Básicamente desde que estaba en segundo o en tercero de universidad que no subía una historia, y no pensaba hacerlo hasta que me cancelaron el internado por la pandemia. Quería probar con volver a escribir esta historia desde el inicio, así que leí de nuevo La Orden del Fénix. Hay muchas partes de este capítulo que están copiadas desde el libro con modificaciones para poder abordar la historia a cómo tenía pronosticado. Tendrá más contenido sobre la guerra mágica así que espero que les guste. Ojalá que siga habiendo gente que lee Fanfiction, quedamos menos cada día.

Disclaimer: Harry Potter y Wizard World pertenece a JK Rowling

El Complejo de Héroe de Harry

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— ¡Harry está en peligro! –—

James ya no sabía cómo reaccionar cuando escuchaba esa frase, pero estaba seguro que había perdido la cuenta de la cantidad de veces que su único hijo había estado en una situación de a él estaba su mejor amigo, su hermano de aventuras, el padrino de su hijo, mirando igual de atónico a la cierva brillante que hablaba con la voz de su esposa en el living de su casa a las afueras de Londres.

—¿Cómo que Harry está en peligro? Está en Hogwarts — la cierva parecía mirarlo con los mismos ojos esmeralda de su esposa. Lily trabajaba como medimaga en el Hospital San Mungo hace 5 años, la misma cantidad de años que estuvo pasado desde que Harry había entrado a estudiar a Hogwarts.

—Severus me avisó, dijo que Harry le gritó que tenían a Padfoot — El patronus de Lily no hizo ningún gesto, pero James sabía por la voz de su mujer que estaba preocupada y angustiada por su hijo. ¡Por Merlín! ¿Es que acaso los problemas no podrían mantenerse alejados de Harry? — Le he avisado a Dumbledore, Severus dijo que debería estar por dirigirse al Ministerio — ¿Hace cuánto tiempo que había pasado esto? ¿Harry habría alcanzado a salir de Hogwarts? Harry aún no sabía desaparecerse y desde que Umbridge había asumido el cargo de Directora de Hogwarts, la Red Flu estaba bloqueada.

—¿Ya no está en Hogwarts? — Sirius había salido de la habitación cuando se dio cuenta que tendrían que ir hasta el Ministerio de Magia. James, Remus y él llevaban casi un año suspendidos de sus puestos de aurores, desde de que Harry había dicho que Voldemort regresado. Tenía que contactar al resto de la Orden del Fénix, tenían que encontrar a su ahijado, ningún lugar era seguro para él ahora, no desde que el Señor Oscuro había vuelto.

— No, estaban con Umbridge, estaban interrogando a los chicos cuando le pidió Veritaserum a Severus para interrogar a Harry—

— ¡Esa mujer está demente! ¡No puede interrogar a nuestro hijo con poción de la verdad! — James se puso de pie del sofá donde estaba sentado, viendo como Sirius convocaba su propio Patronus para avisar a la Orden — Iremos al Ministerio de Magia, Sirius está convocando a la Orden, ¿sabes dónde está Moony? — James agarró su capa y su varita y miró a Sirius que hacia lo mismo.

— Va para allá con Tonks, Kingsley y Moody — El mayor de los Potter vio como Sirius se metía a la chimenea de la casa cuando este pareció recordar algo importante.

— Tendremos que aparecernos allá Prongs — el castaño lo miró con duda y luego recordó que debido a su suspensión del Departamento de Aurores no podría ir hasta allá por la chimenea de la Mansión Potter. Asintió a su amigo y pidió que todo saliera bien.

— Me apareceré allá, nos vemos — y dicho eso la cierva de Lily se esfumó.


Los rodearon unas siluetas negras salidas de la nada, que les cerraron el paso a derecha e izquierda; varios pares de ojos brillaban detrás de las rendijas de unas máscaras, y una docena de varitas encendidas les apuntaban directamente al corazón; Ginny soltó un grito de horror.

—Dame eso, Potter— repitió la voz de Lucius Malfoy, que había estirado un brazo con la palma de la mano hacia arriba. Harry notó un espantoso vacío en el estómago. Estaban atrapados, y los doblaban en número— Dame eso — dijo Malfoy una vez más.

—¿Dónde está Sirius?— preguntó Harry. Él había visto a su padrino, sufriendo, y tenía que encontrarlo. Nadie le respondía en su casa, no podía contactarse con nadie de la Orden. Snape lo odiaba, odiaba su padre, él no querría ayudarlos, no quería salvar a Sirius.

Varios mortífagos rieron; una áspera voz de mujer surgió de entre las oscuras figuras, hacia la izquierda de Harry, y sentenció con tono triunfante: —¡El Señor Tenebroso nunca se equivoca!—

—No, nunca— agregó Malfoy con voz queda —Y ahora, entrégame la profecía, Potter—

—¡Quiero saber dónde está Sirius!—

—«¡Quiero saber dónde está Sirius!» —se burló la mujer que estaba a su izquierda. Ella y el resto de los mortífagos se habían acercado más a Harry y a sus amigos, de los que ahora sólo los separaban unos palmos, y la luz de sus varitas deslumbraba a Harry.

—Sé que lo han capturado— afirmó él tratando de no hacer caso de la creciente sensación de pánico que notaba en el pecho, el terror que había estado combatiendo desde que habían puesto un pie en el pasillo de la estantería número noventa y siete—. Está aquí. Sé que está aquí—

—El bebé se ha despertado asustado y ha confundido el sueño con la realidad —dijo la mujer imitando la voz de un niño pequeño. Harry notó que Ron, que estaba a su lado, se movía.

—No hagas nada —murmuró Harry—. Todavía no…—

La mujer que lo había imitado soltó una ruidosa carcajada.

—¿Lo han oído? ¿Lo han oído? ¡Está dando instrucciones a los otros niños, como si pensara atacarnos!—

—¡Ah, tú no conoces a Potter tan bien como yo, Bellatrix! —exclamó Malfoy quedamente—. Tiene complejo de héroe; el Señor Tenebroso ya lo sabe. Y ahora dame la profecía, Potter. —"Complejo de héroe" ¿Cuántas veces su padre lo había regañado por ello? ¿Cuántas veces Lily Potter le había dicho que la responsabilidad del mundo mágico no dependía de él?.

—Sé que Sirius está aquí— insistió Harry pese a que el pánico le oprimía el pecho y le costaba respirar —¡Sé que lo han capturado!—

Unos cuantos mortífagos volvieron a reír, aunque la mujer fue la que rió más fuerte.

—Ya va siendo hora de que aprendas a distinguir la vida de los sueños, Potter —dijo Malfoy—. Dame la profecía inmediatamente, o empezaremos a usar las varitas—

—Adelante —lo retó Harry, y levantó su varita mágica hasta la altura del pecho.

En cuanto lo hizo, las cinco varitas de Ron, Hermione, Neville, Ginny y Luna se alzaron a su alrededor. El nudo que Harry notaba en el estómago se apretó aún más. Si de verdad Sirius no estaba allí, habría conducido a sus amigos a la muerte para nada… Pero los mortífagos no atacaron.

—Entrégame la profecía y nadie sufrirá ningún daño —aseguró Malfoy fríamente.

Ahora le tocaba reír a Harry.

—¡Sí, claro!— exclamó —Yo le doy esta… profecía, ¿no? Y ustedes nos dejan irnos a casa, ¿verdad?—

Tan pronto como Harry terminó la frase, la mortífaga chilló:

—¡Accio prof…! —Pero Harry estaba preparado, y gritó: «¡Protego!» antes de que ella hubiera terminado de pronunciar su hechizo; la esfera de cristal le resbaló hasta las yemas de los dedos, aunque consiguió sujetarla—. ¡Vaya, el pequeño Potter sabe jugar! —dijo la mortífaga fulminando a Harry con la mirada tras las rendijas de su máscara—. Muy bien, pues entonces…—

—¡TE HE DICHO QUE NO! —le gritó Lucius Malfoy a la mujer—¡Si la rompes…!— Harry se exprimía el cerebro. Los mortífagos querían aquella polvorienta esfera de cristal. A él, sin embargo, no le interesaba. Lo único que le interesaba era sacar a sus amigos de allí con vida y asegurarse de que ninguno de ellos pagara cara su estupidez. ¿Por qué no intentó volver a contactarse con la Mansión Potter? ¿Por qué no intentó avisarle a Remus?

La mujer dio un paso hacia delante, separándose de sus compañeros, y se quitó la máscara. Azkaban había dejado su huella en el rostro de Bellatrix Lestrange, demacrado y marchito como una calavera, aunque lo avivaba un resplandor fanático y febril. Era ella, Sirius le había hablado un sinfín de veces de cómo su prima se había unido a los mortífagos, y cómo después había torturado a los padres de Neville.

—¿Vamos a tener que aplicarte nuestros métodos de persuasión?— preguntó mientras su tórax ascendía y descendía rápidamente—Como quieras. Tomen a la más pequeña—ordenó a los mortífagos que tenía detrás —Que vea cómo torturamos a su amiguita. Yo me encargo.—

Harry notó que los demás se apiñaban alrededor de Ginny; él dio un paso hacia un lado y se colocó justo delante de ella, abrazado a la esfera. No volvería a dejar que algo le pasara a uno de sus amigos.

—No vas a torturar a nadie. Si quieres atacar a alguno de nosotros, tendrás que romper esto— le advirtió —No creo que su amo se ponga muy contento si la ve regresar sin ella, ¿no?— La mujer no se movió; se limitó a mirar fijamente a Harry mientras se pasaba la punta de la lengua por los delgados labios —Por cierto—continuó Harry — ¿Qué profecía es esta?—

No se le ocurría otra cosa que hacer que seguir hablando. El brazo de Neville se apretaba contra el suyo, y Harry lo notaba temblar; también percibía la acelerada respiración de otro de sus amigos en la nuca. Confiaba en que todos estuvieran esforzándose por encontrar una manera de salir de aquel apuro, porque él tenía la mente en blanco.

—¿Que qué profecía es ésa?—repitió Bellatrix, y la sonrisa burlona se borró de sus labios—¿Bromeas, Potter?—

—No, no bromeo —respondió Harry, que pasó la mirada de un mortífago a otro buscando un punto débil, un hueco que les permitiera escapar—¿Para qué la quiere Voldemort?—Varios mortífagos soltaron débiles bufidos.

—¿Te atreves a pronunciar su nombre?—susurró Bellatrix.

—Sí—contestó Harry, y sujetó con fuerza la bola de cristal por si Bellatrix volvía a intentar arrebatársela. Sus padres siempre le habían enseñado que no debía temerle al nombre de Voldemort y al menos, si moría ahí, lo haría a su manera— Sí, no tengo ningún problema en decir Vol…—

—¡Cierra el pico!—le ordenó Bellatrix— Cómo te atreves a pronunciar su nombre con tus indignos labios, cómo te atreves a mancillarlo con tu lengua de sangre mestiza, cómo te atreves—

—¿Sabías que él también es un sangre mestiza?— preguntó Harry con temeridad. Hermione soltó un débil gemido —Me refiero a Voldemort. Sí, su madre era bruja, pero su padre era muggle. ¿Acaso les ha contado que es un sangre limpia?—

¡DESMA..!

—¡NO!—

Un haz de luz roja había salido del extremo de la varita mágica de Bellatrix Lestrange, pero Malfoy lo había desviado; el hechizo de Malfoy hizo que el de Bellatrix diera contra un estante, a un palmo hacia la izquierda de donde estaba Harry, y varias esferas de cristal se rompieron.

Dos figuras, nacaradas como fantasmas y fluidas como el humo, se desplegaron entre los trozos de cristal roto que habían caído al suelo, y ambas empezaron a hablar; sus voces se sobreponían una a otra, de modo que entre los gritos de Malfoy y Bellatrix sólo se oían fragmentos de la profecía.

—… el día del solsticio llegará un nuevo… —decía la figura de un anciano con barba.

