La princesa de Arendelle se encontraba en su habitación, tarde por la noche, y ya acostada en su cama se levantó el camisón que usaba para dormir y deslizó su mano por debajo de su ropa interior. Sintió su sexo ya húmedo y caliente al momento de introducir sus dedos en él y soltó un suave gemido. Con el paso de los días había ido perdiendo la culpabilidad que le generaba hacer eso así que pronto se quitó sus bragas, las arrojó sin fijarse a dónde y abrió sus piernas como si estuviera dándole la bienvenida a otra persona a su femineidad. Pero eso no iba a pasar, desgraciadamente. Estaba sola y la mujer cuya lengua hubiera querido recibir ahí estaba en otra habitación, del otro lado del pasillo. Lo único que tenía a su disposición eran sus dedos y su imaginación.

En sus fantasías, era Elsa quien penetraba su cuerpo con sus finos dedos mientras la besaba apasionadamente, con lengua de por medio. En la realidad, Anna misma se daba placer con sus dedos medio y anular mientras acariciaba su clítoris con el pulgar. Las sensaciones que emanaban de su zona íntima iban en aumento así como los fluidos que ya comenzaban a mojar la sábana.

Pronto estuvo tan excitada que también se quitó su camisón y dejó al descubierto sus blancos y pecosos senos. Sus pezones estaban erectos e invitaban a ser succionados pero como la rubia no estaba cerca para hacerlo, Anna se puso a juguetear con ellos usando su otra mano. Los presionaba y los pellizcaba al mismo tiempo que subía la intensidad con que se masturbaba.

Estaba llegando al punto, le faltaba poco para que su sexo explotara y le estaba costando mucho trabajo contener sus gemidos; no quería que nadie escuchara lo que hacía, después de todo Elsa no estaba tan lejos. Pero para su desgracia, no estaba teniendo mucho éxito. Si contenía los gemidos, le faltaba la respiración así que de vez en cuando alguno se escuchaba más fuerte.

Y entonces, llegó. Anna sintió llegar el orgasmo con toda su fuerza, se arqueó su espalda, de su sexo salieron disparados chorros de un fluido blanquecino que mojaron la sábana mientras sentía que un montón de dominós eléctricos se caían en fila a lo largo de todo su cuerpo, los dedos de sus pies se curvearon como queriendo hacer un puño y, finalmente:

―¡Oh, Elsaaaaa!

Anna ni siquiera pudo terminar de disfrutar su orgasmo. Este no había pasado cuando ella, la excitación sustituida de golpe por el terror, se llevó las manos a la boca para tapársela; de ese modo bobo en el que creemos que por hacer eso ya nadie va a escuchar lo que dijimos.

«Que no haya escuchado, que no haya escuchado, que no haya escuchado…», pensaba Anna mientras se levantaba de la cama e iba a recoger su ropa. «Tranquila, seguro está dormida. Ya es tarde», pensó para tranquilizarse.

Anna se puso unas bragas limpias que sacó de un cajón y las que había arrojado las pateó hacia debajo de la cama, luego se puso el camisón que estaba en el suelo. Se vistió temerosa de que alguien llamara a la puerta y la encontrara indispuesta. Luego, se acercó a la puerta y pegó su oreja a esta, intentando percibir algún ruido de fuera pero ninguna llegaba. La chica no se tranquilizó, aun así.

Abrió la puerta intentando hacer el menor ruido posible y echó un vistazo afuera. El pasillo estaba desierto por lo que la luz de la luna entrando por la venta le permitía ver. Al fondo del pasillo pudo ver la puerta que daba a la habitación de su hermana; estaba cerrada y no había señales de movimiento ni dentro ni fuera de aquella habitación.

Anna entonces entró de nuevo a su habitación y cerró la puerta tras ella. Se dejó caer deslizándose contra la puerta hasta que quedó sentada en el suelo con un rostro que dejaba ver que había conflicto en ella.

«¿Por qué?», pensó mientras contenía unas lágrimas que querían salir. «¿Por qué tuve que enamorarme de ella? Eso está mal, ella es mi hermana».

Anna se preguntaba constantemente si su hermana albergaba un sentimiento similar dentro de ella pero no tardaba en decirse a sí misma que tenía que sacar esas ideas de su cabeza, que Elsa no era una chica enferma que se enamoraba de su hermana. Cierto, la reina era siempre muy dulce, considerada y atenta con ella pero eso era porque Elsa era sí y era obvio que debía serlo aún más con su hermana.

Pero un día, mientras estaban sentadas en la misma cama en la habitación de la pelirroja, conversando sobre sus días, Elsa tomó su mano de una forma que la hizo sentir muy especial. Elsa pasó su mano por el dorso de la de Anna y luego la envolvió completamente; a continuación apoyó su cabeza sobre el hombro de la pelirroja. No dijo nada pero pudo sentir que había algo. Cuando Elsa levantó por fin la cabeza y miró a Anna, esta se inclinó un poco hacia ella, muy poco, apenas perceptible, como para besarla pero se detuvo de inmediato al ver que Elsa no se movía.

Anna podría jurar que en el rostro de Elsa había asombro ante lo que Anna había estado a punto de hacer pero que su hermana lo estaba ocultando. «Por supuesto que notó que querías besarla, tonta», pensaba Anna. «Seguro piensa que eres una aberración y sólo finge que no lo notó».

La rubia se despidió de su hermana y salió del cuarto, dejando a Anna golpeándose levemente la cabeza en señal de frustración y arrepentimiento mientras se llamaba tonta varias veces y se preguntaba por qué había hecho eso. Elsa no había querido volver a tomarla de la mano desde entonces y Anna juraba que ahora Elsa guardaba más distancia cuando conversaban al final del día. Hacía un par de semanas de eso.

De vuelta en el presente, a Anna se le escapó un sollozo. Hundió su rostro entre sus rodillas y cedió ante las lágrimas. Lloró lo más en silencio que pudo hasta que se quedó dormida en el suelo.


El sol ya había salido y llenaba de luz todo el reino. Por donde sea que hubiese hielo y nieve, se producían unos destellos plateados que hacían ver a Arendelle aún más hermoso si eso era posible. Las calles ya estaban llenas de personas ocupadas en sus tareas, manteniendo a Arendelle en la prosperidad, y en el castillo no era diferente pues la reina estaba ya ocupada en asuntos concernientes al comercio de su reino con otros del continente aunque no había desayunado aún.

