Viñeta 1: Diente de León.

Estaba aprendiendo rápido. Más de lo que había pensado.

Cuando heredó la florería por la desafortunada y triste muerte de su madre, él era un simple y mal encarado empleado de gobierno más en Coruscant que terminó renunciando a su trabajo de años para volver a su pueblo natal.

El dolor de su pérdida lo había movido a acudir al local al que ella le había dedicado cuerpo y alma, con la idea de cerrarlo y confinar ahí su dolor. Sin embargo, encontrarse rodeado de los diferentes tipos de flores, aunque ya marchitas, tijeras podadoras, de tarjetas para dedicatorias, y listones hizo que sintiera a su madre y que naciera un deseo que jamás pensó.

Por las charlas que llegó a tener con ella por teléfono, supo que había alguien que le ayudaba. Una mujer llamada, curiosamente Rose a quien Mara le llamaba de cariño "la señora de las flores" en una broma al parecer bastante personal.

Meditó su decisión lo más que pudo. Pues aquello representaba un giro total en su vida. No era bueno para tratar a la gente, era mal humorado, le gustaba dar órdenes a diestra y siniestra y que todo se hiciese como él indicaba al pie de la letra sin errores. Pero eso estaba por acabarse.

Heredar la florería de Arkanis, implicaba tener trato directo con todos en aquel pueblo. Sonreír, ser amable, operar detrás de un mostrador, y sobretodo SABER de flores, si necesitaban luz, sombra, mucha o poca agua, de tipos de tierra, de tijeras podadoras, de adornos, de cuidados específicos, de plantación...

El pelirrojo lo pensó a conciencia.

Como su madre le llegó a describir en un par de ocasiones la casita de aquella amiga que tenía, Armitage no tardó en localizar la vivienda y hacer una visita esperando que la señora le ayudase quizás dándole libros o información acerca de flores y plantas, pues según las palabras de su mamá, era toda una experta, casi llegando a su nivel.

Al principio pensó que podría solo, pero pronto se dio cuenta que iba a ser un problema que se convirtiera en el dependiente de aquella florería teniendo nulos conocimientos del tema. La carrera de contaduría y sus dos maestrías ayudarían a la administración, pero no habría nada que administrar si se le marchitaban los ramilletes.

Abrió la caja registradora y colocó el cambio en monedas para la jornada del día. Sin que Rose se percatara, la miró en silencio mientras ella estaba enfrascada tarareando una canción al mismo tiempo en que preparaba el arreglo floral del día que iría en el escaparate que daba a la calle.

Rose Tico había resultado ser una señorita y no la viejecita que creyó. Desempleada por el momento, él la había contratado por tres meses para que trabajara como su asistente en la florería –lo cual no había resultado de esa forma, porque más bien ella parecía más la dueña y él su empleado-.

Tenía ya dos meses y medio con él, siendo su capacitadora. Combinados sus conocimientos en cuanto a la florería y las habilidades matemáticas que él poseía, habían logrado poner en marcha el negocio de nuevo, pese a que había cerrado varias semenas después de que Mara falleció.

En un principio habían chocado porque ella era tan mandona como él, pero pronto cuando comenzaron a hablar y dejar el recelo inicial, todo fluyó.

La convivencia, poco a poco los estaba convirtiendo en muy buenos amigos, pese a que él era muy malo para hablar y no proyectar un tono y un semblante serio. Rose era la que casi siempre atendía a los clientes, pues la sonrisa y la amabilidad le salían naturales.

Estaba aprendiendo mucho de ella… no sólo de las flores, sino de muchos aspectos más, pero había un problema.

La campanilla de la puerta sonó sobresaltando rápidamente a ambos.

Rose fue la primera en saludar al cliente. Un joven alto, delgado y con cara asustada como si alguien le hubiera intimidado antes de entrar, caminó lentamente hacia los dos.

— ¡Hola, Mitaka! —saludó ella efusiva, logrando asustar un poco más al pobre hombre.

— Y-Yo… necesito… quiero un arreglo para Phas… —balbuceó.

