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Canis lupus
Los pasillos estaban teñidos de un púrpura negro y contaminado. El sol se había puesto, y sin él, sombras se proyectaban en los sucios rincones, y las grietas de las paredes parecían sangrar. El condominio oculto nunca fue el lugar más alegre, o más interesante, pero en las fauces de la noche, lograba convertirse en el hogar de una sombría depresión, tan carente de vida como una necrópolis. Era el escenario digno de un melodrama, un paraíso urbano y desagradable como la desesperanza. Las viejas puertas permanecían selladas, y ningún ruido se producía ahí, ningún testigo. Hasta que esa calma fue lentamente asesinada por murmullos y pisadas apresuradas que se iban acrecentando.
El corredor estaba sumergido en completa oscuridad, pero Louis parecía demasiado embriagado en Legosi como para sentirse alarmado. Los herbívoros se volvían mortalmente indefensos en la negrura de la noche, pero el inocente cariño de las manos del lobo trataba de decirle que no tenía qué temer. Sentía como cerraba los puños en sus ropas para atraerlo y besarlo con impaciencia, y por segundos temía que fuera la última vez que estaría junto a él. Percibía cierta desesperación en los besos que dejaba en cada zona que estuviera a su alcance. No solía verlo necesitar tanto de alguien, y no terminaba de entender si era una sensación que le agradara, pero dejar de deleitarse con su calor no era una opción.
Mientras Louis trazaba caminos placenteros en su piel, el carnívoro sólo podía responder con caricias nerviosas y sonrojos, no estaba familiarizado con el cariño impetuoso de un amante.
Cuando por fin encontraron el número que necesitaban, el ciervo le permitió una pausa para que pudiera abrir la puerta de su departamento. Mientras insertaba la llave en el oxidado y duro cerrojo, pensó en la mudez que los rodeaba y entendió casi con un profundo temor que sus vecinos tal vez podrían escucharlos detrás de los delgados muros. El seguro de la perilla hizo un ruido terroso al abrirse, y la bisagra de la puerta soltó un quejido aún más lastimero. El pequeño y asfixiante cuarto les extendía los brazos, y ofrecía una frágil privacidad para su amor, y en cuanto cerró la puerta tras él supo lo que estaba a punto de suceder.
Louis no esperó otro segundo para regresar a sus labios, besándolo con más libertad y lascivia, y el joven lobo pudo saborear tabaco, veneno en la oscuridad. Se sentía nervioso y sabía muy poco, era incapaz de corresponder al ritmo del cérvido, que devoraba su boca cual carnívoro. El sonido cálido y húmedo de sus labios penetró ahí dentro, junto a sus respiraciones agitadas en busca de aire. Sintió un caliente hilo de saliva deslizándose por la comisura de su boca, pero dejó de pensar en ello cuando a sus oídos llegaron los suaves suspiros de Louis, que morían entre sus labios. Jamás pensó que podría amar tanto otro sonido además de su risa.
En la oscuridad de todo, podía percibir el calor que ese frágil cuerpo irradiaba, como una invitación a algo que desconocía, algo que había estado prohibido para él hasta ese momento.
—Louis... —Suspiró Legosi en un segundo, un solo momento en el que sus labios no estuvieron unidos. Este no duró nada más, Louis no lo dejó terminar.
Por un segundo, incluso había olvidado que estaban en su pequeño departamento, hasta que el herbívoro lo guió hacia el rincón donde se encontraba el viejo futón donde dormía. Sintió unas finas manos en sus hombros, y cómo estas lo empujaron, y pronto fue a dar al suelo, sobre el manojo de sabanas, con un golpe seco. Sin duda alguna, los demás vecinos habían oído aquello. El estruendo se expandió casi tan rápido como el dolor. Antes de que una última punzada recorriera su cuerpo, el hambriento calor de Louis volvió a él. Se había acomodado sobre su regazo, y ahora podía ver más de cerca sus elegantes ojos de bronce, que ardían con una luz fiera. Ambas piernas a cada lado del lobo, aprisionándolo contra el piso, como si temiera que escapara.
