Un aviso antes de comenzar. Yo no soy Mexicana por lo que no habrá mucho lenguaje mexicano. En cualquier caso si he puesto algo mal o se podría poner algo más por favor avisarme por privado
Hace mucho tiempo existió una familia. El papá era un gran músico; él y su familia cantaban, bailaban y agradecían todo lo que tenían; pero también tenía un sueño: cantar para el mundo. Un día se fue con su guitarra y nunca volvió.
¿Y la mamá?
¡No tenía tiempo para llorar por un músico abandona familias! Luego de apartar toda la música de su vida, encontró el modo de mantener a su hija. Puso manos a la obra y aprendió a hacer zapatos. Pudo hacer dulces, fuegos artificiales... ¡o ropa interior para luchadores! Pero... no, escogió zapatos. Luego enseño a su hija a hacer zapatos y más tarde enseñó a su yerno. Luego sus nietos siguieron sus pasos; y la familia creció igual que el negocio.
La música dividió a su familia, pero los zapatos la mantenían unida. Y esa mujer era mi tatarabuela, mamá Imelda; murió mucho antes de que yo llegara a esta familia, pero mi familia aún cuenta su historia cada año en el día de los muertos, o día de muertos como le decimos aquí. Su hijita es mi bisabuela, mamá Coco.
-Hola mamá Coco.-dije dándole un beso en la mejilla.
-¿Cómo estás Rosita?
En realidad... me llamo Sofía, a mamá Coco le cuesta recordar cosas, pero aun así me gusta estar con ella. Mi familia me adoptó hace 6 años, después de que me quedara huérfana. La idea fue de mamá Coco por qué conocía a mis abuelos, por eso me convertí en la hija de Luisa y Ricardo. También tengo un hermano, Miguel.
Mi abuelita es la hija de mamá Coco.
-Oy, estás flaca M'hija, tenés que comer más.-me dijo poniéndome más tamales en el plato.
-No gracias Elena.
-Yo dije... ¿vas a querer más tamales?-su voz sonaba amenazadora.
-¿Si...?
-Ay, eso es la que quería escuchar.
Elena dirige la casa tal y como lo hacía mamá Imelda.
-¡Sin música!-dijo quitándome una botella.
-¡Sin música!-cerró la ventana.
-¡Sin música!-gritó a los borrachos.
Creo que somos la única familia en México que odia la música. A mi familia no le molesta, pero Miguel y yo...
-¡Volver para comer M'hijos!
-¡Te quiero mamá!- dijo Miguel.
-¡No tardaremos Luisa!
No somos como el resto de la familia.
-¡Adiós Sofía!
Y no siempre nos hemos llevado bien.
-¡Espera Miguel!-dije siguiéndole por las calles.
-¡Déjame en paz Postiza!
Casi nunca nos hemos llevado bien.
Miguel... no acepta que sea su hermana mayor, no le gusta. Y yo solo quiero que él esté bien. Realmente nos parecemos, aunque él se niegue a admitirlo. Ambos amamos la música, es lo único que nos une; y no es culpa nuestra, es de Ernesto de la Cruz. Miguel quiere ser como él, piensa que hay algo que les une. Dice que si él pudo tocar música tal vez un día él también, si no fuera por nuestra familia.
-Oiga muchacho, solo pedí una boleada, no la historia de tu vida.- le dijo el mariachi a Miguel.
-No te entretengas Miguel, pronto debemos volver a casa.- dije terminando mi quinta boleada.
Me contestó con un gruñido.
-¿Cuánto es chiquita?-me preguntó la mujer una vez que terminé.
- 25 pesos señora.- me dio el dinero y se levantó.- Mil gracias. (N/A) ¿Esmucho? Puse un número al azar, por favor decirme si está bien.
Me volteé a ver cuánto le quedaba, aún iba por el primer zapato, me agaché a ayudarle y se hizo un lado.
-Oye si fuera tú, yo enfrentaría a mi familia y diría. ¡Ey, soy el músico! Les guste o no.-dijo el Mariachi continuando la conversación.
Me reí, eso era imposible.