—¡NO LO ATAQUES! ¡NECESITAMOS LA PROFECÍA!—

—Se ha atrevido…, se atreve —chilló Bellatrix con incoherencia —Este repugnante sangre mestiza… Míralo, ahí plantado…—

—¡ESPERA HASTA QUE TENGAMOS LA PROFECÍA!— bramó Malfoy.

—… y después no habrá ninguno más… —dijo la figura de una mujer joven.

Las dos figuras que habían salido de las esferas rotas se disolvieron en el aire. Lo único que quedaba de ellas y de sus antiguos receptáculos eran unos trozos de cristal en el suelo. Sin embargo, aquellas figuras le habían dado una idea a Harry. El problema era cómo transmitírsela a los demás.

—No me han explicado ustedes todavía qué tiene de especial esta profecía que pretenden que les entregue— dijo para ganar tiempo mientras desplazaba lentamente un pie hacia un lado, buscando el de alguno de sus amigos.

—No te hagas el listo con nosotros, Potter— le previno Malfoy.

—No me hago el listo —replicó él mientras concentraba la mente tanto en la conversación como en el tanteo del suelo. Y entonces encontró un pie y lo pisó. Una brusca inhalación a sus espaldas le indicó que se trataba del de Hermione.

—¿Qué?— susurró ella.

—¿Dumbledore nunca te ha contado que el motivo por el que tienes esa cicatriz estaba escondido en las entrañas del Departamento de Misterios?— inquirió Malfoy con sorna.

—¿Cómo?— se extrañó Harry, y por un momento se olvidó de su plan—¿Qué dice acerca de mi cicatriz?—

—¡¿Qué?!— susurró Hermione con impaciencia.

—¿Cómo puede ser?— continuó Malfoy regodeándose maliciosamente; los mortífagos volvieron a reír, y Harry aprovechó la ocasión para susurrarle a Hermione, sin apenas mover los labios: —Destrocen… las estanterías…—

—¿Dumbledore nunca te lo ha contado?— repitió Malfoy—Claro, eso explica por qué no viniste antes, Potter, el Señor Tenebroso se preguntaba por qué…—

—… cuando diga «ya»…—

—… no viniste corriendo cuando él te mostró en tus sueños el lugar donde estaba escondida. Creyó que te vencería la curiosidad y que querrías escuchar las palabras exactas…—

—¿Ah sí?— dijo Harry. Entonces oyó, o más bien notó, cómo detrás de él Hermione pasaba el mensaje a los demás, y siguió hablando para distraer a los mortífagos —Y quería que viniera a buscarla, ¿verdad? ¿Por qué?—

—¿Por qué?— repitió Malfoy, incrédulo y admirado— Porque las únicas personas a las que se les permite retirar una profecía del Departamento de Misterios, Potter, son aquellas a las que se refiere la profecía, como descubrió el Señor Tenebroso cuando envió a otros a robarla—

—¿Y por qué quería robar una profecía que hablaba de mí?—Harry no entendía de qué profecía podrían estar hablando, sus padres jamás le contaron algo sobre una profecía.

—De los dos, Potter, hablaba de los dos… ¿Nunca te has preguntado por qué el Señor Tenebroso intentó matarte cuando eras un bebé?— Harry miró fijamente las rendijas detrás de las que brillaban los grises ojos de Malfoy. ¿Era esa profecía la causa de que casi hubieran muerto sus padres, la causa de que él tuviera la cicatriz con forma de rayo en la frente? ¿Tenía la respuesta a esas preguntas en las manos?

—¿Qué alguien hizo una profecía sobre Voldemort y sobre mí?— preguntó con un hilo de voz mirando a Lucius Malfoy, y sus dedos se apretaron contra la caliente esfera de cristal que tenía en las manos. No era mucho más grande que una snitch, y todavía estaba cubierta de polvo —¿Y me ha hecho venir a buscarla para él? ¿Por qué no venía y la cogía él mismo?—

—¿Cogerla él mismo?— chilló Bellatrix mezclando las palabras con una sonora carcajada— ¿Cómo iba a entrar el Señor Tenebroso en el Ministerio de Magia, precisamente ahora que no quieren admitir que ha regresado? ¿Cómo iba a mostrarse el Señor Tenebroso ante los aurores, ahora que pierden tan generosamente el tiempo buscándonos?—

—Ya, y les obliga a hacer a ustedes el trabajo sucio, ¿no?— se burló Harry—Del mismo modo que envió a Sturgis a robarla, y a Bode, ¿verdad?—

—Muy bien, Potter, muy bien… —dijo Malfoy lentamente—. Pero el Señor Tenebroso sabe que no eres ton…— O tal vez si lo era, y además de eso tenía un enorme deseo suicida.

—¡YA! —gritó entonces Harry.

—¡REDUCTO! —gritaron cinco voces distintas detrás de Harry.

Cinco maldiciones salieron volando en cinco direcciones distintas, y las estanterías que tenían enfrente recibieron los impactos; la enorme estructura se tambaleó al tiempo que estallaban cientos de esferas de cristal y las figuras de blanco nacarado se desplegaban en el aire y se quedaban flotando; sus voces resonaban, procedentes de un misterioso y remoto pasado, entre el torrente de cristales rotos y madera astillada que caía al suelo.

—¡CORRAN!—gritó Harry mientras las estanterías oscilaban peligrosamente y seguían cayendo esferas de cristal.

Agarró a Hermione por el brazo y tiró de ella hacia delante, a la vez que se cubría la cabeza con un brazo para protegerse de los trozos de madera y cristal que se les echaban encima. Un mortífago arremetió contra ellos en medio de la nube de polvo, y Harry le dio un fuerte codazo en la enmascarada cara; todos chillaban, se oían gritos de dolor y un fuerte estruendo, y las estanterías se derrumbaron en medio del eco de los fragmentos de profecías liberadas de las esferas. Harry se dio cuenta de que tenía espacio libre para salir y vio que Ron, Ginny y Luna pasaban corriendo a su lado con los brazos sobre la cabeza; una cosa dura le golpeó en la mejilla, pero Harry agachó la cabeza y echó a correr. Una mano lo agarró por el hombro; entonces Harry oyó a Hermione gritar: «¡Desmaius!», y la mano lo soltó inmediatamente.

Estaban al final del pasillo número noventa y siete; Harry torció a la derecha y salió corriendo a toda velocidad mientras oía pasos a su espalda y la voz de Hermione, que apremiaba a Neville. Delante de Harry, la puerta por la que habían entrado estaba entreabierta, y él veía la centelleante luz de la campana de cristal. Agarrando con fuerza la profecía, pasó disparado por el umbral y esperó a que sus compañeros también lo cruzaran antes de cerrar.

—¡Fermaportus!— gritó Hermione casi sin aliento, y la puerta se selló y produjo un extraño ruido de succión.

—¿Dónde… dónde están los demás?—preguntó Harry jadeando. Creía que Ron, Luna y Ginny iban delante de ellos, y que estarían esperándolos en aquella habitación, pero allí no había nadie.

—¡Deben de haberse equivocado de camino!— susurró Hermione con el terror reflejado en la cara.

—¡Escuchen!— exclamó Neville.

Detrás de la puerta que acababan de sellar se oían gritos y pasos; Harry pegó una oreja para escuchar, y oyó que Lucius Malfoy gritaba: —Dejen a Nott, ¡he dicho que lo dejen! Sus heridas no serán nada para el Señor Tenebroso comparadas con perder esa profecía. ¡Jugson, ven aquí, tenemos que organizamos! Iremos por parejas y haremos un registro, y no lo olviden: no le hagan daño a Potter hasta que tengamos la profecía, pero a los demás pueden matarlos si es necesario. ¡Bellatrix, Rodolphus, vayan por la izquierda! ¡Crabbe, Rabastan, por la derecha! ¡Jugson, Dolohov, por esa puerta de ahí enfrente! ¡Macnair y Avery, por aquí! ¡Rookwood, por allí! ¡Mulciber, ven conmigo!—

—¿Qué hacemos?— le preguntó Hermione a Harry temblando de pies a cabeza.

—Bueno, lo que no vamos a hacer es quedarnos aquí plantados esperando a que nos encuentren— contestó Harry—Alejémonos de esta puerta— Corrieron procurando no hacer ruido, pasaron junto a la brillante campana de cristal que contenía el pequeño huevo que se abría y se volvía a cerrar, y se dirigieron hacia la puerta del fondo que conducía a la sala circular. Cuando casi habían llegado, Harry oyó que algo grande y pesado chocaba contra la puerta que Hermione había sellado mediante un encantamiento.

—¡Muévete!—dijo una áspera voz—¡Alohomora!

La puerta se abrió y Harry, Hermione y Neville se escondieron debajo de unas mesas. Enseguida vieron acercarse el dobladillo de las túnicas de dos mortífagos que caminaban deprisa.

—Quizá hayan salido al vestíbulo —dijo la voz áspera.

—Mira debajo de las mesas— sugirió otra voz. Harry observó que los mortífagos doblaban las rodillas, así que sacó la varita de debajo de la mesa y gritó:—¡DESMAIUS!— Un haz de luz roja dio contra el mortífago que tenía más cerca; éste cayó hacia atrás, chocó contra un reloj de pie y lo derribó. El segundo mortífago, sin embargo, se había apartado de un salto para esquivar el hechizo de Harry y apuntaba con su varita a Hermione, que salía arrastrándose de debajo de la mesa para poder apuntar mejor. —¡Avada…!

Entonces Harry se lanzó por el suelo y agarró por las rodillas al mortífago, que perdió el equilibrio y no pudo apuntar a Hermione. Neville volcó una mesa con las prisas por ayudar, y apuntando con furia al mortífago que forcejeaba con Harry, gritó: —¡EXPELLIARMUS!

La varita de Harry y la del mortífago saltaron de sus manos y fueron volando hacia la entrada de la Sala de las Profecías; Harry y su oponente se pusieron en pie y corrieron tras ellas; el mortífago iba delante, pero Harry le pisaba los talones, y Neville iba detrás, horrorizado por lo que acababa de hacer.

—¡Apártate, Harry!—gritó Neville, dispuesto a reparar el daño causado.

Harry se lanzó hacia un lado y su compañero volvió a apuntar y gritó:—¡DESMAIUS!

El haz de luz roja pasó justo por encima del hombro del mortífago y fue a parar contra una vitrina que había en la pared, llena de relojes de arena de diferentes formas; la vitrina cayó al suelo y se reventó, y trozos de cristal saltaron por los aires; luego se levantó, como accionada por un resorte, y se pegó de nuevo a la pared, perfectamente reparada; pero a continuación cayó de nuevo y se hizo añicos. El mortífago, mientras tanto, había cogido su varita, que estaba en el suelo junto a la brillante campana de cristal. Cuando el individuo se dio la vuelta, Harry se escondió detrás de otra mesa, y como al mortífago se le había movido la máscara y no veía nada, se la quitó con la mano que tenía libre y gritó: —¡DES…!

¡DESMAIUS! —bramó entonces Hermione, que los había alcanzado.

Esa vez el haz de luz roja golpeó en medio del pecho al mortífago, que se quedó paralizado con los brazos en alto; entonces la varita se le cayó al suelo y él se derrumbó hacia atrás sobre la campana de cristal. Harry creyó que oiría un fuerte ¡CLONC! cuando el mortífago chocara contra el sólido cristal de la campana y resbalara por ella hasta desplomarse en el suelo, pero, en lugar de eso, la cabeza del hombre atravesó la superficie de la campana como si ésta fuera una pompa de jabón, y quedó tirado boca arriba sobre la mesa con la cabeza dentro de la campana llena de aquella relumbrante corriente de aire.

¡Accio varita!—gritó Hermione, y la varita de Harry salió volando de un oscuro rincón y fue a parar a la mano de la chica, que se la lanzó a su amigo.