Legosi, tan dulcemente aturdido, solo pudo acercar sus manos temblorosas a la cintura del otro. La delgada tela de sus ropas ayudó a crear un sinfín de fantasías, podía sentir el cuerpo debajo de estas, la piel suave y cálida, el bello ardor de su sangre. Había un débil escozor en la punta de sus dedos. Quería sujetarlo con firmeza, obligarlo a permanecer sobre él, enterrar las mortíferas garras en sus muslos para marcarlo, pero no tenía el valor suficiente. En realidad, aquellos pensamientos lo aterraron.
Louis lo besó de nuevo, y supo que jamás se cansaría de esos labios de terciopelo. Se preguntó si sus grandes colmillos le causaban alguna sensación, y dentro de él deseó que así fuera. Unas manos descendieron a su cinturón y lo desabrocharon, la hebilla metálica tintineo ligeramente, y lo siguió el chirrido débil de la cremallera al bajar. Pronto, sintió como unos dedos frágiles y afectuosos encontraban su miembro, que ya empezaba a erectarse.
—¿Aún eres virgen, Legosi? —Preguntó, y las palabras fueron como una caricia. Encantador en todos los sentidos—. No te atrevas a mentirme, porque lo sabré.
—Sí... L-Lo soy... Louis...
—¿Qué pasa, tienes miedo?
La cálida mano del ciervo desenfundó su pene y comenzó a deslizar sus delgados dedos por toda su longitud. El joven lobo no pudo evitar gruñir desde lo más profundo de su garganta, por aquella deliciosa sensación en la piel sensible. Cuando por fin sintió su miembro envuelto en todo el calor de aquella palma, un jadeo mucho más desesperado se escapó de sus adentros. Los movimientos eran un vaivén, que en poco tiempo le parecieron tormentosamente lentos.
La masturbación no era algo del todo desconocido para el canido. Era joven y en algunas noches, solitarias y gélidas, se había sentido deseoso del calor reconfortante de un orgasmo. Pero descubrió que todos esos esfuerzos pasados no fueron nada más que placer insignificante, porque las finas manos de Louis lo entregaban a un nirvana hasta entonces desconocido, uno al que ahora sólo él podría llevarlo.
—Siempre lo supe —Empezó Louis, con una sonrisa divertida marcada en el rostro—, debajo de ese gran lobo se esconde un perrito sumiso —No dejaba de verlo, con esa intensa mirada suya— ... e indefenso.
Poco a poco, el movimiento se hizo más apresurado, endureciendo paulatinamente el húmedo genital, causando que un mojado chasquido llenara la habitación. Los gruñidos y gemidos de Legosi comenzaban a brotar con más frecuencia, y a sonar más desesperados.
Olas abrasadoras recorrían su cuerpo, como el fuego que devora al débil, y una agitación familiar se asentaba en su vientre. Respiraba con dificultad, y los latidos le retumbaban en sus oídos como un campaneo constante y estrepitoso.
Observó a su amante, sin poder creer en su belleza. Todo en él era perfecto: las formas de las astas que lo coronaban, tan hermosas como bosques en invierno; sus ojos, que podían ser tiernos a la vez que crueles; y por encima de todo aquello estaba toda su esencia. Su carácter, su personalidad, su temperamento y tristeza, su felicidad. Podía ver sus colores serpenteando en el aire, y entendió cuanto lo amaba, cuanto lo necesitaba a su lado.
—Dime, ¿Sólo yo te he visto así? ¿Tan ansioso y sonrojado?
Asintió con un movimiento de cabeza, sin vociferar nada. No se sentía capaz de formular palabras pues las sensaciones de su cuerpo se expandían con violentas mareas eléctricas y ensordecían sus pensamientos. Sólo quería seguir sintiendo ese masaje en su miembro goteante, deleitándose con cada caricia ahora tan necesarias como el palpitar de su corazón, e igual de reconfortantes.
—No pares —Ordenó Legosi. Su voz era ronca, y por un instante no hubo rastro de su característica calma— No pares... —Repitió, más turbado.
Louis, obediente a sus deseos, no hizo el menor atisbo de detenerse, y continuó, ahora acariciando la piel de su cuello con tiernos besos.
—Jamás volverás a descansar —Le dijo. En ese momento, el canido podía saborear sus palabras, como si fueran miel liquida—. Pensaras en mi cada noche. Se te pondrá dura y no podrás hacer nada más que tocarte, imaginando que soy yo. -Su voz era tan tersa, que lograría sublimar hasta las más crudas obscenidades. Las haría sonar tan elegantes.