―No podemos aceptar ese trato ―dijo Elsa mientras caminaba por uno de los pasillo bien iluminados gracias a las enormes ventanas, flanqueada por su asistente-. Nuestra lana es de mucha mayor calidad y no tiene ningún sentido importarla. Diles que replanteen su propuesta.

―Como usted ordene, majestad ―dijo Astrid, una mujer rubia de poco más de cuarenta años que ya trabajaba ahí desde tiempos de Iduna.

―¿Ya está lista la mesa?

―Ya lo está, puede ir ahora mismo si lo desea. La princesa ya fue notificada.

―Perfecto. Muchas gracias, Astrid.

Elsa siempre desayunaba con Anna si no tenía ningún compromiso que lo impidiera y en ese momento se pudo en camino hacia el comedor. La reina llevaba un largo vestido verde con motivos florales y con un escote que mostraba al mundo los hermosos senos que tenía; su cabello iba peinado en trenza.

Al llegar, ocupó su lugar a la cabeza de la mesa y ordenó que se le sirviera tan pronto como entrara la princesa. El comedor era un cuarto muy amplio con grandes ventanas en la pared a la izquierda de la reina que dejaban ver buena parte del reino. Había varios cuadros y floreros caros adornando la habitación pero para Elsa el lugar se volvía verdaderamente hermoso cuando su hermana entraba.

Y no tuvo que esperar demasiado pues la pelirroja entró apenas un minuto después. No fue anunciada pues a ellas no les gustaban esas formalidades innecesarias. La chica llevaba el típico bunad, un vestido negro largo con tirantes sobre una blusa blanca de manga larga y que era ceñido con unos cordones alrededor del talle. Ella usaba dos trenzas.

La chica avanzó desde la puerta hasta su lugar en la silla más cercana a Elsa de la parte derecha de la mesa. Parecía estar avergonzada o molesta por algo pues no miró a su hermana a los ojos al entrar y saludar. Aun así, a la princesa no se le escapó la forma en la que iba vestida su hermana y luchó consigo misma para no echar un vistazo hacia esos senos con los que ya había fantaseado varias veces.

―¿Hay algo mal, Anna? ―preguntó Elsa luego de un rato en el que, después de ser servidas, Anna comió sin hacer plática y sólo respondiendo con monosílabos a las preguntas de su hermana.

―No, para nada ―respondió Anna sin levantar la mirada de su plato―. ¿Por qué preguntas?

―Bueno, pues es obvio que hoy no estás muy animada. Me pregunto si esto tiene que ver con Kristoff.

Anna había terminado su relación con Kristoff hacía un par de meses. Esto sorprendió a todo mundo pues la pareja siempre había dado la imagen de ser muy feliz pero Anna tuvo que ser sincera consigo misma y justa con Kristoff: ella no lo amaba, amaba a otra persona. El chico se sintió dolido cuando Anna le confesó la verdad, excepto por la parte sobre estar enamorada de su propia hermana, pero entendió que si Anna no lo amaba de verdad no había nada que pudiera hacer y él quería que ella fuera feliz. Aun así, la relación entre Kristoff y Anna quedó en buenos términos. No había rencores ni malos pensamientos. También Elsa había sido clara con el joven de que ella seguía siendo su amiga, aun si ya no se verían con frecuencia, y que podía seguir contando con ella. Olaf, quien prefería un ambiente más frío, se fue a vivir con Kristoff pero procuraba visitar a las hermanas con regularidad.

―No, para nada ―se apresuró a decir Anna―. Ya lo superé. Él es una gran persona y, la verdad, cualquier chica que se case con él será muy afortunada pero esa chica no seré yo. No puedes forzar el amor, ¿o sí?

Anna por fin se atrevió a mirar a su hermana aunque evitó sus ojos. Se sentía muy avergonzada y culpable por lo que había ocurrido el día anterior, aun si la reina no aparentaba saber nada al respecto. Pero se dijo a sí misma que tenía que cambiar su actitud pues sí era muy obvio que no estaba en su ánimo habitual.

―No, claro que no puedes forzar el amor. Y ya que tocas ese tema, quería decirte que estés lista esta noche para recibir a unos invitados que tendremos.

―¿Invitados? ―preguntó Anna con cara de sorpresa―. ¿Quiénes? ¿Por qué?

―Son unas personas importantes del reino de Trondheim, entre ellas algunos aristócratas y empresarios. Pero lo más importante es que viene el príncipe Magnus.

Elsa hizo una pausa como esperando a que su hermana hiciera alguna pregunta, sobre todo sobre el príncipe. Mientras tanto, Elsa dio otra mordida a su pan con salmón y queso.

―¿Y qué quieren?

Objetivo alcanzado. Elsa se tomó su tiempo masticando y cuando por fin estuvo lista, habló:

―Pues vienen a celebrar el éxito de nuestros negocios juntos, el acuerdo de algunos nuevos tratados y… probablemente el príncipe me propondrá matrimonio.

Anna no había probado bocado luego de hacer su pregunta pero si lo hubiera hecho en ese momento estaría atragantándose de la sorpresa que se llevó. En su lugar sintió como si de pronto alguien le hubiera succionado todo lo que tenía dentro y hubiera dejado un vacío en su abdomen. Abrió los ojos como platos y protestó.

―¿Cómo que matrimonio? ¿Y cómo sabes que lo hará? ¿Y por qué no me habías dicho nada?

―Tranquila. No es como si a mí me hiciera mucha ilusión. Creo que lo hará porque es un tipo muy predecible. Hemos estado intercambiando cartas por semanas y no es muy sutil con lo que me escribe. Me dice cosas como que Arendelle tiene suerte de tener a la mujer más bella del mundo como su reina; que a pesar de que no me ha visto, ha escuchado maravillas sobre mi belleza; y que como es el mayor de sus hermanos, él será quien herede todo el reino y que lo pondrá todo a mi disposición. Ridículo y desesperado si quieres mi opinión pero fuera de la boba coquetería, me ha caído bien, es un hombre inteligente e interesante por lo que su escritura deja ver. Además, me hizo pensar en que tengo que poner manos a la obra si quiero darle un heredero a este reino. No digo que vaya a aceptarlo de inmediato pero como no he conocido a nadie que me interese y el tiempo apremia, tengo que considerarlo.

»No te había dicho nada porque no me pareció importante. Las cartas me las entregaban entre otros documentos, las leía, escribía una respuesta y luego las olvidaba. Incluso acepté cuando me dijeron que querían hacernos una visita sin pensarlo mucho y luego me olvidé de ello. Sólo hasta que Astrid me hizo preguntas sobre la comida que les daríamos o las habitaciones que ocuparían fue que recordé.