—Gracias —dijo él—. Bueno, tenemos que salir de…—

—¡Cuidado!—exclamó Neville, horrorizado. Miraba la cabeza del mortífago, que seguía en el interior de la campana de cristal. Los tres volvieron a levantar sus varitas, pero ninguno atacó: se quedaron contemplando, boquiabiertos y aterrados, lo que le ocurría a la cabeza de aquel hombre: se encogía muy deprisa y se estaba quedando calva; el negro cabello y la barba rala se replegaban hacia el interior del cráneo; las mejillas se volvían lisas, y el cráneo, redondeado, y se cubría de una pelusilla como de piel de melocotón.

En aquel momento, el grueso y musculoso cuello del mortífago sostenía una cabeza de recién nacido, y el hombre intentaba levantarse; pero mientras los chicos lo observaban, estupefactos, la cabeza volvió a aumentar de tamaño y empezó a crecerle pelo en el cuero cabelludo y en la barbilla —Es el Tiempo —dijo Hermione, atemorizada—. El Tiempo…—

El mortífago volvió a mover la fea cabeza intentando despejarse, pero antes de que pudiera levantarse, se le empezó a encoger otra vez hasta adoptar de nuevo la forma de la de un recién oyeron gritar a alguien en una habitación cercana; luego, un estrépito y un chillido.

—¿RON? —gritó Harry, y apartó rápidamente la vista de la monstruosa transformación que tenía lugar ante ellos—¿GINNY? ¿LUNA?—

—¡Harry!—gritó Hermione.

El mortífago había sacado la cabeza de la campana de cristal. Ofrecía un aspecto grotesco, pues su diminuta cabeza de bebé berreaba escandalosamente mientras agitaba los gruesos brazos en todas direcciones, y estuvo a punto de darle un golpe a Harry, que se agachó justo a tiempo. Harry levantó su varita mágica, pero para su sorpresa Hermione le sujetó el brazo.

—¡No puedes hacer daño a un bebé!

No había tiempo para discutir; Harry volvía a oír pasos, cada vez más fuertes, provenientes de la Sala de las Profecías, y comprendió, aunque demasiado tarde, que había cometido un error al gritar, porque había delatado su posición.

—¡Vamos!—dijo.

Dejaron al mortífago con cabeza de bebé tambaleándose detrás de ellos, y salieron por la puerta que estaba abierta en el otro extremo de la habitación, y que conducía a la sala circular negra. Cuando habían recorrido la mitad de la habitación, a través de la puerta abierta Harry vio a otros dos mortífagos que entraban corriendo por la puerta negra e iban hacia ellos; entonces giró hacia la izquierda, entró precipitadamente en un despacho pequeño, oscuro y abarrotado, y en cuanto hubieron entrado Hermione y Neville, cerró.

¡Ferma…! —empezó a decir Hermione, pero antes de que pudiera terminar el hechizo, la puerta se abrió de par en par y los dos mortífagos irrumpieron en el despacho.

Ambos gritaron triunfantes: —¡IMPEDIMENTA!

Harry, Hermione y Neville cayeron hacia atrás; Neville se derrumbó sobre una mesa y desapareció de la vista; Hermione cayó sobre una estantería y recibió una cascada de gruesos libros encima; Harry se golpeó la parte posterior de la cabeza contra la pared de piedra que tenía detrás: unas luces diminutas aparecieron ante sus ojos y por un momento se quedó demasiado aturdido y mareado para reaccionar.

—¡YA LOS TENEMOS!—gritó el mortífago que estaba más cerca de él—. ¡ESTÁN EN UN DESPACHO QUE HAY EN…!—

—¡Silencius! —gritó Hermione, y el hombre se quedó sin voz. Siguió moviendo los labios detrás del agujero de la máscara que tenía sobre la boca, pero no emitió ningún sonido. El otro mortífago lo apartó bruscamente.

—¡Petrificus totalus!—gritó Harry cuando el segundo mortífago levantaba su varita. Los brazos y las piernas del hombre se pegaron y cayó de bruces sobre la alfombra que Harry tenía a sus pies, rígido como una tabla e incapaz de moverse.

—Bien hecho, Ha…—

Pero el mortífago al que Hermione acababa de dejar mudo dio un repentino latigazo con la varita y un haz de llamas de color morado atravesó el pecho de Hermione. La chica soltó un débil: «¡Oh!» de sorpresa, se le doblaron las rodillas y se derrumbó.

—¡HERMIONE!— Harry se arrodilló a su lado mientras Neville salía de debajo de la mesa y se arrastraba rápidamente hacia ella, con la varita en ristre. El mortífago lanzó una patada hacia la cabeza de Neville en cuanto éste se asomó, rompiendo por la mitad la varita del chico y acertándole en la cara. Neville soltó un aullido de dolor y retrocedió tapándose la boca y la nariz con ambas manos. Harry se volvió con la varita en alto y vio que el mortífago se había quitado la máscara y lo apuntaba; Harry reconoció la larga, pálida y contrahecha cara que había visto en El Profeta: era Antonin Dolohov, el mago que había matado a los Prewett.

Dolohov sonrió burlonamente. Con la mano que tenía libre, apuntó a la profecía que Harry seguía apretando en la mano; luego lo apuntó a él y seguidamente a Hermione. Aunque ya no podía hablar, el significado de aquellos gestos no podía estar más claro: «Dame la profecía, o correrás la misma suerte que ella…»

—¡Como si no nos fueran a matar de todos modos en cuanto les entregue esto! —exclamó Harry.

Harry percibía un silbido de pánico en el cerebro que le impedía pensar; tenía una mano sobre el hombro de Hermione, que todavía estaba caliente, aunque no se atrevía a mirarla a la cara. «Que no esté muerta, que no esté muerta, si se muere será culpa mía…»

—¡Haz lo que sea, Harry—urgió Neville con fiereza desde debajo de la mesa, y se quitó las manos del rostro, dejando al descubierto la nariz rota y la sangre que le chorreaba por la boca y la barbilla —pero no se la des!— Entonces se oyó un estrépito detrás de la puerta y Dolohov giró la cabeza: el mortífago con cara de bebé había aparecido berreando en el umbral y seguía agitando desesperadamente los enormes puños mientras golpeaba todo lo que encontraba a su paso. Harry no desperdició aquella oportunidad.

—¡PETRIFICUS TOTALUS!—gritó. El hechizo golpeó a Dolohov antes de que éste pudiera neutralizarlo, y cayó hacia delante sobre su compañero, ambos rígidos como tablas e incapaces de moverse ni un milímetro — Hermione —dijo Harry entonces, zarandeándola, mientras el mortífago con cabeza de recién nacido se alejaba de nuevo dando tumbos— Despierta, Hermione — ¡Por Merlín! Todo esto era su culpa.

—¿Qué le ha hecho?—preguntó Neville; salió arrastrándose de debajo de la mesa y se arrodilló al otro lado de Hermione. Al chico le chorreaba sangre por la nariz, que se hinchaba por momentos.

—No lo sé— la voz se le cortó a media frase. ¿Cómo iba a sacar a sus amigos de ahí? ¿Cómo podía dar una alerta a la Orden para que fueran en su rescate? Y aún no encontraban a Ginny, Ron y Luna. Neville cogió una de las muñecas de Hermione. —Todavía tiene pulso, Harry, estoy seguro—

Harry sintió una oleada de alivio, tan intensa que al principio se mareó. —¿Está viva?—

—Sí, creo que sí— Se callaron un momento; Harry aguzó el oído por si se oían más pasos, pero sólo percibió los gemidos y los topetazos del mortífago con cabeza de bebé en la habitación de al lado.

—Neville, no estamos muy lejos de la salida —dijo Harry en un susurro— estamos justo al lado de la sala circular… Si consiguieras llegar hasta allí y encontrar la puerta de salida antes de que lleguen más mortífagos, podrías llevar a Hermione por el pasillo hasta el ascensor… Y entonces podrías buscar a alguien…, dar la alarma…—

—¿Y qué vas a hacer tú?—preguntó Neville secándose la sangrante nariz con la manga y mirando ceñudo a su compañero.

—Yo tengo que encontrar a los otros—contestó Harry.

—Quiero ayudarte a buscarlos—dijo Neville con firmeza.

—Pero Hermione…—

—Podemos llevarla con nosotros—propuso Neville sin vacilar— Puedo llevarla yo, tú eres más hábil con la varita—Se incorporó y agarró a Hermione por un brazo, sin dejar de mirar con fiereza a Harry, que todavía dudaba; entonces Harry la agarró por el otro brazo y ayudó a Neville a colgarse el cuerpo inerte de Hermione sobre los hombros.

—Espera—dijo Harry recuperando del suelo la varita de Hermione y poniéndosela a Neville en la mano— será mejor que tengas esto.

Neville apartó de una patada los trozos de su varita y echaron a andar despacio hacia la puerta. —Mi abuela me matará—afirmó Neville con voz pastosa escupiendo sangre al hablar—;ésa era la varita de mi padre.

Harry asomó cautelosamente la cabeza por la puerta y echó un vistazo alrededor. El mortífago con cabeza de bebé chillaba y se daba golpes contra todo, derribaba relojes de pie y volcaba mesas; se desgañitaba y parecía confuso, mientras la vitrina seguía cayendo, destrozándose y reparándose por sí sola una y otra vez, por lo que Harry dedujo que debía de contener giratiempos. —No nos verá —susurró—. Vamos, pégate a mí — Salieron con sigilo del despacho y fueron hacia la puerta que conducía a la sala circular negra, que parecía completamente desierta. Avanzaron unos pasos; Neville se tambaleaba un poco a causa del peso de Hermione. La puerta de la Estancia del Tiempo se cerró tras ellos y la pared empezó a rotar otra vez.

Harry estaba un poco mareado del golpe que se había dado en la cabeza, así que entornó los ojos y notó que oscilaba ligeramente, hasta que la pared dejó de moverse. Entonces vio que las equis luminosas que Hermione había trazado en las puertas habían desaparecido, y se le cayó el alma a los pies. —¿Tú por dónde crees que…?—

Pero antes de que pudieran decidir por qué puerta iban a intentar salir, se abrió de par en par una que había a la derecha y por ella entraron tres personas dando traspiés.

—¡Ron! —exclamó Harry, y corrió hacia ellos—. Ginny… ¿Están todos…?—

—Harry—dijo Ron con una risita; se abalanzó sobre él, lo agarró por la túnica y lo miró como si no pudiera enfocar bien su cara—, estás aquí. ¡Ji, ji, ji! ¡Qué raro estás, Harry, vas muy despeinado! — Ron estaba muy pálido y le goteaba una sustancia oscura por una comisura de la boca. Entonces se le doblaron las rodillas, y al estar todavía agarrado a la túnica de Harry, éste se inclinó por la cintura como si hiciera una reverencia.

—Ginny—dijo Harry con temor—. ¿Qué pasó?— Pero Ginny movió la cabeza de un lado a otro y resbaló por la pared hasta quedar sentada en el suelo, al tiempo que jadeaba y se sujetaba un tobillo. Harry se soltó de Ron y se acercó a su amiga que tenía una fina película de sudor sobre su frente. Ginny no lloraba, a él le encantaba que no fuera de esas chicas, pero ahora veía que sus ojos castaños estaban brillantes, luchando por no soltar lágrimas de dolor. El azabache sintió que le estrujaba el corazón.

—Creo que se ha roto el tobillo; he oído un crujido —susurró Luna, que se había agachado a su lado; era la única que parecía ilesa—. Cuatro mortífagos nos han perseguido hasta una habitación oscura llena de planetas; era un sitio muy raro, a veces nos quedábamos flotando en la oscuridad.—

—¡Hemos visto Urano de cerca, Harry! —exclamó Ron, que seguía riendo débilmente—. ¿Me has oído, Harry? Hemos visto Urano. ¡Ji, ji, ji! — Una burbuja de sangre se infló en la comisura de la boca de Ron, por donde le goteaba aquella sustancia oscura, y explotó poco después.