Entre jadeos, Legosi pensó en lo que le había dicho, con todos sus detalles, la falta de calor en los crepúsculos próximos, y su nublada mente logró lamentar algo que todavía no ocurría.
Quería responder a eso, suplicar que no lo dejara solo, pero su libido estropeaba todo intento por hablar. Sus manos se cerraron con más fuerza en la cintura de Louis, lacerando la piel. Lo supo por el quejido que escapó de sus labios.
—Mi lobo —Susurró contra su boca. Sintió como su cuerpo se tensaba contra él— Mi dulce lobo.
La cola de Legosi se agitó involuntariamente, y Louis sonrió con una mueca burlona, una que sólo le daba a él. Se sentía amado cada vez que se le escapaba un sobrenombre cariñoso, no eran frecuentes por lo que no estaba tan acostumbrado a oírlos, pero en ese instante tan íntimo y perfecto no pensó que fuera capaz de sentirse más feliz.
—Legosi —Lo llamó. Su mano se había detenido, y unos vidriosos ojos brillaban en la penumbra— Te quiero dentro de mí.
De un momento a otro, la inconfundible sensación de estar cerca lo invadió con sólo escuchar sus palabras, lo sentía por todo su cuerpo. Nunca antes le había dicho algo como eso, y las ondas de calor y lubricidad cegaban sus sentidos. Ese susurro había disparado todo tipo de sensaciones en su cuerpo, y en su corazón. Sin embargo, la vergüenza de acabar tan rápido proyectó una larga sombra de inseguridad en él. ¿Qué diría Louis?
Claro, él era virgen, y esas cosas pasaban todo el tiempo al hacerlo por primera vez en la vida, ¿cierto? Pero, aun así, lo sentía injusto para su amado ciervo, privarlo del placer sólo porque no pudo contenerse.
Así que, sin decir una palabra, tomó a Louis y lo empujó a un lado (tal vez con más fuerza de la que hubiese deseado), para poder quedar sobre él.
Terminó teniendo al frágil herbívoro debajo, contra las sabanas, viendo como sus hermosos ojos lo miraban divertido.
—Eres un buen chico —Susurró, y sus delgados brazos rodearon su cuello.
Eso no había ayudado a calmar el escozor placentero de su miembro, tan hinchado y húmedo, pero no dejó de contenerse.
—¿Podemos... —Empezó Legosi, inseguro. Su voz no era más que un sonido débil— establecer una palabra segura?
—¿Palabra...? ¿De qué hablas?
—Ya sabes, algo... —Nuevamente ese titubeo— algo que nos haga parar cuando no estemos seguros.
—Creo que estás muy seguro de esto —Respondió divertido, al momento que frotaba su cuerpo contra la erección del lobo gris. Y por un momento Legosi creyó ver un fugaz destello de cometas alrededor.
—Por favor... —Suplicó, insignificante.
Y Louis le dedicó una sonrisa más, libre de crueldad. Parecía casi enternecido.
—De acuerdo. Tengo curiosidad por saber qué tontería será tu palabra segura.
—Udon —Dijo, luego de pensarlo un rato.
—¿Udon?
—Udon —Asintió.
El ciervo no dejó escapar la oportunidad para reírse de aquello. A los oídos del carnívoro, era música encantadora.
Un embriagante sabor en sus labios volvió a él cuando lo besó. Esta vez, sólo fue un momento.
El cérvido se separó un instante, y Legosi escuchó el sonido de una hebilla de cinturón abrirse, junto a la bragueta del pantalón. No pudo evitar bajar la mirada, y vio como Louis dejaba salir su pene erecto, tan duro como el de él.
Lo miró por unos segundos más, nervioso y sonrojado. No tenía idea de lo que debía hacer ahora. Se sintió tan mareado, como si estuviera en medio de un baile, uno en el que él no sabía los pasos. ¿Debía decir algo? ¿Hacer algo?
Regresó su mirada a los ojos de Louis, casi temblando. Su piel parecía arder.
—Lo siento, es que... no sé qué hacer —Confesó Legosi—. Yo...
El ciervo rojo lo interrumpió, tomando su mano con cariño, y la guió a su miembro.
—Tócame. —Susurró suave, su voz vibrando en la noche.