Anna escuchaba sintiéndose terrible. Sentía que su mundo se venía abajo. No le importaba que su amor por Elsa estuviera prohibido, a ella le gustaba creer que era suya. A esto contribuía positivamente el hecho de que Elsa jamás había mostrado interés romántico por ninguna persona y que nunca mencionaba la palabra matrimonio. Así, aun si no era suya, al menos no era de nadie más.

Sin embargo, la noticia repentina de que Elsa estaba, en secreto, considerando la idea de casarse había sido un duro golpe en su corazón. No quería ver a Elsa jamás en el altar, no quería verla tomada de la mano con nadie ni recibir besos de nadie. ¡Y la idea de que compartiera la cama con alguien más era como una puñalada fatal!

―¡Pero es algo muy importante! ¡Tenías que decirme! ¿Cómo que lo olvidaste?

―Pues así pasó. Además, aun si no lo hubiera olvidado, no es algo que esté decidido definitivamente.

Anna se quedó mirando nuevamente su plato sintiendo cómo luchaban dentro de sí el enojo y la tristeza por ser el sentimiento dominante.

―Por favor está lista para antes de las seis ―ordenó Elsa―. Se les ofrecerá una cena y necesito que estés presente.

Anna se levantó de golpe sin terminar su desayuno y comenzó a caminar hacia la puerta. Elsa se quedó callada mientras la veía alejarse. La rubia tenía una leve, casi imperceptible, sonrisa en el rostro pero esta desapareció cuando Anna de pronto se detuvo antes de cruzar la puerta y se giró para ver a su hermana. Si la vista no engañaba a Elsa, había un par de lágrimas en los ojos de la pelirroja que estaban a nada de rodar por sus mejillas.

―¡¿Y toda esa basura sobre no poder casarse con un hombre que apenas se conoce aplicaba sólo a mí?! ―gritó la princesa―. ¡¿Tú sí puedes hacerlo?! ¡¿Y si resulta como Hans?!

―Anna, por favor, tranquilízate.

―¡No, Elsa! ¡Esto no es tan fácil! ¡Puede ser una persona mala con intenciones aún peores para Arendelle y tú sólo piensas en que tienes que comenzar a traer hijos al mundo!

―Esa es la vida de una reina. ―Elsa se levantó y caminó hacia su hermana―. Lo que te dije aquella vez era cierto y lo sigue siendo pero para mí sí es diferente. Yo no puedo detenerme a ver por mí, sino por el reino que me fue encargado.

Elsa llegó hasta donde estaba Anna e intentó tomar sus manos en las suyas pero la pelirroja lo impidió dando un paso hacia atrás. Aunque por fuera parecía que Anna quería estar lejos de su hermana, en el fondo lo que más deseaba era gritarle que la amaba y arrojarse a sus brazos, besar esos rojos labios y no dejarla ir jamás. Anna tuvo que ser fuerte para no hacer lo que a todas luces parecía una tremenda estupidez.

En su lugar, trató de calmarse y ceder un poco.

―No te preocupes, Elsa. Estaré lista para recibir a tus invitados y pondré buena cara pero eso no significa que deje de estar decepcionada de ti.

Acto seguido, Anna por fin terminó de cruzar la puerta del comedor y se fue a su habitación.

Elsa pensó que la reacción de Anna era exagerada y quiso creer que había algo más detrás de esta. De verdad quería que hubiera algo detrás.


Anna cumplió con sus deberes de manera mecánica y desprovista de toda la alegría que irradiaba allá por donde ella pasaba. Normalmente ella se encargaba de asuntos menores que no requerían que Elsa revisara o aprobara. Cuando llegó la hora de la comida, Anna ordenó que le sirvieran en su habitación en lugar de ir a la mesa con Elsa como normalmente hacía e inmediatamente después volvió a sus asuntos.

Una vez terminados todos los pendientes del día, la princesa regresó a su habitación; eran apenas las cinco.

Anna seguía molesta y triste por lo que Elsa le había dicho y lo menos que quería hacer en ese momento era vestirse para recibir a un desconocido que probablemente le quitaría a la rubia así que se tumbó sobre su cama, boca abajo, y se quedó así un rato. La cara contra el cobertor ahogaba los sollozos que su llanto producía.

«¿Por qué no pudimos ser simplemente chicas del pueblo?», se decía Anna en su mente. «No quiero que Elsa se case, quiero que estemos siempre juntas».

Anna se quedó en esa posición por varios minutos, llorando y lamentándose de su suerte hasta que escuchó que llamaban a su puerta. Habiendo ya dejado salir todo el llanto que tenía que salir en ese momento, se levantó, tomó aire, se restregó los ojos y la nariz con las manos de esa forma en la que las personas creen que borran toda huella de llanto y habló:

―¿Sí? ¿Quién es?

―Soy Astrid, su alteza. Traigo su vestido para hoy.

―Pasa.

Astrid notó que Anna había estado llorando pero actuó como si no hubiera visto nada. La princesa dijo que no necesitaba ayuda así que Astrid sólo dejó el vestido cuidadosamente sobre la cama y de fue.

Anna, muy a su pesar, se puso el vestido. Este era un vestido gris tormenta con de gasa con encaje en el escote y con cascada de volantes. El cabello fue recogido sin broche y se puso unos discretos aretes de plata.

La princesa se quedó un rato parada frente a su espejo de cuerpo completo contemplando su reflejo e imaginando que había una mujer rubia muy elegante a su lado, tomando su mano, en una cena importante. De pronto, la mujer se inclina hacia Anna y le planta un beso en la mejilla, reservando besos más atrevidos y apasionados para cuando estuvieran en intimidad.

Pero era todo un sueño inalcanzable, la realidad era que tenía que bajar a las puertas del castillo para recibir a los invitados. Su fantasía se rompió y salió de la habitación para ir a encontrarse con Elsa, quien ya estaba en la escalinata esperando a que los visitantes fueran anunciados.

La reina llevaba el vestido verde y negro con capa morada que requería para asuntos formales. Su cabello iba recogido y tenía puesta su corona.

―Te ves muy linda ―dijo Elsa una vez que la princesa se puso a su derecha al final de la escalinata.

―Gracias. Tú también ―respondió Anna sin ninguna pizca de afecto en su voz.

