Yin despertó a la mitad de la noche. Eran pasadas las cuatro de la mañana. Maldiciendo su necesidad biológica, se puso de pie media adormecida y se dirigió al baño. La luz de su lámpara de noche apenas lograba iluminar el otro extremo de la habitación. Allí su hermano se encontraba durmiendo en su propio mundo.
Tras regresar de su viaje se encontraba más despejada. Esperaba llegar a su cama y esperar volver a conciliar el sueño. Cuando estaba a punto de doblar hacia su rincón y su cama, algo le llamó la atención del rincón opuesto. Era difícil explicar qué fue. Tal vez solo era su intuición. Se giró y pudo ver a su hermano estirado sobre la cama cubierto por una delgada frazada. Lo que encontró extraño fue que algo se movía debajo de la frazada. La poca iluminación proveniente desde su lámpara y desde el exterior lo confirmaba.
Se acercó un poco más y pudo ver más claramente que algo se movía en el medio de la cama. Su curiosidad y preocupación se hicieron evidentes. Temía que algún animal se hubiera colado bajo la frazada y le estuviera haciendo algún daño. El movimiento era rápido y frenético, cosa que solo aumentó su preocupación. A pesar de todo, el conejo no parecía inmutarse sobre lo que estuviera pasando en su cama.
La chica se armó de valor y poco a poco destapó a su hermano. En un principio le costó creer lo que estaba presenciando. Yang se estaba masturbando frente a ella. Su mano agitándose rápidamente era el movimiento que había captado. El chico parecía no darse cuenta. Yin quedó congelada frente a esta escena. No podía gritar. No podía huir.
De pronto Yang comenzó a ser atrapado por el placer involuntario. Su pene ya se notaba bastante erecto, mostrando un largo que Yin no imaginaba que tenía. Los suaves gemidos comenzaron a rellenar el silencio. A cada segundo que pasaba, a Yin le era más difícil alejarse. Internamente su ética y deseo de hacer lo correcto lidiaba contra su propio morbo de seguir mirando.
-Yin.
La coneja pudo oír su nombre deslizarse de la boca de su hermano entre sus gemidos que se hacían cada vez más agitados. El miedo estrujó el corazón de la chica, quedando helada y paralizada. Su nombre fue oído una y otra vez desde la boca de su hermano mientras se dejaba llevar por el placer.
El miedo finalmente le dio el golpe energético para la huida. Yin no esperó a presenciar el final. Soltó la frazada, dejando al conejo destapado. Atravesó la habitación y se parapetó en su cama. Se cubrió con sus propias frazadas y ocultó su cabeza bajo la almohada mientras apagaba la luz.
Quería olvidar lo que acababa de ver. Quería borrarlo de su memoria. Será una mancha que la marcará de por vida.