Asintió, y palpó el genital con lentitud. Casi temía tener que tocar algo tan frágil con sus largas manos, pero lo hizo de todos modos, motivado por la seducción del momento. La confianza ciega que había depositado en él lo hizo sentir un nuevo vuelco de emociones. Quería hacerlo bien, por Louis. Empezó despacio, con roces delicados, deleitándose con el erótico sonrojo en el rostro de su amante. Se sentía caliente y pulsante contra su mano, no se percató de la sensación agradable que estaba creciendo en su pecho. Era la primera vez que tocaba a alguien de esa forma, pero los ojos cristalinos y turbados de Louis le indicaban que iba en buen camino.
Poco a poco, escuchó como este comenzaba a gemir en susurros, pequeños y casi imperceptibles, pero sabía que estaban ahí. Cerró sus ojos, y Legosi pensó en pedirle que los abriera, que lo mirase, porque descubrió que el ámbar de su mirada resaltaba más por el rojo de sus mejillas. Pero no lo hizo, porque imaginaba que tendría mucho tiempo para admirarlos.
Masajeó con más confianza, ganándose jadeos y respiraciones temblorosas, y los nervios se encrespaban bajo su piel al compás de estás.
Louis se cubrió los ojos con su antebrazo al momento que un largo suspiro escapaba de sus labios, tratando de ocultar lo que sea que sus luceros de bronce pudieron reflejar. El joven lobo estuvo a punto de apartarlo, estaba ansioso por ver su rostro, anhelada ver los destellos de placer que él le causaba.
El olor de Louis lo estaba llenando, lograba sentirlo y verlo a su alrededor. Caminos centellantes, brasas en la noche. Dulzón como el almíbar, y salado como el mar. Notaba su hermoso pelaje aterciopelado brillando y erizándose ante cada roce. Sus gemidos, que nunca antes había oído, creados sólo para él.
Su propio miembro había empezado a doler, impaciente.
Casi podía escuchar el flujo de sus venas. Tan majestuoso.
Y finalmente, un gruñido hosco brotó de su ser, como el himno de un instinto infernal que se expandía por todo su cuerpo. Antes de darse cuenta, había enterrado sus colmillos en el antebrazo de Louis. La sangre brotó caliente y escarlata. Impetuosa. Sin piedad.
Fue como si el mundo se hubiera detenido. Los olores y las visiones míticas desaparecieron. Los hechizos de su mirada. Todo. Fue un despertar.
En su boca ya no quedaba rastro de la sensación de sus labios, todo lo que había era el amargo sabor sangriento de una presa. La terrible viscosidad le removía la memoria.
El hedor de la sangre apareció en la habitación, como señal y presencia de la muerte. No dejaba de brotar, se derramaba dentro de su boca. Caía en su pecho y en el cuerpo de Louis, quien sólo podía dibujar un rostro pasmado y fuera de toda comprensión, bañado en su propia sangre. Fue tan repentino, ni siquiera él había tenido tiempo de reaccionar.
Pero Legosi despertó de ese trance infernal, y lo soltó, provocando un último sonido repulsivo. Lo saboreaba. Estaba dentro de él ahora.
En la noche de un año viejo había probado la carne, viva y pulsante, y se prometió que jamás volvería a sentir esa sensación prohibida en su boca. Lo había asegurado en un juramento no proclamado, pero supuso que la sangre podía más que las promesas. Se sentía cálida como las lágrimas, pero no tenía el sabor salado de estas. Era un llamado, y estaba horrorizado por querer responderlo de nuevo.
Su cuerpo despertaba en contra de su voluntad, salivaba sin control, sus garras se enterraban y rasgaban el piso. La ansiedad asfixiante crecía en todo su ser. Era como un puñal clavado en el alma.
Se esforzaba por ignorar todas esas señales primitivas, pero no podía negar el festín de sabores que explotaba en su boca. Con temor de hacer alguna otra cosa, se apartó del cuerpo paralizado de Louis, brusco, casi saltando lejos de él. Su espalda golpeó la mesa, derribándola varios centímetros aparte, pero ninguno de los dos lo había notado
En el suelo negro, los lunares de sangre parecían abismos infernales que querían devorarlo. Podía escuchar los susurros procedentes de ellos, que maldecían su herencia asesina. Era un carnívoro. Una bestia.