Si no iba a poder ser su relación, Anna prefería no alentar nada. Tendría que aprender a no dejar salir sus sentimientos cuando estuviera cerca de la mujer que tenía a la izquierda.

―Me da gusto que aceptaras acompañarme en esto ―dijo Elsa sin prestar dar mucha importancia a la frialdad que ahora mostraba Anna.

―No es como si tuviera opción, ¿o sí? Estoy atada a lo que diga el protocolo, así como tú.

―Anna, por favor no empieces. Compórtate cuando entren los invitados.

―No te preocupes. Te dije que pondría buena cara.

La incómoda conversación fue interrumpida por Kai, quien entró por la amplia puerta principal y anunció a los visitantes de Trondheim.

Entró el príncipe Magnus, un hombre rubio de cabello ondulado peinado hacia atrás para dejar libre su amplia frente y mandíbula cuadrada. Iba vestido de forma parecida a la de Hans, lo que hizo que Anna lo odiara más, pero su saco era rojo, su camisa blanca, y el pantalón negro. El tipo caminaba bien erguido y con paso seguro. Detrás de él iba su comitiva, compuesta de algunos aristócratas que siempre andan cerca de la realeza buscando sus favores pero que por lo demás son inútiles y un par de oficiales del castillo dedicados al comercio y las finanzas.

―Buenas noches tenga usted, majestad Elsa y usted, su alteza Anna ―dijo el tipo cuando estuvo frente a las hermanas e hizo una reverencia e intentando impresionar con su encantadora sonrisa de dientes más blancos que la nieve―. Soy el príncipe Magnus de Trondheim.

―Bienvenido, príncipe ―dijo Elsa―. Me da mucho gusto recibirlo a usted y a sus acompañantes. Espero que encuentren su estancia en Arendelle placentera.

―Estoy seguro de que así será. Y permítame ofrecer una disculpa en nombre de mi padre, el rey, quien no pudo acompañarme pero, si usted desea devolver la visita, estará a su completa disposición.

Elsa y Magnus siguieron intercambiando formalidades que aburrieron y fastidiaron a Anna. No tardó mucho el príncipe en comenzar a adular a Elsa sobre su belleza, lo que hizo que Anna le dedicara una mirada que parecía querer matar. El deseo de matar con la mirada se intensificó cuando Elsa respondió a estos comentarios con unas risitas coquetas y tocando al príncipe en el hombro, saliéndose completamente del protocolo.

Elsa pidió a los sirvientes que guiaran a los visitantes a sus habitaciones para que se refrescaran y que luego los llevaran al comedor para la cena.

Una vez solas, Elsa y Anna comenzaron a caminar hacia el comedor.

―Es un chico muy simpático, ¿no? ―dijo Elsa mientras se quitaba la capa para dejarla en manos del primer sirviente que viera.

―Si por simpático entiendes petulante y lisonjero, estoy de acuerdo.

―Oh, vamos, Anna. Dale una oportunidad.

―¿Y qué pasa contigo? ―preguntó Anna casi sin dejar acabar a Elsa su oración.

―¿A qué te refieres?

―¿Qué fueron esas risitas de niña tonta? Y eso de tocarlo, estuvo de más. Bastante de más.

―Yo sólo intentaba ser amable. A veces una reina debe quedar bien con los otros para que todo salga bien.

―Ah, claro, se me olvidaba que ahora toda tu persona es nula y que te convertiste en un montón de reglas y protocolos andante.

―Si tanto te molesta, no lo haré. ―Elsa no tenía la menor intención de cumplir su palabra.

No pasó mucho tiempo antes de que todos estuvieran sentados a la mesa. Elsa estaba a la cabeza y a su derecha tenía a Magnus mientras que a su izquierda tenía a Anna. En los puestos que seguían se acomodaron todos los demás.

Los sirvientes se encargaron a continuación de que cada persona tuviera sus alimentos, empezando por las entradas. La reina se levantó.

―Es un honor para todos en mi reino el que hayamos llegado al mejor acuerdo de la historia, que hará prosperar a ambos reino aún más. Que este sea el inicio de una larga y fructífera relación.

A continuación, los presentes aplaudieron brevemente y la reina se sentó. Nadie tocó su comida hasta que vieron a Elsa hacerlo primero.

Durante el trascurso de la cena, Elsa no hizo otra cosa más que conversar con el príncipe. Las personas que estaban cerca de Anna intentaron hacer conversación con ella pero la joven respondía brevemente a lo que se le preguntaba y luego seguía poniendo atención a su hermana y al príncipe; pronto los intentos de conversación cesaron.

Por lo que Anna escuchaba, sin mirar directamente a ninguno de los dos, sólo conversaban cosas sin sentido, para nada interesantes para una persona tan inteligente e instruida como Elsa. De verdad no podía Anna comprender cómo la reina soportaba escuchar al tipo ese vanagloriarse cada dos oraciones acerca de cosas tan superfluas. Sin embargo, ahí estaba otra vez la risa boba. Además, ahora cada cierto tiempo Elsa le tocaba el brazo al tipo y se acercaba un poco al hablarle. A veces ese mechón de cabello que se escaba del peinado era enredado en el dedo de la reina insistentemente, sin dejar de ver al príncipe a los ojos.

Toda la cena fue una verdadera tortura para la princesa. Varias veces tuvo que hacer un gran esfuerzo para no levantarse y correr, no a su habitación, sino lejos del castillo y de Arendelle, donde no tuviera que ver a la persona que amaba coquetearle a un imbécil.

Luego del postre, todos los invitados se retiraron a descansar a las habitaciones que se les habían asignado y cuando estuvieron solas las chicas, Anna se levantó también y se alejó sin mirar ni despedirse de Elsa.

Se encerró en su habitación y se sacó el vestido para luego meterse en su pijama. Cuando iba a acostarse, escuchó que llamaban en la puerta.

―Anna ―dijo Elsa sin esperar que preguntara quién era―, ¿puedo pasar? Quiero hablar contigo.

Unos segundos pasaron sin respuesta y sin que se escuchara ningún ruido hasta que de pronto la puerta se abrió, y Anna la invitó a pasar. Ambas se quedaron paradas en medio de la habitación. La luz de la lámpara de gas era lo único que iluminaba el cuarto pues las cortinas estaban echadas.

―Anna, por favor, sé sincera. ¿Por qué te molesta todo esto? Me parece que estás exagerando.

