eventos y actividades del mes.

Cuando por fin regresó en sí, se hallaba solo en los pasillos, las clases habían comenzado y se las estaba perdiendo. Bueno, ¿qué podrían enseñarle de nuevo en Investigación y Redacción III? A punto estaba de volarse la clase (es que era muy bueno en ésta) cuando recordó que en su moral no figuraba tal acción así que emprendió la marcha. Lo importante era que al ser tan buen chico no le negarían la entrada y así fue, el Sr. Lang le hizo señas para que ingresara y buscara asiento nada más verlo en la puerta, sin tomarse siquiera la molestia de preguntar la razón de su tardanza.

Todavía con la escena del pasillo en la mente, caminó a un lugar en la esquina derecha, hasta atrás, el único libre y cuando por fin recorrió con la vista a los que serían sus compañeros de clase la vio, sentada justo enfrente de él, el cabello rubio y ondulado, inconfundible. Ahora entendía de dónde venía aquel aroma tan encantador, olía a frutas.

¡Gracias! ¡Gracias! ¡Mil gracias, Señor!

Esta era indudablemente la oportunidad de tratarla más a fondo y con suerte mostrarle que era el indicado para ella.

N/A - Hasta aquí la primera parte. Espero contar con sus opiniones.

Gracias por leer.