—¿Qué te parece? ¿Más suave de lo que pensabas?
—Muy gorda…
—Así llena más espacio.
—Y, ¿qué tal esto?
—Demasiado largo. No creo que quepa.
—Podríamos probar al menos…
—Mejor no, luego sería doloroso renunciar a ello.
—Sus Majestades, si me lo permiten, me tomaré la libertad de recomendarles una de mis mejores mercancías.
El amable tendero le acercó con escrupuloso cuidado a la pareja una larguísima y elaborada cortina de encaje de tul.
—El color marfil de este tejido le dará a la sala en la que la dispongan un toque de luz y la hará parecer ligeramente más amplia.
—¿¡Más!? —exclamó Kristoff ante la divertida mirada de Anna y la incrédula mirada del comerciante.
—Además, liviana y fina como es, le dará un aire más ligero y menos recargado, si es lo que buscan.
—El detalle del bordado es exquisito, sin duda —comentó Anna acariciando el intrincado dibujo de los encajes.
—Si te gusta, está bien por mí —dijo Kristoff en un suspiro fruto del agotamiento tras días debatiendo sobre telas para cortinas, sábanas y prendas de vestir, pero con verdad en sus palabras.
Anna la analizó minuciosamente durante unos minutos más y, al fin, sonrió satisfecha.
—Me parece perfecta. Le haré llegar el pedido a lo largo del día de hoy, ¿de acuerdo?
—Estoy a su disposición, Majestad.
Los reyes de Arendelle le agradecieron al mercader su atención y se alejaron de la zona central de la ciudad en búsqueda de una sombra bajo la que descansar.
—¿Seguro que esto es estrictamente necesario? —preguntó Kristoff acomodándose junto a Anna a los pies de un sauce situado a las afueras de la ciudad.
—¿Tan terrible está siendo?
—No, no es eso. Admito que la selección de tejidos no es mi pasatiempos preferido, pero a mí también me hace ilusión darle un toque más personal a la habitación.
Anna reposó su cabeza sobre el hombro de Kristoff y cerró los ojos dispuesta a disfrutar del roce de la brisa primaveral en su rostro.
—Pero también es cierto que no hay necesidad de hacer todo esto ahora. Podríamos esperar y hacerlo más adelante. Tienes mucho con lo que lidiar y no quiero que acabes por agotarte —añadió él justo antes de besar suavemente la cabeza de su esposa.
—No soy la única que se está esforzando. —Anna buscó la mano de su marido y la estrechó con fuerza.— Sé que lo estás dando todo. No me pasa desapercibido. Y sé que todo esto suma aún más trabajo sobre tus hombros, pero…
—Ey, el peso es compartido. Y ojalá pudiese cargar yo algo del peso que tú llevas sobre tus espaldas.
—Se me ocurre una manera —dijo ella mirándole con una sonrisa traviesa.
—No se diga más.
Kristoff se puso en pie y se agachó en cuclillas de espaldas a su amada.
—Sube.
—Me encanta cuando me lees las mente.
Anna se levantó también y comenzó a intentar acomodarse sobre la amplia espalda que la esperaba.
—Ehem… Sus Majestades —interrumpió Kai carraspeando haciendo que la pareja se plantase firme y sonrojada ante él como si los cargos hubiesen sido invertidos—, lamentó perturbarles durante su descanso, pero hay un hombre demandando un encuentro con Su Majestad el rey.
—¿Conmigo? —preguntó Kristoff extrañado de ser él el reclamado.
—Así es. Le habría sugerido concertar una cita y esperar pacientemente, pero… honestamente, no creo que tenga mucho tiempo para ello.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Anna intrigada.
—Madame, me temo que ese hombre está a punto de cruzar las puertas del más allá.
—¡¿Qué?! —exclamó Anna tensando la postura.
—Llevame con él, Kai —apremió Kristoff sin entender la situación pero decidido a no dejar morir a aquel hombre sin atenderle apropiadamente.
—Como desee, Su Majestad.
Kai se encaminó decidido en dirección a la calle principal de la ciudad seguido de cerca por la pareja. Unos minutos más tarde, los tres se encontraban ante un agonizante hombre de mediana edad que esperaba sentado en el primer escalón de una de las escaleras exteriores que conducían al piso superior de una casa con su espalda apoyada en el muro de piedra y respirando con cierta dificultad. Sus ropajes raídos y sucios daban a entender la posición social de aquella persona.
—¿Me buscaba? —preguntó Kristoff sin rodeos ante la lamentable imagen ante sus ojos.
El hombre se levantó despacio ayudándose de la pared, para tambalearse y estar a punto de caer nada más comenzar a erguirse. Kristoff reaccionó rápidamente y logró sujetar en pie a aquel gigantesco y gastado hombre permitiéndole reposar el brazo sobre su hombro.
—Gracias… —musitó el moribundo justo antes de alzar la mirada hasta clavarla en los ojos de su rey—. Gracias Kristoff.
Anna y Kai miraron con extrañeza la escena, pero sólo lograron hacerse una idea de lo que estaba ocurriendo cuando, finalmente, Kristoff logró articular una única palabra.
—¿Papá?
Y, el hombre, cayó inconsciente entre sus brazos.