―Ya te lo dije. ―Anna se sentó en su cama―. Estás cometiendo un error. No puedes casarte con un hombre que acabas de conocer.

―Y yo ya te expliqué por qué lo hago, por qué tenemos que hacer una excepción en mi caso. Tengo que casarme, eso es algo de lo que no puedo escapar.

―¿Pero por qué no puedes esperar? A alguien podrás conocer por ahí y tomarte tu tiempo para saber si es realmente la persona que amas. Mira lo que me pasó a mí.

―Entiende que mi situación es diferente. ¿A quién voy a conocer aquí? Tengo que abrirme y aceptar las buenas oportunidades cuando se presentan.

―Pero tú no lo amas ―dijo Anna en un tono casi suplicante―. Y él no te ama a ti, te lo puedo asegurar.

―No es que yo me esté haciendo ilusiones sobre eso, de todos modos. Sé que él lo hace sólo por tener dos reinos poderosos a su cargo, con todos los beneficios que eso conlleva. Él también está haciendo lo que debe.

Elsa se sentó al lado de Anna y como vio que esta no la rechazaba, a continuación probó a tomar su mano. Éxito.

―Anna, yo te amo más que a cualquier persona en el mundo. No hay nadie más importante para mí que tú. No puedo hacer nada si sé que eso te hace infeliz pero esto es algo que me supera. Es el lado feo de ser de la realeza. Tú eres libre de elegir a quién amar pero yo no.

―No, no lo soy.

―¿Qué quieres decir?

―Que no soy libre de amar. ―Anna se soltó de la mano de Elsa y se levantó, nerviosa―. No… Elsa… lo que pasa es que… yo…

―Adelante, puedes decirme lo que sea. ―También Elsa se levantó―. Y me refiero a lo que sea, de verdad.

Anna soltó un suspiró.

―No. Hay cosas que no se pueden decir.

Elsa quiso insistir pero Anna siguió hablando.

―Supongo que así como tú estás siendo fuerte y abnegada por el reino, yo debo serlo por ti. Aun si no me agrada nada de esto, haré un esfuerzo por aceptarlo. Mañana bajaré también a la fiesta y haré bien mi papel. Después de todo, eso es lo único que podemos hacer.

Elsa abrazó a su hermana tan fuerte que parecía que quería fundirse en ella; Anna correspondió.

Luego de desearse buenas noches se separaron. Anna se sentó en su cama y Elsa caminó hacia la puerta. Antes de cruzarla y dejar sola a la princesa, se volteó y dijo:

―Te amo, Anna. Siempre serás tú mi verdadero amor, no importa qué papel tenga que interpretar yo.

―También te amo, Elsa. Como no puedes imaginar.

Ambas chicas se dedicaron miradas de afecto y leves sonrisas. Luego, Elsa se fue y cerró la puerta tras de sí.

Anna anhelaba con toda su alma que las palabras de Elsa significaran algo más. Pero no, no podía ser. No quedaba más que ser fuerte y aceptar todo lo que le estaba pasando.

Luego de ir a asegurar la puerta, Anna apagó la lámpara y se acostó. Le tomó un buen rato quedarse dormida.


Al día siguiente, Elsa y Magnus se fueron a cabalgar por el reino. Pensaban pasar juntos todo el día mientras que los invitados tenían a su disposición todo lo que había en el castillo. El personal del castillo tenía órdenes de atender y entretener en todo momento a los invitados. Por la noche, habría una fiesta más allá de la cena.

Anna, en cambio, no se la pasó tan bien pues tuvo que tomar el rol de Elsa en los asuntos del día. Hizo de tripas corazón y mantuvo a raya sus sentimientos para enfocarse en hacer todo de la mejor manera posible, teniendo en mente satisfacer a su hermana con el trabajo bien hecho.

Sin embargo, en algún punto de la tarde, antes de terminar el trabajo, mientras Anna estaba en la oficina de su hermana, se rompió de nuevo y comenzó a llorar. Y al igual que el día anterior, Astrid la encontró indispuesta cuando entró en la oficina para ver si se le ofrecía algo. También esta vez Anna hizo un burdo intento por evitar que la asistente no notara que había llorado.

Pero a diferencia de la vez anterior, Astrid no fingió no haber notado nada y en su lugar habló:

―¿Hay algo que esté molestando a su alteza? ¿Puedo ayudar en algo?

―No, no te preocupes, Astrid ―dijo Anna sin levantar el rostro―. Todo está bien. Ya casi termino esto y podrás llevarlo a donde corresponde.

Astrid, habiendo vivido ahí desde que las chicas habían nacido, y habiéndolas cuidado y atendido toda su vida, les tenía un cariño enorme. Aun si no había dicho nada, ella no quería que la reina se casara con ese tipo. A ella le parecía que las jóvenes estaban mejor solas.

―Si me permite el atrevimiento, alteza, si usted no está de acuerdo con el posible matrimonio del que todo mundo habla, debería actuar lo antes posible y hacérselo saber a la reina.

Anna se sorprendió por lo que Astrid le decía pero no se molestó; Elsa y Anna también querían mucho a la mujer y las palabras de ella eran siempre tomadas en cuenta.

―Ya se lo he dicho, Astrid. Ayer le expresé mi desagrado tres veces pero no importa lo que le diga, ella insiste en que es algo que está obligada a hacer.

―Yo creo, alteza, que si la reina sigue metida en esto es porque usted no se lo ha expresado de la forma adecuada; no le ha dicho las palabras correctas.

Anna abrió los ojos como platos.

―¿A qué te refieres? ¿Qué debo decirle?

―Eso sólo lo sabe usted. Yo sólo expresaba una idea. Más tarde vuelvo para lo que necesite.

Astrid se fue y dejó a Anna sola con sus pensamientos. Anna temió que las palabras de Astrid significaran que ella sabía algo. «¿Me habrá escuchado esa noche?», se preguntó Anna, asustada. «¿O será que soy muy obvia?».

Anna, aun atormentada por sus dudas, terminó los pendientes y cuando Astrid volvió por ellos, no se habló del tema de nuevo.


Elsa y Magnus llegaron al castillo poco antes de que anocheciera. Si había tenido lugar una propuesta de matrimonio o no, Anna no lo supo pues no vio a su hermana sino hasta que la fiesta comenzó. Ya que ahora había también una fiesta además de la cena, en la que probablemente habría que bailar, Anna optó esta vez por el mismo vestido que había usado cuando volvieron a abrirse las puertas del castillo. La reina se había puesto un vestido azul celeste muy parecido al que se había diseñado ella misma cuando se fue de Arendelle.