—Uno de los mortífagos ha agarrado a Ginny por el tobillo —prosiguió Luna—;he utilizado la maldición reductora y le he lanzado Plutón a la cara, pero… —Luna señaló a Ginny, que respiraba entrecortadamente y mantenía los ojos cerrados.

—Rojita, ¿estás bien? — A Ginny le cabreaba que Harry le dijera así, pero ahora sólo le asintió y le agarró la mano con fuerza. El chico en un impulso le metió un mechón de pelo detrás de la oreja y no dejó de mirarla.

—¿Y a Ron qué le ha pasado?—preguntó Harry atemorizado mientras miraba a su amigo que seguía riendo tontamente.

—No sé qué le han hecho— respondió Luna con tristeza—, pero se comporta de una forma muy extraña; me ha costado traerlo hasta aquí.—

—Harry— continuó Ron sin parar de reír, y jaló de él hacia abajo hasta que la oreja, le quedó a la altura de la boca— ¿sabes quién es ésta, Harry? Es Lunática, Lunática Lovegood, ¡ji, ji, ji!—

—Tenemos que salir de aquí como sea— dijo Harry con firmeza—. Luna, ¿puedes ayudar a Ginny?— Harry se soltó un momento del agarre de Ron y se acuclilló a la altura de Ginny — Debo ponerte en pie, lo siento — La menor de los Weasley simplemente negó con la cabeza y enredó su codo tras su cuello mientras Harry pasó su brazo por la cintura de la chica y de un solo jalón la levantó — Perdón Ginny —le tembló la voz y bajó la cabeza avergonzado. De no ser por él, nada de esto estaría ocurriendo.

—No sería tu amiga si no estuviera acostumbrada a tus locuras Potter — dijo mientras se terminaba de enderezar. Luna a su vez, se colocó la varita mágica detrás de una oreja. La rubia rodeó a Ginny por la cintura y la apoyó contra su cuerpo. —Estaré bien, Luna, sólo me duele un poco el tobillo, puedo andar yo sola —dijo Ginny, pero al cabo de un momento se cayó hacia un lado y tuvo que sujetarse a Luna. Harry la miró con pena.

—Oye, sabes que no dudo de eso, pero necesitamos salir de aquí y no puedes caminar así— Harry le entregó su varita que se le había caído al piso y mantuvo su mano en lo que fueron los 5 segundos más reconfortantes que había tenido desde que llegaron al Ministerio. La pelirroja asintió, se afirmó mejor de Luna y se tragó las lágrimas que amenazaban por salir.

Harry se colocó el brazo de Ron sobre los hombros, como meses atrás había hecho con el de Dudley, y miró a su alrededor: tenían una posibilidad entre doce de encontrar la salida correcta a la primera. Arrastró a Ron hacia una puerta, y estaban sólo a unos palmos de alcanzarla cuando otra se abrió de repente en el lado opuesto de la sala y por ella entraron tres mortífagos. Bellatrix Lestrange iba en cabeza.

—¡Están aquí!—gritó la mortífaga. "Claro que si, Potter, la buena suerte jamás ha estado de tu lado".

Los mortífagos lanzaron varios hechizos aturdidores; Harry entró apresuradamente por la puerta que tenía enfrente, se liberó sin miramientos de Ron y volvió sobre sus pasos para ayudar a Neville a que entrara a Hermione. Cruzaron todos el umbral justo a tiempo para cerrarle la puerta en las narices a Bellatrix.

—¡Fermaportus! —gritó Harry, y oyó cómo tres cuerpos, al otro lado, chocaban contra la puerta.

—¡No importa! —exclamó una voz de hombre— ¡Hay otras entradas! ¡LOS TENEMOS, ESTÁN AQUÍ!—Harry se dio la vuelta; volvían a estar en la Estancia de los Cerebros, y efectivamente, también allí había varias puertas. Enseguida oyó pasos en la sala circular: otros mortífagos llegaban para sumarse a los primeros.

—¡Luna, Neville, ayúdenme! — Los tres recorrieron la habitación y sellaron una a una las puertas; Harry chocó contra una mesa y rodó por encima de ella con las prisas por llegar a la siguiente puerta. —¡Fermaportus!

Se oían pasos que corrían por detrás de las puertas, y de vez en cuando algún cuerpo se lanzaba con fuerza contra una de ellas y la hacía crujir y temblar; Luna y Neville, mientras tanto, encantaban las puertas de la pared de enfrente. Entonces, cuando Harry llegó al final de la habitación, oyó que Luna gritaba: —¡Ferma… aaaaaaah!

Se volvió y la vio saltar por los aires mientras cinco mortífagos entraban en la habitación por la puerta que ella no había logrado cerrar a tiempo. Luna chocó contra una mesa, resbaló por su superficie y cayó al suelo por el otro lado, donde se quedó desmadejada, tan quieta como Hermione.

—¡Agarren a Potter! —chilló Bellatrix, y corrió hacia él; Harry la esquivó y salió disparado hacia el otro extremo de la habitación; estaría a salvo mientras los mortífagos temieran destrozar la profecía.

—¡Eh! —gritó Ron, que se había puesto en pie y avanzaba dando tumbos hacia Harry, sin parar de reír —¡Eh, Harry, ahí hay cerebros, ji, ji, ji! Qué raro, ¿verdad, Harry?—

—Quítate de en medio, Ron, agáchate…— Pero Ron apuntaba al tanque con su varita.

—En serio, Harry, son cerebros. Mira, ¡accio cerebro!— La escena se detuvo momentáneamente. Harry, Ginny, Neville y los mortífagos se dieron la vuelta instintivamente para observar el tanque, y vieron que un cerebro salía como un pez volador del líquido verde: en un primer momento se quedó suspendido en el aire, pero a continuación se dirigió volando hacia Ron, mientras giraba sobre sí mismo, y unas cintas de algo que parecían imágenes en movimiento salieron despedidas de él, desenrollándose como rollos de película. —¡Ji, ji, ji! Mira, Harry —dijo Ron contemplando cómo el cerebro desparramaba sus llamativas tripas por el aire—. Ven a tocarlo, Harry, seguro que tiene un tacto genial—

—¡NO, RON! — Harry ignoraba qué podía pasar si Ron tocaba los tentáculos de pensamiento que volaban detrás del cerebro, pero estaba convencido de que no podía ser nada bueno. Corrió enseguida hacia donde se encontraba su amigo, pero éste ya había atrapado el cerebro con ambas manos. En cuanto entraron en contacto con su piel, los tentáculos empezaron a enroscarse en los brazos de Ron como si fueran cuerdas.

—Harry, mira lo que está pasan… No… no… no me gusta… No… basta… ¡Basta! —Las delgadas cintas se enrollaron alrededor del tórax de Ron, que tiraba de ellas, pero sin lograr impedir que el cerebro se aferrara a él como un pulpo.

—¡Diffindo! —gritó Harry tratando en vano de cortar los tentáculos que se enrollaban con fuerza alrededor del cuerpo de Ron ante sus ojos. Éste cayó al suelo e intentó librarse de sus ataduras.

—¡Lo va a asfixiar, Harry! —gritó Ginny, que seguía en el suelo sin poder moverse por culpa del tobillo roto. Intentó arrastrarse hasta dónde se encontraba su hermano, pero entonces un haz de luz roja salió de la varita de uno de los mortífagos y le dio de lleno en la cara. Ginny se desplomó hacia un lado y quedó inconsciente.

—¡Ginny! —gritó Harry, viendo como la pelirroja cerraba sus ojos, viendo sólo el rostro de Harry.

—¡DESMAIUS! —gritó Neville mientras agitaba la varita de Hermione hacia los mortífagos que se aproximaban—. ¡DESMAIUS, DESMAIUS! — Pero no pasó mortífago lanzó un hechizo aturdidor a Neville y falló por los pelos. En ese momento, Harry y Neville eran los únicos que seguían luchando contra cinco mortífagos, dos de los cuales les lanzaban haces de luz plateada como flechas que no daban en el blanco, pero dejaban cráteres en la pared, detrás de los chicos. Bellatrix Lestrange echó a correr hacia Harry, que salió disparado levantando la mano con la que sujetaba la profecía y se dirigió hacia el otro extremo de la habitación; lo único que se le ocurría era alejar a los mortífagos de sus amigos.

Por lo visto, su plan había funcionado: los mortífagos lo persiguieron y derribaron sillas y mesas, pero sin atreverse a atacarlo por si dañaban la profecía, y Harry salió a toda velocidad por la única puerta que seguía abierta, aquella por la que habían entrado los mortífagos, confiando en que Neville se quedase con Ron y encontrase la forma de librarlo del cerebro. Entró en la siguiente habitación e inmediatamente notó que el suelo desaparecía bajo sus pies. Rodando por los altos escalones de piedra, rebotó en cada uno de ellos hasta llegar al final y allí sufrió un fuerte impacto que le cortó la respiración. Quedó tumbado boca arriba en el foso donde se alzaba el arco sobre su tarima. Las risas de los mortífagos resonaban en la sala. Harry miró hacia arriba y vio que los cinco que lo habían perseguido desde la Estancia de los Cerebros bajaban hacia donde él se hallaba, mientras muchos mortífagos más entraban por diferentes puertas y empezaban a saltar de una grada a otra. Harry se levantó del suelo, aunque le temblaban tanto las piernas que apenas lo sostenían. Aún tenía la profecía, intacta, en la mano izquierda, y la varita fuertemente agarrada con la derecha. Era un milagro que la esfera de cristal no se hubiera roto. Retrocedió mientras miraba a su alrededor intentando mantener a todos los mortífagos dentro de su campo visual. Entonces dio con la parte de atrás de las piernas contra algo sólido: había llegado a la tarima donde estaba el arco. Sin girarse, subió a ella.

Los mortífagos se habían quedado quietos y lo miraban. Algunos jadeaban tanto como Harry. Había uno que sangraba mucho; Dolohov, libre ya de la maldición de la inmovilidad total, reía socarronamente mientras apuntaba a la cara de Harry con su varita mágica. —Se acabó la carrera, Potter— dijo Lucius Malfoy arrastrando las palabras, y se quitó la máscara—. Ahora sé bueno y entrégame la profecía—.

—¡Deja… deja marchar a los demás y te la daré! —exclamó Harry. "Joder Harry, ¿por qué?"

Unos cuantos mortífagos rieron.

—No estás en situación de negociar, Potter—replicó Lucius Malfoy, y el placer que sentía hizo que el rubor coloreara su pálido rostro—. Verás, nosotros somos diez, y tú estás solo… ¿Acaso tus padres no te han enseñado a contar?—

—¡No está solo!—gritó una voz en la parte más alta de la sala—. ¡Todavía me tiene a mí!— A Harry le dio un vuelco el corazón: Neville bajaba como podía hacia ellos por los escalones de piedra, con la varita mágica de Hermione firmemente agarrada con una temblorosa mano.

—No, Neville, no… Vuelve con Ron… —

—¡DESMAIUS! —volvió a gritar Neville apuntando uno a uno a los mortífagos con la varita— ¡DESMAIUS! ¡DESMA…!

Uno de los mortífagos más corpulentos agarró a Neville por detrás, le sujetó los brazos y lo inmovilizó. Neville forcejeaba y daba patadas; los mortífagos reían.

—Ése es Longbottom, ¿verdad? —preguntó Lucius Malfoy con desdén—. Bueno, tu abuela ya está acostumbrada a perder a miembros de la familia a favor de nuestra causa… Tu muerte no la sorprenderá demasiado—

—¿Longbottom?—repitió Bellatrix, y una sonrisa verdaderamente repugnante se dibujó en su descarnado rostro—. Vaya, yo tuve el placer de conocer a tus padres, chico —

—¡Ya lo sé!—rugió Neville, y forcejeó con tanto ímpetu para intentar soltarse de su captor que el mortífago gritó:—¡Que alguien lo aturda!—

—No, no, no —repitió Bellatrix, que estaba extasiada; miró arrebatada a Harry y luego a Neville—. No, vamos a ver cuánto tarda Longbottom en derrumbarse como sus padres… A menos que Potter quiera entregarnos la profecía — "Maldita sea, Neville".