Sus colmillos solo duraron pocos segundos en la carne temblorosa de Louis, pero su corazón lo sintió como una eternidad, una maldición que lo obligaría a mirar el camino que escogió, y la destrucción de sus sueños. Y se dio cuenta de que había puesto un sangriento final a aquellas esperanzas. Todas sus fantasías de enamorado, de envejecer juntó a él se le pudrían en la cabeza. La voz incansable de su corazón, esa que era narradora de ilusiones, fue callada y transformada en insignificantes cenizas muertas. Casi podía saborear su amargura.
Era incapaz de ver a su amado ciervo a la cara, porque muy dentro de su ser, en ese rincón que él mismo había olvidado, una sombra volvía a despertar y le gritaba por más. Quería más. Deseaba más. Y sabía muy bien cómo conseguirlo, sus fieros dientes se cerraban en dentelladas involuntarias con sólo pensarlo, saliva y sangre mezclándose y mojando su pelaje, cayendo como oro maldito. Lo que quería estaba frente a él. Esa era su mayor gloria, y su peor tragedia.
Como pudo, se limpió los restos de sangre de su hocico, creando manchas secas en sus manos. Se sentía rodeado de ella. En medio de su vehemencia, escuchó el quejido débil de Louis, que se transformaba en un siseo reprimido. Sabía que en las noches que tenía por delante lo oiría silbar, atravesando los rincones de su mente como un viento extraviado y lloroso.
Por fin, temeroso y temblando sin control como un cachorro, levantó la miraba para encontrarse con su amado y lastimado ciervo.
A su alrededor, las sábanas blancas estaban empapadas, y por la negrura del crepúsculo parecían lucir un dibujo de rosas rojas. Lo vio presionando la mordedura con una prenda que había encontrado abandonada por ahí. El escarlata avanzaba de prisa como un mar negro, oscureciendo la tela sin demoras. Sus ojos se entrecerraban con incomodidad cada vez que apretaba los nudos de su vendaje improvisado.
—¿Olvidaste...? —Comenzó, frágil. Su tono era un llanto y risa a la vez, y parecía que se esforzaba por no quejarse, con un dolor esculpido en el rostro— ¿Olvidaste la palabra segura?
Pero Legosi no respondió, ni siquiera lo había intentado. Dentro de su cabeza no había espacio para otra cosa que no fuera temor a sí mismo. En el pasado, había devorado sin titubear la pierna del herbívoro, porque había que hacerlo, porque quiso hacerlo. Ahora, ninguna opción podía explicar su impulso. Las emociones y sentimientos lo habían superado, y las estrellas que le pareció ver habían muerto ahogadas en sangre.
De repente, con sólo pensar en el amor que le profesaba a Louis sentía su garganta cerrarse y jadeaba con prisas por un aire que no llenaba sus pulmones cubiertos de espinas. Se llevó ambas manos en torno a su cara, tratando de ocultar la vergüenza e infamia. Y un sollozo lastimado salió de su hocico, tan terrible como un grito de ayuda.
El calor del cuerpo del ciervo coronado se acercaba a él, podía sentir como su olor había cambiado por el miedo, pero aún seguía ahí, junto a él. Una delgada mano se postró en su espalda, y esta masajeó con cariño, como si ese gesto pudiera callar la bestia que crecía en él.
El lobo gris abrió los ojos cuando sintió que Louis lo obligaba a verlo, con unos largos dedos apretando en su quijada.
Lo miraba con aquellos ojos grandes y profundos, que cualquiera podía ahogarse en ellos. Y le había sonreído, con una sonrisa tan dulce que le partió el corazón. Aquello fue lo más triste, lo que le desgarró el alma: su manera de sonreír. Como si nada grave hubiera pasado. No la merecía. No después de lo había hecho.
Y Legosi no lo soportó más.
Reacomodó su ropa como pudo y salió corriendo de ahí, dejando atrás todo, incapaz de encarar la abrumadora condición de su dolor; incapaz de calmar los remordimientos tan punzantes que lo estaban destrozando por dentro; incapaz de verlo más.
Corrió a grandes zancadas, bajando los escalones y saliendo a la calle sin ninguna dirección, derrumbándose a una noche sin fin.
Y sobre él, en un cielo cada vez más oscuro, las estrellas comenzaban a brillar.
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¡Muchas gracias por leer!