Anna entró al gran salón, donde ya había un grupo de músicos animando la fiesta y algunas personas ya estaban bailando. Elsa estaba ya en la pista con el príncipe y todos los invitados, incluyendo algunos aristócratas propios de Arendelle, los miraban comentando lo bien que se veían juntos. Anna se quedó sentada en una silla en el borde del salón; nadie le prestaba atención a ella.

Todos los invitados estaban ocupados haciendo algo. Algunos bailaban, otros conversaban, unos jugaban ajedrez, otros al whist. El lugar estaba lleno de personas muy elegantes y pretenciosas y Anna no tenía ganas de estar ahí pero hacía el esfuerzo.

En algún momento se puso a pensar sobre la propuesta de matrimonio. Elsa no había ido a contarle nada y no hubo ningún anuncio luego de que entró. Y la verdad, tampoco parecía que hubiese habido un anuncio antes de su llegada. Por lo que alcanzaba a escuchar de las conversaciones de las personas que tenía cerca, parecía que ningún anuncio de matrimonio se hubiera hecho. Anna había supuesto que si Elsa y Magnus se habían pasado el día juntos era porque querían estar solos para la propuesta y que seguramente al volver ellos, la funesta noticia sería conocida pero se había equivocado.

No estaba segura de si eso era una buena señal o no; de si era esperanza o sólo un aplazamiento de la muerte de su corazón. No queriendo participar activamente de la fiesta, se quedó sentada esperando.

Más que una cena formal, esta era una fiesta más casual, al menos en términos de realeza. Mientras los invitados estaban en sus asuntos, algunos sirvientes pasaban entre las personas para ofrecerles bocadillos y bebidas. Anna no quiso probar nada.

En algún momento, vio que Elsa y el príncipe abandonaban la pista e iban a sentarse cerca de una ventana. El tipo le dijo algo a Elsa y se retiró. Anna vio la oportunidad de hablar un poco con su hermana, antes de que él regresara.

De camino tuvo que moverse entre varias personas. En un grupo de mujeres que se había formado alcanzó a escuchar que alguien decía:

―Espero que la boda sea pronto, no hay mejor pareja para la reina Elsa.

―Y Magnus será muy afortunada de tener a su lado a una mujer tan agradable ―dijo otra mujer―, tan simpática, social, en fin, un gran partido.

―Pobre del que tenga que casarse con la hermana ―dijo otra―. Es tan apática y…

Entonces la primera mujer que había hablado le dio un codazo a quien hablaba y esta se detuvo. Habían notado que ahora tenían a Anna cerca. La princesa, quien se había detenido disimuladamente para escuchar, les dedico una mirada asesina y la mujer que había sido interrumpida pareció querer salir del grupo a disculparse pero Anna no se lo permitió, pues comenzó a caminar hacia una de las puertas con paso decidido. Ella no quería seguir ahí.

Ni siquiera era lo que habían dicho sobre ella lo que la molestaba, era lo que había escuchado sobre la boda. De alguna manera, creyó Anna, sí se había comunicado un matrimonio y ella había sido la última en saber. Al borde del llanto nuevamente, Anna se dirigió a su habitación.

Elsa notó que su hermana salió del salón y se fue tras ella.

Al llegar a su habitación, Anna abrió la puerta de golpe y la cerró de la misma forma, sin preocuparse por asegurarla y se tumbó sobre la cama, boca abajo, y se dejó salir sus lágrimas.

Poco después llegó Elsa. Tocó la puerta pero como Anna no contestó, se tomó la libertad de intentar abrir y la puerta cedió. Elsa entró y Anna se levantó rápidamente para ver quién era.

―¡¿Cómo te atreves a…?! ―exclamó Anna olvidándose de su amabilidad habitual por su estado de ánimo―. Oh, eres tú.

―Sí, vi que te fuiste y quería saber si había algo mal ―dijo Elsa mientras intentaba encender la lámpara ayudada por la luz que se colaba por la puerta.

―No, no lo hay. Oh, espera, sí lo hay. Que no puedes tomarte cinco minutos para venir a contarme que ya aceptaste la propuesta del príncipe.

―¿Que ya acepté? Yo no he aceptado nada.

―Escuché a unas personas decir que ojalá la boda fuera pronto.

―Seguro es sólo un deseo; recuerda que nuestro compromiso es lo que todos esperan pero yo no le he dicho a nadie que haya aceptado nada. ―Elsa terminó de encender la lámpara y se irguió para cerrar la puerta―. Y él no me ha propuesto matrimonio todavía.

Elsa entonces estiró el brazo izquierdo y le mostró a Anna que no había ningún anillo en su dedo anular.

―Anna, tú serías la primera persona a la que yo le diría algo así de importante.

Anna se calmó. Le habían quitado un peso de encima las noticias de que Elsa no la había ignorado y que aún no había propuesta.

―Puedes quedarte un rato aquí para reponerte pero por favor vuelve al salón; mientras nuestros invitados estén aquí necesito que estés presente.

―¿Para que me ignoren?

―Bueno, tú no te mostraste muy social ayer pero si sacas todas esas ideas de tu cabeza van a ver la persona maravillosa que eres.

Elsa se acercó a su hermana, la tomó por los hombros y le sonrió.

―Además, a ti te gusta bailar. Hay algunos hombres muy guapos y son apenas unos años mayores que tú, tal vez encuentres a alguien especial.

Anna se separó y se dio media vuelta.

―Es que yo ya tengo a alguien especial.

―¿Ah, sí? ―preguntó Elsa curiosa―. ¿Y quién es?

Anna se quedó callada unos segundos. Se moría de ganas de sacar todo de su sistema y gritarle la verdad a Elsa ahí, en ese momento. Aun así, no era algo fácil; el miedo a asustar a su hermana era enorme.

―Si no te sientes lista para hablar de eso, lo entiendo. Me regreso a la fiesta; por favor, no tarde.

Entonces Anna se giró y encaró a Elsa.

―¡¿Crees que es fácil para mí ir allá abajo?! ¡¿Crees que quiero estar allí viendo cómo te arrebatan de mí?! ¡¿Crees que no tengo un corazón que sufre por todo esto?!

―Anna, esto no significa que nos vamos a separar. Aun casada, este es mi hogar y aquí me quedaré; tú también estarás aquí.