—¡NO SE LA DES! —bramó Neville, que estaba fuera de sí, dando patadas y retorciéndose mientras Bellatrix se le acercaba con la varita en alto—. ¡NO SE LA DES POR NADA DEL MUNDO, HARRY!—

Bellatrix levantó la varita y exclamó: —¡Crucio!—

Neville soltó un aullido y encogió las piernas hacia el pecho, de modo que el mortífago que lo sujetaba tuvo que mantenerlo en el aire unos instantes. Luego el hombre soltó a Neville, que cayó al suelo mientras se retorcía y chillaba de dolor. Harry apartó la mirada, no soportaba ver esto. Qué Hermione estuviera inconsciente, que Ron estuviera atrapado por un cerebro, que Ginny estuviera con un tobillo roto y aturdida, que Luna estuviera golpeada y que estuvieran torturando a Neville era toda su maldita culpa. Y Neville aún así encontraba el coraje para pelear.

—¡Eso no ha sido más que un aperitivo!— exclamó Bellatrix al tiempo que levantaba de nuevo la varita. Neville dejó de chillar y se quedó tumbado a sus pies, sollozando. La mortífaga se dio la vuelta y miró a Harry— Y ahora, Potter, danos la profecía o tendrás que contemplar la lenta muerte de tu amiguito.

Esta vez Harry no tuvo que pensar: no le quedaba alternativa. Estiró el brazo y les tendió la profecía, que se había calentado con el calor de sus manos. Lucius Malfoy se adelantó para cogerla.

Pero entonces, de repente, en la parte más elevada de la sala se abrieron dos puertas y siete personas entraron corriendo en la sala: James, Lily, Sirius, Lupin, Moody, Tonks y Kingsley.

Harry jamás había estado más feliz de ver a sus padres, nunca espero que ver la cabellera pelirroja de su madre con aquella expresión le trajera tanta paz, ver a su padre de pie junto a sus tíos hizo que el alma le volviera al cuerpo. Ellos eran aurores, ellos podrían sacar a sus amigos con vida de allí.

Malfoy se volvió y levantó la varita, pero Lily ya le había lanzado un hechizo aturdidor. Harry no esperó a ver si había dado en el blanco, sino que saltó de la tarima y se apartó con rapidez. Los mortífagos estaban completamente distraídos con la aparición de los miembros de la Orden, que los acribillaban a hechizos desde arriba mientras descendían por las gradas hacia el foso. Entre cuerpos que corrían y destellos luminosos, Harry vio que Neville se arrastraba por el suelo, así que esquivó otro haz de luz roja y se tiró a tierra para llegar hasta donde estaba su amigo.

—¿Estás bien?—le gritó mientras un hechizo pasaba rozándoles la cabeza.

—Sí —contestó Neville, e intentó incorporarse.

—¿Y Ron? ¿Y los demás?—

—Creo que está bien. Cuando lo he dejado seguía peleando con el cerebro—

En ese momento, un hechizo dio contra el suelo entre ellos dos, produjo una explosión y dejó un cráter justo donde Neville tenía la mano hasta unos segundos antes. Ambos se alejaron de allí arrastrándose; pero entonces un grueso brazo salió de la nada, agarró a Harry por el cuello y tiró de él hacia arriba. Harry apenas tocaba el suelo con las puntas de los pies. —¡Dámela! —le gruñó una voz al oído—. ¡Dame la profecía! — El hombre le apretaba el cuello con tanta fuerza que Harry no podía respirar. Con los ojos llorosos, vio que Sirius se batía con un mortífago a unos tres metros de distancia; Kingsley y su padre peleaban contra dos a la vez; Tonks y Lily, que todavía no habían llegado al pie de las gradas, le lanzaban hechizos a Bellatrix. Por lo visto, nadie se había dado cuenta de que Harry se estaba muriendo. Entonces dirigió la varita mágica hacia atrás, hacia el costado de su agresor, pero no le quedaba aliento para pronunciar un conjuro y el hombre buscaba con la mano que tenía libre la mano de Harry que sujetaba la profecía.

—¡AAAAHHHH! —oyó de pronto.

Neville también había surgido de la nada e, incapaz de pronunciar un hechizo, le había clavado con todas sus fuerzas la varita de Hermione al mortífago en una de las rendijas de la máscara. El hombre soltó a Harry de inmediato y profirió un aullido de dolor. Harry se dio la vuelta, lo miró y dijo, casi sin aliento: —¡DESMAIUS!

El mortífago se desplomó hacia atrás y la máscara le resbaló por la cara: era Macnair, el que había intentado matar a Buckbeak. Tenía un ojo hinchado e inyectado en sangre.

—¡Gracias! —le dijo Harry a Neville, y enseguida tiró de él hacía sí, pues Sirius y su mortífago pasaban a su lado dando bandazos y peleando tan encarnizadamente que sus varitas no eran más que una mancha borrosa.

Entonces Harry tocó con el pie algo redondo y duro y resbaló. Al principio creyó que se le había caído la profecía, pero entonces vio que el ojo mágico de Moody rodaba por el suelo. Su propietario estaba tumbado sobre un costado sangrando por la cabeza, y su agresor arremetía en ese momento contra Harry y Neville: era Dolohov, a quien el júbilo crispaba el alargado y pálido rostro.

—¡Tarantallegra! —gritó apuntando con la varita a Neville, cuyas piernas empezaron de pronto a bailar una especie de frenética claque que le hizo perder el equilibrio y caer de nuevo al suelo—. Bueno, Potter… — Entonces realizó con la varita el mismo movimiento cortante que había utilizado con Hermione, pero Harry gritó: —¡Protego!— Notó que algo que parecía un cuchillo desafilado le golpeaba la cara; el impacto lo empujó hacia un lado y fue a caer sobre las convulsas piernas de Neville, aunque el encantamiento escudo había detenido en gran medida el hechizo.

Dolohov volvió a levantar la varita.

—¡Accio profe…! —exclamó, pero entonces James surgió de improviso, empujando a Dolohov con el hombro y desplazándolo varios metros. La esfera había vuelto a resbalar hasta las yemas de los dedos de Harry, pero él había conseguido sostenerla. En esos momentos, James y Dolohov peleaban; sus varitas brillaban como espadas, y por sus extremos salían despedidas chispas.

Dolohov llevó la varita hacia atrás para repetir aquel movimiento cortante que había empleado contra Harry y Hermione, pero entonces Harry se levantó de un brinco y gritó: —¡Petrificus totalus!— Una vez más, las piernas y los brazos de Dolohov se juntaron y el mortífago cayó hacia atrás desplomándose en el suelo con un fuerte estruendo.

—¡Bien hecho! —gritó James, y le hizo agachar la cabeza al ver que un par de hechizos aturdidores volaban hacia ellos—. ¿Estás bien, Harry?— Harry miró a su padre a través de las gafas, chocando con sus ojos avellana. Le asintió como pudo y le agarró el brazo con fuerza — Harry, hijo, mírame, quiero que salgas de… —Volvieron a agacharse, pues un haz de luz verde había pasado rozando a James. Harry vio que Tonks se precipitaba desde la mitad de las gradas, y su cuerpo inerte golpeó los bancos de piedra mientras Bellatrix, triunfante, volvía al ataque contra su madre que movía su varita con maestría.

—¡Harry, sujeta bien la profecía, coge a Neville y corre! —gritó James, y fue al encuentro de Lily que hacía todo lo posible para que los destellos verdes no la tocaran.

Harry no vio lo que pasó a continuación, pero ante su vista apareció Kingsley que, aunque se tambaleaba, estaba peleando con Rookwood, quien ya no llevaba la máscara y tenía el marcado rostro al descubierto. Otro haz de luz verde pasó rozándole la cabeza a Harry, que se lanzó hacia Neville —¿Puedes tenerte en pie? —le chilló al oído mientras las piernas de su amigo se sacudían y se retorcían incontroladamente—. Ponme un brazo alrededor de los hombros — Neville obedeció, y Harry tiró de él. Las piernas de Longbottom seguían moviéndose en todas direcciones y no lo sostenían; entonces un hombre se abalanzó sobre ellos y ambos cayeron hacia atrás.

Neville se quedó boca arriba agitando las piernas como un escarabajo que se ha dado la vuelta, y Harry, con el brazo izquierdo levantado intentando impedir que se rompiera la pequeña bola de cristal.

—¡La profecía! ¡Dame la profecía, Potter! —gruñó la voz de Lucius Malfoy en su oído, y Harry notó la punta de una varita clavándosele entre las costillas —¡No! ¡Suéltame! ¡Neville! ¡Cógela, Neville! — Harry echó a rodar la esfera y Neville giró sobre la espalda, la atrapó y se la sujetó con fuerza contra el pecho. Malfoy apuntó con la varita a Neville, pero Harry lo apuntó a él con la suya por encima del hombro y gritó: —¡Impedimenta!

Malfoy se separó inmediatamente de Harry y éste se levantó, se dio la vuelta y vio que Malfoy chocaba contra la tarima sobre la que sus padres y Bellatrix se batían en duelo. Malfoy volvió a apuntar con la varita a Harry y Neville, pero antes de que pudiera tomar aliento para atacar, Lupin, de un salto, se había colocado entre Lucius y los dos chicos.

—¡Harry, recoge a los otros y sal de aquí!—

Harry agarró a Neville de la túnica por un hombro y lo subió al primer banco de piedra de las gradas; las piernas de su compañero se sacudían, daban patadas y no lo sostenían en pie; Harry tiró de nuevo de él con todas sus fuerzas y subieron otro escalón. Entonces un hechizo golpeó el banco de piedra donde Harry tenía apoyados los pies; el banco se vino abajo y él cayó al escalón inferior. Neville también cayó al suelo, sin dejar de agitar las piernas, y se metió la profecía en el bolsillo. —¡Vamos! —gritó Harry, desesperado, tirando de la túnica de Neville—. Intenta empujar con las piernas — Dio otro fuerte tirón y la túnica de Neville se descosió por la costura izquierda. La pequeña esfera de cristal soplado se le salió del bolsillo y, antes de que alguno de los dos pudiera atraparla, Neville la golpeó sin querer con un pie. La profecía saltó por los aires unos tres metros y chocó contra el escalón inferior. Harry y Neville se quedaron mirando el lugar donde se había roto, horrorizados por lo que acababa de pasar, y vieron que una figura de un blanco nacarado con ojos inmensos se elevaba flotando. Ellos dos eran los únicos que la veían. Harry observó que la figura movía la boca, pero con la cantidad de golpes, gritos y aullidos que se producían a su alrededor, no pudo oír ni una sola palabra de lo que decía. Finalmente, la figura dejó de hablar y se disolvió en el aire.

—¡Lo siento, Harry!—gritó Neville, muy angustiado, y siguió agitando las piernas—. Lo siento, Harry, no quería… —

—¡Eso no importa, Neville! —gritó él—. Intenta mantenerte en pie, tenemos que salir de… —

—¡Dumbledore! —exclamó entonces Neville, sudoroso, mirando embelesado por encima del hombro de Harry.

—¿Qué? —

—¡DUMBLEDORE!—

Harry se volvió y dirigió la vista hacia donde miraba su amigo. Justo encima de ellos, enmarcado por el umbral de la Estancia de los Cerebros, estaba Albus Dumbledore, con la varita en alto, pálido y encolerizado. Harry sintió una especie de descarga eléctrica que recorrió cada partícula de su cuerpo. ¡Estaban salvados!

Dumbledore bajó a toda prisa los escalones pasando junto a Neville y Harry, que ya no pensaban en salir de allí. Dumbledore había llegado al pie de las gradas cuando los mortífagos que estaban más cerca se percataron de su presencia y avisaron a gritos a los demás. Uno de ellos intentó huir trepando como un mono por los escalones del lado opuesto a donde se encontraban. Sin embargo, el hechizo de Dumbledore lo hizo retroceder con una facilidad asombrosa, como si lo hubiera pescado con una caña invisible.