Armitage no pudo evitar sonreír. Un arreglo para la alta rubia. La conocía pues pasaba frente a la florería y los saludaba de vez en cuando. Ahora entendía por qué aquel sujeto había entrado con esa cara. Estaba enamorado y de esa mujer en particular.

— ¿Tienes algún motivo en mente? —le preguntó. Rose solía hacer esa pregunta cuando los clientes acudían a la florería. Ella decía que todas las flores tenían un lenguaje que apoyaba una intención. Así que los asesoraba de esa forma.

Sólo tenían que saber lo que querían decir y ella se encargaría de ofrecer lo que necesitaban exactamente.

Su empleada le había dejado la tarea de hacer tarjeteros con las descripciones de cada una de las flores que tenían ahí, donde él colocaba el significado de la flor protagonista del arreglo del día y a decir verdad, esa había sido una excelente estrategia y herramienta de estudio, pues ya se había grabado muchos nombres. Ya era capaz de distinguir entre margaritas y flores nube. Peonias y rosas salvajes. Y así se enteró que los lirios no eran precisamente los que crecían en los lagos, sino que esos eran una subespecie de lirios acuáticos.

Mitaka pareció vacilar y después dijo:

— ¿Pueden guardar un secreto?

Rose abrió la boca, pero fue el dueño, en un impulso por querer tranquilizar al joven, quién habló.

— Todo lo que nos cuentes se quedará dentro de la florería. Puedes confiar en Rose y en mí. Te doy mi palabra.

Rose volteó enseguida hacia él y le regaló una gran sonrisa y un asentimiento. Mitaka soltó el aire y relajó un poquito su postura.

— Quiero que sepa que la quiero, aunque ya lo sospecha… pero quiero que sepa que mis sentimientos son reales pues ella tiene cierto temor. Verán, su novio anterior le rompió el corazón yéndose con alguien más y, quiero que sepa que no será así conmigo.

— Tengo un ramo perfecto para esto. Te lo armaré. La flor protagonista será el Diente de León.

— ¿El diente de León? Pero eso va a volarse ¿no? —Rose rio bajito ante el comentario.

— Bueno, eso será hasta que la flor se convierta en semillitas, pero tarda algunos días. Puedes decirle a Phasma que cuando eso suceda, cierre los ojos y pida un deseo antes de soplar —le guiñó el ojo y Mitaka pareció emocionado ante la explicación—. Muchos la consideran maleza, pero es mágica. Armitage, dile a Doph lo que significa.

El pelirrojo asintió.

— Regreso, cariño, deseo y fidelidad —dijo él, haciendo énfasis en cada una de las palabras, logrando que Mitaka sonriera.

— Es perfecto. Gracias —dijo, ofreciéndole una mano, misma que Armie estrechó satisfecho. Era extraño hacer un cambio de humor en una persona, con el significado de una flor amarilla y la promesa de que funcionaría para lograr su objetivo. Era extraño, pero se sentía bien.

— Todo es gracias a Rose —concedió el pelirrojo. La aludida se volteó a verlo por segunda vez y él notó el rubor en sus mejillas—. Ella sabe mucho…

— Pues son una gran pareja —soltó Mitaka. Ninguno supo si lo decía por la dupla que hacían en el local o porque creía que eran novios, pero nadie se molestó en hacer alguna aclaración.

El ramo fue entregado por ella y él cobró, minutos después.

— Cada vez te cuesta menos —comentó Rose, mientras admiraba las orquídeas en macetas que habían plantado juntos.

— Tengo una buena maestra.

— Bueno, eso es verdad.

Ambos rieron ante el comentario.

Armitage se sentó sobre el banquito detrás del mostrador, tomó la pequeña libretita donde solía hacer notas y mientras volvía a mirar a Rose a escondidas, retomó su actividad diaria.

Regresar a casa.

Desbordar el cariño a mares por ella.

El deseo de decírselo.

Las ganas de mostrar la fidelidad de los sentimientos…

Dentro de este jardín, Rose es mi diente de león.