―¡Es que no lo entiendes! ¡Voy a tener que ver constantemente, día tras día, cómo eres la esposa de alguien más! ¡Verte en los brazos de otra persona será…!

Anna se calló; sintió que había hablado de más.

Una luz comenzaba a encenderse en la cabeza de Elsa, quien abrió los ojos como platos.

―Anna… ¿tú…?

―No, no, no, no. Yo no me refería…

―Anna, ¿estás insinuando que…?

―No, no te hagas ideas equi…

Y entonces ocurrió.

Elsa tomó a Anna, una mano en la cintura, otra en su cabeza, y le plantó un beso en la boca. Dada la espontaneidad del acto, fue torpe al principio; Anna estaba impactada. Elsa lo intentaba pero Anna no relajaba sus labios. Entonces, Anna se separó.

―Elsa, ¿por qué…?

―Anna… yo te amo. Te amo más allá de los límites de lo permitido.

―No te burles de mí. No me digas esas cosas si no son verdad. ―Anna intentó alejarse más de Elsa pero topó con la cama―. Tú vas a ser la esposa de Magnus de Trondheim.

―Anna, yo no amo a ese tipo. ―Elsa dio un paso―. Apenas lo conozco.

―¿Qué diferencia hace? Igual te vas a casar con él.

―No me voy a casar con él. Él sólo vino a inspeccionar este lugar para ver si le conviene. Todo eso de venir a pedirme matrimonio es una farsa; es una cosa que yo inventé. Bueno, no del todo. Un príncipe siempre está buscando con quién casarse y me aproveché de eso para iniciar rumores.

―¿Qué? ¿Por qué hiciste eso? ―Anna apenas y podía contener sus sentimientos; su voz temblaba un poco―. ¿No pensaste que me lastimarías?

―Es que necesitaba saber… si… Anna, lo siento mucho, pero quería saber si tú sientes por mí lo mismo que yo por ti. No me detuve mucho a pensar, sólo vi mi oportunidad de darte celos y… de verdad necesitaba saber.

Anna sentía que el dolor en su corazón poco a poco iba cediendo. El peso de la verdad estaba venciéndola. Su anhelo más grande en la vida parecía estar volviéndose realidad; su hermana la amaba también. Una parte de ella quería enojarse con la rubia por haberla puesto a prueba de esa manera pero luego pensó: «¿No habría hecho yo lo mismo?». Anna sabía lo que era estar ese sentimiento; estar enamorada de una persona de la que no debía enamorarse y morirse de ganas por saber si es que había aunque fuera la mínima oportunidad.

No podía estar enojada, concluyó.

―Anna, discúlpame si te hice pasar un mal rato pero es que yo te amo y no podía decírtelo así como así. No sé si fue haber crecido alejada de ti u otra cosa lo que me hizo verte como algo más que mi hermana pero desde que he estado junto a ti mi amor por ti y mis deseos de estar contigo sólo han ido en aumento. Y aquella vez cuando…

Anna se acercó y puso sus dedos sobre los labios de la reina, quien calló al instante, y entonces sí se entregó por completo a ella.

Anna echó sus brazos alrededor de Elsa y la besó. Esta vez no hubo nada de torpeza. Los cálidos labios de la rubia inmediatamente tomaron las riendas del juego. El aliento de la reina sabia a vino y este pareció embriagar a ambas. Las lenguas luego se entrelazaron y parecían querer dominar la una a la otra.

Elsa tomó a Anna por la cintura y comenzó a empujar suavemente; pero no había más lugar atrás a dónde ir más que a la cama. Terminaron por caer sobre esta sin dejar de besarse.

En el pecho de ambas había algo que por fin, luego de mucho tiempo, puedo estallar y liberar sensaciones que no habían experimentado; un hormigueo extraño pero placentero recorría sus cuerpos. Anna no quería que el tiempo siguiera su curso; tampoco Elsa.

Luego, Elsa subió sus manos por el cuerpo de la pelirroja, deteniéndose por debajo del busto de esta, como pidiendo permiso para tocarla ahí. Anna no sólo no se negó, sino que, sin separar sus labios de los de su hermana, ella misma tomó la mano de Elsa y la puso sobre su seno; había luz verde para que Elsa llegara hasta donde ella quisiera. Mientras la besaba, Elsa daba suaves apretones a los senos de Anna, provocando en esta los primeros gemidos. Si había una fiesta en el piso de abajo en la que eran esperadas, ninguna de las dos se acordaba.

Elsa dejó de besar a Anna en la boca y pasó a su cuello, provocando en la pelirroja sensaciones de euforia, de placer y de excitación. Anna sentía el tacto de los labios de Elsa en su cuello y esto la ponía más ansiosa por que llegara más lejos; que se atreviera a más. Sumado a esto, pudo percibir el olor del hermoso cabello de la reina; lavanda. El olor le trajo a su memoria todos los momentos especiales que había compartido con Elsa desde que volvieron a reunirse y reafirmó que no había nadie más en el mundo para ella. El último rastro de inhibición abandonó su cuerpo y entonces hizo los movimientos necesarios para bajar el corpiño de su vestido hasta dejar al descubierto sus senos. Sus pezones rosas estaban tan erectos que parecían querer explotar.

Elsa se detuvo un momento y miró a su hermana como preguntando "¿segura que quieres hacer esto?". Y como si hubiera podido escuchar la pregunta, Anna asintió con un leve movimiento de cabeza.

Entonces, Elsa se fue inmediatamente hacia los pezones de la pelirroja y se puso a succionar el izquierdo mientras que con la mano jugueteaba con el derecho; Anna sintió al instante como si una corriente eléctrica se hubiera liberado a lo largo de su espina y luego se hubiese distribuido a sus extremidades. Deseaba, sin atreverse a pedirlo, que Elsa los mordiera y para su fortuna no pasó mucho antes de que sucediera. La rubia apretó uno de ellos entre sus dientes, suavemente, sin lastimar a su hermana, y de inmediato Anna volvió a percibir esa electricidad por todo su cuerpo; se arqueó su espalda y soltó un ruidito de placer que encantó a Elsa.

Luego, la mano derecha de Elsa comenzó a subir el vestido de Anna, intentando entrar a su zona íntima; y notando lo engorroso que era, ambas jóvenes optaron por la mejor salida: desprenderse definitivamente de sus atuendos y deshacer sus peinados. Elsa se levantó para quitarse su vestido y darle la libertad a Anna de que hiciera lo mismo. Empujadas por la enorme excitación que ambas sentían, esta actividad no les tomó ni medio minuto y al instante en que se vieron desnudas Elsa volvió a tumbar a Anna en la cama y se echó su cuerpo sobre ella. Verse una a la otra con el cabello suelto contribuyó a que se desearan aún más.