Los únicos que seguían batallando eran sus padres contra Bellatrix que reía como poseída cada vez que lanzaba un conjuro. Harry no quería ver, sus padres intentaban evitar cada una de las maldiciones, hasta que un destello amarillo, le daba de frente a su padre, justo en el pecho, que cayó rodando bajo la mirada incrédula de su madre.

—¡James! — Lily ni siquiera se preocupo de Bellatrix Lestrange, simplemente bajó corriendo los escalones hasta donde estaba su esposo inconsciente, con la frente abierta y brotando sangre por el golpe que se había dado al caer. Harry no prestaba atención a nada a su entorno, sabía que los duelos a su alrededor seguían, pero no los escuchaba, él sólo veía a su madre arrodillada al lado de su padre, intentándolo hacer reaccionar, llorando con su varita sobre su pecho, intentando que abriera los ojos. Veía la sangre correr dramáticamente por la cabeza de su padre y cómo Sirius corría e intentaba hacer entrar en razón a su madre que se encontraba aturdida viendo inconsciente a su esposo.

Sintió como un grito cortaba su garganta, quiso correr con sus padres, asegurarse que su padre estaba bien. Estaba aterrado, jamás, en todos los años de su padre de auror, lo había visto herido. Él sabía que el trabajo de su padre era arriesgado, había veces en que volvía con rasguños, huesos rotos que su madre arreglaba como un solo movimiento de varita, pero sabía que esta vez era diferente. Su padre no abría los ojos, su madre lloraba, la sangre era dramática y Sirius hacia lo posible al darse cuenta que la sangre no brotaba solo de su frente, sino de diferentes partes de su cuerpo — Harry — sintió la voz de Remus a su lado, tomándolo del brazo y tuvo el impulso de salir corriendo con su padre. —Harry, espera, es peligroso — forcejeo, necesitaba soltarse, necesitaba ver que él estaba bien.

—Mi papá, mi papá está… —no quería decirlo, si le ocurría algo a su padre por su culpa, jamás se lo perdonaría.

—James estará bien Harry— su tío Remus era terrible mintiendo, y sabía que no podía asegurarle que uno de sus mejores amigos estaba bien.

Dumbledore tenía a casi todos los otros mortífagos agrupados en el centro de la sala, aparentemente inmovilizados mediante cuerdas invisibles; Ojoloco Moody había cruzado la sala arrastrándose hasta donde estaba tirada Tonks e intentaba reanimarla; detrás de la tarima todavía se producían destellos de luz, gruñidos y gritos: Kingsley había ido hasta allí para relevar a sus padres en el duelo con Bellatrix.

—Harry…—

Neville había bajado uno a uno los bancos de piedra hasta llegar a donde estaba su compañero, que ya no peleaba con Lupin, quien de todos modos seguía sujetándole el brazo, por si acaso.

—Harry…, tu padre estará bien… —dijo Neville. Todavía agitaba las piernas de modo incontrolable—

—Ven aquí —le indicó Lupin a Neville con voz queda, y apuntando con la varita a sus piernas, dijo—: ¡Finite! —Así cesó el efecto del hechizo. Neville por fin pudo poner los pies en el suelo y sus piernas dejaron de moverse. Harry no se había dado cuenta, pero su tío Lupin estaba muy pálido—. Vamos…, vamos a buscar a los demás. ¿Dónde están, Neville?—

—Están todos allí—afirmó Neville—. A Ron lo ha atacado un cerebro, pero creo que está bien. Y Hermione continúa inconsciente, pero le hemos encontrado el pulso… —Entonces se oyó un fuerte golpetazo y un grito detrás de la tarima. Harry vio que Kingsley caía al suelo aullando de dolor: Bellatrix Lestrange empezó a huir, pero Dumbledore se volvió y le lanzó un hechizo que ella desvió para luego comenzar a subir por las gradas.

—¡No, Harry! —gritó Lupin, pero él ya se había soltado de Lupin, que había bajado la guardia.

—¡Hirió a papá!—rugió Harry—. ¡Ha sido ella! ¡VOY A MATARLA!— Echó a correr y trepó por los bancos de piedra; todos lo llamaban, pero no les hizo caso. Sentía el llanto de su madre, los gritos de Sirius y Remus llamarlo, pero él sólo pensaba en su padre. El borde de la túnica de Bellatrix se perdió de vista, pero Harry entró tras la mortífaga en la sala del tanque de cerebros. Bellatrix giró la cabeza, lanzó una maldición y el tanque se elevó por los aires y se inclinó. Harry quedó empapado de la apestosa poción que había dentro, y los cerebros cayeron sobre él y empezaron a desplegar sus largos tentáculos de colores, pero entonces gritó: «¡Wingardium leviosa!», y se alejaron de él por el aire. Resbalando y dando traspiés, el chico se precipitó hacia la puerta; saltó por encima de Luna, que gemía en el suelo; por encima de Ginny, que dijo: «Harry, ¿qué…?»; por encima de Ron, que soltó una débil risita; y por encima de Hermione, que seguía inconsciente. Abrió de un tirón la puerta que daba a la sala circular negra y vio que Bellatrix desaparecía por una de las puertas. Harry alcanzó a distinguir, más allá de la figura de la mujer, el pasillo que conducía a los ascensores.

Echó a correr de nuevo, pero la mortífaga había cerrado al salir y la pared ya había comenzado a rotar. Una vez más, Harry se vio rodeado de los haces de luz azul de los candelabros.

—¿Dónde está la salida? —gritó, desesperado, cuando la pared volvió a detenerse—. ¡Dónde está la salida!—

Fue como si la habitación estuviera esperando que Harry formulara aquella pregunta. La puerta que tenía justo detrás se abrió de par en par, y Harry vio el pasillo de los ascensores, que se extendía ante él, con las antorchas encendidas pero vacío. Atravesó la puerta rápidamente, entonces oyó que un poco más allá un ascensor traqueteaba; recorrió veloz el pasillo, dobló la esquina y dio un puñetazo en el botón para llamar otro ascensor. Éste descendió produciendo un ruido metálico; luego la reja se abrió, Harry se metió dentro y golpeó el botón del Atrio. Las puertas se cerraron y el ascensor empezó a subir. Harry salió antes de que la reja se hubiera abierto por completo y observó lo que lo rodeaba. Bellatrix casi había llegado al ascensor de la cabina telefónica, que estaba al final del vestíbulo, pero miró hacia atrás cuando Harry iba a toda velocidad hacia ella, y entonces le lanzó otro hechizo. Harry se escondió detrás de la Fuente de los Hermanos Mágicos: el hechizo pasó rozándolo y, al dar contra las rejas de oro labrado que había al fondo del Atrio, produjo un sonido de campanas. No se oían más pasos.

Bellatrix había dejado de correr. Harry se agachó detrás de las estatuas y aguzó el oído.

—¡Sal, pequeño Harry, sal! —gritó Bellatrix imitando una voz infantil que rebotó contra el brillante suelo de madera—. ¿Para qué me buscabas, si no? ¡Creía que habías venido para lastimarme cómo yo lastimé a tu papi!—

—¡Así es!—chilló Harry, y su respuesta se repitió por la sala como un eco fantasmagórico: «¡Así es! ¡Así es! ¡Así es!»

—¡Aaaah! ¿Lo quieres mucho, pequeño Potter? ¿A ese mago que se casó con la sangre sucia de tu madre? — Harry notó que lo invadía un odio que jamás había sentido; de un salto salió de detrás de la fuente y bramó: —¡Crucio!

Bellatrix gritó: el hechizo la había derribado, pero no se retorcía ni chillaba de dolor como había hecho Neville. Volvió a levantarse, jadeante; había parado de reír. Harry se cobijó otra vez detrás de la fuente dorada. El contrahechizo de la mortífaga dio en la cabeza del apuesto mago, que se desprendió de la estatua y fue a parar unos seis metros más allá, arañando el suelo de madera.

—Nunca habías empleado una maldición imperdonable, ¿verdad, chico? —gritó Bellatrix, que había abandonado aquella entonación infantil—. ¡Tienes que sentirlas, Potter! Tienes que desear de verdad causar dolor, disfrutar con ello. La rabia sin más no me hará mucho daño. Voy a enseñarte cómo se hace, ¿de acuerdo? Voy a darte una lección — Harry caminaba sigilosamente hacia el otro lado de la fuente cuando Bellatrix gritó: «¡Crucio!», y tuvo que agacharse otra vez, mientras uno de los brazos del centauro, el que sostenía el arco, saltaba por los aires y aterrizaba con un fuerte estrépito en el suelo, a poca distancia de la dorada cabeza del mago.

—¡No vas a poder conmigo, Potter! —bramó la mortífaga. Harry oyó que ella se movía hacia la derecha para apuntarle bien; mientras tanto, él rodeó la estatua en la dirección opuesta y se agachó detrás de las patas del centauro manteniendo la cabeza a la altura de la del elfo doméstico—. Era y sigo siendo la servidora más leal del Señor Tenebroso. Él me enseñó las artes oscuras, y conozco hechizos poderosísimos con los que tú, patético mocoso, no puedes ni soñar en competir—

—¡Desmaius! —gritó Harry.

Había llegado, paso a paso, hasta donde estaba el duende, que sonreía al recién decapitado mago, y había apuntado a la espalda de Bellatrix mientras ella se asomaba por el otro lado de la fuente. La mortífaga reaccionó tan deprisa que Harry apenas tuvo tiempo de agacharse.

—¡Protego! —El haz de luz roja del hechizo aturdidor de Harry rebotó y se dirigió contra él. Harry retrocedió para protegerse detrás de la fuente, y una de las orejas del duende saltó por los aires—. ¡Te voy a dar una oportunidad, Potter! —gritó Bellatrix—. ¡Entrégame la profecía, lánzamela rodando por el suelo, y quizá te perdone la vida!—

—¡Tendrás que matarme porque ya no la tengo! —chilló Harry, y mientras pronunciaba aquellas palabras notó un intenso dolor en la frente; volvía a arderle la cicatriz, y sintió que lo invadía un sentimiento de ira que no estaba relacionado con su propia rabia—. ¡Y él lo sabe! —añadió Harry soltando una risotada que no tenía nada que envidiar a las de Bellatrix—. ¡Su querido amigo Voldemort sabe que la profecía se ha perdido! No creo que esté muy contento con usted, ¿eh?—

—¿Cómo? ¿Qué dices? —chilló la mortífaga, y por primera vez su voz denotaba miedo.

—¡La profecía se ha roto cuando intentaba ayudar a Neville a subir las gradas! ¿Cómo cree que le sentará eso a Voldemort?— Notaba fuertes punzadas en la cicatriz; le dolía tanto que se le estaban llenando los ojos de lágrimas. En cualquier momento se iba a desvanecer del dolor, sentía que le estaban abriendo la cicatriz con un cuchillo.

—¡ESO ES MENTIRA! —exclamó Bellatrix gritando, pero ahora Harry percibía el terror detrás de la rabia—. ¡LA TIENES TÚ, POTTER!, ¡Y VAS A DÁRMELA AHORA MISMO! ¡Accio profecía! ¡ACCIO PROFECÍA!

Harry volvió a reír porque sabía que eso la pondría furiosa, pero su dolor de cabeza aumentaba de tal modo que creyó que le estallaría el cráneo. Mostró una mano vacía por detrás del duende, al que sólo le quedaba una oreja, la movió y la escondió rápidamente cuando la mortífaga le lanzó otro haz de luz roja.