-¿Quieres ser como tu héroe? Pues inscríbete en el concurso de música del día de los muertos, se preparan para él.
Miré a mi hermano que se estaba pensando la proposición del hombre.
- Es imposible Miguel, sabes lo que piensa Elena del día de los muertos. Nadie puede salir de casa.- le dije.
El mariachi le dio su guitarra para que le enseñara lo que sabe hacer. Pero a punto de que empezara a tocar, Elena apareció. Empezó a pegar al cliente, haciendo que huyera.
-Al menos podría habernos pagado.- le comente a Miguel.
Una vez que volvimos a casa empezaba lo peligroso.
-Encontré a sus hijos en la plaza del Mariachi.- dijo Elena sentándonos a los dos de golpe en unas sillas.
-Ya sabéis lo que la abuelita piensa de la plaza.-nos dijo Luisa.
- Solo lustrábamos zapatos.- me defendí.
- De un músico de hecho.- dijo el tío Berto.
- Pero la plaza es donde la gente camina, además conseguimos 125 pesos.-dijo mi hermano levantándose.
-Conseguí.- le corregí a Miguel.
- Si abuelita dice 'No más plaza' es 'No más plaza'.- dijo Ricardo.
- ¿Pero tampoco está noche?
Hice una Facepalm, mi hermano es tonto. Si quieres hacer algo que sabes que no te van a dejar hacer, no les des pistas de ello.
-¿Qué hay está noche?-preguntó Berto.
- Hay... un Show de talentos.- dije.- así que pensamos en...
- ¿Inscribiros?-terminó Luisa.
-Pues... ¿tal vez?-dijo Miguel.
- Para ir a un Show de talentos se necesita talento.- nos dijo Rosa, la hija del tío Berto.
- Y que haréis, ¿lustrar zapatos?- pregunto su hermano Abel.
Hice una risa falsa y les lancé una mirada de odio, si supieran...
-Hoy es día de muertos, solo importa la familia.- nos dijo Elena dándonos dos ramos de flores.- A la ofrenda, vamos.
Nos escapamos de Elena y subimos al hueco del techo de la casa. Le ayude a Miguel a terminar su guitarra, Dante (el perro callejero de mi hermano) subió con nosotros y nos saludó lamiéndonos la cara. Fui con Miguel a su 'altar' de Ernesto de la Cruz. Le dejé tocando tranquilamente la guitarra mientras que yo miraba mi libreta distrayéndome. Llevaba bastante tiempo con una idea para una canción, pero no encontraba las palabras.
-Sofía.
-¿Si...?
-Hay que vivir nuestro momento.
Levanté una ceja, se estaba volviendo loco.
-Hay que tocar en la plaza del Mariachi.
Ideamos un plan para ir. Miguel se escaparía con la guitarra mientras que yo intentaba distraer a la familia.
Miguel bajo del techo mientras que yo barría para ayudar a Elena. Se tuvo que echar atrás por la interrupción en el camino de Ricardo y la abuela. Se escondió en la habitación del altar, intente parar a nuestros familiares pero fue imposible y al final entré junto a ellos.
Le dijeron a Miguel que a partir de ahora trabajaría con nosotros en la fabricación de zapatos. Hace 3 años que yo empecé con ellos, pero como no se fiaban mucho de Miguel, me hacían ir con él a lustrar los zapatos.
Cuando se fueron dejándonos solos con mamá Coco soltamos un suspiro. Pero vimos a Dante encima del altar comiendo la comida para nuestra difunta familia. Cuando conseguimos quitarle de encima, el marco que guardaba la fotografía de mamá Imelda y mamá Coco de niña se rompió.
-¡Esto no habría pasado si hubieras hecho tu parte del plan!- me gritó Miguel,
- ¡Perdón, pero si hicieras caso y respetaras a tu familia no estaríamos así!
Miguel no contestó mientras miraba fijamente la foto.
-¡No me ignores!- le reproché enfadada.
- ¿La guitarra de la Cruz?- susurró Miguel.
-¿Cómo?-dije sin entender.
- Papa... papa...- dijo mamá Coco.