Una vez más le dio un beso en la boca, luego en el cuello, un mordisco en los pezones, besos en el abdomen de la pelirroja hasta que llegó al lugar anhelado entre las piernas de la princesa.

Anna miró hacia abajo y a la luz de la lámpara vio su sueño hecho realidad; Elsa puso sus labios por primera vez en su vulva. ¡Cuántas noches habíase masturbado teniendo esa fantasía en la mente y ahora por fin estaba ahí!

Luego de este primer beso en los labios, Elsa comenzó a lamer el sexo de Anna de arriba abajo, como si fuera un helado; los cosquilleos no se hicieron esperar y Anna se entregó a este placer cerrando los ojos y dejando que Elsa hiciera su trabajo.

Al mismo tiempo, Elsa usaba sus manos para acariciar los muslos de su compañera, de manera leve, casi como si ni siquiera los tocara; los ruiditos sensuales que emanaban de la boca de Anna le indicaban que lo estaba haciendo bien.

Luego, Elsa usó sus manos para separar los labios mayores y tener acceso a los pliegues internos, los cuales también lamió de arriba abajo y pudo sentir el sabor privado de Anna en su boca. Con cada lengüeteo tenía más de esos jugos en su boca y esta recompensa la empujaba a lamer más y cada vez más rápido. Y entonces se le ocurrió: comenzó a succionar aquellos labios menores tan deliciosos y provocó un estremecimiento en la princesa, quien cerró sus puños alrededor de un pedazo de la sábana.

―Oh, Elsa ―dijo Anna entre gemidos―. Sigue, así, así.

Anna cerró sus piernas y atrapó a Elsa entre ellas, empujando la cara de la reina contra su sexo. Cuando la soltó, Elsa pasó entonces a descubrir el clítoris y le dio unos leves lengüetazos. Anna estaba en el cielo: gemía, su espalda se arqueaba, apretaba las sábanas en sus puños y sentía una electricidad creciente dentro de ella que la hacía estremecerse de vez en cuando.

Elsa subió la intensidad a la vez que subía sus manos buscando los senos de la princesa y se puso a juguetear con sus pezones otra vez. La combinación de estimulación en las tres zonas hizo a Anna sentirse cerca de tener un orgasmo.

Y como si la reina supiera lo que hacía falta, bajó su mano derecha y e introdujo un par de dedos dentro de Anna y la estimuló también desde sus adentros.

La intensidad de las manos y la lengua de la reina iba en aumento, lo mismo hacían los gemidos de la reina. Una succión del clítoris; otro estremecimiento de Anna. Un pellizco en sus pezones; otra descarga eléctrica en todo el cuerpo de la princesa. Los dedos que iban y venían cada vez más rápido; y otro arqueo de espalda.

Anna lo sentía venir y a los pocos segundos estalló en un orgasmo mejor que cualquiera que se hubiera provocado ella sola.

Anna sintió todo su cuerpo sacudirse de placer a la vez que expulsaba más de aquellos jugos que habían hecho las delicias de la reina y que ahora alcanzaban su rostro.

Anna no puedo contenerse y soltó un grito de placer; tan fuerte que de no haberse encontrado tan excitada le habría preocupado el saber si alguien la había oído.

―¡Elsa!

La reina recorrió la cama para acostarse a la derecha de su hermana mientras esta se tranquilizaba.

―Elsa ―dijo la princesa agitada―, eso fue… increíble.

―Tú eres increíble ―dijo Elsa mientras le quitaba el cabello.

Ambas jóvenes se quedaron en silencio un rato, habiéndose cubierto con las sábanas, mientras Elsa pasaba su brazo por debajo de Anna para tenerla cerca.

―Elsa ―dijo Anna luego de haberse tranquilizado―, quiero estar contigo por toda la vida. Quiero ser tuya y que tú seas mía, sólo mía y de nadie más, por siempre.

―Así será.

―Pero, ¿y el reino? ¿Y tú descendencia?

―No pienses en eso por ahora; ya encontraremos una solución. Lo único de lo que estoy segura es que no voy a permitir que nadie se interponga entre tú y yo. Arendelle será el primer reino con dos reinas.

Ambas chicas rieron ante lo chistoso que sonaba eso. Y entonces llegó a sus mentes algo que habían olvidado.

―¡La fiesta! ―exclamó Elsa.

Antes de que la reina pudiera levantarse y hacer algo al respecto, Anna fue ahora quien la aprisionó con sus brazos y se puso encima de ella.

―¿Qué importa? ―dijo seductoramente―. Ahora me toca a mí hacerte esas cosas sucias.

Elsa sonrió maliciosamente y se dejó llevar. Anna la besó apasionadamente siendo esta vez ella quien dirigía.

En algún momento, hizo una pausa.

―Elsa, te amo con toda mi alma.

―Yo también te amo, Anna.

Y Anna se puso manos a la obra.


En el piso de abajo, en el gran salón, Astrid solicitó la atención de todos los presentes, quienes ya comenzaban a impacientarse por no tener presentes a la reina y la princesa.

―Quiero informarles a todos ―dijo Astrid solemnemente luego de que todos se callaron y le pusieron atención― que lamentablemente la reina y la princesa se encuentran indispuestas por el momento y no gozaremos de su compañía por el resto de la noche. Por favor, les ruego que no indaguen más al respecto.

»Sin embargo, me han pedido que ruegue por sus disculpas en su nombre y que les diga que continúen disfrutando de la fiesta. Están todos en su casa.

La reina y la princesa no le habían pedido nada a Astrid; la asistente real se había improvisado ese anuncio para proteger a esas muchachas que tanto quería. Después de todo, ella sabía actuar muy bien pues había escuchado bastantes cosas en ese castillo de las que sabía que no debía hablar.

Al día siguiente los invitados se fueron, decepcionados de que no hubiera anuncio de matrimonio, pero aún guardaban la esperanza sin saber que Elsa no tenía ninguna intención de unirse con nadie más que no fuera Anna.

El tiempo pasó y los rumores circulaban, no sólo por Arendelle, sino en otros reinos, de que había algo extraño en ese castillo y entre la reina y la princesa pero ellas jamás le dieron importancia a eso. Lo único importante para ellas era ser felices juntas.