—¡No tengo nada!—gritó Harry—. ¡No tengo nada que entregarle! La profecía se ha roto y nadie ha oído lo que ha dicho, ¡explíqueselo a su amo!—

—¡No! —aulló ella—. ¡No es verdad, estás mintiendo! ¡LO HE INTENTADO!, AMO, ¡LO HE INTENTADO! ¡NO ME CASTIGUE!—

—¡Gasta saliva inútilmente! —exclamó Harry, y cerró fuertemente los ojos para combatir el dolor de la cicatriz, más espantoso que nunca—. ¡Él no puede oírte!—

—¿Ah, no, Potter? —dijo una voz fría y aguda. Harry abrió los ojos. "Mierda, menuda suerte, ¿eh Potter?"

Alto, delgado, tocado con una capucha negra, el aterrador rostro con rasgos de serpiente era blanco y demacrado, y unos ojos rojos con sendas rendijas por pupilas miraban atentamente a Harry. Lord Voldemort había aparecido en medio del vestíbulo y apuntaba con su varita al muchacho, que se había quedado petrificado.

—¿Qué dices, que has roto mi profecía? —preguntó Voldemort con voz queda observando a Harry con ojos rojos y despiadados—. No, Bella, no miente… Veo la verdad mirándome desde dentro de su despreciable mente… Meses de preparación, meses de esfuerzo…, y mis mortífagos han dejado que Harry Potter vuelva a desbaratar mis planes —

—¡Lo siento, amo, no lo sabía, yo estaba peleando con los Potter! —gimoteó Bellatrix, y se arrodilló a los pies de Voldemort mientras él se le acercaba lentamente—. Amo, deberías saber que… —

—Cállate, Bella —le ordenó Voldemort con crueldad—. Enseguida me encargaré de ti. ¿Acaso crees que he entrado en el Ministerio de Magia para escuchar tus penosas disculpas?—

—Pero amo… Él está aquí, está abajo… —Voldemort no le prestó atención.

—A ti no tengo nada más que decirte, Potter —dijo sin inmutarse—. Ya me has fastidiado bastante, llevas demasiado tiempo molestándome. ¡AVADA KEDAVRA! — Harry ni siquiera había abierto la boca para defenderse; tenía la mente en blanco y apuntaba al suelo con la varita que sujetaba con la mano que le colgaba inerte a un lado. Pero la estatua dorada del mago sin cabeza de la fuente había cobrado vida, y saltó al suelo desde su pedestal y se colocó entre Harry y Voldemort. El hechizo rebotó en su pecho cuando la estatua extendió los brazos para proteger a Harry. —¿Qué…? —gritó Voldemort mirando a su alrededor. Y entonces susurró—: ¡Dumbledore!

Harry miró hacia atrás con el corazón desbocado. Dumbledore estaba de pie frente a las rejas doradas. Voldemort levantó la varita y otro haz de luz verde golpeó a Dumbledore, que se dio la vuelta y desapareció en medio del revuelo de su capa. Al cabo de un segundo, apareció de nuevo detrás de Voldemort y agitó la varita apuntando a lo que quedaba de la fuente. Las otras estatuas también cobraron vida. La estatua de la bruja corrió hacia Bellatrix, que se puso a gritar y a lanzarle hechizos que rebotaban en el pecho de la estatua; ésta se abalanzó sobre la mortífaga y finalmente la inmovilizó contra el suelo. Entre tanto, el duende y el elfo doméstico se escabulleron hasta las chimeneas empotradas a lo largo de la pared, y el centauro, que ya sólo tenía un brazo, salió al galope hacia Voldemort, que desapareció y volvió a aparecer junto a la fuente. La estatua del mago empujó a Harry hacia atrás y lo apartó de la refriega, mientras Dumbledore avanzaba hacia Voldemort y el centauro galopaba en torno a ellos. —Has cometido una estupidez viniendo aquí esta noche, Tom —dijo Dumbledore con serenidad—. Los aurores están en camino—

—¡Pero cuando lleguen, yo me habré ido y tú estarás muerto!—le espetó Voldemort. Luego lanzó otra maldición asesina a Dumbledore, pero no dio en el blanco, sino que golpeó la mesa del mago de seguridad, que se prendió fuego. Dumbledore también usó su varita, y fue tal la potencia del hechizo que emanó de ella que, pese a estar protegido por su dorado guardián, a Harry se le pusieron los pelos de punta cuando el rayo pasó a su lado. Esa vez, Voldemort se vio obligado a crear un reluciente escudo de plata para desviarlo. El hechizo, fuera el que fuese, no le produjo daños visibles al escudo, aunque le arrancó una fuerte nota parecida al sonido de un gong, francamente estremecedor.

—¿No quieres matarme, Dumbledore?—le preguntó Voldemort asomando los entrecerrados y rojos ojos por encima del borde del escudo—. Estás por encima de esa crueldad, ¿verdad? —

—Ambos sabemos que existen otras formas de destruir a un hombre, Tom —respondió Dumbledore, impasible, y siguió caminando hacia Voldemort como si no temiera absolutamente nada, como si no tuviera ningún motivo para interrumpir su paseo por el vestíbulo—. Reconozco que quitarte la vida no bastaría para satisfacerme—

—¡No hay nada peor que la muerte, Dumbledore! —gruñó Voldemort.

—Te equivocas —replicó Dumbledore, que continuaba acercándose a Voldemort y hablaba con despreocupación, como si discutieran tranquilamente aquel asunto mientras se tomaban una copa. Harry se asustó al ver que Dumbledore caminaba como si tal cosa, expuesto, desprotegido; quería gritarle algo para prevenirlo, pero su decapitado guardián seguía empujándolo hacia la pared y le impedía cualquier intento de asomarse por detrás de él—. De hecho, tu incapacidad para comprender que hay cosas mucho peores que la muerte siempre ha sido tu mayor debilidad.—

Otro haz de luz verde surgió de detrás del escudo de plata. Esta vez fue el centauro manco, que galopaba delante de Dumbledore, el que recibió el impacto y se hizo añicos, pero, antes de que los fragmentos llegaran al suelo, Dumbledore echó hacia atrás su varita y la sacudió como si blandiera un látigo. Una larga y delgada llama salió de la punta y se enroscó alrededor de Voldemort, abrazando también el escudo. Por un instante pareció que Dumbledore había ganado, pero entonces la cuerda luminosa se convirtió en una serpiente que soltó a Voldemort de inmediato y se dio la vuelta, silbando furiosa, para enfrentarse a Dumbledore.

Voldemort desapareció, y la serpiente echó hacia atrás la parte del cuerpo que tenía levantada del suelo, preparada para atacar. Hubo un fogonazo en el aire, por encima de Dumbledore, y en ese preciso momento reapareció Voldemort: estaba de pie en el pedestal, en el centro de la fuente donde hasta hacía poco se alzaban las cinco estatuas.

—¡Cuidado! —gritó Harry.

Pero mientras él gritaba, otro haz de luz verde salió despedido de la varita de Voldemort hacia Dumbledore, y la serpiente atacó. Entonces Fawkes descendió en picado ante Dumbledore, abrió mucho el pico y se tragó todo el haz de luz verde: estalló en llamas y cayó al suelo, pequeño, encogido e incapaz de volar. De inmediato, Dumbledore blandió su varita y describió un largo y fluido movimiento: la serpiente, que había estado a punto de clavarle los colmillos, saltó por los aires y quedó reducida a una voluta de humo negro, y el agua de la fuente se alzó formando una especie de capullo de cristal fundido y cubrió a Voldemort.

Durante un instante lo único que se vio de él fue una oscura, borrosa y desdibujada figura sin rostro que se estremecía sobre el pedestal; era evidente que intentaba librarse de aquella sofocante masa. Pero de pronto desapareció, y el agua cayó con gran estruendo en la fuente, se derramó por el borde e inundó el suelo.

—¡AMO! —gritó Bellatrix.

Convencido de que todo había terminado y de que Voldemort había decidido huir, Harry intentó salir de detrás de la estatua que lo protegía, pero Dumbledore le ordenó con voz atronadora: —¡Quédate donde estás, Harry!—

Dumbledore parecía asustado por primera vez. Pero Harry no entendía por qué: en el vestíbulo sólo estaban ellos dos, Bellatrix, que seguía sollozando, atrapada bajo la estatua de la bruja, y Fawkes convertido en cría de fénix que graznaba débilmente en el suelo. Entonces a Harry se le abrió la cicatriz y comprendió que estaba muerto: sentía un dolor inconcebible, un dolor no se hallaba en el vestíbulo, sino atrapado en el abrazo de una criatura de ojos rojos, tan fuertemente enroscada a su alrededor que Harry no sabía dónde terminaba su cuerpo y dónde empezaba el de la criatura: estaban fusionados, unidos por el dolor, y no había escapatoria.

Y cuando la criatura habló, utilizó la boca de Harry, que atenazado por un dolor descomunal notó cómo se movía su mandíbula: —Mátame ahora, Dumbledore… —Cegado y moribundo, deseando soltarse con cada centímetro de su cuerpo, Harry percibió que la criatura volvía a utilizarlo— Si la muerte no es nada, Dumbledore, mata al chico — «Que pare este dolor —pensó Harry—. Que nos mate. Acabe ya, Dumbledore. La muerte no es nada comparada con esto»

El corazón de Harry se llenó de emoción, y entonces el abrazo de la criatura se aflojó y cesó el dolor. Harry se encontró tumbado boca abajo en el suelo, sin las gafas, temblando como si estuviera tendido sobre hielo y no sobre madera. Resonaban voces por el vestíbulo, muchas más de las que debía haber. Harry abrió los ojos y vio sus gafas tiradas junto al talón de la estatua sin cabeza que lo había protegido, que en ese momento estaba tumbada boca arriba, resquebrajada e inmóvil. Se puso las gafas y levantó un poco la cabeza, y entonces descubrió la torcida nariz de Dumbledore a pocos centímetros de la suya. —¿Estás bien, Harry?— "No, no, maldita sea, no"

—Sí —contestó él, aunque temblaba tanto que no podía mantener erguida la cabeza—. Sí, estoy… ¿Dónde está Voldemort? ¿Dónde…? ¿Quiénes son ésos, qué…?—

El Atrio estaba lleno de gente; en el suelo se reflejaban las llamas de color verde esmeralda que habían prendido en todas las chimeneas de una de las paredes; y un torrente de brujas y de magos salía por ellas. Cuando Dumbledore lo ayudó a ponerse en pie, Harry vio las pequeñas estatuas de oro del elfo doméstico y del duende, que guiaban a un atónito Cornelius Fudge.

—¡Estaba aquí! —gritó un individuo ataviado con una túnica roja y peinado con coleta que señalaba un montón de trozos dorados que había en el otro extremo del vestíbulo, donde unos momentos antes había estado atrapada Bellatrix—. ¡Lo he visto con mis propios ojos, señor Fudge, le juro que era Quien-usted-sabe, ha agarrado a una mujer y se ha desaparecido!—

—¡Lo sé, Williamson, lo sé, yo también lo he visto! —farfulló Fudge, que llevaba un pijama bajo la capa de raya diplomática y jadeaba como si acabara de correr una maratón—. ¡Por las barbas de Merlín! ¡Aquí! ¡Aquí, en el mismísimo Ministerio de Magia! ¡Por todos los diablos, parece mentira! ¡Caramba! ¿Cómo es posible?—

—Si baja al Departamento de Misterios, Cornelius —sugirió Dumbledore, que parecía satisfecho con el estado en que Harry se encontraba y dio unos pasos hacia delante; al hacerlo, varios de los recién llegados se percataron de su presencia (unos cuantos levantaron las varitas; otros se quedaron pasmados; las estatuas del elfo y del duende aplaudieron, y Fudge se llevó tal susto que sus zapatillas se levantaron un palmo del suelo)—, encontrará a unos cuantos mortífagos fugados retenidos en la Cámara de la Muerte, inmovilizados mediante un embrujo antidesaparición, que esperan a que decida qué hacer con ellos. —¡Dumbledore! —exclamó Fudge con perplejidad—. Usted… aquí… Yo… — Entonces miró salvajemente a los aurores que lo acompañaban y quedó clarísimo que estaba a punto de gritar: «¡Deténganlo!»

—¡Cornelius, estoy dispuesto a luchar contra sus hombres y volver a ganar! —anunció Dumbledore con voz atronadora—Pero hace sólo unos minutos con sus propios ojos ha visto pruebas de que llevo un año diciéndole la verdad. ¡Lord Voldemort ha regresado, y en cambio hace doce meses que está usted persiguiendo al hombre equivocado; ya es hora de que empiece a usar la cabeza!—

—Yo… no… Bueno… —balbuceó Fudge, y miró alrededor como si esperara que alguien le dijera lo que tenía que hacer. Como nadie decía nada, añadió—: ¡Muy bien! ¡Dawlish! ¡Williamson! Bajen al Departamento de Misterios a ver… Dumbledore, usted… usted tendrá que contarme exactamente… La Fuente de los Hermanos Mágicos, ¿qué ha pasado? —añadió con una especie de gemido contemplando el suelo del Atrio, por donde estaban esparcidos los restos de las estatuas de la bruja, el mago y el centauro.

—Ya hablaremos de eso cuando haya enviado a Harry a Hogwarts —dijo Dumbledore.

Harry pareció salir de su trance apenas Dumbledore habló.

—Yo… tengo que ver a mis padres, debo ver si mi padre está bien, yo… — en ese momento por el Atrio apareció una mata rojiza que se abalanzó sobre Harry y lo rodeó con sus brazos. Y la mente del más joven de los Potter se desconectó. Sentía el olor a orquídeas de su madre y se sentía en paz, sabía que, junto a ella, todo lo malo podría pasar. En un momento, sus ojos se empañaron y se aferró a ella, lo más fuerte que pudo, porque no podía dejar lo confortable que era Lily Potter. Porque recién había sentido que se moría y el abrazar a su madre le daba la seguridad de que estaba vivo— Pa… cómo, ¿cómo está papá?— No sabía si quería oír lo que su madre le decía, pero necesitaba saber que su padre estaba bien, que volvería a abrazarlo, a jugar quidditch con él, que volverían a molestar juntos a su padrino, que disfrutaría de todas las cosas que le encantaba hacer con él.

—Tu padre está bien, mi cielo, le he dado primeros auxilios y se lo han llevado a San Mungo— dijo Lily mientras tomaba las mejillas de su hijo y miraba si no tenía ninguna herida que necesitara ser curada.

—¿Y los demás? ¿El tío Remus y el tío Sirius? — Lily se separó de Harry y le mostró una leve sonrisa.

—Ambos está bien Harry, van con tu padre y los chicos hacia San Mungo — la pelirroja tomó a Harry de la mano y caminó hasta Dumbledore con una expresión enfadada que el chico reconoció enseguida. Su madre estaba fúrica, y podía darse una idea de por qué era así— Dumbledore, ¿se puede saber la razón por la qué jamás se nos dijo a James y a mí sobre la existencia de una profecía sobre nuestro hijo?— Sabía que su madre no quería faltarle el respeto a Dumbledore, pero entendía el enojo que existía en ella. Su esposo había resultado herido, su hijo casi moría junto a sus amigos.

—Lily, entiendo que puedas estar molesta, pero creo que esto es algo que James también querría escuchar— Harry miraba entre su madre y el director, y creía que en cualquier momento, el cabello de su madre se prendería en llamas y comenzaría a gritar fúrica. Asintió a regañas dientes y caminó a paso decidido, evitando al ministro de magia y a los aurores que estaban junto a él. Subió junto a Harry por el ascensor de la cabina telefónica y apenas llegó a la calle, buscó un lugar lo suficientemente oculto como para desaparecerse junto al menor hacia San Mungo.


A la primera persona que vio cuando entró fue Neville, sentado con su abuela que no caía de orgullo, colgada del brazo de su nieto, esperando fuera de una habitación de San Mungo. Neville ya no sangraba de la nariz y se notaba más recuperado. Tenía las mejillas sonrojadas de tantos halagos de su abuela y cuando lo vio llegar junto con Lily hizo un ademán de saludarlo y Harry se acercó a él.

—¿Cómo está tu nariz Neville?— el chico se sonrojó aún más y Harry vio como se le formaban unos simpáticos hoyuelos en las mejillas.

—Ya me la repararon y todos los rasguños que tenía— Neville miró a su amigo, que venía aún con la ropa sucia, cubierto de sangre seca que probablemente no era de él y sudor seco mezclado con tierra. Tenía unas ojeras bestiales bajo los ojos verdes que se habían acentuado en esa misma tarde, sumado a la palidez del más pequeño de los Potter. —Hermione ya despertó, le dijeron que tendría que descansar unos días, pero estará bien. Ron ya no está… — hizo un gesto de loco con su dedo y Harry le sonrió —Luna se acaba de ir con su padre a Hogwarts, también ya estaba bien, sólo un poco golpeada y Ginny está esperando que le arreglen el tobillo. Estaba preocupada por ti… bueno, todos lo estábamos Harry—

—Gracias Neville, por todo lo que hicieron por mí — sintió el apretón en su hombro de su madre y le sonrió con dulzura —Deberías ver a tus padres, seguramente estarán muy orgullosos de ti Neville— el chico no podía con su sonrisa y la abuela de Neville le asentía con orgullo. Ambos se despidieron, asegurando que volverían para ver cómo estaba James.

Harry no había alcanzado a dar la vuelta cuando vio un tumulto de cabezas pelirrojas en el pasillo y cuando se dio cuenta, una figura menuda y cojeante se había colgado de su cuello. Sintió el suave perfume del cabello de Ginny bajo su nariz, mezclado con un olor a quemado y a óxido, pero seguían pareciendo al aroma inconfundible de siempre.

—Hola pelirroja— Ginny le sonrió y Potter notó que la más pequeña de los Weasley aún no recibía ningún tipo de atención médica. Seguía cojeando, y tenía unos cuantos golpes y rasguños en el rostro que aún no le vendaban. —¿Por qué aún no te arreglan el tobillo?— la Weasley se echó hacia atrás y Harry la tomó de la cintura y la llevó hasta una silla.

—Estaba preocupada por ti, por Tonks…—"Tonks", Harry la había visto rodar por la plataforma igual que su padre después del ataque de Bellatrix, y Moody la había intentado socorrer antes de que él saliera corriendo tras la bruja.

—¿Cómo está ella?— preguntó Harry mientras se sentaba en la silla siguiente al lado de Ginny. Vio a Arthur y Molly Weasley mirarlo con una sonrisa acogedora, sabía que a pesar de haber puesto a sus hijos en peligro una vez más, ninguno de los dos le guardaba rencor, menos después de haber salvado a Arthur de morir en Navidad. Lily se acercó a ellos y Molly le pasó el brazo por los hombros y comenzaron a hablar en voz baja. Sabía que estaban hablando sobre su padre, y sabía que debía ir a verlo pronto, antes de tener que volver a Hogwarts con el resto de sus amigos.

—Estará bien, dijeron que recibió una maldición muy poderosa y que casi muere, pero ya está fuera de peligro. Deberá quedarse un par de semanas descansando, pero estará bien— vio como Ginny se quejaba y Harry se puso de pie con determinación.

—Vamos Ginn, tienes que verte ese tobillo— le tendió la mano y la pelirroja se sujetó de ella y de un impulso, el chico la tenía tomada de la cintura, aguantando todo su peso, llevándola con cuidado por el pasillo. Sentados un poco más allá estaban Fred y George, que en cuanto los vieron, se pusieron de pie y avanzaron hasta ellos.

—¿Necesitas ayuda Harry?— la pequeña Weasley los miró enojada y Fred río junto a su gemelo. Ambos tomaron a su hermana pequeña y le señalaron el final del pasillo, donde se veía a Sirius y Remus, hablando entre ellos. Harry le dio una ligera sonrisa a los gemelos Weasley, asegurándole a la pelirroja que en cuanto viera a su padre, se pasaría a la habitación de Hermione para verlos a Ron y a ella.

—No te preocupes Ginn, vendré en seguida —

Volteó a ver a su madre que caminaba acompañada de Molly. Cuando su padrino y su tío lo vieron, Sirius se acercó hasta él, con una expresión que Harry no podía descifrar. Lo tomó del brazo y lo acercó hasta él en un fuerte abrazo que Harry no sabía que necesitaba. Se quitó las gafas y se refugió en el hombro de su padrino. Después de pensar que habían capturado a Sirius, después de ver que lo torturaban, poder abrazarlo, saber qué estaba bien, le daba un alivio que no sabía cómo describir.

—Perdón Sirius, perdón— el último Black lo abrazó con fuerza y le palmeó la espalda, Lupin se acercó a ellos y le revolvió el cabello a Harry— Por mi culpa ocurrió todo esto…. Papá, Tonks, la Orden, mis amigos… Todos salieron lastimados por mi culpa—

—Harry, esto no es tu culpa, si es culpa de alguien es de Voldemort, no tuya— Harry negaba y miraba sobre el hombro de Sirius como Lupin le daba una mirada tranquilizadora. —Ven, vamos a ver a tu padre, estaba histérico preguntando por ti— Harry se limpió las lágrimas y se volvió a colocar los lentes e ingresó con paso trémulo a la habitación. A él no le gustaba particularmente el olor a desinfectante que había en los hospitales, pero su madre llevaba varios años ya trabajando y de repente tenía turnos cuando él estaba en casa por vacaciones e iba a pasar el día con ella. Su padre estaba recostado con algunos cojines, con la mirada al frente, sin sus gafas, y visiblemente preocupado. Tenia una venda que rodeaba su cabeza y en la mesita de noche que había a su lado, estaba llena de frascos de pociones. Cuando sintió que se abría la puerta, James miró fijamente a quien había ingresado y cuando vio a Harry, su rostro se relajó visiblemente.

—¡Harry!— el chico avanzó con cautela, estaba avergonzado con su padre. Él había resultado herido por su mediocridad a la hora de aprender Oclumancia, por su estúpido complejo de héroe, por pensar que, si no era él, nadie más podría salvar a su padrino.

—Papá, perdón, perdón, todo esto es mi culpa, todo pasó por que no fui capaz de aprender Oclumancia, por que Voldemort me engañó y por culpa de eso, casi mueres tú, casi muere Tonks, y casi mueren mis amigos.— James miraba seriamente a Harry, quien pensaba que lo regañaría, y si lo hacía, lo iba a entender, después de todo, él estaba en la cama de hospital vendado. Pero su padre sólo lo atrajo hacia si y lo abrazó.

—Está bien hijo, hablaremos luego de ello, sólo me alegra saber qué estás bien— Y con eso, sintiéndose realmente a salvo en los brazos de su padre, el chico se permitió llorar. Había estado aterrado, casi matan a sus amigos, casi mataban a su padre. Sintió como su madre abrazaba a James y también le pasaba un brazo en la cintura, pegándose a él.

—Yo también quiero un abrazo familiar— Sirius soltó una risa casi canina y James lo acompañó. Remus se acercó y Harry quedó apretado entre los cuatro adultos y se sintió nuevamente en casa. En su cumpleaños, jugando quidditch con su padre y su padrino. Leyendo en las noches con Remus, pasando el tiempo en el laboratorio de pociones de su madre.

Su familia eran ellos, cada integrante estaba ahí, los Merodeadores eran todo lo que podía pedir de una familia. Jamás lo juzgaban, no importando las decisiones que tomaba, ellos siempre estaban incondicionalmente para Harry.

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Subiré el segundo capítulo en un rato, y espero subir un capítulo por semana con todo esto de la pandemia, muchos no estamos con clases en la universidad, al menos yo, que no pude terminar mi internado.

Gracias a todos los que puedan seguir por allí. Y básicamente si a esto no le va muy bien, subiré los anteriores capítulos y lo dejaré en stand by para siempre. No volverá a haber otra pandemia chicxs.

Los estaré leyendo, nos vemos

~Blue~